GANADOR GRAN SORTEO “TODOS CON EL MONTARAZ”

      Hola a todos los amigos de El Montaraz:

     Tras un mes recibiendo los correos electrónicos de todos aquellos que habéis querido participar de este proyecto personal  para tratar de publicar El Montaraz, http://cartucholanovela.wordpress.com/2014/01/31/gran-sorteo-todos-con-el-montaraz/ , por fin ha llegado el momento de dar a conocer el nombre del ganador de un ejemplar inédito dedicado por mí.

Sorteo Todos con El Montaraz 1

      Antes de dar a conocer el nombre, quiero agradecer de corazón a todas las personas que habéis gastado un minuto de vuestro tiempo en participar en esta propuesta que, como recordaréis, comenzó allá por septiembre con el nombre de  “Proyecto ¿Y si gusta?” ttp://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Y a quienes no habéis deseado participar de esta historia, pediros disculpas si os han molestado los correos electrónicos invitándoos a participar en el sorteo. Todos estabais convidados pero nadie obligado, qué duda cabe.

Sorteo Todos con El Montaraz 2

      Tras meses de publicar diez páginas semanales, por fin os pedí que entrarais en el juego de solicitar a las editoriales que se planteen en serio la publicación de El Montaraz. Porque yo sólo no lo he logrado. La crisis, el pirateo de libros electrónicos, el desinterés por autores nuevos, la falta de personal por parte de las editoriales para evaluar todos los originales que les llegan… entre otras razones, han hecho imposible algo que llevo tratando desde que finalicé la novela, en 2012. Que El Montaraz esté en las librerías para que quien quiera pueda leerlo.

Sorteo Todos con El Montaraz 3

      Porque, y en esto estoy seguro, la razón por la que aún no he logrado publicar  El Montaraz no es que sea una novela sin calidad literaria o sin una buena historia que contar. Como lector y escritor que soy pongo la mano en el fuego donde sea y ante quien sea por esta novela.

Sorteo Todos con El Montaraz 3

      Pero vayamos a lo que ahora importa. El domingo 2 de marzo de 2014 se realizó el sorteo “Todos con El Montaraz” con la inestimable colaboración de la persona más inocente que conozco. Mi querida hija Olatz. De entre todas las papeleta, extrajo el número ganador. El 33

Sorteo Todos con El Montaraz 4

que corresponde a … Karlos Basterretxea. ¡Enhorabuena Karlos! En breve recibirás tu premio, el manuscrito dedicado de El Montaraz. Espero que disfrutes con su lectura tanto como yo disfruté al escribirlo.

Foto Manuscrito EL MONTARAZ

       Al resto de participantes, reiterar lo dicho. Gracias, muchas y sinceras gracias por participar en la promoción de El Montaraz. Y también os quiero decir que hoy mismo enviaré una copia de la novela a las mismas editoriales a las que vosotros enviasteis el correo electrónico pidiendo la publicación de la obra.

       Y a esperar. Si hay fortuna, algunas de las editoriales habrán considerado interesante el modo de ponerme en contacto con ellas. Y, al final es lo que importa, si leen la novela y les gusta, El Montaraz dejará de ser un archivo en formato Word y se convertirá en una novela física que podréis leer. Si no es así, la historia de El Montaraz descansará en el limbo de las novelas que nunca llegaron a publicarse.

      Lo que tenga que ser será. Si no hay ninguna novedad por parte de las editoriales tampoco la habrá por mi parte. Si, por el contrario, consigo el objetivo que me he propuesto, os prometo que seréis los primeros en saberlo. Hasta entonces un abrazo enorme.

      Miguel Ángel Ambrosio. Autor de El Montaraz

EL MONTARAZ Capítulos 4, 5 y 6

 Quedan 9 días para que finalice el tiempo para participar en el sorteo “Todos con El Montaraz”. Si queréis tener la opción de llevaros a casa un manuscrito completo y dedicado de “El Montaraz”, ya sabéis…http://cartucholanovela.wordpress.com/2014/01/31/gran-sorteo-todos-con-el-montaraz/  Mientras, aquí os dejo los capítulos 4,5 y 6, para quien quiera leerlos de un tirón. Espero que os gusten y que, entre todos, logremos llevar a “El Montaraz” a las librerías. Un abrazo.

CAPÍTULO 4

 

Retuerto. León

12 de mayo de 2011. 6 de la tarde

 

 

 

 

Francisco Jurado aparcó frente a la casa de Arturo Méndez. Sin decir palabra y con el semblante compungido natural en momentos luctuosos, Carlota, Marquitos y él bajaron del coche y se detuvieron delante de la casa del hombre muerto dos días antes. Carlota colocó el cuello de la chaqueta de Francisco como era debido y comprobó una vez más que Marquitos también iba correcto para presentar sus respetos a la familia Méndez.

Los tres vestían de negro, el color impuesto en los velatorios montañeros. Carlota, con una falda que únicamente descubría sus tobillos, unos zapatos sin apenas tacón, una blusa y una chaquetilla que había decidido ponerse a última hora al apreciar que la tarde había refrescado más de lo que esperaba. Francisco vestía el traje oscuro de los funerales. El mismo que había llevado en los últimos años en que había tenido que honrar la memoria de otros paisanos de la montaña. Carlota le había insistido en más de una ocasión que debía comprarse otra vestimenta. Sin embargo, Francisco no tenía intención de hacer caso a su esposa. Su personal y abrumadora sensatez apoyó su negativa en la única ocasión en que el ganadero quiso explicarse:

Al muerto no creo que le importe lo que yo me ponga. Y si la familia está más preocupada por la ropa de los demás que por el que se ha ido, es que no le están echando mucho de menos fue el argumento de Francisco, ante el que Carlota supo que la batalla estaba perdida.

Marquitos vestía un pantalón vaquero azul tostado, una camisa negra y una cazadora del mismo color. Era lo más cercano a un traje de luto que tenía y fue su misma madre quien le impuso tal vestimenta.

Era un día especial para Marquitos. No porque se tratara de su primer velatorio. Ya había acudido a dos más. Pero ninguno le importaba tanto como éste. La razón no era la identidad del fallecido, Arturo Méndez. Para Marquitos, Méndez se trataba de un paisano más que, tras un tercio de vida en la ciudad, había vuelto a pasar sus últimos años en la tierra que le vio nacer. Con el exotismo añadido de que se trataba, además, del “loco de Las Camperas”, uno de los apodos con los que era conocido por su afición a bañarse en dicha poza aunque el agua estuviera a temperatura gélida. No. Para Marquitos el velatorio era especial porque Arturo Méndez era el tío de Sonia Méndez, su novia.

Francisco golpeó la aldaba metálica de la puerta y los tres esperaron. Unos segundos más tarde una mujer vestida con ropaje religioso abrió la puerta.

Buenas tardes.

Buenas tardes, Milagros. Te acompaño en el sentimiento respondió Francisco.

Gracias. Pasad, pasad a la sala dijo con serenidad.

Se trataba de Milagros Méndez, tía de Arturo. Una monja de ochenta y un años que había dedicado más de media vida al servicio a Dios en la congregación de las Esclavas de Cristo. Carlota dio dos besos a Sor Milagros, y Marquitos, sin saber cómo actuar ante una monja que le intimidaba, se puso al lado de su padre.

Ambos caminaron en paralelo hasta el salón de la casa, el epicentro de la vela al fallecido. Allí se encontraban Inés, la viuda de Arturo, sentada en el centro del sofá agarrando un pañuelo de tela con la mano derecha. La izquierda estaba sostenida por Antonia, cuñada de Inés y madre de Sonia. A la derecha de Inés se hallaba Maribel, una prima que acababa de llegar de León. En una silla aparte estaba sentada Sonia, el amor de Marquitos. Al verla con los ojos enrojecidos, el joven cuenabrénse quiso acudir raudo a su amparo, pero reprimió su instinto y se mantuvo al lado de su padre.

Y en otra butaca, con los ojos cerrados y una postal de la Virgen de Lourdes en la mano, rezaba entre murmullos la anciana Eulalia. A sus ciento cinco años, Eulalia era un paradigma de longevidad muy inusual en la vida urbana, pero no tanto en el mundo rural. A pesar de haber sufrido una vida de miseria, guerra civil, hambre, trabajo y frío, Eulalia mantenía una cordura y una salud que para si quisieran la mayoría de los hombres y mujeres cuarenta años más jóvenes que ella. Y eso que enviudó de su difunto, Lorenzo Méndez, hacía más de cincuenta años y tuvo que sacar a dos hijos adelante ella sola. Sor Milagros, la monja con quien convivía hacía una década, y Senén, el abuelo de Sonia, fallecido hacía décadas.

A cada muerte que sufría la familia de Eulalia los vecinos aseguraban que la siguiente en irse al cielo sería ella. Que “ya le tocaba”. Hasta el momento habían errado. Se habían equivocado en más ocasiones de las que la mujer hubiera querido. Eulalia ya había enterrado a su marido, a un hijo, a una nuera, a un nieto y a un bisnieto. Y nada hacía prever que fuera la siguiente en rellenar una tumba en el cementerio, aunque siempre le rezaba a Dios que fuera ella la próxima en llamar a la puerta de San Pedro. 

Porque Eulalia, todos los días en que la nieve no se lo impedía, acudía a misa. Además, caminaba media hora ayudada, eso sí, por una muleta. Se aseaba sola, ayudaba a su hija en la cocina y únicamente tenía dificultades para subir y bajar escaleras. En cuanto a su capacidad intelectual, mantenía largas conversaciones sin que su longevo cerebro apenas se ausentara de ellas. Además, como la mayoría de los ancianos, conservaba una memoria enciclopédica y sumamente detallada en lo que se refería a hechos históricos que ella había vivido. La vista era el único sentido que había sufrido severamente el paso de los años. Por un ojo apenas veía más que sombras, aunque el otro le servía para defenderse.

De pie se encontraban tres hombres en un corrillo. Dos de ellos eran los hermanos del muerto. Pablo, de sesenta y cinco años, y Julio, el padre de Sonia, quince años más joven. El otro era un vecino de Retuerto que se despedía de ellos tras haber acudido a presentar sus respetos a la familia.

Los velatorios en la montaña de León mantenían una tradición no escrita que se remontaba a tiempos que ninguno de los presentes había vivido. Una vez muerto el protagonista, se velaba su cuerpo durante la noche entera anterior al funeral y posterior entierro. Los familiares depositaban el cuerpo inerte vestido con su mejor traje en una habitación de la casa para que, quien quisiera, se presentara a darle un adiós íntimo. El resto se mantenía en la cocina o en la sala en silencio o manteniendo conversaciones en voz baja en las que el recuerdo del ser querido era el tema central de los diálogos. La disposición física de los presentes, además, era siempre la misma. Las mujeres sentadas, compartiendo oraciones y lágrimas. Cada poco rato una de las mujeres se levantaba para preparar café y ofrecer algo de comida a los allegados. Una función que, en esta ocasión, le había tocado a Sonia. Los hombres, de pie, salían de la casa para fumar o, simplemente, airearse, y volvían a entrar. Y los niños, si es que los había, eran enviados a jugar en la calle para no alterar con su ruido el duelo de adultos. De noche, dormían en casa de algún allegado.

El velatorio transcurría siempre entre rezos, ligeras cabezadas sentados en sillas, café, embutidos caseros y lágrimas, al principio más abundantes y que descendían en cantidad con el paso de las horas y con el agotamiento.  Hasta que sonaban las primeras campanadas matinales de la iglesia. En ese momento, los más próximos cargaban con el féretro, lo sacaban a la calle y trasladaban al fallecido hasta la puerta del santuario. Allí debía esperar todo el pueblo para dedicar sus primeras condolencias silenciosas. Porque había una ley no escrita que prohibía entrar en la iglesia antes de la llegada del féretro, salvo a las personas de avanzada edad que tuvieran dificultades para mantenerse en pie.

 Seguido, otro repicar de campanas interrumpido únicamente por nuevas lágrimas, una bendición del ataúd a cargo del cura y la entrada a misa. En la montaña leonesa los funerales siempre eran de cuerpo presente. Porque siempre había sido así y porque los montañeses entendían que ellos debían acompañar al cadáver hasta el mismo instante en que la tierra lo tapara.

La familia Jurado, ya en el salón, cumplió el protocolo de dar el pésame a cada uno de los familiares de Arturo Méndez con las manidas coletillas  de “te acompaño en el sentimiento” y “Dios le tenga en su gloria “. Tras el ritual, Carlota buscó una silla y se sentó al lado del sofá de las mujeres. Francisco, por su parte, se mantuvo de pie con los hombres. Marquitos también, pero en una situación que le resultaba incómoda. Ya había cumplido los diecisiete años y, por lo tanto, tenía la edad necesaria para ser considerado un adulto aceptable en una conversación madura. Aunque él se sentía extraño, sin saber qué decir entre todos esos hombres con gesto rudo y abatido a la par que sereno. Además, lo único que Marquitos deseaba era estar a solas con Sonia.

Desde que supo de la muerte de su tío quiso acudir a su amparo. Carlota se lo impidió en ese momento. Le dijo que había situaciones en las que un hombre lo que mejor puede hacer por la mujer que ama es dejarla llorar en soledad. Marquitos no entendió la explicación de su madre, pero acató la orden.

Al final, ¿os han dicho qué pasó exactamente?preguntó Francisco al dúo masculino.

Sí. Han hecho la autopsia y parece que se resbaló en la poza y se dio con la cabeza contra una piedra dijo Julio Méndez.

Ya es maldita desgracia.

Además de verdad. Hace unos meses muere su hijo por las drogas y ahora le toca a él. ¡Con lo sano que estaba! ¡Como un roble! Fíjate, decía que era por la manía de los baños en Las Camperas y resulta que uno de esos baños le ha matado. Manda narices cómo es la vida.

¿Cómo está Inés? interrogó Jurado en bajo para que no le oyera la viuda,  que se encontraba a pocos metros.

Destrozada. Dice que ahora qué va a ser de ella. Ya no quiere vivir aquí. A San Sebastián tampoco quiere volver porque le recuerda a su hijo. No sé yo si va a salir de ésta.

Tiene que ser muy duro, sí.

La conversación entre Julio y Francisco, los “consuegros en ciernes” tenía un espectador silencioso. Pablo, el hermano mediano de los Méndez. En ningún momento abrió la boca para aportar reflexión alguna al diálogo. Aunque era algo que a Francisco no le extrañó en absoluto.

 Pablo Méndez vivía en Vegacerneja y era conocido en la montaña como “Pablo el mohíno”. Solterón por convicción y obligación, su fama de serio, enojado perpetuo y tristón hasta la médula le había acarreado ese mote que, evidentemente, nadie  nombraba en su presencia. Pero a sus espaldas “Pablo el mohíno”, había sido centro de burlas por su tacañería y falta de amabilidad. “Éste es tan rácano que no se hace ni pajas por no gastarlas”, dijo una vez el propio Francisco de él al verle segar a guadaña unas ortigas de un prado de su propiedad. Pablo Méndez no necesitaba partirse el lomo para recoger hierba. Estaba jubilado y ya no tenía vacas a las que alimentar. Sin embargo, todos los años segaba, apañaba y recogía la hierba de sus tierras con un único objetivo. Que las reses de otros paisanos no se la comieran. Luego, si el año era propicio, vendía el forraje a otros ganaderos. Y si no lo lograba porque había tanto herbaje que nadie se lo compraba, lo quemaba sin importarle el riesgo que se corría al hacer fuego en mitad de un prado. Todo porque Pablo Méndez no soportaba que otros se beneficiasen de lo que era suyo, por mucho que no lo necesitara.

Por ello a Francisco no le extrañaba ver el semblante toscamente serio pero falto de emoción de Pablo Méndez. Ratificaba la opinión de Jurado de que hay personas que no tienen más sentimiento que el que abarca al egoísmo en esencia pura.

Marquitos salió de casa aprovechando que nadie tenía la vista puesta en él. Fuera, se sentó en un banco de piedra y mantuvo el pensamiento en lo bella que era la primavera con sus gamas de colores enérgicos y los sonidos vivos de la naturaleza. Minutos después se abrió la puerta y Sonia apareció ante sus ojos. Marquitos se levantó como una centella y Sonia se lanzó a sus brazos.

¡Me moría de ganas de verte! reconoció la muchacha.

¡Y yo! Pero mi madre me prohibió venir ayer.

Mejor. No hubiera podido estar contigo.

¿Qué tal te encuentras?

Mal. Hace poco mi primo y ahora mi tío Arturo. Y encima así recalcó recordando las circunstancias del fallecimiento. La tía está fatal. Yo creo que le va a dar algo. Lleva dos días a base de pastillas.

Lo siento mucho dijo el chico con su adolescente sinceridad.

Marquitos abrazó a Sara, pero ésta miró a la ventana de casa y se apartó. Se encontraba incómoda en los brazos de su novio con la familia al otro lado del muro.

Tengo que volver a entrar. No quiero que nos vean así.

¿Cuándo nos veremos?

Mañana, en el funeral. Si es que vienes.

¡Claro que voy a ir! contestó Marquitos con una ligera mueca de ofensa.Ya sabes a qué me refiero. Tú y yo, solos.

Mañana hablamos respondió Sonia con un intento de sonrisa que pretendía calmar la necesidad que Francisco tenía de ella.

Sonia también deseaba sentirse segura en los brazos de su novio cuanto antes. Además, desde que en invierno Marquitos cayó en la cueva de Cuénabres en la que había estado acompañado por un esqueleto, el miedo a perder a su primer amor había aumentado considerablemente. Primero fue “la tragedia de Cebolleda” y después lo de la cueva. Sonia temblaba al pensar en la manida frase de a la tercera va la vencida. Por ello pasaban juntos todas las horas, minutos, segundos que podían. Marquitos era el chico de su vida.

 Pero en ese momento tenía la obligación de compartir el duelo familiar sólo con los más cercanos. Y Marquitos, para su familia, no lo era.

Entró en casa y preparó café. Después sirvió una taza a Carlota, que se lo agradeció con una caricia tierna en la mano, y otra a Francisco. Éste no quiso el brebaje, pero sí dio un beso sentido en la mejilla de la que podría ser su futura nuera.

Ya sabes. Para lo que quieras, cuenta con nosotros dijo con naturalidad.

Julio, al escuchar a Francisco, miró a su hija con semblante serio. Sabía que Sonia y el hijo de Francisco se habían “ennoviado”, pero esperaba que el enamoramiento que se procesaban fuera cosa de chavales y se extinguiera en breve. Porque para Julio Méndez el vástago de un ganadero era poca cosa para compartir la vida con su preciosa e inteligente hija. Esperaba mucho más para ella. Un licenciado, un hombre con dinero o, al menos, alguien que no anduviera todo el día entre abono.

Sonia agradeció las palabras de aliento de Francisco y volvió a la cocina. En ese momento la bisabuela Eulalia ordenó en alto que era el momento de volver a rezar el Rosario. Todas las mujeres asintieron con la cabeza. Carlota miró a su esposo y éste gesticuló con las manos que iba a dar una vuelta en coche y que luego volvería a buscarla. Salió de casa y se encontró a su hijo en la calle, con la cabeza gacha, pensativo y dando patadas a unos guijarros.

Me voy a la Vega a tomar algo. Se van a poner a rezar y… ya sabes ¿Te quieres venir?

Eh… no. Prefiero…

Marquitos no terminó la frase. Pero Francisco sabía que significaba que prefería estar cerca de su chica, aunque ésta no le pudiera hacer mucho caso, que acompañar a su padre. Lo entendió y dijo que volvería a buscarles en un par de horas como mucho.

Francisco Jurado tenía lo que él llamaba “alergia” a todo lo relacionado con la Iglesia. Las misas, las oraciones, los curas, las monjas, las procesiones, las estatuas religiosas… Aunque él mismo sabía que no era alergia. Era resentimiento del pasado, pues consideraba que en la montaña se le había rendido siempre excesiva pleitesía a la Iglesia y que ésta no había respondido con la misma dedicación y desinterés. Con esa idea firme en la cabeza arrancó en dirección a Vegacerneja, donde esperaba encontrarse a personas sin sotanas ni rosarios en la mano, que no se reprimieran de soltar algún “juramento” y que no dijeran continuamente frases que para él habían perdido su significado como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”.

Detuvo el coche en la puerta del bar de Manuel y se encontró fuera a varios paisanos obligados a salir a la intemperie a fumar. Saludó con la cabeza y entró. El bar de Manuel se mantenía casi como siempre lo había recordado. Con una amplia barra tras la cual se amontonaban en baldas cientos de productos de limpieza, comestibles, higiene personal y cualquier bien de primera necesidad que un humano requiriera para salir adelante. En el comedor continuaban sirviendo los mejores platos de caza de la montaña y en la despensa interior se amontonaban provisiones para años. Francisco, cuando veía en televisión una película apocalíptica en la que la humanidad corría riesgo de desparecer por un ataque de zombis, extraterrestres o bombas nucleares, siempre pensaba que el bar de Manuel era el mejor lugar para refugiarse. Dispondría de todo y para una larga temporada.

La única diferencia, gran diferencia además, era que en el bar de Manuel ya no estaba Manuel. En invierno se jubiló tras un susto en el corazón. Entonces puso el local en alquiler y, poco después, un nuevo regente se hizo cargo de la tasca.

¿Te pongo una cerveza? peguntó Roberto Arroyo.

Con un poco de queso, que apenas he comido hoy.

El sustituto de Manuel se apresuró a servir la petición después de pasar una bayeta por la zona de la barra donde iba a depositar la comanda.

Cuando Manuel Pomeño anunció que traspasaba su bar toda la montaña lamentó la noticia porque se pensó que jamás nadie tomaría su relevo. Sin embargo, antes de Semana Santa, apareció Roberto Arroyo, un  informático treintañero de Madrid. Había decidido practicar senderismo en la montaña leonesa y se había enamorado del paisaje y del modo de vida silencioso y sosegado. Por ello, cuando supo que Pomeño abandonaba el negocio, decidió lanzarse a la aventura. Pidió el finiquito en la empresa y arrendó el bar y la casa trasera a éste. Al principio todos pensaron que no duraría ni un mes en un pueblo que apenas conocía, con una población casi inexistente en otoño e invierno y con unas tradiciones bastante cerradas. Sin embargo Roberto Arroyo fue inteligente. Mantuvo en la cocina a Doña Carmen, la mejor cocinera de carne, tanto de caza como de cuadra, de la montaña. Y contrató a la chica más guapa de la montaña para que sirviera los fines de semana. Esa chica no era otra que Sonia Méndez.

¿Vienes del velatorio?

Sí. Ahí siguen, con el rosario.

¿Qué tal está la pequeña? era el apodo cariñoso con el que Roberto llamaba a Sonia.

Apenas hemos hablado. Marquitos se ha quedado con ella.

Recuérdale que no hace falta que venga este fin de semana. Ya me las arreglaré como sea.

Sonia llevaba dos meses trabajando como camarera de fin de semana en el bar de Manuel. Ricardo decidió contratarla nada más verla en la barra de La Tenada, el bar que su padre regentaba en Riaño. La simpatía y amabilidad con que trataba a la clientela, el saber hacer con las cervezas y las copas y, cómo no, la belleza de la chica convencieron a Ricardo al instante. Cuando  propuso la contratación a Sonia, ésta tuvo que pedir permiso a su padre. Julio Méndez se mostró reacio al principio. Prefería tener controlada a su hija única cerca de él a que tuviera que aguantar a borrachos y babosos en otro local. Además, cuanto más lejos estuviera de él, más fácil tendría la posibilidad de hacer lo que quisiera con Marquitos. Y sólo pensar en ello le daba dolor de cabeza a su protector padre.

 Pero la insistencia de Sonia durante toda una semana fue más fuerte que su reticencia y, finalmente, claudicó. Desde entonces Sonia Méndez era la camarera encantadora, atractiva y diligente de los viernes a la noche y los sábados y domingos a jornada completa.

Francisco mordió un trozo de queso y echó un trago. A su lado estaban dos trabajadores de la construcción encargados de rehabilitar una casa de Vegacerneja. Los dos hombres hablaban de la crisis, de cómo estaban bajando los precios de las viviendas y de que, ante la falta de trabajos, una cuadrilla de albañiles de Maraña se había disuelto y cinco obreros se habían ido al paro. En ese momento entraron los hombres que habían apurado sus cigarros al fresco. Uno de ellos, natural de Casasuertes, se mostraba especialmente enfadado.

¡La primera jata, cago en la puta! ¡Y todavía estamos en mayo! Cuando venga el guarda se lo voy a decir. Que, o toma medidas, o las tomamos nosotros.

Francisco Jurado, curioso, preguntó de qué estaba hablando.

Que los lobos ya me han matado la primera jata. Hace cuatro días que las he sacado de la cuadra y ya me han jodido una.

¿Dónde te la han matado?

En los prados de Montó.

Y a mí no me han jodido otra de milagro. Porque tenía a los mastines por ahí, que si no, me la matan agregó otro ganadero. No sé que pasa este año, pero parece que hay más lobos que nunca.

“Yo sí sé que es lo que pasa pensó Francisco. Que este año no he subido yo con el rifle”.

En efecto, todos los inviernos y a principios de las primaveras, Francisco Jurado ascendía a los montes que rodean Cuénabres, Casasuertes, Retuerto y las aldeas de Valdeón y realizaba varias batidas furtivas de lobos. Elegía los ejemplares más fuertes, los que parecían ser líderes de la jauría, y los derribaba con las balas de su rifle. De ese modo, si acababa con uno o dos chacales de cada grupo, el resto se dispersaba y atacaban a los animales de la montaña por su cuenta, de modo individual, lo que les creaba mucha mayor dificultad para cazar. Aunque todas las temporadas moría algún becerro, oveja o ciervo, la cantidad de animales caídos en la montaña era muy inferior que si se trataran de grupos unidos los que rodeaban a las presas.

Pero Jurado había abandonado la caza tras “la tragedia de Cebolleda” del año anterior. Había decidido no volver a portar un arma. Ni legal, ni de modo furtivo. Ya había matado a demasiadas fieras y había ayudado a demasiadas personas a hacer lo mismo. Y no sentía la necesidad de volver a apuntar y disparar a un animal que corre por el bosque. De hecho, cuando reflexionaba sobre los centenares de ocasiones que había derribado a una bestia a lo largo de treinta años, se planteaba la duda de si ello había supuesto para él algo más que el único placer de la venganza ante Daniel Molero, el guarda de montes hasta entonces. Y si eso le había convertido en una persona más pobre de espíritu y con más rencor en su interior de lo que jamás hubiera temido.

Francisco Jurado había abandonado la caza. Pero ello no suponía que renegase de una actividad heredada de sus ancestros y que había aportado sustento alimenticio a varias generaciones montañesas. Paisanos que se alimentaron del chorizo de jabalí, de los filetes de rebeco o de la carne guisada de ciervo. Para él suponía una de las leyes fundamentales de la naturaleza. La de matar para poder vivir. Desde ese prisma, respetaba a los cazadores.

 A quienes había empezado a despreciar era a aquellos que únicamente cazaban para obtener el trofeo, esa cabeza de la fiera que pretendían exponer en el salón de su casa como muestra de virilidad. Esos hombres, a los que precisamente él había ayudado a localizar las presas y se las había puesto en bandeja para disparar, le parecían ahora que eran tan vacíos de sentimientos en relación con la montaña como lo había sido él cada vez que apretaba el gatillo con el único objetivo de hacer daño a Molero.

Así que ese año los lobos tenían, por parte de su rifle, el campo libre para el acorralamiento y el ataque. Francisco, que ya había divisado varias pisadas de los chacales en invierno, se planteó en ese momento que el modo de evitar que sus jatos y vacas acabasen muertos a dentelladas tendría que ser la vigilancia de su ganado con más esmero.

“Sol y Zar van a tener un trabajo extra esta primavera y verano”, pensó. “Que los demás hagan lo mismo. Que cuiden de su ganado como es debido y ya verán cómo les matan menos jatos. Y, si no, que suban ellos a matar a los lobos. Conmigo que no cuenten”.

Sus pensamientos se vieron alterados por la entrada bravucona de un hombre.

¡Roberto! ¡Un cubata de ron!

Arroyo colocó un vaso en la barra.

—¡En vaso de tubo, cojones! Nada de los vasos de sidra que usan los vascos.

Jurado miró a ese hombre, de no más de treinta años, y se extrañó por no conocer a un cliente que trataba con tanta familiaridad al hostelero. Roberto Arroyo sirvió el combinado. Cuando hubo terminado, el joven agarró su brazo.

¡Coño, Bobby! ¡Echa un poco más, que parece que lo tienes racionado!

Después miró a Francisco, en la otra esquina de la barra, y exhibió una sonrisa que solicitaba la complicidad del vaquero. Éste no movió ni un músculo de su rostro.

¡Bah! dijo a modo de desprecio a Francisco antes de beber de un trago medio cubalibre. Oye, ¿dónde está la muñequita? Ya sabes que prefiero que me sirva una tía con ese cuerpazo a que lo hagas tú, feo cabrón.

Soltó una carcajada que detuvo las conversaciones en el bar. Francisco notó como la inicial molestia al ver al extrovertido desconocido se estaba convirtiendo en malestar. “La muñequita del cuerpazo” a la que se refería era Sonia. Y a él no le gustaba que hablasen así de la novia de su hijo. Roberto, tras la barra, apreció el semblante enfadado de Francisco y quiso apaciguar la tensión.

Ya sabes que sólo trabaja de fin de semana. Además, ¿no crees que es un poco joven para ti?

¡Joder, Cuanto más joven, más dura. ¡Más dura me la pone!— respondió antes de soltar una carcajada excéntrica.

¿Pero tú eres imbécil o estás borracho?

La rotundidad con que Francisco Jurado había dicho tales palabras provocó un silencio aterrador en la tasca. En ese mismo instante Roberto Arroyo salió de la barra y se colocó entre Francisco y el joven faltón.

¿Qué has dicho?

¿Que si eres imbécil o estás borracho?

Y tú eres un hijo de…

Roberto intervino antes de que los insultos pasaran a convertirse en acciones.

Yo creo que lo segundo, que está borracho. Venga, David, vete a casa que por hoy es suficiente.

Agarró del brazo al hombre, que se dirigió retador a Francisco.

Oye, viejo, ¿qué mosca te ha picado? Que estoy de broma, joder.

Yo no veo que nadie se esté riendo con tus tonterías.

Francisco, déjalo intervino Roberto. Y tú, sal ahora si no quieres que me enfade. Y si el próximo día vez estás como hoy, mejor que no entres aquí.

Acompañó al joven hasta la puerta y esperó a que se alejara unos metros para volver a la barra.

¿Quién es ese impresentable?

¿No le conoces?

No. ¿Debía conocerle?

Es el geógrafo.

¿Este idiota es el geógrafo? Manda narices que todos nosotros estemos pagando a un impresentable como éste.

David Raballeda era un personaje que había aparecido en el universo montañés hacía dos meses. Se presentó como un geógrafo madrileño al que el Gobierno de Castilla y León le había concedido una beca de dos años para estudiar la incidencia de la despoblación en la montaña leonesa en el medio ambiente y plasmarlo en un libro que editaría el gobierno castellano leonés. Un estudio que a la mayoría de los paisanos de la zona le parecía un gasto sinsentido cuando las administraciones podían invertir el dinero de la beca en proyectos más productivos. Sin embargo, lo que más molestaba a personas como Jurado era que, al parecer, no era más que un enchufado y un vividor que se iba a pasar dos años disfrutando la vida padre con el dinero de los contribuyentes.

Cuando Francisco apreció que se había calmado tras la trifulca con el geógrafo, miró su reloj y pensó que era hora de volver al velatorio. “¡Qué pereza!”, pensó al imaginarse a todas las mujeres con la cabeza agachada y rezando en bajo, como si quisieran que el único oyente de sus plegarias fuera el cuello de sus blusas.

Pagó la consumición y condujo hasta Retuerto con galbana. Ya habían ofrecido sus respetos a la familia Méndez y él todavía tenía labores que hacer en Cuénabres. Esperaba que Carlota no se hubiera ofrecido a hacer noche para velar al cuerpo con la familia, porque él no estaba dispuesto a dejar sin comer a varias añojas que tenía en la cuadra y que pretendía vender en breve.

 

Tercer misterio. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte.

 

La voz venida del interior de la casa de Arturo Méndez ratificaba los  peores augurios de Francisco. Que se confirmaron cuando entró en el salón. Sor Milagros portaba la sarta de cuentas, separadas de diez en diez por otras piedras de distinto tamaño y unida por sus dos extremos a una cruz. Rosario en mano, proseguía con el rezo que había empezado cuando él se ausentó. O bien, temió Francisco, habían empezado otro nuevo. Como desconocía de cuántos misterios constaba el Rosario, cuantos avemarías y padrenuestros incluía cada misterio y no tenía ni idea de lo que eran las jaculatorias y las glorias, se encontraba perdido en cuanto a la ubicación temporal del rezo. Por muchos capones que recibió de mozo por parte del maestro por no saberse de inicio a fin el protocolo del Rosario, jamás había sido capaz de guardar en su memoria un ritual que no le interesaba en absoluto. Y se consideraba perro viejo para aprender algo que se la traía al pairo.

 

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra…

 

Las cinco mujeres entonaban a coro el Ave María. En ese momento, sin esperar a que Carlota mirara hacia él, dio media vuelta y salió de la casa. Prefería esperar la finalización del rezo fuera. Se sentó al lado de su hijo, aburrido y triste por no haber podido estar más tiempo a solas con Sonia. 

¿Qué tal va todo?

Marquitos subió los hombros pero no abrió la boca.

Tranquilo, enseguida marchamos. Si no es que se le ha ocurrido a tu madre ofrecerse a pasar toda la noche.

Lo ha hecho…

Francisco maldijo en su interior. Carlota había vuelto a ser tan amable y correcta como siempre. Ya le había dicho él que tenía prisa y que…

… pero la madre de Sonia ha dicho que no hace falta terminó Marquitos.

El ex furtivo resopló. Volvían a casa. En cuanto las mujeres dejaran de rezar, entraría en el salón, miraría a Carlota y, con un gesto disimulado, le indicaría que era hora de volver. De ese modo todavía tenía tiempo para acudir a la cuadra sin que se le hicieran las mil.

Marquitos no se mostraba tan aliviado. Al contrario. Cuando había salido de Cuénabres en dirección al velorio se había imaginado que iba a ser el soporte, el baluarte, el roble, el hombre en el que Sonia iba a depositar toda su pena por la muerte de su tío Arturo para que él la destruyera y convirtiera el dolor en consuelo. Deseaba mostrarse como el varón fuerte y sin titubeos que aparecía en las películas y que, con un solo abrazo, calmaba el temblor de la amada.

Y en lo que llevaba de tarde no había sido más que un mojigato acobardado ante una monja con un rosario en la mano, unas mujeres con oraciones en la boca y lágrimas en los ojos y unos hombres no más recios que su padre pero que le habían amedrentado nada más verles. Seguramente, pensó, porque uno de ellos era el padre de Sonia.

Pero la razón de la amargura de Marquitos residía en que apenas había hablado con su chica. No se había comportado como se comporta un novio con su novia afligida. Esa realidad, magnificada por su juventud ignorante, le carcomía.

 

…concédenos, pues, que celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén

 

Se hizo el silencio dentro de la casa. Francisco, alerta, esperó unos segundos. “Ya está, ya han terminado”. Se levantó y entró en el salón. En ese momento se estaba alzando su esposa, que necesitaba acudir al baño tras el rezo.

Igual es hora de marchar.

Espera un poco contestó ella. Todavía no hemos visto a Arturo.

De acuerdo. Subo yo ahora. Luego vas tú y marchamos, que hay cosas que hacer en casa.

Carlota consintió y entró en el baño. Francisco ascendió las escaleras de la casa y, enfrente, halló la puerta abierta en la que se encontraba el ataúd de Arturo Méndez sobre la cama. Entró con lentitud, con la pausa que pensaba que se debe tener ante la presencia de un muerto. Se colocó al lado de la caja y miró a Arturo. Seguido, hizo la señal de la Santa Cruz.

“Ya has tenido mala suerte, hombre. Ahora que podías disfrutar de la vida con tu mujer”.

No sabía qué más podía decir su mente al espíritu de Arturo, si es que éste existía y todavía no se había despegado de su cuerpo. Tampoco había tenido tanto trato con el hombre vestido con un traje negro y con los ojos cerrados. Su padre, Vicentín Jurado, Vicentín el Hurón para los paisanos, sí había tenido más relación con él antes de que, en 1987, la familia Méndez tuviera que abandonar La Puerta por culpa de la construcción del pantano del Esla. Incluso recordó que en una ocasión uno de los hermanos Méndez, no se acordaba bien quién de los tres, había acudido a Cuénabres y había vendido a su padre una vaca que luego resultó ser una de las más lecheras de aquellos años.

“Espero que estés en el cielo. Y ojalá nos veamos allí. O donde sea”. Francisco volvió a persignarse y bajó las escaleras. Miró a Carlota y esperó en el salón. En cuanto ella bajara de ofrecer sus respetos al fallecido, se despedirían y volverían a Cuénabres.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche estaba despejada y el viento del norte enviaba intermitentes rachas frías que chocaban contra la piel como diminutas e invisibles agujas.

“Hoy va a pegar una helada de cojones”, se dijo Francisco Jurado al salir de la cuadra. Acababa de cebar a las dos añojas limusinas que pretendía llevar al matadero. Eran buenas jatas de carne, pero al ganadero le daba el pálpito de que no iban a ser tan buenas paridoras como el resto. Sus cuartos traseros eran más estrechos y eso podía dificultar los partos.

Caminó por el pueblo desierto de personas en dirección a su casa acompañado de Sol. Antes de cruzar el puente que atraviesa el río Frañisquera,  escuchó un grito de enfado procedente de una cuadra cercana. Al percibir de dónde venía, decidió que la razón del chillido no era de su incumbencia. Pero, seguido, otro grito volvió a detener sus pasos. Esta vez ya no podía hacer la vista gorda a lo que estaba ocurriendo dentro del único establo iluminado del pueblo en ese momento. Por mucho que se tratara de la cuadra de Daniel Molero, el ex guarda de montes de Cuénabres.

Daniel Molero volvía a poseer vacas. Veinticinco años después de que su padre perdiera todo su ganado por culpa de la brucelosis y de que él renegara de la vida de vaquero, su cuadra volvía a estar habitada por media docena de reses. El origen de tal cambio fue “la tragedia de Cebolleda”. Tras aquella noche de infausto recuerdo para toda la montaña de León, Molero fue apartado de su puesto de trabajo como guarda de montaña a la espera del juicio por doble asesinato. Sin embargo, las pruebas forenses y las declaraciones de los testigos provocaron que el juez decidiera no inculpar a Molero a cambio de que éste no volviera a ejercer de guarda ni portara jamás un arma. Daniel aceptó sin pena alguna. Jamás se había sentido pleno con ese trabajo y además le había separado de Francisco, su mejor amigo hacía décadas.

Cuando fue declarado inocente, se planteó abandonar Cuénabres. Pero ¿adónde podía ir un hombre cincuentón que había vivido casi toda su vida en la aldea que le vio nacer? ¿A qué se podría dedicar sin saber otro oficio que el de cuidar de la fauna y la flora de la montaña? Esas dudas le provocaron a principios de año un vértigo feroz en torno a su indeciso futuro.

Entonces se abrió una puerta ante él y Daniel decidió traspasarla. Álvaro Pastor, carnicero de Riaño, le propuso montar un negocio desconocido hasta entonces en la montaña. Una empresa de productos delicatessen de la comarca reunidos todos bajo una misma marca. Para ello se asociarían con los mejores elaboradores de quesos de la zona, los apicultores que recogían la miel más deliciosa y el propio Pastor se encargaría de los productos cárnicos como la cecina de vaca, el chorizo de León o los embutidos de caza. Además, incluirían huevos de corral, postres caseros, verduras de temporada envasadas al vacío y conservas variadas.

Álvaro Pastor, que había elaborado el plan de viabilidad de la empresa hacía meses mano a mano con su hermana Cristina, necesitaba un tercer socio capitalista que, a su vez, también se dedicara a contactar con los proveedores y al transporte y promoción de los productos. El envasado de los mismos y el cumplimiento de los requisitos sanitarios correrían a cargo de Cristina, y Álvaro continuaría aportando la carne, que pretendía ser el producto estrella de la marca.

La propuesta de los hermanos Pastor fue, para Molero, como el gusano más delicioso para una trucha perdida en un riachuelo de lodo. Pero tuvo miedo de que ese gusano estuviera amarrado a un cebo y picara quedando atrapado. Lo que podría significar la pérdida de los treinta mil euros necesarios para formar parte de la sociedad. Tras horas de vueltas en la cama con el temor a un engaño a un lado de la almohada y la ilusión por convertirse en un precursor en su tierra al otro, se decantó por la última expectativa. Esperó una semana de deliberación profunda, llamó a Álvaro y Cristina Pastor, se reunió con ellos y mostró su disposición a formar parte de la nueva aventura empresarial.

Lo único objetó, el nombre que habéis pensado como marca no me convence.

¿Porqué? contestaron los hermanos al unísono.

Porque lo de “Delicias de Riaño” no lo veo impactante. Me parece que tiene poco recorrido.

Pues ese tiene que ser. Ya están diseñadas las etiquetas respondió Álvaro.

Espera interrumpió Cristina. ¿Tienes algún nombre mejor? Espero que sí, porque si no, mejor no haber empezado esta conversación.

Así era Cristina Pastor, directa, segura, sin ambages a la hora de hablar y actuar.

—Secretos de la montaña.

Los hermanos se escrutaron el uno al otro con la mirada. Tras unos segundos de silencio reconocieron que se pensarían la propuesta y que, al día siguiente, tendría una respuesta.

“Secretos de la montaña”. Ese fue el nombre definitivo de la compañía y la marca con la que se presentaban en ferias gastronómicas y en tiendas delicatessen.

Francisco Jurado sabía de toda esa historia de la creación de la empresa porque era conocida por todos. Consideraba que, en una comarca en continua despoblación y con escasa mentalidad de luchar por ellos mismos, era una idea cuando menos osada. Pero también loable y valiente. Y Francisco apreciaba la valentía de ese hombre al que había vuelto a respetar tras décadas de odio irracional.

Pero lo de volver a convertirse en vaquero le parecía disparatado y hasta suicida. Daniel ya demostró en su juventud que carecía del instinto necesario para cuidar del ganado, el mismo que Francisco poseía a raudales y que le había llevado a ser el pastor más respetado de la montaña. Por eso no comprendía porqué quería arriesgar sus ahorros en unas vacas que, estaba seguro, no sería capaz de cuidar como era debido. Algún día le gustaría preguntárselo, pero sabía que ese momento se demoraría muchos años. De momento, Francisco y Daniel bastante tenían con saludarse cada vez que se cruzaban.

Jurado no pudo reprimirse otear por la ventana qué ocurría en el interior del cobertizo para que provocara gritos tan irascibles como los que había oído. Asomó la cabeza por un ventanal y observó a Daniel sentado en una pequeña banqueta de madera apoyada por tres patas. Vestía un mono azul y tenía las manos agarradas al pelo, que parecía querer arrancar de cuajo. De repente, se levantó de un respingo.

—¡Venga, coño! ¡Inténtalo, me cago en todo! ¡Empuja, joder!

Francisco no podía ver a quién estaba gritando, pero lo pudo imaginar. A una vaca a punto de parir. Dio media vuelta y pensó que no era problema suyo si la vaca paría bien o mal, si el jato nacía vivo o muerto y si la madre salía del parto o moría en el intento. “Si te haces ganadero tienes que aprender a apechugar con esto. Y con mucho más”, se dijo a modo de auto disculpa por continuar su camino.

Sin embargo, segundos después se detuvo y miró a Sol  a los ojos.

—Mierda. ¿Por qué me miras así? ¿Acaso es problema mío? No. Pues eso— se justificó ante su perro pastor— ¿Justo tengo que ser yo? No, hombre, no. Esto no se hace. Estaba mejor en el velatorio, cago en la puta de oros.

Sol continuó con la mirada puesta en su amo. Éste, tras mover la cabeza en repetidas ocasiones como evidente señal de desagrado, volvió sobre sus pasos y anduvo hasta la puerta del establo. Allí se quedó mirando a Daniel, que estaba de espaldas a él, de rodillas al lado de una vaca abatida en el suelo. Junto a ellas estaban otras cinco limusinas, todas tumbadas.

—¿No has llamado al veterinario?— preguntó Francisco de un modo directo.

Daniel, que se asustó tras oír una voz humana tras de si, se incorporó.

—Veinte veces lo menos. Pero no sé dónde cojones se ha metido que no coge el teléfono.

Francisco detuvo su mirada en la vaca, lánguida contra el suelo con evidentes síntomas de extenuación. Nada más verla supo que se trataba de un ejemplar joven, de no más de tres años. Seguramente, pensó, era su primer parto. Tras aspirar aire, y sin mirar hacia Daniel, caminó hacia la res.

—¿Qué tiene exactamente?

—Que se muere. Eso es lo que tiene. Lleva horas intentando parir y nada, no lo saca ni “pa” atrás.

—El jato viene torcido— auguró nada más tocarle la barriga hinchada.

La limusina, agotada de tanto esfuerzo, expulsaba sudor por todo el cuerpo y parecía darse por vencida. Francisco se quitó la parte de arriba de su mono y se quedó en camiseta interior.

—Ve a por agua caliente. Pero no hirviendo. Un balde bueno. También una botella de aceite.

—¿Aceite? — preguntó sorprendido.

—Sí, aceite, del de casa.

—¿De oliva o de girasol?

“Este es tonto”, pensó.

—De lo que te la da gana, coño. Trae un poco de aceite— replicó Francisco con impaciencia— ¿Tienes cuerdas?

Daniel señaló a la derecha.

—De acuerdo. Pues trae el agua y a ver qué podemos hacer. Yo voy a casa a por una manga de plástico, que habrá que meter mano si queremos hacer algo.

—No hace falta— replicó Daniel.

En ese momento Francisco detuvo la caricia suave que estaba ofreciendo a la res. Su rostro tornó hacia una seriedad mayor de la habitual. Había interpretado la última frase de Daniel como un desprecio a su ofrecimiento de auxilio. Se hizo un silencio entre los dos paisanos. Incómodo y tenso. Daniel, en ese momento, se percató de la errónea interpretación de Francisco.

—Quería decir que no hace falta que vayas a por una manga. Ahí tienes una— aclaró.

Francisco miró al guante que colgaba de una viga de la cuadra y se encaminó a cogerlo.

—Venga, date prisa. No les queda mucho— aseguró.

Dos minutos más tarde, Daniel Molero regresaba al establo con un caldero rebosante de agua caliente. Jurado ya se había preparado durante el tiempo de espera. Había palpado con detenimiento la tripa de la res y estaba convencido de que el ternero venía de cabeza, lo que le tranquilizó, pues no habría que darle la vuelta dentro del saco ni tendría que sacarlo de culo, con la dificultad que suponía ello para madre e hijo. Además, había preparado un nudo corredizo con dos cuerdas de empacadora y se había ajustado el largo guante que le llegaba casi hasta el hombro.

—Deja ahí la palangana— ordenó a Molero.

Daniel obedeció y se apartó. Francisco, ayudado con una taza metálica que había localizado en la cuadra, derramó parte del agua caliente en el guante. Con esa acción quería retirar todo el polvo acumulado en la manga para que, al meter la mano, no infectara al animal. Seguido, ordenó a Daniel que agarrara con fuerza la cabeza de la limusina y que no le permitiera levantarse. Por último, abrió la botella de aceite, de oliva, y derramó una buena cantidad en el guante para, después, esparcir el líquido viscoso hasta el hombro.

—¿Cómo se llama? — preguntó Francisco al depositar la botella en el suelo.

—Eh… ¿La vaca? no tiene nombre— respondió Daniel con apuro—. Todavía no les he puesto nombre a ninguna.

“Tiene seis vacas y ni una tiene nombre— pensó Francisco con enfado—. Yo tengo más de cien y todas lo tienen. Como debe ser, coño. Vaya ganadero que tengo delante”.

Tras maldecir en silencio lo suficiente como para desahogar parte de la tensión, se arrodilló al lado de la vaca, justo detrás de su culo.

—Venga, bonita. Pórtate bien.

Limpió la vulva de la res con esmero, cuidando de apartar todas las heces acumuladas, e introdujo su extremidad derecha. Primero la mano, lentamente, hasta que ésta desapareció de su vista. En ese momento la joven limusina mugió, aunque el cansancio acumulado le impidió moverse.

—¡No dejes que se levante! — ordenó Francisco.

Si la vaca se alzaba corría riesgo de rasgar la vulva y de producir una hemorragia mortal. Daniel asintió mientras sostenía la cabeza de la vaca con las manos. Francisco prosiguió introduciendo el brazo, ahora con más determinación. Cuando se detuvo, sus manos palparon el interior de la matriz. Necesitaba saber la posición exacta del jato para decidir cómo debía actuar. Si se equivocaba, podía dar por muertos a los dos animales.

Lo primero que tocaron sus dedos enguantados era el corvejón de una extremidad. Por el palpado de la pezuña no supo si era una de las patas delanteras o de las traseras. Prosiguió articulación arriba hasta que llegó a la rodilla. Entonces lo tuvo claro.

—Vale, al menos viene de manos. No está de culo— dijo en alto tranquilizándose a sí mismo y a Daniel.

Después buscó la otra mano del jato pero, tras varios segundos, no la encontró. Insistió hurgando en la matriz de la madre, pero el intento fue infructuoso. Entonces supo que, por lo menos, tenía una pata enrevesada. Faltaba por dilucidar la posición de la cabeza.

Para ello introdujo el brazo hasta que el hombro le detuvo en su exploración. Tocó el cuello de la cría y subió con la mano en busca de la papada. En efecto, allí se encontraba, pero cuando continuó con la ascensión, se percató de que la posición del ternero era más complicada de lo que había esperado. Rápido, sacó todo el brazo del interior de la vaca y se incorporó.

—Límpiame el guante, rápido— ordenó a Daniel al tiempo que, con la mano izquierda, apartaba varias gotas de sudor que querían llegar a sus ojos.

—¿Cómo lo ves? — preguntó el propietario de la joven limusina.

—Jodido, muy jodido. Viene peliaguda de cojones— reconoció Francisco con preocupación—. Sólo tiene la pata izquierda hacia delante. La de atrás la tiene que tener enquistada. Y, lo peor, también tiene la cabeza torcida hacia atrás. O la sacamos enseguida o se muere ahogada. La vaca sola no puede hacer nada estando así el jato. Lo único que va a hacer es morir de agotamiento.

—¿Puedes hacerlo?

—Supongo que sí. Pero cuando veas al veterinario dale dos hostias de mi parte. Que para eso están ellos, me cago en Satán y en la puta que lo parió.

Francisco tenía en común con la mayoría de paisanos de la montaña el hecho de aumentar hasta cotas extremas la cantidad de insultos, irreverencias y maldiciones en momentos de tensión. Carlota le había pedido en varias ocasiones que cuidara su vocabulario, pero el ganadero no podía evitarlo.

Daniel terminó de limpiar el guante lleno de estiércol y volvió a su posición al lado de la cabeza de la res. Y Francisco, con un enfado evidente porque Ramiro, el veterinario, no estaba en su lugar, recuperó su posición agachada al lado de los cuartos traseros. Agarró la cuerda que había preparado con anterioridad y metió la mano. La vaca volvió a mugir, aunque en esta ocasión el sonido procedente del animal sonaba más agonizante. Lo interpretó como que le quedaba poco tiempo y no más de un intento para sacar con vida a la cría.

Con todo el brazo dentro del animal, volvió a palpar dentro de la matriz. Halló con rapidez la pata bien colocada e inició un atado de la cuerda con una sola mano. Cuando hubo terminado, llamó a Daniel.

—Ven, ponte detrás de mí, rápido— ordenó a Daniel.

Éste obedeció y se colocó a su lado.

—Cuando yo te lo diga, tiras de la cuerda. No tires de golpe, tienes que hacerlo de un modo continuo. ¿De acuerdo?

—Tú mandas.

—Y cuando diga para, paras. A ver si así podemos moverla un poco.

Daniel agarró con las dos manos la extremidad de la cuerda que salía de la vulva de la vaca y esperó la orden.

—Venga, ahora, tira.

Daniel obedeció y vio cómo varios centímetros de cuerda salían del orificio. Al hacerlo, la vaca intentó incorporarse, pero Francisco hizo fuerza con su brazo izquierdo para que no levantara las patas traseras. La res limusina no logró su objetivo y derrumbó su cabeza contra el suelo.

—¡Para, para! Es suficiente— gritó Jurado.

Hurgó de nuevo en el interior y comprobó que la posición del jato había cambiado. Continuaba con la extremidad izquierda y la cabeza ladeadas. Pero, al menos, podía alcanzarlas con la mano.

—Rápido, prepárame otra cuerda como ésta— pidió entonces a Daniel.

Éste soltó la que portaba y buscó otra soga fina y larga. Cuando la encontró se la acercó a Francisco.

—¿Qué piensas hacer? — preguntó sorprendido.

—Algo que no he hecho en mi puta vida. Pero, o nos la jugamos, o la puedes ir llevando al matadero— se sinceró—. Es tu vaca. Tú mandas.

—Haz lo que tengas que hacer.

—Entonces, dame la cuerda.

Con ella en su mano izquierda, pidió que le remangara la camiseta hasta el hombro y que le echara agua en todo el brazo. Ya no tenía tiempo de buscar otro guante largo que ponerse.

Respiró profundamente y metió la mano izquierda, que entraba en paralelo a la derecha. Esta vez el bramido de la vaca fue más enérgico. Buena señal, pensó Francisco. Significaba que a la limusina todavía le quedaba vitalidad para seguir peleando. El ganadero prosiguió la introducción del brazo hasta que los dedos de las manos izquierda y derecha se tocaron. Entonces, con la siniestra, buscó la pata enquistada de la jata e hizo un nudo en ella. Tiró y comprobó que el nudo era fiable.

—Bien, ahora tira de la otra cuerda. Como antes. Sólo hay que moverla un poco para colocar la pata y para que pueda alcanzar el cuello. Si no se nos muere ahora, igual hasta sobrevive.

Ese era el momento de mayor riesgo y Francisco lo sabía por experiencia. Hacía más de una década extrajo un jato muerto de una de sus vacas porque, al intentar sacarlo, éste se rompió el cuello. Era la única vez en la que había fracasado de las decenas de ocasiones en las que había ejercido de matrona de una vaca parturienta.

Daniel tiró de la soga hacia él hasta que Francisco ordenó que se detuviera. Entonces las manos del experimentado vaquero evidenciaron que la segunda fase de la operación había resultado satisfactoria. Con la mano derecha tocaba las dos patas delanteras. Entonces, con la izquierda, buscó el cuello del ternero. Y lo halló. En ese momento se detuvo.

Francisco tenía la cabeza pegada al culo de la limusina. La nariz estaba a punto de tocar los excrementos que habían salido al tirar de las cuerdas. Pero esa incómoda posición no era lo que preocupaba al vaquero.

—¿Qué pasa? — interrogó preocupado Daniel al percatarse de la actitud detenida de Jurado.

—Silencio— ordenó éste.

Daniel obedeció. Pero no sabía la razón por la que Francisco estaba concentrado. Éste tenía su mano en el cuello del jato y estaba concentrado en buscar latidos de vida en sus arterias. Preocupado, no sintió nada. Su caricia en el cuello sin respuesta alguna del animal dentro del claustro de la madre hacía presagiar la peor de las posibilidades. Que el ternero se encontrara muerto. Como única ocurrencia para salir de dudas, decidió pellizcarlo a la altura de la papada.

Entonces, como si hubiera renacido, el jato movió la cabeza dentro del útero de su madre.

—¡Ahí, pelea, cago en ros! ¡Pelea por vivir, claro que sí!— gritó Francisco.

Sacó la mano derecha para tener más movilidad con la izquierda y aprovechó que ésta continuaba agarrada a la papada del animal para ascender hasta llegar a sus diminutas orejas. Enganchó una de ellas y tiró hacia él. A Francisco le costaba ver, pues el sudor ya había entrado en sus ojos. Pero le daba igual. El tacto era el único sentido que necesitaba en ese momento. Y le estaba diciendo que la cabeza del jato empezaba a girar hacia la posición de los cuartos delanteros. Sacó el brazo izquierdo velozmente y agarró las dos cuerdas con una mano. Daniel hizo lo mismo detrás de él.

—A la de tres. ¡Una, dos y tres!

Los dos montañeses tiraron con fuerza. Un tirón y un paso atrás. Un segundo tirón y otro paso. El tercero fue el definitivo. Las manos del pequeño limousin sintieron el aire exterior por primera vez en su vida. En ese momento Francisco dio un último arrastre, que hizo que aparecieran las patas delanteras y la cabeza de la res. Soltó la cuerda y se abalanzó hacia el animal.

—Rápido. Una vez más— solicitó a Molero al tiempo que agarraba la testa del ternero.

Daniel obedeció y, en ese momento, logró arrastrar todo el cuerpo del animal al exterior. Francisco agarró su cabeza para que no chocara con el suelo.

La vaca mugió con tanta energía que contagió a las compañeras. Hasta entonces habían permanecido ausentes del parto concentradas en su continuo rumiar. Pero, como si celebraran el parto de su comadre, bramaron todas con tal energía que el sonido atravesó las paredes de la cuadra.

Pero ni Francisco ni Daniel se percataron del rugido triunfal de las vacas. Su atención estaba centrada en el animal recién nacido. Francisco lo agarraba con sus brazos y tumbó su agotado cuerpo contra el suelo de la cuadra.

—Es una hembra— dijo con una sonrisa sincera—. Muy bien, pequeña. Te has portado muy bien.

La pequeña limusina respiraba con normalidad, aunque se mostraba extenuada por el esfuerzo. Sin embargo a Francisco ese hecho no le preocupaba. Para él había una demostración, no científica sino basada en su propia experiencia, que indicaba que un ternero recién nacido se encontraba sano. El movimiento de su pequeña cola. Si al nacer movía el rabo con determinación, como si fuera un radar trasero que rastreaba los alrededores, significaba que la jata estaba sana. Y la que tenía delante giraba su rabo de un lado a otro.

Aún así, limpió la boca y las fosas nasales del animal para que nada obstruyera sus primeras respiraciones. Entonces recordó la ocasión en que su padre, Vicentín el Hurón, tuvo que meter una paja en la nariz de un jato para que éste estornudara y empezara a recibir aire. En este caso no era necesario tal acto imaginativo. La becerra, llena de la  viscosidad de la placenta, movió su cabeza de un lado a otro buscando a su madre. Ésta volvió a bramar reclamando a su pequeña.

Francisco ordenó a Daniel que proporcionara agua fresca a la vaca. La res, aún tumbada, agradeció el líquido introduciendo su cabeza en la palangana que su dueño le había colocado a su lado y sorbiendo, zapando como dicen los leoneses, a velocidad vertiginosa. Absorbió el agua con fruición, aliviada tras haber sacado de su cuerpo a una cría que había estado a punto de matarla. 

—Zapa, bonita, zapa. Que estás deshidratada— dijo Daniel satisfecho por la actitud de su animal.

Tras varios segundos de descanso de los ganaderos, Francisco pidió a Daniel que trajera sal y le diera unos puñados a la res. Ésta devoró la aportación alimenticia que Daniel le daba directamente de su mano.

—Venga, ya es hora de ver a tu pequeña— indicó Francisco.

Agarró a la jata y la trasladó en brazos hasta la cabeza de su madre. Tras el complicado parto, éste era otro momento de especial dificultad. Si la madre despreciaba a su hija en un primer instante, a Daniel le costaría varios días que empezara le permitiera mamar de sus ubres. Y la ternera necesitaba el calostro de su madre cuanto antes para reponer las fuerzas gastadas durante el parto.

Afortunadamente, la limusina madre mugió con ternura en el mismo momento en que vio a su hija. Era buena señal. Y la siguiente fue aún mejor. Levantó los cuartos delanteros, después las patas traseras y agachó la cabeza. Era el inicio de un proceso que Francisco había visto infinidad de ocasiones pero que le seguía transmitiendo una ternura enorme. La madre comenzó a lamer el cuerpo de su hija, empapado de placenta y sudor. A lametones prolongados en el espacio y en el tiempo. Primero en la cabeza, luego en el tronco de su pequeña. Después en sus débiles patas.

Al verlo, Francisco revalidó una vez más en su interior la idea de que momentos como ese eran los que daban sentido a la exigente vida del ganadero de la montaña. Visiones como la de una madre y una cría que se conocen y se aceptan y se quieren a base de lametones. “Al final todos somos animales. Las vacas y los humanos no somos tan distintos. Una madre busca a su hijo recién nacido y es lo único que le importa en ese momento. Y el hijo lo único que quiere es la protección de su madre”.

Recordó, con pena, el momento del nacimiento de Marquitos hacía diecisiete años. Porque no pudo estar en el parto acompañando a Carlota. Él, un hombre que había visto nacer a decenas de animales, no pudo con la tensión en la sala de partos y las enfermeras tuvieron que expulsarle porque comenzó a marearse a las primeras de cambio. Rememorar ese momento de debilidad siempre le aportaba una frustración que se tornaba en rabia.

Apartó la nube negra de la tristeza al ver a la pequeña cría tratar de levantarse. Primero estiró el cuello todo lo que pudo, como si con ese gesto el resto del cuerpo le fuera a seguir automáticamente. Después, sus frágiles patas delanteras iniciaron el movimiento tambaleante del que quiere caminar por primera vez en su vida.

—Parece Elvis Presley bailando rock— dijo Daniel con una sonrisa placentera.

Tras dos minutos de intentos frustrados, la jata, por fin, colocó las cuatro patas en vertical.

—¡Buena chica!— gritó Daniel frotándose las manos con velocidad— ¡Ahora, a comer!

La becerra pareció escuchar las órdenes de su amo y buscó, caminando de lado a lado como si se tratara de un borracho, las ubres de su madre. Para ello no necesitaba más sentido que el olfato. Aunque se hubiera tratado de una res ciega, el aroma del calostro de la vaca la hubiera llevado directo a sus mamas.

Los dos ganaderos, alejados un par de metros de la pareja, esperaron impacientes a que la pequeña mordiera por primera vez una de las ubres y extrajera la primera leche. Con hacerlo una vez significaba que ya estaba fuera de total peligro, ya que esa leche amarillenta llena de proteínas de la madre era el único revitalizante que necesitaba para garantizar unos primeros días de vida sana y sin riesgo a enfermar. 

La becerra se decantó por la segunda ubre de la derecha. Se lanzó rápida, movió su cabeza como una serpiente a por su presa y la agarró con la boca. La madre mugió de dolor, pero no se movió ni apartó a su hija. Objetivo cumplido. La vaca aceptaba cuidar de su hija.

Daniel resopló. Dos animales que habían estado a punto de fallecer en su cuadra se encontraban a salvo. En ese momento tuvo el lógico impulso de agradecer a Francisco su inestimable trabajo de veterinario improvisado. Miró a sus ojos directamente, pero éste continuaba absorto en el proceso de amamantamiento de la ternera. 

—Ésta no sabe lo cerca que ha estado de irse al otro barrio— señaló Francisco con un tono reflexivo, casi melancólico.

Después se quitó el guante lleno de abono y se acercó a una pila de piedra sobre la que estaba incrustado un grifo. Hizo correr el agua y empezó a limpiarse los dos brazos con esmero.

—Espera— dijo Daniel al ver la acción de Francisco—. Voy a casa a por jabón.

—No hace falta.

—Seguro que se te quita mejor que sólo con agua. Ahora vuelvo.

El antiguo cazador cerró el grifo y esperó a que Daniel regresara con el jabón. Mientras, rodeó a la vaca y a su cría para comprobar la causa por la que el parto había sido tan complicado. Las caderas de la madre no debían ser la razón. Eran lo suficientemente anchas como para parir sin tanto problema. El tamaño de la becerra tampoco. No era una cría ni más grande ni más pequeña que la mayoría de las que había visto nacer en su dilatada vida de ganadero. La cuadra estaba limpia. No tanto como la suya, pero la falta de higiene tampoco se presentaba como la razón del complicado parto.

“A veces no hay que buscar una causa objetiva de las cosas. Simplemente pasan— reflexionó—. Hoy he estado en el velatorio de un hombre que murió porque se resbaló en una piedra, sin más. Y también hoy estas dos siguen vivas porque su dueño pegó cuatro gritos y yo tuve curiosidad por lo que pasaba. Casualidades de la vida. Tampoco hay que buscarle más vueltas”.

Finalizada su reflexión escuchó los pasos de Daniel entrando en la cuadra.

—Toma, aquí tienes jabón para que te laves como Dios manda. Y he traído unas cervezas. Supongo que nos vendrán bien.

Francisco se lavó y Daniel abrió con una piedra dos de los seis botellines de cerveza que había trasladado desde casa. Ambos pegaron un primer trago que acabó con la mitad de la bebida fría.

—¿Has visto si tenías algún mensaje del veterinario?— preguntó Francisco.

—No. Además, si hubiera llamado, lo habríamos oído aquí. Mira— dijo señalando un aparato de teléfono apoyado en una silla—. Me he comprado este inalámbrico para poder traerlo hasta la cuadra. De haber llamado nos habríamos enterado.

—Cuando hables con él dile que ha estado a punto de dejar que se murieren tus animales. A ver si así se le cae la cara de vergüenza.

Terminó la cerveza de un segundo trago y Daniel abrió otra con un golpe fuerte contra una piedra saliente de la pared. Después ambos ganaderos se apoyaron en dos comederos vacíos.

—¿Qué tal va el negocio? — preguntó Francisco.

—Complicado. Con la crisis que tenemos cuesta mucho vender los productos— se sinceró Daniel—. Pero vamos tirando. Aunque todavía me estoy haciendo a esto de ser empresario y estar vendiendo todo el tiempo. Antes me pasaba días y días en el monte sin hablar con nadie. Y cuando lo hacía era para discutir con los ganaderos para que no tiraran el abono al río o no cercaran más tierra que la suya. Y ahora no piso el monte porque no tengo tiempo y negocio con esos mismos ganaderos el precio de los huevos, la miel o la carne. Además está lo de ir a las ferias de alimentación y moverte como si fueras el comercial más seguro del mundo.

Daniel bebió un trago y continuó.

—Aunque, por lo que estoy viendo, hay mucho ignorante en el negocio. Con decirte que hemos subido los precios de nuestros productos para que fueran más “especiales” y “únicos” y ahora tenemos más clientes que antes. Es lo que dice Cristina— recordó en referencia a su socia—, que cuanto más exclusivo parezcas más exclusivo pensarán los demás que eres. Así que ahí estamos, vendiendo cecina de vaca de toda la vida y huevos de gallinas de toda la vida y los clientes los compran como si se fueran a comer algo único en el mundo.

—¿No echas de menos lo de antes?

—¿Lo de ser guarda? Para nada.

Daniel no quiso explayarse más. Porque, de hacerlo, sabía que podía entrar en un  terreno pantanoso en el que saldría a la luz la razón por la que había sido guarda y la odiosa relación que había tenido durante décadas con el hombre que estaba a su lado.

Francisco, por su parte, quiso preguntarle la razón por la que había comprado esas vacas. Pero no se atrevió. Entre los dos hombres se mantenía una barrera invisible que les impedía entrar en la privacidad de los sentimientos del otro. “Es mejor así— pensó—. Lo que pasó entre nosotros ni se puede ni se debe ni se quiere olvidar”.

Apuró su segunda cerveza, depositó el botellín en el suelo y se acercó a la nueva familia bovina. Acarició a la vaca con suavidad mientras observaba mamar a la cría.

—Parece que están bien. Pero no te confíes. Todavía no ha soltado la placenta. Si mañana a la mañana todavía no la ha soltado, tendrás que llamar al veterinario. No se te ocurra ayudarla a sacarla tú mismo o puede coger una infección que la mande al otro barrio. Aunque, bueno, tiene pinta de estar sana para lo que ha sufrido. Así que me imagino que no tendrás problemas.

—Igual me quedo toda la noche, por si acaso.

—Tú mismo. Yo me voy a acostar, que mañana tengo trabajo.

—¿Vas a ir al funeral de Arturo?

—Sí, claro.

—Yo no sé si podré. Mañana marcho pronto a León y no sé si voy a llegar a tiempo— se justificó—. Ya es mala suerte lo de ese hombre.

Francisco asintió. Daniel prosiguió.

—Además, tampoco me parecía que estuviera tan torpe.

—¿Qué quieres decir?

—Pues eso. Que, para la edad que tenía, se movía con bastante agilidad.

—Ya. Pero cualquiera se puede dar un resbalón.

—Sí, claro. Pero lo normal es que reacciones y te hagas daño en el brazo, o en la espalda. Por instinto, digo— se explicó—. Tuvo que ser un resbalón de la leche. Si es que cuando te toca, te toca.

Terminada la conversación, Francisco se colocó la parte superior del buzo y se encaminó hasta la puerta.

—Hasta mañana. Suerte con las vacas.

—Espera— dijo Daniel—. Eh… que muchas gracias. De verdad. De no ser por ti ahora estarían muertas las dos— reconoció con agradecimiento y vergüenza.

—No ha sido nada. Buenas noches.

Francisco Jurado salió de la cuadra. Fuera le esperaba Sol, que movió la cola al ver a su amo. Éste acarició su lomo y caminó hacia casa. Cuando llegó, las luces del hogar estaban apagadas. Carlota y Marquitos se habían acostado. A Francisco no le pareció extraño. No sabía con exactitud el tiempo que había pasado desde que miró por el ventanal de la cuadra de Daniel hasta ese momento. Pero era lógico que su mujer y su hijo no le esperaran para cenar y se acostaran.

Ya en la cocina, vio un plato con filetes de lomo fritos. Pero no tenía hambre y subió las escaleras de casa hasta entrar en su habitación. Allí se desvistió con sigilo y entró en la cama.

—¿Dónde has estado? Es tarde— indicó Carlota con voz somnolienta.

—Mañana te cuento. No te lo vas a creer. Ahora duerme.

Carlota colocó su brazo en el pecho de su marido y se durmió al instante. Francisco también tenía sueño. Pero sentía una sensación extraña en su interior. No sabía describirlo, pero algo de la conversación con Daniel le había provocado que saltase una alarma invisible que le hizo pensar que algo no iba bien. Desconocía qué era lo que le provocaba esa desazón. “Tonterías, Francisco. Tonterías”, se dijo a si mismo intentando convencerse de que no había razón objetiva por la que preocuparse de nada.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Eran las tres de la mañana y el viento gélido procedente de las montañas del norte lanzaba continuos latigazos helados que chocaban contra árboles, cuadras y casas. La sequedad del frío avanzaba una de las habituales heladas de la montaña. Por la mañana, con toda seguridad, los prados y valles de la cara leonesa de los Picos de Europa se despertarían con una manta de escarcha que no desaparecería hasta mediodía.

En noches como esa el único testigo de la adusta climatología solía ser la luna, flanqueada por miles de estrellas que componían un hiperrealista mapa interplanetario. Las nubes, por el contrario, cedían su protagonismo y se apartaban del lienzo iluminado de millones de puntos.

Esa noche Vegacerneja, como el resto de pueblos, dormía. Dormían los quince vecinos que se mantenían como habitantes habituales de la aldea. Dormía el ganado, un centenar de vacas y de ovejas, además de decenas de gallinas, esforzadas en esos momentos en el laborioso esfuerzo de la puesta de huevos, y varios cerdos con la barriga llena. Dormía el bar de Manuel, epicentro de la vida de Vegacerneja durante el día. Y dormía hasta el asfalto, pues hacía más de una hora que ni un coche se había dignado a posar sus ruedas sobre él.

Era el momento planeado por El Vengador para continuar con su plan. Llevaba dos horas agazapado entre varias escobas al otro lado del río. Había sido previsor y vestía ropa de abrigo. Dos camisetas térmicas, una cazadora de Gore Tex, gorro ajustado hasta las orejas, pantalones de agua por encima de los vaqueros, guantes y botas de monte. Todo de color negro. Para poder desaparecer entre la oscuridad nocturna en caso de ser descubierto.

Pero eso no le podía suceder a El Vengador. A él no. Lo tenía todo planeado con minuciosidad. Para empezar, sabía que la casa estaba vacía. De hecho, ese era uno de los escasos momentos en que El Vengador tenía la absoluta certeza de que la casa se encontraba vacía. Tenía que aprovechar esa noche o tardaría semanas, quien sabe si meses, en hallar otro momento idóneo de entrar.

Ya le costó varias noches de vigía hasta que pudo introducirse por primera vez en el hogar que tenía enfrente para robar el bote de setas embotadas. Incluso llegó a pensar que su objetivo no abandonaba jamás su hogar pasadas las once de la noche. Hasta que, por suerte, una noche salió de casa protegido por la oscuridad. Se dirigía a una poza de Las Bolugas llena de truchas que pretendía pescar de modo furtivo.

A El Vengador no le importó dónde se dirigía. Para él lo importante era que aquella noche tenía la casa libre para iniciar la cuenta atrás hacia su próximo asesinato. Y esta noche gélida y estrellada pretendía culminar una etapa más de la vengativa cruzada que se había asignado meses antes, cuando llegó a sus manos un cuaderno que cambió el rumbo de su vida.

Salió del escobal ubicado encima del pueblo y caminó agachado a lo largo de cincuenta metros. Podía haberlo hecho erguido, pues ni una persona podía verlo en ese momento. Todos estaban absortos en sus sueños. Pero El Vengador no era a los humanos a quienes tenía miedo en ese momento. Los que podían dar una señal de alarma que le frustrase su plan eran la media docena de perros que pululaban por el pueblo en busca de algún resto de comida. Por fortuna para él, la helada nocturna había detenido el paseo de los cánidos, que preferían descansar y protegerse del frío dentro de las cuadras y las portaladas de sus amos.

La sombra negra en la que se había convertido continuó su paso lento y calculado hasta llegar a la parte trasera de la casa. Allí se detuvo para ratificar que sus movimientos no habían sido observados por nadie. Ningún ruido, ninguna luz espontánea, ninguna voz de alerta. El Vengador podía continuar.

El ultimo paso hasta encontrarse fuera del alcance de la vista de nadie era fugaz, pero fundamental. Por ello arrastró su espalda en paralelo a la casa, dobló una esquina y se colocó a diez metros de la puerta principal. Metió la mano en el bolsillo y la sacó con la llave de la puerta. Pudo hacerse con ella hacía dos meses, en un descuido del hombre que pretendía matar, y elaboró una copia. Con ella había entrado la primera ocasión y con ella pretendía volver a hacerlo por segunda y, esperaba, última vez.

Corrió los diez metros hasta la puerta con rapidez, aunque posando únicamente las puntas de las botas. Una vez frente a ella, abrió con la copia de la llave, entró y cerró con lentitud para no hacer ruido.

Ya dentro respiró aliviado. Había concluido con éxito la parte más arriesgada de la misión. Ahora, una vez dentro, podía recrearse en el placer de la venganza.

Anduvo en oscuridad hasta la cocina. No le preocupaba la ausencia de luz. Ya había memorizado centímetro por centímetro los espacios de la casa por donde iba a pisar. Primero la entrada, después la cocina y, finalmente, la despensa.

Cuando llegó a ésta, se permitió el lujo de encender una linterna. Sabía que si no la dirigía hacia el norte de la casa, la luz sería invisible en el exterior. Incluso aunque algún curioso pegara su cara al cristal de la cocina.

Dejó apoyada la linterna sobre la tercera balda de la despensa y bajó la cremallera de la cazadora polar. También se quitó el gorro y lo metió en el bolsillo de la cazadora. Después sacó el bote con las setas cocinadas hacía dos noches. Agarró la linterna y dirigió su luz hacia la segunda balda metálica. Allí, entre latas de espárragos y dos botellas de vino, se encontraban seis recipientes de cristal idénticos al que él portaba en su mano.

Y sonrió. Estaba tan cerca de culminar una etapa más de su justiciera misión que la euforia le invitaba a gritar a los cuatro vientos su hazaña. Pero reprimió sin problemas el impulso. El Vengador no podía ser descubierto. No sería descubierto jamás. Estaba convencido. Él era más inteligente que sus objetivos. Por eso había acabado en sus manos el legado que había activado su razón de vida. La venganza. Porque únicamente personas con su intelecto, su sagacidad y su sangre fría podrían cumplir con éxito la misión encomendada. Por ello, cuando finalizase su cometido, nadie descubriría jamás sus asesinatos.

Acercó el bote con las setas venenosas a los otros seis y se cercioró de que eran iguales. El receptáculo era idéntico. Eso bien lo sabía él, pues era uno de los que había sustraído tres noches antes. Y el interior también. Mismo color, mismo tamaño de setas, similar cantidad en cada uno de los botes de cristal. Si pusiera todos los recipientes en línea nadie, ni él mismo, sabría distinguir cuál de ellos era el que contenía los hongos venenosos.

Los recipientes estaban colocados en dos filas de tres. Asió el segundo de la fila de la derecha y lo cambió por el suyo. Con tiento de colocarlo exactamente en la misma posición, depositó el bote mortal. Pensó en volver a limpiarlo antes, pero no era necesario. Llevaba puestos los guantes y se había cerciorado la noche anterior de limpiar de huellas el cristal y la tapa. Después se guardó en la cazadora el bote con las setas comestibles. Cuando lo hizo pensó que lo escondería bien hasta el día en que supiera de la muerte de su objetivo por envenenamiento. Ese día se cenaría las setas en su memoria. Sí, eso iba a hacer. Tan sólo pensarlo le provocó una risa interior tan siniestra que le resultó deliciosa.

Se puso el gorro en la cabeza, apagó la linterna y sacó un trapo de un bolsillo de la cazadora. Se agachó y desanduvo el camino hasta la puerta limpiando con esmero el suelo que había pisado. Una vez en la puerta, abrió ésta con lentitud y asomó la cabeza. Como era de suponer, no había vida en el exterior. Salió, cerró la puerta y dio dos vueltas a la llave. Después caminó con celeridad y con cuidado por el mismo recorrido por el que había llegado.

Cuando el Vengador llegó a su casa, respiró aliviado. El plan había salido tal y como lo había planeado. Se desvistió la cazadora y el gorro y se sentó orgulloso en la cocina. Sacó el bote de setas y lo volvió a observar.

“Ahora, a esperar. Antes o después pasará. Antes o después te comerás las setas y morirás. Sólo espero que sufras antes de tu muerte”, pensó. Se levantó, escondió el recipiente en el fondo del armario de la cocina y se dirigió a su habitación. Ya dentro de la cama, abrió la mesita de noche y sacó el cuaderno que se había convertido en la razón de su existencia. “El cuaderno del Montaraz”


 

CAPÍTULO 5

 

Falda del Pico Armagones. Comarca de Gordón. León

28 de mayo de 1940

 

 

 

 

            ¡Montaraz, deja el puto cuaderno y en marcha!

            La voz procedía de Asturiano, presto a arrancar con su macuto al hombro. Pelirrojo y con abundantes pecas en la cara, Asturiano parecía proceder de cualquier tierra menos de Asturias. De hecho, durante la Guerra Civil, muchos compañeros combatientes pensaron que se trataba de un miliciano inglés que, como tantos otros, había dejado su país y se había adentrado en España para combatir por la República. Hasta que abría la boca y demostraba su marcado acento de la costa astur.

Faustino Romeral, convertido ya en El Montaraz, cerró el cuaderno, se incorporó en silencio y se colocó junto a Manazas y Aguilucho. Siempre se situaba a su lado en las marchas porque caminar entre ellos le provocaba mayor seguridad.

            ¿Qué, rapaz? Hoy también tocaba escribir, ¿no? preguntó Aguilucho complaciente. A ver si un día me enseñas.

            El Montaraz dio la callada por respuesta y se ajustó el petate al cuerpo para que no le provocara llagas en los hombros al final del trayecto. Una recomendación directa de Cazurro, el líder de la partida y protector del muchacho de dieciséis años. Después se colocó el zurrón en el que había introducido el cuaderno.

“El cuaderno del Montaraz”. Fueron las primeras palabras que escribió en él. Lo había hecho tres días después de su vuelta de Villasinde, donde se había casado en secreto con su amada Teresita. Justo cuando la partida decidió por unanimidad bautizarlo con ese apodo. Montaraz. Al grupo de guerrilleros le provocó gracia la ocasión en que escucharon esa palabra de su boca a modo de ignorante reivindicación y decidieron que era un buen alias para motivar a un muchacho con cara de miedo como carta de presentación.

Desde que trazó esas cuatro palabras en la portada del cuaderno las incursiones en la escritura eran habituales. El Montaraz había decidido que no iba a escribir un diario de sus andanzas con la partida. Sin embargo, eran abundantes las mañanas en las que se introducía en el cuaderno para redactar una reflexión acerca de la jornada anterior, una previsión de lo que le esperaba ese día  o únicamente el sentimiento que le había despertado al amanecer. En esos casos siempre acababa escribiendo sobre Teresita. Acerca de su amor por ella, de la idílica vida que soñaba en las Américas, adonde le había prometido que le llevaría. También describía, siempre con caligrafía cuidada pero diminuta para no gastar las hojas del cuaderno, el sentimiento de culpabilidad que le carcomía por haber abandonado a Teresita la misma noche de bodas. Aunque se prometía que volvería a por ella, la rescataría emulando a los héroes de las novelas y la llevaría a descubrir más mundo que el cruel y mortal que les rodeaba.

En esta ocasión los dos párrafos que escribió El Montaraz antes de iniciar la caminata tenían una única temática sobre la que reflexionar. El temor ante la primera operación verdaderamente arriesgada en la que él iba a participar. Sin extenderse en detalles, Cazurro le había avanzado la noche anterior que ese día la partida iba a realizar una emboscada y que debía tener los ojos bien abiertos y obedecer todas sus órdenes para correr el menor riesgo posible.

Hasta ese día, la rutina de la partida de Cazurro se había limitado a caminar por los montes de León, esconderse de las patrullas militares y de la Guardia Civil y, en dos ocasiones, robar en las casas de los caciques de dos pueblos para hacerse con un dinero imprescindible para comprar víveres. Porque Cazurro, tal y como se jactaba de recordar, no había recurrido jamás al bandidaje indiscriminado. Otras partidas sí se habían visto obligadas, o no tan obligadas, a robar dinero, pollos, corderos y hasta algún jamón para sobrevivir. Daba igual la simpatía ideológica de los propietarios.

 Cazurro se había prometido asaltar únicamente a los enemigos de La República. No le importaba si eran curas, médicos, maestros o pequeños empresarios. Lo único relevante para él era que se trataba de cómplices del régimen franquista. Y esa afiliación política ya era suficiente para despojarles de todo lo que tuvieran.

Como si les tienes que arrebatar la vida le dijo una vez. Piensa que ellos te la quitarán a ti en cuanto puedan. Así que, si alguien tiene que morir, que sean ellos y no nosotros.

El Montaraz, caminando entre un bosque de tejos, predijo en su interior que ese iba a ser un día en el que la disyuntiva de Cazurro de “o ellos o nosotros” se iba a poner a prueba ante su pistola. Por ello Manazas le había ayudado la noche anterior a limpiar concienzudamente su Tokarev. Porque temía que iba a tener que dispararla contra alguien por primera vez en su vida.

¿No tienes miedo? preguntó El Montaraz al calor de la pequeña fogata nocturna mientras engrasaba la pistola siguiendo los pasos ordenados por Manazas.

¿Miedo?

A que te disparen.

Nadie quiere que le metan un tiro, chico. Por eso tienes que ser más rápido que el enemigo. Y apuntar mejor que ellos expuso Manazas.

En ese momento se acercó Aguilucho y se sentó a su lado.

Lo que tienes que hacer es no pensar.

¿No pensar?

Eso es. Si se lía un tiroteo, no pienses en nada. No pienses en que te pueden disparar. Ni a ti ni a ninguno de nosotros. Tú únicamente apunta y dispara. Pum, pum, pum. Hasta que ellos estén muertos, te quedes sin balas o Cazurro te ordene que pares. Entonces ya tendrás tiempo de pensar.

¿Y si son ellos quienes me dan?

Aguilucho se quitó el parche que tapaba su ojo y se colocó una gasa húmeda en su lugar.

Entonces serán mejor que te matendijo con ingente seriedad.

¡No me jodas, Aguilucho! No le metas miedo al chaval, que tiene que dormir ordenó Cazurro sentado al otro lado de la fogata.

Aguilucho obedeció, se levantó y se alejó del campamento para no continuar con una lección grabada a fuego en su cuerpo y que, consideraba, debía saber El Montaraz. Que era mejor estar muerto que resultar atrapado por el enemigo. Él lo supo muy bien el día que su vida de panadero cambió para siempre.

 

                       

*         *         *              

 

 

Hasta el verano de 1938, Aguilucho, de nombre Miguel Requejo, había ejercido el oficio de hornero del pan en Palazuelo de Torio, una pequeña localidad al norte de la capital leonesa. Allí dedicaba las noches y parte de los días a elaborar las hogazas y las tortas que vendía tanto en la panadería como acercándose a los pueblos cercanos en bicicleta. Pero una noche de agosto, mientras Requejo preparaba con sus manos la masa para una nueva hornada, cuatro militares nacionales golpearon la puerta del obrador y entraron por la fuerza. Miguel no tuvo tiempo para preguntar la razón del allanamiento. Uno de los soldados soltó un culatazo del arma que impactó en su cabeza y lo dejó  inconsciente al lado de un saco de harina.

Cuando se despertó, se encontró con la luz matinal tapada por dos fusiles Mauser Vz-24 de fabricación checa que apuntaban a su cabeza. Se hallaba en el monte, aunque desconocía donde.

Un soldado lanzó el agua fría de un cazo sobre su cara.

¡Despierta, rojo!

Requejo se espabiló y comprobó entonces que tenía las manos atadas a la espalda.

Miguel Requejo, un vecino de Palazuelo te ha denunciado por colaborar económicamente con los rebeldes republicanos. ¿Tienes algo que decir?

¿Yo? ¡Es mentira! Bastante tengo con sacar para la harina como para regalar el dinero contestó con sinceridad.

Vaya. Parece que no nos lo vas a poner fácildijo el cabo al mando de la patrulla. Dadle un escarmiento.

Dos soldados colocaron las culatas de sus armas apuntando a Requejo e iniciaron un ciclón de golpeos contundentes sobre el hombre tumbado en el suelo y atado de manos. Culatazos en el pecho, los brazos, y las piernas. El último lo recibió directamente en los testículos y Requejo se quedó sin respiración por unos segundos.

No nos andemos con chiquitas. Esto es muy fácil. Aquí tienes tu confesión de traidor dijo el cabo acercando un papel a su cara. Fíjate si somos buena gente que la hemos escrito por ti. Aquí reconoces que has dado dinero a las tropas republicanas durante dos años. Si lo haces, irás a la cárcel una temporada, requisaremos tu obrador y, sobre todo, vivirás. Tú sólo tienes que firmar que te declaras culpable y no te haremos más daño.

No sé quién me ha delatado, señor susurró Requejo retorciéndose de dolor, pero yo jamás me he metido en política. Le juro por Dios que, quien sea, se equivoca.

¡Encima mentando a Dios!

El cabo sacó su pistola de la cartuchera y lanzó un culatazo en el ojo izquierdo de Requejo. El grito de dolor retumbó en las rocas de la montaña y provocó que una bandada de codornices huyera asustada de sus árboles. Pero el cabo acalló la lamentación agónica con una patada en el estómago y un pisotón en las costillas.

¡Firmaré! ¡Firmaré! gritó Requejo al tiempo que la boca se le llenaba de la sangre procedente de su ojo ¡Firmaré! ¡Pero no me peguéis más!

El hombre rompió a llorar. El mando sonrió a los componentes de su patrulla, que no habían dejado de apuntar al detenido ni por un instante.

Es lo que no entiendo de estos rojos. Parece que les gusta sufrir. En vez de reconocer la verdad a las primeras de cambio, prefieren una buena zurra. ¡Venga, desatadle!

Un soldado soltó las cuerdas de sus manos y ayudó a Requejo a que se incorporara. Otro tuvo que apartar la mirada al observar la consecuencia del culatazo en el ojo. Un hilo de sangre densa emanaba directamente de la cuenca destrozada y Requejo, por culpa del dolor, sufría un mareo que le impedía mantenerse erguido. El cabo ordenó que le ayudaran a seguir de pie.

Toma. Firma aquí y te llevamos al médico dijo señalando con la pistola a la hoja. Parece que el ojo tiene mala pinta apostillo riendo.

Miguel Requejo agarró el bolígrafo y firmó con la mano trémula en la parte inferior de la hoja. Era lo único que había aprendido a garabatear en su vida, pues jamás nadie le había enseñado a leer ni escribir.

El cabo se apartó y comprobó que, en efecto, la declaración auto inculpatoria tenía la firma del acusado. Después ordenó a los soldados que se alejaran de él. El panadero se quedó, solo y tembloroso frente a la patrulla que lo apuntaba con sus armas.

Lo que es la vida dijo en alto el cabo sin rebajarse a mirar al reo. Miguel Requejo, acusado de colaborador republicano, reconoce su delito por escrito y después, en un arrebato de locura, intenta huir a la montaña. Por suerte los soldados del Generalísimo tienen muy buena puntería y consiguen dispararlo antes de que se pierda en el bosque. Uno de los disparos le da en la cabeza y muere al instante. Fin de la historia.

Requejo miró con espanto al hombre que acababa de describir el informe que tenía pensado redactar cuando llegara al cuartel. El acta de su muerte.

¡Ya he firmado lo que querías! ¡No me matéis, por favor! ¡No he hecho nada! gritó entre sollozos suplicantes.

Date la vuelta.

¡No, por favor!

¡Que te des la vuelta! repitió apuntando con su pistola a la cabeza.

El panadero, tiritando de pánico, obedeció. Se giró con lentitud al tiempo que intentó acordarse de alguna oración sin lograrlo. Trató de rezar un Padre Nuestro, pero las palabras se trababan entre sus dientes espasmódicos. Miró hacia el suelo y observó cómo una mancha de orina descendía por sus pantalones.

Ahora, corre. ¡Corre, rojo, corre!

¡Nooo!

El cabo quitó el seguro de su arma y los soldados colocaron sus ojos en la mira de sus fusiles.

¡Que corras, me cago en tus muertos!

Miguel Requejo inició los que iban a ser sus últimos pasos. Avanzó el pie izquierdo con lentitud. Después, el derecho. Y cuando se preparó para comenzar la carrera mortal escuchó una ráfaga de disparos.

Cayó al suelo de frente y pensó que era su final. Sin embargo, los disparos continuaron varios segundos. Cuando se dio media vuelta observó a todos los miembros de la patrulla muertos en el suelo. Y, sobre todo, que ninguna bala había acertado en su cuerpo. Entonces, de entre los árboles, apareció una partida republicana que acababa de salvar su vida.

Desde ese momento Aguilucho, que se unió a los maquis de inmediato, decidió que jamás se volvería a dejar atrapar. Prefería pegarse un tiro antes que volver a sufrir la tortura que acabó con su ojo y que marcó el futuro de todas sus pesadillas.

Sin embargo, lo que resultó más doloroso al antiguo panadero reconvertido en guerrillero no fue la brutal paliza. Dos meses después de estar al borde de la muerte, cuando ya formaba parte de la partida de Cazurro, un enlace de su pueblo le hizo saber la identidad del delator que le había acusado de colaboracionista de los rojos. Había sido su hermano Joaquín, quien le había acusado con un único objetivo. Quedarse con su panadería. Joaquín Requejo lo consiguió y Miguel Requejo jamás volvió a su aldea. Si algún día lo hacía, pensó, sería para matar a su hermano.

 

 

                                               *         *         *                                   

 

 

La partida caminó por los montes de Gordones durante cuatro horas hasta que Cazurro ordenó que se detuvieran.

Venga, a comer. Luego os cuento la operación.

Así era Cazurro. No desvelaba el objetivo hasta que fuera estrictamente necesario. Era una medida de precaución que tomaba por una única y vital razón. Cuantas menos personas supieran el destino, más difícil resultaría al enemigo descubrirlo. Así, si uno de los miembros de la partida era detenido, no podría avanzar al enemigo los detalles de la misión. Era una norma de supervivencia que todos comprendían y aceptaban.

Como era de día y no querían alertar con su presencia, optaron por no prender un fuego y comieron chorizo y queso. No les quedaban demasiados víveres y en breve tendrían que hacer una reposición de éstos. Pero, en esos momentos, esa no era la preocupación de los maquis. Lo era el enfrentamiento que iban a tener en breve.

Aguilucho, para calmar la tensión del momento, inició una conversación con El Montaraz como eje central:

La verdad es que le queda bien la barba al chico.

Bueno, barba, barba. Cuatro pelos pajilleros apostilló Asturiano.

—–Al menos no tiene la cara de niñato que tenía el día que apareció con el Profesor.

Eso es verdad. Parece un hombre. Bueno, casi un hombre. Eso sí, no se parece en nada al Marqués.

Cierto reconoció Bolchevique.

Por primera vez desde el inicio de la conversación, ésta pasaba a ser de su interés. Sus compañeros hablaban de su hermano Ildefonso. Hasta ese momento nadie había sacado a la luz su nombre y él tampoco había tenido el valor de preguntar por su hermano maquis asesinado hacía menos de dos meses.

¿Porqué? ¿Por qué no me parezco en nada a mi hermano?preguntó realmente interesado.

Bolchevique se aprestó a contestar.

Su nombre ya lo dice todo. El Marqués. ¿Sabías que tu hermano, que en paz descanse, se afeitaba todas las mañanas, ¡todas!, con su navaja y que siempre andaba con el peine entre las manos peinándose raya al medio? Además, que no le pareciera que su ropa olía mal. Ya se estaba cambiando de camisa para lavarla y ponerse otra que no le cantara el ala. Menos mal que no tenía perfume, que seguro que nos hubieran descubierto por los litros que se echabaexageró con una sonrisa. Si es que parecía más un señorito que un maquis, cago en la puta.

Menos cuando tenía que luchar aclaró Manazas con su voz de ultratumba al tiempo que afilaba su cuchillo. Entonces tenía más huevos que todos nosotros juntos. El muy cabrón…

Manazas detuvo su aportación y miró a los ojos a El Montaraz.

… el muy cabrón era uno de los mejores combatientes que he conocido. Y han sido muchos.

El Montaraz se quedó mudo ante la mirada de Manazas y agachó la cabeza. Se sentía avergonzado de ser el hermano cobarde, temeroso, débil de un hombre tan valiente como Ildefonso Romeral, El Marqués. Y su vergüenza aumentaba al imaginar que jamás ninguno de sus compañeros de partida hablaría de él con tanto respeto como lo acababa de hacer Manazas. “Eso hay que ganárselo en combate”, pensó, “y yo no voy a ser capaz”.

¿Y qué? ¿Te vas a dejar la barba para siempre? preguntó Aguilucho interrumpiendo los pensamientos negativos del chico.

El Montaraz no contestó. Porque no sabía qué responder. Cazurro le había recomendado que no se afeitara los cuatro pelos que brotaban de su adolescente cara. Le explicó que así aparentaría más años. Y en la montaña la edad significaba respeto.

Cuando los seis miembros terminaron el avituallamiento, Cazurro inició la explicación de los detalles de la operación:

Vamos a atacar un convoy de la Guardia Civil dijo mirando a los ojos de Bolchevique.

Se hizo un silencio sepulcral en el corro formado por los rebeldes.

Son una camioneta y un camión. En la primera habrá varios picoletos. Pueden ser dos o pueden ser diez, no lo sabemos. En el camión  estarán el piloto, el copiloto y dos más atrás.

¿Por qué lo sabes? preguntó Manazas.

Porque llevan un cargamento de armas. Y siempre van cuatro explicó Cazurro. Lo que vamos a hacer es matarlos a todos y quedarnos con todas las armas que podamos cargar. El resto las destrozamos con granadas.

Así de sencillo dijo Asturiano con ironía.

De sencillo nada. Escuchad.

Cazurro sacó un mapa de su zurrón y lo desplegó en el suelo. Después, con un palo, señaló un punto del mapa. En concreto una de las muchas curvas previas a Paradilla de Gordón.

La emboscada va a ser exactamente en este punto señaló el reviro del plano. Está a unos dos kilómetros de Paradilla. Ahora mismo nos encontramos a menos de un kilómetro del lugar. El convoy pasará esta tarde entre las cinco y las siete. Un enlace me lo ha confirmado.

—¿Es de fiar? preguntó Asturiano.

Totalmente. Él es el que me ha propuesto la operación y siempre he confiado en la información que me ha dado. A lo que iba. Pasará entre las cinco y las siete. Por nosotros, cuanto más tarde, mejor. Más cerca estaremos de la noche. Lo que vamos a hacer es dividirnos en dos grupos. Manazas, tú, Bolchevique y Asturiano os colocáis delante. Vuestro objetivo es la camioneta delantera. Aguilucho, Montaraz y yo esperaremos a que pasen y atacaremos al camión desde atrás. Vosotros no empecéis hasta que oigáis nuestros tiros. Entonces lanzáis una granada cada uno y disparáis hasta que estén todos muertos.

Montaraz escuchaba en silencio las explicaciones de Cazurro. Y a cada vocablo que salía de la boca del líder de la partida apreciaba una mayor rigidez en su rostro. “Lanzáis unas granadas”, “disparáis hasta que estén todos muertos”. Eran palabras mayores para un muchacho que únicamente había acabado con dos cargadores de su pistola en los casi dos meses que hacía que formaba parte del maquis leonés. Y sus disparos, errados todos, iban dirigidos a unas latas de anchoas que Aguilucho había colocado a modo de diana. Ahora no. Ahora tendría que apuntar, si es que en realidad sabía lo que ello significaba, a personas como él. Del bando rival, en efecto. Del vencedor. Del culpable de que él se hubiera echado al monte con los maquis. Del que había acabado con su familia de un modo cruel. Pero personas, al fin y al cabo. También con padres, madres, hermanos. Quizás con una amada que, como Teresita, esperara con ansia su llegada. O con hijos. O amigos,… ¿Iba a tener el valor y la sangre fría de atacar a esos guardias civiles? Era una pregunta tan transcendental a escasas horas de dilucidar la respuesta que un halo de pánico invadió su cuerpo al no ser capaz de responderla.

Cazurro observó la mirada temerosa del muchacho, pero prefirió no abstraerse de su objetivo hasta que toda la partida tuviera claros los pasos de la operación.

En cuanto hayamos acabado con todos, Manazas, Asturiano y yo nos hacemos con todas las armas que podamos. Dejad las armas cortas. Sólo fusiles, metralletas y ametralladoras. Bueno, alguna pistola también. Ah, y  dinamita, granadas y balas, todas las que podamos. El resto, lo reventamos con unas granadas. Bolchevique, Aguilucho y Montaraz nos cubrís mientras tanto. No vaya a ser que aparezcan más cabrones y nos pillen en bragas. Recordad que tendremos muy poco tiempo. Tres o cuatro minutos como mucho. El pueblo está cerca y no tardarán mucho más en llegar en cuanto oigan el tiroteo. ¿De momento todo claro?

Los guerrilleros asintieron. El Montaraz también. Aunque únicamente por seguir la corriente del grupo. En realidad tenía la mente colapsada por el miedo y no sabía si lo que estaba escuchando eran palabras reales o si salían de la boca de Cazurro en una de sus pesadillas nocturnas.

Bien prosiguió el jefe. Vamos con la huida. Tres portadores y tres escoltas. Bolchevique, tú cubres la huida de Manazas. Aguilucho, tú la de Asturiano y Montaraz, tú cubres mi espalda.

¿Montaraz?preguntó Bolchevique.

Sí, Montaraz respondió tajantemente. Confío en él.

Bolchevique silenció sus dudas ante la aseveración de su jefe de partida. Pero tanto él como el resto del grupo, incluido el propio muchacho, no las tenían todas consigo en cuanto a cómo iba a reaccionar en su primera refriega. Cazurro prosiguió.

Huimos todos monte arriba explicó señalando el mapa con el cayado. Los que carguemos con las armas, delante. Los escoltas, detrás. No dejéis de mirar atrás. Si los picolos aparecen demasiado pronto podemos tenerlo jodido. Así que tendréis que actuar con rapidez. Granadas y disparos continuos hasta que se acojonen.

¿Cómo hacemos si hay heridos? ¿Cómo siempre? preguntó Asturiano.

—Más o menos. Su pareja se queda con él y le ayuda en la huida. Los demás se colocarán cerca para protegerlos. Si la cosa se pone demasiado jodida, nos separamos. Cada uno sabrá si puede cargar con las armas o si tiene que dejarlas en el monte. Sería mejor quedárnoslas, está claro, pero cada pareja decidirá si puede o no. Nos vendrán muy bien y, además, son las que nos van a proporcionar el alimento de este verano. Pero eso ya os lo contaré cuando sea oportuno.

Cazurro observó con detenimiento el mapa y señaló una loma situada a unos diez kilómetros del punto de la emboscada.

Si nos tenemos que separar, nos encontraremos aquí. En este puerto. Recordad. El punto de encuentro es éste enfatizó con el palo. Y, como mucho, esperaremos hasta mañana al amanecer. Los que no aparezcan tendrán que arreglárselas por su cuenta hasta el segundo punto de encuentro. La cabaña de pastores de Canseco, dentro de una semana. Espero que no tengamos que ir y que estemos todos juntos antes. Pero, si no es así, que nadie traiga las armas. Cada pareja las esconderá donde considere oportuno y ya se volverá a por ellas.

Terminó la explicación e interrogó si había alguna duda en la partida. Primero se hizo silencio, roto después por Bolchevique.

Sí, mi duda es si me voy a cargar a un jodido franquista, a dos, a tres o a todos.

Eh, deja alguno para los demás respondió Asturiano.

Ándate con prisa, no te jode.

Los miembros de la partida descargaron sus nervios discutiendo de modo absurdo sobre la cantidad de enemigos que iba a abatir cada uno. Cazurro callaba, sabedor de que no era más que la terapia previa imprescindible para intentar trivializar una acción tan traumática como era la de acabar con la vida de otras personas. Porque, en realidad, la mayoría de los miembros de la partida renegaban para sus adentros de los muertos que cargaban a sus espaldas. Salvo Bolchevique, quien realmente sentía placer al matar a un nacional y lo había demostrado en más de una ocasión.

Terminada la reunión, Cazurro ordenó que iniciaran la marcha hasta el punto de la emboscada. Antes escondieron tres petates bajo unos matorrales y los otros tres los vaciaron para cargar en ellos las armas que esperaban requisar. En ese momento Cazurro apartó a El Montaraz del grupo.

Toma. Es para ti dijo entregándole un subfusil Volmer con cargador de cincuenta balas.

Pero…

No querrás atacar con una pistolita. Poco íbamos a hacer, ¿no crees?

Ya, pero… el chico se detuvo con vergüenza…pero es que no sé cómo se usa.

No te preocupes. En el momento indicado yo le quito el seguro y sólo tienes que apretar el gatillo. Eso sí, pégate bien la metralleta al cuerpo para que aciertes mejor.

No sé yo si…

No tienes que saber nada, Montaraz. Eres un maquis y como tal te vas a comportar. Y punto zanjó Cazurro con palpable seriedad ¡Venga, compañeros, andando!

La partida de Cazurro, en silencio y en fila india, inició el camino hacia la curva que, en pocas horas, vería la muerte de varios hombres. De qué bando, dependería de la pericia de los guerrilleros republicanos y la rapidez de reacción de los guardias civiles. Pero el futuro era inescrutable. Cuando la noche impregnara de negrura la montaña, las balas ya se habrían llevado las vidas de varios combatientes.

 

 

                                               *         *         *

 

 

El sol abrasaba la hierba, todavía sin segar. Ni tan siquiera una nube extraviada aparecía en el cielo para regalar unos segundos de tregua. Tampoco el viento quería apaciguar el calor tórrido y pegajoso que envolvía a la comarca de Gordón. La temperatura era tan alta que incluso los pájaros rechazaban volar en busca de tábanos y escondían sus plumas en las sombras de los árboles. Y las vacas lecheras preferían sestear a la orilla de los regueros antes que devorar la ardiente hierba de las praderas. Únicamente los grillos, incansables cantarines del campo, agradecían al sol que achicharrara sus diminutos esqueletos.

La partida de Cazurro sufría el sofocante calor tumbada en el suelo, apostada a la orilla del camino. Manazas y Bolchevique al final de la curva y Cazurro, Aguilucho y El Montaraz cuando la carretera todavía no había roto su rectitud. Asturiano se encontraba en un alto. Era el vigía encargado de alertar de la llegada del convoy. Pero ya habían pasado casi dos horas y éste no llegaba.

Me meo, me cago en la puta dijo Bolchevique cabeza abajo.

De aquí no te muevas. No me jodas.

Coño, pero que no me aguanto.

Pues sácatela aquí mismo. Pero apunta para otro lado.

En el grupo zaguero la espera también se hacía interminable. Pero cada uno veía pasar el tiempo con una trascendencia diferente. Cazurro mostraba una seriedad y una concentración tal que a El Montaraz le parecía que estaba al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Desde el movimiento de un saltamontes a cien metros hasta el sonido de los ratones tierra adentro. Aguilucho, por el contrario, ya había bostezado en cuatro ocasiones, tapándose la boca, eso sí, para no hacer ningún ruido. Y El Montaraz no podía evitar que la pierna derecha temblara de modo obsesivo.

Tranquilo chaval, que todo va a salir bien susurró Aguilucho al tiempo que metía la mano en su cazadora. Toma, métele un trago.

Ofreció su botella de orujo al chico.

Venga, bebe. Te vendrá bien para soltarte.

El Montaraz obedeció y echó un trago que le supo a rayos. Después retiró las gotas de sudor que querían entrar en sus ojos.

Ya habían pasado las siete de la tarde y Cazurro temió que el enlace se hubiera equivocado y le hubiera transmitido una información errónea. Maldijo esa posibilidad, pues aunque en su interior sentía el mismo miedo que el resto de la partida, sabía que acciones como la emboscada planeada levantaban la moral de sus hombres. Y eso era casi tan importante como estar bien alimentados. 

En ese mismo instante escuchó el canto de un gorrión. Tocó con la mano a Aguilucho y esperó. El cántico del pájaro se repitió. Era la señal de Asturiano, gran imitador de los sonidos de la fauna cantábrica, de que el convoy llegaba a su cita.

Es el momento, amigo. Morir o matar dijo Aguilucho a El Montaraz.

Segundos después, tal y como habían previsto, la camioneta y el camión llegaron a la altura del primer grupo. Los guerrilleros se mantuvieron agachados a su paso. Primero, de la camioneta, una Fiat Balilla Van, conocida popularmente como “El pigmeo”. Cazurro, con la cabeza ladeada, quiso ver cuántos guardias civiles iban en ella. Pero le fue imposible. La lona estaba bajada. Después era el turno del camión, un ZIS-5 ruso con capacidad para tres toneladas de peso, que rodaba veinte metros por detrás. En ese momento Cazurro y Aguilucho se levantaron. El Montaraz intentó seguirles pero se resbaló al intentar alzarse.

Los izados lanzaron la primera ráfaga a la parte trasera del camión. El Montaraz pudo incorporarse tras ellos, pero al intentar disparar recibió una descarga desde el interior que a punto estuvo de acertar en su cuerpo. Entonces Aguilucho se acercó a la lona del camión y disparó moviendo el fusil ametrallador de izquierda a derecha para abarcar todo el interior. Cazurro corrió hacia el piloto y vació el cargador de su fusil  sin contemplaciones. Tres disparos se incrustaron en su cuerpo.

Montaraz, el copiloto. ¡Ve por él! gritó Aguilucho.

Para entonces ya habían explotado tres granadas de mano marca Lafitte en la cabina del vehículo delantero. Nada más lanzarlas, el trío inició una descarga masiva sobre la parte trasera de la camioneta. Bolchevique se acercó corriendo y disparó durante varios segundos al interior para, después, tirarse al suelo.

¡El copiloto, joder! repitió Aguilucho.

El Montaraz, agachado, rodeó el camión y se colocó en el lateral derecho. Las manos le temblaban de pánico y tenía la vista fijada en la puerta. Cuando se  acercaba, con su espalda pegada al vehículo, la puerta se abrió y un guardia civil saltó con rapidez al camino.

En el mismo instante en que el oficial de la Benemérita posó pie en tierra, miró a su derecha. Al lugar en que se encontraba El Montaraz apuntando con su subfusil. El guardia se quedó paralizado a la espera de unos disparos que acabaran con su vida. Pero, tras dos segundos, estos no se produjeron. Entonces, agarró su arma y apuntó al chico que tenía frente a él.

Ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta.

El guarda civil cayó de bruces contra el suelo. Detrás se encontraba Manazas con su arma ardiendo tras la ráfaga soltada. Miró a El Montaraz y ladeó la cabeza con semblante de enfado.

¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! gritó Cazurro.

La partida obedeció y se hizo el silencio después de medio minuto de disparos indiscriminados. Entonces los combatientes pudieron comprobar la imagen general del campo de batalla. La cabina de la camioneta delantera ardía y los cuerpos inertes de los dos ocupantes se quemaban despidiendo un olor ingrato. En la parte trasera, cuatro guardias muertos a balazos. Sus cuerpos se encontraban desparramados en el suelo de la camioneta, con manchas de sangre hasta el techo. También había otro hombre muerto en tierra. Era el único que había podido salir de su vehículo y que estuvo a punto de acabar con El Montaraz. El conductor del camión posaba su cabeza ensangrentada en el volante. Y en la parte trasera, tal y como había avanzado Cazurro, dos hombres más habían recibido suficientes disparos como para abatir a una compañía.

¡Rápido! ¡Las armas! ordenó Cazurro, que fue el primero en introducirse en el remolque del camión.

Le siguieron Manazas y Asturiano. Mientras, Bolchevique, Aguilucho y El Montaraz divisaban la carretera alertas ante la llegada de refuerzos.

¡Les hemos dado bien pal pelo ¿eh?! ¡Hijos de puta! gritó Bolchevique con rabia. Pena que no quede ni uno vivo para pasarlo a cuchillo, me cago en su alma.

Los ojos de Bolchevique desprendían un odio visceral y demostraban que, en efecto, hubiera acuchillado a cualquier superviviente y hubiera disfrutado con la ejecución. El Montaraz sintió aún más miedo del que ya llenaba su cuerpo, se apartó de él y prefirió mantenerse al lado de Aguilucho, que miraba al frente sin pestañear su único ojo.

Dos minutos después salieron los hombres del camión. Llevaban los macutos cargados de balas, armas, dinamita y granadas de mano. Además, cada uno portaba tres fusiles Mauser Gewher alemanes colgados de sus hombros. Cazurro ordenó la huida. Entonces Aguilucho, que no había apartado la mirada del camino que se dirigía a Paradilla alertó de la llegada de un  vehículo militar a lo lejos.

¡Que vengan, coño! ¡Que vengan! ¡Que os vamos a dar matarile, cabrones! gritó Bolchevique.

—–De eso nada. ¡Todos a replegarse! ordenó Cazurro.

¡No me jodas, Cazurro! ¡Con todo esto los freímos como a mochuelos! replicó Bolchevique señalando las armas.

Cazurro dirigió una mirada amenazante a su compañero.

¡Bolchevique, he dicho que nos vamos, coño!

El guerrillero retó con la mirada a su jefe durante varios segundos.

¡Haz caso! Ha dicho que nos vamos y nos vamos rogó Asturiano con el temor a que se produjera un enfrentamiento entre camaradas.

Bolchevique masculló  algo inaudible para el resto y se colocó al lado de Manazas. Él y los otros dos porteadores de las armas lanzaron una granada cada uno al interior del camión e iniciaron la carrera, escoltados por el trío de tiradores que continuamente miraba y apuntaba con sus armas hacia atrás.

 La explosión del ZIS-5 ruso cargado de armas y explosivos retumbó en las rocas de todo el valle con una fuerza atroz. Incluso los componentes de la partida se asustaron con la deflagración, que provocó un enorme boquete en la carretera.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Las horas siguientes a la emboscada fueron físicamente las más duras en la joven vida de El Montaraz. Desde el mismo momento en que comenzaron la carrera hasta que se detuvieron por primera vez para coger resuello pasaron siete horas. Las dos primeras, hasta que la noche les protegió de la vista de la veintena de militares que habían iniciado una obsesiva persecución, fueron especialmente tensas. La partida, lastrada por el peso de las armas, llegó a tener menos de cien metros de ventaja sobre sus perseguidores. De hecho, potenciales presas y cazadores llegaron a escuchar el sonido de las pisadas de los otros sobre la hierba y las ramas secas de la montaña. De haber atravesado algún descampado, sin duda, hubieran hablado las armas. Pero Cazurro, sabedor de la inferioridad numérica de su grupo, optó por no salir de montes poblados de árboles, arbustos y escobas que escondieran sus cuerpos de la visión de los militares.

El peligro se redujo con la llegada de la noche. “Bendita noche”, pensó toda la partida. A partir de ese momento la ventaja numérica de los soldados franquistas no tenía tanta relevancia. Porque la experiencia de los maquis les había demostrado que los soldados se movían en el monte y de noche de un modo mucho más torpe que ellos. De hecho, estaba seguro de que ya aventajaban a sus perseguidores en, por lo menos, un cuarto de hora. Pero no era suficiente.

 Decidió alterar la estrategia del escape. Preveía que les quedaban pocas horas de fuerza para poder huir al mismo ritmo con los sacos cargados de rifles, explosivos, ametralladoras y balas.

Detuvo a su partida cuando llevaban cuatro horas con la luna en cuarto creciente como única referencia lumínica.

Shhh, Venid, ¡todos!

Los hombres se agacharon al lado del jefe del grupo.

Vamos a volver por donde hemos venido dijo con las manos apoyadas en las rodillas para intentar recuperar fuerzas. Luego cambiaremos de rumbo.

¿Estás loco? preguntó Aguilucho temiendo que el agotamiento de Cazurro, similar al suyo, hubiera nublado su lógica castrense. Seguro que son un batallón. Nos van a freír.

De eso nada. Manazas, prepara una trampa rápida. Y asegúrate de que piquen. Aguilucho, acompáñale. Y, si puedes, suelta unos tiros, aunque sea al aire. Que se caguen de miedo. Después rodeadles sin que os vean y nos encontramos en el risco que hemos dejado antes a la derecha.

Manazas, hombre confianza de Cazurro, asintió con convencimiento. Cazurro ordenó que El Montaraz se hiciera cargo del petate y los rifles que cargaba y preguntó a Manazas qué necesitaba.

Tres granadas, una antitanque, y cable largo y fino.

Dáselo ordenó a Bolchevique.

Espera intervino Aguilucho, al que el sudor le llegaba hasta el parche del ojo para entrar en la cuenca, lo que le provocaba un gran malestar. Quiero eso Señalaba a una de las armas largas que cargaba Cazurro. Lleva mi nombre.

Un fusil de francotirador Mosin Nagan, con cargador de cinco cartuchos, accionado por sistema de cerrojo y que se caracterizaba por su exactitud, resistencia a los golpes, el agua y el frío y facilidad de manejo. Un sueño de arma para un hombre tan ciego de un ojo como con mirada de ave rapaz por el otro.

Todo tuyo respondió Cazurro con una sonrisa. Pero no hace falta que te cebes. Sólo quiero que caigan en la trampa y se acojonen con unos tiros. Y, sobre todo, quiero que volváis los dos.

Tranquilo, que nosotros les vamos a acojonar aseveró Manazas con una voz más todavía profunda de lo normal. 

La partida se dividió en dos. A El Montaraz le correspondía ahora cargar con las armas de Manazas. Si ya se encontraba cansado sin peso, el agotamiento con las armas sobre su cuerpo era demoledor. Pero no pensaba abrir la boca para exponer lamentación alguna. Ya había fallado a sus compañeros en la emboscada al ser incapaz de realizar un solo disparo. No iba a ocurrir por segunda vez. Prefería caer desplomado sobre la tierra que solicitar ayuda de unos hombres que debían estar tan reventados como él pero que se guardaban para ellos mismos sus síntomas de flaqueza.

Giraron a la izquierda y caminaron veinte minutos en línea recta. Por su parte Manazas y Aguilucho prosiguieron ladera arriba asegurándose de dejar pistas suficientes para que las brigadas nacionales siguieran su rastro. Treinta minutos más tarde el monte recibió el sonido atronador de una explosión a más de medio kilómetro del grupo de Cazurro. Seguido, un festival de detonaciones que se alargó un par de minutos. Aunque a Cazurro, Asturiano y El Montaraz se les hizo una eternidad. Tanto disparo nunca se quedaba sin muertos. Y los tres, agachados y petrificados como los guijarros que pisaban,  rezaban por que ninguna bala acabara en los cuerpos de sus compañeros. Bolchevique, sin embargo, maldecía no ser él uno de los dos hombres de la segunda emboscada. Cazurro ya le había impedido acabar con unas cuantas “cucarachas de Franco”, como le gustaba llamarlos, y le había obligado a huir. Pero, al tiempo, se juró que sería la última vez que Cazurro le prohibía un enfrentamiento, por muy jefe de partida que fuera.

El silencio volvió a envolver la montaña. Cazurro mandó que continuaran la marcha hasta llegar al risco acordado. Dos horas más tarde, Manazas y Asturiano aparecieron. Sin herida alguna, para alivio de sus camaradas. Y la partida prosiguió su camino hacia un punto lo más alejado posible de sus perseguidores.

Fueron tres días de andanza sin apenas detenerse. Tan sólo para reponer fuerzas con los escasos víveres que les quedaban, unas pocas latas de anchoas y medio kilo de cecina, y para dormir, nunca más de dos horas seguidas. Durante el tiempo de reposo dos hombres se mantenían en vilo como vigías. Cazurro ordenó que los primeros fueran Bolchevique y  Asturiano. Los siguientes iban a ser el propio Cazurro y El Montaraz, pero Manazas se ofreció para sustituir al líder del grupo.

Descansa un poco más, que tú tienes que tener la cabeza más fresca que el resto argumentó.

La realidad era otra. Manazas quería quedarse a solas con El Montaraz. El muchacho lo sabía e intentó rehuir su compañía. En vano. Cuando se encontraba cien metros al norte de sus camaradas dormidos, Manazas apareció por su espalda. Se sentó a su lado y sacó un cuchillo. Con la mirada puesta en su filo, abrió la boca:

No pienso decir nada de lo ocurrido en la emboscada aseguró, convencido de que era el único que había visto cómo El Montaraz se había paralizado ante un enemigo.

Gracias respondió éste.

No me las des. La próxima vez que nos dejes tirados, yo mismo me encargaré de que no salgas vivo.

El Montaraz tragó saliva.

No estoy dispuesto a que nos pongas en peligro. Si tú no puedes matar, vas a hacer que nos maten a los demás. Y eso no lo voy a permitir. Por mucho que Cazurro te proteja. Te estaré vigilando.

Manazas calló, se guardó el cuchillo, se levantó y se alejó. El  Montaraz se quedó inmóvil en su puesto de vigilancia con un nudo en la garganta. Acababa de recibir una amenaza clara de muerte si no se portaba como un verdadero guerrillero. Como todos sus compañeros, de gatillo fácil cuando la situación lo requería. O como su hermano Ildefonso, valiente combatiente muerto en una emboscada.

Era el momento de tomar una decisión de adulto, de hombre. Escapar de la partida de Cazurro para buscarse la vida por su cuenta hasta que se reuniera con Teresita o comportarse como un auténtico camarada que no dudase en matar. La primera opción era la más deseada por el muchacho. Pero sabía que también era la más peligrosa. Para él y para su amada. Sin dinero, sin ningún apoyo logístico y sin saber adónde dirigirse, las opciones de mantenerse vivos eran ínfimas. Y no estaba dispuesto a correr ese riesgo para su esposa. “Mi esposa”, pensó, “cuántas ganas tengo de volver a verte, Teresita”.

Así que, si quería seguir vivo para poder volver a verla, tendría que asesinar. A pistola, escopeta, granada o cuchillo. Desde lejos o a escasos centímetros de su enemigo. No sabría cómo, pero la próxima vez que se encontrara en una refriega, no dudaría. Lo juró por sus padres y sus hermanos muertos a tiros. Fue un  juramento que El Montaraz cumpliría hasta el fin de sus días.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Tras tres días de caminata continua, la partida se había escabullido de los militares y guardias civiles que les perseguían. Aunque Cazurro sabía que la tregua era momentánea. La emboscada de Paradilla de Gordón, con un resultado de una decena de enemigos muertos, les habría colocado como objetivo número uno de las autoridades, y el ejercito y la Guardia Civil no se detendrían hasta acabar con ellos. Cazurro estaba convencido. Ya había ocurrido ese mismo año con la partida de Matías el abogado. Sus miembros acabaron en dos meses con dieciséis afines al régimen, entre civiles y militares. Y en una semana los siete guerrilleros del grupo fueron aniquilados tras incontables jornadas de persecución.

 Por ello la partida de Cazurro necesitaba tomarse un descanso y desaparecer por un tiempo. Pero antes, el maquis leonés debía terminar la misión que había comenzado con el requisamiento de más armas de las que ellos podrían necesitar. Cazurro esperó a que amaneciera para detallar su plan a los camaradas.

Aguilucho ya había terminado el café y liaba un cigarro de picadillo, Bolchevique terminaba de recoger su tienda de campaña y Manazas y Asturiano se aseaban en el río. El Montaraz, por su parte, escribía con esmero en su misterioso cuaderno. Cazurro, que había aprendido a leer gracias a su difunta esposa, respetaba que El Montaraz fuera un “chico culto”, que fue como le nombró la primera ocasión que le descubrió escribiendo a escondidas. El jefe permitió que mantuviera el cuaderno, del que no se desprendía ni un segundo. Tampoco le preguntó por el contenido de sus escritos. Aunque lo suponía. Por ello únicamente le señaló una recomendación:

Escribe la verdad, Montaraz. Escribe siempre la verdad. Por muy jodida que sea.

Después jamás volvió a mentar el cuaderno. Ni tampoco le pidió lo que realmente anhelaba. Que El Montaraz le enseñara a escribir. Sabía leer lo justo, aunque su mujer no tuvo tiempo de enseñarle a escribir “como Dios manda”. La Guerra Civil y la muerte se lo impidieron. Pero le daba vergüenza que el miembro más joven de su partida se convirtiera en su maestro. Un rapaz que intentaba ocultar su juventud tras unos pocos pelos de la cara y que había sido incapaz de disparar en la emboscada. Sí, Manazas no era el único que sabía del bloqueo sufrido por El Montaraz. Él mismo, en el momento en que vio la disposición del hombre que, se suponía, había sido la primera víctima del muchacho, supo que él no había realizado los disparos. Pero lo mantendría en secreto. Porque Cazurro confiaba en El Montaraz. Era el hermano de El Marqués. Y El hermano de El Marqués, tarde o temprano, saldría del cascarón y se mostraría como el gran guerrero que había sido Ildefonso. Tan sólo tenía que darle tiempo.

Cazurro se sirvió una taza de café hervido ya en varias ocasiones y pidió a los compañeros que se sentaran a su lado.

La cosa se va a poner jodida, ya lo sabéis inició. No van a parar hasta que nos cojan. El golpe ha sido muy grande y van a buscar venganza. Por ello vamos a tener que desaparecer por una temporada.

¿Desaparecer? ¿Adonde? preguntó Aguilucho antes de dar una calada al cigarrillo recién liado.

Ya casi es junio. En cuatro días empieza la siega. Además, ahora el monte se va a llenar de pastores. Podemos pasar por ellos durante una temporada. Si se os ocurre otra tapadera, no me opongo. O si queréis alejaros de León un par de meses. Yo pienso recuperar la partida después del verano. Me gustaría que fuera con vosotros. Si es que queréis que siga como jefe de la partida.

Manazas se levantó y no dudo en mostrar su preocupación.

¡No me jodas, Cazurro! Claro que queremos que sigas de jefe de la partida dijo a modo de portavoz del resto. Pero lo de desaparecer, no lo veo tan claro.

Ni yo se sumó Asturiano.

Para eso necesitábamos las armas.

Sí, como que con ellas vamos a pasar más desapercibidos agregó Bolchevique.

Su tono de voz quisquilloso molestó a Cazurro. Pero prefirió no entrar en polémicas baldías con Bolchevique. Ya tendrían tiempo de aclarar una serie de aspectos que tenían pendientes. Y, si tras la conversación no le quedaba claro el liderazgo de la partida, le expulsaría de ésta sin dudarlo.

No. Gracias a las armas vamos a conseguir documentación falsa aseguró. ¿Aún mantenéis las fotos que os pedí que guardarais?

Todos salvo El Montaraz contestaron afirmativamente. Cazurro les pidió las instantáneas y se las guardó. Entonces desveló el plan al grupo.

Las armas robadas a los guardias civiles eran para una nueva partida que pretendía formar media docena de mozos de Salientes, al norte de León y lindando con Asturias, hartos de la prepotencia y los abusos de los nacionales. Cazurro había pactado con el que iba a ser su líder que les haría llegar el arsenal a cambio de que él le consiguiera documentación falsa para su partida y algo de dinero. Los dos hombres habían llegado a ese acuerdo hacía un mes, cuando Cazurro se ausentó del grupo varios días y se reunió con el futuro jefe de partida. La operación de intercambio la realizaría él mismo acompañado de dos hombres más.

Quiero que Asturiano y Montaraz vengan conmigo dijo, para sorpresa de todos.

Principalmente de Manazas, su hombre de confianza. Cazurro argumentó que prefería que se quedara al mando del trío restante hasta su llegada con la documentación y el dinero.

Una vez logrados los papeles, el grupo se disgregaría hasta después del verano. Ese era el plan de Cazurro, que esperó la reacción de sus camaradas. El primero en intervenir fue Manazas.

No sé, amigo. Si tú lo ves así, cuenta conmigo.

Y conmigo, con una condición agregó Aguilucho. Júrame que volverás a formar la partida. Prefiero morir luchando en el monte antes de que, cualquier día, descubran quién soy y me maten como a un perro.

Te lo juro por la memoria de mi mujer.

Entonces estoy contigo.

Yo también, qué coño se sumó Asturiano.

Intervino El Montaraz, intranquilo por la nueva situación que se planteaba en el horizonte.

Ya sabes que yo estoy con lo que digas reconoció. Pero, ¿dónde me voy a esconder? No tengo a nadie. Ni conozco a gente, como vosotros.

Por eso no te preocupes. Déjalo de mi parte respondió Cazurro de un modo tranquilizador.

Bolchevique se levantó y comenzó a aplaudir.

Muy bonito, sí señor. Muy bonito. Este verano nuestros camaradas van a estar dejándose la piel por liberar a España de los fascistas mientras nosotros nos ponemos morenos cuidando ovejas. De puta madre ¿Pero qué te pasa, Cazurro? ¿Es que has dejado de creer en la causa? Porque si es así, no creo que quiera tener un jefe como tú al mando.

Cazurro se incorporó. Se hizo un silencio tenso e incómodo que pareció detener el tiempo entre los presentes. Al menos lo suficiente para que Cazurro reflexionara sobre la pregunta a modo de acusación que le acababa de lanzar Bolchevique. Qué si había dejado de creer en la causa. “¿En qué causa?”, se preguntó a sí mismo. ¿En la republicana? Cazurro, cuando todavía era Sebastián García, no creía ni en la república ni en la monarquía ni en nada relacionado con la política. Sólo creía en las personas que le rodeaban. Su mujer, su familia, sus amistades en Ribota, su pueblo natal. Creía en el trabajo como modo honrado de vida. Creía en ir de frente con la verdad por delante y en defender lo que era suyo sin querer apropiarse de lo del de al lado. Y cuando todo aquello en lo que creía le fue arrebatado de un modo cruel tampoco fue la ideología republicana la que le llevó a echarse al monte a combatir contra las tropas franquistas. Fueron la supervivencia, por una parte, y el deseo de sumarse a una razón por la que vivir. Esa razón fue convertirse en maquis y guerrillear hasta lograr una victoria que sabía imposible o hasta que una bala le diera el descanso eterno que, en realidad, no temía.

Si eso es lo que piensas indicó Cazurro lo mejor es que dejes esta partida. Estoy seguro de que en otras estimarán mejor que yo tu valía y tu ansia por matar franquistas.

¿Eso es todo lo que tienes que decir?

Sí.

Entonces dicho está. Cuando vuelvas, yo ya me habré ido. Para siempre zanjó Bolchevique.

            Se alejó de sus compañeros y pegó una patada a un guijarro que salió disparado. Asturiano hizo el amago de levantarse para ir en su busca, pero Manazas le detuvo.

            Déjalo. Lo dicho, dicho está. Ya lo has oído.

           

 

                                                           *         *         *

                       

 

Cazurro, Asturiano y Montaraz llegaron a Salientes dos días después de separarse de sus compañeros. Bolchevique no se acercó a ellos para despedirse. Aguilucho y Manazas sí, éste último con un sincero abrazo a Cazurro y una advertencia.

Ten cuidado. No te fíes de nadie, joder.

Tú tampoco. Y recuerda el nombre que te dije.

Lo sé. Bonifacio.

Eso es. Bonifacio resaltó Cazurro.

El trío, petates al hombro, esperó a que anocheciera para internarse en el pueblo. Cazurro señaló a sus camaradas la cuadra en la que se debía encontrar su contacto. Por fortuna para ellos se hallaba en las afueras del pueblo. Mientras esperaban sentados en un peñascal desde donde divisaba la totalidad del pueblo, El Montaraz realizó una pregunta que llevaba bastante tiempo en su cabeza.

Manazas es muy buen amigo tuyo, ¿verdad?

El mejor compañero que se puede tener en el monte.

Entonces sabrás porqué se le puso el nombre de Manazas. Porque tampoco tiene las manos más grandes del mundo.

¿No te parecen grandes? preguntó Cazurro.

No como para merecer ese nombre.

Y tú sí te mereces el de Montaraz, ¿verdad?

El chico agachó la cabeza a modo de humillación. Asturiano, abstraído de la conversación hasta ese momento, intervino.

Está bien. ¿Tú como le llamarías?

No respondió. Cazurro notó el daño que había causado a su ya debilitado ego y quiso resarcirse.

Venga, contéstale, hombre. Seguro que alguien tan culto como tú tiene algún nombre mejor para Manazas.

Bueno, con el vozarrón que tiene… respondió tímidamente…y la mala leche…, no sé. Algo así como Oso. O Jabalí.

¡Jabalí! ¡Muy bueno! dijo Asturiano con una carcajada como acompañamiento. Díselo a él cuando le veas. Pero quiero estar yo delante cuando lo hagas.

Jamás. Con lo mal que le caigo, seguro que me suelta un puñetazo.

Cazurro aseguró que no le caía mal. Que simplemente Manazas tenía un carácter brusco que, en realidad, era un escudo para ocultar un hecho oscuro de su vida. El Montaraz quiso saber de qué se trataba, pero Cazurro se negó a proseguir.

Cuando te lo merezcas, lo sabrás. Yo mismo te lo contaré. Entonces entenderás el porqué del nombre de mi amigo prometió. Y ahora, a lo nuestro.

Agarraron sus petates y se aproximaron a Salientes, aldea perteneciente al municipio de Palacios del Sil, a paso lento y agachados. Con el arsenal que llevaban a sus espaldas lo último que deseaban era que algún vecino les descubriera entrando en una cuadra del pueblo.

Un hombre sentado en un taburete agarraba una cuerna metálica con sus muslos y ordeñaba una vaca con sus agrietadas manos. Otras cuatro reses esperaban su turno a su lado y movían sus colas intentando, en vano, apartar a decenas de molestas moscas. Enfrente, en unos comederos de paja, una docena de gallinas se esforzaban por regalar un huevo a su amo. A su lado, cinco conejos masticaban obsesivamente hojas de lechuga. Y, al fondo, un cerdo dormía plácidamente después de haber recibido su ración de cebo. Cazurro miró la estampa desde una ventana y se cercioró de que nadie acompañaba al ganadero. Hizo un gesto a sus compañeros para que se acercaran y los tres entraron con premura en la cuadra. El ganadero se giró con rapidez y se llevó un gran susto al ver a los tres hombres.

Tranquilo, Lucero. Soy yo dijo Cazurro mientras cerraba la puerta del establo.

¿Cazurro? ¿Eres tú? respondió. No puede ser. ¡Pero si estabas muerto!

Lucero se incorporó de inmediato y se lanzó a un efusivo abrazo.

¡Coño! Pues ya me lo podrían haber dicho y así no me metía esta paliza añadió Cazurro con sorna¿A qué viene esa bobada?

Es lo que andan diciendo por ahí. Que los verdes te habían matado en una emboscada hace una semana.

¡Hay que ser hijos de perra! Bueno, ya ves que no es verdad. ¿Qué? ¿Qué hacemos con todo esto? Mostró parte del arsenal que cargaba.Las sigues queriendo, supongo.

¡Tanto como ver muerto a Franco!

Lucero, de nombre Emiliano, invitó a los guerrilleros al interior de la casa. Ya dentro, a salvo de las miradas de los paisanos, comprobó la cantidad de armas que habían transportado los tres maquis. Cuatro pistolas Star 1902, tres subfusiles Volmer con cargadores de cuarenta balas, cinco carabinas Tigre y varios centenares de balas.

¡Cojonudo! Con esto vamos a dar guerra. Por mis muertos.

Ahora toca tu parte indicó Cazurro. La documentación.

Ningún problema. En tres días la tienes. ¿Has traído las fotos?

De todos menos el chico. ¿Lo puedes arreglar?

Déjalo en mis manos, rapaz. Mañana te hacemos una fotografía y nos ponemos con los papeles de todos. Ahora vamos a cenar. Tendréis hambre, ¿no?

Como que igual me como uno de los conejos que tienes en la cuadra. Con piel y todo respondió Asturiano marcando el acento de su tierra.

Queso de cabra curado, huevos cocidos, panceta y vino. Ese fue el menú que degustaron los maquis con Lucero. El hombre, de unos treinta años, vivía solo en la casa familiar.

Cazurro me ha dicho que vais a montar una partida soltó Asturiano tras tragar un pedazo de pan duro. ¿Vas a llevarla tú?

Así es. Mi madre murió hace medio año. Hasta entonces no me he metido en peleas porque tenía que cuidarla. Pero ahora ya no tengo ninguna carga. Y estoy hasta los cojones de lo que nos están haciendo.

Lucero detalló los abusos sufridos en la comarca por los franquistas desde la victoria del Frente Nacional. Asesinatos a sangre fría escondidos tras la Ley de Fugas, expropiaciones de terrenos a simpatizantes republicanos, acoso a vecinos para que delataran a quienes ellos querían encarcelar o apropiación de ganado y alimentos eran algunos de los ejemplos que  detalló durante la cena. Pero que, a partir de ahora, les iban a dar “pal pelo” él y los seis mozos de la zona que pretendían formar la partida. No tenían miedo a morir. No señor, juró. Pero si lo hacían, antes iban a acribillar a militares, guardias civiles, curas, chivatos y todo lo que hiciera falta para hacer una limpieza del valle.

 Sus invitados a la mesa escucharon con atención el emocionado monólogo del anfitrión. El Montaraz, que no había abierto la boca más que para engullir las viandas, con una triste reflexión. Que, fuera donde fuera, diera igual el escondite recóndito de España, escucharía historias similares. De muerte, opresión y dolor del perdedor de una guerra que él ni tan siquiera sabía muy bien ni cómo ni porqué se había originado. No tenía más que trece años cuando los antirrepublicanos lanzaron el Golpe de Estado de julio de mil novecientos treinta y seis y en su casa jamás se habló de ello delante de él.

Cazurro, por su parte, sentía como si una nube gris se hubiera posado encima de la cabeza de los comensales. No era la primera ocasión que le sucedía. Significaba que su intuición le alertaba de un futuro oscuro. En este caso, para el hombre que tenía frente a él, excitado por “echarse al monte” a matar franquistas. Pensó que no era problema suyo, pero que Lucero debería comportarse con menos ímpetu y más frialdad en la montaña si no quería pasar a engordar enseguida la lista de cadáveres del movimiento maquis.

“Pobre hombre. No sabe dónde se mete. Y sus camaradas seguro que tampoco o no le pondrían a guiar la partida. Debería avisarles antes de que sea tarde. Bueno, ¡qué hostias! Cada uno es mayorcito para decidir lo que quiere hacer con su vida. Solo espero que no se le acabe la ilusión a los cuatro días. Si es que viven esos cuatro días”.

Tras la cena, Lucero indicó dónde iban a dormir las tres noches. En el ático de la casa. Subió tres colchones viejos, varias mantas y un orinal para no tener que salir de la casa si tenían que hacer sus necesidades. Cuando se quedaron  a solas, Asturiano miró al colchón como si de una joya se tratara. Hacía meses que no dormía en un suelo blando.

A mí no me despertéis hasta que tengamos que volver, cago en tó. Que hay que aprovechar los lujos cuando haylos.

Se quitó los zapatos, la cazadora y los pantalones y se tumbó sobre el colchón de lana. No tardó ni medio minuto en que su ronquido ratificara que se hallaba en el mundo de Morfeo.

El Montaraz y Cazurro, por el contrario, no conciliaron el sueño con tanta facilidad. Cazurro reflexionaba sobre si había sido buena idea trasladar las armas a un líder que le inspiraba tan poca confianza.

El Montaraz, por su parte, rememoró la noche de bodas que vivió con su amada Teresita. El escenario había sido una buhardilla parecida a esa. Pero con la diferencia de que en la que se encontraba en ese momento estaba vacía y la de su noche de bodas estaba llena de sacos de pienso y aparejos de labranza.

 Ya hacía más de dos meses de aquella noche, la del ocho de abril de mil novecientos cuarenta, la más emocionante, romántica y triste que había vivido jamás. Pero sabía que, pasaran días, meses o años, siempre podría rememorar cada segundo como si lo estuviera reviviendo. 

 

 

*         *         *

 

 

Faustino Romeral y Teresita Sopeña acababan de casarse en la iglesia de  Villasinde. Se habían dicho el “sí quiero” ante el Padre Julián y Cazurro. Después, el maquis le había advertido de los riesgos que iban a correr si él y Teresita intentaban huir por su cuenta y le había rogado que volviera con la partida.

Cuando Faustino y Teresita abandonaron la iglesia, el adolescente leonés masticaba en sus adentros la conversación mantenida con Cazurro. Pero optó por apartarla de su mente. Era su noche de bodas y deseaba pasarla abrazada a su amor sin  pensar en más que en ellos dos. El día siguiente, reflexionó, ya resolvería qué decisión tomar. Si huir con su recién estrenada esposa, lo que deseaba más que nada en el mundo, o volver a echarse al monte, tal y como le había pedido Cazurro.

La pareja, amparada por la oscuridad nocturna, corrió por el pueblo hasta llegar a la casa del médico, Don Ernesto. Sabían que se encontraba vacía, pues el doctor se hallaba en la aldea de su madre cuidando de ella.

Escalaron por la pared utilizando las piedras como soporte para ascender. Cuando llegaron al desván, Faustino abrió un viejo ventanal y ayudó a Teresita a entrar. Extrajo del bolsillo una vela que había sustraído en la iglesia y la encendió. Después tapó la ventana con una lona para que nadie advirtiera su presencia desde el exterior.

Allí estaban los dos. Marido y mujer. Entre horcas, guadañas, rastros y sacos de pienso apostados por todo el espacio. Únicamente quedaba un hueco vacío de enseres al fondo del desván. Faustino tumbó varios sacos a modo de catre y colocó una manta sobre ellos. Esa iba a ser la cama de su noche de bodas.

Mientras Faustino preparaba el nido nupcial, Teresita se mantenía de pie, paralizada  e incapaz de abrir la boca. Faustino agarró de su mano y, con delicadeza, tiró de ella hasta llevarla a los pies de la cama improvisada. Una vez allí, Faustino se colocó frente a ella y miró a sus ojos. Tardaron varios segundos hasta que Teresita subiera la mirada y se encontrara con la de su amado. Sus labios comenzaron a temblar y una lágrima solitaria salió de sus ojos.

¿Estás bien? preguntó Faustino contrariado.

Entonces, ¿qué ocurre?

Que… que te quiero.

Teresita lloró y se lanzó a los brazos de Faustino.

Yo también te quiero. Más que a nada en el mundo.

Se miraron y Teresita comprobó, sorprendida, que Faustino tenía los ojos enrojecidos. La emoción estaba a punto de provocarle una lágrima como la que acababa de crear un surco en el rostro de Teresita. La muchacha sonrió con ternura, se tumbó encima de la manta y agarró la mano de Faustino. Él la acompañó y, por primera vez en su vida, se encontraron los dos amantes tumbados uno frente al otro.

Se besaron con dulzura juvenil. Después, iluminados únicamente por la llama de la vela, Teresita comenzó a despojarse de su ropa. Con lentitud y vergüenza ante el primer hombre que iba a ver su cuerpo desnudo. Faustino, lleno de amor y excitación, correspondió con su progresiva desnudez. Al tiempo que fijaba sus ojos en el cuerpo de su amada. 

Los besos, dulces al inicio, pasaron a convertirse en apasionados. Las manos de uno y otra comenzaron a recorrer sus cuerpos con torpeza e indecisión. Eran como exploradores que, por primera vez, caminan por una tierra bella y desconocida y que temen dar un paso en falso que rompa la magia del paraíso.

Faustino se tumbó encima de Teresita y la virginidad de ambos muchachos pasó a ser historia. Con dosis iguales de desmaña, cariño y dolor para ella. Con susurrantes “te quiero” de ambos, sorprendidos de las sensaciones de sus cuerpos ante la primera vez que hacían el amor. Se contraían, se juntaban hasta llegar a convertir dos cuerpos en uno, se besaban con ímpetu para, después, separar sus cabezas, detener sus movimientos y mirarse fijamente.

Abrázame, amor mío suplicó Teresita tumbada de espaldas a Faustino cuando terminaron de hacer el amor.

Faustino colocó su mano izquierda en la tripa de Teresita y la derecha acarició su pelo moreno Después escuchó un sollozo de la chica a la que abrazaba.

Tengo miedo susurró ella.

“Como yo”, pensó él.

No tengas miedo. Vamos a salir adelante.

¿Me lo prometes?

Te lo prometo.

Cuéntame, amor mío. Cuéntame cómo va a ser nuestra vida. Dime lo felices que vamos a ser siempre juntos— rogó la muchacha.

Vamos a ser los más felices del mundo. Vamos a conocer tantos países que, cuando seamos mayores, no vamos a poder contar en cuantos lugares hemos estado.  Vamos a viajar en barco. Y en tren. Hasta vamos a volar. ¿Sabes que hay unos aparatos que son como globos gigantescos con motor y en los que puedes volar miles de kilómetros? Se llaman dirigibles. Y tú y yo vamos a volar en uno de esos dirigibles. Y vamos a tener tres hijos. No, cuatro. Dos niños y dos niñas. Van a ser tan guapos como tú. La mayor se va a llamar Teresita. Pero no vamos a vivir en ningún país más de un año. Cuando nos hartemos, cogeremos nuestras maletas y viajaremos a otro país. ¿Sabes? Quiero conocer China. Allí hay una muralla gigantesca de miles de kilómetros. Y la vamos a caminar entera. Ah, y la India. En la India hay unos hombres que duermen sobre puntas afiladas y no se las clavaban. Pero nosotros dormiremos en camas enormes y cada mañana te traeré flores frescas para que las huelas. Y cuando vayamos a África veremos a un montón de hombres y mujeres negros que no llevan casi nada de ropa. Pero allí debemos tener cuidado. He leído que algunos son caníbales que se comen a las personas. A nosotros nadie nos va a comer. Sólo yo te voy a comer. A besos. Todas las noches. Y tú a mí. Porque vamos a ser tan felices que olvidaremos todo lo malo que hemos vivido. ¿Dónde más quieres que te lleve, amor mío?

Faustino no recibió respuesta. Con cuidado, miró al rostro de Teresita y comprobó que sus ojos se habían cerrado y que dormía plácidamente. Se hizo con la ropa de ambos, tirada al lado de los sacos, y tapó los dos cuerpos con ella. Después cerró los ojos y se durmió ensoñando los lugares que acababa de imaginar.

Se despertó tres horas después. Continuaba abrazado a Teresita. Pero algo había cambiado en él. Las fantasiosas expectativas que había expuesto antes de dormir se convirtieron en fatales augurios de sufrimiento. El descanso le había permitido recapacitar y, ya despierto, intentó calibrar con más frialdad las posibilidades de éxito de la pareja. ¿A quién quería engañar? Faustino no tenía ni la menor idea de qué hacer a partir de ese día. Qué camino coger, cómo ganarse el pan cada día. No digamos ya, cómo salir de España sin resultar detenidos en el intento.

Y si las negativas predicciones que acechaban su cabeza se convertían en realidad, ¿qué iba a ser de ellos? A él lo detendrían y lo matarían, como hicieron con su familia. Y a Teresita también. Tal vaticinio siniestro le provocó un sudor frío que le obligó a levantarse.

Teresita continuaba con su sueño plácido. Y él, de pie, desnudo frente a ella, sintió un sufrimiento ascendente provocado por su negativa imaginación, que le estaba trasladando a un panorama en el que Teresita sufriría el mismo final fatídico que él.

“No te puedo hacer eso, mi amor. No puedo. No dejaré que te pase nada malo. Eres mi mujer y no lo voy a permitir”. Acercó su cabeza a la de Teresita. “Espero que me perdones, mi amor”.

Faustino, con esmero cuidado de no despertar a Teresita, recogió su ropa y se vistió. En el momento en que se colocó el zurrón, pensó que no podía huir con la noche como cómplice sin que ella supiera qué había sido de él cuando se despertara. Se acercó a la vela, sacó el cuaderno que le había regalado Don Esteban y un lapicero nuevo. Se sentó al lado de la luz y abrió el cuaderno. Llenó los pulmones de aire y los expulsó con una pena que a punto de estuvo de convertirse en suspiro. Miró a Teresita, que dormitaba ignorante de las intenciones de Faustino, y comenzó la escritura más sufrida de su vida.

 

Amor mío,

Cuando te despiertes me habré ido y estaré muy lejos. No te asustes, cariño. Ni tengas miedo. Me voy con los maquis. Pero volveré a por ti. Te lo juro por lo que más quiero en el mundo, que eres tú.

Pero no te puedo llevar. Por el momento. Es demasiado arriesgado que los dos huyamos solos. Cazurro tiene razón. Pueden detenernos. Y me moriría si te pasara algo.

 

            En ese momento una lágrima densa cayó del rostro de Faustino directamente a la hoja. El muchacho se pasó la manga de la camisa por los ojos y continuó. No podía detenerse. Si lo hacía, quizás no fuera capaz de terminar la carta.

 

Volveré a por ti. Créeme. Es lo único en lo que voy a pensar cada segundo de mi vida. Y no tengas miedo por mí. No voy a permitir que me pase nada porque nada en el mundo impedirá que vuelva a tenerte en mis brazos. Eres mi esposa, mi amante, mi razón de vivir. Te quiero, amor mío. Y volveré para llevarte en brazos a conocer mundo.

Espérame. Una noche tocaré  tu ventana, tú me abrazarás y juntos huiremos a un mundo mejor para los dos. No sufras, porque yo ya sufro por los dos. No quiero alejarme de ti, lo sabes. Pero tengo que hacerlo si quiero que pasemos juntos el resto de nuestras vidas. 

No te enfades conmigo, por favor. Lo hago por los dos, por nuestro amor. Somos jóvenes y nos queda toda una vida por delante. Sólo ten paciencia porque volveré. Hasta entonces, pensaré en la noche en que me casé e hice el amor con la chica más maravillosa del mundo. Mi esposa. Tú, Teresita.

Te quiero con todas mis fuerzas.

Hasta pronto, vida mía.

 

            Faustino volvió a secarse los ojos, inundados de lágrimas de tristeza y dolor. Arrancó la hoja del cuaderno y la colocó en su lado de la cama hecha con sacos. Después tuvo el impulso de besar a Teresita en los labios. Pero podía despertarla. Y Faustino no podría decirle a la cara las palabras que había escrito. Sería incapaz ante los seguros lloros de su amor.

            Te quiero. Siempre susurró a sus oídos.

            Teresita no contestó. Pero Faustino apreció cómo sus labios se tornaban en una sonrisa cariñosa. Con el corazón roto de pena se incorporó y se acercó a la ventana. Una vez abierta con sumo cuidado, colocó un pie en la repisa. Después el segundo. Fue en ese momento en el que vio por última vez el cuerpo desnudo y dormido de su amor.

            Volveré. Te lo juro.

            Faustino saltó desde la ventana hasta el suelo y echó a correr amparado por la escasa luz de la noche que agonizaba. No volvió a mirar hacia atrás. Era demasiado duro. Corrió como un animal salvaje que huye sin descansar. Y en el trayecto hasta encontrarse con Cazurro lloró. A cada salto, a cada respiración, a cada mirada a los lados, lloró como jamás había sollozado. Se estaba alejando de lo que más quería en el mundo y tenía un miedo atroz a no volver a verla.

 

 

                                                           *         *         *

 

 

Tranquilo, rapaz. La volverás a ver soltó Cazurro de sopetón tumbado en su colchón del desván de Salientes.

¿Cómo?

Tu novia. Bueno, tu mujer. Estás pensando en ella, ¿a que sí? La volverás a ver.

Cazurro había acertado de pleno al imaginar en quién pensaba El Montaraz en ese momento. El chico estaba tumbado boca arriba con los ojos abiertos.

¿Seguro que la volveré a ver?

Seguro. Te dí mi palabra. Y yo cumplo. Pero ten paciencia. Ya veremos cómo nos las arreglamos para sacaros del país. Ahora descansa, que no siempre tenemos la suerte de dormir bajo techo.

El trío guerrillero se despertó con el sol ya activo hacía horas. Era la primera vez en meses que habían descansado sobre suelo blando y sus cuerpos curtidos sobre piedra, hierba y tierra lo agradecieron con un sueño profundo que ni tan siquiera les permitió soñar con sus fantasmas e ilusiones cotidianas. Cuando se despertaron, bajaron a la cocina, donde se encontraba Lucero hirviendo un cazo de leche.

¡Vaya! Ya pensaba que no ibais a levantaros. Venga, a desayunar. Luego os podéis asear.

El desayuno consistió en tazones de leche con pan duro y magdalenas. Asturiano lo acompañó de un vaso de anís. Después Lucero calentó agua en dos grandes pucheros para que se asearan. El primero en hacerlo fue El Montaraz. Era el que más lo necesitaba, pues precisaba estar limpio para que Lucero le hiciera una fotografía con una cámara Ensing Selfix 320  que había conseguido uno de los futuros maquis que iban a formar parte de su partida.

Los dos días siguientes a su llegada transcurrieron en su totalidad dentro de la casa de Lucero. Pasaban las horas en el desván y únicamente descendían a la cocina para alimentarse. El resto del día se mantenían tumbados en los colchones o sentados sobre el suelo de madera avistando desde la ventana el horizonte. La aldea estaba rodeada de montañas repletas de vegetación, un paisaje similar al que El Montaraz divisaba desde su casa de Villasinde antes de que ésta ardiera.

 Asturiano dormitaba horas y horas. Su ajado cuerpo quería cobrarse todas las horas de sueño que la vida de miliciano le había robado desde que se echó al monte. El Montaraz y Cazurro guardaban un  silencio que rompían esporádicamente para hablar de detalles del mundo guerrillero que el muchacho todavía desconocía. Aspectos como qué decisiones se deben tomar para realizar una buena emboscada. Cazurro explicaba que, a la hora de planificar una acción, debían tener en cuenta tanto el objetivo como la huida. Varias partidas habían caído al intentar escapar porque no había previsto por dónde podría aparecer el enemigo.

Tienes que tener en cuenta que, si huimos, es porque somos menos que ellos. Si no, les seguiríamos dando matarile. Así que, si se escapa, se escapa. Nada de creerte que podemos dar media vuelta para volver a atacar. Nosotros vivimos del factor sorpresa. Cuando no lo tenemos, estamos perdidos. No lo olvides. Golpeo y huida. Golpeo y huida. Así, quizás podamos vivir muchos años.

¿Y ganar?

—¿Ganar? ¿A los putos franquistas?

Sí.

Es difícil. Todo el mundo espera que vengan los ingleses, los americanos o los rusos a salvarnos la vida. Pero no sé yo. Franco tiene a los alemanes y a los italianos de su parte. Ojalá me equivoque, pero no veo a los aliados tomando España para bien de la República.

Entonces, ¿es imposible ganar?

No he dicho eso. Pero así, pegando tiros en el monte mientras los políticos comunistas y socialistas se esconden en Francia, poco vamos a hacer. Si nos juntáramos todos los enemigos de Franco, tendríamos alguna posibilidad. Pero cada día que pasa creo que es más difícil.

¿Porqué?

Porque la gente se acostumbra hasta a lo malo cuando ha vivido lo peor. Las batallas y los bombardeos ya han terminado. Así que, cada vez somos menos los que queremos seguir batallando. El resto, por mucho que odien y teman a Franco, prefieren seguir vivos a arriesgarlo todo. La cosa está así de jodida, pero bueno…

Y tú, ¿no has pensado nunca huir de España? preguntó El Montaraz. Te podrías venir con Teresita y conmigo cuando nos larguemos.

¿Yo? ¿Adonde?

No sé. A América.

Yo nací el León y quiero morir en León. Igual no vuelvo a pisar Ribota, mi pueblo, en toda mi vida. Es lo más probable. Pero no podría estar a miles de kilómetros de mi mujer, que en paz descanse. Cuanto más cerca esté de casa, más fácil tengo que me entierren a su lado.

¿Crees que después hay algo?

¿Algo?

respondió El Montaraz. El cielo y el infierno, ya sabes.

Si hay algo, seguro que es el cielo explicó Cazurro. Porque en el infierno ya estamos. ¿No te parece?

El Montaraz no supo que contestar ante la reflexión de su jefe. Aunque le apenaba que el hombre que tenía sentado frente a él careciera de expectativas de futuro. No era como él, que sabía cuál era el objetivo de su vida. Reunirse con Teresita y vivir juntos para siempre. Donde fuera. Cazurro no tenía ninguna ilusión. Y a El Montaraz le encogía el corazón que su líder, al que cada día que pasaba admiraba en mayor medida, fuera un hombre vacío de ensueños de futuro.

La tercera noche que pasaron en Salientes se inició con una cena opípara en la que Lucero se esmeró por ofrecer sus mejores viandas a sus invitados. Alubias con oreja de cerdo y jamón, caldereta de cordero aromatizada con tomillo y orégano, cecina de chivo y, de postre, sequillos. Lucero hubiera querido incluir trucha en el menú, pero Cazurro le rogó que no se arriesgara a que le descubrieran los guardas pescando en el río. No, al menos, hasta que ellos se hubieran alejado de la aldea.

La cena transcurrió acompañada de una amena conversación dirigida por Lucero. El ganadero y futuro maquis exponía con ímpetu las acciones que su partida pretendía realizar para acabar con los afines al régimen. Robos a acaudalados señores, enfrentamientos a pistola y escopeta con los guardias civiles, quema de iglesias, ajusticiamiento de delatores… Lucero se emocionaba al enumerar las incursiones futuras con las que pretendían “dar por culo a Franco”. Cazurro y Asturiano escuchaban en silencio. Como mucho, asentían cada minuto para no mostrarse descorteses ante su anfitrión. Pero, en realidad, ambos pensaban que el hombre que tenían a su lado era demasiado ignorante como para formar una partida de maquis. Ni que decir, para ser su jefe. Lucero jamás había luchado en un campo de batalla. Ni siquiera se había enfrentado al ejército en alguna escaramuza de montaña. Ni había sentido el sufrimiento de un interrogatorio con puñetazos, alicates en las uñas, el cañón de una pistola dentro de la boca y amenazas de asesinar a familiares como modo de disuasión. Lucero, eso sí, odiaba a Franco como el que más. Pero para los dos maquis experimentados, ese sentimiento, compartido por ellos hasta el límite de ser uno de los pedestales sobre los que se sustentaba su vida, no era suficiente aval como para enfrentarse al enemigo con garantías. Cazurro, mientras degustaba la deliciosa cecina de chivo, auguró para su interior unas posibilidades de éxito ínfimas.

“Estos pobres caen en el monte a los cuatro días. No saben lo que se les viene encima. Ya se darán cuenta el primer día que tengan que disparar, ya. Alguno seguro que se caga encima. Ya viví yo eso en la guerra. Fanfarrones que gritaban a los cuatro vientos que se morían de ganas de encontrarse con los golpistas para meterles un tiro. Y, al final, cuando de verdad había batalla, alguno se meaba en los pantalones, o echaba por piernas. O peor, se quedaba paralizado sin ser capaz de apretar el gatillo se dijo, para después reflexionar sobre la realidad de la lucha guerrillera. Así cómo vamos a ganar algo. Sacrificando a paisanos sin formación ni nada. ¡Manda huevos! Y a los mandamases se las trae floja. Eso es lo peor. Que nosotros nos morimos en las cunetas y en lo ríos y ellos habla que te habla en reuniones clandestinas. Total, ¿para qué?”

Cazurro proseguía con su negativo análisis de la situación de la guerrilla y de la oposición al régimen franquista cuando unos nudillos golpearon con fuerza la puerta de la casa de Lucero. Silencio absoluto. Asturiano se paralizó con la cuchara a rebosar de caldereta. El Montaraz miró a Cazurro y éste hizo una señal a Lucero para que mirara por la ventana de la cocina. Seguido, levantó la mano con la palma boca arriba, gesto para que sus camaradas se levantaran con tiento. Si se trataba de una patrulla, tenían pocos segundos para ascender hasta el desván y esconderse. O, si venían mal dadas, incluso para hacerse con las armas que habían dejado arriba. En la cocina únicamente portaban una pistola cada uno. El Montaraz, como siempre, dentro del zurrón que se había convertido en una extremidad más de su cuerpo.

Lucero abrió la contraventana y miró con la cabeza ladeada. Después se giró y se dirigió a sus invitados.

Todo en calma. Aquí vienen vuestros papeles dijo, para alivio de todos, y se dirigió a la puerta.

Asturiano, de todos modos, no retiró la mano del bolsillo derecho del pantalón, donde llevaba oculta su pistola Astra 400. Y Cazurro había escondido uno de los cuchillos de la mesa bajo la manga del jersey. El único que no había tomado medidas preventivas ante un posible enfrentamiento era El Montaraz. Únicamente mantuvo la mirada fija en la puerta de la cocina.

Segundo más tarde, Lucero apareció por ella. Pero no lo hizo solo. Una vez dentro, cuatro hombres más hicieron su aparición ante los guerrilleros.

—¡Qué cojones…!— gritó Cazurro levantándose del escaño.

—Tranquilo Cazurro, estos son mis hombres. Bueno, falta uno que está acabando de…

—¿Y que hostias hacen todos estos aquí?— interrogó con evidente enfado.

—No te alteres, hombre. Que te traen la documentación.

—¿Y para eso es necesario que vengan todos? No me jodas, Lucero.

La tensión que Cazurro mostraba en sus palabras alertó aún más a Asturiano. Sacó la pistola del bolsillo y se la colocó encima del pantalón, cubierta por la servilleta. El Montaraz también notó como su corazón había comenzado a palpitar de modo acelerado. Pero su falta de pericia en los momentos de tensión provocó que se quedara inmóvil. Lucero se sentía descolocado. Y los hombres que le flanqueaban, también.

—No te enfades. Que sólo queríamos conocer al famoso Cazurro. Joder, eres toda una leyenda en la montaña— se justificó un muchacho de poco más de veinte años.

—¡Manda huevos! ¿Todos estos sabían que estamos en tu casa? — se dirigió a Lucero— ¿No lo sabrán también todos los guardias civiles de la zona y nos están esperando fuera para freírnos a tiros?

—Cazurro, no nos ofendas. Son la gente de mi partida y son de confianza. Sólo querían conocerte para que les des algún consejo.

Cazurro resopló. El rostro mantenía el enfado plasmado en sus rígidas facciones. Lo último que deseaba era que una panda de novatos conociera su cara y la de sus dos compañeros. Sabía de sobra que él era uno de los hombres más buscados del maquis leonés. Pero, al menos, contaba con la ventaja de que únicamente unos pocos enlaces sabían de quién se trataba. Ahora un grupo de ilusos podría delatarle al minuto de ser torturados.

—Así que queréis que os dé unos consejos. Está bien. Lo primero, no se os ocurra, en la vida, volver a hacer lo que habéis hecho. Venir todos juntos a una casa. ¿Se os ha pasado por la cabeza que cualquier vecino podría olerse algo y delataros?— preguntó sin esperar respuesta—. No quiero saber vuestros nombres. Ni vosotros tendríais que saber quien soy yo. Como os cojan vais a cantar hasta los pelos que tengo en la cabeza.

—¡De eso nada! — respondió ofendido un hombre de piel morena y pelo negro como el carbón, de cerca de treinta años.

—¿Ah, no?

Cazurro se acercó al hombre y se colocó frente a él.

—¿Y si te colocan un cuchillo en el cuello?

Con la velocidad de un depredador, agarró del brazo al hombre que tenía frente a él, giró su cuerpo y colocó a la altura de su cuello el cuchillo que tenía escondido en la manga.

—¿Cómo te llamas?

—Eh,…

—¡Que cómo te llamas! — dijo a su oído mientras acariciaba el cuello con el arma afilada.

Sus compañeros se mantuvieron inmóviles ante el arrebato de violencia de Cazurro.

—Andrés.

—¿Andrés qué? ¡Habla o te rajo!

—Andrés Santana.

Cazurro apartó el cuchillo del gaznate y dio dos pasos hacia atrás.

—¿Veis? Ni le he pinchado y ya me ha dicho su nombre. ¿Qué no dirá cuando de verdad le den una paliza?

Tiró el arma a la mesa y se sentó. Entonces se hizo un silencio incómodo en la cocina. Cazurro agarró un trozo de cecina y se lo metió en la boca.

—Perdona, Cazurro. No pensamos que…

—Pues pensad. Pensad lo que hacéis antes de jugaros vuestra vida y la de los demás— interrumpió el maquis.

Mordió la carne, miró al vaso de vino, observó el reflejo de su cara en él y movió la cabeza expresando negatividad. Los recién llegados proseguían de pie en la cocina. 

Se merecían una paliza cada uno. Para que espabilaran. Y Lucero doble por haberlos llevado a casa. De eso no le cabía la menor duda. Pero, al tiempo, también iban a convertirse en camaradas de monte, fatigas y armas. Por ello les ordenó que cogieran una silla y se sentaran. También indicó a Asturiano que subiera a la segunda planta para cerciorarse de que no había nadie vigilando desde el exterior.

—Perdona por el susto— solicitó al hombre al que había amenazado con el cuchillo y que todavía mantenía la palidez en su piel—. Pero es para que os deis cuenta de dónde os metéis. Esto no es un juego. Una vez que os echéis al monte, va en serio.

Después comenzó una lección rápida de cómo debe comportarse, mejor dicho, de cómo no debe comportarse un luchador maquis. No debía hacer saber su nombre verdadero a nadie salvo por fuerza mayor. Tampoco debía saber la verdadera identidad de sus camaradas, pues nada les garantizaba que no los delataría ante un interrogatorio de sangre y dolor. No podían moverse por los caminos y veredas habituales. Siempre monte a través. Y alejarse de los puentes, vigilados con asiduidad por el enemigo. A la hora de batallar, no debían mantener un enfrentamiento más tiempo que el estrictamente necesario, un par de minutos a lo sumo. Cuanto más durase el tiroteo, más riesgo correrían de que llegaran refuerzos por parte del bando contrario. Porque, eso lo debían tener grabado a fuego, ellos sí que no tendrían ayudas. Jamás se encontrarían con unas balas amigas que acabaran con el oponente.

Asturiano entró a la cocina en mitad de la exposición de su jefe.

—Todo tranquilo. No hay espías fuera.

Cazurro prosiguió con su adiestramiento teórico.

—Lucero, jamás le digas a tus hombres dónde vais a atacar ni cuándo, hasta que estéis a punto. Si eres su jefe tienen que confiar en ti. Si no, mejor que le dejes el puesto a otro. Y vosotros, ni mú a nadie. Ni amigos, ni mujeres ni la madre que las parió. No sabéis quién os puede dar una puñalada por la espalda. ¿A que no?

—No confiéis ni en vuestra puta madre— sumó Asturiano bruscamente con su marcado acento del norte.

Tras la lección, Lucero sacó una botella de vino y varios vasos. Sirvió una ronda y pidió un brindis por las futuras andanzas de su partida. Todos bebieron de un trago, incluido El Montaraz, que no quería mostrarse débil ante sus compañeros de mesa. Cuando Cazurro posó el vaso, miró al hule de la mesa y dijo:

—Bonifacio, sirve un poco más de vino.

Los componentes de la nueva cuadrilla se miraron los unos a los otros con extrañeza.

—¿Qué has dicho? — preguntó Andrés, ya recuperado del susto.

—Nada. Estaba pensando en otra cosa. Anda, echa un poco de vino.

Los reunidos, salvo Asturiano, se quedaron sorprendidos por la reacción de Cazurro. A pesar de ello, iniciaron un diálogo, cada vez más encendido, sobre el acoso que sufrían los contrarios al régimen. Cazurro hacía que escuchaba, pero tenía la cabeza muy alejada de la cocina. Hasta que se levantó y pidió a El Montaraz y a Lucero que se levantaran y salieran de la cocina con él.

—Quiero ver los documentos— exigió a Lucero.

—Claro. Ahora mismo.

—Te espero arriba.

Cazurro y El Montaraz ascendieron hasta el desván y esperaron la llegada del dueño de la casa. Cuando apareció, lo hizo con una carpeta de cartón bajo el brazo.

—Aquí tienes. Son de lo mejor que te puedes encontrar. Las ha hecho…

—No quiero saber quién las ha hecho. Sólo necesito que sean creíbles. De lo contrario, el responsable eres tú.

—Te doy mi palabra. El que se las ha trabajado lleva haciendo falsificaciones toda la vida. Y todavía no han pillado ninguna.

—Que vosotros sepáis.

—Eh… Bueno, sí.

—Vale. Déjanos solos.

Cuando Lucero hubo salido, Cazurro abrió la carpeta y sacó los papeles. Eran documentos que ratificaban su pertenencia a la Falange Española Tradicionalista y de las Jons. Tras visionarlos con detalle, Cazurro solicitó a El Montaraz que se acercara a verlos.

—Éste es el tuyo— destacó apuntando al que tenía su fotografía—. Apréndetelo de memoria. El nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento. Todo. Cuando se lo tengas que enseñar a alguien, simula tranquilidad. Pero sin exagerar. Cuando un agente te pide la documentación, siempre se le tiene miedo. Así que no estés ni demasiado nervioso y ni demasiado seguro. Cualquiera de las dos actitudes les puede hacer sospechar.

“Ni demasiado nervioso ni demasiado seguro. ¿Y eso cómo se hace?” se cuestionó El Montaraz. Pero no tuvo valor para compartir sus dudas con Cazurro. Sin embargo, si realizó la pregunta que realmente le inquietaba. 

—¿Dónde voy a ir? Cuando nos separemos, no sé qué hacer hasta septiembre. Había pensado que…— dudó en terminar la frase—… si a ti te parece bien, podría…

—¿Venir conmigo?

—Sí— respondió El Montaraz agachando la mirada.

—No te preocupes. Claro que te vendrás conmigo. Te prometí que, en memoria de tu hermano, cuidaría de ti. Y eso voy a hacer.

El Montaraz respiró aliviado. La duda que le corroía desde el momento que Cazurro anunció la disolución temporal de la partida, finalmente era resuelta. Y con la respuesta que más le satisfacía. Mantenerse junto al jefe le aportaba una dosis de calma fundamental en una vida, la del guerrillero, en la que la tranquilidad escaseaba. Además Cazurro le había prometido que encontraría la manera de que se volviera a unir con su querida Teresita. Si se alejaba de él, esa posibilidad se desvanecería.

—¿Adónde vamos a ir? — preguntó más calmado.

—Eso lo sabrás a su tiempo. Ahora, mejor que te acuestes. Mañana nos iremos pronto. Yo voy abajo a ver si me deshago de esos pesados y descansamos todos unas horas.

Cazurro salió de la habitación y dejó a El Montaraz a solas con su nueva identidad. José María Guzmán, natural del pueblo de Mansilla de las Mulas, de diecinueve años. Dos más que su edad real. Pero, supuso El Montaraz, la barba, el viento, el frío y el sol que habían envejecido su rostro ayudarían a que aparentara los años escritos en el documento. El Montaraz se quitó la ropa y, con la muda como única vestimenta, se tumbó sobre el colchón. Como hacía calor pensó que no necesitaba poner ninguna manta por encima. Sí agarró, por el contrario, el zurrón. Lo abrió y tuvo la tentación de escribir en su cuaderno las novedades a las que le invitaba su vida con la nueva identidad. Pero prefirió dejarlo para la mañana siguiente. Colocó el zurrón junto a su cuerpo y se durmió abrazado a él. Como cuando era un niño y dormía abarcando con sus brazos a un perro de trapo, uno de los pocos regalos de cumpleaños que recibió a lo largo de su vida y que lo había elaborado con sus propias manos su abuela Marina.

Cuando Cazurro entró en la cocina, los miembros de la futura partida de maquis se estaban levantando.

—¿Qué? ¿Hace entonces un par de vinos en el bar del pueblo? — dijo el más pesado de ellos, un hombre de escasa altura pero con una envergadura considerable.

La pregunta iba dirigida a Asturiano. Éste miró a Cazurro para pedir su aprobación.

—No creo que sea buena idea que te vean en el pueblo.

—Tranquilo, Cazurro. El bar es del primo de éste— dijo Lucero señalando al hombre con sobrepeso.

—Conmigo no contéis— zanjó el jefe miliciano.

Asturiano se acercó a su jefe con cautela. Él sí tenía unas ganas enormes de salir de la casa en la que habían estado atrapados desde su llegada. Y, sobre todo, de saborear el ambiente de un bar, con sus vinos y cervezas, sus orujos, el aroma del tabaco y el agradable sonido de las voces de personas desconocidas que entablaban conversaciones aleatorias sobre temas distintos que cambiaban sin orden alguno. 

—Coño, que solo es un ratín— suplicó Asturiano.

—Mañana marchamos pronto— susurró Cazurro pretendiendo que nadie lo supiera.

—Tampoco necesito dormir tanto. Ya he dormido estos días para media vida.

Cazurro deseaba ordenar sin réplica alguna que subiera al desván y se olvidara de salir de la casa con ese grupo que le aportaba una confianza nula. Pero sabía que Asturiano necesitaba de esos paréntesis de asueto y ocio que se limitaban a sentarse en un bar, beber unos tragos y dialogar acompañado de un cigarrillo entre los dedos. En los últimos meses esos momentos habían brillado por su ausencia, por lo que, para el guerrillero, eran todavía más anhelados.

—Está bien. Eres mayorcito. Tú verás lo que haces. Pero no vengas tarde.

—Tranquilo, hombre. Un par de horas y vuelta.

Asturiano salió de la casa con la partida de Lucero al completo, incluido el propio jefe. Su inclusión dio una migaja de tranquilidad a Cazurro, que esperaba que los mozos no tuvieran la osadía de cometer ninguna estupidez delante de un maquis experimentado como Asturiano y del futuro líder de la partida.

Subió las escaleras y entró en el desván. Allí se encontró a El Montaraz, dormido con el zurrón entre sus brazos. Agarró una manta y la colocó encima de su cuerpo. Después se tumbó e intentó conciliar sueño con rapidez. Para ello solía recurrir a pensar en prados amplios y verdes sin segar. Se imaginaba a sí mismo de pie frente a uno de ellos con su guadaña agarrada por ambos manos. Le relajaba recordar la sensación de sentir el pasto recién segado tocando sus piernas. Y la reiterada acción de guiar la guadaña de derecha a izquierda para arrancar la hierba a la altura del suelo. En ocasiones no necesitaba más de diez minutos con esa evocación en su cabeza para dormirse. Esa noche fue una de ellas.

Dos horas después Cazurro y El Montaraz se despertaron sobresaltados por unos sonidos llegados del exterior.

—¿Han sido disparos? — preguntó El Montaraz asustado.

—¡Claro que han sido disparos!— respondió y miró al catre de Asturiano, que se encontraba vacío—. ¡Vístete!

Ambos se vistieron con premura. Tanta que El Montaraz estuvo a punto de dejarse su zurrón encima de la cama. Pero no, finalmente se hizo con él y se lo colgó al cuello. Cazurro le lanzó un subfusil y él se hizo con otro y con cuatro cargadores. Bajaron  las escaleras a saltos y llegaron hasta la puerta. Los disparos continuaban en el exterior. Cazurro abrió la puerta con cuidado y salió. Entonces se percató de que el sonido de los tiros procedía del medio del pueblo. Arropados por la penumbra nocturna corrieron hasta el punto del conflicto sin saber qué había sucedido, pero con temor a que Asturiano estuviera involucrado.

El motivo de los disparos se originó unos minutos antes en el bar de Salientes. La futura partida de Lucero, junto con Asturiano, se encontraba dentro, sentada alrededor de una mesa del fondo. Bebían orujo y vino, salvo Asturiano, que pidió una botella de su anhelada sidra. El guerrillero estaba embelesado con la fisonomía de la camarera del bar, una mujer de unos treinta y cinco años con una delantera considerable y con unas curvas que provocaban en Asturiano la fantasía de lanzarse a por ellas y agarrarlas con fuerza. Absorto en ese lascivo pensamiento, no se percibió que dos hombres trajeados acababan de entrar en el bar. Se sentaron en dos taburetes de la barra y pidieron cerveza. La taberna, que hasta entonces había sido un barullo de voces de la quincena de hombres que lo ocupaban, enmudeció. Fue en ese momento cuando Asturiano apartó la mirada de la voluptuosa camarera y la fijó en los recién llegados.

—Mira, dos hijoputas. Son matones del gobernador general— susurró el paisano sentado a su lado—. Ya se las verán con nosotros, ya.

—Tranquilo, chico. Tranquilo— aconsejó Asturiano con el mismo bajo tono de voz.

Los dos hombres apoyados en la barra miraron a los presentes y uno de ellos, con bigote poblado, soltó una carcajada.

—Vaya, parece que la gente en este bar se ha vuelto muda— dijo con evidente desprecio.

—Para lo que tienen que decir, mejor que se callen— agregó el segundo—. Anda, pon una ronda para que se alegren un poco— ordenó a la camarera.

Ésta miró a los clientes con desconfianza.

—¿No has oído? ¡Que les pongas una ronda, coooño!

—¿La vais a pagar vosotros?

El hombre con bigote posó su vaso lentamente.

—¿Has oído lo que te ha dicho? No le estarás llamando gorrón a mi amigo, ¿verdad? — inquirió al tiempo que agarró la mano a la camarera.

La mujer se asustó e intentó soltar la mano que asía la suya con fuerza.

—Déjala, que la vas a hacer daño.

Las palabras provenían de la mesa en la que estaba sentado Asturiano. Éste miró con enojada sorpresa al hombre que había abierto la boca. Era el mismo que le había convencido de llevarlo hasta el bar.

—¿Qué has dicho?

Lucero se adelantó a la respuesta del hombre corpulento.

—Nada, hombre, no ha dicho nada. Pero no hace falta que nos invi…

—A ti no te he preguntado— dijo el hombre sin bigotes—. Tú, qué has dicho.

El proyecto de maquis regordete reculó ante las miradas inquisitivas de los sicarios.

—Eh…, nada. No he dicho nada.

Los dos hombres se acercaron a la mesa de los seis.

—Así que no has dicho nada. Vaya, entonces me estás llamando mentiroso. Porque yo sí he oído algo.

—Mejor tengamos la fiesta en paz— señaló Lucero—. Ha sido un malentendido.

—¡Te he dicho que te calles, idiota! — soltó el bigotudo—. A ver, vuestra documentación. Encima de la mesa. ¡Ahora mismo!

Asturiano cerró los ojos y maldijo para sus adentros encontrarse en esa comprometida situación. “¿Quién me ha mandado estar aquí con estos imbéciles?”, se dijo. Después metió la mano derecha en su pantalón y buscó la pistola. La agarró y rogó no tener que sacarla.

—Os he dicho que saquéis la documentación o vais directos al cuartelillo.

Lucero obedeció en primer lugar. Después otros dos. Y finalmente  Andrés y el más grueso. Los matones miraron los papeles con detenimiento y los lanzaron con desprecio al suelo. Entonces observaron a Asturiano, que intentaba aparentar que buscaba sus documentos en los bolsillos de su ropa.

—¿A ti qué te pasa? — preguntó el hombre sin bigote.

—No sé, creo que me las he dejado en la pensión. Si quiere, voy a buscarlo ahora mismo.

—De eso nada. Tú donde vienes ahora es al cuartel, con nosotros. Venga, levanta, que lo vas a pasar bien. Y el bocazas, también.

Los dos se separaron un paso de la mesa y esperaron. Asturiano miró a sus compañeros de mesa con rabia contenida. Ya había quitado el seguro a su pistola y estaba preparado para hacerla hablar. Tenía a dos enemigos frente a él y calibró a quién debía disparar primero. “Al de bigotes”, se dijo.

En ese momento uno futuros maquis en torno a la mesa, de pelo rubio y delgado como un fideo, se levantó con rapidez hacia el trajeado sin bigote y le clavó una navaja de punta francesa en el estómago.

—¡Toma, hijoputa!

 El hombre cayó al suelo y entonces las miradas se centraron en el de bigotes. Éste dio tres pasos hacia atrás y metió la mano en su cazadora. En el mismo instante en que sacaba su pistola recibió un disparo en el hombro derecho. A pesar de ello pudo disparar y su descarga fue a parar a un cuadro de Salientes colgado en la pared. Asturiano disparó de nuevo y, en esta ocasión, acertó en la cabeza. Los presentes en el bar se lanzaron al suelo. 

—¡Me cago en la puta! ¿Qué habéis hecho, locos?— gritó Asturiano—. ¡Rápido, largo de aquí!

Empujó a los que habían sido sus compañeros de mesa y les obligó a salir del bar. Lo que desconocían era que fuera se encontraban cuatro guardias civiles que ejercían la función de escoltas y chóferes de los sicarios y que salieron de sus coches en cuanto oyeron los tiros.

Los dos primeros hombres en salir del bar fueron acribillados con la primera ráfaga exterior. Sus cuerpos cayeron muertos ipso facto. El tercero, Lucero, reculó cuando se encontraba en la puerta, pero recibió un tiro en la cadera al intentar cerrar la puerta. Asturiano le agarró con una mano y con la otra disparó al exterior.

—¡Cierra, cierra, joder! — gritó— ¿Hay otra salida? — preguntó en alto.

La camarera señaló al fondo del bar, donde se encontraba una ventana que daba a la parte trasera de la taberna.

Cazurro y El Montaraz llegaron en el momento en que cuatro guardias civiles tiroteaban sin escrúpulos al edificio que tenían frente a ellos. Se colocaron en la esquina, protegidos por las sombras.

—¡Quédate aquí! Y dispara cuando yo lo haga— mandó Cazurro.

Corrió a la otra esquina, desde la que tenía a los agentes de espaldas, y comenzó a disparar. El Montaraz, esta vez sí, siguió a rajatabla las órdenes de su jefe y abrió fuego.

El agente civil más cercano a la puerta del bar se derrumbó en el suelo y comenzó a gritar. Los otros tres apuntaron a los dos puntos desde donde venían las balas y desplegaron un vendaval de disparos que obligó a El Montaraz a tirarse al suelo.

El sonido ininterrumpido del tiroteo impidió escuchar la llegada de un camión justo detrás de Cazurro. Hasta que tres balazos impactaron en la pared, a pocos centímetros del jefe de partida, éste se giró y tuvo el vehículo a menos de diez metros. Disparó al cristal del camión y se lanzó al interior de una cuadra.

Dentro del bar, Asturiano y los otros dos supervivientes ayudaban a Lucero a salir por la ventana. Uno de ellos ya estaba fuera y tiraba de él. Asturiano y el otro lo alzaban con esfuerzo.

—Venga, ayuda, que queda poco.

Miró a la cara de Lucero y sus ojos evidenciaron que ya no quedaba vida en ellos. El disparo en la cadera había sido mortal.

—Déjalo. Está muerto.

—¡No!

—¡Que lo dejes, hostias!

Posó el cuerpo de Lucero en el suelo y ordenó al muchacho que saltara al exterior. Después lo haría él. Pero miró hacia atrás y vio cómo el tiroteo procedente de la parte delantera ya no iba dirigido hacia el bar. En ese momento pensó en sus compañeros de partida. Supuso que habrían corrido en su auxilio en cuanto oyeron las primeras descargas de metralleta. Agachado y caminando entre los lugareños que permanecían tumbados en el suelo, llegó hasta la puerta. Allí divisó cómo tres hombres disparaban hacia la parte derecha del edificio. Y cómo otros disparos se dirigían a una cuadra frente al local. Recargó su arma y salió del bar por la puerta con cuidado de no ser descubierto. Superó los dos cadáveres que yacían en el suelo y se incorporó. Apuntó con su pistola, disparó y acertó en la espalda de uno de los guardias civiles, el que tenía más cerca. El que se encontraba a su lado se giró, pero no tuvo tiempo de reacción. Dos disparos fulminantes en cabeza y pecho le tumbaron para siempre. El tercero sí pudo disparar. Lanzó una ráfaga y acertó en el cuerpo del miliciano, que cayó con el cuerpo encogido. El guardia civil se acercó con rapidez para rematar a Asturiano. Pero en el momento de volver a apretar el gatillo recibió cuatro disparos por la espalda. Provenían del arma de El Montaraz. Se había incorporado y, cuando vio cómo su compañero hundía su cuerpo en el suelo, se lanzó con furia a por el hombre que lo había derribado.

El Montaraz se arrodilló, agarró de la cabeza a Asturiano y se asustó al ver la gran cantidad de sangre que manaba de su cuerpo.

—Déjame— ordenó Asturiano balbuceando—. Ayuda a Cazurro.

—¡No! ¡Levanta!

—¡Que me dejes, coño!— respondió el maquis empujando el brazo del muchacho—. Ayuda a tu jefe.

Fueron sus últimas palabras. Después murió en brazos del guerrillero adolescente.

El Montaraz, cargado con más rabia y  adrenalina que la que jamás podría haber pensado que pudiera acaparar su cuerpo, se levantó, se giró hacia la furgoneta aparcada y comenzó a disparar sin escrúpulos.

Sus enemigos tuvieron que esconderse tras las ruedas. Entonces el subfusil de El Montaraz soltó su última bala. El chico continuó apretando el gatillo, pero los proyectiles habían desaparecido. Corrió hacia uno de los guardias civiles muertos y agarró su arma. En ese mismo instante escuchó tras de sí un bombazo. Se giró y vio arder el camión y a dos hombres uniformados que salían corriendo entre llamas. También salió, pero de una ventana lateral del cobertizo, Cazurro. Dos militares apostados tras la rueda delantera izquierda comenzaron a dispararle, pero se detuvieron cuando fueron ellos quienes recibieron el ataque de El Montaraz.

Cazurro corrió hasta protegerse tras uno de los vehículos oficiales. Entonces fue cuando vio el cuerpo de Asturiano.

—¡Hijos de perra!

Lanzó la segunda granada que le quedaba y echó a correr hacia el puesto de El Montaraz, protegido tras el otro coche. La granada explotó entre el camión y la cuadra.

—¡Venga, vamos!— ordenó Cazurro, que agarró el brazo de El Montaraz.

—¡Asturiano, está… está!

—Ya lo sé. Está muerto. No podemos hacer nada.

Cazurro inició una carrera de espaldas al tiempo que disparaba hacia el establo desde el que había saltado y cuya pared se había convertido en un colador. El Montaraz imitó su gesto. Así impidieron que los militares que permanecían vivos tuvieran la posibilidad de responder con sus armas. Cuando se hallaban a cincuenta metros de sus enemigos, giraron hacia la izquierda, les perdieron de vista y corrieron con toda la velocidad que sus piernas y sus corazones les permitían. Segundos después ya se hallaban entre árboles, protegidos de la visión de sus enemigos, alejados del núcleo urbano de Salientes. Aún así, en la oscuridad de la noche montañesa, no detuvieron su huida hasta que los primeros rayos del sol impactaron en sus cuerpos. Entonces supieron que se encontraban a salvo. No como Asturiano, el primer compañero maquis que El Montaraz había visto morir. Sentado sobre una roca, tratando de coger aire, tuvo un barrunto. Asturiano no iba a ser el único camarada que viera caer en combate. Y tenía que estar preparado para soportarlo.


 

CAPÍTULO 6

 

Prados de Relasllamas. Cuénabres. León

10 de Julio de 2011. Cuatro de la tarde

 

 

 

 

            El sol volvía a mostrarse con timidez en el cielo leonés. Los habitantes de la montaña llevaban dos días sin verlo aparecer. Una manta nubosa cargada de lluvia intermitente lo había ocultado a los paisanos, ansiosos porque el astro trasladara su calor a los prados para que los agricultores recogieran sus cosechas.

            Francisco Jurado era uno de los damnificados por la falta de sol. Llevaba demora con la siega de sus prados y la adversa meteorología aumentaba ese retraso. Para matar su tiempo y el de Marquitos, ofreció a éste comenzar con las jornadas de doma de Perla, la potra que le había regalado el año anterior.

            Perla pacía en el prado de Relasllamas al lado de Silverado, el imponente caballo de Francisco. Éste tenía las patas delanteras encadenadas en corto para que no pudiera trotar y escaparse de los terrenos del pueblo. Cuando vio llegar a sus amos relinchó de felicidad. Supuso que su dueño requería de su fuerza para ascenderlo monte arriba hasta las peñas. Pero en esta ocasión Silverado estaba equivocado. Él no era el objetivo de las miradas. Lo era su joven protegida, Perla.

Caballo y potra se acercaron a los amos a recibir las lisonjas de estos. Silverado acarició con su cabeza la de Francisco mientras que Perla, más tímida, tan solo permitía que Marquitos sobase su lomo.

Francisco depositó en el suelo la silla de montar que cargaba y soltó las amarras de las patas de Silverado, que aprovechó para iniciar un breve sprint. Después, sumiso, volvió al punto exacto donde se encontraba Jurado padre, que se acercó a Marquitos y a Perla.

Venga, ensíllala. A eso hemos venido.

¿Yo? preguntó el chico.

Es tu potra, ¿no? Además, ya me lo has visto hacer mil veces.

Dubitativo, Marquitos comenzó sacando las riendas de dentro una enorme mochila que había llevado consigo. Su padre aguantó las intenciones de Perla de alejarse agarrando con fuerza de sus crines.

Ponte a la izquierda. Lo harás más cómodo.

Marquitos obedeció. Después colocó las riendas sobre el cuello de la potra y sostuvo la brida por la testera del animal y entre sus orejas. Así le ofrecía el bocado para que lo mordiera con sus dientes. Perla abrió la boca y el chico aprovechó para introducir el bocado. También pudo agachar las orejas del animal e introducir la testera sobre la nuca  La cara de satisfacción de su padre le indicaba que iba por buen camino. Por ello no dudó en tensar las correas y atar las hebillas con determinación.

Francisco miraba concentrado los movimientos de su hijo. Pero tampoco se le podía escapar de su vista el moretón que destacaba entre su mejilla y su oreja derecha. No se iba a acabar el día sin que el chaval le diera las explicaciones pertinentes. Pero lo dejaría para más tarde.

Venga, ponte con la silla indicó ejerciendo de maestro de prácticas de su hijo.

Marquitos recogió la silla de montar de su padre y se dispuso a colocarla a lomos del animal.

Pero, ¿qué haces? ¿No tienes que poner antes el sudadero?

Bueno, sí. Pero como me habías dicho que pusiera…

Ya. Y si te digo que te tires por un puente, tú lo haces. ¿Verdad?

Otra de las habituales expresiones de su padre, ávido de enseñarle lecciones de la vida con frases que entonaba con relevancia bíblica. Marquitos no contestó y obedeció. Puso el sudadero acolchado sobre la cruz de Perla y lo deslizó para que el pelo de debajo se quedara liso.

Muy bien. Ahora sí. Ahora la silla.

Marquitos la lanzó sin miramientos al lomo de su animal. Ésta mostró su queja moviendo la cabeza con energía. Aunque la rigidez con la que Francisco agarraba de la cuerda impidió que se alejara de sus amos.

Más suave, animal. Que la silla pesa.

Marquitos se disculpó con un gesto facial y se quedó pensativo. Había visto en infinidad de ocasiones cómo se ensillaba a un equino. Y había montado a lomos de Silverado en media docena de ocasiones. Pero en ese momento su mente se bloqueó y sus ojos fijaron la mirada en la montura sin saber qué hacer. Le sucedía a menudo cuando su padre se encontraba vigilando minuciosamente los movimientos de su hijo. Era como si una tonelada de responsabilidad cayese sobre sus hombros y no fuera capaz de moverse. Francisco se percató del estado de bloqueo de Marquitos y tomó la iniciativa.

Venga. Los estribos. Mira que estén bien puestos. ¿Lo están? Estupendo. Ahora la cincha, ponla a través de la silla y colócala sobre el dorso. Así. Así va bien. Ahora tira del sudadero para que circule el aire. Si no, se va a coger una empapada que la puede dejar tiesa.

Marquitos seguía a rajatabla las órdenes del capataz Jurado. Al tiempo que obedecía, se imaginó a su padre como un vaquero del lejano Oeste. No sería el tipo más rápido del Oeste. Ni el más fuerte. Pero sí que sería respetado por los vaqueros, forajidos y hasta el sheriff del pueblo. En cierto modo, reflexionó, la montaña de León no era tan distinta del salvaje Oeste que había visto en las películas. En ambas tierras el ganado era el eje económico de la zona, los hombres se comportaban de un modo rudo, en ocasiones machista, y las mujeres mantenían una sumisión voluntaria. En ambos casos había agentes de la ley que velaban por la paz. Los americanos contaban con el sheriff y sus ayudantes y ellos con la Guardia Civil. Y, cómo no, estaban los cuatreros. En ese punto se quedó dudando de si había tanta similitud como en las anteriores propuestas. Porque, al menos que Marquitos supiera, en León no proliferaban los ladrones de ganado. Lo más cercano en lo que se refería a violar la ley podían ser los cazadores furtivos. Como lo había sido su padre durante décadas y como había soñado ser él hasta que esa ilusión estuvo a punto de matarle.

¿Qué? ¿Estás a lo que estás o lo dejamos? refunfuñó Francisco al ver que su hijo se había evadido mentalmente.

Marquitos volvió a centrar sus pensamientos en Perla y continuó con el ensillado de la potra. Se colocó en la parte derecha del animal y comprobó que no había dobleces en el sudadero, bastante desgastado por las horas de monta a Silverado. Sujetó la hebilla de la cincha desde abajo del animal y tiró con fuerza. Repitió la acción en la parte izquierda e intentó mover la estructura al completo.

¿Qué tal? Bien, ¿no?

No está mal contestó el progenitor con condescendencia. La siguiente vez, tú solo. Venga, ahora quita la silla.

¿Cómo?

Que le quites la silla. No pretenderás montarte así, a las bravas, a las primeras de cambio. Mañana volvemos a colocarle la silla y la mantenemos con ella un cuarto de hora. Al día siguiente, media hora. Hay que acostumbrarla hasta que sea ella misma la que nos la pida nada más vernos. Después ya habrá tiempo de que te montes y te tire unas cuantas veces hasta que te ganes su respeto.

Marquitos obedeció sin replicar, retiró la silla y la posó en la hierba, todavía húmeda por los días de llovizna. Entonces su padre le ofreció las riendas y ordenó que paseara con Perla a lo largo del prado. Le dijo que así la potra se familiarizaría con él hasta que llegara el momento, dentro de unas semanas, en que supiera que su único y verdadero amo era Marquitos.

Hijo y padre caminaron con sus equinos a ritmo pausado. Francisco no necesitó agarrar a Silverado, pues su amigo equino caminaba tras de él como si de un fiel escudero se tratara. Mientras, Sol y Zar hurgaban la tierra en busca de guaridas de ratones a los que dar un buen mordisco. Francisco aprovechó ese momento de relajación para interrogar a su hijo.

¿Qué? ¿Duele? inquirió señalando el hematoma de su hijo.

No. No duele.

Marquitos no aportó más información. Era una muestra de que quería impedir que comenzara una conversación que, sabía, le iba a incomodar. Aún así, Francisco insistió.

¿No me vas a decir cómo te has hecho el morao?

No ha sido nada. Me he levantado de la cama y me he tropezado.

Qué torpe, ¿no?

Ya ves.

¿Seguro que ha sido eso lo que pasado?

¿Qué iba a ser si no?

No sé. Esta mañana me han contado otra versión.

Marquitos maldijo en su interior. Pero intentó no aparentar el desagrado que sentía porque su padre supiera el incidente en que se vio envuelto la noche anterior.

¿Quién te lo ha contado?

Eso es lo de menos. Los montes tienen oídos y bocas por todas partes. Eso ya lo tenías que saber.

Entonces, ¿qué quieres que te diga?

Que no se va a volver a repetir. ¿Qué es eso de andar a puñetazos por los pueblos? El ganadero se puso serio ¿Acaso es lo que te hemos enseñado en casa?

No fue culpa mía.

Me da igual de quién fuera la culpa. Que sea la última vez que oigo que andas con peleas o te quedas sin la moto.

No me parece justo replicó Marquitos. Te repito que no fue culpa mía.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche anterior, Marquitos terminaba de acicalarse para salir. Era sábado y el muchacho tenía un encuentro con Sonia. Sus citas con ella no eran tales, pero se había acostumbrado a que, junto a ellos, tuvieran a decenas de personas pululando por el bar de Manuel.

Se acicaló con colonia para perfumar media montaña, se vistió con una camiseta oscura de manga larga, pues a pesar de ser verano las noches estaban siendo frías y lluviosas, y bajó las escaleras. En ese momento Carlota salió de la cocina.

Cada día te pareces más a tu padre dijo a modo de halago. ¿A que sí?

Francisco, tumbado en el escaño, respondió afirmativamente de un modo mecánico. Estaba centrado en la noticia del telediario que anunciaba un nuevo aumento del paro y un mayor endeudamiento del país. Francisco se preguntó qué futuro les esperaba con las negativas expectativas que se planteaban ante los ojos de la clase media trabajadora española. Subidas de impuestos, aumento de la edad de jubilación, desempleo record, estrangulamiento de los bancos a los deudores, una clase política corrupta hasta límites que jamás llegarían a conocer los ciudadanos, cierre del grifo de las ayudas europeas… Ese punto era el más preocupante para el experto ganadero. Si se acababan las subvenciones procedentes de la Unión Europea, la mayoría de los vaqueros de la montaña, que ya eran escasos, tendrían que vender las vacas y cerrar las cuadras. No podrían sobrevivir únicamente de la venta de leche y terneros. El precio de ambos se había estancado y, sin embargo, el de los piensos había alcanzado sus máximos históricos. En concreto, el importe de los cereales se había inflado sobremanera en los dos últimos años. Dentro de las diversas teorías que justificaban esa subida desmesurada, Francisco se sumaba a la corriente que afirmaba que la razón principal era la especulación internacional. Los datos oficiales mundiales señalaban que se había producido un estancamiento de la producción y que, por ello, el coste del cereal había aumentado. Pero Francisco compartía la creencia de que las verdaderas responsables eran las empresas americanas, que se habían hecho con toneladas de semillas para mantenerlas en barbecho durante un quinquenio. De este modo la cantidad de cereal anual descendería y obligaría a Rusia y a la Unión Europea a aceptar unos precios más altos que el valor verdadero del mercado. Cuando éstos se hubieran estabilizado en torno a un veinticinco por ciento por encima, los americanos sacarían sus stocks a mercado y competirían con unos precios más bajos. El resultado sería, según esa visión futurista, que los emporios estadounidenses hundirían a sus rivales mundiales y, además,  habría logrado establecer unas tarifas que les aportaran beneficios extras. Los platos rotos de esa estrategia especuladora los pagarían, entre otros, los pequeños ganaderos de bovino y porcino, incapaces de soportar el pago del pienso, el seguro de los animales, la gasolina de los tractores, los gastos de veterinarios y el fallecimiento de un porcentaje del ganado, y, a la vez, obtener beneficios.

 Él esperaba no ser uno de ellos. Por esa razón cuidaba con esmero a sus animales, su sustento económico. Porque pensaba que, ante momentos de zozobra económica y empresarial, únicamente los mejores saldrían a flote. Y estaba convencido de que él era uno de los mejores ganaderos de León. Los argumentos esgrimidos para tal aseveración eran que sus reses siempre cotizaban al alto en comparación con la mayoría del ganado de la comarca. Que jamás, cruzaba los dedos, se había visto afectado por una enfermedad bovina grave que diezmara su ganado. Y que tenía el don de apreciar, de entre un rebaño de terneras, a las más sanas, las que iban a ser mejores madres y las que ofrecerían la carne más apetitosa cuando pasaran por el matadero. Esa era una dádiva que le había otorgado la madre naturaleza y que, primero con la ayuda de su padre, Vicentín El Hurón, y luego solo, había cimentado a lo largo sus cincuenta y un años de su vida.

Así que, aliviado, se convenció de que él aguantaría sin excesiva agonía el paso del huracán de la crisis, que ya estaba instalada y que, temía, no desaparecería del país hasta dentro de varios años.

Pero ¿y Marquitos? ¿Qué iba a ser de su hijo con un cuadro futurista tan negro? Esa era la verdadera preocupación de Francisco. Que el horizonte de crisis, paro y desamparo gubernamental fagocitara su futuro y le trasladara a un panorama de penurias económicas como las que había sufrido su familia en la posguerra.

  El chico ya había decidido abandonar los estudios y ni su madre ni él habían logrado convencerle de lo contrario. Estaba empecinado en continuar la saga familiar de ganaderos. Era comprensible. Francisco le había inculcado la pasión por el campo hasta tal punto que su hijo se imaginaba otra vida fuera de las vacas y los prados como un mundo de ciencia ficción en el que no deseaba adentrarse. Sí, sin duda alguna, Marquitos heredaría sus tierras y su ganado y dedicaría su vida a cuidar de ellos.

Sin embargo, Francisco ya le había encontrado un trabajo veraniego para que ganara sus primeros euros fuera del entorno familiar. Marquitos, desde principios de mes, trabajaba en la gasolinera de Riaño. Su turno comprendía desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. Por ello, antes de que el muchacho saliera de casa, Francisco le recordó que al día siguiente debería madrugar y que, por ello, no debía acostarse tarde.

Marquitos escuchó a su padre sin interés, agarró la llave de la moto, dos cascos y dos chubasqueros de tela para taparse él y Sonia de la molesta lluvia.

            Arrancó la motocicleta y condujo hasta Vegacerneja a reunirse con su chica. El fresco nocturno le obligó a subirse la cremallera de la cazadora hasta el cuello y la humedad del firme le llevó a conducir a una velocidad prudencial. No como le gustaba a él, al límite, apurando las trazadas  y tumbando la moto en las curvas. Cinco minutos más tarde ya se encontraba a las puertas del bar de Manuel.

            El ambiente en el exterior del bar hacía presuponer al chico que Sonia había tenido abundante trabajo esa noche. Una decena de paisanos, combinados en mano, dialogaban fuera. Entró sin apenas hacer caso, aunque sus oídos sí captaron una conversación acerca de una nueva matanza de ganado ovino cometida por los lobos. Se lo contaría a su padre al día siguiente para que continuara alerta. Los lobos se habían convertido en el peor enemigo de los ganaderos. Y más ese año en el que su padre no había acabado con varios de ellos de certeros disparos.

Ya dentro, se encontró a su preciosa Sonia tras la barra. Vestía una camiseta de manga corta ceñida que destacaba su bella y juvenil figura. Llevaba el pelo suelto, como más le gustaba a él, pues le enamoraba verla moviendo la cabeza aireando su cabello como una ola. Sonia, al ver que Marquitos entraba en el local, embelleció aún más su rostro con una sonrisa de bienvenida.

Junto a ella, Roberto Arroyo, el gerente del bar, limpiaba el mostrador con un trapo húmedo. Al tiempo charlaba amigablemente sobre si, este año sí, el Real Madrid le arrebataría el dominio del fútbol español al Fútbol Club Barcelona.

Marquitos se colocó al fondo de la barra. En su esquina, de la que no se separaría hasta que el jefe de Sonia le diera permiso para marcharse. Roberto Arroyo era, en opinión de Sonia, un buen jefe. Atento, preocupado por que ella estuviese a gusto en su puesto de trabajo e, incluso, interesado por el día a día de la comarca. Sonia y Marquitos estaban encantados con que ella tuviera como encargado a un hombre en el que se unían el respeto por la montaña en la que vivía desde hacía unos meses con una visión más abierta del mundo que la de los paisanos de la comarca. Eso suponía que, por ejemplo, Roberto aceptara no ser él quien llevara a Sonia a Riaño tras finalizar el trabajo, tal y como le había pedido su padre, sino que permitiera, bajo secreto, que fuera Marquitos quien hiciera de chófer de la joven. Si Julio Méndez se enteraba seguro que montaría en cólera, pues Marquitos no era santo de su devoción. Pero Roberto Arroyo prometió que no abriría la boca siempre y cuando no bebiera alcohol antes de coger la moto.

Sonia se acercó a Marquitos y éste agarró su mano con dulzura. Pero no se besaron. En público no. Era una norma no escrita sabida por los habitantes de la montaña. Las muestras de amor y afecto había que guardarlas para la intimidad. Si no querían que luego los vecinos sacaran cantares de la pareja, era mejor mantener la discreción como base de su comportamiento.

¿Mucho trabajo? preguntó Marquitos con su mano sobre la de Sonia.

Ya ves. Sin parar. No sé cuantas raciones han pedido hoy, pero un montón. Además, los que están fuera han venido de cenar en Burón y, al ritmo que van, parece que se van a beber un botella cada uno.

Dejó la conversación para atender a dos clientes recién llegados y Marquitos rebuscó alguna revista con la que pasar el rato.

La realidad era que Marquitos siempre se aburría en el bar de Manuel. Bebía Coca Colas o cervezas sin alcohol, leía la revista comarcal de Riaño o publicaciones de coches y dialogaba con Sonia el escaso período de tiempo que la clientela se lo permitía. El resto lo pasaba mirando a los distintos clientes que pasaban por el bar, cenaban unas raciones de chorizo, cecina o salchichón, o se tomaban unos vinos y se largaban. Alguno de sus paisanos le encargaba que diera recuerdos a su padre y, como mucho, iniciaba con ellos una conversación sobre ganado, meteorología o fútbol. 

Sin embargo, Marquitos ahí estaba. Como siempre. Al pie del cañón hasta que Sonia terminara su turno. Algunas noches ocurría a las doce y otras no terminaba hasta la una y media. Dependía de la cantidad de bebedores que aparecieran. Esa velada, temió Marquitos resignado, apuntaba a ser larga.

Cuando se acercaba la media noche, David Raballeda, el geógrafo llegado de Madrid, apareció por la puerta acompañado de otro joven treintañero. A primera vista se apreciaba que ambos iban cargados de alcohol por las risas histriónicas y excesivas que acompañaron su entrada triunfal.

¡Guapa, dos gin tonics! grito David.

¿Otro? preguntó su acompañante. Ya voy cargadito. Mejor paro un poco.

No seas moñas, Raúl soltó-. Anda pon dos, preciosa. No le hagas caso a mi amigo.

Guapa. Preciosa. Los dos halagos del recién llegado alertaron el instinto celoso de Marquitos, que depositó su cerveza sin alcohol sobre la barra.

Los dos amigos alardearon sin intimidad alguna del prolífico día que habían tenido. Comida en Villafrea, partida de mus en Riaño, unas cervezas con dos chicas de Lario con las que habían quedado más tarde en Riaño y después una cena opípara en Liegos acompañada de varias copas. Los rostros de los demás clientes del bar mostraban la molestia que les suponían las vociferaciones de los dos hombres. El dueño, por su parte, levantó los hombros dando a entender que poco podía hacer ante los dos energúmenos.

Carita guapa, pon otros dos dijo David cuando no habían pasado ni diez minutos desde su entrada.

Marquitos estaba a punto de reventar. La mano agarraba el botellín de cerveza sin alcohol con rabia y miraba al hombre que tenía a seis metros con los ojos enrojecidos. ¿Quién se creía ese gilipollas para hablar así a su chica? No era la primera vez que se lo encontraba en el bar. Y siempre importunaba a su novia con piropos que enervaban a Marquitos. Sonia, consciente del estado alterado de su novio, boqueó la palabra “tranquilo” sin llegar a decirla. Ella estaba más acostumbrada que él a impertinentes como el que tenía delante y, a pesar de contar con diecisiete años, sabía torearles desde su parcela de la barra. 

El otro joven denegó la invitación al segundo combinado alegando que todavía le quedaba medio gin tonic en el vaso.

Deja, Sonia, ya le pongo yo dijo el camarero. Si quieres, recoge los vasos de afuera y luego te marchas.

¡Eh, amigo! Le he pedido a ella que me ponga la copa. ¿Por qué te crees que hemos venido a este tugurio? Para que nos sirva la tía más buena de la montaña— dijo jocosamente.

¡Mejor si te vas a ver a tu madre! ¿No?

Silencio en el interior del bar de Manuel. Breve y eterno al tiempo. Las miradas de los presentes se dirigieron a Marquitos, que acababa de estallar. Entre ellas las de Sonia, congelada ante la brusca intervención de su amor.

¿Qué has dicho?

¡Que te vayas a ver a tu madre y dejes a mi novia en paz!

¿A que te suelto una hostia y te salto los dientes? respondió Raballeda dando dos pasos hacia delante.

Roberto se apresuró a salir de la barra y se colocó entre los dos. Gritó basta y obligó al geógrafo a retroceder los pasos caminados. Después juró que no iba a permitir peleas en su bar y ordenó que ambos jóvenes, uno cargado de alcohol y el otro de adrenalina, se tranquilizaran.

¡No te vuelvas a meter con mi novia! replicó Marquitos haciendo caso omiso a Roberto.

Mira dijo a su amigo. Este idiota, que dice que me he metido con su novia. ¿A que no es verdad, guapísima?

¿Porqué no lo dejas? respondió Sonia, que se había acercado a Marquitos.

Eso. Porqué no lo dejas y os vais a Riaño con las tías esas con las que habéis quedado agregó el hostelero.

Me iré cuando me dé la puta gana.

David agarró el gin tonic de su amigo y se lo terminó. Después dijo que salía a fumar un cigarro y que, a su vuelta, quería ver dos copas llenas encima de la barra. Su amigo le siguió con incomodidad.

Roberto Arroyo se acercó a Marquitos y le increpó su actitud. No quería peleas que provocaran que su bar se ganara fama de conflictivo. Sonia también le echó en cara su percha de macho protector de su hembra y se metió en la cocina. Así que, ahí estaba Marquitos. Solo, en la barra del bar, con las reprimendas de su novia y el jefe de ésta y con la exigencia de que callara la boca cuando el cliente conflictivo volviera a entrar.

Sin embargo, cuando el silencio volvió a ser protagonista de la tasca, Marquitos escuchó unas voces procedentes del exterior y que se filtraban por la ventana del bar. Agudizó el oído y se esforzó por entender las palabras procedentes del exterior.

Porque me han parado, que si no, le doy cuatro hostias bien dadas.

Anda, déjalo. Vamos a Riaño.

Como vuelva a tocarme los cojones, se va a enterar el puto crío.

Vale, vale. Pero hoy déjalo correr.

De acuerdo. Pero, ¿a que tengo razón?

En qué.

En que la chica está buena de cojones.

Un poco joven. Pero sí.

Seguro que tiene un polvo brutal. Te lo digo yo, que he probado muchas. Y no me voy de esta mierda de sitio sin tirármela.

Marquitos salió escopetado del bar y se encontró de bruces con los dos jóvenes. De modo instintivo agarró del cuello del jersey a David y le empujó contra un coche aparcado. Éste se rehizo y soltó un puñetazo que impactó en la cara del adolescente. Su amigo intentó colocarse en medio para detener el enfrentamiento, pero David le apartó y lanzó otro puñetazo a Marquitos. Afortunadamente, los reflejos del geógrafo flaqueaban y el único dañado fue el aire. Entonces Marquitos empujó a Raballeda de nuevo contra el coche y le lanzó un rodillazo en sus partes. El ruido del choque contra el vehículo provocó que cuatro hombres que se encontraran dentro del bar salieran para averiguar el origen del sonido. Raudos, acudieron a separar a los dos enemigos, que movieron sus piernas y brazos con el fin, no logrado, de impactar en el cuerpo del rival.

¡La madre que os parió! gritó Roberto Arroyo ¡Largo de aquí ahora mismo si no quieres que llame a la policía!

La amenaza surgió efecto y el licenciado en Geografía, dolorido en sus testículos, y su amigo montaron en su coche y se largaron. No sin antes haber amenazado a  Marquitos que le partiría la cara la próxima vez que se lo cruzara. El cuenabrénse, que permanecía agarrado de los brazos por dos paisanos, se relajó al ver alejarse el vehículo.

En ese momento, Sonia, que había visto el desenlace final de la pelea, miró inquisitivamente a su novio.

Roberto, ¿me llevas luego a casa? preguntó en alto para que Marquitos lo escuchara.

Claro, mujer. En cuanto hayamos terminado.

Muy bien miró a Marquitos y dijo con una seriedad que el novio desconocía. Hasta mañana.

Pero…

Ya te llamaré yo.

Sonia y Roberto entraron de nuevo en el bar y dejaron a Marquitos fuera. Solo, con el pómulo dolorido y un gesto de incomprensión que representaba que no entendía lo que acababa de ocurrir. Había defendido el honor de su novia ante los ataques de un impresentable y había obtenido como recompensa el enfado de ésta, además de un golpe en la cara. Pensó en volver al bar para pedir explicaciones, pero sabía que se encolerizaría aún más de lo que estaba. Sonia era una muchacha dulce y cariñosa, pero también con fuerte carácter. Y cuando se mostraba tensa o enfadada era mejor no enfrentarse a ella. Marquitos, molesto y apenado al tiempo, arrancó su moto.

Sonia escuchó desde dentro de la barra cómo su novio se alejaba y lanzó a la fregadera el trapo que portaba.

Tranquila, mujer. Que tampoco ha sido para tanto dijo Roberto intentando apaciguar los ánimos de su empleada. Además, te estaba defendiendo.

¿Qué pasa? preguntó alterada ¿Qué tú también te estás asilvestrando como los de aquí? ¿Qué es eso de que me estaba defendiendo? Yo me sé defender solita. Y muy bien. Todos los hombres sois iguales. Os creéis que por ser más fuertes podéis tratarnos como animalitos indefensos.

Eh, tranquila. Ahora no lo pagues conmigo, ¿vale? dijo Roberto finalizando el diálogo.

Una hora más tarde el dueño del bar de Manuel hizo de chófer de Sonia, tal y como había prometido. La atractiva joven se sentó y se mantuvo callada durante la mayor parte del recorrido que bordea el pantano del Esla. Continuaba con el semblante serio. Pero, pasado el primer calentón, dudaba a la hora de definir las razones de su irritación. Si la pelea de su novio con el borracho o el hecho de que luego no volviera al bar a pedir disculpas. Sí, era evidente que ella le había invitado a marcharse a su casa. Pero, pensó Sonia, también él podía haber tenido las agallas de volver al bar, intentar reconciliarse con ella, aguantar su enfurecimiento y pedir disculpas. No, Marquitos tenía que ser tan orgulloso como ella. Ya lo habían demostrado en las dos peleas que habían protagonizado desde que se ennoviaron. Tardaron una semana en volver a hablarse. Y Sonia recordó con angustia que su sufrimiento fue infinitamente mayor de lo que había imaginado.

Porque si algo no dudaba era el amor que procesaba por Marquitos, el joven de aspecto rudo pero con gran humanidad que la mimaba con pasión, hacía que sonriera con payasadas infantiles pero que a ella le encantaban y también había sido enormemente dulce y cariñoso tras las muertes recientes de su tío y su primo.

¿Qué tal la familia? preguntó Roberto, como si en esos momentos hubiera escuchado los pensamientos de su copiloto. Tu tía, ¿levanta cabeza?

No mucho. Está todo el día llorando en casa. Dice que se va a ir de Retuerto, que todo le recuerda demasiado a mi tío Arturo. Pero no creo que se vaya. Aquí, al menos, tiene a mi padre y a mi tío Pablo. Y en León está mi tía abuela Milagros con mi  bisabuela.

Entonces, qué mejor que con la familia, ¿no? Por cierto, ¿qué es de tu tío Pablo? Hace semanas que no le veo por el bar. A tu padre al menos le veo cuando te trae a trabajar.

Ya. Pero tampoco es raro. Yo también hace bastante que no le veo. Es muy suyo. Puede tirarse días sin salir de casa ni llamar a nadie.

El vehículo de Roberto llegó a Riaño y aparcó en la calle Solasierra, justo frente a la casa de Sonia. Se despidió de ella e indicó que no hacía falta que llegara hasta la una de la tarde. Sonia se lo agradeció y bajó del coche. Volvió a decirse a sí misma que había tenido suerte al haber coincidido con un jefe tan comprensible como Roberto y que, además, no hubiera demostrado en ningún momento ningún deseo hacia ella.

Cuando fue a abrir la puerta del edificio, una silueta hizo su aparición entre las sombras.

Hola.

Sonia se llevó un susto tal que se le cayeron las llaves al suelo. Hasta que se percató de que la persona que acababa de asustarla era Marquitos.

¿Qué haces aquí? susurró con enfado. Si te ven mis padres me la cargo.

Te estaba esperando.

¿Para qué? Sonia, de un modo radical, había cambiado el tono de enfado por uno más altivo. Ya te he dicho que ya te llamaría yo, ¿no?

Bueno, vale. Pues entonces me marcho.

Marquitos se alejó dos pasos contrariado. Sonia le detuvo.

Está bien. ¿Qué querías?

El chico reculó y se acercó a su novia con inseguridad.

Quería… quería pedirte perdón. El idiota ese me ha encendido y no he podido evitarlo.

Marquitos mostraba sinceridad relativa en sus palabras. Pedía perdón, sí, pero no iba acompañado de arrepentimiento. Pensaba que el geógrafo faltón se merecía una buena paliza por haber tratado a su amada como un trozo de carne y que, si volvía a suceder, probablemente actuaría del mismo modo. Aún así, en ese momento el objetivo era reconciliarse con su chica.

No puedes ir por la vida como un macarra argumentó Sonia. Además, te podían haber dado una paliza. Que ellos eran dos.

Ya veo. A ti lo que te preocupa es que me hagan daño. ¿A que sí? El tono de Marquitos había cambiado de inseguro a pícaro. Al tío más guapo de la montaña.

No me venga ahora con tonterías. Que estoy hablando en serio.

Y yo también Marquitos acercó sus labios a los de Sonia con un gesto mitad sonrisa mitad lamento de perro abandonado. ¿Me perdonas?

Sin esperar respuesta, besó a su novia. Ésta le correspondió con sus labios. Cuando se separaron aseguró que le perdonaba, pero que si volvía a repetir su actitud violenta, se las vería con ella. Marquitos continuó con la actitud parte cómica, parte cariñosa y, cómo no, parte deseosa, hasta que Sonia no solo aceptó sus labios, sino que los reclamó, agarrando a su chico de la cabeza y metiendo su lengua en la boca de él.

No te vas a casa, ¿verdad? Dime que no te vas a casa.

Es lo que te mereces.

Pero…

Espero a que ella terminara la frase.

Pero… tampoco tengo sueño.

Ni yo ¿Tienes las llaves?

Sí.

¿Vamos?

Vamos.

Marquitos abrazó a Sonia y, agarrados el uno del otro, caminaron hasta  el final de la calle. Giraron a la derecha y prosiguieron hasta llegar al portal que se encontraba frente al supermercado. Sonia investigó en su bolso hasta encontrar la llave con la que, después, viró la cerradura del portal.

Segundos después se encontrarían en su secreto paraíso del amor. Que, curiosamente, era la casa de una monja, la de su tía abuela Milagros. Por fortuna para ellos no la utilizaba más que unos pocos fines de semana al año.

El piso de Riaño de Milagros, la monja, se había convertido en el nido de amor, la cueva de la pasión, el picadero, la mansión en la que se amaban de modo desinhibido desde hacía medio año. Desde el día en que la pareja inexperta se abrió al mundo de la sexualidad común. La primera vez fue confusa, incierta en cuanto a placer y desconcertante en relación a lo que habían imaginado previamente. Placentera, en parte, atropellada, en su mayoría y reveladora, totalmente. Pero, al menos, en porcentaje similar para ambos amantes novatos. Lo que, además,  les había convertido en cómplices del descubrimiento carnal. Las siete siguientes ocasiones en que habían hecho el amor, Marquitos las tenía enumeradas, supusieron para ambos amantes un curso progresivo de práctica amatoria. Hasta que habían llegado a la conclusión de que no solo querían hacer el amor. Además, disfrutaban.

Esa noche también. Hicieron el amor, se abrazaron y se juraron entre sudor y jadeos que siempre, siempre, se iban a querer.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Francisco y Marquitos volvieron a casa tras dejar a Silverado y a Perla en los prados de Relasllamas. Antes de entrar en el hogar escucharon una voz que reclamaba la atención del padre. Francisco miró calle arriba y se encontró con un hombre ataviado con ropa de guarda de montes. Por un momento su visión le jugó una treta engañosa y  le pareció ver que era  Daniel Molero quien le requería. Se frotó los ojos y se convenció de que no había sido más que una visión del pasado.

El guarda que solicitaba su presencia era Israel Gómez, el sustituto de Daniel Molero. Francisco se detuvo hasta que llegó a su ubicación.

¿Qué pasa? preguntó con la incomodidad habitual que sentía al hallarse ante cualquier componente de las fuerzas de la ley.

¿Tienes vacas en Valcarque?

Sí, claro. Como siempre.

¿Y jatos?

Coño, si hay vacas, habrá jatos, digo yo. ¿Qué te pasa?

A mí nada. Pero a ti igual te han matado algún jato.

¿Qué dices?

Que hay lo menos cincuenta buitres volando por Valcarque. Y, con lo de los lobos…

Con lo de los lobos que no matáis, dices. ¡Cago en la puta!

No fastidies, Francisco, que ya sabes que hay unas leyes se justificó el guarda.

Unas leyes que permiten que vosotros matéis a los lobos si os los encontráis. Pero como no se os pone en los cojones…

No es del todo así. Nosotros podemos matar a los lobos solo si…

No me cuentes bobadas cortó Francisco la explicación del guarda ¿Dónde dices que están los buitres?

En la majada. Justo cuando dejas Cebolleda y pasas a Valcarque. Bueno, los verás mucho antes. Si tienes jatos por ahí es fácil que estén rebañando alguno.

Francisco Jurado ni se despidió ni agradeció la información de Gómez. Ordenó a su hijo que entrara en casa y le dijera a su madre que subía a los puertos. Pensó en volver a por Silverado para que le ascendiera, pero prefería montar en su Jeep Cherokee, pisar el acelerador y llegar lo antes posible. Además, de ser verdad las insinuaciones del guarda, sería útil contar con un vehículo a  motor para bajar a algún animal herido o, siendo muy negativos, muerto.

Jurado llegó al puerto hora y media después. Y, como había avanzado el guarda, llevaba minutos observando a los buitres volar en círculo encima de una localización concreta. Corrió con Sol y Zar hasta que alcanzó la majada. Una vez allí tuvo una premonición negativa inducida por el hecho de que no vio ni un bovino cerca del punto hacia el que los carroñeros dirigían sus miradas desde el cielo. Todos habían huido. Francisco agitó las manos para hacer ver a los buitres que él estaba ahí. Un ser humano vivo y sano. O lo que es lo mismo, un hombre que no era un objetivo mientras se mantuviera en pie y que se proclamaba con su presencia defensor de los animales que pisaban la tierra.

No tardó ni cinco minutos en localizar la presa que los rapaces acechaban. Y, en efecto, se trataba de uno de sus terneros más jóvenes. Cuando Francisco llegó a su altura el animal se encontraba vivo, pero mostraba varias dentelladas que avanzaban su muerte próxima. El ganadero observó al jato con lástima e impotencia. Si su estado de salud no fuera crítico cargaría con él hasta el todoterreno y, raudo, lo llevaría a casa para medicarlo. Pero apenas respiraba y era incapaz de levantar la cabeza.

Francisco Jurado sacó el cuchillo de monte que siempre portaba en su cartuchera y lo asió con seguridad. Se arrodilló ante el jato de dos meses de vida, agarró su cabeza, tiró de ella hacia atrás y rebanó el cuello del ternero sin contemplaciones. La víctima sufrió un espasmo y falleció. Si alguien hubiera visto la imagen en absoluto dubitativa del ganadero podría haber supuesto que su frialdad demostraba disfrute. Nada más lejos de realidad. Lo que no quería era que su jato, un ternero que apuntaba a semental, sufriera un agonía que iba a acabar sin remedio en su muerte.

De haber tenido su rifle en mano hubiera acabado con el sufrimiento del ternero de un disparo. Y también hubiera realizado una búsqueda sin descanso de los asesinos hasta acabar con ellos. Pero su rifle y su vida de infalible cazador habían pasado a la historia. Él mismo se lo había impuesto y no pensaba renegar de su decisión.

Aunque algo tenía que hacer si no quería que su ganadería mermara por culpa de los chacales. La única solución no violenta que encontró fue aumentar aún más su visita a los puertos de Cebolleda y Valcarque, donde sus vacas pasaban el verano. Decidió que subiría todas las mañanas y haría notar su presencia. Los hombres no querían tener a los lobos cerca. Pero Francisco sabía que ellos tampoco disfrutaban de la presencia de los humanos. Por ello ascendería hasta los puertos, caminaría haciéndose notar con pasos ruidosos y azuzaría a Zar y  Sol para que ladraran hasta ahuyentar a los lobos. Esperaba que, en un par de semanas, estos se hartaran de su incómoda presencia y tomaran camino hacia otros valles. Una vez allí, que fueran otros quienes se las arreglaran con el problema.

Cargó con el ternero a hombros y lo trasladó hasta el todoterreno. Lo introdujo dentro y, en ese momento, se detuvo para examinar las heridas sufridas por el animal. Tenía cinco dentelladas importantes. Una en el cuello, la más grave, dos en las patas y otras dos en el lomo. Se acercó para calibrarlas y llegó a la conclusión de que habían sido cuatro los lobos que habían atacado a su ternero. Cuatro de los bocados tenían un tamaño similar, pero la forma de los mordiscos convenció al ganadero de que habían sido realizados por tres fieras diferentes.  El quinto mordisco, el del gaznate, fue el que más alertó a Jurado. El lobo que lo había realizado era un espécimen de un tamaño considerable, al menos su boca. El espacio que abarcaban sus fauces era significativamente mayor que los otros. “Éste es el líder se dijo con absoluta seguridad—, un bicho gigantesco. Éste puede hacer una escabechina este verano”.

Había algo que no cuadraba en la lógica de Francisco. Si, tal y como parecía, habían sido cuatro los lobos atacantes y tanto la madre del jato como el resto de la manda había huido atemorizada, ¿por qué razón no habían acabado con la captura y la habían devorado? Jurado se rascó la cabeza. No tenía sentido. Morder a una presa y no comérsela. Las bestias de la montaña, como los hombres en tiempos pasados, mataban únicamente para satisfacer sus necesidades alimenticias. Hasta que los humanos dejaron de tener hambre y siguieron matando únicamente por placer.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del ganadero. ¿Y si esa jauría de lobos también atacaba por placer? ¿Y si estaban tan cebados que no necesitaban tanta carne pero sí disfrutaban de sus cacerías? Si era así, iba a ser un verano realmente duro y trabajoso si quería impedir que las fieras asesinaran a sus animales. Salvo, claro, que hiciera uso de su rifle. Pero no, se había jubilado como cazador. Encontraría el modo de proteger a su manada sin necesidad de ensuciar sus manos de pólvora.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Tres semanas después, Daniel Molero regresaba con su furgoneta de un viaje de tres días a Valladolid. El ex guarda de montes reconvertido en pequeño empresario había ejercido como tal en una feria alimentaria en la que presentaba los productos de la marca “Secretos de la Montaña”. No había ido solo. Le había acompañado su socia, Cristina Pastor, por fortuna para él. Ella asumió las responsabilidades comerciales en la feria y se ganó el beneplácito de los rivales y los clientes. Tenía treinta y cinco años, quince menos que él, una seguridad abrumadora a la hora de exponer las excelencias de “Secretos de la Montaña” y un encanto especial para embaucar a los futuros compradores que la convertía en extrañamente bella. Daniel, ante su evidente inferioridad de recursos, ejerció de comparsa de la vendedora y se limitó a apuntar las direcciones a las que debían enviar las muestras de sus productos.

Así transcurrieron las dos jornadas de la feria, en la que habían apalabrado el envío de varias cajas de sus alimentos a distintas tiendas delicatessen de Madrid, Barcelona y Valencia. A ojos de los dos socios, el tercero se había quedado en Riaño cuidando de la empresa, los objetivos del viaje habían sido superados con creces. Era una marca desconocida pero, durante unas semanas, iba a estar en las estanterías de una docena de las tiendas más “chics” de España. Si su cecina, chorizo, huevos camperos, miel o repostería convencían a los clientes de estos locales, tendrían una puerta abierta a expandir un negocio que, hasta el momento, se había centrado en Castilla León y Asturias.

La última noche Cristina Pastor decidió que había que celebrar el buen trabajo realizado por la pareja de socios. Y, aunque habían sido varios los comerciales que se habían ofrecido a invitarla a cenar, ella prefirió pasar la velada con Daniel. El cincuentón salió de su habitación del hotel tras darse una ducha revitalizante y bajó al restaurante. Allí se había citado con Cristina, aunque el resto del plan era una incógnita para él.

Déjamelo a mí había dicho ella a media tarde.

Molero no tuvo problemas en que fuera ella quien tomara las decisiones de dónde cenar y dónde tomar algo después, si es que eso llegaba a suceder. Aunque, a decir verdad, se sentía cansado y hubiera preferido comer un bocadillo en un bar cercano y subir a su habitación para ver la televisión hasta dormirse. Pero Cristina era su socia y él debía ser complaciente con ella después del excelente trabajo que había realizado.

Esperó quince minutos hasta que vio cómo su compañera de empresa salía del ascensor. Se quedó petrificado. La mujer lucía un vestido corto veraniego de flores con un escote palabra de honor que hizo que Daniel no pudiera evitar realizar una panorámica visual de todo su cuerpo. Ella lo notó y preguntó, a sabiendas de que así era, si le gustaba.

Sí, claro. Te queda muy bien.

Vaya, gracias.

Pero igual pasas frío. Que estamos en Valladolid, no en Lanzarote.

Si es así ya te pediré que me des calor, ¿no?

¿Cómo? preguntó con la cara desencajada.

Que me dejarás la cazadora, espero.

Sí, claro, claro.

Una frase con doble sentido y un vestido atractivo. Eso bastaba para desarmar las defensas innatas de un hombre. Al menos las de Daniel, tan poco acostumbrado en los últimos años al éxito con las mujeres que no se había planteado, ni por asomo, que la cena tuviera ni el más mínimo carácter sexual. Pero tras la llegada de Cristina empezó a imaginársela como algo más que su socia de empresa.

Cenaron en el restaurante Caroba de la calle Dulzainero Ángel Velasco. No cayeron allí por casualidad. Cristina conocía el local y lo veía más que apropiado para una cena distendida con su compañero de empresa. El camarero sentó a la pareja en una mesa colocada el fondo del local, al borde de la pared. Después ofreció la carta para que decidieran y esperó los cinco minutos de rigor.

Muy bien, pareja. ¿Queréis que os aconseje o ya sabéis lo que queréis? dijo el maître.

“Sí, que no nos llames pareja”, pensó Daniel. Se sentía incómodo, como si fuera un delito pensar en su socia como algo más que una compañera de trabajo. Y el hecho de estar sentados al lado, y no uno frente a otro como él hubiera preferido, aumentaba su inseguridad.

Daniel, ¿le has oído? Que si ya hemos decidido recordó Cristina a su pareja de cena.

Eh, sí. Bueno, no.

A ver. Sí o no. 

Molero volvió a mirar la carta de una pasada rápida. El camarero, acostumbrado a los clientes indecisos, permanecía impertérrito con una sonrisa.

¿Qué nos aconsejas? se adelantó Cristina.

¿Tenéis mucha hambre?

No.

Sí.

Las respuestas sonaron al unísono. Y se echaron a reír. Daniel miró a los ojos de Cristina y apreció un brillo hipnotizador en ellos que no había descubierto hasta ese momento. “Frena, amigo, frena”, ordenó a su acalorado cerebro.

Dejadlo en mis manos sentenció el mesero.

Degustaron un plato de jamón, huevos rotos con boletus y presa ibérica rellena de manitas de cerdo, acompañados de un Ribera de Duero. Al principio la conversación entre los dos comensales se centró en los siguientes pasos a seguir para la promoción de la marca. Cristina avanzó que el mes siguiente había otra feria de la alimentación en Bilbao y que sería interesante hacerse ver.

Los vascos son muy gastones aseguró. Y además están acostumbrados a pagar por lo bueno.

Prosiguió explicando que, de cara a las navidades, también tendrían que contactar con las empresas encargadas de las cestas navideñas. Aunque era un hecho evidente que la cantidad y calidad de las mismas había descendido notablemente por culpa de la crisis, tendrían la posibilidad de colocar alguno de sus artículos en los catálogos. Aunque para ello hicieran unos descuentos especiales que les llevara a obtener unos benéficos mínimos. Cristina era de la corriente del sembrar para recoger a largo plazo sin prisas por llenarse los bolsillos a la mínima.

Y Daniel Molero, ¿qué era Daniel Molero?”, se interrogó a sí mismo mientras Cristina continuaba con sus ideas de futuro. Estaba claro que no un empresario, al menos al nivel de los conocimientos y la actitud de su compañera de mesa. Él se dejaba llevar. ¿Que había que viajar para hablar con proveedores de la zona? Se encargaba él. ¿Que debían llevar un cargamento urgente a una tienda de León? Ahí aparecía Daniel con la furgoneta de la empresa. ¿Qué eran necesarias un par de manos extra para cargar con cajas? Las suyas estaban dispuestas. Pero él jamás tomaba la iniciativa, salvo para poner el nombre de la empresa. En ese sentido se sentía como un socio de segunda en relación a las capacidades y visones empresariales de Cristina Pastor.

Además, esa noche estaba especialmente atractiva. Algo que le hacía sentirse todavía más pequeño.

¿Me estás escuchando? dijo Cristina rompiendo su hilo pensativo.

Eh, sí…claro.

Sí, ¿verdad? ¿Qué estaba diciendo?

Daniel dudó un momento.

Estabas hablando de la empresa.

Te aburro, ¿verdad?

¿Cómo?

Que si te aburro.

No, en absoluto.

Pues lo parece agregó la mujer con su habitual tono que demostraba seguridad.

De verdad que no. Es que no soy muy hablador se justificó.

Cristina exhibió una sonrisa.

Pues eso hay que cambiarlo. Que ahora eres un comercial.

Supongo.

¿Cómo que supones?

No, nada.

Daniel introdujo un trozo de jamón en la boca y se hizo un silencio incómodo.

Venga, no me dejes así.

Molero la miró fijamente dudando si sacar de su interior lo que realmente pensaba. Finalmente se envalentonó.

Tú eres muy buena en lo tuyo. Te camelas a los clientes con tu encanto y con esa seguridad que tienes en ti misma. Yo, yo no tengo nada de eso y me parece que cuando hablo siempre alguien me va a callar y va a decir que soy un farsante y que no tengo ni idea de lo que estoy vendiendo.

Cristina bebió un trago de vino y se mordió los labios.

Así que tú crees que yo soy tengo mucha seguridad en mí misma.

No me… iba a decir “jodas”, pero estaba delante de una señorita no me fastidies. Se ve a la legua.

Su pareja de cena sonrió. Pero la sonrisa no demostraba felicidad. Más bien intuía los pensamientos apagados que pasaban por su cabeza.

No es más que una pose comenzó demostrando tristeza en sus palabras. Una pose de seguridad de una mujer que estuvo tres años viviendo con un novio que le maltrataba y le humillaba. Dios, no sé porqué te estoy contando esto.

Silencio en la mesa.

Si te incomoda, lo dejamos dijo Daniel con sinceridad.

No, qué más da. Hace tanto que no hablo de esto que de vez en cuando viene bien soltarse. Al menos es lo que me dice mi sicólogo.

Bebió otro trago de vino y comenzó a describirle la historia que había avanzado. Sucedió cuando tenía veinticinco años. Entonces ella vivía en León y trabajaba para la Diputación en el Instituto Leonés de Cultura. Allí conoció a Gago, su ex pareja, un hombre dos años mayor que ella y que trabajaba en el departamento de  turismo. Comenzaron a salir y al principio la relación le aportaba felicidad. Hasta que una noche Cristina tenía una cita con varias compañeras de trabajo. Gago criticó la manera de vestir con la que pretendía salir de casa e intentó que rectificara y cambiara la minifalda por unos pantalones. Ya lo había hecho en ocasiones anteriores en las que vestía ropa atractiva para personas que no eran él. Y, hasta ese día, Cristina había reculado y se había puesto ropa más recatada. Pero esa tarde tenía prisa y decidió hacer caso omiso.

Cuando volvió, a las tres de la mañana, se encontró a Gago sentado en el sofá. La estaba esperando y se le notaba bebido. Nada más llegar, Gago preguntó si había pasado buena noche. Después continuó con un interrogatorio sobre con qué personas había estado, si había hablado con chicos, si alguno se había insinuado, si le habían gustado esas insinuaciones. Cristina, harta del tono inquisitorio de su novio, quiso meterse en la cama y cerrar la conversación. Pero él la cogió del brazo y, como un energúmeno, la acusó de haberse acostado con otro hombre. Ella suplicó que le soltara el brazo, que le hacía daño. Él repitió “dime la verdad” cinco veces. Después soltó un bofetón en la cara de Cristina que la tiró sobre la cama. Ella se puso a llorar y Gago se detuvo. Suplicó perdón y ella le echó de casa. Aunque la noche siguiente ya se encontraba durmiendo con ella.

Ya sé lo que piensas, lo que pensaría todo el mundo. Que le tenía que haber dejado en ese momento. Y es verdad. Pero le quería, o eso creía, y quise creerme sus excusas. La primera vez fue que estaba borracho, la segunda que la culpa la tenía el estrés y el trabajo. Así varias veces. Hasta que un día me pegó un puñetazo en las costillas, me dijo que me lo había ganado y tuve que ir a Urgencias. Ese día decidí abandonarlo y le amenacé con denunciarle.

¿No lo hiciste? preguntó sorprendido Daniel.

No. Y lo peor es que dos meses después me echaron del trabajo en la dipu. Así que, ya ves.

Lo siento, de verdad.

Ahora ya entiendes porqué aparento un seguridad que no tengo. Para que nadie me vuelva a hacer daño finalizó.

Lo entiendo.

Por favor, esto no lo sabe casi nadie. Ni mi hermano.

Confía en mí. Sé guardar un secreto.

Cuando finalizaron la cena se dirigieron directamente al hotel. Salieron del ascensor y llegaron a la puerta de la habitación de Cristina. Allí se produjo una situación incómoda para Daniel. No sabía cómo despedirse de ella. Si con un sencillo hasta mañana, con dos besos de buenas noches o con algo más cercano, que era lo que realmente deseaba. Fue Cristina la que tomó la iniciativa. Se acercó a su mejilla izquierda y le dio un beso. Después iba a hacer lo mismo en la derecha. Pero Daniel quiso detenerla y que sus labios tocaran con los de él.

Cristina se echó para atrás y miró con lo que a Molero le pareció cara de desagrado.

Perdona. Creía que…

No pasa nada respondió ella con tristeza y agachó la cabeza. Hasta mañana.

Cristina Pastor abrió la puerta, se metió en su habitación y cerró. Daniel, por su parte, entró en la suya y se maldijo por haberse comportado como acababa de hacerlo después de que ella le contara su doloroso pasado sentimental.

A la mañana siguiente partieron hacia Riaño en la furgoneta. Durante el trayecto apenas hablaron. Daniel quería volver a disculparse por su actitud en la puerta de la habitación del hotel. Pero no tuvo valor y optó por el silencio como compañero de viaje.

Cuando llegaron a Riaño, Cristina se bajó, se despidió hasta el día siguiente con la mano levantada y despareció de su vista. Daniel, rabioso consigo mismo, arrancó con velocidad. Quería volver a casa e intentar olvidar el malestar que sentía en su interior. Aunque le iba a costar, estaba convencido.  Se sabía un mal aceptador de los fracasos amorosos. Y, aunque éste no se podía considerar así pues ni pasó nada ni iba a pasar nunca, se sintió sucio por haber intentado robar un beso a una compañera de trabajo que había sido amable, se había abierto a él, pero en ningún momento había insinuado ningún deseo mayor que el que él se quería imaginar. “La he cagado, como siempre”, se dijo, rememorando el auténtico fracaso de su vida sentimental. La no conquista de Carlota cuando eran unos jóvenes  de poco más de veinte años. Ella se había decantado por Francisco Jurado. Molero, en un secreto que nadie salvo el matrimonio afectado podría imaginar, la seguía amando.

Tras pasar por el Puente de Piedra cogió carretera a Cuénabres. Una vez allí desaceleró su paso. Podía encontrarse con cualquier tractor en su camino y lo último que deseaba era aumentar su ira por culpa de un accidente de tráfico del que, encima, fuera culpable.

A la altura de los prados de Las Llontreras, Daniel miró hacia un bulto que se hallaba en mitad de una pradera recién segada. Era un animal, sin duda. Pero se encontraba parcialmente cubierto por la hierba y no acertaba a adivinar de qué se trataba. Detuvo el coche en la tierra de Los Carbozales y se bajó. Seguía sin descubrir qué era, pero estaba seguro de que no se trataba de un animal salvaje, pues ya habría huido. Caminó con pasos lentos con la mirada apuntando al bulto. Hasta que, cuando se encontraba a veinte metros, sus dudas se disiparon y corrió hacia su objetivo. Frente a él, lo reconoció nada más verlo.

Pobrecillo fue la única palabra que dijo.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Francisco Jurado afilaba las cuchillas de la segadora con ahínco en la portalada. El día anterior la maquina se topó con un mojón y quebró varias de las piezas inferiores de la guadañadora. Francisco se vio obligado a cambiarlas, pues todavía le quedaban varios prados por segar, y aprovechó para afilar aún más los dientes.

Carlota regresaba de la iglesia. Le había tocado el turno de limpieza de la misma. Tradicionalmente, las mujeres del pueblo se turnaban las labores de aseado del templo. Siempre las mujeres. Jamás un hombre había cumplido con ese ritual. En la montaña había unas funciones específicas para los hombres y otras para las mujeres. Así de sencillo.

También aprovechó para recoger flores de la montaña y elaborar varios ramos que presidieran el altar. Había madrugado y recorrió los prados y montes cercanos en busca de siemprevivas, gencianas, clavelinas y narcisos. Como el verano había sido lluvioso, recogió un buen puñado de ellas. Después de depositarlas en la iglesia volvió a casa para proseguir con las labores hogareñas.

Tienes que cortar unos tucos. A ver si así, de paso, ordenas un poco la portalada dijo la esposa al llegar a la altura de su marido.

Hoy ya no creo. Voy a subir al puerto.

¿Tan tarde?

Sí. Un rato, echo un vistazo y bajo.

En ese momento se acercó Zar y olfateó a su amo. Jurado correspondió con una caricia y se dejó lamer la mano.

Y Sol, ¿dónde anda?

No sé. Esta mañana no estaba en la puerta.

Francisco recordó que el día anterior, mientras él segaba, Sol había hecho una de sus habituales escapadas a por rebecos y no había vuelto con él. “Estará intentando montar a alguna perra, el pobre. Con lo mayor que está, eso no se le quita de la cabeza”.

Francisco prosiguió con el afilado y Carlota entró en casa para, enseguida, salir con ropa recién lavada que pretendía colgar en la era para secar al sol. En ese momento llegó la furgoneta de Daniel Molero y aparcó frente al hogar de los Jurado. Francisco observó sorprendido la presencia del vehículo. Molero salió con semblante serio y se dirigió a la puerta trasera de la furgoneta.

Lo siento dijo antes de abrir la puerta. Me lo he encontrado en Las Llontreras.

Abrió la puerta y, dentro, Sol apareció ante los ojos de Francisco. Agonizaba, tumbado, con media lengua fuera y embadurnado en su propia sangre. Aún así, intentó levantarse al divisar a su dueño, pero no pudo. Carlota se acercó y, al verlo, se le cayó el cesto con la ropa.

¡Dios mío! 

También apareció Zar, que subió a la furgoneta de un salto y se acercó a su amigo para, de inmediato, iniciar el lamido de sus heridas. Como si así fuera a curarlo. Era imposible. Sol presentaba media docena de dentelladas profundas en su cuerpo. Una, la más grave y gigante, en el cuello. Nada más verla, Francisco supo que la había infringido el mismo lobo que había atacado a su ternero semanas antes.

¡Rápido, ve a la cuadra a por medicinas! gritó Carlota.

Francisco no obedeció. Agarró a su fiel carea leonés y lo portó con sus brazos hasta depositarlo suavemente en el suelo.

¿No me has oído?– repitió la esposaVoy a llamar al veterinario.

—No.

¿Cómo que no?

Jurado permanecía agachado y acariciaba la cabeza de su amigo cánido, que expulsaba un hilillo de sangre por la boca.

No merece la pena. No hay nada que hacer.

Se levantó y agradeció a Daniel que le hubiera llevado a su perro agonizante. Después entró en casa. Carlota se quedó mirando a su hombre. Molero, por su parte, sintió que sobraba y, además, se sentía incómodo a solas con Carlota. Montó en la furgoneta y desapareció de su vista.

Segundos después, Francisco Jurado salió de casa con el rifle al hombro. Tenía el semblante tan desconsolado que Carlota no se atrevió a contradecir sus intenciones. Además, pensó, tenía razón. Al viejo Sol le quedaban, como mucho, unas pocas horas de vida. Por mucho que le inyectaran medicamentos o le llevaran urgentemente al veterinario, su salvación iba a ser imposible. Y sabía que su marido no permitiría que el pobre perro soportara dolor por más tiempo.

Rifle al hombro, entró en la portalada, cogió un pico y una pala y los metió en un saco. Después agarró a Sol.

Vamos amigo, que ya no vas a sufrir más le dijo con los ojos enrojecidos. Agarra a Zar. No quiero que lo vea ordenó a Carlota.

Caminó pueblo arriba con él entre sus brazos. Sol intentaba agradecer el mimo de su amo con intentos de ladridos que se perdían en lamentos de dolor. Esa imagen le partía el alma a Francisco Jurado, un hombre pétreo de montaña acostumbrado a que la muerte de sus animales fuera una etapa más de la vida que compartía con ellos. Incluso él había sido el responsable de las muertes de tantos seres vivos que debería estar inmunizado de por vida ante el fallecimiento de estos. Pero Jurado apreciaba a Sol como algo mucho más transcendental que un simple perro pastor que le ayudaba a mantener controladas a sus vacas. Había vivido más de una década con él. Unos años en los que se convirtió en su escudero de la montaña, su único amigo entre bosques y praderas solitarios, su compinche de meriendas de bocadillos de chorizo, su fiel compañía bajo el sol, la lluvia, la nieve o las tormentas. Siempre predispuesto a demostrar el aprecio que tenía por su amo obedeciendo sus órdenes al instante. Y mostrándose valiente en los momentos en que había precisado enseñar sus colmillos. Incluso, en una ocasión, tuvo el arrojo de interponerse entre Francisco Jurado y Zarpo, el oso rey de la montaña leonesa. Ese era Sol. Y ahora él se alejaba del pueblo para acabar con su agonía.

Llegó al prado de Rigallovil y tumbó a Sol en el verde. Volvió a acariciarlo. La cabeza, las patas, el lomo, la tripa. Como si quisiera que su amigo supiera, antes de morir, el cariño que le procesaba. Después se levantó y cargó el rifle con una bala. No necesitaba más.

Sol aullaba su dolor a modo de susurros lamentosos que no llegaban a ascender a ladridos. Y lo hacía mirando fijamente a Francisco, como si deseara rogarle que acabara con su padecimiento.

Ya va, amigo. Ya va.

Quitó el seguro del rifle, apoyó la culata en el hombro y apuntó a Sol. Tragó saliva.

No me mires, por favor rogó.

Pero su fiel compañero no obedeció. ¿Cómo no iba a mirar a Francisco, su amo, su referente, su guía en la dura y activa vida que había llevado como perro pastor? Siempre había estado al tanto de lo que su amo requiriera. Y daba la sensación de que, en ese momento, sufriendo un dolor que únicamente él podía conocer, le estaba pidiendo perdón por no poder levantarse para atender a sus órdenes con diligencia y abnegación.

Francisco mantuvo el rifle apuntando a la cabeza de Sol. Colocó el dedo en el gatillo, cerró los ojos y disparó. El sonido del disparo rebotó en las paredes del valle y se mantuvo presente en el aire durante varios segundos.

Cuando Jurado abrió los ojos, el viejo carea leonés yacía con un disparo en la cabeza en el prado de Rigallovil que tantas veces había hozado en busca de roedores. Ya no volvería a hacerlo. Ni a ladrar excitado tras las vacas. Ni a echarse las siesta a los pies de Francisco a la sombra de un roble. Al ganadero esos pensamientos le aportaron también una lágrima que, enseguida, limpió de su cara.

Agarró el pico y comenzó la creación de la que iba a ser la tumba de Sol. Una hora después había excavado un hueco de cerca de un metro. Suficiente, pensó un enojado Jurado. Durante la hora cavando, su sentimiento de pena por haberse visto obligado a rematar a su amigo fue transformándose paulatinamente en reconcomios hacia los culpables de su muerte. La jauría de lobos que campaba a sus anchas por sus montes. Jurado, tras la muerte de un jato, había logrado que no atacaran más a su ganado. Pero era evidente que continuaban en la montaña y que únicamente habían cambiado de valles. Y Sol había sufrido la trágica fatalidad de encontrarse con ellos la tarde anterior.

Cabrones. Cuatro contra uno. Así sí podréis dijo en alto mientras picaba la tierra con violencia.

 Se imaginó la emboscada sufrida por su perro, que no tuvo ninguna posibilidad de huir. Solo y anciano, ante cuatro lobos enviciados por el sabor de la sangre, sus probabilidades de victoria fueron nulas. Sospechó cómo pudo ser el ataque. Uno de los chacales llamó su atención, Sol cayó en la trampa y salió en su búsqueda. Y en algún momento de su carrera se vio rodeado por los otros tres. Así eran los lobos. Cobardes en el uno contra uno, pero letales en grupo. Y así era imposible escapar.

Lo que le sorprendía era que, una vez más, los carniceros de la montaña habían dejado a su víctima con vida, en vez de haberla rematado con un último mordisco mortal. Le pareció sádico. Atacar hasta que su perro llegó a la agonía y dejarlo tirado a la espera de su muerte, observando pero sin finalizar la matanza.

Francisco depositó a Sol en el agujero con delicadeza. Después se hizo con varias piedras de gran tamaño y las colocó encima del cánido. Lo hacía para que las alimañas no tuvieran el arrebato de escarbar en la tierra para alimentarse de los restos de su viejo amigo. Cuando finalizó de colocar una capa de guijarros, arrojó tierra por encima hasta llegar a la misma altura del prado. Colocó unos tapines de hierba, pisó con fuerza el terreno y se sentó.  Ya había enterrado a Sol.

Pero sintió que no había acabado. No. Ni mucho menos. Se levantó con rabia, miró la tumba del perro pastor, agarró su rifle y volvió caminando hacia Cuénabres a grandes zancadas. Carlota le esperaba fuera, sentada en el banco de piedra de la entrada.

¿Ya está? preguntó apenada.

No. No está.

No dijo más. Subió las escaleras de su casa a pasos que abarcaban tres escalones cada uno y llegó hasta el desván. Carlota le siguió a menor velocidad. Entró en el altillo y se encontró a su marido rebuscando en un armario viejo. Cuando éste se dio la vuelta, llevaba un silenciador en la mano.

¿Qué vas a hacer?

¿Tú que crees?

Francisco exhibía un semblante serio y amenazante.

Dijiste que lo habías dejado. Para siempre.

Esto es distinto.

Carlota le agarró del brazo y obligó a que se detuviera ante él.

¿Porqué es distinto? Son cosas que pasan. Tú lo sabes mejor que nadie.

¿Has visto lo que le han hecho? ¿Lo has visto? saltó Francisco indignado. Lo van a pagar caro. Lo juro por Dios.

Salió del desván con el silenciador, una mira telescópica y una caja llena de balas. Carlota volvió a intentar detener su decidida venganza.

Por favor, no lo hagas. Por mí. No quiero volver a verte como antes suplicó sabedora de lo que decía.

Pues no mires, joder.

Fin de la conversación. Carlota se metió en su habitación y cerró la puerta. Se tumbó en la cama y comenzó a llorar por el trato que acababa de recibir de su esposo. Por eso y porque tenía pánico a que Francisco volviera a convertirse en el cazador furtivo obsesionado por abatir piezas en la montaña y que priorizaba esa obsesión sobre el amor y el respeto hacia ella.

Jurado se contrarió por la reacción de Carlota. ¿Es que no entendía que no podía dejar sin castigo a los asesinos de Sol? Él no. La jauría de lobos aprendería a base de balazos la nefasta idea que tuvo de enfrentarse a alguien de su familia. Porque Sol era de la familia y su dolor se lo cobraría a sus asesinos con creces.

Salió de casa y entró en la cuadra. Allí recogió un mono azul de trabajo y lo guardó en una mochila. Seguido, agarró el rifle y separó el cañón del resto de la estructura para que entrara en la bolsa y para que nadie sospechara. También introdujo la caja de balas, la mira telescópica y el silenciador. Después, se encaminó a la cuadra y mantuvo la mirada puesta en sus animales. Al fondo se encontraba durmiendo  la gallina más vieja de su corral. Pensaba sacrificarla para la Fiesta del Cristo, pero la iba a necesitar. A ella y a otra más. También una cuerda larga, que encontró colgada de una punta.

Algo le faltaba. Estaba seguro,  pero le costaba saber de qué se trataba. Tenía el arma, las balas, el cebo… ¿Qué faltaba? En esos momentos de duda sintió una rabia enorme. ¿Francisco Jurado, el furtivo más peligroso de la montaña leonesa, había perdido sus aptitudes innatas para la caza? No podía ser. No había pasado ni un año desde que había realizado su última cacería. No podía haberse oxidado tan rápidamente.

Cerró los ojos y visualizó lo que iba a ser la batida personal de los lobos. O lo que, al menos, iba a intentar que sucediera. Era una costumbre que, desde joven, le ayudaba a clarificar sus acciones futuras. Imaginar paso a paso cómo iba a transcurrir la cacería. Desde el momento en que salía de casa hasta que disparaba a la presa. Y, aún más, hasta que volvía a su hogar sano y salvo sin que ningún guarda de montes le hubiera descubierto. Trabajaba su imaginación de un modo pausado, como si una película proyectara las imágenes a cámara lenta, para recrearse en los pormenores del ataque. Si durante esa visión interior apreciaba algún posible error u olvido, se detenía para centrar sus pensamientos en qué era lo que no funcionaba. Así hasta que todos los detalles estaban claros en su cerebro y se mostraba convencido de que la misión era factible. En más de una ocasión el plan se alteraba por razones externas, pero él se sentía preparado para esos inconvenientes.

¡Ya está, coño! ¡Ya lo tengo!

Agarró una bolsa de plástico, la abrió en el suelo y se hizo con una pala. Salió de la cuadra y fue hasta el abonero más cercano. Cogió una palada grande de estiércol y, ya dentro, la metió en la bolsa.

Introdujo las dos gallinas, la bolsa con estiércol y la cuerda en un saco viejo y miró hacia casa. Quizás debería volver a hablar con Carlota. Hacerla entender que lo que iba a suceder, el enfrentamiento con los lobos, era necesario. Que no se perdonaría el no vengar el asesinato a dentelladas de su fiel carea. Que él era el hombre de la casa y que el hombre de la casa tenía que demostrar a los enemigos que sabe cuidar de ella. Y que no pensaba, en absoluto, volver a la senda del mundo furtivo. Salvo que, como en esta ocasión, fueran los enemigos quienes le retaran a duelo.

Pero sabía que, dijera lo que dijera, Carlota no entraría en razón. Ni él tampoco. Así que pensó que sería mejor dejar para la vuelta los reproches, explicaciones y perdones pertinentes.

Arrancó la motocicleta y condujo pueblo abajo hasta llegar al puente del cruce que divide Cuénabres de Casasuertes. Atravesó el acueducto de quince metros de largo y se introdujo en un camino de tierra y piedra. Pocos metros después se detuvo y escondió el vehículo entre unas escobas. También dejó el arma y sus complementos, así como a las dos gallinas, que sobrevivían gracias a un pequeño agujero que había abierto con su cuchillo a modo de respiradero.

Caminó hasta el prado en el que Daniel Molero había encontrado a Sol. Necesitaba ver cómo se había producido el ataque para introducirse en la cabeza y en los instintos de los lobos y pergeñar el modo de acabar con ellos. Y las mejores pistas para conocer a sus enemigos estaban en la escena del crimen. Afortunadamente no había llovido y estaba convencido de que podría establecer un itinerario claro del ataque.

No tardó ni diez minutos en localizar el punto en que Molero había encontrado a su perro. Los abundantes vestigios de sangre en mitad del prado de Las Llontreras lo evidenciaban. Francisco se apenó al pensar que, de no haber sido porque Daniel lo había visto, Sol hubiera muerto en medio de ese prado retorciéndose de dolor y preguntándose donde estaba su amo para ayudarle.

Ese era el punto final. Ahora debía localizar el lugar del enfrentamiento, que estaba claro que no había sido allí. No había restos de pelea. Así que Sol se había arrastrado desde otro lugar hasta caer exhausto y moribundo. ¿Desde dónde? Para un experto rastreador como él no iba a ser complicado averiguarlo. Tan sólo debía seguir el rastro de la sangre. Ésta se dirigía al río. Las gotas de líquido vital manchaban de rojo la hierba segada y conducían al punto de batalla.

Llegó al río y lo atravesó saltando sobre las piedras. Al otro lado continuaba el reguero de sangre, tan fácil de descubrir que ni tan siquiera tuvo que agacharse ni una vez. Atravesó las tierras de Las Gabanzas hasta que llegó al valle de Recillarón. Allí se detuvo y miró hacia atrás únicamente para comprobar que ningún paisano le había visto siguiendo las huellas. Oteó el entorno y se aseguró de que se encontraba solo. Una vez dentro del valle de Recillarón, su soledad continuaría.  De eso estaba convencido. Era una de los terrenos menos pisados de Cuénabres y, además, la siega de sus prados y la recogida de su hierba habían terminado. Así que, aliviado y esperanzado, rogó que fuera en ese valle donde se hubo producido el ataque a Sol.

Con paso decidido continuó el seguimiento de la pista sangrienta, que corría casi en paralelo al transcurso del río Recillarón, que da nombre del valle. Atravesó las praderas recién apañadas de Las Bolugas y Pradocastrón hasta el punto en que el valle se divide en otros dos pequeños cañones. La sangre le dijo que continuara por el valle de la derecha hasta el prado del Ponguín. Interrumpió su caminar ante la prueba evidente de que allí se había producido la emboscada. Huellas de un animal, Sol con toda seguridad,  tumbado sobre la hierba y de otros de pie rodeando a la presa. Las señales eran claras, y él las interpretó con un significado. El carea había estado boca arriba mientras uno o varios lobos le mordían y le paralizaban con sus patas y garras.  

La investigación de las huellas prosiguió en el contorno. Tal y como había vaticinado, había cuatro pisadas distintas, además de la de su perro. Cada una procedía de un punto del monte. Si bien, intuyó Francisco, la que llegaba desde el norte era la que demostraba cómo se habían producido los hechos. El lobo que bajó desde el Collado Lijorno llamó la atención de Sol. Éste cayó en la trampa y le siguió durante cien metros a la carrera. Entonces, de entre los árboles, aparecieron los otros tres chacales. Sol intentó evadirse por los mismos prados por los que había llegado. Pero no logró su objetivo y un lobo le cortó el camino. A partir de ese momento se produjo el ataque sin piedad.

Analizados los rastros y convencido de cómo se había producido la embestida conjunta, Francisco buscó el recorrido de huida de los asesinos salvajes. No le costó, pues eran los rastros de cuatro animales. Se habían retirado por el Collado Lijorno hasta perderse en dirección al alto del Pico Pandián. El ganadero, en ese momento, optó por no continuar con la búsqueda. Sabía lo necesario para comenzar la venganza por la muerte de su escudero.

Caminó con paso firme hasta las escobas en las que había escondido el rifle y las gallinas. Dejó la moto en el mismo lugar, convencido de que nadie la localizaría, y volvió al punto de la emboscada con la bolsa del rifle y el saco. En esta ocasión prefirió no proseguir por el camino de tierra y optó por caminar en paralelo por entre los arbustos.

Una vez dentro del valle de Recillarón, optó por buscar con la mirada el mejor punto de disparo. Era fundamental la elección. Siempre lo era para salir victorioso de la cacería. Pero en esta ocasión, con cuatro enemigos a derrotar, la ubicación del mismo debía ser la idónea. Porque Jurado no se iba a conformar con abatir a una pieza. De eso nada. Los cuatro lobos habían sido los co-asesinos de Sol. Y los cuatro merecían sus balas.

El punto debía estar más alto que el cebo que iba a colocar. Eso era evidente. Para tener una visión preferente y porque siempre resultaba más cómodo y eficaz disparar hacia abajo que hacia arriba. Pero, además, no podía hallarse a más de cien metros. No porque a más distancia no fuera a matar al primero de sus objetivos. Incluso al segundo. Pero cuatro dianas móviles a una distancia lejana podía ser excesivo hasta para él. Sí, tenía que colocarse, como mucho, a cien metros si quería triunfar en la cacería.

Tardó dos minutos en visualizar lo que podría ser su puesto de tiro. Hizo varias panorámicas visuales entre él y el que iba a ser el lugar del cebo y se convenció de que no iba a encontrar mejor puesto. A una distancia entre ochenta y cien metros. Con un ángulo ligeramente picado, perfecto para apuntar y sin obstáculos aparentes entre rifle y objetivo.  Entonces abrió el saco y extrajo el mono verde de trabajo que había cogido en la portalada. Se lo puso y lo cerró hasta el cuello. Iba a pasar calor durante las horas que quedaban de día, pero a la noche iba a ser necesario para aguantar el frío. Esperaba que no helara, pues sus huesos sufrirían y, además, la velocidad de movimientos disminuye cuando los músculos se encuentran ateridos.

A continuación sacó la bolsa con los excrementos de sus vacas y comenzó a embadurnar el buzo con ellos. Piernas, brazos, espalda, pecho. Todo su cuerpo, salvo la cabeza, se llenó de abono. Cualquier persona de ciudad hubiera vomitado al verse rodeado de mierda bovina. Pero Francisco no. Estaba acostumbrado al olor a estiércol y no era en absoluto escrupuloso. Eso sí, soñó que se daría un buen y largo baño cuando terminara con la batida ilegal.

Con el mono untado de abono, llegó al prado del Ponguín, el mismo en el que Sol había sido acribillado a mordiscos. Sacó la cuerda del fardo y preparó un nudo. Después asió a la primera de las gallinas y anudó una de sus patas. A continuación hizo lo mismo con la segunda. Las dos removían sus alas intentando escapar, pero les resultaba imposible. Francisco se alegraba de haber escogido dos piezas tan nerviosas como ellas y que llamaran tanto la atención. Tan solo faltaba un paso. Sacó el cuchillo y realizó un corte superficial entre el pecho y el abdomen de las dos gallinas. Era una rozadura que no les impediría vivir, pero sí les provocaría un pequeño y continuo sangrado.

 Se acercó con la soga al único chopo que se halla a lo alto de la pradera, pasó la cuerda por encima de una de sus ramas e hizo un nudo en su tronco. Cuando comprobó la seguridad del nudo, se alejó con el saco y la bolsa con el rifle hasta el punto de vigía que había decidido anteriormente.

Ochenta y cinto metros. Era la distancia entre las gallinas y el hueco entre escobas al que acababa de llegar. Lo sabía por su experiencia a la hora de multiplicar la distancia recorrida en cada paso por el número de zancadas dadas. Podía equivocarse en dos o tres metros arriba o abajo. No en mucho más.

Dejó la bolsa en el suelo y procedió a adecentar el lugar en el que iba a esperar no sabía cuánto tiempo. Era un espacio de dos metros de largo por un y medio de ancho escondido entre arbustos y hierba. Arrancó varias raíces y piedras del suelo y se tumbó para ratificar que había acertado con el lugar. Así era, salvo si alguno de los lobos huía por la izquierda. En ese caso, unas escobas más altas se interpondrían entre él y sus víctimas en pocos segundos. Pero no podía hacer nada. Así que, en el caso de que los chacales tomaran ese camino, tendría menos tiempo de apunte y disparo.

Se puso de rodillas y preparó el rifle. Llenó el cargador con los cuatro proyectiles. “Cuatro balas, cuatro muertos” se dijo. Si no se producía de ese modo, iba a ser muy complicado que tuviera tiempo para recargar el rifle y volver a disparar. Con toda seguridad, los lobos que siguieran vivos después de haber disparado todo el cargador ya habrían huido monte arriba. De ser así, su derribo podía llegar a costarle todo el verano. Incluso, imaginando el futuro menos halagüeño, podría no volver a tener a los supervivientes a tiro hasta la llegada de las primeras nieves. Porque los lobos eran despiadados, pero también miedosos compulsivos. Y, de salir vivos de la emboscada, no volverían a mostrarse hasta pasada una larga temporada.

Sea como fuere, Francisco iba a matar a los cuatro lobos. Le costase lo que le costara. Un día, una semana o un año. Sol se lo merecía. Pero temía la consecuencia de tal obsesión si no lo lograba a la primera. Un enfado y desengaño permanente de Carlota por volver al furtivismo.

No. Iba a asesinarlos a todos. En esa emboscada. No iba a escapar ni uno. Se convenció de ello. Era el mejor cazador que había dado la montaña leonesa en décadas. Ni su padre, el gran Vicentín el Hurón,  ni otros cazadores, tramperos u ojeadores habían sido responsables de tantas muertes. Solo esperaba poder realizar los cuatro disparos. Tener a tiro a las cuatro piezas. Porque todas acabarían con un proyectil en su cuerpo. Como en las incontables ocasiones que había apretado el gatillo y había abatido a sus víctimas. En este caso no iba a ser distinto. Por Sol que no. 

Colocó la mira telescópica y la ajustó para disparos de entre ochenta y cien metros. Después sacó el silenciador. Francisco no estaba acostumbrado a utilizarlo. Pensaba que con él se corría un mayor riesgo de fallar el disparo. Pero, a la vez, sí había apreciado que el sonido del disparo se reducía y, sobre todo, despistaba a las presas y dificultaba a éstas escuchar el origen del ruido. Francisco había utilizado ese silenciador en pocas ocasiones y suponía que iba a ser útil en una batida tan complicada. Una vez enroscado en la boca del rifle recordó quién se lo había regalado. Había sido un cazador furtivo, dueño de una importante empresa textil, que agradeció la buena labor de Jurado como guía regalándole el artilugio. 

Eran las cuatro de la tarde y todo estaba preparado. Las dos aves a modo de reclamo atadas al chopo pero con las patas en el suelo, Francisco tumbado, con varias ramas encima de su cuerpo para ser invisible entre la maleza y con el rifle apuntando en dirección a las gallinas. Tan sólo hacía falta esperar. Lo que hiciera falta. Aguantaría hasta que llegaran los lobos. Únicamente se lamentó de no haber sido previsor llevando consigo comida. Pero ya no tenía tiempo de reacción. Si le entraba hambre masticaría los tallos de un diente de león que tenía frente a él y que había oído a los viejos del lugar que saciaba el apetito.

El sol prosiguió su imparable dirección al ocaso del Oeste mientras las gallinas se mantenían como cebo vivo, a veces quietas, a veces moviéndose espasmódicamente con ansias de romper la cuerda que las ataba, y Francisco Jurado mantenía la mirada dirigida hacia el prado y los oídos alerta ante cualquier sonido que indicara la ansiada llegada. Pero el astro rey se despidió hasta la mañana siguiente y la luna cogió su relevo sin que se produjera ninguna novedad. Salvo que el caluroso día también se había tornado en una noche fría y que, para desgracia de Jurado, la helada iba a llegar a lo largo de las horas. Es lo que tenía la montaña. En cualquier época del año, incluso en verano, las temperaturas nocturnas podían descender más de veinte grados en unas horas.

Pero Francisco iba a aguantar heladas y nevadas, si fuera necesario. Su concentración era tal que únicamente le preocupaba que sus músculos no se resintieran por el frío. Para ello calentaba las manos girando las muñecas y con movimientos continuos de sus dedos. También arqueaba el cuello para que no se le quedase anquilosado a la hora de apuntar. Y el tren inferior lo movía lentamente cada cinco minutos para que el riego continuara y las piernas no se durmieran. Era fundamental que pudiera levantarse con agilidad en caso de que se tuviera que cambiar de sitio para disparar. En cuanto al frío, las ramas colocadas sobre su cuerpo ejercían de manta eficaz que, además, impediría que la helada penetrara en sus huesos. La verdadera molestia era el olor a abono que desprendía su cuerpo. Aunque era un mal menor a sufrir con tal de lograr la muerte de los chacales.

Miró el reloj a la luz de la luna y las manillas ya habían marcado las cinco de la mañana. Las gallinas, agotadas, se habían acurrucado una al lado de la otra para contrarrestar el frío. Y las bestias no aparecían. “Tenía que haber puesto un jato, joder. Seguro que sí venían”, se recriminó. Pero tampoco deseaba sacrificar un animal tan valioso para saldar las cuentas con los lobos. No era lo mismo que estos acabaran con las dos aves de una dentellada que fuera uno de sus terneros el que sufriera los mordiscos letales. Además, podría haber llamado la atención el hecho de haber trasladado a un becerro al valle de Recillarón cuando el resto de la manada se encontraba en los puertos. Así que tendría que aguantar ahí, con las dos aves como señuelos. Aunque cada hora que pasaba su cuerpo sentía un mayor cansancio, provocado por la postura, la falta de alimento y el frío.

El reloj marcó las seis de la mañana. Francisco no lo vio. Se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la carrillera del rifle. Diez minutos antes se había relajado pensando que en menos de dos horas la luz diurna haría su presencia y que ella espantaría su sueño. Pero se equivocó.

Llevaba un cuarto de hora dormido cuando un sonido le despertó. Eran las gallinas, que movían sus alas con énfasis. Francisco se alertó. Los desesperados e infructuosos vuelos de las aves atadas significaban miedo. El cazador estaba convencido. Se habían alertado por alguna presencia peligrosa. Tuvo la intención de acercar su ojo derecho a la mira telescópica. Pero un sonido más cercano le detuvo. Giró los ojos a la izquierda sin mover la cabeza y vio, a menos de dos metros, a un gigantesco lobo ibérico que caminaba con lentitud. Su corazón se congeló de pavor. Estaba a tres zancadas de él. Si el chacal descubría su presencia, se lanzaría a por Jurado y lo mataría de un solo mordisco sin que tuviera tiempo para disparar. Además, el cuchillo de monte lo tenía en la cintura y sabía que jamás sería tan rápido como para sacarlo y clavárselo.

El lobo caminó sin dirigir su mirada hacia Francisco. Sin duda, gracias a la fetidez a abono que desprendía su buzo. De no ser por él, hubiera olido el aroma corporal del cazador. También porque el animal tenía sus sentidos centrados en las dos gallinas atadas en el prado. Cuando se alejó, Francisco pudo ratificar el enorme tamaño de la bestia. Si un lobo ibérico suele medir entre ciento treinta y ciento ochenta centímetros de longitud, éste superaba los dos metros. Jamás había visto un ejemplar tan grande. Dedujo que se trataba del carnicero que se encargaba de clavar sus colmillos en los cuellos de sus víctimas.

Cuando el lobo se alejó veinte metros, Francisco pudo acoplar la vista a la mira telescópica. Enseguida le tuvo a tiro. Era un disparo fácil. Pero alertaría a los otros tres. Tenía que esperar. Y, sobre todo, debía localizarlos entre la maleza.

Al segundo lobo lo encontró con relativa facilidad. Se encontraba a unos ciento cincuenta metros, justo en línea recta en relación con las aves. Era más pequeño y, como el que había pasado a su lado por entre la maleza, caminaba con lentitud intentando no hacer ruido.

Los otros dos tenían que venir por Este y Oeste. Pero no podía verlos. Al del Este, porque las ramas se lo impedían. Y al del Oeste, porque simplemente no lo pudo localizar. Pero Francisco estaba convencido de que tenían que estar los cuatro. Y esperaría hasta verlos a todos para disparar.

Comenzó su ritual. Inspiró aire hasta llenar los pulmones y lo mantuvo unos segundos. Después los vació con lentitud para volver a cargarlos. Así tres veces. Era el mismo ejercicio que había repetido en infinidad de ocasiones y que le ayudaba a que su pulso se mantuviera firme como una roca. En ese momento localizó al tercer lobo, el procedente del Oeste. Los tres se encontraban a menos de cuarenta metros del chopo. El ganadero notó que su corazón se aceleraba, pero se concentró para impedirlo. Necesitaba toda la tranquilidad que pudiera acumular para acertar en los disparos.

Los tres salvajes, Francisco dedujo que el cuarto también, se detuvieron a treinta metros de las que iban a ser sus presas. Las tenían rodeadas, como tuvieron rodeados a su ternero y a su fiel Sol. “Va ser la última vez, cabrones. La última vez. Os lo juro”, quiso gritar. Pero se limitó a esperar el siguiente paso de la jauría salvaje. Pasaron los segundos y nada sucedía.

“Estos se huelen algo, cago en la puta. Lo ven demasiado fácil”, se temió. Así era. Los lobos, acostumbrados a que sus víctimas huyeran nada más sentir su presencia, se mantenían alerta y desconcertados por la actitud de las gallinas. No paraban de agitarse, pero se mantenían en el mismo lugar donde las habían encontrado tras seguir el rastro del olor a sangre. Entonces hizo presencia el lobo llegado del Este. Caminó unos metros más agachando la cabeza hasta que salió como una bala en dirección a las aves.

Espera murmuró Jurado.

Las fauces del lobo agarraron a la primera gallina.

Espera.

El compañero que tenía enfrente y el de su derecha imitaron sus actos…

Espera.

Y el gigantesco lobo ibérico que había pasado a su lado también se lanzó a la carrera.

Ya os tengo.

Apuntó al líder de la manada y disparó. De inmediato el animal dio un brinco y cayó al suelo. Los otros tres se detuvieron súbitamente y dirigieron sus miradas a todos y a ningún lado en busca de un sonido cuya procedencia desconocían. Segundo disparo. La cabeza del lobo que mordía la primera gallina recibió el disparo de lleno y cayó en la hierba con el ave en su boca. Había disparado a esa presa por miedo a que huyera por el mismo lugar y la perdiera de vista. Tercer disparo. Al lobo que procedía del Norte, que intentó recular sin éxito. Un disparo en mitad del estómago lo dejó seco. El cuarto lobo inició la huida por el Oeste, la zona más abierta y con mayor facilidad de disparo. Tanto era así que Francisco se puso de rodillas, apuntó y esperó unos segundos hasta disparar.

“Te crees que vas a huir ¿eh?”

Apretó el gatillo y abatió al cuarto animal.

Y se hizo el silencio en el valle de Recillarón.

Francisco Jurado miró su reloj. Eran las seis y cuarto de la mañana. Tenía el cuerpo aterido y movió sus extremidades para despertarlo. Habían sido más de doce horas tumbado en una misma posición. Pero había merecido la pena. Los cuatro lobos asesinos de Sol habían sido ajusticiados tal y como Francisco le había prometido a su amigo en su tumba.

Caminó para verlos con mayor detenimiento y, en caso de que fuera necesario, rematarlos con el filo de su cuchillo. Al primero que encontró a su paso fue al líder de la manada, el lobo gigantesco. Se acercó a dos pasos de él. No se movía. Le había disparado por la espalda y la bala había atravesado gran parte de sus dos metros de longitud.

Cuando Francisco acercó la cabeza al macho, éste se giró con rabia y se lanzó al cuello del cazador. No estaba muerto. Estaba herido mortalmente, pero le quedaban fuerzas para un último ataque. Se arrojó con los dientes abiertos en busca del cuello humano. Francisco reaccionó y colocó el brazo izquierdo en medio. El mordisco alcanzó el hueso a la altura del codo y le provocó un dolor intenso que le hizo gritar como nunca en su vida. Cayó al suelo y el lobo le siguió sin desencajar las fauces del brazo. Cuando se soltó, intentó lanzar otra dentellada al cuello, pero Francisco volvió a colocar la mano para impedir el mordisco mortal. El chacal se aferró la muñeca y e intentó tirar de ella. En ese momento Francisco agarró su cuchillo de monte con la mano derecha y se lo clavó entre sus ensangrentados ojos con todas sus fuerzas.

Las fauces de la fiera gigantesca soltaron la muñeca y Jurado pudo empujar al animal hacia su izquierda. Volvió a clavar su cuchillo, esta vez en el cuello. Y una tercera vez en el corazón. Después se tiró al suelo retorciéndose de dolor. Se miró el brazo izquierdo y toda esa parte de su buzo se había teñido de sangre.

A duras penas se levantó. Mareado por culpa del dolor, corrió hacia los otros dos lobos tumbados al lado y se lanzó cuchillo en mano como si él mismo se hubiera convertido en un chacal. Clavó su arma media docena de veces en cada uno de los animales. Seguido, caminó dando tumbos hasta el lobo más alejado y repitió la acción. Cuando se levantó, su buzo estaba impregnado de sangre. De la suya y de las de sus víctimas. Se levantó y lanzó un grito al cielo. Un grito de rabia que se escuchó en todo el valle.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Carlota limpiaba la fregadera de la cocina de modo obsesivo. Eran las diez de la mañana y todavía no se había acostado. Tan solo pudo dormirse durante un rato a media noche mientras esperaba en el escaño la llegada de Francisco.

Habían discutido porque no quería que su marido vengara la muerte de Sol. Pero con el paso de las horas el enfado se convirtió en miedo a que algo desastroso le hubiera ocurrido a su hombre. Había tenido un mal pálpito. Peor que otras ocasiones en las que Francisco había salido a cazar. Siempre sentía temor a que le ocurriera algo malo. Pero en este caso su intuición le decía que, esa vez sí, la vida de su marido corría riesgo. 

Durante la noche rezó en silencio para que sus malos presagios no se cumplieran y Francisco volviera sano y salvo a casa. Entonces ya tendría tiempo de expresarle su disgusto por no cumplir su promesa de no volver a cazar y por haberla tratado a ella con desprecio. Pero hasta entonces solo pedía a Dios que regresara a casa cuanto antes.

Marquitos se encontraba en la gasolinera trabajando. Le había pedido a su madre que le llamara, en cuanto su padre regresara, al Iphone que Sonia le había regalado por su cumpleaños. Porque Marquitos también estaba preocupado. Él no supo de la muerte de Sol hasta la vuelta del trabajo y no se vio con la suficiente autoridad como para ir en busca de su padre para que olvidara sus ansias de venganza. Así que, mientras llenaba los vehículos de combustible, tenía su atención puesta en el teléfono.

Cuando había repasado la cocina por cuarta vez, se abrió la puerta de casa. Carlota se dirigió a ella de modo atropellado y mostró una sonrisa aliviada cuando vio que era Francisco quien entraba por ella. Hasta que observó su cara, pálida como la de un enfermo a punto de recibir la extrema unción, y su ropa llena de sangre.

¡Dios Santo! gritó poniendo sus manos en la cara.

Ayúdame suplicó Jurado mientras cerraba la puerta con dificultad.

Francisco se agarró a su mujer para no caer. Apoyó su brazo derecho en su espalda y le pidió que le ayudara a subir las escaleras. Se había quedado sin fuerzas tras haber disparado a los cuatro lobos y haber sido gravemente herido por el más peligroso de ellos. Además, después de rematar a las bestias, el trabajo no estaba terminado. Por mucho que de su brazo izquierdo manara sangre a borbotones, tanto del codo como de la muñeca. Para impedir que se desangrara se realizó un torniquete por debajo del hombro. Para ello utilizó el cinturón de su pantalón.

Con la hemorragia minimizada, se dispuso a hacer desaparecer las pruebas de la cacería. De haberse encontrado ileso, habría sido una labor sencilla para alguien como él. Pero la vista se le nublaba por el dolor, las fuerzas le flaqueaban y tenía miedo de desmayarse en medio de la matanza y con el arma culpable a su lado. Buscó fuerzas en su interior e inició el proceso de destrucción de las pruebas.  Uno a uno, extrajo con sus cuchillos las balas de los cuerpos de los chacales y se las guardó en el bolsillo del pantalón. Después los arrastró a todos al inicio del monte Pandián. Le costó enormemente, pues tan solo contaba un brazo para arrastrar a las bestias y pesaban más que las que él había cazado hasta el momento. Sobre todo el lobo que le había atacado.

Una vez en las faldas de Pandián, Jurado rasgó las tripas de los animales y sacó los intestinos. Sabía que ese olor atraería a los buitres, los reyes de la carroña, en pocas horas. Y que, si se acercaba una bandada grande, en menos de un día habrían rebañado hasta el último trozo de carne de los lobos. Iban a ser los mejores cómplices del cazador. Ya lo habían sido en otras ocasiones y esta vez no le iban a fallar. Además, tenían el premio extra de dos gallinas muertas por los lobos durante el tiroteo. Hubiera preferido que se salvaran, pero era un mal menor que había estado dispuesto a arriesgar.

Con la reserva de energías al límite, se quitó el buzo de trabajo lleno de sangre y lo escondió bajo unas piedras. Ya volvería a por él días después. Pero tenía claro que no podían verle con tanta sangre en su ropa. Los vecinos no preguntarían, pero recordarían su imagen en el caso de que un guarda de montes o un policía les interrogaran si habían visto a algún cazador furtivo que podría haber sido el asesino de cuatro lobos.

El rifle era el otro elemento, fundamental además, del que tenía que desembarazarse. Por desgracia, en ese valle no tenía preparado ningún escondrijo para armas como lo que sí había cavado en los puertos más cercanos a Cuénabres, Casasuertes y Valdeón. Así que optó por acercarse al río y esconderlo entre unas salgueras del prado de El Cristo. Muy mala suerte tendría si alguien pasaba por ahí y encontraba el arma. De todos modos borró las huellas con la manga de la camisa. Era un arma ilegal, que se la había regalado otro cazador furtivo, y que, por lo tanto, no tendría porqué relacionarle con él.

Con todos los cabos atados faltaba la vuelta a casa. Pero la muñeca destrozada le impidió coger la moto y tuvo que volver andando, dando tumbos sin pisar en ningún momento la carretera y escondiéndose de posibles curiosos hasta que llegó a casa.

Y allí se encontraba, subiendo las escaleras agarrado a Carlota. Babeaba y era incapaz de hablar. Carlota tan solo entendió que le pidió, balbuceando, que le curara. Ella propuso ir inmediatamente al centro médico de Riaño, pero Francisco, con las nulas fuerzas que le quedaban, dijo con fuerza:

No. Cúrame tú. No me muevo de aquí.

Fueron sus últimas palabras antes de caer derrumbado en el cuarto de baño.

Cuando se despertó, sus ojos intentaron vislumbrar una figura humana  borrosa que, en absoluto, podía ser su mujer.

Tranquilo. Duerme, ya estoy terminando dijo la voz masculina que creyó reconocer.

Después volvió a perder la consciencia. La siguiente ocasión que sus párpados vieron la luz, Francisco pudo enfocar con más claridad. Miró a los lados y se vio en su habitación de casa, tumbado en su cama, como una mañana cualquiera. Salvo que, por la luz procedente de la ventana, ya era de tarde. “Vaya, he dormido unas cuantas horas”, se dijo. Después miró a su derecha y, sorprendido, vio a su hijo Marquitos sentado en sillón. Se había quedado dormido leyendo el último ejemplar la revista comarcal de Riaño.

¡Marquitos, hijo! reclamó Francisco¿Pero qué haces aquí?

Marquitos se despertó y se espabiló enseguida.

¡Mamá, padre se ha despertado! ¡Se ha despertado! repitió dirigiendo su voz hacia el pasillo.

“¿Me he despertado? ¿Qué le pasa a este rapaz?”, se preguntó extrañado. Y más cuando Carlota entró en la habitación y se puso a su lado con los ojos enrojecidos.

El susto que nos has dado. Pensaba que te me morías.

Francisco Jurado continuaba atónito por las reacciones de su familia. Hasta que intentó mover el brazo izquierdo para acariciar la mano de su mujer y un fuerte dolor le obligó a detenerse. Miró a esa extremidad, llena de vendas y con una férula de escayola a la altura de la muñeca y el recuerdo de las dentelladas del lobo gigante regresó a su cabeza.

¡Los lobos!

Sí. Los lobos, que casi te matan respondió Carlota con un evidente tono de reproche. Por poco te desangras por culpa de tu maldita venganza.

Francisco calló. Todavía estaba ligeramente mareado y prefirió no entrar en una refriega con su esposa, que además tenía el argumento de verle herido en la cama como mejor argumento para vencer la contienda discursiva.

¿Me has curado tú? preguntó intentando suavizar la conversación.

No. Ha sido Don Justo.

¿Ha estado aquí?

Claro. Yo le llamé.

Pero ¿cómo se te ocurre…

Carlota detuvo su pregunta con fiereza.

¿Cómo se me ocurre qué? ¿Cómo se te ocurre a ti salir a matar lobos y volver medio muerto? ¿Eh? ¿Cómo se te ocurre?

Carlota abandonó la habitación y dio un portazo. Francisco miró a Marquitos, que miraba el brazo vendado de su padre.

¿El médico qué sabe? preguntó Francisco.

Nada. Le hemos dicho que ya hablarías con él cuando estuvieras bien.

Buena idea sostuvo. Tu madre está enfadada ¿eh?

Claro. Dijiste que no volverías a cazar y has faltado a tu promesa. Lo raro sería que no estuviera cabreada replicó Marquitos.

Un argumento más que sólido, pensó el padre. Pero también esperaba que su hijo comprendiera las razones por las que se sintió responsable de la venganza de Sol.

Tú entiendes por qué lo he hecho, ¿verdad?

Sí. Lo entiendo.

“Menos mal”, pensó Francisco.

Pero no lo comparto.

¿Qué?

Que no lo comparto repitió Marquitos mirando directamente a los ojos de su padre. Si los lobos te hubieran mordido el cuello estarías muerto y nos dejarías a mamá y a mí solos. Sin ti. Y parece que no te das cuenta de que eso es lo más importante.

Marquitos salió de la habitación y dejó a Francisco reflexionando sobre las palabras de su hijo. No sabía qué le molestaba más. Si el hecho de que fuera su vástago el que le acababa de dar una lección inescrutable, que no tuviera ningún argumento para rebatirle o que, de verdad, podía haber dejado viuda a Carlota y huérfano a Marquitos. Todo por su obsesión enfermiza de vengar la muerte de su perro. Cerró los ojos y pensó que ya decidiría cómo disculparse y recuperar la estabilidad emocional de la familia. Pero en ese momento el sueño volvía a apropiarse de su cuerpo, víctima de la gran cantidad de medicamentos que le había suministrado el doctor. Francisco no lo sabía, pero ya habían pasado tres días desde que apareció por casa y se desmayó.

Los días siguientes, mientras se recuperaba de las heridas, el ganadero intentó reconciliarse con su familia. Centró su atención en Marquitos aprovechando las horas de la tarde para continuar con la doma de Perla. Le aseguró que, al ritmo que iba, podría montarla antes del invierno. Marquitos se ilusionó con la idea de que, por fin, podría cabalgar a lomos de su potra con Sonia agarrada de su cintura.

Con Carlota la reconciliación se presentaba más ardua. Su esposa se mostraba esquiva cada vez que él trataba de mostrarse cariñoso. Esquiva y silenciosa. No tenía ganas de hablar con un hombre que le había defraudado de un modo tan hiriente. La había despreciado cuando ella le rogó que no saliera a la cacería de los lobos y, además, había faltado a su palabra de no volver a disparar su rifle. Él, que tanto promulgaba que un hombre sin palabra no es un hombre, se había retratado como un ser vengativo y sin respeto a su familia. Por ello Carlota, durante la quincena siguiente al enfrentamiento con los lobos, optó por la desidia como modo de vida marital. Hasta que una noche, mientras Marquitos permanecía en la cama escuchando música, Francisco no pudo más con la tensa situación de la pareja.

¿Hasta cuándo va a estar así? preguntó sentado en el escaño.

No sé contesto ella mientras fregaba los platos.

Ya te pedido perdón.

No me vale.

¿Y qué quieres?

Que lo sientas de verdad.

¡Claro que lo siento!

En ese momento sonó el teléfono. Marquitos gritó que lo cogía él y bajó a saltos hasta la entrada, donde se encontraba el aparato. Sus padres prosiguieron la discusión.

Lo que sientes es que el lobo te mordiera y que te viéramos herido. No que faltases a tu palabra.

Francisco calló porque Carlota tenía razón. De no haber resultado herido, seguro que hubiera tenido el mismo enfrentamiento con su mujer. Pero su cabezonería le impediría aceptar el error que su mujer le achacaba.

No lo volveré a hacer. Te lo juro.

No jures algo que no vas a cumplir. Te lo advierto. Así no quiero educar a mi hijo. Con un padre que no cumple sus promesas.

Créeme. La caza es historia. Lo del otro día no se volverá a repetir.

Al acabar la frase Marquitos entró en la cocina. Su rostro descubría pena y estupefacción a partes iguales. Carlota y Francisco se quedaron mirando a su hijo esperando que explicara la razón de su actitud.

Era Sonia.

Sus padres se impacientaron cuando su hijo se detuvo, meditabundo sobre la noticia que acababa de recibir.

¿Qué pasa, hijo? preguntó Carlota.

Su tío Pablo…. volvió a estancarse.

Su tío Pablo, ¿qué? preguntó Francisco alertada.

Está muerto. Se lo han encontrado esta tarde en casa. Muerto.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche que llegó la noticia a sus oídos, el Vengador pudo dormir relajado. Por fin. Llevaba varias semanas esperando la muerte de su tercer objetivo y la espera se le había hecho agónica. Tanto que llegó a plantearse si había ejecutado de modo erróneo su plan de envenenamiento de Pablo Méndez. Llegó a pensar que tendría que volver a su casa a comprobar que el bote con las setas venenosas continuaba en el estante. De no ser así, el plan se hubiera ido al garete. Bien porque había tirado el bote, o bien porque se lo había dado a alguien. Había temido especialmente esa posibilidad. El Vengador quería matar a Pablo Méndez. No a cualquier infeliz que se tuviera la mala suerte de toparse con las setas mortales. Porque no se consideraba a sí mismo un asesino. Ni mucho menos. Era un vengador con una misión justiciera que debía finalizar.

Pero, para alivio del asesino, Pablo Méndez había fallecido en el salón  de su casa intoxicado por unas setas silvestres de la zona. No tuvo tiempo para pedir auxilio. Comió las setas, se envenenó, se tumbó en el sofá y murió. Punto final. Como tenía que ser.

El Vengador se acostó en su cama, esbozó una sonrisa placentera y repasó mentalmente la lista de objetivos que ya había liquidado. Primero, Arturo Méndez hijo. Después, Arturo Méndez padre y ahora, Pablo Méndez. Además, estaba convencido de que nadie sospecharía nada. Nadie tenía porqué imaginar que las tres muertes eran algo mucho más enrevesado que tres fallecimientos accidentales a consecuencia de las drogas, una caída fatídica o una intoxicación letal. Jamás adivinarían que eran los pasos perfectamente planificados de un plan elaborado para culminar una venganza que el destino le había encomendado a él.

Aún faltaba el último eslabón de la cadena que cerrara la venganza. Julio Méndez, el hermano pequeño de Arturo y Pablo. Pero para esta última ejecución debería esperar. No podía acelerar sus actos por mucho que deseara dar por finalizada la venganza. Si hasta el momento había actuado con paciencia y cautela, ahora no debía flaquear y dar un paso en falso.

Tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo. Por ello pensó dejar pasar los días, las semanas, los meses, hasta abordar el asesinato de Julio Méndez. Porque no tenía prisa. O si la tenía se la aguantaría.

El Vengador cerró los ojos y se dispuso a descansar plácidamente, agarrado al cuaderno que se había convertido en la razón de su vida. Estaba feliz. Y convencido de que El Montaraz estaría orgulloso de él.


GRAN SORTEO “TODOS CON EL MONTARAZ”

Imagen

MIGUEL ÁNGEL AMBROSIO SORTEA UN MANUSCRITO EXCLUSIVO Y DEDICADO DE SU NUEVA NOVELA“EL MONTARAZ”

Con esta iniciativa y el apoyo popular, vuestro apoyo, el autor
pretende lograr la publicación de “El Montaraz”
en un momento en que, por culpa de la crisis y el pirateo de
libros electrónicos, las editoriales no apuestan por autores noveles
El autor de “Cartucho” sitúa la obra en el presente en la montaña leonesa y en 1940 en el Bierzo leonés con una familia de ganaderos y una partida de maquis republicanos como protagonistas de una novela de acción, venganza e intriga.
Quien desee leer los 3 primeros capítulos de la novela puede hacerlo en http://cartucholanovela.wordpress.com/2014/01/24/el-montaraz-capitulos-1-2-y-3/
                 Hola a todos y todas. Tengo el placer de comunicaros que, desde hoy y hasta el día 28 de febrero toda persona que lo desee podrá participar en “TODOS CON EL MONTARAZ”,  el sorteo de un manuscrito inédito y dedicado de mi última novela. Para participar en dicho sorteo tan sólo deben enviar un correo electrónico que les paso a detallar.
                El correo electrónico debe ir a estas direcciones (EN FORMATO COPIA OCULTA, CCO, POR FAVOR):
temasdehoy@planetadelibros.es; pbb@seix-barral.es; originales@tusquets-editores.es; gmartinez@rocaeditorial.com; departamentoliterario@planeta.es; algaida@algaida.es; alfaguara@santillana.es; beditcomercial@rham.es; mmiquel@anagrama-ed.es; emaeva@maeva.es; Dpto.literario@edhasa.es; info@rocaeditorial.com; editorial@puentedeletras.com; algaida@anaya.es; info@gruplobher.es; suma@santillana.es; puntodelectura@santillana.es; Atencion-clienterba@rbalibros.es; alianzaeditorial@alianzaeditorial.es; diana@edicionesalfabia.com;  info@editorialsloper.es; info@reylear.com; manuscrito@edicionesurano.es; editorial@cuentosdelaberinto.com; lectura@lenguadetrapo.com; info@aticodeloslibros.com; faktoria@faktoriakdelibros.com; editorial@editorialnortesur.com; villar@exlibrisediciones.com; edicionesciterior@hotmail.com; originales@torremarfil.es; info@sinindice.es; originales@heraediciones.es; ambito@ambitoediciones.es; consuelo.olaya@ed-versatil.com; editorial@puentedeletras.com; info@editorialalmuzara.com; gadir@gadireditorial.com; info@incognitaeditores.es; info@artemisaediciones.com; info@elalepheditores.com; info@editorialberenice.com; edicion@bichoediciones.es; info@nocturnaediciones.es; libertarias@libertarias.com; minuscula@editorialminuscula.com; info451@451editores.com;  info@mrediciones.es; info@principaldeloslibros.com; siruela@siruela.com; editorial@nowtilus.com; editorial@librosdelasteroide.com; contacte@editorialmeteora.com; manuscritos@editorialperiferica.com; info@barataria-ediciones.com; nfo@erratanaturae.com; editorial@eutelequia.com; manuscritos@nocturnaediciones.com; cartucholanovela@yahoo.es 
 
El asunto es éste: PETICIÓN PARA QUE SU EDITORIAL PUBLIQUE “EL MONTARAZ”
 
El texto del correo debe ser el siguiente:
Yo, NOMBRE Y APELLIDOS, solicito a su editorial que publique la novela “El Montaraz”, de Miguel Ángel Ambrosio, que el autor ha publicado parcialmente en el blog  http://cartucholanovela.wordpress.com/ y que considero que tiene la calidad imprescindible para que su editorial apueste por ella. Somos muchos y muchas quienes deseamos ver “El Montaraz” en las librerías.
                Si se quiere poner en contacto con el autor, puede hacerlo a través de http://cartucholanovela.wordpress.com/contacto/
                Muchas gracias y un saludo cordial.
De entre todos los mails enviados realizaré un sorteo la primera semana de marzo, con testigos presenciales, del que saldrá el ganador del manuscrito firmado. Además, por el hecho de participar en dicho sorteo, enviaré a todos los participantes un correo electrónico con el número que le corresponde en el concurso y un archivo PDF de las próximas 50 páginas del “El Montaraz”.
 
La razón de este sorteo es muy sencilla. Ya son varias las editoriales que me han indicado que valoran como buena o muy buena la novela, pero que en los tiempos que corren les resulta difícil arriesgar con autores apenas conocidos como yo. De hecho, una editorial me realizó una pregunta directa: ¿Quiénes crees que van a querer leer esta novela con el descenso de ventas de libros que vivimos? La respuesta la tendrá en este sorteo: Toda y cada una de las personas que envíen este mail.           
 
Espero que seáis muchos porque ese será, quizás, el único camino para lograr el objetivo que me he propuesto. Que tengáis “El Montaraz” en vuestras librerías. Porque la crisis económica, el cierre de editoriales y librerías y el pirateo informático de libros electrónicos están dificultando enormemente la posibilidad de que autores poco conocidos podamos publicar nuestras obras.
Por ello os pido que participéis del sorteo y que también, muy importante, logréis convencer a vuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, del pueblo y de la ciudad, del país y del extranjero, por mail, Facebook, twitter, wathsapp… de que participen en el sorteo “TODOS CON EL MONTARAZ”.
 
Si solo sois unas decenas quienes lo hacéis es probable que las editoriales se rían de un infeliz como yo. Pero si sois cientos, miles…entonces más de una dirá que, en efecto, “El Montaraz” debe estar en las librerías (otras seguro que se enfadan por saturar sus cuentas de correo electrónico y hasta quizás me tachen de por vida, pero qué le vamos a hacer).
La moneda está echada. Si sale cara “El Montaraz” verá la luz. Si sale cruz se quedará para siempre en mi ordenador y nadie (salvo el ganador del sorteo) sabrá cómo termina la historia. Sería una lástima, os lo aseguro sin modestia alguna. Espero que con vuestra ayuda eso no vaya a ocurrir.
Un abrazo a todos y todas y gracias por vuestro apoyo. Cuando veáis “El Montaraz” en una librería podréis decir “en parte fue gracias a mí”
Miguel Ángel Ambrosio

EL MONTARAZ Páginas 211- 230 Las últimas… de momento

        Hola a todos los seguidores de “El Montaraz”. Esta semana os ofrezco 20 páginas de “El Montaraz” en vez de 10. La razón es doble. Por una parte, que aquí termina la entrega semanal de esta novela que sueño con publicar con vuestro apoyo. Y por otra, porque el día 31 de enero os ofreceré, en este blog, la posibilidad de obtener un manuscrito completo y exclusivo de “El Montaraz”, dedicado además por mi persona. Para ello tan solo deberéis participar del sorteo “Todos con El Montaraz” que el día 31 os daré a conocer.

Hasta entonces, infinitas gracias por vuestro apoyo y espero que disfrutéis con estas páginas.

Páginas 211- 230

Se imaginó la emboscada sufrida por su perro, que no tuvo ninguna posibilidad de huir. Solo y anciano, ante cuatro lobos enviciados por el sabor de la sangre, sus probabilidades de victoria fueron nulas. Sospechó cómo pudo ser el ataque. Uno de los chacales llamó su atención, Sol cayó en la trampa y salió en su búsqueda. Y en algún momento de su carrera se vio rodeado por los otros tres. Así eran los lobos. Cobardes en el uno contra uno, pero letales en grupo. Y así era imposible escapar.

Lo que le sorprendía era que, una vez más, los carniceros de la montaña habían dejado a su víctima con vida, en vez de haberla rematado con un último mordisco mortal. Le pareció sádico. Atacar hasta que su perro llegó a la agonía y dejarlo tirado a la espera de su muerte, observando pero sin finalizar la matanza.

Francisco depositó a Sol en el agujero con delicadeza. Después se hizo con varias piedras de gran tamaño y las colocó encima del cánido. Lo hacía para que las alimañas no tuvieran el arrebato de escarbar en la tierra para alimentarse de los restos de su viejo amigo. Cuando finalizó de colocar una capa de guijarros, arrojó tierra por encima hasta llegar a la misma altura del prado. Colocó unos tapines de hierba, pisó con fuerza el terreno y se sentó.  Ya había enterrado a Sol.

Pero sintió que no había acabado. No. Ni mucho menos. Se levantó con rabia, miró la tumba del perro pastor, agarró su rifle y volvió caminando hacia Cuénabres a grandes zancadas. Carlota le esperaba fuera, sentada en el banco de piedra de la entrada.

¿Ya está? preguntó apenada.

No. No está.

No dijo más. Subió las escaleras de su casa a pasos que abarcaban tres escalones cada uno y llegó hasta el desván. Carlota le siguió a menor velocidad. Entró en el altillo y se encontró a su marido rebuscando en un armario viejo. Cuando éste se dio la vuelta, llevaba un silenciador en la mano.

¿Qué vas a hacer?

¿Tú que crees?

Francisco exhibía un semblante serio y amenazante.

Dijiste que lo habías dejado. Para siempre.

Esto es distinto.

Carlota le agarró del brazo y obligó a que se detuviera ante él.

¿Porqué es distinto? Son cosas que pasan. Tú lo sabes mejor que nadie.

¿Has visto lo que le han hecho? ¿Lo has visto? saltó Francisco indignado. Lo van a pagar caro. Lo juro por Dios.

Salió del desván con el silenciador, una mira telescópica y una caja llena de balas. Carlota volvió a intentar detener su decidida venganza.

Por favor, no lo hagas. Por mí. No quiero volver a verte como antes suplicó sabedora de lo que decía.

Pues no mires, joder.

Fin de la conversación. Carlota se metió en su habitación y cerró la puerta. Se tumbó en la cama y comenzó a llorar por el trato que acababa de recibir de su esposo. Por eso y porque tenía pánico a que Francisco volviera a convertirse en el cazador furtivo obsesionado por abatir piezas en la montaña y que priorizaba esa obsesión sobre el amor y el respeto hacia ella.

Jurado se contrarió por la reacción de Carlota. ¿Es que no entendía que no podía dejar sin castigo a los asesinos de Sol? Él no. La jauría de lobos aprendería a base de balazos la nefasta idea que tuvo de enfrentarse a alguien de su familia. Porque Sol era de la familia y su dolor se lo cobraría a sus asesinos con creces.

Salió de casa y entró en la cuadra. Allí recogió un mono verde de trabajo y lo guardó en una mochila. Seguido, agarró el rifle y separó el cañón del resto de la estructura para que entrara en la bolsa y para que nadie sospechara. También introdujo la caja de balas, la mira telescópica y el silenciador. Después, se encaminó a la cuadra y mantuvo la mirada puesta en sus animales. Al fondo se encontraba durmiendo  la gallina más vieja de su corral. Pensaba sacrificarla para la Fiesta del Cristo, pero la iba a necesitar. A ella y a otra más. También una cuerda larga, que encontró colgada de una punta.

Algo le faltaba. Estaba seguro,  pero le costaba saber de qué se trataba. Tenía el arma, las balas, el cebo… ¿Qué faltaba? En esos momentos de duda sintió una rabia enorme. ¿Francisco Jurado, el furtivo más peligroso de la montaña leonesa, había perdido sus aptitudes innatas para la caza? No podía ser. No había pasado ni un año desde que había realizado su última cacería. No podía haberse oxidado tan rápidamente.

Cerró los ojos y visualizó lo que iba a ser la batida personal de los lobos. O lo que, al menos, iba a intentar que sucediera. Era una costumbre que, desde joven, le ayudaba a clarificar sus acciones futuras. Imaginar paso a paso cómo iba a transcurrir la cacería. Desde el momento en que salía de casa hasta que disparaba a la presa. Y, aún más, hasta que volvía a su hogar sano y salvo sin que ningún guarda de montes le hubiera descubierto. Trabajaba su imaginación de un modo pausado, como si una película proyectara las imágenes a cámara lenta, para recrearse en los pormenores del ataque. Si durante esa visión interior apreciaba algún posible error u olvido, se detenía para centrar sus pensamientos en qué era lo que no funcionaba. Así hasta que todos los detalles estaban claros en su cerebro y se mostraba convencido de que la misión era factible. En más de una ocasión el plan se alteraba por razones externas, pero él se sentía preparado para esos inconvenientes.

¡Ya está, coño! ¡Ya lo tengo!

Agarró una bolsa de plástico, la abrió en el suelo y se hizo con una pala. Salió de la cuadra y fue hasta el abonero más cercano. Cogió una palada grande de estiércol y, ya dentro, la metió en la bolsa.

Introdujo las dos gallinas, la bolsa con estiércol y la cuerda en un saco viejo y miró hacia casa. Quizás debería volver a hablar con Carlota. Hacerla entender que lo que iba a suceder, el enfrentamiento con los lobos, era necesario. Que no se perdonaría el no vengar el asesinato a dentelladas de su fiel carea. Que él era el hombre de la casa y que el hombre de la casa tenía que demostrar a los enemigos que sabe cuidar de ella. Y que no pensaba, en absoluto, volver a la senda del mundo furtivo. Salvo que, como en esta ocasión, fueran los enemigos quienes le retaran a duelo.

Pero sabía que, dijera lo que dijera, Carlota no entraría en razón. Ni él tampoco. Así que pensó que sería mejor dejar para la vuelta los reproches, explicaciones y perdones pertinentes.

Arrancó la motocicleta y condujo pueblo abajo hasta llegar al puente del cruce que divide Cuénabres de Casasuertes. Atravesó el acueducto de quince metros de largo y se introdujo en un camino de tierra y piedra. Pocos metros después se detuvo y escondió el vehículo entre unas escobas. También dejó el arma y sus complementos, así como a las dos gallinas, que sobrevivían gracias a un pequeño agujero que había abierto con su cuchillo a modo de respiradero.

Caminó hasta el prado en el que Daniel Molero había encontrado a Sol. Necesitaba ver cómo se había producido el ataque para introducirse en la cabeza y en los instintos de los lobos y pergeñar el modo de acabar con ellos. Y las mejores pistas para conocer a sus enemigos estaban en la escena del crimen. Afortunadamente no había llovido y estaba convencido de que podría establecer un itinerario claro del ataque.

No tardó ni diez minutos en localizar el punto en que Molero había encontrado a su perro. Los abundantes vestigios de sangre en mitad del prado de Las Llontreras lo evidenciaban. Francisco se apenó al pensar que, de no haber sido porque Daniel lo había visto, Sol hubiera muerto en medio de ese prado retorciéndose de dolor y preguntándose donde estaba su amo para ayudarle.

Ese era el punto final. Ahora debía localizar el lugar del enfrentamiento, que estaba claro que no había sido allí. No había restos de pelea. Así que Sol se había arrastrado desde otro lugar hasta caer exhausto y moribundo. ¿Desde dónde? Para un experto rastreador como él no iba a ser complicado averiguarlo. Tan sólo debía seguir el rastro de la sangre. Ésta se dirigía al río. Las gotas de líquido vital manchaban de rojo la hierba segada y conducían al punto de batalla.

Llegó al río y lo atravesó saltando sobre las piedras. Al otro lado continuaba el reguero de sangre, tan fácil de descubrir que ni tan siquiera tuvo que agacharse ni una vez. Atravesó las tierras de Las Gabanzas hasta que llegó al valle de Recillarón. Allí se detuvo y miró hacia atrás únicamente para comprobar que ningún paisano le había visto siguiendo las huellas. Oteó el entorno y se aseguró de que se encontraba solo. Una vez dentro del valle de Recillarón, su soledad continuaría.  De eso estaba convencido. Era una de los terrenos menos pisados de Cuénabres y, además, la siega de sus prados y la recogida de su hierba habían terminado. Así que, aliviado y esperanzado, rogó que fuera en ese valle donde se hubo producido el ataque a Sol.

Con paso decidido continuó el seguimiento de la pista sangrienta, que corría casi en paralelo al transcurso del río Recillarón, que da nombre del valle. Atravesó las praderas recién apañadas de Las Bolugas y Pradocastrón hasta el punto en que el valle se divide en otros dos pequeños cañones. La sangre le dijo que continuara por el valle de la derecha hasta el prado del Ponguín. Interrumpió su caminar ante la prueba evidente de que allí se había producido la emboscada. Huellas de un animal, Sol con toda seguridad,  tumbado sobre la hierba y de otros de pie rodeando a la presa. Las señales eran claras, y él las interpretó con un significado. El carea había estado boca arriba mientras uno o varios lobos le mordían y le paralizaban con sus patas y garras.  

La investigación de las huellas prosiguió en el contorno. Tal y como había vaticinado, había cuatro pisadas distintas, además de la de su perro. Cada una procedía de un punto del monte. Si bien, intuyó Francisco, la que llegaba desde el norte era la que demostraba cómo se habían producido los hechos. El lobo que bajó desde el Collado Lijorno llamó la atención de Sol. Éste cayó en la trampa y le siguió durante cien metros a la carrera. Entonces, de entre los árboles, aparecieron los otros tres chacales. Sol intentó evadirse por los mismos prados por los que había llegado. Pero no logró su objetivo y un lobo le cortó el camino. A partir de ese momento se produjo el ataque sin piedad.

Analizados los rastros y convencido de cómo se había producido la embestida conjunta, Francisco buscó el recorrido de huida de los asesinos salvajes. No le costó, pues eran los rastros de cuatro animales. Se habían retirado por el Collado Lijorno hasta perderse en dirección al alto del Pico Pandián. El ganadero, en ese momento, optó por no continuar con la búsqueda. Sabía lo necesario para comenzar la venganza por la muerte de su escudero.

Caminó con paso firme hasta las escobas en las que había escondido el rifle y las gallinas. Dejó la moto en el mismo lugar, convencido de que nadie la localizaría, y volvió al punto de la emboscada con la bolsa del rifle y el saco. En esta ocasión prefirió no proseguir por el camino de tierra y optó por caminar en paralelo por entre los arbustos.

Una vez dentro del valle de Recillarón, optó por buscar con la mirada el mejor punto de disparo. Era fundamental la elección. Siempre lo era para salir victorioso de la cacería. Pero en esta ocasión, con cuatro enemigos a derrotar, la ubicación del mismo debía ser la idónea. Porque Jurado no se iba a conformar con abatir a una pieza. De eso nada. Los cuatro lobos habían sido los co-asesinos de Sol. Y los cuatro merecían sus balas.

El punto debía estar más alto que el cebo que iba a colocar. Eso era evidente. Para tener una visión preferente y porque siempre resultaba más cómodo y eficaz disparar hacia abajo que hacia arriba. Pero, además, no podía hallarse a más de cien metros. No porque a más distancia no fuera a matar al primero de sus objetivos. Incluso al segundo. Pero cuatro dianas móviles a una distancia lejana podía ser excesivo hasta para él. Sí, tenía que colocarse, como mucho, a cien metros si quería triunfar en la cacería.

Tardó dos minutos en visualizar lo que podría ser su puesto de tiro. Hizo varias panorámicas visuales entre él y el que iba a ser el lugar del cebo y se convenció de que no iba a encontrar mejor puesto. A una distancia entre ochenta y cien metros. Con un ángulo ligeramente picado, perfecto para apuntar y sin obstáculos aparentes entre rifle y objetivo.  Entonces abrió el saco y extrajo el mono verde de trabajo que había cogido en la portalada. Se lo puso y lo cerró hasta el cuello. Iba a pasar calor durante las horas que quedaban de día, pero a la noche iba a ser necesario para aguantar el frío. Esperaba que no helara, pues sus huesos sufrirían y, además, la velocidad de movimientos disminuye cuando los músculos se encuentran ateridos.

A continuación sacó la bolsa con los excrementos de sus vacas y comenzó a embadurnar el buzo con ellos. Piernas, brazos, espalda, pecho. Todo su cuerpo, salvo la cabeza, se llenó de abono. Cualquier persona de ciudad hubiera vomitado al verse rodeado de mierda bovina. Pero Francisco no. Estaba acostumbrado al olor a estiércol y no era en absoluto escrupuloso. Eso sí, soñó que se daría un buen y largo baño cuando terminara con la batida ilegal.

Con el mono untado de abono, llegó al prado del Ponguín, el mismo en el que Sol había sido acribillado a mordiscos. Sacó la cuerda del fardo y preparó un nudo. Después asió a la primera de las gallinas y anudó una de sus patas. A continuación hizo lo mismo con la segunda. Las dos removían sus alas intentando escapar, pero les resultaba imposible. Francisco se alegraba de haber escogido dos piezas tan nerviosas como ellas y que llamaran tanto la atención. Tan solo faltaba un paso. Sacó el cuchillo y realizó un corte superficial entre el pecho y el abdomen de las dos gallinas. Era una rozadura que no les impediría vivir, pero sí les provocaría un pequeño y continuo sangrado.

 Se acercó con la soga al único chopo que se halla a lo alto de la pradera, pasó la cuerda por encima de una de sus ramas e hizo un nudo en su tronco. Cuando comprobó la seguridad del nudo, se alejó con el saco y la bolsa con el rifle hasta el punto de vigía que había decidido anteriormente.

Ochenta y cinto metros. Era la distancia entre las gallinas y el hueco entre escobas al que acababa de llegar. Lo sabía por su experiencia a la hora de multiplicar la distancia recorrida en cada paso por el número de zancadas dadas. Podía equivocarse en dos o tres metros arriba o abajo. No en mucho más.

Dejó la bolsa en el suelo y procedió a adecentar el lugar en el que iba a esperar no sabía cuánto tiempo. Era un espacio de dos metros de largo por un y medio de ancho escondido entre arbustos y hierba. Arrancó varias raíces y piedras del suelo y se tumbó para ratificar que había acertado con el lugar. Así era, salvo si alguno de los lobos huía por la izquierda. En ese caso, unas escobas más altas se interpondrían entre él y sus víctimas en pocos segundos. Pero no podía hacer nada. Así que, en el caso de que los chacales tomaran ese camino, tendría menos tiempo de apunte y disparo.

Se puso de rodillas y preparó el rifle. Llenó el cargador con los cuatro proyectiles. “Cuatro balas, cuatro muertos” se dijo. Si no se producía de ese modo, iba a ser muy complicado que tuviera tiempo para recargar el rifle y volver a disparar. Con toda seguridad, los lobos que siguieran vivos después de haber disparado todo el cargador ya habrían huido monte arriba. De ser así, su derribo podía llegar a costarle todo el verano. Incluso, imaginando el futuro menos halagüeño, podría no volver a tener a los supervivientes a tiro hasta la llegada de las primeras nieves. Porque los lobos eran despiadados, pero también miedosos compulsivos. Y, de salir vivos de la emboscada, no volverían a mostrarse hasta pasada una larga temporada.

Sea como fuere, Francisco iba a matar a los cuatro lobos. Le costase lo que le costara. Un día, una semana o un año. Sol se lo merecía. Pero temía la consecuencia de tal obsesión si no lo lograba a la primera. Un enfado y desengaño permanente de Carlota por volver al furtivismo.

No. Iba a asesinarlos a todos. En esa emboscada. No iba a escapar ni uno. Se convenció de ello. Era el mejor cazador que había dado la montaña leonesa en décadas. Ni su padre, el gran Vicentín el Hurón,  ni otros cazadores, tramperos u ojeadores habían sido responsables de tantas muertes. Solo esperaba poder realizar los cuatro disparos. Tener a tiro a las cuatro piezas. Porque todas acabarían con un proyectil en su cuerpo. Como en las incontables ocasiones que había apretado el gatillo y había abatido a sus víctimas. En este caso no iba a ser distinto. Por Sol que no. 

Colocó la mira telescópica y la ajustó para disparos de entre ochenta y cien metros. Después sacó el silenciador. Francisco no estaba acostumbrado a utilizarlo. Pensaba que con él se corría un mayor riesgo de fallar el disparo. Pero, a la vez, sí había apreciado que el sonido del disparo se reducía y, sobre todo, despistaba a las presas y dificultaba a éstas escuchar el origen del ruido. Francisco había utilizado ese silenciador en pocas ocasiones y suponía que iba a ser útil en una batida tan complicada. Una vez enroscado en la boca del rifle recordó quién se lo había regalado. Había sido un cazador furtivo, dueño de una importante empresa textil, que agradeció la buena labor de Jurado como guía regalándole el artilugio. 

Eran las cuatro de la tarde y todo estaba preparado. Las dos aves a modo de reclamo atadas al chopo pero con las patas en el suelo, Francisco tumbado, con varias ramas encima de su cuerpo para ser invisible entre la maleza y con el rifle apuntando en dirección a las gallinas. Tan sólo hacía falta esperar. Lo que hiciera falta. Aguantaría hasta que llegaran los lobos. Únicamente se lamentó de no haber sido previsor llevando consigo comida. Pero ya no tenía tiempo de reacción. Si le entraba hambre masticaría los tallos de un diente de león que tenía frente a él y que había oído a los viejos del lugar que saciaba el apetito.

El sol prosiguió su imparable dirección al ocaso del Oeste mientras las gallinas se mantenían como cebo vivo, a veces quietas, a veces moviéndose espasmódicamente con ansias de romper la cuerda que las ataba, y Francisco Jurado mantenía la mirada dirigida hacia el prado y los oídos alerta ante cualquier sonido que indicara la ansiada llegada. Pero el astro rey se despidió hasta la mañana siguiente y la luna cogió su relevo sin que se produjera ninguna novedad. Salvo que el caluroso día también se había tornado en una noche fría y que, para desgracia de Jurado, la helada iba a llegar a lo largo de las horas. Es lo que tenía la montaña. En cualquier época del año, incluso en verano, las temperaturas nocturnas podían descender más de veinte grados en unas horas.

Pero Francisco iba a aguantar heladas y nevadas, si fuera necesario. Su concentración era tal que únicamente le preocupaba que sus músculos no se resintieran por el frío. Para ello calentaba las manos girando las muñecas y con movimientos continuos de sus dedos. También arqueaba el cuello para que no se le quedase anquilosado a la hora de apuntar. Y el tren inferior lo movía lentamente cada cinco minutos para que el riego continuara y las piernas no se durmieran. Era fundamental que pudiera levantarse con agilidad en caso de que se tuviera que cambiar de sitio para disparar. En cuanto al frío, las ramas colocadas sobre su cuerpo ejercían de manta eficaz que, además, impediría que la helada penetrara en sus huesos. La verdadera molestia era el olor a abono que desprendía su cuerpo. Aunque era un mal menor a sufrir con tal de lograr la muerte de los chacales.

Miró el reloj a la luz de la luna y las manillas ya habían marcado las cinco de la mañana. Las gallinas, agotadas, se habían acurrucado una al lado de la otra para contrarrestar el frío. Y las bestias no aparecían. “Tenía que haber puesto un jato, joder. Seguro que sí venían”, se recriminó. Pero tampoco deseaba sacrificar un animal tan valioso para saldar las cuentas con los lobos. No era lo mismo que estos acabaran con las dos aves de una dentellada que fuera uno de sus terneros el que sufriera los mordiscos letales. Además, podría haber llamado la atención el hecho de haber trasladado a un becerro al valle de Recillarón cuando el resto de la manada se encontraba en los puertos. Así que tendría que aguantar ahí, con las dos aves como señuelos. Aunque cada hora que pasaba su cuerpo sentía un mayor cansancio, provocado por la postura, la falta de alimento y el frío.

El reloj marcó las seis de la mañana. Francisco no lo vio. Se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la carrillera del rifle. Diez minutos antes se había relajado pensando que en menos de dos horas la luz diurna haría su presencia y que ella espantaría su sueño. Pero se equivocó.

Llevaba un cuarto de hora dormido cuando un sonido le despertó. Eran las gallinas, que movían sus alas con énfasis. Francisco se alertó. Los desesperados e infructuosos vuelos de las aves atadas significaban miedo. El cazador estaba convencido. Se habían alertado por alguna presencia peligrosa. Tuvo la intención de acercar su ojo derecho a la mira telescópica. Pero un sonido más cercano le detuvo. Giró los ojos a la izquierda sin mover la cabeza y vio, a menos de dos metros, a un gigantesco lobo ibérico que caminaba con lentitud. Su corazón se congeló de pavor. Estaba a tres zancadas de él. Si el chacal descubría su presencia, se lanzaría a por Jurado y lo mataría de un solo mordisco sin que tuviera tiempo para disparar. Además, el cuchillo de monte lo tenía en la cintura y sabía que jamás sería tan rápido como para sacarlo y clavárselo.

El lobo caminó sin dirigir su mirada hacia Francisco. Sin duda, gracias a la fetidez a abono que desprendía su buzo. De no ser por él, hubiera olido el aroma corporal del cazador. También porque el animal tenía sus sentidos centrados en las dos gallinas atadas en el prado. Cuando se alejó, Francisco pudo ratificar el enorme tamaño de la bestia. Si un lobo ibérico suele medir entre ciento treinta y ciento ochenta centímetros de longitud, éste superaba los dos metros. Jamás había visto un ejemplar tan grande. Dedujo que se trataba del carnicero que se encargaba de clavar sus colmillos en los cuellos de sus víctimas.

Cuando el lobo se alejó veinte metros, Francisco pudo acoplar la vista a la mira telescópica. Enseguida le tuvo a tiro. Era un disparo fácil. Pero alertaría a los otros tres. Tenía que esperar. Y, sobre todo, debía localizarlos entre la maleza.

Al segundo lobo lo encontró con relativa facilidad. Se encontraba a unos ciento cincuenta metros, justo en línea recta en relación con las aves. Era más pequeño y, como el que había pasado a su lado por entre la maleza, caminaba con lentitud intentando no hacer ruido.

Los otros dos tenían que venir por Este y Oeste. Pero no podía verlos. Al del Este, porque las ramas se lo impedían. Y al del Oeste, porque simplemente no lo pudo localizar. Pero Francisco estaba convencido de que tenían que estar los cuatro. Y esperaría hasta verlos a todos para disparar.

Comenzó su ritual. Inspiró aire hasta llenar los pulmones y lo mantuvo unos segundos. Después los vació con lentitud para volver a cargarlos. Así tres veces. Era el mismo ejercicio que había repetido en infinidad de ocasiones y que le ayudaba a que su pulso se mantuviera firme como una roca. En ese momento localizó al tercer lobo, el procedente del Oeste. Los tres se encontraban a menos de cuarenta metros del chopo. El ganadero notó que su corazón se aceleraba, pero se concentró para impedirlo. Necesitaba toda la tranquilidad que pudiera acumular para acertar en los disparos.

Los tres salvajes, Francisco dedujo que el cuarto también, se detuvieron a treinta metros de las que iban a ser sus presas. Las tenían rodeadas, como tuvieron rodeados a su ternero y a su fiel Sol. “Va ser la última vez, cabrones. La última vez. Os lo juro”, quiso gritar. Pero se limitó a esperar el siguiente paso de la jauría salvaje. Pasaron los segundos y nada sucedía.

“Estos se huelen algo, cago en la puta. Lo ven demasiado fácil”, se temió. Así era. Los lobos, acostumbrados a que sus víctimas huyeran nada más sentir su presencia, se mantenían alerta y desconcertados por la actitud de las gallinas. No paraban de agitarse, pero se mantenían en el mismo lugar donde las habían encontrado tras seguir el rastro del olor a sangre. Entonces hizo presencia el lobo llegado del Este. Caminó unos metros más agachando la cabeza hasta que salió como una bala en dirección a las aves.

Espera murmuró Jurado.

Las fauces del lobo agarraron a la primera gallina.

Espera.

El compañero que tenía enfrente y el de su derecha imitaron sus actos…

Espera.

Y el gigantesco lobo ibérico que había pasado a su lado también se lanzó a la carrera.

Ya os tengo.

Apuntó al líder de la manada y disparó. De inmediato el animal dio un brinco y cayó al suelo. Los otros tres se detuvieron súbitamente y dirigieron sus miradas a todos y a ningún lado en busca de un sonido cuya procedencia desconocían. Segundo disparo. La cabeza del lobo que mordía la primera gallina recibió el disparo de lleno y cayó en la hierba con el ave en su boca. Había disparado a esa presa por miedo a que huyera por el mismo lugar y la perdiera de vista. Tercer disparo. Al lobo que procedía del Norte, que intentó recular sin éxito. Un disparo en mitad del estómago lo dejó seco. El cuarto lobo inició la huida por el Oeste, la zona más abierta y con mayor facilidad de disparo. Tanto era así que Francisco se puso de rodillas, apuntó y esperó unos segundos hasta disparar.

“Te crees que vas a huir ¿eh?”

Apretó el gatillo y abatió al cuarto animal.

Y se hizo el silencio en el valle de Recillarón.

Francisco Jurado miró su reloj. Eran las seis y cuarto de la mañana. Tenía el cuerpo aterido y movió sus extremidades para despertarlo. Habían sido más de doce horas tumbado en una misma posición. Pero había merecido la pena. Los cuatro lobos asesinos de Sol habían sido ajusticiados tal y como Francisco le había prometido a su amigo en su tumba.

Caminó para verlos con mayor detenimiento y, en caso de que fuera necesario, rematarlos con el filo de su cuchillo. Al primero que encontró a su paso fue al líder de la manada, el lobo gigantesco. Se acercó a dos pasos de él. No se movía. Le había disparado por la espalda y la bala había atravesado gran parte de sus dos metros de longitud.

Cuando Francisco acercó la cabeza al macho, éste se giró con rabia y se lanzó al cuello del cazador. No estaba muerto. Estaba herido mortalmente, pero le quedaban fuerzas para un último ataque. Se arrojó con los dientes abiertos en busca del cuello humano. Francisco reaccionó y colocó el brazo izquierdo en medio. El mordisco alcanzó el hueso a la altura del codo y le provocó un dolor intenso que le hizo gritar como nunca en su vida. Cayó al suelo y el lobo le siguió sin desencajar las fauces del brazo. Cuando se soltó, intentó lanzar otra dentellada al cuello, pero Francisco volvió a colocar la mano para impedir el mordisco mortal. El chacal se aferró la muñeca y e intentó tirar de ella. En ese momento Francisco agarró su cuchillo de monte con la mano derecha y se lo clavó entre sus ensangrentados ojos con todas sus fuerzas.

Las fauces de la fiera gigantesca soltaron la muñeca y Jurado pudo empujar al animal hacia su izquierda. Volvió a clavar su cuchillo, esta vez en el cuello. Y una tercera vez en el corazón. Después se tiró al suelo retorciéndose de dolor. Se miró el brazo izquierdo y toda esa parte de su buzo se había teñido de sangre.

A duras penas se levantó. Mareado por culpa del dolor, corrió hacia los otros dos lobos tumbados al lado y se lanzó cuchillo en mano como si él mismo se hubiera convertido en un chacal. Clavó su arma media docena de veces en cada uno de los animales. Seguido, caminó dando tumbos hasta el lobo más alejado y repitió la acción. Cuando se levantó, su buzo estaba impregnado de sangre. De la suya y de las de sus víctimas. Se levantó y lanzó un grito al cielo. Un grito de rabia que se escuchó en todo el valle.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Carlota limpiaba la fregadera de la cocina de modo obsesivo. Eran las diez de la mañana y todavía no se había acostado. Tan solo pudo dormirse durante un rato a media noche mientras esperaba en el escaño la llegada de Francisco.

Habían discutido porque no quería que su marido vengara la muerte de Sol. Pero con el paso de las horas el enfado se convirtió en miedo a que algo desastroso le hubiera ocurrido a su hombre. Había tenido un mal pálpito. Peor que otras ocasiones en las que Francisco había salido a cazar. Siempre sentía temor a que le ocurriera algo malo. Pero en este caso su intuición le decía que, esa vez sí, la vida de su marido corría riesgo. 

Durante la noche rezó en silencio para que sus malos presagios no se cumplieran y Francisco volviera sano y salvo a casa. Entonces ya tendría tiempo de expresarle su disgusto por no cumplir su promesa de no volver a cazar y por haberla tratado a ella con desprecio. Pero hasta entonces solo pedía a Dios que regresara a casa cuanto antes.

Marquitos se encontraba en la gasolinera trabajando. Le había pedido a su madre que le llamara, en cuanto su padre regresara, al Iphone que Sonia le había regalado por su cumpleaños. Porque Marquitos también estaba preocupado. Él no supo de la muerte de Sol hasta la vuelta del trabajo y no se vio con la suficiente autoridad como para ir en busca de su padre para que olvidara sus ansias de venganza. Así que, mientras llenaba los vehículos de combustible, tenía su atención puesta en el teléfono.

Cuando había repasado la cocina por cuarta vez, se abrió la puerta de casa. Carlota se dirigió a ella de modo atropellado y mostró una sonrisa aliviada cuando vio que era Francisco quien entraba por ella. Hasta que observó su cara, pálida como la de un enfermo a punto de recibir la extrema unción, y su ropa llena de sangre.

¡Dios Santo! gritó poniendo sus manos en la cara.

Ayúdame suplicó Jurado mientras cerraba la puerta con dificultad.

Francisco se agarró a su mujer para no caer. Apoyó su brazo derecho en su espalda y le pidió que le ayudara a subir las escaleras. Se había quedado sin fuerzas tras haber disparado a los cuatro lobos y haber sido gravemente herido por el más peligroso de ellos. Además, después de rematar a las bestias, el trabajo no estaba terminado. Por mucho que de su brazo izquierdo manara sangre a borbotones, tanto del codo como de la muñeca. Para impedir que se desangrara se realizó un torniquete por debajo del hombro. Para ello utilizó el cinturón de su pantalón.

Con la hemorragia minimizada, se dispuso a hacer desaparecer las pruebas de la cacería. De haberse encontrado ileso, habría sido una labor sencilla para alguien como él. Pero la vista se le nublaba por el dolor, las fuerzas le flaqueaban y tenía miedo de desmayarse en medio de la matanza y con el arma culpable a su lado. Buscó fuerzas en su interior e inició el proceso de destrucción de las pruebas.  Uno a uno, extrajo con sus cuchillos las balas de los cuerpos de los chacales y se las guardó en el bolsillo del pantalón. Después los arrastró a todos al inicio del monte Pandián. Le costó enormemente, pues tan solo contaba un brazo para arrastrar a las bestias y pesaban más que las que él había cazado hasta el momento. Sobre todo el lobo que le había atacado.

Una vez en las faldas de Pandián, Jurado rasgó las tripas de los animales y sacó los intestinos. Sabía que ese olor atraería a los buitres, los reyes de la carroña, en pocas horas. Y que, si se acercaba una bandada grande, en menos de un día habrían rebañado hasta el último trozo de carne de los lobos. Iban a ser los mejores cómplices del cazador. Ya lo habían sido en otras ocasiones y esta vez no le iban a fallar. Además, tenían el premio extra de dos gallinas muertas por los lobos durante el tiroteo. Hubiera preferido que se salvaran, pero era un mal menor que había estado dispuesto a arriesgar.

Con la reserva de energías al límite, se quitó el buzo de trabajo lleno de sangre y lo escondió bajo unas piedras. Ya volvería a por él días después. Pero tenía claro que no podían verle con tanta sangre en su ropa. Los vecinos no preguntarían, pero recordarían su imagen en el caso de que un guarda de montes o un policía les interrogaran si habían visto a algún cazador furtivo que podría haber sido el asesino de cuatro lobos.

El rifle era el otro elemento, fundamental además, del que tenía que desembarazarse. Por desgracia, en ese valle no tenía preparado ningún escondrijo para armas como lo que sí había cavado en los puertos más cercanos a Cuénabres, Casasuertes y Valdeón. Así que optó por acercarse al río y esconderlo entre unas salgueras del prado de El Cristo. Muy mala suerte tendría si alguien pasaba por ahí y encontraba el arma. De todos modos borró las huellas con la manga de la camisa. Era un arma ilegal, que se la había regalado otro cazador furtivo, y que, por lo tanto, no tendría porqué relacionarle con él.

Con todos los cabos atados faltaba la vuelta a casa. Pero la muñeca destrozada le impidió coger la moto y tuvo que volver andando, dando tumbos sin pisar en ningún momento la carretera y escondiéndose de posibles curiosos hasta que llegó a casa.

Y allí se encontraba, subiendo las escaleras agarrado a Carlota. Babeaba y era incapaz de hablar. Carlota tan solo entendió que le pidió, balbuceando, que le curara. Ella propuso ir inmediatamente al centro médico de Riaño, pero Francisco, con las nulas fuerzas que le quedaban, dijo con fuerza:

No. Cúrame tú. No me muevo de aquí.

Fueron sus últimas palabras antes de caer derrumbado en el cuarto de baño.

Cuando se despertó, sus ojos intentaron vislumbrar una figura humana  borrosa que, en absoluto, podía ser su mujer.

Tranquilo. Duerme, ya estoy terminando dijo la voz masculina que creyó reconocer.

Después volvió a perder la consciencia. La siguiente ocasión que sus párpados vieron la luz, Francisco pudo enfocar con más claridad. Miró a los lados y se vio en su habitación de casa, tumbado en su cama, como una mañana cualquiera. Salvo que, por la luz procedente de la ventana, ya era de tarde. “Vaya, he dormido unas cuantas horas”, se dijo. Después miró a su derecha y, sorprendido, vio a su hijo Marquitos sentado en sillón. Se había quedado dormido leyendo el último ejemplar la revista comarcal de Riaño.

¡Marquitos, hijo! reclamó Francisco¿Pero qué haces aquí?

Marquitos se despertó y se espabiló enseguida.

¡Mamá, padre se ha despertado! ¡Se ha despertado! repitió dirigiendo su voz hacia el pasillo.

“¿Me he despertado? ¿Qué le pasa a este rapaz?”, se preguntó extrañado. Y más cuando Carlota entró en la habitación y se puso a su lado con los ojos enrojecidos.

El susto que nos has dado. Pensaba que te me morías.

Francisco Jurado continuaba atónito por las reacciones de su familia. Hasta que intentó mover el brazo izquierdo para acariciar la mano de su mujer y un fuerte dolor le obligó a detenerse. Miró a esa extremidad, llena de vendas y con una férula de escayola a la altura de la muñeca y el recuerdo de las dentelladas del lobo gigante regresó a su cabeza.

¡Los lobos!

Sí. Los lobos, que casi te matan respondió Carlota con un evidente tono de reproche. Por poco te desangras por culpa de tu maldita venganza.

Francisco calló. Todavía estaba ligeramente mareado y prefirió no entrar en una refriega con su esposa, que además tenía el argumento de verle herido en la cama como mejor argumento para vencer la contienda discursiva.

¿Me has curado tú? preguntó intentando suavizar la conversación.

No. Ha sido Don Justo.

¿Ha estado aquí?

Claro. Yo le llamé.

Pero ¿cómo se te ocurre…

Carlota detuvo su pregunta con fiereza.

¿Cómo se me ocurre qué? ¿Cómo se te ocurre a ti salir a matar lobos y volver medio muerto? ¿Eh? ¿Cómo se te ocurre?

Carlota abandonó la habitación y dio un portazo. Francisco miró a Marquitos, que miraba el brazo vendado de su padre.

¿El médico qué sabe? preguntó Francisco.

Nada. Le hemos dicho que ya hablarías con él cuando estuvieras bien.

Buena idea sostuvo. Tu madre está enfadada ¿eh?

Claro. Dijiste que no volverías a cazar y has faltado a tu promesa. Lo raro sería que no estuviera cabreada replicó Marquitos.

Un argumento más que sólido, pensó el padre. Pero también esperaba que su hijo comprendiera las razones por las que se sintió responsable de la venganza de Sol.

Tú entiendes por qué lo he hecho, ¿verdad?

Sí. Lo entiendo.

“Menos mal”, pensó Francisco.

Pero no lo comparto.

¿Qué?

Que no lo comparto repitió Marquitos mirando directamente a los ojos de su padre. Si los lobos te hubieran mordido el cuello estarías muerto y nos dejarías a mamá y a mí solos. Sin ti. Y parece que no te das cuenta de que eso es lo más importante.

Marquitos salió de la habitación y dejó a Francisco reflexionando sobre las palabras de su hijo. No sabía qué le molestaba más. Si el hecho de que fuera su vástago el que le acababa de dar una lección inescrutable, que no tuviera ningún argumento para rebatirle o que, de verdad, podía haber dejado viuda a Carlota y huérfano a Marquitos. Todo por su obsesión enfermiza de vengar la muerte de su perro. Cerró los ojos y pensó que ya decidiría cómo disculparse y recuperar la estabilidad emocional de la familia. Pero en ese momento el sueño volvía a apropiarse de su cuerpo, víctima de la gran cantidad de medicamentos que le había suministrado el doctor. Francisco no lo sabía, pero ya habían pasado tres días desde que apareció por casa y se desmayó.

Los días siguientes, mientras se recuperaba de las heridas, el ganadero intentó reconciliarse con su familia. Centró su atención en Marquitos aprovechando las horas de la tarde para continuar con la doma de Perla. Le aseguró que, al ritmo que iba, podría montarla antes del invierno. Marquitos se ilusionó con la idea de que, por fin, podría cabalgar a lomos de su potra con Sonia agarrada de su cintura.

Con Carlota la reconciliación se presentaba más ardua. Su esposa se mostraba esquiva cada vez que él trataba de mostrarse cariñoso. Esquiva y silenciosa. No tenía ganas de hablar con un hombre que le había defraudado de un modo tan hiriente. La había despreciado cuando ella le rogó que no saliera a la cacería de los lobos y, además, había faltado a su palabra de no volver a disparar su rifle. Él, que tanto promulgaba que un hombre sin palabra no es un hombre, se había retratado como un ser vengativo y sin respeto a su familia. Por ello Carlota, durante la quincena siguiente al enfrentamiento con los lobos, optó por la desidia como modo de vida marital. Hasta que una noche, mientras Marquitos permanecía en la cama escuchando música, Francisco no pudo más con la tensa situación de la pareja.

¿Hasta cuándo va a estar así? preguntó sentado en el escaño.

No sé contesto ella mientras fregaba los platos.

Ya te pedido perdón.

No me vale.

¿Y qué quieres?

Que lo sientas de verdad.

¡Claro que lo siento!

En ese momento sonó el teléfono. Marquitos gritó que lo cogía él y bajó a saltos hasta la entrada, donde se encontraba el aparato. Sus padres prosiguieron la discusión.

Lo que sientes es que el lobo te mordiera y que te viéramos herido. No que faltases a tu palabra.

Francisco calló porque Carlota tenía razón. De no haber resultado herido, seguro que hubiera tenido el mismo enfrentamiento con su mujer. Pero su cabezonería le impediría aceptar el error que su mujer le achacaba.

No lo volveré a hacer. Te lo juro.

No jures algo que no vas a cumplir. Te lo advierto. Así no quiero educar a mi hijo. Con un padre que no cumple sus promesas.

Créeme. La caza es historia. Lo del otro día no se volverá a repetir.

Al acabar la frase Marquitos entró en la cocina. Su rostro descubría pena y estupefacción a partes iguales. Carlota y Francisco se quedaron mirando a su hijo esperando que explicara la razón de su actitud.

Era Sonia.

Sus padres se impacientaron cuando su hijo se detuvo, meditabundo sobre la noticia que acababa de recibir.

¿Qué pasa, hijo? preguntó Carlota.

Su tío Pablo…. volvió a estancarse.

Su tío Pablo, ¿qué? preguntó Francisco alertada.

Está muerto. Se lo han encontrado esta tarde en casa. Muerto.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche que llegó la noticia a sus oídos, el Vengador pudo dormir relajado. Por fin. Llevaba varias semanas esperando la muerte de su tercer objetivo y la espera se le había hecho agónica. Tanto que llegó a plantearse si había ejecutado de modo erróneo su plan de envenenamiento de Pablo Méndez. Llegó a pensar que tendría que volver a su casa a comprobar que el bote con las setas venenosas continuaba en el estante. De no ser así, el plan se hubiera ido al garete. Bien porque había tirado el bote, o bien porque se lo había dado a alguien. Había temido especialmente esa posibilidad. El Vengador quería matar a Pablo Méndez. No a cualquier infeliz que se tuviera la mala suerte de toparse con las setas mortales. Porque no se consideraba a sí mismo un asesino. Ni mucho menos. Era un vengador con una misión justiciera que debía finalizar.

Pero, para alivio del asesino, Pablo Méndez había fallecido en el salón  de su casa intoxicado por unas setas silvestres de la zona. No tuvo tiempo para pedir auxilio. Comió las setas, se envenenó, se tumbó en el sofá y murió. Punto final. Como tenía que ser.

El Vengador se acostó en su cama, esbozó una sonrisa placentera y repasó mentalmente la lista de objetivos que ya había liquidado. Primero, Arturo Méndez hijo. Después, Arturo Méndez padre y ahora, Pablo Méndez. Además, estaba convencido de que nadie sospecharía nada. Nadie tenía porqué imaginar que las tres muertes eran algo mucho más enrevesado que tres fallecimientos accidentales a consecuencia de las drogas, una caída fatídica o una intoxicación letal. Jamás adivinarían que eran los pasos perfectamente planificados de un plan elaborado para culminar una venganza que el destino le había encomendado a él.

Aún faltaba el último eslabón de la cadena que cerrara la venganza. Julio Méndez, el hermano pequeño de Arturo y Pablo. Pero para esta última ejecución debería esperar. No podía acelerar sus actos por mucho que deseara dar por finalizada la venganza. Si hasta el momento había actuado con paciencia y cautela, ahora no debía flaquear y dar un paso en falso.

Tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo. Por ello pensó dejar pasar los días, las semanas, los meses, hasta abordar el asesinato de Julio Méndez. Porque no tenía prisa. O si la tenía se la aguantaría.

El Vengador cerró los ojos y se dispuso a descansar plácidamente, agarrado al cuaderno que se había convertido en la razón de su vida. Estaba feliz. Y convencido de que El Montaraz estaría orgulloso de él.

EL MONTARAZ. Capítulos 1, 2 y 3

        Varios lectores me habéis pedido que junte varios capítulos en un post para, así, poder leerlos con más facilidad. Lo comprendo y por ello aquí tenéis los 3 primeros capítulos de El Montaraz. Espero que los disfrutéis.

CAPÍTULO 1

 

Las Cortinas de Roblano. Cuénabres. León

31 de octubre de 2010. 4 de la tarde

 

 

 

 

 

            Marquitos Jurado recorría a paso firme el camino que bordeaba los prados de Las Cortinas de Roblano, cubiertos por una fina capa de nieve. Su perro Zar le acompañaba trotando unos pasos por detrás. El muchacho de dieciséis años acababa de separarse del ganadero Francisco Jurado, su padre, y tenía un objetivo en mente. Ascender hasta las peñas de Cuénabres, juntar seis vacas rezagadas bajo las rocas y regresarlas al pueblo antes de que una gran nevada imposibilitara el descenso del ganado. Francisco Jurado, por su parte, se había adjudicado una labor a priori más complicada. Llegar a La Cuesta de la Gistra, agrupar otras quince reses desperdigadas en el valle y bajarlas a Cuénabres con la ayuda de Sol, su anciano y fiel perro.

            A mediodía Francisco Jurado había augurado que todo el ganado iba a estar concentrado en la Cuesta de la Gistra, erguida pradera de entrada al Puerto de Cebolleda, puerta de los Picos de Europa por la vertiente leonesa. Pero los prismáticos le permitieron ver que seis cabezas de ganado se habían separado del resto y se hallaban debajo de Peña Pequeñina. Por ello el veterano pastor decidió que su hijo fuera a por las reses más cercanas al pueblo al tiempo que él se encargaba del rebaño principal.

            Mientras Marquitos iniciaba el empinado ascenso, rumiaba que había sido una idea arriesgada mantener a parte del ganado en el monte hasta que cayeran las primeras nieves. Si éstas hubieran sido más copiosas habrían corrido el riesgo de no poder subir a por ellas en varios días. Y de haber sido así, de haber sufrido una nevada continua que depositara un metro de nieve en el valle de Cuénabres, podrían dar por muertas a varias reses. Por mucho que fueran de raza limusina, la más fuerte y resistente de la montaña leonesa.

 Pero su padre había tomado la decisión y Marquitos no tuvo valor de discutirla. El argumento de Francisco era incontestable. Si no quería que su vacada fuera débil tenía que enseñarla a sobrevivir en las condiciones más duras de frío y nieve de la montaña leonesa. Por ello, todos los años mantenía hasta la primera precipitación de copos blancos a una docena de sus bovinas más fuertes junto con varias novillas que prometían un gran futuro como paridoras y madres. Sabía que las más curtidas aguantarían sin problemas una noche de helada y torvas. Y pretendía testar si las novatas eran lo suficientemente corpulentas y resistentes como para sumarse a su manada. Si no era así, si alguna de las añojas sufría en exceso la noche invernal leonesa, la vendería para carne, sin dudarlo, en la feria de Noviembre. Si, por el contrario, volvían a casa sin ningún indicio de neumonía o debilidad, pasarían a formar parte de su reputado rebaño. Esa era la filosofía que había llevado a Francisco Jurado, uno de los últimos ganaderos de los Picos de Europa leoneses, a poseer la manada bovina más envidiada de la montaña. Sólo quería las mejores y más fuertes vacas. Las mejores madres, y con la carne más apetitosa que pudiera criar. El resto, las reses más vulgares,  era para los demás.

Marquitos ascendía el empinado trayecto de El Calero con esfuerzo. Podía haber ascendido por La Pica del Cueto para luego continuar por la vereda que transcurre por Llanoverde, Lllanoescobalosos y Llanoscuetos, un trayecto menos pronunciado pero de mayor duración. Optó por la velocidad, aunque fuera acompañada de mayor sufrimiento.

 La fina capa de nieve, unida a la fuerte inclinación, le dificultaba el ascenso. De su boca se desprendía un vaho continuado, muestra de que, a pesar de ser todavía media tarde, la temperatura superaba por muy poco el grado cero. Al menos se alegraba de que las nubes hubieran desaparecido del cielo, lo que auguraba que no volvería a nevar, por lo menos, hasta el día siguiente. Acompañaba cada paso con un clavado de su vara de haya en el suelo que le aportaba estabilidad para el siguiente impulso. Zar, por el contrario, subía y bajaba sin dificultad, como queriendo restregar a su dueño la superioridad física canina sobre la humana. Tras media hora de rápida ascensión en la que atravesó El Juaco, Marquitos se detuvo para coger aire. Necesitaba un pequeño descanso si no quería que el flato incomodara su tarea. Su padre le había enseñado que, en condiciones adversas, debía coger aliento cada poco tiempo y recuperar fuerzas. Nunca cebarse en un sobreesfuerzo que pagaría más tarde.

¿Sabes lo de la pájara de los ciclistas cuando suben un puerto? preguntó en una ocasión a su hijo sin esperar respuesta. Pues imagínate que te da una pájara en mitad de una nevada y estás a tres horas del pueblo. A ver cómo sales si te quedas sin fuerzas había advertido el experimentado ganadero.

 Miró hacia arriba y comprobó que tan sólo le quedaban cincuenta metros de vereda hasta llegar a la pradera en forma de cuña previa a las peñas. Por ahí debían encontrarse las seis reses rezagadas. De no ser así, la tarea se le complicaría, pues en menos de una hora la noche haría su presencia e impediría la búsqueda de las vacas.

Ese temor le provocó que reiniciara la marcha con brío renovado. Había pensado orinar, pues sentía ganas de aliviarse desde que había empezado la ascensión, pero lo dejaría para más tarde. Cuando llegó al escampado su aprensión a no encontrar su objetivo desapareció. Bajo las peñas y protegidas por ellas del helador viento del norte, se hallaban las seis reses. Marquitos suspiró de alivio y se acercó unos metros más. Ya era suficiente. Era el momento de poner a trabajar a su perro de carea.

¡Ale, Zar, titi, perrín, vamos, vamos, a por ellas, venga a por ellas, ale, ale, muerde titín! gritó Marquitos con fuerza mientras señalaba a las vacas con su palo.

Zar respondió con celeridad. El joven carea leonés se lanzó ladera arriba hacia los animales con varios ladridos continuados a modo de advertencia. “Si no me hacéis caso, os muerdo las patas”, amenazaba el perro con sus gruñidos. Las vacas, ateridas por  frío, reaccionaron con pereza. Una de ellas, La Noblona, esperó a que Zar llegara a su altura para iniciar un lento movimiento de patas. Cuatro de ellas la siguieron con pausa. Pero la última no movió ni un paso. Era La Jamelga, una vaca vieja de trece años a la que Francisco tenía aprecio porque, aunque su carne ya no iba a ser de primera calidad el día que la sacrificara, todos sus años fértiles le había dado un jato fuerte y sano. La Jamelga esperó a que Zar llegara hasta sus patas para reaccionar soltando una coz al aire. Pero siguió sin moverse del lugar. Mostraba una actitud eminentemente defensiva, queriendo alejar con pezuñas y cuernos al perro que la instigaba.

¡Zar, perrín, ven aquí! ¡Para, para, coño, vuelve! ordenó Marquitos a su cánido.

 Éste no tardó en acatar la orden de su amo y regresó a su vera. El resto de la diminuta manada, que ya se prestaba a que su instinto le indicara una vereda escondida entre la nieve, también se detuvo. Marquitos ordenó a Zar que se quedara quieto y soltó el zurrón de sus hombros. Lo abrió y buscó una pequeña bolsa blanca de plástico que se hallaba en el fondo. La encontró, la sacó de la mochila y se la enseño a las vacas. Restregó la bolsa con las manos para que hiciera un ruido tan reconocido por sus reses que lo lógico hubiera sido que las seis limusinas se lanzasen a por la bolsa con su habitual premura.

¡Monina, guapa, ven aquí, lolona! gritó, aunque de un modo más dulce, el vaquero adolescente.

Las cinco vacas agrupadas reaccionaron de inmediato y se encaminaron hacia su amo. Creían que, como siempre, esa bolsa blanca significaba que iban a disponer de una ración abundante de sal, su alimento más deseado. En esta ocasión no iba a ser así, no había previsto que la iba a necesitar. Pero a Marquitos no le preocupaba que, por una vez, sus reses no satisficieran su ansia salada. Sí le  inquietaba, por el contrario, que La Jamelga no siguiera los pasos de sus compañeras y se mantuviera quieta ante la llamada de la sal. Su única reacción fue mugir con desesperación y acompañar sus lamentos de impetuosos movimientos de cabeza.

“Está enferma”, pensó Marquitos con amargura. “¡Qué putada!”

 Ordenó a Zar que se mantuviera firme en su puesto. No quería que sus ladridos atemorizasen de nuevo a La Jamelga y caminó con lentitud hacia ella. Las demás reses seguían sus pasos a la espera de un premio salino que no iban a recibir. Cuando Marquitos se encontraba a dos metros comenzó a llamarla con dulzura, queriendo así que la res le reconociera y le permitiera acercarse aún más. El sonido de la voz del amo surtió efecto. La vaca mugió de nuevo, pero esta vez el bramido largo y angustioso se asemejaba más a una petición de auxilio que a una advertencia para que no se aproximara. El adolescente, con lentitud y delicadeza, colocó su mano en la cabeza del animal y la pasó por entre sus ojos hasta llegar a la boca. La Jamelga correspondió lamiendo la mano de su dueño con su lengua rasposa y cosquilleante. En ese momento Marquitos lamentó de nuevo no tener sal para ganarse la confianza absoluta de la res. Pero ya no había remedio. También se contrarió porque su padre no estuviera con él en ese momento. Con un rápido vistazo sabría qué le ocurría a limusina y buscaría una solución inmediata. Sus cincuenta años de vida entre vacas, prados y montes le habían proporcionado un conocimiento de la fisiología bovina cercano al de cualquier veterinario experimentado. Pero Marquitos todavía era un rapaz de dieciséis años, “casi diecisiete” le gustaba remarcar, que tenía que recibir muchas lecciones para llegar al conocimiento de su progenitor.  

Aún así, acercó su cabeza a la de la vaca y tardó pocos segundos en deducir la dolencia de la rumiante. Miró fijamente a sus ojos, acercó sus dedos a uno de ellos hasta casi tocar su retina y comprobó que La Jamelga no hacía ningún gesto de rechazo.

 “Está ciega, me cago en diez, no ve ni leches”, se dijo a sí mismo.

Una res cegada en una tarde-noche otoñal en mitad de la nieve. Marquitos maldijo la mala suerte que había tenido, pues sabía que hacer descender a vaca vieja iba a ser tarea complicada, más aún cuando la noche se le iba a echar encima en menos de una hora. Sin embargo no fue ese augurio el que le provocó un estremecimiento de terror cuando dirigió su mirada hacia las rocas. Vio cómo una manta gris blanquecina de vapor de agua descendía a gran velocidad entre Peña Pequeñina y Peña el Bolo. Se trataba del cierzo leonés, uno de los mayores peligros de la montaña.

Lo que me faltaba, me cago en diez dijo en alto.

Con un rápido barrido de sus ojos observó que el cierzo también rodeaba el resto de peñas y comenzaba a impedir una buena visión de los riscos más altos. En pocos minutos llegaría hasta el punto en el que se encontraba él con el ganado. Entonces pensó que lo lógico era bajar hasta el pueblo y esperar a la madrugada del día siguiente a buscar a las vacas. Sí, era lo más sensato. Caminar entre el denso cierzo que impide ver a más de dos metros de distancia era demasiado arriesgado. Y más cuando la nieve no le iba a permitir ver con claridad las veredas a seguir.

Pero aunque fuera la alternativa más perspicaz, el adolescente leonés sabía que no iba a tomar esa decisión. Porque temía a que, al día siguiente, una gran nevada le imposibilitara subir a por las vacas. Si eso sucedía, podía dar por muertas a más de una. Y, sobre todo, porque quería demostrar a su padre que era capaz de cumplir con las tareas encomendadas por éste. Marquitos Jurado quería ser como Francisco Jurado, el seguro y valiente ganadero al que admiraba. Y estaba convencido de que su idolatrado progenitor jamás dejaría a uno de sus animales en peligro y se las arreglaría para llevarlo a la cuadra sano y salvo. Por mucho cierzo, frío, nieve y oscuridad que se interpusieran en su camino.

El problema era que no podía ordenar a Zar que azuzase a las vacas para que bajaran con rapidez. Porque La Jamelga, ciega y temerosa, no iba a hacer caso al cánido, por muchos mordiscos que recibiera en sus talones. Marquitos tenía que pensar algo y hacerlo rápido. El cierzo se estaba convirtiendo en una manta gigantesca  que se apresuraba a devorarlo. Abrió de nuevo la mochila, rebuscó con rapidez en su interior y encontró algo que le podría servir para la idea que acababa de surgirle. Eran dos cuerdas de empacadora. Las ató firmes con un nudo y se acercó a la bovina. La vaca mugió, pero no tuvo tiempo para apartar la cabeza. Con un movimiento veloz, Marquitos ató un extremo de la cuerda al cuerno derecho de la res, agarró con fuerza el otro extremo y tiró enérgicamente. Pero apenas la movió unos centímetros, señal inequívoca de que la idea no era tan acertada como esperaba. Volvió a intentarlo y más de lo mismo. La Jamelga tan sólo dio dos pasos.

¡Me cago en la puta, ayúdame! gritó.

Imposible. Dos tirones más y al tercero el joven ganadero cayó de culo contra la nieve. El cierzo se encontraba ya a menos de cien metros y llegaría a su altura en un par de minutos. Y ahí estaba él. Sentado encima de la nieve al lado de un perro expectante, una vaca ciega y otras cinco sanas que, con la mirada, le rogaban que las llevara a casa.

“Eso es, tú me vas a ayudar”, se dijo mirando a La Rubia, la res que tenía más cerca. Volvió a utilizar la estratagema de la falsa bolsa de sal para que se acercara aún más. La vaca se pegó a él y Marquitos pasó la mano por su lomo hasta llegar a los cuartos traseros. Después, con sutileza por miedo a recibir una patada, acarició la cola de la vaca. Cuando la tenía rodeada con una mano, pasó el extremo libre de la cuerda e hizo un nudo que estrujó el rabo de la vaca. Ésta soltó una coz que Marquitos sorteó por centímetros. Seguido, pegó un fuerte manotazo en el lomo de La Rubia y soltó un grito para que se pusiera en marcha.

El plan funcionó. La Rubia comenzó a descender y, a cada paso que daba, arrastraba a La Jamelga. Las otras cuatro reses, ansiosas de movimiento, siguieron sus pisadas. Tras un minuto entre nieve virgen enfilaron el sendero que les trasladaría hasta Cuénabres pasando por la Pica del Cueto. Marquitos sintió que la misión iba viento en popa. Una vez colocados en un sendero era difícil que la manada se extraviase del camino a casa. Aunque su satisfacción desapareció en el momento en que miró hacia atrás. Como si de una aparición fantasmagórica se tratase, el cierzo leonés llegó a su altura y le superó ante la temerosa mirada del chico. En pocos segundos Marquitos  apenas distinguía a las vacas que tenía cinco metros por delante de él. Entonces el pavor se apoderó de su cuerpo. Si perdía de vista a su ganado, podría equivocarse de vereda en medio de la niebla, que impedía ver la mínima luz diurna que quedaba. Y, solo, perdido entre el cierzo y de noche, su futuro no se planteaba nada halagüeño. 

Marquitos corrió hasta la última bovina de la fila que recorría el sendero y se agarró a su cola. Pensó que si una de sus reses podía arrastrar a una compañera ciega, otra podía hacer lo mismo con él. Y, para su fortuna, así fue. “Cuando lleguemos al pueblo sí que les voy a dar toda la sal que quieran después de lo que estamos pasando” pensó con optimismo. Aliviado, comprobó que la expedición caminaba a buen ritmo atravesando un cierzo tan denso que Marquitos apenas si llegaba a adivinar en qué punto exacto de la montaña se encontraban. Ya relajado y seguro de que su integridad no corría peligro se percató de que las ganas de orinar que le acompañaban desde hacía un buen rato aumentaban a cada paso que daba. Contrariado, pensó en cómo mear sin soltarse de la cola de la vaca. “Si los ciclistas lo hacen encima de la bici, yo también puedo hacerlo andando” se dijo con ánimo.

La mano derecha se mantenía asida al rabo de la res. Así pues, la izquierda le quedaba libre para bajarse la cremallera y sacar su miembro a orinar. Marquitos no era zurdo y temía salpicarse los pantalones durante la maniobra, pero sentía que estaba a punto de reventar. Bajó la cremallera con un gesto rápido y preciso y comenzó a evacuar con ímpetu al tiempo que caminaba arqueando las piernas para no regar sus pantalones. Un suspiro de alivio y un escalofrío acompañaron el final de la meada y el joven, calmado, subió la cremallera del pantalón.

En ese momento, en el que tenía las defensas más bajas, no pudo apreciar que la vaca que le guiaba había dado un pequeño rodeo por la izquierda de un mojón colocado en mitad de la vereda.  Marquitos pisó la piedra, húmeda por la nieve y el cierzo, y se resbaló. Su mano derecha se soltó de la cola de la vaca y el muchacho se precipitó montaña abajo hasta detenerse veinte metros por debajo de la travesía. El miedo a perderse le hizo que volviera a ponerse en pie enseguida. Sabía que las vacas no podían alejarse más metros, pues desaparecerían de su vista. Pero en vez de ascender por el mismo lugar por donde había caído, optó por atajar y subir en diagonal, sin apenas ver dónde pisaba.

Tomó impulso con la mano y dio dos pasos rápidos y seguros entre la nieve. El tercero no llegó a finalizarlo. Apoyó el pie izquierdo y éste se hundió entre la nieve provocando que su cuerpo se abalanzara hacia adelante. Marquitos colocó las manos para mitigar el desplome, pero éstas tampoco encontraron tierra firme en la que detenerse. En un instante sintió que caía por una cueva vertical escondida por la manta blanca.

 El golpe contra el suelo fue inmediato. Lo primero que tocó su cuerpo fueron sus manos. Seguido, la cabeza. El fuerte choque provocó que perdiera el conocimiento.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado descendía con su rebaño por la Cuesta de la Gistra a buen ritmo acompañado de los ladridos de Sol, que impulsaba a las reses a que trotaran sin detenerse. Había tenido suerte. Las vacas que debía recuperar de la montaña se mantenían donde él las había divisado con sus prismáticos y tardó pocos minutos en dirigirlas hacia el pueblo.

Cuando caminaba por la vereda cercana a la cabaña de Frañisquera el experto vaquero observó en la nieve unas pisadas que atravesaban el camino. Se detuvo y se agachó para ratificar la primera impresión.

“Sí, son lobos. Tres lobos. Dos adultos y una cría”, se aseguró al comparar el tamaño de las huellas.

Seguido, miró con preocupación a Sol. No quería que se lanzara en busca de los chacales para enfrentarse con ellos. Algo que, tanto Sol como Zar solían hacer cuando intuían la presencia de sus primos asilvestrados. Él les había amaestrado para que se mantuvieran junto a sus dueños, apareciera el animal que apareciera. Pero si se despistaba, los dos careas se lanzaban a la carrera. 

 En la mayoría de las ocasiones en las que los perros ganaderos se enfrentaban a los lobos estos últimos huían. Los chacales no son amigos de duelos cara a cara sin tener la ventaja del factor sorpresa. Pero tampoco era extraño que algún can volviera a casa con marcas de las fauces de los lobos. Teniendo en cuenta el riesgo de contagiarse de las enfermedades infecciosas que solían portar esos animales, Francisco prefería evitar que sus fieles compañeros cruzaran sus colmillos con los de los salvajes. Por ello ordenó a Sol que detuviera su acoso al ganado y se colocara en paralelo a él. El can obedeció como obedece un veterano animal cuyo único fin en su vida es hacer feliz a su amo. Ladró y caminó a la par de Francisco con la lengua fuera como muestra de cansancio.

Te estás haciendo viejo, amigo dijo Jurado a su perro al tiempo que le acariciaba la papada. Los dos nos estamos haciendo viejos. 

El ganadero notó que empezaba a surgir en su interior  un sentimiento que todos los años hacía su aparición con el inicio de las primeras nevadas y que no se desvanecía totalmente hasta el brotar de las primeras hojas primaverales. La melancolía. Francisco Jurado, que ya de por sí no se valoraba como el hombre más feliz y afable del mundo, se sentía especialmente melancólico y reflexivo a medida que las horas de luz diurna y la temperatura descendían. A menudo pensaba que esa morriña se debía a que, cada invierno que llegaba, sentía que había pasado otra primavera, verano y otoño sin llegar a cumplir unas expectativas personales que ni tan siquiera él era capaz de concretar. Si alguien le hubiera preguntado alguna vez qué era lo que le impulsaba a esa tristeza no habría sabido qué explicar. Tenía a Carlota, una mujer a la que adoraba y a la que había podido reconquistar como amante esposa tras años de ausencia de pasión. A Marquitos, un hijo del que sentía orgullo por su bondad, su valor  y el amor que procesaba a la montaña que le había visto nacer. Además, debía estar contento. Hacía tan sólo medio año estuvo a punto de perder a su hijo único en la conocida como “tragedia de Cebolleda” y pudo salir milagrosamente a salvo. Asimismo, sus vacas se mantenían como las más cotizadas de la montaña y podía disfrutar de una situación económica estable. Milagrosamente estable para el momento de crisis que vivía el país.

Así que a Francisco Jurado la vida le sonreía. O, al menos, no le miraba con furia. Entonces, ¿por qué no aceptaba su situación con una visión positiva? Al planteárselo siempre llegaba a la misma conclusión. No tenía ni idea. Y dudaba que algún día pudiera encontrar una respuesta.

 Las pisadas de los lobos procedían del hayedo al sur del valle y se dirigían a las peñas. Donde, supuso, ya no se encontraría su hijo con el ganado. Pensó que Marquitos se hallaría cerca del pueblo, si es que no había llegado ya a los prados de Relasllamas, donde le había ordenado que dejara a las limusinas para reunirlas a todas. Además se imaginó que su vástago se habría dado prisa en bajarlas, pues sabía de su temor al cierzo. Sobre los lobos pensó que, de haberlos visto el invierno pasado, no habría dudado ni un instante en llegar a casa, coger el rifle y subir a matarlos. Disparar a un animal que caminaba por la nieve era, para Jurado, un juego de niños. Podía seguir las pisadas con suma facilidad y tenía menos riesgo de ser descubierto por parte de las fieras. En invierno, por culpa del frío, el olfato de los animales es menos sensible y, si hubiera querido, Francisco podría dirigirse a ellos aunque tuviera el viento de espaldas.

Pero en esta ocasión no iba a matar a ningún lobo. Ni a lobos ni a jabalíes ni a ciervos ni a rebecos. Menos aún a un oso, el único animal de la montaña al que no había apuntado jamás porque “a los osos no se les mata”, tal y como le había enseñado su padre, Vicentín el Hurón.

Su prolífica vida como cazador furtivo había terminado la noche de la “tragedia de Cebolleda” y no tenía pensado volver a portar un arma de fuego.  Ya no lo necesitaba y, además, se sentía culpable por las trágicas consecuencias de aquella fatídica noche. Así que los lobos podían caminar tranquilos por la montaña en busca de animales indefensos a los que hincar el diente.

Francisco Jurado y su ganado atravesaron el prado de El Tumbo, La Roble y Los Carbozales. Cuando llegaron al cruce donde se había separado de su hijo, miró a las peñas. Pero la noche, que ya había hecho presencia, y el cierzo le imposibilitaron ver si quedaba algún animal en ellas. No se preocupó. Estaba convencido de que su hijo y las seis vacas ya se encontraban descansando en los prados de la aldea.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Marquitos Jurado se despertó con los ladridos de su perro. Al abrir los ojos no vio nada. La oscuridad le envolvía y no sabía dónde se encontraba. Sólo reconocía el sonido de Zar por encima de él. Se tocó la cabeza y se asustó al percibir un pequeño reguero de sangre que le caía por la oreja derecha hasta el cuello. A tientas, palpando unas piedras, se incorporó y sintió un enorme dolor en el hombro izquierdo. En ese momento supo qué le había ocurrido. Se había tropezado cuando caminaba en dirección al ganado y había caído en, en,….

¿Dónde estoy? preguntó en voz alta, como si esperara que hubiera alguien a su lado que le respondiera.

La ausencia de luz le impedía adivinar en qué espacio había caído. Supuso que se trataba de alguna cueva escondida entre la maleza cubierta de nieve. Con esfuerzo, y a pesar del dolor en el hombro, se quitó la mochila y buscó una linterna para salir de dudas. Tras mirar en todos los bolsillos soltó un exabrupto al evidenciar que se le había olvidado meter la linterna en el bolso. Lanzó un grito de rabia contestado por un ladrido de Zar. Era un grito con el que se estaba culpando a sí mismo del olvido de introducir la luz artificial. También pensó que cuando su padre se enterara del descuido le caería una buena bronca. “Cuando vayas al monte nunca olvides una navaja, un mechero y una linterna”, le había repetido en infinidad de ocasiones cuando era un zagal. Y cuando más útil le iba a resultar esa luz era cuando se la había dejado en casa.

Volvió a rebuscar en la mochila, esta vez con pánico. Temió que tampoco hubiera ningún encendedor. Si era así, la situación se le iba a poner realmente complicada. A oscuras, mojado, con sangre en la cabeza y con un hombro que cada segundo que pasaba más le dolía. Tuvo suerte. En un espacio interior palpó dos mecheros. Sacó los dos y se metió uno en el bolsillo del pantalón. Activó el mecanismo de encendido del segundo y una pequeña luz alivió su temor. Al menos ya veía su mano y parte de su brazo. Pasó el encendedor en torno a su cuerpo para comprobar si la caída le había provocado alguna herida de gravedad. A primera vista tan sólo tenía algún rasguño en la cazadora a la altura del dolorido hombro izquierdo.

Con la relativa tranquilidad de no sufrir ninguna lesión grave se dispuso a otear el lugar en el que se encontraba encerrado. Lo primero que le preocupó era saber por dónde había caído. Pero la diminuta luz del encendedor no le permitía vislumbrar bien el espacio por el que se había desplomado. Necesitaba más iluminación. Volvió a recurrir a la mochila y localizó tres páginas de periódico con las que su madre había cubierto un bocadillo de chorizo. Cogió una de ellas y se dispuso a encenderla. Pero se detuvo. ¿Cuánto tiempo de luz le aportaría esa hoja? Muy poco. Necesitaba algo más duradero para que, por lo menos, tuviera tiempo para hacerse una composición de lugar. Con el encendedor como único faro, buscó en el suelo algún palo que le sirviera como fijación de una antorcha. Encontró una vara de haya y la agarró con la mano izquierda. Ese gesto le supuso un dolor tan fuerte que no pudo reprimir un grito largo y rabiosos. Después respiró hondo e intentó calmarse.

Repasó mentalmente qué le podía ser útil para crear la antorcha y, tras varios segundos, llegó a la conclusión de que tendría que recurrir a su ropa. Se desabrochó la cazadora e intentó quitársela. Pero no pudo. El hombro izquierdo estaba más dañado de lo que había creído al principio, pues al tratar de moverlo para apartar la cazadora de su cuerpo sintió un pinchazo que le obligó a morderse el labio de dolor. Tenía que buscar otro modo. Se levantó el jersey y lo agarró con los dientes. Entonces iluminó por un instante la camiseta interior. Guardó el encendedor y sacó la navaja del bolsillo del pantalón. A oscuras, agarró la camiseta y la rasgó por el lateral derecho. Después continuó como pudo hasta lograr hacerse con un trozo de la camiseta. La asió y se sentó.

El suelo estaba húmedo, pero su cuerpo debía estar bien asentado para elaborar la antorcha a ciegas y con una sola mano. Colocó el palo entre las piernas y empezó a pelarlo. No quería poner la tela encima de la corteza mojada. Con la vara ya pelada, hizo un corte vertical de cinco centímetros en medio de la misma e insertó el trozo de camiseta. Después el papel de periódico. Pero temió que se cayeran enseguida. Tenía que amarrarlos con seguridad. Para ello se quitó el cordón de una bota, partió un extremo con la navaja e hizo un nudo con el trozo de cordón. El otro se lo guardó por si lo tuviera que necesitar más tarde.

El proceso de creación de la candela le había costado más de un cuarto de hora y, al acabarlo, sintió los primeros síntomas evidentes de frío. Las manos le tiritaban compulsivamente. Se las frotó con fuerza y se apresuró a encender la antorcha.

Objetivo cumplido. Una luz más homogénea y potente iluminó el espacio y le aportó un poco de calor. En efecto, estaba en una cueva. El agujero por el que había caído se encontraba justo encima de él, a dos metros y medio de altura, cubierto por unos matorrales que lo hacían prácticamente invisible. Ni tan siquiera era capaz de ver a Zar, que continuaba ladrando justo encima de él. Sabía que le iba a resultar imposible alcanzar el hueco con el brazo izquierdo inútil. Entonces se dispuso a observar el resto de la caverna. Dirigió la antorcha al frente y sólo divisó piedras y tierra a dos metros de distancia. Lo mismo a la derecha, a una profundidad de otros dos metros. Después se giró para comprobar detrás de él. Más piedra, en esta ocasión pegada a su cuerpo. Sólo le quedaba un lateral de la cueva y la luz de la antorcha parecía querer llegar a su ocaso. En ese momento pensó en su perro y empezó a gritarlo con violencia.

¡Titi, perrín, a casa! ¡Fuera, a casa Zar!

El carea ladró como respuesta. Eso no era lo que quería Marquitos. Deseaba que Zar volviera al hogar y alertara a su padre de la comprometida situación en la que se encontraba. Pero el joven cánido, nervioso y rodeando continuamente la boca de la cueva, no atendía a las órdenes de su amo. Marquitos cambió la antorcha de mano y cogió una piedra. La lanzó al hueco y gritó a Zar. Después cogió otra. Y así hasta que dejó de escuchar los ladridos de su cánido.

“Espero que lo haya entendido”, se dijo en un intento de darse esperanzas.

Le quedaba tan sólo una pared de la cueva por divisar y la antorcha agonizaba. Caminó tres pasos y comprobó que ese frente era algo más profundo. Por lo menos cuatro metros. Anduvo hasta llegar al fondo e iluminó las piedras.  

Se quedó paralizado y soltó un grito de terror. A sus pies halló un esqueleto. Un esqueleto humano apoyado contra las rocas. Desanduvo horrorizado dos pasos y la antorcha se apagó.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado caminaba en la retaguardia de la manada de vacas. Al llegar al llano de El Pandiello observó la, para cualquiera, bucólica imagen de media docena de casas de Cuénabres expulsando humo por sus chimeneas. Para él no. Se detuvo un instante y la pena volvió a apoderarse de su mente. La razón fue un recuerdo de su infancia. El de bajar por ese camino acompañado de su padre, Vicentín el Hurón, o de Daniel Molero, su amigo de la niñez, y detenerse a contar la cantidad de chimeneas humeantes del pueblo. Rememoró cómo en una ocasión llegó a contar veinticinco casas con los fogones de leña a pleno rendimiento para aplacar el frío invierno leonés. Veinticinco. Y ese día, un día cualquiera del otoño de 2010, sólo seis chimeneas se mantenían activas.

“Cuénabres se me muere lentamente”, se dijo entristecido. “No sé cuándo, pero un día dejará de haber fuego en las estufas y vida en las casas”. Miró al cielo oscuro y, en un amago de plegaria de un hombre escasamente religioso, rogó no llegar a ser en un futuro el último residente de la aldea. Se imaginó angustiado como el único morador de Cuénabres, un pueblo centenario ejemplo de la vida rural española, y se dijo a sí mismo que prefería que le comieran los gusanos antes que vivir el declive definitivo de su pequeña aldea. “Algo habrá que hacer para que no pase”, pensó a modo de ánimo.

Llegó a la aldea y pasó por delante de su casa. Comprobó que había luz en la cocina y supuso que Carlota, su bella esposa morena, delgada y de mirada dulce, estaría preparando la cena mientras Marquitos se calentaba con el fuego de la estufa de leña. A él también le vendría bien quitarse las botas, poner los pies y las manos delante de las brasas y esperar a que su mujer dijera que la cena estaba preparada. Pero antes tenía que trasladar las vacas hasta los prados de Relasllamas, donde toda la manada haría noche para ser introducida en las cuadras al día siguiente. Aceleró el paso, lo que provocó que Sol hiciera lo mismo e incitara a que el ganado comenzara un suave trote.  Hasta que llegaron a la altura del puente sobre el río Frañisquera, que divide a Cuénabres en dos, y las reses se detuvieron. En ese momento Francisco se percató de que las seis vacas que, suponía, había bajado su hijo, se hallaban en la plaza entorpeciendo el paso de su manada.

“¿Qué coño hacen éstas aquí?”, se preguntó. Miró a un lado y a otro y no encontró a Marquitos. Tampoco divisó a ningún paisano al que preguntarle si sabía dónde se encontraba su hijo. Los pocos habitantes que quedaban en el pueblo se protegían en sus casas de la noche y el frío. En ese momento observó un elemento que le provocó curiosidad. La Rubia tenía una cuerda de empacadora atada a la cola. Se acercó a ella y vio cómo el otro extremo estaba atado al cuerno de La Jamelga. Francisco puso cara de extrañeza y volvió a buscar a su hijo sin éxito. Quería preguntarle qué hacían las reses en el pueblo y no en los prados de Relasllamas y porqué dos de ellas estaban atadas entre sí. Apartó a una novilla que se le había acercado con curiosidad y se acercó a la cabeza de La Jamelga. Los pasos del humano incitaron a la res a que mugiera con fuerza. Varias añojas se unieron formando un coro bovino habitual en la montaña.

El experto ganadero se dio cuenta, nada más acercar su cabeza a la de la res, de que estaba ciega. Entonces dedujo qué había ocurrido. Marquitos había bajado a las vacas al medio del pueblo y se había dirigido a la cuadra a buscar algún antibiótico para La Jamelga. Esa idea le provocó satisfacción. Su hijo había tomado la iniciativa sin esperar a que él le ordenara lo que tenía que hacer. Con el agrado de pensar que cada día que pasaba Marquitos maduraba a mayor velocidad, cambió de planes. En vez de llevar a las vacas a Relasllamas las dirigiría a los corrales para que descansaran bajo techo. Así aprovecharía para curar al animal enfermo.

Ordenó a Sol que instigara a la manada hacia las dos cuadras del otro lado del pueblo. Éste obedeció y el grupo caminó con lentitud. Francisco, por su parte, se adelantó a la carrera para abrir las puertas de los establos antes de que las vacas llegaran. Pero cuando llegó al cobertizo grande, donde tenía la mayor parte de las medicinas, se extrañó al no ver luz en su interior. Abrió la portillera y Marquitos no estaba dentro esperando a su padre, tal y como él había supuesto.

 

 

                                               *         *         *

 

 

El ganadero adolescente respiraba de un modo acelerado. La antorcha se había apagado. Volvía a encontrarse a oscuras y la última imagen que había visto era la de un esqueleto humano.

Suplicó socorro con unos gritos imposibles de escuchar. Repitió los lamentos en varias ocasiones. Hasta que se convenció de la inutilidad de sus chillidos. Volvió a encender el mechero con torpeza y, de nuevo, la luz que desprendía era insuficiente. Tenía que elaborar otra antorcha lo antes posible. Pero el frío, acompañado en esta ocasión por el pánico de hallarse a pocos metros de una persona muerta, le provocaba un enorme temblor en las extremidades. Aún así, volvió a desabrocharse la cazadora como pudo y rasgó otro trozo de camiseta con la navaja. Ayudado de otro palo, de la segunda hoja de periódico y del trozo de cordón que le quedaba, creó una nueva tea. Entonces acercó la mano temblorosa que portaba la antorcha al lugar donde había avistado el esqueleto. Al hacerlo se le pasó por la cabeza que la imagen divisada minutos antes podía haberse tratado únicamente de una trampa de la imaginación. Que lo que él había considerado que era un cadáver no eran más que unas piedras, tierra o raíces que, por culpa de sus originales formas y del juego de luces y sombras de la cueva, le habían inducido al error.

 No fue así. Al acercar el fuego a la pared sus ojos ratificaron la primera visión. Se trataba de un esqueleto humano. Se encontraba apoyado contra la pared. La cabeza únicamente estaba compuesta por los huesos, sin ningún tejido que la cubriera. Al igual que las manos, vacías de piel. El resto del cuerpo estaba cubierto de ropa. Unas botas de monte habían protegido sus pies hasta su muerte. Por encima portaba unos pantalones de pana, una camisa y una cazadora de cuero negro. Además, de su cuello colgaba un zurrón de piel.

Marquitos, más apaciguado al suponer que la persona muerta que tenía frente a él no se iba a levantar, supuso que se trataba de un hombre que había muerto hacía ya muchos años. Lo intuyó tanto porque el esqueleto se encontraba totalmente limpio de piel, seguramente víctima de las alimañas a lo largo de los años y de su propia descomposición, como por el tipo de ropaje que vestía. Le recordó a varias fotos antiguas de sus abuelos, Marcos y Vicentín, con una vestimenta similar posando en un mercado de ganado al lado de una vaca o delante de casa con el pie encima de un jabalí muerto.

La desaparición del miedo a que el esqueleto fuera peligroso se convirtió en terror al calibrar la realidad en la que se encontraba. Dentro de una torca en mitad del monte, solo, en una noche de cierzo y helada, sin que nadie supiera su ubicación, dolorido de un hombro y, lo más importante, con un frío en su cuerpo que empezaba a causarle problemas de movilidad. Tragó saliva aterrorizado porque estaba seguro de que no iba a ser capaz de aguantar una noche bajo cero a la intemperie. Si no salía antes de la caverna o lograba que la temperatura de su cuerpo ascendiera, acabaría tan muerto como el esqueleto que tenía a sus pies.

Pensó en su padre. ¿Qué haría Francisco Jurado en ese preciso momento? ¿Intentaría alcanzar la grieta por la que había caído aunque para ello no pudiera contar más que con un brazo en buen estado? No. Ni su admirado progenitor podría ser capaz de tal proeza. Entonces la opción que Jurado padre tomaría sería otra. Intentar sobrevivir hasta que le encontraran. Y eso es a lo que iba a aspirar Marquitos.

Recorrió toda la cueva en busca de cualquier objeto factible de ser quemado. Localizó una docena de ramas muertas, así como varias hojas de haya. Aunque estaban húmedas podrían colaborar en calentar el perímetro. Además también contaba con su mochila. Por fuera estaba mojada, pero su interior se mantenía seco y confió en que le sirviera como base para crear el fuego. Vació la mochila y aprovechó para dar dos mordiscos al bocadillo de chorizo de jabalí preparado por su madre. El resto lo dejó para más tarde. “La noche va a ser larga”, se dijo. Guardó el bocadillo en el interior de la cazadora e inició la elaboración de la fogata. Para que resultara efectiva agarró, una a una, las tres ramas más gruesas. Las colocó entre las piernas para que estuvieran bien sujetas y, de arriba abajo, las cortó por la mitad con el cuchillo. Así podría empezar a prenderlas por la zona más seca de las ramas. Seguido, buscó entre los palos más pequeños aquellos que tuvieran menos humedad, eligió los dos más desaguados y los quebró en varios pedazos diminutos. Después colocó su mochila en el suelo, con cuidado de que no estuviera justo debajo de la apertura por la que había caído para que no se mojara si empezaba a llover. Rasgó un lateral con el cuchillo para que el hueco fuera mayor y el fuego no se quedara sin oxígeno dentro e introdujo los palos más finos y secos. Luego partió la hoja de periódico, se metió una mitad en la mochila e hizo una bola con la otra mitad.

Todos los movimientos los había hecho con la luz de la antorcha, clavada en el suelo por el palo. Pero la iluminación iba a desparecer en breve y no quería volver a encontrarse en la oscuridad absoluta. Así que, con el miedo a que el experimento fuera fallido pero sin tiempo para revisarlo, activó el mechero, encendió una esquina de la media hoja de periódico y la colocó entre las ramas diminutas y las hojas más secas. Miró al proyecto de fogata sin pestañear. Al principio le dio la sensación de que el periódico se iba a convertir en ceniza sin encender ningún palo. Por ello sopló con delicadeza rogando a Dios que esa pequeña racha de viento activara la llama.

Una nube de humo entró en sus ojos y apartó la mirada. Pero enseguida volvió a centrarse en el interior del bolso y una sonrisa de alivio surgió en su cara. Las ramas colocadas estratégicamente empezaban a contagiarse del calor y a convertirse en fuego.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado ató una a una a todas las vacas que esperaban en las puertas de las dos cuadras. Lo hizo con un enfado que se palpaba en la manera brusca en que empujaba a cada res a su comedero. Cuando terminó de habilitar la vaqueriza grande con pienso y hierba para la noche se planteó ir a casa a cantar las cuarenta a su hijo. ¿Qué era eso de dejar al ganado en medio del pueblo y despreocuparse, sin más, por lo que le pudiera pasar? ¿Era eso lo que le había enseñado él? ¿A dejar el trabajo encomendado a medias? ¿Así se quería convertir en el gran pastor que se las prometía ser? ¿Para esto habían accedido sus padres a que dejara los estudios al año siguiente si mantenía la convicción de que lo suyo no eran los libros sino las vacas? A cada pregunta que se hacía, la irritación de Francisco por la dejadez de Marquitos aumentaba. Aún así, decidió terminar la labor en la cuadra pequeña antes de ir a reprender a su vástago.

Buscó entre las medicinas que guardaba en un cajón metálico y encontró una caja con diez ampollas rellenas de oxitetraciclina. Asió dos cápsulas y se acercó a La Jamelga. La indefensa vaca ladeó la cabeza cuando sintió el acercamiento de su dueño. Éste la agarró de un cuerno y vertió el líquido de la pipeta en un ojo. Después repitió el mismo acto en el otro. Seguido, tiró de los cuernos de La Jamelga hacia arriba para que la oxitetraciclina no se derramara por su cara. La vaca mugió con enfado y soltó una coz al aire. Pero a Jurado no le afectó la reacción de su res. Lo único que le importaba era curar su ceguera.

 En otras ocasiones había utilizado ese antibiótico para curar las heridas oculares de sus animales y esperaba que en este caso también diera buen resultado. Lo sabría en cinco días. Si a lo largo de esas jornadas la vista de La Jamelga no mejoraba, la podría dar por perdida. Entonces llevaría a la vaca al matadero y adiós muy buenas. Era la ley de la montaña y la ganadería. Cuando no produces ya no sirves, por mucho aprecio que se le tenga a un animal que ha contribuido a la economía familiar con una docena de terneros sanos y fuertes. Las únicas excepciones para Francisco eran sus perros. Se había prometido que jamás sacrificaría a uno de sus compañeros de monte por muy viejo e inútil que fuera a menos que éste tuviera una enfermedad terminal que le provocara sufrimiento.

El ganadero terminó la labor en la segunda cuadra y se encaminó a casa. Volvió a pensar en lo que le iba a decir a Marquitos. No quería ser excesivamente duro, pero no podía permitir que se tomara a la ligera su trabajo. “Tiene demasiados pájaros en la cabeza”, se dijo a modo de justificación. Estaba pensando en Sara Méndez, su novia desde hacía medio año. Tanto Francisco como su mujer habían acogido con afecto a la adolescente muchacha. Su dulzura y el cariño con que trataba a Marquitos les hacían felices. Aunque Carlota, en más de una ocasión, le había apuntado que tenía miedo a que rompieran su relación antes o después y su hijo acabara con el corazón destrozado. “No son más que unos críos, lo que tenga que ser será”, respondía Francisco con su pragmatismo habitual cada vez que escuchaba los temores de su esposa.

Pero lo que no estaba dispuesto a permitir era que ni Sara ni nadie extraviaran la atención de su hijo hacia sus obligaciones. Y así se lo haría saber en cuanto entrara en casa.

Antes de abrir la puerta escuchó los ladridos de Zar. Procedían de encima del pueblo. Unos segundos después vio aparecer al joven carea leonés, que se acercó a Francisco con premura.

¿Qué te pasa, pequeño? ¿Has estado persiguiendo algún rebeco? preguntó a su perro mientras le acariciaba el lomo. ¿Qué? ¿No ha habido suerte? No te preocupes, ahora os sacamos algo de comer.

Sol y Zar se quedaron en la puerta esperando. Pero la actitud de los dos perros era distinta. Mientras Sol se lamía sus partes esperando la cena, Zar continuaba con sus continuos ladridos y con un movimiento circular incesante.

¡Marquitos! gritó al posar el pie en la puerta ¡Sal y da de comer a los perros, que me parece que hoy han trabajado mucho mejor que…!

Francisco Jurado detuvo su reproche cuando entró en la cocina y vio que la única persona que se encontraba allí era su mujer.

¿Dónde está Marquitos?

¿No está contigo?

¿Conmigo? No.

Carlota apreció el rostro contrariado de su marido. Dejó la patata que estaba pelando encima del fregadero y se acercó a Francisco.

Todavía no ha llegado a casa. Pensaba que estaba ayudándote con las vacas.

Jurado no contestó. Salió con velocidad de casa y corrió hacia la portalada. Esperaba que la motocicleta no estuviera en su sitio, lo que significaría que se había ido con ella a Riaño a buscar a su novia. Pero la moto se encontraba aparcada en el mismo lugar donde él la había depositado tres días antes.

Y Zar no paraba de ladrar. Francisco se le quedó mirando y temió que los ladridos de su cánido fueran una señal de que le había ocurrido alguna desgracia a su hijo. Porque, intuyó Francisco, Marquitos no había bajado de las peñas.  

Entró en casa, alertó de sus sospechas a Carlota y le pidió que, si en dos horas no tenía noticias suyas, llamara a la Guardia Civil.

¿Dos horas? ¡Es demasiado tiempo! Si a Marquitos le ha ocurrido algo…

Francisco no dejó que terminara la frase.

No le ha pasado nada, confía en mÍ dijo intentando mostrar una seguridad inexistente. Si en dos horas no estamos en casa, llama.

Entró en la hornera y halló dos linternas potentes, las que solía utilizar cuando quería cegar a alguna presa antes de disparar. Salió con ellas de casa y corrió hacia la portalada. Una vez allí agarró la moto de trial y salió con ella sin arrancar.

Venga, perrín, llévame con mi hijo!

Zar dejó de ladrar un instante. A Francisco le pareció como si ese silencio significara que estaba traduciendo la orden de su amo al idioma cánido, porque un segundo después salió a la carrera pueblo arriba. Francisco arrancó la moto y le siguió. Tras él, como siempre, corría el viejo Sol con la lengua fuera.

La velocidad de Zar era tal que a Francisco, a pesar de ser un experto piloto, le costaba seguir sus pasos. La causa también era la densa niebla que ya había alcanzado a los prados más cercanos al pueblo. Llegó hasta Las Cortinas de Roblano y tuvo que detener la marcha. Ni con las luces de la moto era capaz de distinguir lo que veía a más de cinco metros. Paró el motor y se dispuso a continuar a la carrera. Escuchaba a lo lejos los ladridos de Zar y confiaba en que su buen oído le indicara por dónde seguir. Encendió una linterna e inició la carrera en busca de su hijo.

 

 

                                   *          *          *

 

 

“¿Quién es ese hombre?” se preguntó Marquitos. O mejor dicho, ¿quién había ese hombre cuyo esqueleto tenía a unos pasos? La placidez que le aportaba el calor de la fogata le invitó a pensar en ello. Elucubró sobre la identidad del cuerpo que yacía a su lado. Enseguida apartó la idea de que fuera algún paisano del pueblo, pues habría sabido de la desaparición de cualquier vecino de Cuénabres o de las aldeas cercanas, aunque hubiera tenido lugar hacía décadas. Entonces reflexionó sobre la procedencia del cadáver. Podía tratarse de algún lebaniego que, años atrás, había acudido a los puertos leoneses a cuidar de las merinas o a segar los prados a cambio de un jornal. Sí, esa era una opción probable, sostuvo. Marquitos había oído historias sobre varios cántabros procedentes del valle de Liébana que pasaban los veranos ganándose la vida en León. Algunos de ellos preferían dormir en cabañas construidas por ellos mismos. El hombre muerto a su lado pudo haber sido uno de ellos.

Otra alternativa era que se tratara de un montañero que, recorriendo los montes leoneses, había acabado en esa cueva. Marquitos no barruntó que aquella fuera la opción más factible pues, a pesar de su belleza, eran pocos los excursionistas que optaban por ascender las montañas de su tierra. Normalmente elegían la parte asturiana de los Picos de Europa para sus recorridos.

Pero, ¿y si estaba en lo cierto y se trataba de un montañero aficionado que se había caído en la sima en la que él se encontraba? Esa imagen le provocó un escalofrío que le obligó a echar tres ramas diminutas más a la hoguera, cada vez más pobre de fuego. Si había sido así, si el que fue un hombre y ahora era una escultura de huesos se había caído accidentalmente y nadie le había logrado encontrar, ¿por qué no le podía llegar a pasar lo mismo a él? La trágica imagen de verse a sí mismo agonizando de frío a la espera de una salvación que nunca llegaría le sumió en un miedo incontrolable. Se levantó con brío y volvió a mirar a la apertura de la cueva. La oteó con detenimiento ayudado por el fuego de uno de los palos de la hoguera. Estaba buscando piedras salientes o huecos en la tierra en los que poder impulsar una subida. Pero era imposible. Quizás con los dos brazos sanos podía tener una oportunidad de ascender a pulso. Pero con uno solo era una misión quimérica, por mucho que se tratara de un muchacho fuerte y atlético.

Volvió a derrumbarse en el suelo al lado del fuego. Agarró lo que le quedaba de bocadillo y mordió otros dos trozos. No porque tuviera hambre, sino porque pensó que el alimento saciaría su nerviosismo. No fue así.

El miedo a una muerte por congelación aumentó cuando fue a agarrar más leña y comprobó que no le quedaban más que un palo grande y dos varas pequeñas. Con eso no le daría ni para media hora más de exiguo pero salvador fuego. Y en la cueva no quedaban más materiales para quemar. Ni palos, ni hojas, ni…

¿O sí? Marquitos miró al esqueleto. En concreto a su ropa. Unos pantalones y una cazadora. Además, supuso, de alguna ropa interior que también podría utilizar como combustible.

Se acercó al cadáver con vergüenza. Robar la ropa a un muerto no le parecía precisamente una acción modélica. Pero la necesidad apremiaba y el fuego desaparecería en pocos minutos. Así que, con recelo ético pero también con determinación, decidió despojar al muerto de su ropaje. Para ello lo primero que hizo fue agarrar el zurrón que colgaba de su cuello. Temió que al hacerlo el esqueleto se derrumbara como un castillo de naipes. Pero no fue así. Apartó la alforja con delicadeza y se quedó con ella en la mano. Cuando iba a dejarla en el suelo, la curiosidad por lo que había en su interior llamó su atención. Quizás podía contener algún objeto viable de ser quemado. O la identidad del hombre muerto. Marquitos no podía quedarse con la duda y decidió saciar su curiosidad.

 

 

                                   *          *          *

 

 

El sudor descendía vertiginosamente por el rostro de Francisco Jurado. A pesar de ello y del progresivo agotamiento que aumentaba a cada paso que daba, no frenó su frenética ascensión detrás de Zar. Estaba convencido de que su fiel perro le estaba guiando hasta el lugar donde se encontraba su hijo. Sin embargo no veía nada apenas dos metros por delante. El cierzo era de una densidad tan alta que perseguía a su carea únicamente por el sonido de sus ladridos y por instinto. A pesar de ello se imaginó dónde se encontraba. Debajo de los riscos del pueblo, Peña Pequeñina, Peña El Bolo, Peña La Llampa y Peña Chica. No las veía, pero Francisco Jurado no necesitaba iluminación para ubicarse en sus montes. Había transcurrido tantas veces por esas laderas y valles que, pensaba, podría volver a casa con los ojos cerrados. Pero Marquitos no. Marquitos era demasiado joven y le quedaban muchas horas placer y sufrimiento en la montaña para adquirir la seguridad  y la experiencia que él poseía. Esa reflexión le hizo sentirse culpable por adelantado de la desgracia que se estaba imaginando.

“No debería darle tanta responsabilidad. Todavía es un crío” se lamentó sin detenerse a recuperar fuerzas. “Como le haya pasado algo no me lo voy a perdonar”.

El mal augurio que había entrado en su mente le incitó a aumentar todavía más la velocidad de su paso. El corazón latía a un ritmo desenfrenado, el ácido láctico de su cuerpo se había disparado hasta provocar un dolor seco y continuo en las piernas del ganadero. Sus pulmones reclamaban más oxígeno y Francisco se lo quería dar abriendo la boca hasta el límite para que entrara de golpe todo el aire posible. Todos los poros de su cuerpo expiraban gotas de sudor. Pero ninguna de esas señales de alerta con las que el cuerpo de Francisco le suplicaba que se detuviera recibió una respuesta positiva. Por nada del mundo iba a frenar su paso hasta que hallara a Marquitos. Tan sólo rezaba, si es que su mente y sus convicciones le permitían hacerlo, por hallarlo sano y salvo.

 

 

                                   *              *              *

 

 

Marquitos se arrimó al agonizante fuego y se dispuso a abrir el zurrón. Pero antes pensó en la posibilidad de que alguna alimaña descansara dentro. No, de ser así, se dijo a sí mismo, estaría muerta por el frío. Abrió la alforja de par en par y, con el mechero, iluminó su interior. Lo primero que observó fue un cuaderno cubierto por un plástico que había impedido que se deshiciera por culpa de la humedad y el paso de los años. 

“Genial, más leña”, pensó.

Lo sacó con cuidado del zurrón, apartó el plástico y comprobó que estaba amarillento por el paso del tiempo y la climatología, pero que continuaba de una pieza. Se lo acercó a la cara y leyó su tapa:

 

“El cuaderno del Montaraz”

 

Marquitos releyó el escrito y se quedó pensativo con la mirada fija en él. Entonces se presentó un dilema en su mente. Tenía dos opciones. Rasgar una a una las hojas del cuaderno para que éste le aportara un escaso pero valiosísimo tiempo de calor o satisfacer la curiosidad que le había provocado el título de la portada.

 

“El cuaderno del Montaraz”

 

Tocó la cubierta con suavidad y respeto. Pensó que en ese cuaderno podría estar la respuesta a la pregunta que le continuaba rondando por su cabeza. La contestación a quién era ese esqueleto que le estaba acompañando, quizás, en sus últimas horas de vida. Pero tenía que decidir enseguida qué opción tomar. La fogata estaba dando sus últimos ramalazos de vida y Marquitos tenía que optar por quemar inmediatamente el cuaderno o quitar la ropa del esqueleto para que ella mantuviera el calor en la cueva. Así podría saciar su curiosidad y leer el cuaderno.

El joven leonés optó por la segunda opción. Volvió a cubrir el librillo con el plástico y lo metió en el zurrón. No quería que se mojara durante el tiempo en que iba a desnudar a su vecino de cueva. Se levantó con ímpetu y se encaminó al esqueleto.

Un sonido familiar le provocó que se detuviera. Mantuvo la respiración para cerciorarse de que no se había equivocado. Tres segundos después, el ruido que esperaba se repitió. Era el ladrido de su amigo Zar.

¡Aquí, estoy aquí! gritó con todas sus fuerzas con la vista puesta en el agujero por el que había caído.

Marquitos repitió los chillidos hasta que vio a Zar asomar la cabeza por el hueco de la cueva. El carea cambió el tono de los gruñidos. Eran de alegría. El fiel perro pastor había encontrado a su amo y lo celebraba con ladridos cortos y continuos.

Bien, perrito, buen trabajo. ¿Has venido con alguien? preguntó con ansia.

La respuesta fue inminente. Por el hueco de la caverna se filtró una luz artificial.

—¡Estoy aquí! volvió a gritar con desgarro.

¡Marquitos!

¡Padre, aquí abajo!

La luz de la linterna se dirigió directamente hacia el joven y cegó la visión de éste. Sin embargo levantó el brazo con impaciencia al tiempo que repetía “aquí, aquí”.

Marquitos, hijo, te veo. Tranquilízate dijo Francisco tan excitado como su hijo pero simulando un falso aplomo ¿Estás herido?

Este hombro se señaló, me duele bastante. No puedo hacer fuerza con él.

¿Lo tienes roto? preguntó preocupado.

No. Creo que no. Pero me duele.

De acuerdo. No te preocupes. Ahora mismo te saco de ahí indicó con total convencimiento.

Espera, padre. Aquí hay un… un esqueleto.

¿De qué? interrogó Francisco con escasa curiosidad.

¿Qué le importaba si había encontrado una osamenta de ciervo, oso o jabalí? Tan sólo deseaba poner en marcha su cerebro para hallar un modo de sacar a su hijo de la cueva.

De qué, no. De quién–– respondió Marquitos con énfasis mientras señalaba con su mano hacia la izquierda de la caverna.

La linterna de Francisco se dirigió hacia donde señalaba la mano y se detuvo en el esqueleto humano apoyado contra la pared. A punto estuvo de resbalársele la linterna al ver los restos. Sin embargo, sabía que debía mostrar calma.

Tranquilízate. Ése ya no te va a hacer nada. Lo que importa es sacarte de ahí.

Francisco encendió la segunda linterna y ordenó a su hijo que se preparara para cogerla. Éste obedeció y sintió mayor tranquilidad cuando tuvo en sus manos la luz artificial. Sobre todo porque la hoguera se acababa de convertir en ceniza.

Voy a ver cómo te saco.

¡Espera! ¡No te vayas! suplicó el hijo temeroso de volver a quedarse a solas.

Francisco le prometió que no se iría sin antes sacarle de la cueva. Pero tenía que buscar algo que le ayudara a conseguir ese objetivo. Se alejó unos pasos e iluminó su alrededor con la linterna. Aunque la niebla era tan densa que no veía más que oscuridad, Francisco supuso dónde estaba. Debajo del sendero que bordea Peña Pequeñina. Si era así, sabía que a escasos metros se hallaba el bosque de hayas del que podría agenciarse material para el rescate de su hijo. Volvió a la boca de la cueva y advirtió a Marquitos que tenía que ausentarse unos minutos. Al hacerlo comprobó que éste temblaba de frío sin parar. Francisco se quitó la cazadora y se la lanzó a su hijo.

No me la puedo poner. Por el hombro, no puedo moverlo advirtió el chico.

Da igual. Échatela encima, algo te hará. Vuelvo ahora.

Marquitos se puso el abrigo sobre los hombros y utilizó las mangas para atárselo. Entonces sintió un ligero alivio. Pero suplicó para sus adentros que su padre le sacara cuanto antes. De lo contrario no podría mover ni un músculo por culpa del frío.

Trató de apartar de su mente la temperatura de su cuerpo y el continuo temblor de manos y observó el zurrón que había depositado minutos antes. Se le ocurrió que podía entretenerse leyendo el cuaderno que había encontrado en su interior y que, estaba convencido, le explicaría quién era el muerto. Pero no tuvo valor para hacerlo. No estando su padre delante. Supuso que le acusaría de insensible por mancillar las pertenencias de un muerto. Optó entonces por guardárselo bajo la ropa. Ya tendría tiempo de leerlo cuando se encontrara en casa, al calor del fuego de la chimenea.

Marquitos se acercó al zurrón, se agachó y se dispuso a hacerse con el botín. Antes de lograrlo, la linterna de su padre iluminó su cuerpo.

Ya estoy aquí. Prepárate dijo Francisco sin percatarse de las intenciones de su vástago.

Éste, asustado porque su padre había estado a punto de descubrir su propósito, se incorporó y se alejó un par de pasos de la alforja.

Francisco acababa de llegar con una rama de cuatro metros de larga y de un grosor de treinta centímetros que había arrancado de un haya cercano. Agarró la cepa e introdujo una punta por la boca de la caverna. Marquitos observaba la operación sin saber muy bien las intenciones de su padre. Cuando ésta tocó suelo el rostro de Francisco volvió a surgir por el hueco.

Vamos a intentarlo con esto.

—No puedo subir por ahí. Con un solo brazo, no reconoció el chico, con vergüenza al pensar que su padre sí sería capaz de lograr la gesta.

Lo sé. No te preocupes. Toma mi cinto ordenó el padre al tiempo que le lanzaba su cinturón. Esto es lo que vas a hacer. Escucha bien.

Francisco le ordenó a su hijo que rasgara dos trozos de su cazadora por el lateral de su brazo derecho, uno por la parte delantera y otro por la espalda. Después tenía que introducir la rama por esos dos huecos para, finalmente, atarse con fuerza el cinturón a la altura de los rasgones. Así, esperaba que el arnés improvisado que había ideado le garantizara una sujeción firme al palo. Marcos cumplió paso por paso las disposiciones de Francisco. Aunque no las tenía todas consigo.

¿Y ahora qué?

“Ahora, a tirar como un mulo”, pensó Jurado padre.

Ahora te tienes que agarrar con fuerza al palo. No te sueltes por nada del mundo.

No vas a poder conmigo. Es mucho peso.

Más pesan algunas jatas y puedo con ellas replicó el padre con firmeza ¿Estás preparado?

Marquitos dijo que sí con escaso convencimiento. En ese momento Francisco desapareció de su vista.

El ganadero, que, sudado y sin cazadora, empezaba a sentir el frío de la noche invernal, agarró con energía la vara. Respiró con profundidad recibiendo en sus pulmones el aire gélido del cierzo y tiró de ella. Pero apenas pudo mover la rama. Entonces se colocó delante de ella y cargó con todo el peso de su cuerpo. Movió el tronco a duras penas y continuó.

Marquitos, agarrado con todas sus fuerzas, comprobó que, con lentitud, su cuerpo ascendía hasta dejar de tocar el suelo con los pies. El arnés estaba funcionando y no tenía riesgo de soltarse.

¿Estás bien? gritó Francisco desde fuera mientras apoyaba su cuerpo en la rama.

Marquitos respondió afirmativamente. Entonces el padre prosiguió con el esfuerzo. Un tirón, un gemido, un paso. Otro empujón, otro gemido, otro paso. Así hasta cinco. Entonces se detuvo. La reserva de energías se estaba vaciando a marchas forzadas. Le quedaban pocos minutos hasta desfallecer de agotamiento.

Marquitos tocó las piedras de la apertura con la punta de los dedos.

¡Un poco más, padre! ¡Ya casi está! gritó emocionado.

Francisco lo escuchó y lanzó un último rugido, acompañado de dos pasos cortos.

¡Ya estoy! dijo Marquitos mientras se agarraba con el brazo a una roca.

En ese momento Francisco, sin soltar la rama, se acercó a la apertura de la caverna y agarró con fuerza el brazo de su hijo.

No te sueltes ordenó—. Venga, a la de tres. ¡Uno, dos y tres!

Francisco arrastró con fuerza hasta que todo el cuerpo del chico se encontró fuera de la caverna. Entonces se derrumbó y empezó a toser. Marquitos se deshizo del cinturón que oprimía su pecho y de la rama que atravesaba su cazadora y se lanzó a abrazar a su padre. Éste respondió apoyando su brazo en el cuello de su hijo.

Venga, vamos a casa o nos vamos a congelar dijo Francisco sin dejar de toser por el esfuerzo.

Se ayudó de su hijo para incorporarse. En ese momento Marquitos volvió a abrazar a su progenitor, esta vez con más fuerza. El muchacho estaba a punto de llorar tras haber vivido unas horas agónicas encerrado en la cueva. Francisco Jurado se percató del sentimiento de su hijo y temió que se derrumbara tras la tensión vivida. Por ello apartó sus brazos y le ordenó que le siguiera y que pisara exactamente donde él caminara. Lo último que quería era que, por culpa de la nieve, tuvieran otro peligroso imprevisto. Había que volver a casa.

A pesar del cansancio de ambos, iniciaron la caminata a buen ritmo, siempre iluminados por las dos linternas y acompañados de Sol y Zar. Francisco se concentraba en cada paso que daba. Marquitos, por su parte, observaba cómo su padre caminaba más agachado de lo normal, consecuencia del enorme esfuerzo que acababa de hacer. Temió que, por su culpa, se hubiera producido una lesión de espalda. Pero se abstuvo de preguntárselo. Sabía de sobra que era un hombre férreo de la montaña que no reconocería su dolor hasta que estuvieran fuera de peligro. E incluso en ese momento era capaz de esconder su lesión. Así era Francisco Jurado, el hombre que le había vuelto a salvar la vida y la persona a la que más admiraba del planeta.

Cuando llegaron al camino, Jurado padre ya se sintió seguro y preguntó qué había sucedido. Marquitos le explicó las circunstancias de la caída y se disculpó por no haber llevado una linterna en la mochila.

Espero que ya lo hayas aprendido para la siguiente vez replicó Francisco con contundencia.

Marquitos agachó la cabeza y pensó en no volver a abrir la boca hasta que llegaran a Cuénabres. Pero no pudo evitar preguntar a su padre si conocía la cueva en la que había caído.  Francisco respondió que jamás la había visto. Y fue una respuesta que a él mismo le sorprendió. Llevaba toda la vida recorriendo la montaña y era, con toda seguridad, la persona que mejor conocía los valles, montes y prados de la parte leonesa de los Picos de Europa. Y, aun así, jamás se había topado con  esa torca. Al reflexionar sobre esa realidad se sorprendió con una sonrisa. Marquitos se dio cuenta.

¿De qué te ríes?

De que no somos nadie hijo. Ante la montaña, no somos nadie. Aprende esta lección contestó.

Marquitos, tras digerir la reflexión de su padre, articuló la suya.

Ya. Igual él no tuvo tiempo de aprenderla.

¿Quién?

Él. El muerto.

Ah, ya. Él no tuvo tanta suerte como tú.

¿Quién crees que puede ser?

Francisco volvió la mirada hacia las peñas. Aunque no se veía nada por culpa del cierzo, se mantuvo unos segundos con los ojos puestos en su dirección.

No lo sé, hijo. Y tampoco es nuestro problema.

¿No tienes curiosidad?

No mintió.

Pues yo sí.

––Olvídalo. Mañana acompañaré a los guardias a que recojan los huesos y ya se encargarán ellos de averiguar quién era. Y nosotros a otra cosa, que la vida sigue.

Quiero ir contigo.

Ni hablar.

Pero…

Ni pero ni leches. Te digo que ni hablar y es ni hablar.

Se hizo el silencio entre los dos hasta que llegaron a Cuénabres. Allí Francisco detuvo a su hijo y le dio indicaciones para que no magnificara lo que le había ocurrido. No era necesario asustar más a su madre, quién, seguro, se mantenía sentada en el escaño de la cocina con los nervios a flor de piel. Tras recibir la promesa de su hijo de que no iba a contarle las penurias sufridas durante su estancia en la cueva, entraron en casa. Carlota se levantó en cuanto escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Abrazó a Marquitos con lágrimas en los ojos y preguntando qué había ocurrido. Éste tuvo que apartar a su madre, pues el apretón le estaba provocando un gran dolor en el hombro. Aún así, estuvo a punto de llorar al ver las lágrimas de Carlota.

Francisco, el más sereno de los tres, explicó brevemente lo que había ocurrido y dijo que debían ir al centro médico de Riaño a que le miraran el hombro de Marquitos.

En el trayecto a Riaño Carlota requirió más detalles del accidente, pero padre e hijo dieron largas con explicaciones generales de lo sucedido. Una vez en Riaño, el pueblo más importante de una montaña cada año más despoblada, Francisco dejó a su esposa y su hijo en el centro médico y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Allí contó lo ocurrido y pidió al agente que estaba de guardia que le dejara un recado al sargento Valdivia. Que le esperaba a la mañana siguiente en Cuénabres para llevarle hasta la cueva.

Dile que se de prisa, que madrugue. Que mañana tengo mucho trabajo puntualizó Jurado. Ah, y que se venga con el grupo de montaña y se traigan material de escalada para sacar el cuerpo. Que está apañado si se cree que yo voy a entrar en la cueva.

Salió del cuartel y un escalofrío recorrió su cuerpo. Le sucedía siempre que tenía que vérselas con las autoridades. Esta vez, aunque no estuviera acusado de nada, era igual. Seguía culpando a la Guardia Civil por su estancia en la cárcel hacía ya más de dos décadas. Jamás les perdonaría. Por ello pensaba que cuanto menos se relacionara con “los lechuguinos” mejor para él y para su familia.

Durante el trayecto entre Cuénabres y Riaño había llegado a plantearse incluso la idea de no comunicar a las autoridades el descubrimiento del esqueleto de la cueva. Pero apartó esa idea de su cabeza. Fuera quien fuera el pobre desgraciado que había terminado su vida en su montaña se merecía un entierro digno y que su familia, si es que la tenía, supiera qué había sido de ese hombre. De hecho, él mismo tenía curiosidad por conocer la identidad del muerto. Pero preferiría no descubrir esa incógnita antes que tener que preguntárselo a Valdivia o a cualquier otro agente.

Condujo hasta el centro médico y, cuando iba a bajarse del vehículo, vio cómo Carlota y Marquitos abandonaban el recinto. Salió del coche y Carlota relató que el médico de guardia les había explicado que el chico tenía una fuerte fisura en el hombro y que, por ello, debería llevar una venda elástica adhesiva durante, por lo menos, dos semanas. Además de tener que llevar el brazo en cabestrillo durante ese tiempo. Pasados los quince días debían volver al centro médico para ver la evolución del hombro.

El Jeep Cherokee arrancó en dirección a casa. Durante el viaje los tres ocupantes guardaron silencio. Francisco porque consideraba que, por su mujer y su vástago, era mejor obviar la conversación sobre el accidente. Por mucho que hubiera podido llegar a ser trágico de no haber aparecido Zar. Carlota porque todavía mantenía el corazón en un puño. Había estado a punto de perder a su único hijo. Lo sabía. Daba igual que su hombre y su niño no quisieran reconocerlo. Ella lo sabía con tal sólo mirarles a ellos. Y Marquitos tampoco quería aportar nada. El susto ya había desaparecido y el calmante que le había dado el médico estaba haciendo efecto. Además, de lo único que hubiera querido hablar era de la pregunta que se había hecho desde que encontró el esqueleto. ¿Quién era ese hombre que tenía en su zurrón un libreto titulado El cuaderno del Montaraz? Marquitos se prometió que algún día, antes o después, averiguaría la identidad de su compañero de cueva.

El vehículo se detuvo delante de casa. Marquitos y Carlota entraron raudos en el hogar para evitar el frío seco y penetrante que se había apoderado de la montaña. Francisco, sin embargo, se detuvo en la puerta y miró hacia la portalada. Antes de entrar en casa tenía que hacer algo. Accedió a la cuadra y encendió la luz. Entonces vio que Sol y Zar, tumbados juntos sobre una cama de hierba seca y una manta, miraban a su dueño con los ojos a medio abrir. La luz acababa de despertarlos. Francisco se agachó y acarició con dulzura la cabeza a Zar.

Muy buen trabajo, amigo. Lo has hecho muy bien dijo orgulloso el ganadero. Le has salvado la vida a mi Marquitos, ¿lo sabes?

Zar agradeció las caricias con un lametón en la cara. Sol se sumó al momento íntimo de los dos. Francisco acarició a sus dos fieles compañeros de correrías montañeras y los acercó a su cuerpo. Durante unos segundos dejó que los dos cánidos se entretuvieran lamiendo las manos y el rostro de su dueño, orgullosos de mostrar la fidelidad que le procesaban. Después se levantó y los perros volvieron a apoyar sus cabezas en la manta.

Cuando llegó a casa, Marquitos acababa de acostarse y Carlota le esperaba en la cocina.

Quiere hablar contigo.

Francisco asintió con la cabeza y subió las escaleras. Entró en la habitación de Marquitos y se sentó en la cama en la que reposaba el chico.

¿Qué tal estás? ¿Te duele?

Un poco.

Igual hoy te cuesta dormir con ese artilugio que te han puesto. No te preocupes. Ahora tendrás que estar unos días en casa hasta que te cures del todo. Ya tendrás tiempo de volver a clase.

Oye, que… que lo siento dijo Marquitos en bajo.

¿Qué sientes el qué?

Lo que ha pasado. Si hubiera tenido más cuidado no habría pasado nada de esto.

Francisco agarró la pierna de su chico y le miró con firmeza.

Esto nos podía haber pasado a cualquiera, ¿de acuerdo? A cualquiera. Hasta a mí reconoció. Así que no tienes que sentir nada. Venga, y ahora a dormir.

Francisco apagó la luz de la habitación y salió. En ese momento Carlota subía las escaleras en dirección a su dormitorio. Entraron juntos y la mujer abrazó a su marido.

Dios mío, lo que ha podido pasar esta noche.

Ya está. Todo está bien. Venga, acuéstate y trata de olvidarlo.

Francisco no quería continuar con la conversación. Se quitó la ropa, se puso una camiseta con publicidad de una marca de cerveza y se metió en la cama. Aguardó a que Carlota hiciera lo mismo y pasó su brazo por encima del hombro de su mujer. Carlota lloró en silencio durante unos minutos. Después se durmió agarrada al cuerpo de su amado Francisco. Él no podía dormir. Sabía que le iba a costar mucho conciliar el sueño. Pero no le importaba. Su hijo estaba en la habitación de enfrente. Magullado pero sano y salvo. Eso era lo único importante para él.  Besó la frente de Carlota y centró su mirada en el techo de la habitación.

Marquitos también seguía despierto, aunque el antibiótico empezaba a provocarle somnolencia. En sus últimos pensamientos antes de que cayera en un sueño profundo se volvió a preguntar quién era el muerto de la caverna. Se durmió con esa incógnita en la cabeza.

Lo que ni por asomo pudo imaginar el ganadero adolescente de Cuénabres era las trágicas consecuencias que iba a acarrear su descubrimiento del esqueleto de la desconocida cueva bajo Peña Pequeñina.


CAPÍTULO 2

 

Las Camperas. Cuénabres. León

10 de mayo de 2011. 10 de la mañana

 

 

           

 

La primavera en la montaña leonesa era, para todo aquel que la había vivido por lo menos una vez y se detuviera a recapacitar sobre lo que tenía ante sus ojos, un ejemplo claro de la vitalidad y colorido de la naturaleza campestre. Tras meses escondidos bajo las nieves los brezales, arándanos, acebos, hayas y robles volvían a nombrarse protagonistas del paisaje creando una fusión de colores verdes, marrones y morados. El agua de nieve descendía por los ríos nacidos en las peñas con fuerza, apartando de su cauce ramas muertas caídas durante el invierno y puliendo las piedras con sus continuos choques de agua brava. Los rebecos, venados y corzos recuperaban las majadas como su paraíso alimenticio y de sosiego. Los badajos de los cencerros del ganado rompían el silencio de los valles anunciando con su sonido grave que iban a ser habitantes asiduos durante los próximos meses. Los aguiluchos laguneros retornaban a su vuelo señorial en busca de topos y ratones que, tras meses escondidos bajo tierra, recuperaban la visión de la luz natural. Los osos estiraban sus músculos rasgando las cortezas de los robles. Y los días dejaban de ser pequeños intermedios entre noches casi interminables.

La primavera era la época preferida de Arturo Méndez. Por nada del mundo se hubiera imaginado que ese soleado día primaveral le iban a asesinar.

El septuagenario leonés acababa de aparcar su motocicleta Derby Variant de segunda mano en la pradera lindante con la poza de Las Camperas. Como todos los días desde hacía años, pretendía darse un baño de cinco minutos en el río. Los vecinos que conocían ese hábito tomaban esa acción como la de un loco. Bañarse en agua procedente directamente de los altos todavía nevados era, para ellos, una excentricidad de una persona poco cuerda. Arturo Méndez, por el contrario, consideraba que ese era el secreto de su excelente estado de salud. Su historial médico corroboraba su afirmación. En dos décadas no había sufrido ni tan siquiera un resfriado. Y, a pesar de los achaques de la edad, sus huesos se mantenían más fuertes que los de la mayoría de los jubilados de su quinta.

La tradición de bañarse en agua casi congelada venía de tiempo atrás. Arturo Méndez, natural de La Puerta, abandonó su pueblo natal hacía veinticinco años, unos meses antes de que la creación del pantano de Riaño provocara el derribo de su aldea y de otros ochos pueblos de la comarca. Entonces él, su esposa Elvira y su hijo Arturo recién nacido se instalaron en San Sebastián. Allí se enamoró del agua de mar y todas las mañanas, hiciera frío o calor, nevara o lloviera, se bañaba en la playa de la Concha.

Cuando se jubiló compró una casa en Retuerto y, desde entonces, vivía con su mujer. Su vida había sido plácida entre paseos en el monte, comidas a base de platos de caza y baños en Las Camperas. Hasta que, hacía un mes, su hijo Arturo apareció muerto en una rave, una fiesta clandestina organizada a las afueras de Santander. Al parecer, había consumido una mezcla letal de alcohol y estramonio, una planta venenosa utilizada como alucinógeno. Falleció envenenado en mitad del campo mientras el resto de los presentes continuaban bailando y consumiendo droga.

 La policía todavía no había averiguado cómo había llegado el estramonio hasta la fiesta y continuaba con las pesquisas para hallar a las personas que habían proporcionado el alucinógeno. Algunos de los chicos de la rave quisieron recordar durante los interrogatorios haber visto a un desconocido que podía ser el camello que buscaba la policía. Pero las declaraciones eran tan inexactas, y en ocasiones carentes de lógica por culpa de las múltiples sustancias que habían consumido, que las autoridades se encontraban en un callejón sin salida.

Para Arturo y Elvira la muerte de su vástago fue, además de trágica, incomprensible. Jamás se hubieran imaginado que Arturo hijo había consumido ningún tipo de drogas. Ni durante sus estudios ni en el momento de su muerte, justo un mes después de haber firmado un contrato de un año en una empresa de transportes de Santander. Cada vez que pensaba en ello, que era todos los días, se maldecía por no haber intuido la peligrosa vida que había llevado su único hijo.

Sacó una toalla de la mochila. La debía tener preparada para el momento en que saliese del agua. De lo contrario, el traicionero viento de la montaña le podía jugar una mala pasada. Después se quitó los pantalones y la camiseta. Se quedó únicamente con un bañador de color azul. Calentó los brazos, el cuello y las piernas, tocó el agua fría con las dos manos y se dispuso a entrar en la poza, que, en su zona más profunda, cubría poco más de un metro.

Arturo, como cada día, pensaba que se encontraba solo. A lo sumo acompañado de algún animal del monte enfadado porque se estaba apropiando de su estanque y esperaba a que se largara. Pero no era así. Detrás de unas escobas se escondía un hombre acechándole. El Vengador.

El Vengador había llegado dos horas antes y se había escondido tras un escobal para coger de imprevisto a Arturo Méndez y acabar con su vida. Durante semanas había estudiado los hábitos de su futura víctima y llegó a la conclusión de que el mejor lugar para llevar a cabo el asesinato sin ser descubierto era la poza de Las Camperas. 

El bañista introdujo sus pies en el agua. Con las manos se mojó el torso y la cabeza y después, sin pensárselo, metió todo su cuerpo y se tumbó boca arriba. El Vengador, en ese instante, se puso unos guantes negros y sacó una bolsa de la mochila que había portado hasta allí. La bolsa pesaba más de tres kilos y en su interior tenía un bloque de hielo del tamaño de un ladrillo. Había estado en el congelador una semana y la consistencia del hielo se mantenía estable a pesar de llevar varias horas fuera del frigorífico.

El Vengador se preparó para llevar a cabo su crimen. Sacó el hielo de la bolsa y se incorporó. Con paso lento y silencioso caminó por detrás de Arturo Méndez, que disfrutaba del agua fría con los ojos cerrados, sentado sobre una roca con la cabeza fuera del agua y el resto del cuerpo dentro del río. Como todas las mañanas, se masajeaba las piernas con esmero como medida preventiva para que las varices no hicieran acto de presencia.

El bloque de hielo en la mano y su víctima se encontraban a menos de dos metros. Le hubiera gustado avisarle de su muerte y explicarle porqué iba a llevar a cabo la venganza para comprobar sus ojos de pánico segundos antes de fallecer. Pero no podía arriesgarse. La ejecución de Arturo Méndez no era más que el segundo paso en el camino hasta llegar a la venganza absoluta. El primero había sido asesinar a su hijo con estramonio. Y nadie le había descubierto. Como debía suceder en su segundo crimen. Su segundo “ajusticiamiento”, como prefería considerarlo El Vengador.  Por ello debía llevar el plan tal y como lo había pergeñado, sin licencias para su ego.

Dos pasos más, comprobando que no pisaba ningún palo seco que alertara de su presencia, y ya se encontraba justo donde quería. Ascendió su mano con el trozo de hielo y, con rapidez, la bajó violentamente hasta impactar en la cabeza de Méndez. El golpe hizo que el cuerpo entero se sumergiera en la poza. Pero El Vengador tenía que evitarlo. Con la mano izquierda agarró del cuello de Méndez, muerto al instante por el golpeo. Después, comprobó el lugar exacto de la herida mortal. Con satisfacción se felicitó de haber acertado en el blanco. Unos diez centímetros por encima del final del cuello, entre los huesos parental y occipital.

Tenía agarrada a su víctima y únicamente faltaba un último acto. Acercó la zona del golpe mortal a una roca y apretó fuerte sobre ella. Tras ello vio cómo la piedra mostraba restos de sangre y sonrió con complacencia. Soltó el cadáver y observó cómo se sumergía en las gélidas aguas de Las Camperas.

El Vengador miró a un lado y a otro. Como había planificado, nadie había sido testigo de su asesinato. Por ello, orgulloso de haber cumplido la segunda etapa de su plan de venganza, tiró el bloque de hielo al agua. El arma del crimen, en minutos, desparecería para siempre. Después se colocó la mochila a la espalda y se adentró en el monte. Le quedaba un buen trecho hasta encontrarse completamente seguro de no ser descubierto. Una vez entre las hayas, los robles y las escobas, sería prácticamente imposible ser localizado por nadie.

El Vengador miró una última vez hacia atrás. Y observó que el cuerpo de Arturo Méndez se balanceaba por la poza de Las Camperas chocando contra unas rocas que le impedían continuar río abajo. Su satisfacción fue tal que emprendió el camino de huida con un brío casi juvenil. Cumplir con su venganza no sólo era una misión que había llegado a él por una especie de designio divino. Sino que, además, aportaba a El Vengador un placer que jamás se podía haber imaginado.

El cuerpo de Arturo Méndez no fue localizado hasta seis horas después de su muerte. Benjamín Reyero, un hombre natural de Casasuertes pero que vivía en Madrid, se había acercado a su pueblo para comprobar cómo se encontraba su casa tras las nevadas invernales. A la ida no se apercibió de la presencia del cadáver. Pero a su regreso, de camino al cruce entre Cuénabres y Casasuertes, observó en el agua una figura que llamó su atención. Detuvo el coche y se bajó. Entonces fue cuando encontró a Arturo Méndez flotando en la poza.

Benjamín condujo hasta Riaño y alertó a la Guardia Civil. Los agentes llegaron a la poza media hora después. Entre ellos, el sargento Valdivia. Encontró el azulado cuerpo de Méndez  y solicitó por walkie talkie la ayuda del equipo forense. También se agachó para ver con más detalle a ese hombre que conocía de vista pero con el que apenas había entablado un par de saludos de rigor. El cuerpo permanecía boca arriba y no tenía ninguna herida destacable en la cabeza, el tronco ni las extremidades. Quiso dar la vuelta al muerto pero temía que, de hacerlo, los forenses se le echaran encima por manipular el escenario del crimen.

“¡Qué leches! Hasta que vengan desde León no voy a estar aquí tocándome las narices”, pensó. Solicitó la ayuda de un subalterno y entre los dos giraron con cuidado el cuerpo, cada vez más azulino, de Méndez. Enseguida vio la que podía ser la causa de la muerte. Un fuerte impacto en la parte trasera de la cabeza. Nada más. Volvió a girar el cadáver y ordenó al Guardia Civil novato que no dijera nada de que habían tocado el cuerpo si no quería tirarse todo el año haciendo guardias nocturnas. Éste prometió guardar silencio, por la cuenta que le traía.

Valdivia ordenó encintar el contorno para que ningún curioso pisara el escenario de la muerte. Él sí lo hizo. Caminó por ambas orillas del río para intentar hallar alguna prueba que indicase la causa del fallecimiento. En pocos minutos la encontró. Sangre en una piedra saliente del río. Buscó más sangre en algún otro punto y no la encontró, además de los hilillos procedentes de la cabeza de Méndez y que se perdían río abajo con la corriente. El sargento Valdivia lo vio claro. Arturo Méndez se había resbalado en la poza con tan mala fortuna que su cabeza chocó contra la roca y murió.

El equipo forense llegó hora y media más tarde. Uno de los médicos inició una sesión fotográfica del cuerpo desde distintos puntos de vista. Otra, del lugar de la muerte. Después, sacaron el cuerpo de Méndez y se dispusieron para trasladarlo a León para realizar la autopsia. Tras el primer análisis la conclusión inmediata que extrajeron fue la misma que Valdivia. Muerte por contusión craneoencefálica provocada por un probable golpe accidental contra una roca. No era más que la primera valoración instantánea, pero supusieron que la autopsia no sería complicada y que podrían corroborar la hipótesis inicial con facilidad.

Ya de noche, la ambulancia que trasladaba a Arturo Méndez sin vida llegó al Hospital de León. El forense de guardia, cansado y con más horas de trabajo de las que hubiera querido, se hizo cargo del cuerpo. En cuanto echó un apresurado repaso al cuerpo y al informe policial se alegró. Iba a ser una autopsia rápida y sencilla.

A esa hora El Vengador ya se hallaba en casa. Orgulloso, se sirvió un café y se sentó en una butaca. Echó un trago y dejó la taza sobre un posavasos. En ese momento pensó que le gustaría recrearse mentalmente en lo que había logrado esa mañana. Pero no tenía tiempo para deleites. Era el momento de iniciar la preparación de la siguiente venganza.

Apuró el café y se levantó con energía camino de la cocina. Una vez allí, abrió un armario y extrajo un bote de cristal con setas cocinadas en su interior. Abrió el bote con extremo cuidado de no dejar ningún rastro de su acción  ni en el cristal ni en la tapa. Depositó los hongos en un cuenco y dejó el cazo al lado. Después abrió la nevera y sacó un plato con un puñado de setas muy similares a primera vista a las extraídas del bote. Buscó una cazuela y la llenó de agua, a la que añadió un puñado de sal. Activó el fuego y esperó a que el agua hirviera. Mientras, sacó una sartén del armario, la posó en un segundo quemador y la llenó casi hasta arriba de aceite de oliva.

Entonces se detuvo y pensó que faltaba algo. Había estudiado decenas de veces la receta exacta y no podía fallar por ningún detalle, por nimio que éste fuera. Un pequeño despiste podía convertir su plan infalible en un desastre que le llevara a la cárcel y trastocara sus planes de venganza.

¡Eso es! ¡Las especias! dijo en alto con satisfacción.

Romero y tomillo. Una rama de cada que le aportaría el aroma exacto para no provocar suspicacias en el futuro comensal. Puso las dos ramas en la sartén y accionó el fuego a escasa potencia.

En ese momento el sonido de la tapa de la cazuela moviéndose indicó a El Vengador que tenía que continuar con el siguiente paso. Introdujo las setas frescas con una espumadera y miró su reloj. Dos minutos después, ya escaldadas, El Vengador las sacó con la misma paleta y las depositó en el plato. Rompió dos servilletas del rollo del papel de cocina y secó con mimo los hongos hasta que estos hubieron perdido toda la humedad. Entonces bañó una de ellas en el aceite de la sartén a modo de prueba. Y se congratuló al comprobar que estaba a la temperatura exacta para su correcto cocinado. Introdujo los hongos restantes, miró de nuevo el reloj y comprobó satisfecho que ya no faltaba prácticamente nada para finalizar la operación. Tan sólo quince minutos. Los necesarios para que las setas se hicieran hasta el punto necesario.

Pasado el tiempo, las sacó de la sartén y las colocó en un plato al lado del que contenían las originales del bote. Movió la cabeza con la vista puesta primero en un plato, después en el otro. Y llegó a la conclusión de que, a la vista, eran prácticamente idénticos.

Acercó el bote a la mesa e inició el proceso de embotado. Primero tres cucharadas de las setas del primer plato. Después media de las cocinadas por él. Seguido, un chorro del caldo más antiguo y unas gotas del que quedaban en la cazuela. Así hasta que el bote quedó igual de lleno que antes de que él lo hubiera mancillado.

Entonces repasó con tranquilidad los pasos que había seguido hasta que se convenció de que no había cometido ningún error. El proceso de cocinado, correcto. Y las proporciones de setas comestibles y setas venenosas, también. Con un porcentaje de un quince por ciento de hongos mortales tendría suficiente para acabar con el comensal sin que éste intuyera antes ningún peligro.

Ya faltaba únicamente la última operación. Sacó una bolsa con cubitos de hielo y echó los trozos congelados en una fuente a la que agregó un vaso de agua. Después cerró la tapa del bote con fuerza pero sin brusquedad y lo introdujo en el agua helada. Así, tras dos minutos de contraste de calor entre las setas cocinadas y el cristal frío, se hizo el vacío en el recipiente. Estaba tal y como lo había cogido del armario.

El Vengador limpió el receptáculo con un paño seco. Lo hizo varias veces hasta que se convenció de que sus huellas habían desaparecido por completo. Después lo introdujo en la misma mochila que había utilizado horas antes para asesinar a Arturo Méndez y la colgó de un gancho de la cocina.

Se sirvió un vaso de vino. Se lo merecía. Un reserva que degustó con la serenidad que le aportaba el saber que su plan de venganza continuaba viento en popa. Y que nadie ni nada impedirían que lo finiquitara por completo. Después abrió un armario de la sala. Sacó un cuaderno y se sentó. Bebió un trago de vino, lo posó en la mesa y acarició el libreto que había dado un nuevo sentido a su vida. Palpó la inscripción de la tapa con devoción y detuvo su mirada en ella. “El cuaderno del Montaraz”. Lo abrió y se dispuso a releer una historia que ya había repasado en infinidad de ocasiones. Un relato por el que él se había convertido en El Vengador.

 

 

 


 

CAPÍTULO 3

 

Villasinde. Comarca del Bierzo. León

5 de abril de 1940. Nueve de la mañana

 

 

 

 

            La niebla matinal se desvanecía con lentitud y la luz del sol comenzaba a hacer presencia en la comarca berciana de Villasinde. Para esa hora los paisanos ya habían tomado las calles del pueblo con sus quehaceres diarios. Los hombres habían ordeñado sus vacas y ovejas antes del amanecer para después disponerse a cuidar del ganado en los montes cercanos al pueblo. Las mujeres habían atizado la leña para preparar la comida del día y habían iniciado la limpia de las cuadras, llenas del abono depositado por los animales durante la noche, y el cuidado de la casa. Los niños, en clase, estudiaban los ríos de España, las provincias de Castilla la Vieja y los nombres de los soberanos españoles desde los Reyes Católicos. Todo ello después de rezar el Padre Nuestro diario al principio de la clase y de dar gracias a Dios sin saber muy bien porqué. 

Villasinde era un pueblo más del Bierzo leonés, situado en una de las laderas del monte Capeloso en las estribaciones de la Sierra de Ancares Seo, en el extremo Oeste de la Cordillera Cantábrica que separa las tierras leonesas de las gallegas. Protegido por nogales, castaños, abedules y negrillos, la vida en Villasinde transcurría en torno a la recogida del centeno, el trigo y la castaña, la extracción de la leche de las vacas, la matanza de cerdos, chivos y corderos y la compraventa de cualquier animal, vegetal o mineral que se pudiera arrancar de los montes cercanos.

            Pero Villasinde, como el resto del Bierzo leonés, era, sobre todo, un pueblo triste. Desde que se inició la Guerra Civil española en 1936 hasta que el general Franco firmó el último parte de guerra el 1 de abril de 1939, “el parte de la victoria”, la comarca se vio golpeada con crueldad por la contienda entre nacionales golpistas y republicanos. Hasta el punto de que, en esos tres años, dieciséis hombres que salieron de sus casas para luchar en la guerra en uno u otro bando no regresaron.

            Con la victoria del bando nacional nació la esperanza entre los vecinos de que la paz y la tranquilidad volverían a aposentarse en las calles y casas de la comarca. Pero la victoria franquista no supuso la paz. Al contrario, trajo consigo la represión y la venganza sobre aquellos que se habían declarados partidarios de la República o, incluso, sobre los que simplemente no habían apoyado con energía el levantamiento militar de 1936.

Cientos de militares, guardias civiles y falangistas habían sido enviados a la comarca del Bierzo para “depurar” una región que, durante y antes de la Guerra Civil, había apoyado sin ambages al gobierno republicano. Ante esa depuración decenas de vecinos bercianos tuvieron que “echarse al monte” para continuar su lucha contra el régimen franquista y, sobre todo,  para sobrevivir.

            El hogar de Valentín Romeral era uno de los muchos que había sufrido las consecuencias trágicas de la guerra. Su hijo mayor, José, falleció en 1937 en el frente asturiano. Y el mediano, Ildefonso, sobrevivió a dos inviernos en las trincheras asturianas y madrileñas, pero a su vuelta a casa tuvo que huir a la montaña cuando iba a ser prendido por los militares.  A Valentín, de cuarenta y siete años, le quedaban su mujer, Eusebia, de luto riguroso desde que supo de la muerte de José, su hija Marina, casada hacía dos años con un camionero de un pueblo cercano, y su madre, también Marina, una anciana y medio ciega mujer que mantenía la mayor parte de su vida al lado de la lumbre con un rosario en la mano.

            A Valentín, un hombre rudo de la montaña que había preferido proteger su hogar antes que luchar en el frente, también le quedaba en casa “el innombrable”. Su hijo pequeño, Faustino Romeral, de dieciséis años. 

El joven Faustino se hallaba escondido en su propia casa desde hacía ya cuatro meses. Desde que dos militares acudieron a reclamar su presencia en el cuartel de la Guardia Civil para realizarle unas preguntas. En aquella ocasión Valentín solicitó acompañar a su hijo, pero los soldados le ordenaron que no se moviera de casa. Así, escoltado por dos hombres armados, Faustino Romeral atravesó el pueblo hasta llegar al cuartelillo ante las miradas curiosas y temerosas de los vecinos. El miedo que había surgido en su interior en el mismo momento en que escuchó su nombre de boca del militar se magnificaba a cada paso que daba. No sabía con exactitud qué significaba la frase “realizarte unas preguntas”, pero intuía que nada bueno.

Entró en el cuartel con el vello en punta y un teniente al que no había visto jamás en la comarca le ordenó que se sentara en una silla en mitad de una habitación vacía. Faustino miró a aquel hombre y a otro que se encontraba al fondo del cubículo, tragó saliva y se sentó agachando la cabeza a modo de sumisión. Una lección aprendida de su padre Valentín. “Muéstrate dócil, no seas altivo e intenta que no se enfaden”.

El teniente, que presentaba una cicatriz profunda entre el ojo derecho y sus pobladas patillas, comenzó sin contemplaciones.

—Faustino. Así te llamas, ¿verdad?

—Sí, señor.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, señor.

—¿Dieciséis, eh? Ya todo un hombretón. ¿Qué tal está tu familia, Faustino?

—Bien, gracias a Dios, señor.

—Eso está bien.

Seguido, dio dos pasos y acercó su cabeza a la oreja derecha del muchacho.

—Y tu hermano Ildefonso… ¿no sabrás dónde está? Llevo unos meses buscándole para charlar con él.

—No señor. Hace mucho tiempo que no le veo.

El teniente se apartó y el militar que estaba a la espalda de Faustino se acercó con celeridad y le soltó un golpe con la mano abierta en la cara que tiró al chico de la silla.

—No te ha preguntado si le has visto. Te ha preguntado si sabes dónde está.

Faustino, tirado en el suelo, se colocó en posición fetal con las manos protegiendo su cabeza. Balbuceó mirándole a los ojos:

—No, señor. No sé dónde está.

El teniente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y su súbdito inició una serie de una docena de patadas y puñetazos. A la que siguieron más golpes continuados que únicamente cesaban para volver a preguntar a Faustino por el paradero de su hermano huido.

El interrogatorio, que había durado toda la noche, no fue fructífero para el teniente. No sacó nada, ni de dónde estaba Ildefonso ni si conocía a otros paisanos “traidores a España”. El teniente de la cicatriz llegó a la conclusión de que el muchacho magullado y lloriqueante que tenía tirado en el suelo frente a él con los pantalones orinados no sabía nada. Por ello le dejó marchar al amanecer. Antes de salir le dio una orden:

—La semana que viene te quiero aquí a la misma hora. Espero que, para entonces, tengas algo que contarme— dijo con una sonrisa llena de maldad.

Faustino salió del cuartelillo cojeando y dolorido en todo su cuerpo. Afuera, escondido entre las sombras, le esperaba su padre. Acudió raudo hacia él y le ayudó a llegar a casa. En el trayecto, su hijo le contó la paliza que había sufrido y que tenía que volver en una semana. Valentín escondió su rabia en su interior. Hubiera querido presentarse en el cuartel con una escopeta y vengarse de quienes habían torturado a su hijo pequeño. Pero sabía que las consecuencias de dicha acción serían fatales para toda su familia.

Cuando llegaron a casa, Eusebia curó las heridas de su hijo. Mientras, Valentín decidió qué hacer para que Faustino no volviera a sufrir más torturas. No podía continuar con la estrategia llevada a cabo hasta entonces. Evitar que su vástago menor supiera nada relacionado con su hermano, el maquis, y con el movimiento guerrillero del Bierzo leonés. Esa ignorancia ya no era suficiente. Los militares y guardias civiles torturarían cada semana a Faustino hasta que “cantara” algo que les sirviera, delatara a quien ellos le ordenaran o muriera por culpa de que a los torturadores “se les fue la mano”.

Valentín Romeral calibró tres alternativas para salvar a Faustino. Ninguna le atraía en demasía. Echar a su hijo al monte para que se uniera al maquis leonés le daba demasiado miedo. Un vástago ya había muerto en combate y el segundo, a saber cuándo moriría en una emboscada. Además, Faustino no era tan fuerte como sus hermanos mayores. Desde muy pequeño sus padres habían visto en él una preocupación por las letras y los estudios mucho mayor que el resto de la familia, además de un nulo interés por la lucha política y armada. Eso, unido a que físicamente no poseía la fuerza y resistencia de sus hermanos, hacía temer a Valentín que no pudiera aguantar la dureza de la vida guerrillera.

Enviar a su hijo a otro punto de España donde nadie le conociera tampoco le convencía. En los tiempos que corrían no confiaba en nadie que pudiera acoger a su pequeño. Sabía que miles de delatores esperaban agazapados en cualquier esquina del país para vender a cualquier prófugo a cambio de unas monedas.

La única opción que le quedaba era esconder a Faustino en casa. Harían correr el rumor de que el chico había huido del hogar familiar y que ellos desconocían adónde se había dirigido. Valentín no temía que los militares le torturaran para sacarle la verdad. Estaba convencido de que, tanto él como su mujer, morirían antes de delatar a su hijo pequeño.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Cuatro meses después de recibir la paliza y de que sus padres convencieran al pueblo de que había escapado, Faustino Romeral permanecía escondido en su casa. Él hubiera preferido huir, pero sus progenitores le ordenaron que se quedara protegido por ellos. Aunque a regañadientes, accedió. No tanto por sus padres sino por Teresita, su novia secreta desde que tenían diez años y con quien pretendía casarse y huir en cuanto tuvieran dinero para viajar a Sudamérica.

La vida de Faustino era idéntica cada día. Se levantaba al tiempo que sus padres y desayunaba con ellos, siempre alerta de que ninguna mirada curiosa apareciera por las ventanas y le descubriera. Después ayudaba a su madre en las labores del hogar. Limpiaba la casa, cocinaba cuando su madre se hallaba en el prado o en las cuadras y cuidaba de la salud de la abuela Marina. El resto del día lo pasaba en el desván leyendo libros de aventuras que Don Esteban le hacía llegar.

Don Esteban era la única persona del pueblo que sabía del paradero del chico. Amigo íntimo de Valentín Romeral, había sido el maestro de Villasinde hasta que el bando nacional se apoderó de las aldeas de El Bierzo. Acusado de “demasiado moderno y poco católico”, se libró de la cárcel gracias a que su hermano, el Padre Julián, era el párroco del pueblo.

Desde su expulsión del colegio, Don Esteban se dedicaba a dar clases de repaso a los niños que lo requerían, además de servir de enlace de las partidas de la guerrilla antifranquista. El maestro disfrutaba con cada uno de los chicos a los que aportaba algo más de conocimiento que la Geografía e Historia de España y los diez mandamientos de la Ley de Dios. Pero con quién más lleno se sentía era con Faustino Romeral. Cada dos días se reunía con él al atardecer y le daba clases de historia, matemáticas y lengua. Después, le preguntaba por la lección del día anterior. Faustino respondía con énfasis, como si adquirir conocimiento le insuflara dosis de vitalidad en su monótona y desquiciante vida escondido entre cuatro paredes.

Algunas veces Don Esteban se quedaba a cenar, pero entonces Faustino tenía que abandonar la cocina y meterse en su escondrijo para que el maestro y su padre hablaran “de sus cosas”.

Esa mañana Don Esteban se acercó a casa de Valentín Romeral con un objetivo. Exponer al padre de familia que había oído que una partida en la que se encontraba su hijo se encontraba cerca de Villasinde. Quería alertarle para que, en el caso de aparecer Ildefonso, le ordenara que se alejara de El Bierzo por una temporada. La partida de Cazurro, en la que suponía que continuaba batallando Ildefonso, se había convertido en una de las más perseguidas por los militares y los guardias civiles. Y para evitar riesgos, la mejor opción de la partida era alejarse a Asturias o, incluso, abandonar España por una temporada y refugiarse en Portugal.

            Tras explicar la situación, Don Esteban fue invitado por Valentín a que compartiera mesa con ellos. El antiguo maestro accedió.         

            Minutos después, varias ráfagas de disparos procedentes de los montes cercanos rompieron el silencio de la comarca. Los sonidos duraron un par de minutos y se escucharon en todas las casas del pueblo. Eusebia, la esposa de Valentín, apoyada contra la trébede de la cocina mientras removía un caldero de lentejas para que no se quemaran, miró a su marido con preocupación. La misma cara que tenía siempre que escuchaba tiros en la montaña. No se había acostumbrado a los disparos, por mucho que llevara siendo una sinfonía habitual de la vida española desde el inicio de la Guerra Civil. Valentín quiso aplacar su nerviosismo con un movimiento de cabeza horizontal que daba a entender que los tiros no tenían importancia. Don Esteban, que también se apercibió del nerviosismo de Eusebia, optó por buscar una conversación que relajara la tensión existente en la cocina.

            —¿Sabías que Faustino quiere ser marinero?

            —No será por todo el mar que ha visto en su vida. Si no sabe ni nadar— respondió sorprendido Valentín—. ¿Te lo ha dicho él?

            —No. Pero se le nota en la mirada cuando estudiamos alguna historia relacionada con el mar.

            —No sería mala salida, no. Tal y como están las cosas…

            En ese instante apareció Faustino por la cocina. Había estado en la planta de arriba barriendo las habitaciones y fregando el suelo.

—Fíjate, de ti estábamos hablando ahora— dijo su padre.

            Faustino miró sorprendido. Creía que alguien como él, que parecía no existir fuera de las paredes de casa, no podía ser el protagonista de ninguna conversación. Ni siquiera por parte de su padre y su maestro particular.

            —Les estoy diciendo que te gusta el mar.

            —Sí, me gusta— respondió el chico al sentarse en el escaño de la cocina.

            —Pero si no lo has visto en tu vida— añadió su padre.

            —Ya, pero…

            —Pero ha leído— interrumpió el maestro—, y mucho, sobre el mar. Sobre el mar y sobre muchas más cosas. Tu hijo tiene cabeza, Valentín. Es una pena que le haya tocado vivir una época tan dura como ésta.

            —Es una pena que a todos nos haya tocado vivir esta época— apuntilló Eusebia con voz melancólica mientras acercaba el puchero de lentejas a la mesa.

            Tras la comida, Valentín salió para picar unos tucos de la leña que tenía apilada en la parte trasera de la cuadra de casa. Eusebia y la abuela Marina subieron a la habitación de ésta a rezar el Rosario diario. Y Faustino y Don Esteban se quedaron en la cocina, el primero leyendo el último libro que había llegado a sus manos, El Barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson. Don Esteban apuraba su segundo café de puchero al tiempo que observaba con ilusión a su pupilo. Para el maestro jubilado forzosamente por la dictadura no había nada más hermoso que la pasión por la lectura. Y Faustino representaba esa ilusión cada vez que él le hacía llegar alguna de las novelas que pudo esconder antes de que los nacionales se hicieran con la escuela. A cuentagotas le llevaba clásicos de la literatura española, inglesa y francesa. Faustino devoraba con fruición cada uno de los libros que llegaban a sus manos. Pero las historias de aventuras en tierra y mar, de héroes y villanos, y de luchas quiméricas por las que los protagonistas daban sus vidas, eran las que más deleitaban su ansia lectora.

            —Venga, ya basta de batallas por hoy— dijo Don Esteban al tiempo que apoyaba la taza en el fregadero de piedra de la cocina—. Ahora toca matemáticas.

            Faustino, obediente, cerró el libro y abrió el cuaderno de ejercicios. Ya le quedaban pocas páginas para que lo terminara. Don Esteban se dio cuenta y pensó que, para la siguiente ocasión, le traería un cuaderno nuevo.

            Pasaba media hora de estudios en la cocina cuando Valentín Romeral entró en casa con gesto preocupado.

            —Hijo, escóndete, vienen los militares. ¡Rápido, sube!

            Faustino se levantó, ascendió velozmente las escaleras y avisó a su madre.

            —Vete con él. Es mejor que no te vean en casa— ordenó Valentín a Don Esteban.

            —Pero…

            —Hazme caso. Que no os vean, por favor— suplicó.

            Don Esteban obedeció y subió las escaleras. Vio cómo Faustino alertaba a su madre de la llegada de los soldados. Después ayudó al muchacho a que subiera al desván de la casa ayudado de una banqueta y siguió sus pasos. Una vez los dos arriba, Eusebia arrastró una mesita de noche y la ubicó justo debajo de la puerta vertical del desván. Encima de la mesita colocó una figura de la Virgen María y pidió a su madre que se quedara a su lado rezando. Para cuando empezó a bajar las escaleras, un militar ya estaba aporreando la puerta de casa.

            —¡Abran la puerta! ¡Es la autoridad!

            Eusebia llegó a la planta baja y se metió en la cocina. Los golpes en la puerta se repitieron.

            —¡A de la casa, abran o tiramos la puerta!

            Valentín obedeció y se encontró frente a dos soldados rasos con sus fusiles Mauser apuntando hacia él.

            —Sal de casa.

            —¿Qué sucede?

            —¿No ha oído? ¡Que salgas de casa o te sacamos a hostias!

            En ese momento Eusebia apareció por la puerta y uno de los reclutas repitió la orden a la mujer. Ambos obedecieron y se colocaron en la calle mirando a un vehículo militar que acababa de aparcar frente a casa. Un teniente delgado, joven y con bigote se bajó del camión, un ZIS- 5 ruso que había pertenecido al ejército republicano hasta que el bando nacional se incautó de él tras la victoria.

            —¿Hay alguien más en casa?

            —Mi madre— respondió Valentín.

            —Háganla salir. ¡Y registren bien toda esa pocilga! A ver si hay más ratas dentro.

            Tres militares armados con naranjeros MP28 II entraron en la casa a gran velocidad. En la planta baja no hallaron a nadie. Cuando subieron a la segunda planta se encontraron con Marina, arrodillada frente a la figura de la Virgen María y con el rosario en sus manos. La mujer, al ver a los militares, se persignó. Uno de ellos intentó levantarla, pero la torpeza de la anciana para alzarse le hizo desistir. Después continuaron con el resto de estancias de la casa.

            Desde arriba, Faustino y Don Esteban observaban en silencio los movimientos de los reclutas a través de dos pequeñas rendijas entre las tablas del piso. Ninguno de los dos se movió ni un centímetro durante el tiempo en que los militares buscaron, sin suerte, debajo de las camas y dentro de los armarios de las habitaciones. Tras dos minutos de registro salieron.

            —Mi teniente, en casa no está más que una señora mayor.

            —Ya le he dicho que sólo estaba mi madre— apostilló Valentín.

            —¡Sáquenla ahora mismo!— ordenó el teniente bigotudo.

            —Verá, mi teniente, parece muy torpe y… no creo que sea peligrosa.

            —¡¿Alguien le ha mandado a usted que crea o deje de creer algo, soldado?!— gritó el teniente al rostro de su subordinado.

            —¡No, mi teniente!

            —¡Aquí está usted para recibir órdenes, no para pensar!

            —¡Sí, mi teniente!

            Inmediatamente el soldado se dispuso a entrar en casa y a sacar a la anciana, aunque tuviera que hacerlo arrastras. El teniente le detuvo.

            —Está bien. Que se quede en casa. No creo que nos sirva de mucho— ordenó, para seguido, dirigirse al matrimonio que se encontraba frente a su casa—. Valentín Romeral y su mujer Eusebia Ruiz. Vaya, vaya. ¿Qué? Alguien os ha dicho que veníamos de visita y habéis mandado a vuestro hijo al monte ¿A que sí?

            —Señor, Faustino no vive con nosotros hace meses. Se fue a la capital a ganarse la vida— contestó Eusebia voz temblorosa.

            —Ya. Y quieres que yo me crea esa patraña.

            El teniente lanzó un puñetazo en el estómago de la mujer, que cayó de rodillas al suelo. Seguido, apuntó con su pistola Astra 400 a Valentín. Éste no se revolvió, sabedor de que cualquier movimiento serviría de excusa para recibir un disparo en la cabeza.

            —¿Sabéis? Gente como vosotros tenía que estar en el hoyo hace ya mucho tiempo. Y la verdad es que no sé muy bien porqué seguís con vida ¡Malditos Rojos!— El teniente lanzó un escupitajo a la cara de Valentín—. Además, con un hijo que ya no os necesita y otros dos muertos, tampoco creo que os apetezca mucho seguir vivos.

            —Tengo un hijo muerto. ¡Uno! El otro está en el monte. Y el pequeño en la capital— respondió Valentín sin apartar la saliva de su cara.

            —En el monte dices, ¿Y no sabrás en cuál de estos montes de por aquí está el mediano? Porque otra cosa no, pero por aquí no hay más que monte y más monte.

            Valentín Romeral dio la callada por respuesta. Su mujer, que continuaba arrodillada, también. El teniente sonrió con picardía.

            A diez metros, en el sótano de la casa, Faustino y Don Esteban observaban la tensa situación callejera desde un ventanuco de veinte centímetros de ancho por medio metro de alto. Los miraban sin miedo a ser descubiertos, sabedores de que la oscuridad reinante en el desván impedía a los militares distinguirles desde la calle. 

            —Así que no sabéis donde está vuestro hijo. Vaya por Dios. Pues estáis de suerte, fijaros por donde— soltó con sorna— ¡Cabo, trae al hijo de estos rojos!

            Un cabo se dirigió con brío a la parte trasera de la camioneta. Ordenó al soldado que antes había sido reprendido que le ayudara. Los dos subieron al camión ruso. Valentín y Eusebia se miraron aterrorizados.

            —Ayúdame, cógele por ahí— se escuchaba a los militares dentro del camión—. Así, venga, a bajarlo, ahora.

            Seguido, Valentín y Eusebia vieron cómo arrastraban el cadáver de Ildefonso hasta posarlo en el suelo.

            —¡Hijo mío!— gritó Eusebia para, inmediatamente, lanzarse al cuerpo inerte de su hijo.

            Valentín se mantuvo de pie, inmóvil, con las manos en la cara  y con un gesto de rabia y dolor tan profundo que inmovilizó todo su cuerpo.

            Dentro de casa, Faustino observó pávido la imagen de su hermano muerto. Don Esteban agarró al chaval del brazo para que no se moviera.

            El cuerpo de Ildefonso presentaba tres heridas de bala. Una en el hombro izquierdo, otra en el pecho y una última en la cabeza. Mantenía los ojos abiertos. Eusebia, con lágrimas cayéndole por las mejillas, se los cerró lentamente.

            —Eso es lo que pasa por enfrentarse a la ley— dijo el teniente mirando a los ojos a Valentín—. Lástima que no le pudiéramos coger con vida. Ya me hubiera gustado tener una charla con esta rata. Bien, bien, bien. Ahora vosotros tenéis la oportunidad de colaborar con la justicia… o de acabar como él. Es la última vez que lo voy a preguntar. ¿Dónde está vuestro hijo pequeño?

            Eusebia se levantó y se agarró al brazo de su marido. Los dos se miraron con determinación. Ambos tenían los ojos humedecidos por las lágrimas, pero sus miradas mostraban arrojo. Jamás delatarían a sangre de su sangre. Por ello alzaron la mirada con orgullo y callaron.

            —Está bien, vosotros lo habéis querido. Apartaos del camión.

            El matrimonio, empujado por dos soldados que les apuntaban con sus armas, dio varios pasos a la izquierda. Entonces el teniente les detuvo.

            —Ahí, ni os mováis— ordenó con una mirada gélida, sin ningún atisbo de humanidad—. Mujer, abraza a tu marido, porque os vamos a matar— dijo sin pestañear.

            Eusebia abrazó a Valentín. Éste la correspondió con un beso en la frente y la agarró con firmeza. No se dijeron nada. No era necesario. Sabían que era el fin. El desenlace de una vida juntos como amantes, esposos y padres. El final de una familia que habían formado a base de sudor y sufrimiento, pero también de ilusión por una vida tranquila y feliz entre las montañas que los vieron nacer. Una vida rota en mil pedazos por la Guerra Civil. 

            Tres soldados se colocaron frente a ellos con los naranjeros apuntando a sus cuerpos. Uno de ellos tenía los ojos cerrados y le temblaba el pulso.

            —¡Fuego!

            Tres ráfagas salieron de las ametralladoras e impactaron de lleno en el matrimonio. Valentín y Eusebia cayeron hacia atrás y sus cuerpos, abrazados, acabaron en el suelo, muertos al instante.

            Al sonar los disparos Don Esteban tapó la boca de Faustino y le lanzó hacia atrás. Se colocó encima de él para evitar que se moviera y descubrir su escondite. Faustino, con los ojos abiertos y la boca tapada, se quedó paralizado. Sus padres acababan de ser ejecutados ante sus ojos.

            La sangre de Eusebia y Valentín descendía calle abajo como un único riachuelo rojo. Silencio en Villasinde. Nadie salió de sus casas por miedo a terminar como ellos. Aunque todos los vecinos sabían qué acababa de suceder. Que los habían ejecutado sin contemplaciones.  Mientras, el teniente miraba a los dos asesinados. Se acercó a ellos y, con dos patadas, comprobó que estaban muertos.

            —¡Vecinos de Villasinde! ¡Esto es lo que le pasa a los traidores a la patria!— gritó mientras se movía en círculo  rodeando a los cadáveres y mirando a las casas más cercanas—. ¡Espero que toméis nota de lo que os puede pasar si no colaboráis con el Régimen del Generalísimo! ¡Esto es lo que os va a pasar! ¡Esto!

            Silencio absoluto en el pueblo.

            —¡Pero si nos ayudáis a desenmascarar a los traidores a la patria, España os compensará! ¡Sed valientes, señalad a todos los rojos de vuestro pueblo y recibiréis una compensación! ¡De lo contrario, si tenéis información y os la calláis, seréis cómplices de traición y yo mismo vendré a impartir justicia!

            De nuevo silencio. El joven teniente con bigote miró a los tres cadáveres del suelo y volvió a levantar la cabeza.

            —¡Una advertencia! ¡Que no me entere yo que estos rojos traidores han sido enterrados en el cementerio del pueblo! ¡El cementerio es para cristianos de bien, y no para comunistas hijos de perra! ¡Enterradlos como a las ratas, entre piedras y tierra en mitad del monte! ¡Que las alimañas se coman su carne putrefacta! ¡Si no acatáis esta orden, yo mismo vendré a cavar la tumba de quien haya osado desobedecerme!

El teniente respiró hondo.

—¡Faustino Romeral, estés donde estés! ¡Será mejor que te presentes en el cuartelillo si quieres seguir con vida! ¡Si eres listo y lo haces— mientras hablaba miraba a los montes que rodeaban la aldea— seré generoso y te perdonaré la vida! ¡De lo contrario, ya sabes lo que te espera!

            Faustino, tumbado, aturdido y mareado por el asesinato de sus progenitores, sintió un escalofrío al escuchar la amenaza.

            El teniente acabó su discurso público y sacó de la cazadora un cigarrillo con boquilla. Lo prendió con una cerilla, que tiró encendida encima del cuerpo de Valentín Romeral, y miró a la casa.

            —¡Quemadla! — ordenó al cabo.

            —Mi teniente, pero si está la anciana dentro.

            —¡Cojones! Pues entonces sacadla arrastras y quemad la casa. Traed toda la gasolina que haya en el camión.  Que todo el pueblo sepa quién manda aquí.

            Los soldados iniciaron la búsqueda del combustible en la camioneta. Dentro, Don Esteban, que había escuchado las órdenes, se levantó y ayudó a Faustino, todavía en shock, a incorporarse.

            —Rápido, hay que salir de aquí o nos quemarán vivos.

            El maestro abrió la trampilla del desván y empujó al muchacho a que saltara a la segunda planta. El chico, cuando miró abajo, vio a su abuela llorando ante la Virgen y pidiendo, entre sollozos, que “Dios les tenga en su gloria”. Sabía el fatídico final que habían sufrido su hijo y su nuera sin haber tenido la necesidad de ver el ajusticiamiento. Faustino saltó del ático y cayó al lado de su abuela. Ésta, de rodillas, le agarró de la pierna y gimoteó con más fuerza.

            Después Don Esteban saltó al lado del chico y le asió por la chaqueta.

            —Sígueme. Por la ventana de atrás.

            —¿Adónde va mi nieto pequeño? ¿Adónde va él solín?— preguntó Marina mirando a los ojos llorosos de Faustino.

            —Marina, no se preocupe. Me lo llevo al monte— contestó Don Esteban.

            —Al monte, a morir como los lobos. Como los perros rabiosos— La anciana se levantó escalando con los brazos por el cuerpo de su nieto y le abrazó—. Dios te proteja Faustino, que a tus padres ya les tiene en su gloria.

            La mujer besó con compulsión la mejilla de Faustino. Él no pudo responder. Un nudo en la garganta impidió que articulara palabra alguna. Le hubiera gustado decir que no esperaba que Dios le protegiera cuando acababa de permitir que sus padres fueran fusilados. Pero se mantuvo callado.

 Don Esteban le arrancó de los brazos de su abuela y le arrastró a la habitación de sus padres. En ese momento entraron dos militares por la puerta de casa. El ruido de sus botas al subir las escaleras impidió que escucharan cómo se abría la ventana de la habitación y cómo el chico y el profesor saltaban a la calle trasera.

            —Señora, tiene que salir de casa. Inmediatamente­— ordenó el cabo.

            —Por el amor de Dios, ¿no les basta con matar a mi hijo y a mi nuera? ¿También me van a matar a mí? Que Dios os perdone, porque no sé si alguna vez os perdonaréis vosotros el mal…

            El cabo cortó el discurso de la mujer agarrándola del brazo. Ordenó al recluta que hiciera lo mismo con el otro y, entre los dos, tiraron de la abuela Marina hasta que salieron de casa. En ese momento entraron dos militares más, cada uno con una garrafa de gasoil.

            —¡Que no queden ni las piedras! — gritó el teniente.

            Un minuto después los dos soldados salieron de casa con las garrafas vacías. Uno de ellos prendió una cerilla y quemó una tela que había extraído de la casa. Dejó que el fuego brotara en la mitad del paño y lo lanzó a la puerta de la entrada. En unos segundos las llamas iniciaron la destrucción del hogar de la familia Romeral Ruiz.

            Don Esteban había arrastrado a Faustino hasta una cuadra cercana y, desde allí, observaron con espanto cómo el fuego empezaba a devorar la que había sido la morada familiar del chico desde su nacimiento. Faustino había nacido en esa misma casa en llamas.  Su madre le parió en la habitación por la que habían huido y de la que empezaba a salir humo. Había crecido al abrigo de la lumbre de la chimenea de la cocina. Adoraba ese calor que, de tanto acercarse, casi llegaba a quemar su piel cuando entraba en la cocina después de un día de frío y lluvia. Ese calor que era nimio en comparación con el que desprendían las llamas que ya habían alcanzado el desván. El desván en el que había leído, soñado, imaginado y dormido sus últimos cuatro meses de vida y que nadie volvería a pisar.

            El teniente ordenó que toda la patrulla se montara en el camión y volviera al cuartel. Ya habían hecho el trabajo asignado y ahora se tendrían que encargar los vecinos del pueblo de apagar las llamas de la casa antes de que afectaran a otro edificio. 

Don Esteban cogió del brazo a Faustino y tiró de él.

—Rápido, nos tenemos que ir.

—¡No! ¡Mi abuela!

—No te preocupes por ella. Ya nos ocuparemos más tarde. Ahora tenemos que irnos. Si alguien te ve, te puede delatar— El maestro miró a los ojos al muchacho—. Si quieres vivir, sígueme.

Faustino dudó por un instante. Vivir. ¿Qué significaba la vida después de haber visto cómo se la habían arrebatado a sus padres?

Siguió a Don Esteban. Los dos, agachados y escondiéndose entre los árboles del pueblo, se alejaron un kilómetro. Cuando se vieron seguros divisaron cómo, a lo lejos, el humo ascendía por encima de la aldea. La casa se estaba convirtiendo en cenizas.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Los dos hombres esperaron agazapados a que se hiciera de noche. Don Esteban con la mirada puesta en los cuatro puntos cardinales temeroso de que alguien les descubriera. El chico, derrumbado en el suelo, con las manos tapando su cara y llorando desconsoladamente la muerte de su hermano y sus padres. A Don Esteban también le embargaba la pena. Había presenciado la muerte de dos amigos, dos camaradas, sin poder hacer nada. Le hubiera gustado tener el valor suficiente como para agarrar un arma y enfrentarse a los asesinos. Pero él se sentía un cobarde, un superviviente. Aunque ya tendría tiempo para recrearse en el dolor. Eso lo guardaba para cuando estuvieran a salvo, él y, sobre todo, el chico.

—Escúchame— dijo con determinación—. Tú te vas a quedar aquí. Ni se te ocurra moverte, ¿entendido?

—¿Adonde vas?

—Al pueblo. Tengo que coger víveres para los próximos días.

—¿Víveres?

—Sí. Comida, ropa, algún arma que tengo en casa.

—Te acompaño.

—De eso nada. Si te ven puedes darte por perdido. De mí no saben ni que estaba contigo. Si voy solo estaré más seguro. Tranquilo, no tardaré mucho. Pero no te muevas de aquí. Si oyes algún ruido extraño, escóndete. Pero no te alejes mucho o no te podré encontrar.

El maestro se levantó e inició la vuelta a Villasinde. Faustino se puso en pie y le detuvo.

—Espera. Necesito que des un recado.

—Tranquilo. Tu abuela estará en buenas manos. Estoy seguro de que alguien le ha dicho a tu hermana lo que ha pasado y ha venido a recogerla. Si no es así, ya me encargaré.

—No, no es eso— dijo Faustino avergonzado porque en ese momento se había olvidado de su abuela Marina y su prioridad era otra—. Es para Teresita. Quiero que le digas que…

—No le voy a decir nada a Teresita ni a nadie. Al menos de momento. Cuanto menos se sepa dónde estás, mejor para todos.

El joven iba a replicar al maestro, pero éste puso su mano en la boca del chico para que no dijera nada. Seguido, dio media vuelta y desapareció entre la maleza.

Faustino volvió a sentarse bajo un castaño a esperar la llegada de Don Esteban. Tras mirar a los lados y pensar en dónde se podría esconder si aparecía alguien, se cambió de sitio y se ocultó en la sombra de una roca.   Entonces fue cuando volvió a su memoria el momento de los disparos a sus padres. Aunque Don Esteban le había apartado del ventanal, tuvo tiempo para ver cómo la primera ráfaga alcanzaba a sus cuerpos y los lanzaba contra el suelo. Recordar ese momento le provocó un sofoco enorme que obligó a su corazón a latir descontroladamente y que sólo pudo aliviar con otra llorera. Las lágrimas resbalaban con velocidad por su cara y el chico se sentía embargado en una nube de dolor, tristeza, desamparo y…

…y miedo. Miedo. Un miedo atroz.

¿Qué iba a ser de él a partir de ese momento? ¿De sus sueños de aventurero y marinero? ¿De su amor por Teresita, la chica que estaba predestinada a convertirse en su esposa? ¿Cómo iba a sobrevivir sin el amparo paterno y con el recuerdo perenne de la violencia y la muerte de su familia? ¿De qué se iba a ganar la vida un adolescente protegido por sus padres hasta el punto de saber más por los libros que por su experiencia personal? ¿Cómo se iba a defender si se sentía atacado cuando jamás había tenido que recurrir a la violencia?

Todas esas incógnitas pululaban por su cabeza a gran velocidad. Y, para su desconsuelo, no podía centrarse en una sola para intentar hallar salidas a su angustiosa situación. Cuando quería concentrar su cerebro  en una sola idea recibía continuas ráfagas con imágenes de su hermano muerto en el suelo, sus padres acribillados, su hogar ardiendo, él huyendo de Villasinde…

 

 

                                   *          *          *

 

 

—Faustino, ¿estás ahí?

El chico se llevó un susto de muerte al escuchar una voz susurrante.

—Faustino, ¿dónde te has escondido, rapaz?

Resopló al reconocer la voz. Era Don Esteban. Entonces salió de su escondrijo.

—¿Ya estás de vuelta? ¿Tan pronto?

—¿Tan pronto? Hace dos horas que me fui.

Dos horas. Faustino hubiera jurado que no habían transcurrido ni diez minutos desde que el maestro se había alejado. Su alterado cerebro le había provocado ese desliz temporal.

El maestro se acercó con dos petates grandes como los que cargaban los marineros cuando embarcaban y con un zurrón más pequeño. Le dio uno de los sacos a Faustino y le ordenó que le siguiera.

—Ahora toca caminar. Y mucho. Tú sígueme. Hasta que no estemos unos kilómetros alejados no estaremos a salvo.

—¿Adónde vamos?

—¿Acaso no lo sabes todavía? Tú te vas a echar al monte, con el maquis.

Faustino quiso, pero no pudo preguntar más. Don Esteban inició la marcha a ritmo acelerado y el muchacho siguió sus pasos. No sabía hacia dónde se dirigía. Tan sólo que su dirección era el Este. Y, sobre todo, que se alejaba de su pueblo, de su casa, de todo lo que conocía. Jamás se había imaginado que así iba a ser su marcha. En ensoñaciones se había visto como un joven valiente que salía de su morada a comerse el mundo con el beneplácito de sus padres, orgullosos del arrojo de su hijo pequeño. Pero no así, huyendo campo a través con la luna como único testigo de su fuga.

Cuando pasaron tres horas de travesía sin pisar ningún camino ni vereda, Don Esteban se detuvo bajo un roble y ordenó a Faustino que hiciera lo mismo.

—Aquí está bien. Vamos a cenar un poco. No debemos quedarnos sin fuerzas.

—¿Queda mucho?

—¿Queda mucho para qué? — repreguntó Don Esteban.

Buena pregunta. ¿Para qué? El chico supuso que para llegar a algún sitio en concreto, pero no se atrevió a preguntar. El maestro apreció la sensación de quebranto de su pupilo y le agarró del brazo. Después sacó un trozo de salchichón de su petate, lo partió por la mitad con una navaja, y le dio una parte al chico. Hizo lo mismo con media hogaza de pan. Faustino dijo no tener hambre, pero Don Esteban le obligó a que comiera argumentando que la marcha no había hecho más que empezar.

Ambos comieron en silencio. Y ese mutismo fue el que le trajo de nuevo a la mente de Faustino la muerte de sus padres y hermano. Por ello, mientras masticaba un pedazo de salchichón, una lágrima densa bajaba por su rostro. Don Esteban lo vio e intentó mitigar el dolor del chico de dieciséis años.

—Antes te he dicho que te ibas con los maquis. ¿Sabes lo que significa?

—Sí… más o menos.

Faustino sabía que el maquis era la guerrilla antifranquista a la que había pertenecido su hermano recién muerto. También sabía que se encontraban perseguidos por la Guardia Civil y por el ejército. Y que había cientos de ellos en León, Galicia y Asturias. Suponía que también habría más en el resto de España. Poco más conocía del maquis. En su casa jamás se hablaba de política en su presencia. Y en la calle y en el colegio, hasta que dejó de ir, también era un tema tabú del que casi ningún chico quería hablar. Por supuesto, con Teresita tampoco charlaba sobre la guerrilla antifranquista, ni sobre la opresión del Frente Nacional. Cuando estaban juntos, ambos fantaseaban con viajar por el mundo y conocer las maravillas que tan bien describían las novelas de aventuras. Él sería capitán de barco y ella la enfermera que cuidara a la tripulación.

—Lo que significa— explicó el maestro— es que te vas juntar con alguna partida. Esperemos que sea con la que estoy buscando, si es que sigue. Y que vas a estar perseguido durante todos los días a todas horas. Pero así tiene que ser. Tienes que alejarte de Villasinde si quieres seguir vivo. Después ya se verá. Igual, con suerte, hasta puedes ir al extranjero.

—¿Sí? — preguntó Faustino, con el primer síntoma de ilusión en su cara desde que sus padres fueron ejecutados.

—Claro que sí. Algunos lo han hecho. Coger un barco y a la Argentina o a Venezuela. Pero tiempo al tiempo. Antes tenemos que encontrar a alguna partida de fiar.

—Tú… ¿cómo sabes tanto de…?— dudó si terminar la pregunta.

—Porque soy uno de ellos. Soy un enlace, Faustino. Como lo eran tus padres.

Don Esteban le contó que sus padres, desde que su hermano Ildefonso se había echado al monte tras finalizar la guerra, habían decidido convertirse en enlaces de apoyo a la guerrilla republicana. Siempre lo mantuvieron en secreto para que él no se viera envuelto en la guerra que todavía se mantenía viva en los montes.

Los enlaces eran familiares o amigos de confianza de los guerrilleros que ayudaban a estos con información y alimento. También les acogían cuando algún maquis tenía que esconderse en alguna casa o tenía que ser curado de alguna herida. Pero la función de los enlaces era muy arriesgada. Si las autoridades sabían de alguno de ellos, le prendían para llevarle al cuartelillo y allí le torturaban hasta que dijera todo lo que sabía. Después, pocas veces quedaban en libertad. O bien eran encarcelados o se les aplicaba la “Ley de fugas”, ejecución consistente en asesinar a un detenido y simular su intento de evasión como justificación del crimen.

—A su modo, tus padres lucharon como el que más. Lo único que no lograron fue dejarte a un lado de esta puta guerra, como ellos querían— explicó el maestro con un halo de pena en su voz.

Se volvió a hacer el silencio hasta que ambos terminaron de comer. Don Esteban ordenó que continuaran la marcha. Se colocaron los petates a la espalda y anduvieron otras tres horas sin detenerse en ningún momento. Faustino no entendía las direcciones tomadas por su guía. En unas ocasiones rodeaba toda una loma para llegar a la otra punta, en otras caminaba por una orilla de un río y después desandaba parte del recorrido por la otra orilla. E, incluso, en un trayecto entre arbustos, le dijo que caminara en paralelo diez metros por debajo de él. El joven supuso que así estaba intentando hacer desaparecer sus rastros.

Cuando quedaban dos horas para amanecer, el profesor preguntó al adolescente si se encontraba cansado. Éste reconoció que un poco. Aunque, en realidad, sentía las piernas agotadas de tanto caminar sin pisar ni una sola vereda.

—Dormiremos aquí un par de horas— dijo, señalando el hueco bajo una roca en la montaña—. En tu saco tienes una manta. Sácala y tápate con ella, no vayas a coger frío.

Faustino hizo caso, se tumbó bajo la roca con el petate a modo de almohada y se tapó con la manta. El agotamiento físico y mental le llevó a que no tardara ni cinco minutos en dormirse. Don Esteban tardó algo más, preocupado por el incierto y arduo futuro que le esperaba al chico al que tanto aprecio tenía. Finalmente consiguió conciliar el sueño.

 

 

                                   *          *          *

 

 

“¡No, Teresita, no te vayas con ellos, por favor!”, gritaba Faustino en sueños.

Su amada se despedía con la mano al tiempo que acompañaba a dos guardias civiles hasta un camión aparcado al lado de su casa.

“No te subas. ¡Noooo!”

Teresita sonrió. Con la misma sonrisa que le recibía cuando él, todos los miércoles a la noche, en plena noche huía de su prisión hogareña a modo de desván y escalaba la pared de la casa de su amada para llevársela al Campo de Fixó, donde pasaban horas y horas mirando las estrellas y hablando de su futuro recorriendo el mundo entero.

La sonrisa tierna y tímida de Teresita enamoró a Faustino desde que eran unos niños. Menuda, morena, de nariz delgada y puntiaguda y con unos ojos marrones y profundos, Teresita desprendía fragilidad a cada paso que daba. Para Faustino era como un desvalido animal del monte que, a cada instante, miraba a todos los lados por miedo a ser descubierto. Pero, a solas, estando únicamente con él, Teresita se convertía en una ensoñadora compulsiva, como él. Una mente abierta a las fantasías y a las ilusiones aventureras y románticas.

Por ello, en su sueño, Faustino no entendía que su amada se marchara con los guardias civiles.

“Tranquilo, que sólo quieren hablar conmigo”

“¡Nooo! Te van a torturar ¡Te quieren matar! ¡Matan a todos!”

Teresita volvió a sonreír y se subió a la parte trasera del camión. Entonces Faustino intentó correr hacia ella. Aunque, tras varios pasos, tropezó y chocó de bruces contra el suelo. Buscó con la mirada la razón de la caída. Eran sus padres, muertos en el suelo dentro de un charco enorme de sangre.

Intentó levantarse, pero sus piernas se habían quedado sin fuerzas. Se arrastró por el suelo, lleno de barro y sangre, hasta llegar a pocos metros del camión.

En ese momento la camioneta arrancó y se alejó. Desde el suelo vio cómo Teresita se despedía con la mano. En ese momento, uno de los guardias civiles apareció entre las sombras del camión, la empujó hacia atrás y sonrió de un modo perverso al muchacho. Seguido, tapó la apertura trasera del camión con una lona.

“¡Noooooo!”

—Tranquilo, hijo. Ya pasó. No es más que un sueño.

Era Don Esteban, arrodillado a su lado y agarrándole de los brazos. Faustino se incorporó rápidamente. Respiraba aceleradamente, sudaba en abundancia y miraba hacia todos los lados. Hasta que recordó dónde estaba. En el monte, huyendo de los asesinos de su familia.

—Toma. He hecho un poco de café. Igual está frío, pero te espabilará.

Faustino bebió de la taza mientras veía al maestro recoger un pequeño cazo colocado encima de lo que había sido una lumbre.

—¿Qué hora es?

—No te preocupes por eso. Necesitabas descansar.

Volvieron a iniciar la marcha, esta vez de día. Según caminaba, Faustino intentaba memorizar el recorrido realizado la noche anterior. No conocía los montes que atravesaban pero pensaba que, concentrándose, sabría volver a casa.

Pero, ¿regresaría a su pueblo alguna vez? Intuía que no, que jamás iba a volver a ver Villasinde, ni sus castaños rebosantes de frutos, ni sus praderas siempre verdes. Ni, sobre todo, a Teresita Sopeña. Esa intuición volvió a sumirle en una desazón imposible de hacer desaparecer.

Cuando llevaban cuatro horas entre bosques, prados y puertos al calor del sol, atravesaron un escobal denso que les obligaba a apartar las ramas a cada paso que daban. Don Esteban caminaba delante y Faustino detrás, absorto en sus sombríos pensamientos e ignorante de que no eran los únicos caminantes de la montaña.

—¡Al suelo o disparo! — gritó una voz detrás de ellos.

Faustino se lanzó a la tierra al instante. Don Esteban, por el contrario, se giró levantando las manos y aparentando tranquilidad. Cuando vio de quién se trataba, resopló.

—¡La madre que te parió! Vaya susto que me has metido, jodio.

El hombre que tenía en su retaguardia echó a reír. Al tiempo se escucharon otras risas entre las malezas. Otros cuatro hombres salieron de entre ellas con sus subfusiles al hombro sin dejar de carcajear.

—Pues si te lo he metido a ti, no digamos a éste— se mofó el hombre señalando con su escopeta ametralladora a Faustino—. Levanta, valiente.

El chico se incorporó. Tenía la cara llena de barro y de incomprensión ante la tesitura en la que se encontraba, en mitad de varios hombres armados que se desternillaban de risa.

—Pero, ¡si es un guaje! Profesor, ¿qué coño haces aquí con él?— preguntó uno de los hombres armados, el más corpulento de todos.

—Es el hermano de El Marqués.

“¿El Marqués?”, se preguntó Faustino. “¿Así llamaban a mi hermano Ildefonso?” Le pareció muy extraño que un humilde ganadero como él hubiera tenido ese sobrenombre.

—¡Coño, eso es otra cosa!— dijo animosamente otro hombre, éste más bajo y delgado como un fideo— ¿Te ha mandado tu hermano?

Faustino agachó la cabeza.

—El Marqués está muerto. Lo han ejecutado. A él y a sus padres. Pensaba que estaba con vuestra partida.

—No. Se juntó con otros para ir a ver a su familia. No debí haberle dejado marchar— respondió el hombre que, a todas luces, era el jefe de partida.

Se hizo un silencio entre los cinco guerrilleros que rodeaban a la pareja. Después, uno de ellos, con un parche en el ojo izquierdo, dijo con cólera:

—¡Hijos de puta! ¡Hay que matarlos a todos, la madre que los parió!

El más corpulento se acercó a Faustino y le dio la mano.

—Te acompaño en el sentimiento chico. Tu hermano era un buen hombre.

Faustino intentó evitar que las lágrimas aparecieran. Lo logró, pero no el enrojecimiento de sus ojos.

—Cazurro, necesito que le acojas— dijo Don Esteban al hombre con presencia de líder—. Al menos por una temporada. No tiene a nadie.

—Hablaremos de eso más tarde. Vamos al campamento.

Cazurro inició la marcha. A él le siguió el hombre del parche. Detrás, Don Esteban y Faustino, a los que seguían el resto de guerrilleros. Una hora después habían llegado a lo que Cazurro había llamado “campamento”.

Se trataba de un espacio herbal de cinco metros por cuatro escondido entre rocas en el que había tres tiendas de campaña militares cubiertas por ramas. En medio, en un hueco de treinta centímetros de profundidad, una hoguera apagada. Y, a la sombra de una de las rocas, varios platos, cazos y cucharas.

Toda la expedición se adentró en la guarida, salvo los dos últimos hombres de la retaguardia. Estos se separaron y se alejaron cien metros, uno hacia al Este y el otro al Oeste. De pie, tras unos arbustos, tenían la función de vigías del valle. Cazurro y Don Esteban se adentraron en una tienda de campaña. Antes, el maestro ordenó al muchacho que esperara fuera con el resto de guerrilleros. Éste se sentó a la sombra de una roca, en silencio, recordando la frase de su padre  de que “mejor callado y parecer tonto que hablar por hablar y demostrarlo”. Los hombres que le rodeaban le miraron con lástima. Todos conocían a El Marqués y lamentaban la muerte de su compañero maquis.

—¿Un orujo, Profesor? — preguntó Cazurro dentro de la tienda.

—No me vendrá mal después de lo de ayer.

Don Esteban echó un trago de una botella de cristal rellenada tantas veces que el vidrio mostraba la pérdida total de su original brillo y relató lo sucedido el día anterior en Villasinde. Cazurro escuchaba con atención, intentando disimular una ira en su interior que crecía a cada palabra que salía de la boca del maestro. Y un sentimiento de culpabilidad que, sabía, jamás le abandonaría. “No debía haberle permitido unirse a la otra partida”, se lamentaba al tiempo que escuchaba la narración de Don Esteban.

 Cuando éste acabó, Cazurro se quedó pensativo mirando al chico por la apertura de la tienda.

—Ya sabes cómo es esto— soltó con solemnidad—. Lo que le pasó al Marqués le puede pasar a él, o a cualquiera de nosotros, mañana mismo. No creo que estar con una partida sea lo más seguro para el chico.

—Más que volver a casa a que le den matarile, seguro— replicó Don Esteban con conocimiento de causa.

—¿No hay otra opción?

—Si no me la dices tú… A mí no se me ocurre.

—Huir al extranjero.

—Sí, pero hasta entonces, ¿qué? En mi casa no puede estar. Al final algún hijo de puta lo descubrirá y se acabó. Para él y para mí. Además, necesitará dinero para huir.

Cazurro, agachado, salió de la tienda. Don Esteban le siguió sin intuir en qué pensaba o si ya había tomado una decisión. Los dos se acercaron a Faustino, a quien, sentado, se le hizo un nudo en la garganta al ver al hombre fuerte y varonil mirándole de arriba abajo.

—Levántate— ordenó Cazurro.

El chico, con rapidez, se alzó ante ese hombre que tanto respeto imponía y se quedó a un metro de él aguantando la respiración.

—El Profesor me pide que te unas a mi partida. ¿Tú que piensas?

Faustino agachó la cabeza y se quedó mudo. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba aterrado tras un día en el que había perdido a su familia? ¿Que no sabía nada de la lucha guerrillera y no se consideraba, precisamente, un joven valeroso? ¿Que se sentía avergonzado por no haber sido capaz de vengar los asesinatos de su familia por miedo a sufrir él el mismo trágico final? Su única respuesta podía ser el silencio.

—Si te quedas aquí, yo doy las órdenes y las tienes que cumplir. ¿Entendido?— se hizo un silencio al no recibir respuesta—. He preguntado que si lo has entendido.

—Sí, señor.

—Estarás con nosotros el tiempo necesario hasta que veamos el modo para que huyas al extranjero.

—Sí, señor.

—A partir de mañana serás uno de los nuestros y harás lo que haga falta. Cocinar, hacer guardias, llevar los fardos… Y disparar si es necesario.

—Sí,… señor— la respuesta, en este caso, fue vacilante.

Cazurro apreció la duda en su tono de voz, pero prefirió no ahondar en los frágiles sentimientos que estaban abordando al chico en esos momentos. Por el contrario, posó su mano en el hombro de Faustino.

—Tu hermano fue un gran maquis que luchó por la República y la libertad de su país. Tú también lo serás. Y te juro por la amistad que nos unía que daré mi vida para que no acabes como él.

Esa última explicación emocionó al muchacho. Aunque no entendía porqué un hombre al que no conocía había hecho un juramento de tanta hondura.

—Esta es la partida de Cazurro. Mi partida. Y estos son mis hombres.

Uno a uno señaló a lo miembros del grupo. Aguilucho, el hombre con un parche en el ojo, sonrió al muchacho. Manazas, el más corpulento, sentado en el suelo mientras se cortaba las uñas de las manos con una navaja, movió la cabeza en vertical ascendente a modo de saludo. A lo lejos, mirando al sur, estaba Bolchevique, el único de los hombres vestido con auténtica ropa militar republicana, y en sentido contrario, El Asturiano, el más delgado de todos, con una pelliza de lana que le cubría hasta la mandíbula.

—Luego te los presento— señaló Cazurro.

Faustino asintió con la cabeza.

—Yo me llamo…

—Tu nombre no lo queremos saber, muchacho— interrumpió Manazas con una voz ronca que parecía salir de ultratumba al tiempo que clavaba con violencia la navaja en la tierra—. Ni tu nombre, ni de dónde vienes, ni nada. Cuanto menos sepamos unos de los otros, mejor.

Faustino se quedó petrificado con al contundencia del guerrillero.

—Es un buen hombre, pero tiene los mismos modales que un burro— alivió Cazurro al chico. Luego miró a Don Esteban—. Tranquilo profesor. Nosotros nos hacemos cargo del zagal.

Don Esteban agradeció el mensaje y entregó su petate a Aguilucho. En él había introducido la noche anterior la mayoría de los alimentos que había encontrado en casa. Latas de conservas, chocolate, unas piezas de fruta, media docena de androjas,  tres chorizos y dos piezas de medio kilo de cecina de vaca. Además de dos botellas de anís. Nadie lo sabía, pero las tenía guardadas desde el inicio de la Guerra Civil para celebrar con ellas la victoria republicana ante los sublevados. Ahora esa victoria se había convertido en una quimera en la que Don Esteban, cada día, tenía menos fe depositada.

Después se acercó a Faustino y juntos se alejaron unos metros del resto.

—En tu petate tienes una tienda de campaña. Es pequeña, pero te será útil. También hay un par de mantas, una muda y un poco de ropa. Toma también esto— dijo Don Esteban al tiempo que apartaba el zurrón de su cuello y se lo acercaba al chico.

Éste lo agarró sin saber muy bien si aceptarlo o no. Esteban reaccionó ante esa duda.

—No te desprendas de él. Ni para dormir, ¿entendido?

—¿Qué hay?

Don Esteban sacó uno a uno los objetos del zurrón de piel.

—Una navaja. Seguro que la necesitarás— dijo al extraer la afilada arma.

Prosiguió con un plato metálico, un tenedor y una cuchara. Seguido, una cartera pequeña, en la que había ciento treinta pesetas, y dos latas de anchoas, con la orden expresa que sólo utilizara el alimento y el dinero en caso de extrema necesidad. Después miró a los ojos a Faustino y le sacó una pistola Tokarev T33 con cargador de ocho balas. El chico se asustó al verla. Sus padres jamás le habrían permitido portar un arma. Pero ya no estaban ahí para impedírselo.

—Yo no la voy a necesitar. Si un día vienen a por mí, poco voy a poder hacer. Tiene el cargador lleno y dentro hay más balas. Pero ándate con cuidado, que las carga el diablo. Ojalá no la tengas que usar jamás. Pero en estos tiempos…no sé yo. Dile a Cazurro que te enseñe a disparar. Si no lo hace él lo hará cualquiera de la partida. Ellos están tan interesados como tú en que puedas defenderte.

Volvió a meter la pistola en la mochila y se detuvo.

—Tu abuela se equivocaba— dijo el maestro con solemnidad para sorpresa del alumno—. Cuando se despidió de ti, en casa. No tenía razón. Tú no estás en el monte para morir como un lobo, ni como un perro rabioso. Tú estás en el monte para cuidar de todos tus paisanos. A partir de ahora eres nuestro protector, como todo el maquis. Y eso te va a honrar, Faustino, amigo mío, aunque ahora no lo sepas. Vas a tener que luchar contra los que nos están oprimiendo hasta asfixiarnos. Contra los que han matado a tus padres y a tus hermanos. Y a tantos padres y hermanos. Contra militares, guardias civiles y delatores que únicamente quieren ver muertos a los perdedores de esta guerra tan puñetera que nos ha tocado vivir. Que nadie te diga lo contrario. No eres un bandolero, ni una alimaña. Faustino, tenlo presente. Tú, a partir de ahora, eres un montaraz.

El joven, con las lágrimas en los ojos, no supo reaccionar. Quería abrazar a su mentor cultural, pero temía derrumbarse.

—Por ello— prosiguió Don Esteban—, porque no eres un perro ni un lobo, quiero que tengas esto.

Sacó un cuaderno del zurrón. Estaba sin estrenar, envuelto en un plástico transparente. Se trataba del cuaderno que había pensado regalarle en cuanto terminara el que había dejado en casa y que ahora era ceniza.

—Voy a echar de menos las horas de estudio contigo. No sabes cómo. Y, durante un tiempo, tampoco te podré traer libros de aventuras y viajes. Pero quiero que ahora seas tú quien me entregue un libro de aventuras. De tus aventuras. Faustino, mi querido Faustino. Escribe, escribe tu historia. Y vive para contármela. Es lo único que te pido.

Faustino ya no pudo apaciguar sus sentimientos y, llorando, se lanzó a los brazos de Don Esteban. Éste abrazó al chico con fuerza y a duras penas logró que el adolescente no viera ninguna lágrima correr por su rostro. Después, se separó de él y le colocó el zurrón al cuello. Caminó hacia la partida de Cazurro. Uno a uno se despidió de los miembros con un estrechamiento de manos, les deseó mucha suerte y les rogó paciencia con el chico. A Cazurro lo dejó para el final y le pidió que le acompañara unos pasos hasta el inicio del bosque por el que desaparecería para volver a Villasinde. Antes de despedirse con un abrazo, Don Esteban se detuvo.

—Anda con cuidado con quién ves en el monte.

—Eso intento. No sabes quién te va a delatar.

—Sí, pero no solo por eso. He odio que están planeando crear una red de contrapartidas con guardias civiles y legionarios. Los más sanguinarios y los que más os quieren ver muertos. Para que se hagan pasar por vosotros, descubran a los enlaces y nos cacen a todos más fácilmente. Apenas tengo información, ni sé si es verdad. Pero he odio unos rumores muy peligrosos, y si son ciertos…

—¿Qué rumores? — preguntó Cazurro sinceramente intrigado.

—Que ya hay una contrapartida por León o por Galicia que se hace pasar por maquis. A modo de prueba. No sé muy bien.

—¿Tú crees que es verdad? ¿Qué hay una partida falsa que nos la está jugando?

—No lo sé amigo. Ojalá supiera más. Pero, si es así, recuerda este nombre. Bonifacio. Puede ser el nombre real de uno de los de la contrapartida.

—¿No te sabes su apodo?

—No. Lo único que oí un día a dos militares que estaban hablando de ello medio borrachos en la cantina fue el nombre de un tal Bonifacio. Al parecer, uno de ellos había luchado con él en la guerra. Lo intenté, pero no pude averiguar nada más.

Cazurro agradeció la información y, con un sincero abrazo, se despidió del enlace. Don Esteban, por su parte, miró hacia atrás y divisó a Faustino, con los ojos vidriosos, despidiéndose con la mano. Luego se giró y caminó. En unos segundos despareció entre la densidad del bosque preguntándose si volvería a ver a su alumno más querido.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Habían pasado tres horas desde la marcha de Don Esteban y Faustino no se había movido de la piedra en la que se sentó a la marcha del maestro. Porque se sentía sin ánimos y porque no sabía qué debía hacer. Sí, ahora era un maquis, un guerrillero antifascista. Pero ¿qué suponía eso en la práctica? Faustino no tenía ni idea. Y al ver a los miembros de la partida, dos de ellos vigilando el valle desde sus escondrijos y otros tres sentados observando unos mapas, la duda no desaparecía. Entonces fue cuando Cazurro se acercó a él.

—No pensarás dormir al raso.

El chico no contestó.

—Venga, haz la tienda ahí, en ese hueco que queda.

Faustino sacó la tela de petate y la miró como quien observa el plano de un laberinto imposible de resolver. Cazurro se percató del desconocimiento del novato y movió la cabeza en horizontal.

—¡Aguilucho! ¡Ven y échale una mano! Pero no le dejes que se meta en su tienda hasta que la haga él sólo.

Aguilucho obedeció la orden del jefe de la partida. Y, para su sorpresa y las de Cazurro y Manazas, Faustino supo montar la tienda de campaña con unas simples indicaciones generales del hombre del parche en el ojo. Cuando terminó, a modo de premio que creía merecerse, realizó una pregunta que le rondaba la cabeza.

—¿Porqué te llaman Aguilucho?

El hombre se acercó con lentitud. Colocó su cabeza a treinta centímetros de la del muchacho.

—Por esto. ¡Uh!

Con un movimiento veloz se quitó el parche y Faustino vio la cuenca del  ojo vacía. El susto le obligó a dar dos pasos hacia atrás y trastabillarse contra su propia tienda de campaña. Cayó y la derrumbó.

—Venga, ahora a volver a hacerla. Y las preguntas te las guardas para otro momento— dijo Aguilucho a modo de finiquito de la conversación.

Cazurro observó la novatada de su camarada y no dijo nada. Pero sí se planteó que al día siguiente debería mantener una conversación con el chico para que éste se ubicara mentalmente dentro del arriesgado mundo en el que se había metido.

El sol quería abandonar el día y empezaba a tumbarse en dirección a su descanso diario. Entonces aparecieron Bolchevique y Asturiano, los dos vigías. Bolchevique, un hombre de treinta años con barba hasta el cuello y gafas que le daban un halo intelectual, pidió la cena, que creía bien merecida tras varias horas vigilando a la solana.

—Cenarás cuando cenemos todos. Ya lo sabes— replicó Manazas con su voz amedrentadora.

—Claro, como tú te has estado tocando los cojones todo el día, no tienes hambre. Pero nosotros sí, coño— respondió el único guerrillero con ropa militar.

Asturiano sintió que Bolchevique reclamaba su complicidad a la hora de reivindicar su alimento. Pero le miró con un gesto con el que quería distanciarse de su compañero. No le gustaban las peleas dentro del grupo y no quería ser cómplice de una discusión. Manazas no replicó. Cazurro acalló las quejas de Bolchevique indicando que, en cuanto se pusiera el sol definitivamente, cenarían.

Cecina y dos androjas para los cinco acompañados de pan duro. Ese fue el menú que degustaron en silencio los guerrilleros a la luz de una pequeña fogata colocada en un hueco excavado ex profeso. A Faustino la cecina le supo a gloria. Era uno de los alimentos que más disfrutaba. La androja, sin embargo, prefirió no comerla. Nunca le había gustado esa variedad de embutido típico leonés elaborado únicamente con manteca de cerdo, harina, sal y pimentón dulce que debía ser cocido durante media hora antes de ser devorado. Además, con la pena que continuaba en su interior, el hambre desapareció con tan sólo tres mordiscos de cecina. Cazurro, entre bocado y bocado, le miró inquisitivamente por no alimentarse más. Aún así, prefirió guardar silencio.

Al terminar la cena Bolchevique sacó una botella de orujo con arándanos, pegó un trago y se la pasó al resto. Faustino fue el único que hizo caso omiso a la invitación. Entonces Bolchevique, como casi todas las noches, inició la conversación política que tanto le atraía.

—Si los socialistas hubieran dejado que los comunistas hubieran llevado las riendas de la guerra, no estaríamos donde estamos. Es así. Como yo os digo.

––Y si mi madre tuviera pene, sería mi padre— replicó con sorna Manazas.

—¿Ves? — continuó Bolchevique—. Por eso perdimos la guerra.

—¿Por qué su madre no tenía pene? — preguntó Aguilucho sonriendo.

—¡No, cojones! Porque la gente no se toma en serio la lucha política. Ellos sí que estaban unidos, los muy hijos de puta. Pero nosotros, nada de nada. Todo Dios a hacer la guerra por su cuenta. Si es que así no se puede ganar en la puta vida.

—Perdimos porque perdimos. Y no hay que dar vueltas todo el día con el pasado— replicó Cazurro después de echar otro trago de orujo.

—Lo que tú digas. Pero podemos dar la vuelta a la tortilla si nos volvemos a juntar. Pero esta vez de verdad.

Cazurro sonrió con desprecio.

—Si durante tres años no fuimos capaces de estar unidos, dime ahora cómo lo hacemos. ¿Eh?, cómo juntas ahora a los que están en la cárcel, los que estamos en el monte y los que huyeron del país. Por no contar con todos los que han muerto y que ya no tienen ni voz ni voto— Cazurro lanzó una rama al fuego y prosiguió—. Menos política y más acción. Eso era lo que se necesitaba en la guerra. Y no mandar a cualquier pelagatos sin tener ni puta idea de disparar a que diera arengas al frente.

Con esa disección  quiso dar por finalizada la conversación ideológica de la jornada. Cada día estaba más harto de las disertaciones de Bolchevique y esa noche no tenía el cuerpo para diálogos que le parecían vacíos e insustanciales. Bolchevique no dio su brazo a torcer.

—A ver, cuántas veces, desde que el puto Franco dio la guerra por vencida, se ha dicho que lo que teníamos que hacer era juntarnos todos como un único grupo republicano. Eso, republicano y punto. Nada más— En ese momento miró a Faustino, absorto en sus pensamientos y sin atender en absoluto a la conversación política—. Tú, chaval, ¿qué piensas?

Faustino levantó la cabeza con gesto contrariado. Como no sabía por dónde le daba el aire, preguntó que qué pensaba acerca de qué.

—¿De qué va a ser? De la política que tenemos que llevar los republicanos.

—Yo no sé nada de política— contestó con sinceridad—. No me interesa.

—¡Manda huevos, que no le interesa! Así sí que vamos apañados. ¿Por qué te crees que estás aquí más que por política?

—Déjale Bolchevique, que no está para estos temas— ordenó Cazurro tumbado boca arriba con la gorra tapando su cabeza.

Bolchevique desoyó la orden.

—Pero algo serás, ¿no? Comunista, socialista, anarquista, marxista, socialdemócrata… O no me jodas ahora con que eres de la Falange.

—¡Eso sí que no! — respondió Faustino con rapidez y contundencia.

—Bueno, algo sabemos ya. Que no eres falangista. Entonces, ¿qué eres, muchacho?

Faustino, molesto por la insinuación por parte de Bolchevique de pertenecer al bando de los que habían acabado con su familia, tuvo ganas de responder con firmeza. Pero no sabía qué decir. Jamás se había planteado formar parte de un grupo ideológico, fuera el que fuera. Por lo tanto, ¿qué era él? En ese momento se acordó de la soflama de Don Esteban horas antes.

—¡Soy un montaraz! — dijo con fuerza.

Los compañeros de la partida se quedaron paralizados mirándole. Hasta que Asturiano, tras una risa breve, intervino.

—¿Qué has dicho que eres?

—¡Un montaraz, un defensor de la montaña! Eso es lo que soy— enfatizó, recordando las palabras de Don Esteban.

Bolchevique soltó una carcajada. Los demás, salvo Cazurro, se contagiaron.

—Pues espero que seas más fuerte de lo que pareces, porque no te veo yo muy defensor, que digamos.

—¡Ya basta! — ordenó con ímpetu Cazurro—. Deja al chico en paz y no toques más los cojones.

Faustino, ofendido por la vejación sufrida, se levantó con rabia y se metió en su tienda de campaña.

—Mejor, chico, mejor que te acuestes. Mañana tenemos una larga caminata y aquí no vas a oír más que estupideces— dijo Cazurro en alto.

El jefe maquis y Bolchevique se miraron retadoramente, pero no abrieron la boca. Cazurro apagó las llamas con tierra y ordenó a su grupo que se metieran en las tiendas.

Faustino se quitó la cazadora, se descalzó y se tapó con una manta. Sentía su cuerpo vibrar, excitado, con ganas de huir del miedo, la humillación y la tristeza en los que estaba envuelto. “Me tengo que largar de aquí. No voy a aguantar con estos hombres. Esta vida no es para mí”.

 

 

                                   *          *          *

 

 

El eco de las ramas de los saúcos y lo nogales al balancearse con el viento era el sonido predominante en el monte. Los animales salvajes dormían. Los búhos aguardaban callados la llegada de una presa con la que alimentarse. Los murciélagos, recién salidos de sus madrigueras en busca de saltamontes que llevarse a la boca, aleteaban con suavidad para no ser oídos por su futuro alimento.

Y cinco de los seis humanos habitantes del campamento dormían con placidez a la espera de los primeros rayos de sol que les ordenaran levantarse e iniciar la marcha a otro punto de la montaña.

El único que se mantenía despierto era Faustino, convencido, desde que se acostó, de que tenía que tomar las riendas de su vida, por mucho que no supiera lo que ello significaba y por mucho pánico que ello le provocara. Se había convencido de que no se sentía con las fuerzas necesarias para formar parte del maquis. Y, sobre todo, de que no podía renunciar a su pasado. Un pasado tan cercano en el tiempo pero tan alejado de la realidad en la que se encontraba, que le costaba creer que fuera el suyo. Pero sí, lo era. Y no se apartaría de él, por mucho que su vida corriera peligro con la acción que pensaba llevar a cabo.

Cuando llevaban dos horas metidos en las tiendas, Faustino salió de la suya en silencio. Dentro se había vuelto a vestir con las botas y la cazadora, además del zurrón que le había regalado Don Esteban y que le había prometido que lo llevaría consigo a todas partes. Se arrastró con lentitud y precisión para no pisar ninguna rama que alertara de sus intenciones al resto. Así, agachado entre la oscuridad de la noche, se alejó cien metros del campamento. Se levantó seguro de que la primera parte de su plan había sido un éxito y nadie había descubierto su huida.

Pero estaba equivocado. En cuanto salió de su tienda, Cazurro, hombre de sueño liviano como el que más, observó con un ojo abierto el lento movimiento del joven Faustino. Por el modo de moverse supo que no se levantaba a orinar. Pero prefirió esperar a que se alejara unos metros. Entonces salió de su refugio, se vistió aceleradamente, agarró su escopeta ametralladora y su pistola y prosiguió los pasos de Faustino.

No le resultaba complicado continuar su rastro sin que éste se percatara de la presencia de su perseguidor. El chico, desde el momento en que se adentró en el bosque, centró su mirada únicamente en el frente. “Lo que tiene que aprender este chaval si quiere seguir vivo”, se dijo Cazurro mientras caminaba a menos de cien metros de distancia del huidor. “Vaya montaraz que estás hecho”, concluyó.

Cazurro podía acelerar el paso, emboscarle un kilómetro más adelante y sacarle a sopapos qué diantres pretendía hacer alejándose del campamento. Pero prefirió averiguarlo con sus propios ojos. Eso sí, el chico corría riesgo de ser descubierto si seguía con un trote tan rápido y confiado, sin predecir que la montaña tiene ojos y no siempre son los de los guerrilleros. Los militares y, sobre todo, los guardias civiles podían aparecer en cualquier momento, escondidos entre la maleza. Por ello Cazurro optó por alejarse de las pisadas de Faustino y colocarse veinte metros por encima de él y caminar en paralelo. Así podría avanzar con mayor facilidad la posibilidad de que Faustino fuera descubierto en mitad de la montaña. Si intuía que ello podría llegar a suceder, que una patrulla de montaña podía estar agazapada en el trayecto, tomaría medidas. Hasta entonces se limitaría a proteger al muchacho sin ser descubierto.

Toda una noche sin parar de caminar y Faustino no se detenía. “Joder, con el guaje de los cojones. Tiene más resistencia de lo que parecía”. Cazurro también se sorprendió de la seguridad con la que caminaba, a veces hasta corría, en una dirección que el jefe de la partida desconocía por completo. La firmeza en el paso le hizo pensar no sólo que no huía sin más, sino que tenia un objetivo fijo al que pretendía llegar. Y, además, que tenía unas nociones geográficas y de ubicación sobre el terreno más avanzadas de lo que cabía esperar. “Eso me va a venir bien. Puede ser un buen rastreador. Si es que antes no le meten un tiro, claro”.

Antes del amanecer Faustino se detuvo. Con las piernas agotadas y un sofoco evidente, buscó un refugio en el que esconderse. Giró trescientos sesenta grados sobre sí mismo hasta que divisó, unos metros por encima, un grupo de arbustos frondosos. Se dirigió hacia ellos, se preparó un aposento sobre el que sentar sus posaderas y descansó.

Lo que desconocía Faustino era que, a diez metros del lugar que había elegido como escondrijo, se encontraba Cazurro tumbado en el suelo. El maquis pensó que el chico le había descubierto cuando se encaminó hacia él. Pero no había sido así y Cazurro esperó media hora antes de comprobar qué hacía el muchacho entre los arbustos. Cuando lo hizo, se acercó reptando hasta poder divisar a su vigilado y vio que Faustino descansaba dormido, apoyada su cabeza sobre la chaqueta y con las ramas protegiéndole del sol naciente de la mañana.

Cazurro retrocedió unos pasos hasta encontrarse lo suficientemente lejos como para no ser descubierto por Faustino. Después, aprovechando el sueño placentero del chico, optó por divisar a grandes rasgos dónde se encontraba. Sabía que, por la dirección que habían seguido a lo largo de toda la noche, continuaban en algún punto de la comarca de El Bierzo. Pero desconocía exactamente dónde.

Cazurro, de nombre real Sebastián García, también era leonés, pero del Noreste de la provincia. Había nacido hacía treinta y dos años en Ribota, una minúscula aldea al pie del Macizo Occidental de los Picos de Europa. Un enclave bello y agreste al lado del río Sella en el que la estirpe García había cimentado su linaje durante siglos. Sebastián pensaba continuar con la tradición familiar de campo y ganado como modo de vida. Se casó a los veinticinco años con Consuelo, una chica del cercano pueblo de Oseja de Sajambre seis años más joven que él. La familia de Consuelo, socialista hasta la médula, principalmente por descender de mineros asturianos sindicalistas, inculcó en la joven esposa la pasión por la política. Por ello, cuando se inició la Guerra Civil, incluso antes, Consuelo decidió tomar partido activo por el bando republicano.

Sebastián no sentía la pasión ideológica de su mujer. Él hubiera preferido mantenerse al margen de cualquier enfrentamiento con la premisa básica del “vive y deja vivir”. Pero ella y su familia política le convencieron para unirse al bando republicano en el frente asturiano. Su corpulencia y su buena puntería eran dos virtudes para batallar contra los golpistas nacionales.

Se mantuvo en el frente asturiano desde 1937 hasta 1938. Entonces supo que su mujer había sido apresada. Un vecino anónimo  de Oseja de Sajambre la había acusado de traidora al movimiento golpista y los militares nacionales la apresaron y la trasladaron a una casa cuartel del valle de Valdeón. Cinco días más tarde Consuelo murió víctima de las torturas.

Sebastián García hubiera querido volver a su pueblo y vengarse sin piedad de los asesinos de su esposa. Pero un mando le envió a él y a otros voluntarios a reforzar el Frente de Madrid. Allí conoció a Ildefonso Romeral, el hermano de Faustino, con quien batalló hasta que tuvieron que retirarse tras un enfrentamiento en el que Ildefonso salvó la vida de Sebastián. Entonces se refugió en los montes de León y allí formó una partida formada por diez hombres que, como él, se encontraban perseguidos por el Régimen.

Pero la partida quedó reducida a seis hacía dos meses por culpa de un enfrentamiento con una patrulla militar. Y hacía dos días había fallecido Ildefonso, quien había decidido unirse temporalmente a otra guerrilla para poder acercarse a Villasinde y visitar a sus padres. Así que, a la temida partida de Cazurro tan sólo le quedaban cinco componentes y el muchacho que dormía plácidamente entre unas escobas.

Cazurro ascendió la loma del monte para hacerse una rápida composición de lugar, sobre todo por si se veía obligado a huir. Entonces, en el altozano, divisó una pequeña aldea. Sacó los prismáticos de la cartuchera que colgaba de su cuello y observó con detalle el pueblo. Tras varios movimientos panorámicos vio una casa hecha cenizas y supo de qué pueblo se trataba. “Jodido niñato. Éste quiere volver a su pueblo. Está loco”, pensó con rabia.

Bajó monte a través y se colocó cerca de Faustino. El chico continuaba con su sueño reparador. Él también se sentía cansado, pero no podía permitirse el lujo de dormirse si no quería que el muchacho desapareciera de su vista durante su reposo.

Tres horas después, Cazurro observó que Faustino se despertaba y se alzaba con cuidado para observar los alrededores. Por fortuna no divisó a ninguna persona. Tampoco a Cazurro, que le espiaba unos metros por encima de él.

“¿Para qué habrá regresado este loco a su pueblo?” se preguntó “¿No habrá pensado entregarse? Espero, por su bien, que no. Porque no se lo voy a permitir. Le prometí que le protegería en memoria de su hermano y no voy a consentir que se meta en la boca del lobo para que lo maten como a un animal”. En ese momento pensó en levantarse y dirigirse con extremo cuidado hasta Faustino, agarrarle por el cuello y obligarle a que volviera con él y con el resto de la partida.

Cuando iba a hacer realidad la estrategia planificada por su mente, vio cómo Faustino se tumbaba con celeridad. Él hizo lo mismo. El chico había visto algo. Con tiento, se incorporó hasta que distinguió, a lo lejos, a dos paisanos, hoces en mano, caminando por una vereda. Los dos hombres, de avanzada edad, entraron en un prado. Uno de ellos extrajo un saco de una mochila y lo extendió en el suelo. Después ambos iniciaron una siega de las hierbas más cercanas a un riachuelo. Cazurro supuso que lo que estaban haciendo era recoger el forraje más duro y menos agradable al paladar para dárselo de comer a los cerdos. Él, en sus tiempos de ganadero antes de la Guerra Civil, había repetido la misma operación en infinidad de ocasiones. Al verlo, la tristeza hizo mella en su mente. Jamás volvería a ser un pastor. Estaba convencido de que antes acabaría muerto a balazos.

Los hombres permanecieron en el prado durante dos horas. Después se alejaron con el saco lleno de hierba. En ese momento Cazurro vio que Faustino se levantaba y se dirigía hacia la loma desde la que, horas antes, él mismo había divisado el pueblo de Villasinde. No lo sabía, pero el chico iba a permanecer escondido en ese lugar hasta que anocheciera.

Cuando se apagaron las luces de las cuadras y las casas de Villasinde y el silencio únicamente se veía importunado por los ladridos de dos perros luchando por los parabienes de una hembra en celo fue cuando, finalmente, Faustino se incorporó. Cazurro hizo lo mismo a duras penas. Se le habían dormido las piernas tras tantas horas acurrucado entre dos arbustos. Observó que el chico al que espiaba empezaba a caminar y siguió sus pasos.

“La madre que te parió— transmitió psíquicamente al Faustino—. No sé qué vas a hacer, rapaz. Pero como nos pongas en peligro te voy a dar una somanta de palos que te vas a acordar toda tu vida, cago en la puta”. Pero, a pesar de renegar del joven a cada paso que daba, no se atrevió a intervenir. Se encontraba tan cerca del objetivo de la escapada que sentía curiosidad por descubrir las intenciones de Faustino.

Éste se hallaba a cincuenta metros de la casa más cercana de Villasinde, escondido tras un muro de piedras que bordeaba a un huerto y lo protegía de verse abordado por el ganado. Cazurro, otros cincuenta metros por detrás de él, agachado a la espera del siguiente paso de Faustino. Que se produjo de un modo rápido y silencioso. El chico se levantó con brío, saltó el muro y corrió agachado hasta llegar a una cuadra. Allí se detuvo y se escondió entre las sombras. Cazurro aprovechó ese movimiento para protegerse en el mismo muro de piedras del que había salido Faustino. En ese momento, sin dejar de mirar el espacio sombrío en el que se hallaba el chico, agarró la ametralladora con sigilo, quitó el seguro del arma y se la acercó al hombro derecho hasta acomodársela dispuesta al disparo. Lo hizo porque intuyó peligro. Se mantenía el mismo silencio y la misma ausencia de vitalidad en las calles que hacía media hora. Ningún cambio objetivo hacía pensar que, en ese momento, el riesgo para él y para Faustino fuera mayor. Pero el instinto de Cazurro le obligó a prepararse para lo peor. Y lo peor, lo sabía él mejor que nadie, era tener que apretar el gatillo.  A partir de ese instante cualquier cosa podría suceder.

Faustino sacó la cabeza de la sombra y dirigió la mirada hacia la casa que tenía enfrente de la cuadra, a tan sólo una calleja de distancia. Ladeó el cuerpo hacia los costados y, finalmente, se atrevió a atravesarla. Cazurro lo divisaba con el ojo derecho, el que tenía puesto en el chico a través de la mira de su fusil Mauser- Mannlicher holandés, recién robado en un enfrentamiento con una escuadra falangista. Ya había planificado la estrategia si, en cualquier momento, venían mal dadas. Una ráfaga rápida hacia el lugar desde donde viniese la amenaza y una carrera veloz hasta el punto en el que estuviera el muchacho. Después, cambiar de cargador, vaciarlo velozmente sobre los enemigos y, seguido, arrastrar al chico hasta el muro de piedras. Desde allí la huida hacia el monte no sería demasiado dificultosa, protegido por la noche y el monte. Si todo salía bien…

Faustino se había colocado con la espalda pegada contra la pared de piedras de la casa. De repente, se giró, colocó sus manos contra el muro y empezó un ascenso impulsado por sus manos y sus píes. Estos buscaban los huecos entre las piedras para asirse a la pared y avanzar con brío. En menos de diez segundos, Faustino logró agarrarse a la cornisa de una ventana de la casa. Entonces sus nudillos golpearon con suavidad en el cristal de la ventana.

Cazurro no salía de su asombro. Primero al ver la rapidez con la que Faustino había reptado hasta la ventana. Y después, al observar cómo esperaba a Dios sabía qué o quién.

“¡Carajo, si es una rapaza! ¡Y le está dejando entrar en la habitación! La madre que te trajo. ¿A eso has venido? ¿A desfogarte? Poco luto has mantenido con tus padres cuando te vienes a echar un polvo al día siguiente. Eres un sinvergüenza. ¡Eso es lo que eres! ¡Un sinvergüenza!”

Cazurro retroalimentaba su enfado a cada pensamiento que surgía de su mente iracunda. Y la irritación era mayor al verse a si mismo como un estúpido que llevaba horas sin comer ni dormir con la única misión autoimpuesta de proteger al hermano del Marqués, el amigo que le había salvado la vida en batalla. Cazurro bajó el arma, la apoyó contra las piedras del muro y relajó el cuerpo, que no la mente. Hasta que…

“¿Qué hacen? ¿Están saliendo? Sí. Están saliendo. Tócate las narices. ¿Qué pasa, caradura? ¿Que prefieres hacerlo en el pajar, sinvergüenza? Pero, ¿qué lleva ella? ¿Una mochila? Esto es pa mear y no echar ni gota. ¡Que se va a fugar con el rapaz! ¡Que se va a fugar, la muy cabeza loca! ¿Y ahora qué hago? ¿Le suelto un par de hostias al crío y la agarro a ella por el pelo y la subo otra vez? Al menos hay que reconocer que ha bajado la pared tan rápido como él. Torpe no parece, no. Pues espero que también la sepas subir, mocosa. Porque, de lo contrario, soy capaz de llamar a la puerta de tu casa y decirle a tus padres lo golfa que es su hija”.

La pareja se arrimó al muro. Cazurro advirtió que estaban cogidos de la mano y que, tras unos segundos de duda, era él quien tiraba de ella. Agachados y lo más cerca posible de las piedras de las casas y las cuadras, recorrieron varias calles de Villasinde hasta que, en una callejuela, se detuvieron. Durante ese tiempo Cazurro también había cambiado de posición para no perder de vista a los chicos. Se movía con sigilo al ritmo de sus perseguidos con un doble temor. Que cualquier vecino despertara, se levantara para orinar, mirara por la ventana y le viera agazapado como un zorro preparado para llevarse una gallina del corral. Y que fueran Faustino y la chica quienes le descubrieran. No, eso no podía pasar. Tenía que ser él quien les pillara infraganti. Pero, para hacerlo, debía esperar a que se alejaran del pueblo. O que se metieran en una cuadra a darse al placer carnal al calor de la hierba y de los animales. Entonces les iba a meter un susto que se les iba a quitar el calentón, se imaginó con maldad.

Su fantasía perversa se vio interrumpida por un nuevo movimiento de los chicos. Esta vez atravesaron una última calle y se dirigieron rectos hacia la iglesia de San Pedro Apóstol de Villasinde. Pasaron por delante de la puerta sin detenerse y se dirigieron hacia el lateral de la misma. En ese momento, en el que esquinaron la parroquia, Cazurro les perdió de vista. Tenía que acelerar el paso si quería seguir controlando sus movimientos. De no ser así, en cualquier momento podrían esconderse en cualquier punto del pueblo. De un pueblo que él no conocía.

Siguió los pasos previos de los chicos y llegó a la esquina en la que habían desaparecido. Se detuvo y, con temor a ser descubierto, sacó la cabeza antes de que todo su cuerpo se hiciera visible.

“Me cago en la pena negra. ¿Dónde están? ¿Dónde se han metido estos insensatos?”

Cazurro caminó varios pasos mirando al frente, a los lados, girando la cabeza hacia atrás. Nada. Ni rastro. Se maldijo a si mismo al creer que los había perdido de vista. Él, un guerrillero experimentado en moverse en la montaña como una sombra en una noche sin luna, había sido vencido en el juego del gato y el ratón por dos críos con las hormonas a flor de piel. ¿Qué podía hacer? ¿Hacia dónde debía caminar? Qué más daba. No tenía ni idea de la disposición de Villasinde y, si se equivocaba de dirección, la pareja podría desaparecer sin ningún problema.

“A menos que…”. Cazurro miró al edificio en el que había apoyado su mano. La iglesia de Villasinde. “A menos que…” No terminó el pensamiento. No había tiempo si estaba equivocado. Rodeó la ermita hasta que vio que en la parte trasera del templo se hallaba la casa parroquial. Se acercó a una minúscula ventana y asomó la cabeza al hueco de cristal entre las sobreventanas de madera. Ni una luz. El resultado en la otra lumbrera, el mismo. Nada que le indicara que se habían refugiado en la iglesia.

Mala suerte. Su intuición no había estado acertada en esta ocasión, pensó con rabia. Y con esa misma rabia continuó el rodeo de la iglesia. Faltaba la otra pared lateral. Sin ninguna esperanza miró hacia ella y, enseguida, apartó la vista.

Aunque, de nuevo, volvió a mirar a las piedras. En concreto a un hueco entre ellas situado a dos metros de altura. No era una ventana de la iglesia. Ni siquiera uno de los diminutos ventanucos que sirven de respiradero y poco más. Era un minúsculo espacio entre los cantos del santuario, formado tras décadas de heladas que habían quebrado parte de la pared. Acercó la cabeza hacia ese punto y sí, al otro lado, divisó una luz. Nada más. El espacio era tan pequeño que no podía distinguir nada aparte de que el otro lado estaba iluminado.

Un pálpito le dijo que los muchachos se encontraban dentro e hizo caso a su corazonada. Se dirigió con brío a una de las ventanas de la parte trasera, sacó su navaja y se dispuso a entrar forzando la ventana.

No le costó ni medio minuto imponerse a la contraventana y la ventana. Ya dentro, pisó con cautela el suelo. Se encontraba en la cocina. Caminó con lentitud hasta la puerta. La abrió y sacó la cabeza hacia un pasillo oscuro. Su dirección era la derecha. Lo tenía claro. El lugar de donde había salido la luz era su objetivo. Y ahí estaba. Al otro lado de una puerta al fondo del pasillo. La luz provenía de allí. Y en ese espacio tenían que estar los chicos.

Pero ¿qué se iba a encontrar al otro lado? ¿A los muchachos desnudos, retozando y dando placer sus cuerpos jóvenes? “Si es así, se van a enterar”. Caminó de puntillas hasta la puerta. Pegó la oreja a ella y escuchó unos sonidos procedentes de una conversación. No pudo distinguir qué decían. Pero dos de las voces eras masculinas. Algo raro estaba pasando. Agachó la cabeza y escrutó el espacio siguiente a través del ojo de la cerradura.

“¿Qué es eso? ¿Un cura?”

Sin pensárselo dos veces agarró el fusil, lo colocó en horizontal y abrió la puerta con violencia. El golpe de ésta contra la pared hizo que la conversación que mantenía dentro se detuviera.

—¡La puta madre de Franco! ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a delatarnos al cura, desgraciado?!

Faustino agarró a la muchacha y se colocó entre el arma y ella.

—¡Cazurro, por favor! ¡No es lo que te estás imaginando!

—Cuidado con el arma, hijo— rogó el cura.

—¡Tú te callas, cura, o te meto un tiro! — gritó Cazurro apuntando hacia él párroco.

—No, espera— intervino Faustino—. Es el hermano de Don Esteban.

—¿Qué dices?

—Que es el hermano del Profesor. Es de confianza.

Cazurro miró a las tres personas timoratas que tenía frente a él sin entender nada.

—¿Qué cojones está pasando aquí? Dímelo ahora mismo si no quieres que te muela a palos.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Hacía media hora, Teresita Sopeña se había despertado por culpa de un ruido procedente de la ventana de su habitación. Cuando abrió los ojos, no se podía creer qué era lo que tenía frente a ella, con la cara pegada al cristal.

—¡Faustino!— dijo con un tono de voz más alto de lo que hubiera deseado.

Salió de la cama con el camisón puesto y abrió la ventana emocionada por encontrar a su adolescente amado. Él entró con la misma facilidad que había escalado la pared. Una vez dentro se abrazaron con un ímpetu que tan sólo conocen quienes creen haber perdido a su amor para siempre y, de repente, vuelven a recuperarlo. Teresita lloraba y temblaba. Faustino también.

—¡Cuando vi el fuego en tu casa pensé que te habían dejado dentro para que te quemaras!— dijo la adolescente gimoteando.

—Pude huir. Pero no he podido venir hasta ahora. Lo siento.

—Creí que no te volvería a ver jamás.

—Eso nunca— aseveró Faustino.

Después se besaron con dulzura. Un beso largo y suave, con más cariño que deseo. Más amor que pasión. Con los ojos cerrados. Faustino, por primera vez desde que los militares aparecieron en su casa, sintió alivio. En brazos de su amor. Con los labios pegados a los de ella, en ese momento hubiera vendido su alma al diablo a cambio de que permanecieran así para siempre. Juntos.

Teresita no podía reprimir la angustia, reflejada en lágrimas desfilando rostro abajo para detenerse en sus labios y los de su amado Faustino. Desde el momento en que asesinaron a sus padres, la chica pensó que no volvería a ver al joven. O bien porque también lo habían ajusticiado en cualquier recoveco del bosque o bien porque había tenido que huir del pueblo para no volver jamás. Pero no, Faustino había vuelto. La besaba y con sus brazos rodeaba su diminuto cuerpo.

Sus labios se separaron y abrieron los ojos.

—¡Cásate conmigo!

—¿Qué?

—¡Cásate conmigo!

—¿Estás loco?

—Sí. Estoy loco por ti y quiero vivir toda mi vida contigo. ¿Tú no quieres lo mismo?

—Sí— respondió ella convencida.

—Entonces casémonos y huye conmigo.

—Pero… ¿adónde? ¿Cómo?

Buena pregunta la segunda. Faustino había planeado buscar a Teresita y pedirla que se convirtiera en su mujer para después huir juntos a América. Al punto más lejano de esa maldita guerra que había roto las esperanzas de millones de personas. Pero, ¿cómo lo iban a hacer? No tenía la respuesta. Ni mucho menos. Pero le avergonzaba reconocerlo.

—Confía en mí.

Teresita indagó en los ojos de Faustino. Estaban llenos de sinceridad y de amor. Como los suyos. Estaban hechos el uno para el otro. Eran almas gemelas que no debía separarse. Si de algo estaba convencida la joven y temblorosa chica era de ese pensamiento.

—Sí, quiero.

 

 

                                   *          *          *

 

 

—¿Casaros? ¿Estáis tontos o qué os pasa?— preguntó Cazurro al tiempo que dejaba de apuntar con su arma dentro  de la iglesia.

—Eso les estaba intentando decir yo ahora mismo— intervino el padre Julián.

—Usted se calla. Estoy hablando con ellos.

La pareja no se había separado desde el susto que habían sufrido con la entrada repentina de Cazurro.

—No me jodas, chaval. Que eso de casaros es una bobada.

—De eso nada. Nos queremos.

—Sí, nos queremos— reafirmó Teresita con un suave hilo de voz y con vergüenza de mirar a los ojos al maquis.

—Nos queremos. Nos queremos. ¿Y qué coño importa eso ahora? ¡Que estamos en una puta guerra y te quieren matar!

—Me da lo mismo. Nos vamos a casar.

—Hijo, escúchale. No os podéis casar. ¿No te das cuenta de que…

—Le he dicho que se calle— dijo con seriedad Cazurro al cura—. No le meto un tiro porque es el hermano del Profesor. Pero como vuelva a abrir la boca le meto un culatazo que le dejo sin dientes.

Don Julián dio un paso hacia atrás.

—Me da igual lo que digáis— intervino Faustino—. Teresita y yo nos vamos a casar. Y no nos pensamos mover de aquí hasta que nos case.

—¡Hay que joderse con los mocosos estos!

Cazurro se sentó en una silla de la habitación. Hasta ese momento no se había percatado de que estaba en la sacristía, donde el párroco se cambiaba antes y después de dar misa.

—¿Tienes vino? — preguntó al padre Julián.

Contestó afirmativamente con la cabeza. Tenía miedo a abrir la boca por si el guerrillero cumplía su amenaza.

—Pues saca una botella. Tengo sed— esperó a tener la botella en la mano y echar un trago para continuar—. Vale, os casáis, ¿y después qué? ¿De luna de miel a La Coruña?

—No. Después a la Argentina.

—La Argentina te voy a dar yo. Venga, hazme caso y dejad las fantasías para cuando todo vaya mejor. Todavía sois unos guajes.

—Faustino me ha pedido matrimonio y yo le he dicho que sí— respondió Teresita mirando por primera vez a los ojos de Cazurro—. No nos lo impida. Se lo ruego.

La última palabra de la frágil muchacha vino acompañada de una lágrima más. Cazurro resopló. Se sentía conmovido por el amor, o lo que fuera a esa edad, que sentían los chicos el uno por el otro. Pensó que ojalá todas las pasiones de los hombres fueran tan puras e inocentes como las suyas. Eso evitaría muchas muertes y mucho sufrimiento sin sentido.

“¿Qué cojones?”, se dijo.

—La madre que me parió. Cura, prepárate, que tienes una boda.

Teresita y Faustino exhibieron una sonrisa rebosante de ilusión. Don Julián, por su parte, intentó contradecir al maquis. Pero éste, a modo de advertencia, volvió a dirigir la ametralladora hacia su cuerpo. El cura asintió con la cabeza. Iba a casar a los dos chicos.

La misa de Faustino Romeral y Teresita Sopeña se produjo a las doce y media de la noche del 8 de abril de 1940. Con el padre Julián como maestro de ceremonias y Sebastián García, Cazurro, como único testigo del enlace. En la iglesia en la que los dos habían recibido las aguas del bautismo en la pila sagrada. De un modo diferente al que cualquier pareja de enamorados podría soñar. Sin sus seres queridos emocionados, con la única luz de unas pocas velas y en voz baja para que los “sí, quiero” de los novios no atravesasen las paredes de la iglesia y llegaran a oídos indeseables. Y con un guerrillero al que los ojos se le humedecieron al mirar el amor juvenil y sincero con el que se miraban los muchachos.

—Por el poder que me ha concedido la Santa Madre Iglesia yo os declaro marido y mujer.

Faustino y Teresita se besaron. Ya como marido y mujer a los ojos de Dios, aunque nadie más lo sabría jamás.

Antes de salir del recinto religioso Cazurro se llevó a Don Julián a la despensa de la iglesia. Allí le hizo una única advertencia. Como dijera algo a alguien, él mismo volvería a Villasante y le abriría las tripas en dos. La mirada de Cazurro ratificaba sus palabras y prometió mantener el secreto.

Después la conversación privada se produjo con Faustino.

—No puedes huir con ella y lo sabes.

—Sí puedo. Y lo voy a hacer.

—¿Quieres que la maten? ¿O que algún hijo de puta la viole en mitad del monte?— preguntó con hostilidad— No, claro que no quieres eso para ella. Y por eso tiene que seguir aquí, en el pueblo, protegida por su familia.

—Yo también la puedo proteger.

—Bastante vas a tener con seguir vivo. No puedes acarrear con ella.

—¿Y la partida? Somos más hombres. Y vosotros conocéis el monte lo suficiente como para esconderla.

—Tampoco, rapaz. Por cuidar de ella todos correríamos todavía más riesgos. Y no lo voy a permitir. Te tienes que venir tú solo. En un futuro ya se verá.

Faustino miró a Teresita, que tenía fijados sus dulces ojos en el retablo del siglo XVII que presidía la iglesia. Supuso que la muchacha estaría rezando al Santo Apóstol para que les acompañara a ella y a su recién esposado y cuidara de ellos.

—No puedo hacerle eso. No puedo.

—Pero sabes que es lo que tienes que hacer— aseguró Cazurro sin paliativos—. Mira, disfrutad de vuestra noche de bodas como podáis. Yo te espero mañana en el mismo sitio en el que has estado durmiendo. Espero que mañana por la mañana vengas donde mí. Y que vengas solo. Sé que quieres a Teresita y que harás lo mejor por ella.

—Prométeme que, si te sigo, me ayudarás a huir de España con ella.

—Te lo juro. Cuando tengáis la posibilidad yo mismo os llevaré hasta donde haga falta.

Tras la conversación, Cazurro se despidió de Teresita con dos besos en las mejillas y deseó a la chica el mejor futuro posible. A Faustino le apretó la mano y no dijo nada. Después se alejó del pueblo entre las sombras, llegó al lugar pactado y se tumbó en el suelo. Enseguida el sueño se apoderó de él.

Ya de mañana, cuando se despertó, lo primero que vio fue la imagen de Faustino Romeral sentado a su lado. Acababa de llegar. Cazurro se levantó para asegurarse de que estaba solo. Así era.

—Cuando quieras, nos vamos— dijo con abrumadora seriedad y los ojos enrojecidos.

—Está bien, muchach…— Cazurro no terminó la palabra. Quería corregirla—. Está bien, Montaraz. En marcha. Vamos al campamento.

Si os ha enganchado y queréis saber más de “El Montaraz”, podéis continuar su lectura en http://cartucholanovela.wordpress.com/2013/11/06/el-montaraz-paginas-91-100/. Un abrazo y, si os gusta, hacedlo saber para que “El Montaraz” llegue pronto a las librerías.

Miguel Ángel Ambrosio

EL MONTARAZ Páginas 201-210

        Aquí tenéis las páginas 201-210 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  http://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 201-210

Esperó quince minutos hasta que vio cómo su compañera de empresa salía del ascensor. Se quedó petrificado. La mujer lucía un vestido corto veraniego de flores con un escote palabra de honor que hizo que Daniel no pudiera evitar realizar una panorámica visual de todo su cuerpo. Ella lo notó y preguntó, a sabiendas de que así era, si le gustaba.

Sí, claro. Te queda muy bien.

Vaya, gracias.

Pero igual pasas frío. Que estamos en Valladolid, no en Lanzarote.

Si es así ya te pediré que me des calor, ¿no?

¿Cómo? preguntó con la cara desencajada.

Que me dejarás la cazadora, espero.

Sí, claro, claro.

Una frase con doble sentido y un vestido atractivo. Eso bastaba para desarmar las defensas innatas de un hombre. Al menos las de Daniel, tan poco acostumbrado en los últimos años al éxito con las mujeres que no se había planteado, ni por asomo, que la cena tuviera ni el más mínimo carácter sexual. Pero tras la llegada de Cristina empezó a imaginársela como algo más que su socia de empresa.

Cenaron en el restaurante Caroba de la calle Dulzainero Ángel Velasco. No cayeron allí por casualidad. Cristina conocía el local y lo veía más que apropiado para una cena distendida con su compañero de emp