EL MONTARAZ Páginas 171-180

Éstas son las páginas 171-180 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 171-180

Cazurro prosiguió con su adiestramiento teórico.

—Lucero, jamás le digas a tus hombres dónde vais a atacar ni cuándo, hasta que estéis a punto. Si eres su jefe tienen que confiar en ti. Si no, mejor que le dejes el puesto a otro. Y vosotros, ni mú a nadie. Ni amigos, ni mujeres ni la madre que las parió. No sabéis quién os puede dar una puñalada por la espalda. ¿A que no?

—No confiéis ni en vuestra puta madre— sumó Asturiano bruscamente con su marcado acento del norte.

Tras la lección, Lucero sacó una botella de vino y varios vasos. Sirvió una ronda y pidió un brindis por las futuras andanzas de su partida. Todos bebieron de un trago, incluido El Montaraz, que no quería mostrarse débil ante sus compañeros de mesa. Cuando Cazurro posó el vaso, miró al hule de la mesa y dijo:

—Bonifacio, sirve un poco más de vino.

Los componentes de la nueva cuadrilla se miraron los unos a los otros con extrañeza.

—¿Qué has dicho? — preguntó Andrés, ya recuperado del susto.

—Nada. Estaba pensando en otra cosa. Anda, echa un poco de vino.

Los reunidos, salvo Asturiano, se quedaron sorprendidos por la reacción de Cazurro. A pesar de ello, iniciaron un diálogo, cada vez más encendido, sobre el acoso que sufrían los contrarios al régimen. Cazurro hacía que escuchaba, pero tenía la cabeza muy alejada de la cocina. Hasta que se levantó y pidió a El Montaraz y a Lucero que se levantaran y salieran de la cocina con él.

—Quiero ver los documentos— exigió a Lucero.

—Claro. Ahora mismo.

—Te espero arriba.

Cazurro y El Montaraz ascendieron hasta el desván y esperaron la llegada del dueño de la casa. Cuando apareció, lo hizo con una carpeta de cartón bajo el brazo.

—Aquí tienes. Son de lo mejor que te puedes encontrar. Las ha hecho…

—No quiero saber quién las ha hecho. Sólo necesito que sean creíbles. De lo contrario, el responsable eres tú.

—Te doy mi palabra. El que se las ha trabajado lleva haciendo falsificaciones toda la vida. Y todavía no han pillado ninguna.

—Que vosotros sepáis.

—Eh… Bueno, sí.

—Vale. Déjanos solos.

Cuando Lucero hubo salido, Cazurro abrió la carpeta y sacó los papeles. Eran documentos que ratificaban su pertenencia a la Falange Española Tradicionalista y de las Jons. Tras visionarlos con detalle, Cazurro solicitó a El Montaraz que se acercara a verlos.

—Éste es el tuyo— destacó apuntando al que tenía su fotografía—. Apréndetelo de memoria. El nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento. Todo. Cuando se lo tengas que enseñar a alguien, simula tranquilidad. Pero sin exagerar. Cuando un agente te pide la documentación, siempre se le tiene miedo. Así que no estés ni demasiado nervioso y ni demasiado seguro. Cualquiera de las dos actitudes les puede hacer sospechar.

“Ni demasiado nervioso ni demasiado seguro. ¿Y eso cómo se hace?” se cuestionó El Montaraz. Pero no tuvo valor para compartir sus dudas con Cazurro. Sin embargo, si realizó la pregunta que realmente le inquietaba. 

—¿Dónde voy a ir? Cuando nos separemos, no sé qué hacer hasta septiembre. Había pensado que…— dudó en terminar la frase—… si a ti te parece bien, podría…

—¿Venir conmigo?

—Sí— respondió El Montaraz agachando la mirada.

—No te preocupes. Claro que te vendrás conmigo. Te prometí que, en memoria de tu hermano, cuidaría de ti. Y eso voy a hacer.

El Montaraz respiró aliviado. La duda que le corroía desde el momento que Cazurro anunció la disolución temporal de la partida, finalmente era resuelta. Y con la respuesta que más le satisfacía. Mantenerse junto al jefe le aportaba una dosis de calma fundamental en una vida, la del guerrillero, en la que la tranquilidad escaseaba. Además Cazurro le había prometido que encontraría la manera de que se volviera a unir con su querida Teresita. Si se alejaba de él, esa posibilidad se desvanecería.

—¿Adónde vamos a ir? — preguntó más calmado.

—Eso lo sabrás a su tiempo. Ahora, mejor que te acuestes. Mañana nos iremos pronto. Yo voy abajo a ver si me deshago de esos pesados y descansamos todos unas horas.

Cazurro salió de la habitación y dejó a El Montaraz a solas con su nueva identidad. José María Guzmán, natural del pueblo de Mansilla de las Mulas, de diecinueve años. Dos más que su edad real. Pero, supuso El Montaraz, la barba, el viento, el frío y el sol que habían envejecido su rostro ayudarían a que aparentara los años escritos en el documento. El Montaraz se quitó la ropa y, con la muda como única vestimenta, se tumbó sobre el colchón. Como hacía calor pensó que no necesitaba poner ninguna manta por encima. Sí agarró, por el contrario, el zurrón. Lo abrió y tuvo la tentación de escribir en su cuaderno las novedades a las que le invitaba su vida con la nueva identidad. Pero prefirió dejarlo para la mañana siguiente. Colocó el zurrón junto a su cuerpo y se durmió abrazado a él. Como cuando era un niño y dormía abarcando con sus brazos a un perro de trapo, uno de los pocos regalos de cumpleaños que recibió a lo largo de su vida y que lo había elaborado con sus propias manos su abuela Marina.

Cuando Cazurro entró en la cocina, los miembros de la futura partida de maquis se estaban levantando.

—¿Qué? ¿Hace entonces un par de vinos en el bar del pueblo? — dijo el más pesado de ellos, un hombre de escasa altura pero con una envergadura considerable.

La pregunta iba dirigida a Asturiano. Éste miró a Cazurro para pedir su aprobación.

—No creo que sea buena idea que te vean en el pueblo.

—Tranquilo, Cazurro. El bar es del primo de éste— dijo Lucero señalando al hombre con sobrepeso.

—Conmigo no contéis— zanjó el jefe miliciano.

Asturiano se acercó a su jefe con cautela. Él sí tenía unas ganas enormes de salir de la casa en la que habían estado atrapados desde su llegada. Y, sobre todo, de saborear el ambiente de un bar, con sus vinos y cervezas, sus orujos, el aroma del tabaco y el agradable sonido de las voces de personas desconocidas que entablaban conversaciones aleatorias sobre temas distintos que cambiaban sin orden alguno. 

—Coño, que solo es un ratín— suplicó Asturiano.

—Mañana marchamos pronto— susurró Cazurro pretendiendo que nadie lo supiera.

—Tampoco necesito dormir tanto. Ya he dormido estos días para media vida.

Cazurro deseaba ordenar sin réplica alguna que subiera al desván y se olvidara de salir de la casa con ese grupo que le aportaba una confianza nula. Pero sabía que Asturiano necesitaba de esos paréntesis de asueto y ocio que se limitaban a sentarse en un bar, beber unos tragos y dialogar acompañado de un cigarrillo entre los dedos. En los últimos meses esos momentos habían brillado por su ausencia, por lo que, para el guerrillero, eran todavía más anhelados.

—Está bien. Eres mayorcito. Tú verás lo que haces. Pero no vengas tarde.

—Tranquilo, hombre. Un par de horas y vuelta.

Asturiano salió de la casa con la partida de Lucero al completo, incluido el propio jefe. Su inclusión dio una migaja de tranquilidad a Cazurro, que esperaba que los mozos no tuvieran la osadía de cometer ninguna estupidez delante de un maquis experimentado como Asturiano y del futuro líder de la partida.

Subió las escaleras y entró en el desván. Allí se encontró a El Montaraz, dormido con el zurrón entre sus brazos. Agarró una manta y la colocó encima de su cuerpo. Después se tumbó e intentó conciliar sueño con rapidez. Para ello solía recurrir a pensar en prados amplios y verdes sin segar. Se imaginaba a sí mismo de pie frente a uno de ellos con su guadaña agarrada por ambos manos. Le relajaba recordar la sensación de sentir el pasto recién segado tocando sus piernas. Y la reiterada acción de guiar la guadaña de derecha a izquierda para arrancar la hierba a la altura del suelo. En ocasiones no necesitaba más de diez minutos con esa evocación en su cabeza para dormirse. Esa noche fue una de ellas.

Dos horas después Cazurro y El Montaraz se despertaron sobresaltados por unos sonidos llegados del exterior.

—¿Han sido disparos? — preguntó El Montaraz asustado.

—¡Claro que han sido disparos!— respondió y miró al catre de Asturiano, que se encontraba vacío—. ¡Vístete!

Ambos se vistieron con premura. Tanta que El Montaraz estuvo a punto de dejarse su zurrón encima de la cama. Pero no, finalmente se hizo con él y se lo colgó al cuello. Cazurro le lanzó un subfusil y él se hizo con otro y con cuatro cargadores. Bajaron  las escaleras a saltos y llegaron hasta la puerta. Los disparos continuaban en el exterior. Cazurro abrió la puerta con cuidado y salió. Entonces se percató de que el sonido de los tiros procedía del medio del pueblo. Arropados por la penumbra nocturna corrieron hasta el punto del conflicto sin saber qué había sucedido, pero con temor a que Asturiano estuviera involucrado.

El motivo de los disparos se originó unos minutos antes en el bar de Salientes. La futura partida de Lucero, junto con Asturiano, se encontraba dentro, sentada alrededor de una mesa del fondo. Bebían orujo y vino, salvo Asturiano, que pidió una botella de su anhelada sidra. El guerrillero estaba embelesado con la fisonomía de la camarera del bar, una mujer de unos treinta y cinco años con una delantera considerable y con unas curvas que provocaban en Asturiano la fantasía de lanzarse a por ellas y agarrarlas con fuerza. Absorto en ese lascivo pensamiento, no se percibió que dos hombres trajeados acababan de entrar en el bar. Se sentaron en dos taburetes de la barra y pidieron cerveza. La taberna, que hasta entonces había sido un barullo de voces de la quincena de hombres que lo ocupaban, enmudeció. Fue en ese momento cuando Asturiano apartó la mirada de la voluptuosa camarera y la fijó en los recién llegados.

—Mira, dos hijoputas. Son matones del gobernador general— susurró el paisano sentado a su lado—. Ya se las verán con nosotros, ya.

—Tranquilo, chico. Tranquilo— aconsejó Asturiano con el mismo bajo tono de voz.

Los dos hombres apoyados en la barra miraron a los presentes y uno de ellos, con bigote poblado, soltó una carcajada.

—Vaya, parece que la gente en este bar se ha vuelto muda— dijo con evidente desprecio.

—Para lo que tienen que decir, mejor que se callen— agregó el segundo—. Anda, pon una ronda para que se alegren un poco— ordenó a la camarera.

Ésta miró a los clientes con desconfianza.

—¿No has oído? ¡Que les pongas una ronda, coooño!

—¿La vais a pagar vosotros?

El hombre con bigote posó su vaso lentamente.

—¿Has oído lo que te ha dicho? No le estarás llamando gorrón a mi amigo, ¿verdad? — inquirió al tiempo que agarró la mano a la camarera.

La mujer se asustó e intentó soltar la mano que asía la suya con fuerza.

—Déjala, que la vas a hacer daño.

Las palabras provenían de la mesa en la que estaba sentado Asturiano. Éste miró con enojada sorpresa al hombre que había abierto la boca. Era el mismo que le había convencido de llevarlo hasta el bar.

—¿Qué has dicho?

Lucero se adelantó a la respuesta del hombre corpulento.

—Nada, hombre, no ha dicho nada. Pero no hace falta que nos invi…

—A ti no te he preguntado— dijo el hombre sin bigotes—. Tú, qué has dicho.

El proyecto de maquis regordete reculó ante las miradas inquisitivas de los sicarios.

—Eh…, nada. No he dicho nada.

Los dos hombres se acercaron a la mesa de los seis.

—Así que no has dicho nada. Vaya, entonces me estás llamando mentiroso. Porque yo sí he oído algo.

—Mejor tengamos la fiesta en paz— señaló Lucero—. Ha sido un malentendido.

—¡Te he dicho que te calles, idiota! — soltó el bigotudo—. A ver, vuestra documentación. Encima de la mesa. ¡Ahora mismo!

Asturiano cerró los ojos y maldijo para sus adentros encontrarse en esa comprometida situación. “¿Quién me ha mandado estar aquí con estos imbéciles?”, se dijo. Después metió la mano derecha en su pantalón y buscó la pistola. La agarró y rogó no tener que sacarla.

—Os he dicho que saquéis la documentación o vais directos al cuartelillo.

Lucero obedeció en primer lugar. Después otros dos. Y finalmente  Andrés y el más grueso. Los matones miraron los papeles con detenimiento y los lanzaron con desprecio al suelo. Entonces observaron a Asturiano, que intentaba aparentar que buscaba sus documentos en los bolsillos de su ropa.

—¿A ti qué te pasa? — preguntó el hombre sin bigote.

—No sé, creo que me las he dejado en la pensión. Si quiere, voy a buscarlo ahora mismo.

—De eso nada. Tú donde vienes ahora es al cuartel, con nosotros. Venga, levanta, que lo vas a pasar bien. Y el bocazas, también.

Los dos se separaron un paso de la mesa y esperaron. Asturiano miró a sus compañeros de mesa con rabia contenida. Ya había quitado el seguro a su pistola y estaba preparado para hacerla hablar. Tenía a dos enemigos frente a él y calibró a quién debía disparar primero. “Al de bigotes”, se dijo.

En ese momento uno de los futuros maquis en torno a la mesa, de pelo rubio y delgado como un fideo, se levantó con rapidez hacia el trajeado sin bigote y le clavó una navaja de punta francesa en el estómago.

—¡Toma, hijoputa!

 El hombre cayó al suelo y entonces las miradas se centraron en el de bigotes. Éste dio tres pasos hacia atrás y metió la mano en su cazadora. En el mismo instante en que sacaba su pistola recibió un disparo en el hombro derecho. A pesar de ello pudo disparar y su descarga fue a parar a un cuadro de Salientes colgado en la pared. Asturiano disparó de nuevo y, en esta ocasión, acertó en la cabeza. Los presentes en el bar se lanzaron al suelo. 

—¡Me cago en la puta! ¿Qué habéis hecho, locos?— gritó Asturiano—. ¡Rápido, largo de aquí!

Empujó a los que habían sido sus compañeros de mesa y les obligó a salir del bar. Lo que desconocían era que fuera se encontraban cuatro guardias civiles que ejercían la función de escoltas y chóferes de los sicarios y que salieron de sus coches en cuanto oyeron los tiros.

Los dos primeros hombres en salir del bar fueron acribillados con la primera ráfaga exterior. Sus cuerpos cayeron muertos ipso facto. El tercero, Lucero, reculó cuando se encontraba en la puerta, pero recibió un tiro en la cadera al intentar cerrar la puerta. Asturiano le agarró con una mano y con la otra disparó al exterior.

—¡Cierra, cierra, joder! — gritó— ¿Hay otra salida? — preguntó en alto.

La camarera señaló al fondo del bar, donde se encontraba una ventana que daba a la parte trasera de la taberna.

Cazurro y El Montaraz llegaron en el momento en que cuatro guardias civiles tiroteaban sin escrúpulos al edificio que tenían frente a ellos. Se colocaron en la esquina, protegidos por las sombras.

—¡Quédate aquí! Y dispara cuando yo lo haga— mandó Cazurro.

Corrió a la otra esquina, desde la que tenía a los agentes de espaldas, y comenzó a disparar. El Montaraz, esta vez sí, siguió a rajatabla las órdenes de su jefe y abrió fuego.

El agente civil más cercano a la puerta del bar se derrumbó en el suelo y comenzó a gritar. Los otros tres apuntaron a los dos puntos desde donde venían las balas y desplegaron un vendaval de disparos que obligó a El Montaraz a tirarse al suelo.

El sonido ininterrumpido del tiroteo impidió escuchar la llegada de un camión justo detrás de Cazurro. Hasta que tres balazos impactaron en la pared, a pocos centímetros del jefe de partida, éste se giró y tuvo el vehículo a menos de diez metros. Disparó al cristal del camión y se lanzó al interior de una cuadra.

Dentro del bar, Asturiano y los otros dos supervivientes ayudaban a Lucero a salir por la ventana. Uno de ellos ya estaba fuera y tiraba de él. Asturiano y el otro lo alzaban con esfuerzo.

—Venga, ayuda, que queda poco.

Miró a la cara de Lucero y sus ojos evidenciaron que ya no quedaba vida en ellos. El disparo en la cadera había sido mortal.

—Déjalo. Está muerto.

—¡No!

—¡Que lo dejes, hostias!

Posó el cuerpo de Lucero en el suelo y ordenó al muchacho que saltara al exterior. Después lo haría él. Pero miró hacia atrás y vio cómo el tiroteo procedente de la parte delantera ya no iba dirigido hacia el bar. En ese momento pensó en sus compañeros de partida. Supuso que habrían corrido en su auxilio en cuanto oyeron las primeras descargas de metralleta. Agachado y caminando entre los lugareños que permanecían tumbados en el suelo, llegó hasta la puerta. Allí divisó cómo tres hombres disparaban hacia la parte derecha del edificio. Y cómo otros disparos se dirigían a una cuadra frente al local. Recargó su arma y salió del bar por la puerta con cuidado de no ser descubierto. Superó los dos cadáveres que yacían en el suelo y se incorporó. Apuntó con su pistola, disparó y acertó en la espalda de uno de los guardias civiles, el que tenía más cerca. El que se encontraba a su lado se giró, pero no tuvo tiempo de reacción. Dos disparos fulminantes en cabeza y pecho le tumbaron para siempre. El tercero sí pudo disparar. Lanzó una ráfaga y acertó en el cuerpo del miliciano, que cayó con el cuerpo encogido. El guardia civil se acercó con rapidez para rematar a Asturiano. Pero en el momento de volver a apretar el gatillo recibió cuatro disparos por la espalda. Provenían del arma de El Montaraz. Se había incorporado y, cuando vio cómo su compañero hundía su cuerpo en el suelo, se lanzó con furia a por el hombre que lo había derribado.

El Montaraz se arrodilló, agarró de la cabeza a Asturiano y se asustó al ver la gran cantidad de sangre que manaba de su cuerpo.

—Déjame— ordenó Asturiano balbuceando—. Ayuda a Cazurro.

—¡No! ¡Levanta!

—¡Que me dejes, coño!— respondió el maquis empujando el brazo del muchacho—. Ayuda a tu jefe.

Fueron sus últimas palabras. Después murió en brazos del guerrillero adolescente.

El Montaraz, cargado con más rabia y  adrenalina que la que jamás podría haber pensado que pudiera acaparar su cuerpo, se levantó, se giró hacia la furgoneta aparcada y comenzó a disparar sin escrúpulos.

Sus enemigos tuvieron que esconderse tras las ruedas. Entonces el subfusil de El Montaraz soltó su última bala. El chico continuó apretando el gatillo, pero los proyectiles habían desaparecido. Corrió hacia uno de los guardias civiles muertos y agarró su arma. En ese mismo instante escuchó tras de sí un bombazo. Se giró y vio arder el camión y a dos hombres uniformados que salían corriendo entre llamas. También salió, pero de una ventana lateral del cobertizo, Cazurro. Dos militares apostados tras la rueda delantera izquierda comenzaron a dispararle, pero se detuvieron cuando fueron ellos quienes recibieron el ataque de El Montaraz.

Cazurro corrió hasta protegerse tras uno de los vehículos oficiales. Entonces fue cuando vio el cuerpo de Asturiano.

—¡Hijos de perra!

Lanzó la segunda granada que le quedaba y echó a correr hacia el puesto de El Montaraz, protegido tras el otro coche. La granada explotó entre el camión y la cuadra.

—¡Venga, vamos!— ordenó Cazurro, que agarró el brazo de El Montaraz.

—¡Asturiano, está… está!

—Ya lo sé. Está muerto. No podemos hacer nada.

Cazurro inició una carrera de espaldas al tiempo que disparaba hacia el establo desde el que había saltado y cuya pared se había convertido en un colador. El Montaraz imitó su gesto. Así impidieron que los militares que permanecían vivos tuvieran la posibilidad de responder con sus armas. Cuando se hallaban a cincuenta metros de sus enemigos, giraron hacia la izquierda, les perdieron de vista y corrieron con toda la velocidad que sus piernas y sus corazones les permitían. Segundos después ya se hallaban entre árboles, protegidos de la visión de sus enemigos, alejados del núcleo urbano de Salientes. Aún así, en la oscuridad de la noche montañesa, no detuvieron su huida hasta que los primeros rayos del sol impactaron en sus cuerpos. Entonces supieron que se encontraban a salvo. No como Asturiano, el primer compañero maquis que El Montaraz había visto morir. Sentado sobre una roca, tratando de coger aire, tuvo un barrunto. Asturiano no iba a ser el único camarada que viera caer en combate. Y tenía que estar preparado para soportarlo.

La semana que viene, las páginas 181-190. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 161-170

      Hola a todas y todos Y !!!!!!FELIZ NAVIDAD!!!!!

Como mañana es Navidad, adelanto a hoy martes las páginas 161-170, de “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

       Páginas 161-170 

       Faustino no recibió respuesta. Con cuidado, miró al rostro de Teresita y comprobó que sus ojos se habían cerrado y que dormía plácidamente. Se hizo con la ropa de ambos, tirada al lado de los sacos, y tapó los dos cuerpos con ella. Después cerró los ojos y se durmió ensoñando los lugares que acababa de imaginar.

       Se despertó tres horas después. Continuaba abrazado a Teresita. Pero algo había cambiado en él. Las fantasiosas expectativas que había expuesto antes de dormir se convirtieron en fatales augurios de sufrimiento. El descanso le había permitido recapacitar y, ya despierto, intentó calibrar con más frialdad las posibilidades de éxito de la pareja. ¿A quién quería engañar? Faustino no tenía ni la menor idea de qué hacer a partir de ese día. Qué camino coger, cómo ganarse el pan cada día. No digamos ya, cómo salir de España sin resultar detenidos en el intento.

       Y si las negativas predicciones que acechaban su cabeza se convertían en realidad, ¿qué iba a ser de ellos? A él lo detendrían y lo matarían, como hicieron con su familia. Y a Teresita también. Tal vaticinio siniestro le provocó un sudor frío que le obligó a levantarse.

       Teresita continuaba con su sueño plácido. Y él, de pie, desnudo frente a ella, sintió un sufrimiento ascendente provocado por su negativa imaginación, que le estaba trasladando a un panorama en el que Teresita sufriría el mismo final fatídico que él.

       “No te puedo hacer eso, mi amor. No puedo. No dejaré que te pase nada malo. Eres mi mujer y no lo voy a permitir”. Acercó su cabeza a la de Teresita. “Espero que me perdones, mi amor”.

       Faustino, con esmero cuidado de no despertar a Teresita, recogió su ropa y se vistió. En el momento en que se colocó el zurrón, pensó que no podía huir con la noche como cómplice sin que ella supiera qué había sido de él cuando se despertara. Se acercó a la vela, sacó el cuaderno que le había regalado Don Esteban y un lapicero nuevo. Se sentó al lado de la luz y abrió el cuaderno. Llenó los pulmones de aire y los expulsó con una pena que a punto de estuvo de convertirse en suspiro. Miró a Teresita, que dormitaba ignorante de las intenciones de Faustino, y comenzó la escritura más sufrida de su vida.

               Amor mío,

       Cuando te despiertes me habré ido y estaré muy lejos. No te asustes, cariño. Ni tengas miedo. Me voy con los maquis. Pero volveré a por ti. Te lo juro por lo que más quiero en el mundo, que eres tú.

                Pero no te puedo llevar. Por el momento. Es demasiado arriesgado que los dos huyamos solos. Cazurro tiene razón. Pueden detenernos. Y me moriría si te pasara algo.

 

            En ese momento una lágrima densa cayó del rostro de Faustino directamente a la hoja. El muchacho se pasó la manga de la camisa por los ojos y continuó. No podía detenerse. Si lo hacía, quizás no fuera capaz de terminar la carta.

                Volveré a por ti. Créeme. Es lo único en lo que voy a pensar cada segundo de mi vida. Y no tengas miedo por mí. No voy a permitir que me pase nada porque nada en el mundo impedirá que vuelva a tenerte en mis brazos. Eres mi esposa, mi amante, mi razón de vivir. Te quiero, amor mío. Y volveré para llevarte en brazos a conocer mundo.

                  Espérame. Una noche tocaré  tu ventana, tú me abrazarás y juntos huiremos a un mundo mejor para los dos. No sufras, porque yo ya sufro por los dos. No quiero alejarme de ti, lo sabes. Pero tengo que hacerlo si quiero que pasemos juntos el resto de nuestras vidas. 

                 No te enfades conmigo, por favor. Lo hago por los dos, por nuestro amor. Somos jóvenes y nos queda toda una vida por delante. Sólo ten paciencia porque volveré. Hasta entonces, pensaré en la noche en que me casé e hice el amor con la chica más maravillosa del mundo. Mi esposa. Tú, Teresita.

                 Te quiero con todas mis fuerzas.

                  Hasta pronto, vida mía.

         Faustino volvió a secarse los ojos, inundados de lágrimas de tristeza y dolor. Arrancó la hoja del cuaderno y la colocó en su lado de la cama hecha con sacos. Después tuvo el impulso de besar a Teresita en los labios. Pero podía despertarla. Y Faustino no podría decirle a la cara las palabras que había escrito. Sería incapaz ante los seguros lloros de su amor.

         —Te quiero. Siempre— susurró a sus oídos.

        Teresita no contestó. Pero Faustino apreció cómo sus labios se tornaban en una sonrisa cariñosa. Con el corazón roto de pena se incorporó y se acercó a la ventana. Una vez abierta con sumo cuidado, colocó un pie en la repisa. Después el segundo. Fue en ese momento en el que vio por última vez el cuerpo desnudo y dormido de su amor.

         —Volveré. Te lo juro.

         Faustino saltó desde la ventana hasta el suelo y echó a correr amparado por la escasa luz de la noche que agonizaba. No volvió a mirar hacia atrás. Era demasiado duro. Corrió como un animal salvaje que huye sin descansar. Y en el trayecto hasta encontrarse con Cazurro lloró. A cada salto, a cada respiración, a cada mirada a los lados, lloró como jamás había sollozado. Se estaba alejando de lo que más quería en el mundo y tenía un miedo atroz a no volver a verla.

                                  *         *         *

       —Tranquilo, rapaz. La volverás a ver— soltó Cazurro de sopetón tumbado en su colchón del desván de Salientes.

       —¿Cómo?

       —Tu novia. Bueno, tu mujer. Estás pensando en ella, ¿a que sí? La volverás a ver.

       Cazurro había acertado de pleno al imaginar en quién pensaba El Montaraz en ese momento. El chico estaba tumbado boca arriba con los ojos abiertos.

       —¿Seguro que la volveré a ver?

       —Seguro. Te dí mi palabra. Y yo cumplo. Pero ten paciencia. Ya veremos cómo nos las arreglamos para sacaros del país. Ahora descansa, que no siempre tenemos la suerte de dormir bajo techo.

       El trío guerrillero se despertó con el sol ya activo hacía horas. Era la primera vez en meses que habían descansado sobre suelo blando y sus cuerpos curtidos sobre piedra, hierba y tierra lo agradecieron con un sueño profundo que ni tan siquiera les permitió soñar con sus fantasmas e ilusiones cotidianas. Cuando se despertaron, bajaron a la cocina, donde se encontraba Lucero hirviendo un cazo de leche.

       —¡Vaya! Ya pensaba que no ibais a levantaros. Venga, a desayunar. Luego os podéis asear.

       El desayuno consistió en tazones de leche con pan duro y magdalenas. Asturiano lo acompañó de un vaso de anís. Después Lucero calentó agua en dos grandes pucheros para que se asearan. El primero en hacerlo fue El Montaraz. Era el que más lo necesitaba, pues precisaba estar limpio para que Lucero le hiciera una fotografía con una cámara Ensing Selfix 320  que había conseguido uno de los futuros maquis que iban a formar parte de su partida.

        Los dos días siguientes a su llegada transcurrieron en su totalidad dentro de la casa de Lucero. Pasaban las horas en el desván y únicamente descendían a la cocina para alimentarse. El resto del día se mantenían tumbados en los colchones o sentados sobre el suelo de madera avistando desde la ventana el horizonte. La aldea estaba rodeada de montañas repletas de vegetación, un paisaje similar al que El Montaraz divisaba desde su casa de Villasinde antes de que ésta ardiera.

        Asturiano dormitaba horas y horas. Su ajado cuerpo quería cobrarse todas las horas de sueño que la vida de miliciano le había robado desde que se echó al monte. El Montaraz y Cazurro guardaban un  silencio que rompían esporádicamente para hablar de detalles del mundo guerrillero que el muchacho todavía desconocía. Aspectos como qué decisiones se deben tomar para realizar una buena emboscada. Cazurro explicaba que, a la hora de planificar una acción, debían tener en cuenta tanto el objetivo como la huida. Varias partidas habían caído al intentar escapar porque no había previsto por dónde podría aparecer el enemigo.

        —Tienes que tener en cuenta que, si huimos, es porque somos menos que ellos. Si no, les seguiríamos dando matarile. Así que, si se escapa, se escapa. Nada de creerte que podemos dar media vuelta para volver a atacar. Nosotros vivimos del factor sorpresa. Cuando no lo tenemos, estamos perdidos. No lo olvides. Golpeo y huida. Golpeo y huida. Así, quizás podamos vivir muchos años.

       —¿Y ganar?

       —¿Ganar? ¿A los putos franquistas?

       —Sí.

       —Es difícil. Todo el mundo espera que vengan los ingleses, los americanos o los rusos a salvarnos la vida. Pero no sé yo. Franco tiene a los alemanes y a los italianos de su parte. Ojalá me equivoque, pero no veo a los aliados tomando España para bien de la República.

        —Entonces, ¿es imposible ganar?

       —No he dicho eso. Pero así, pegando tiros en el monte mientras los políticos comunistas y socialistas se esconden en Francia, poco vamos a hacer. Si nos juntáramos todos los enemigos de Franco, tendríamos alguna posibilidad. Pero cada día que pasa creo que es más difícil.

        —¿Porqué?

       —Porque la gente se acostumbra hasta a lo malo cuando ha vivido lo peor. Las batallas y los bombardeos ya han terminado. Así que, cada vez somos menos los que queremos seguir batallando. El resto, por mucho que odien y teman a Franco, prefieren seguir vivos a arriesgarlo todo. La cosa está así de jodida, pero bueno…

       —Y tú, ¿no has pensado nunca huir de España?— preguntó El Montaraz—. Te podrías venir con Teresita y conmigo cuando nos larguemos.

       —¿Yo? ¿Adonde?

       —No sé. A América.

       —Yo nací el León y quiero morir en León. Igual no vuelvo a pisar Ribota, mi pueblo, en toda mi vida. Es lo más probable. Pero no podría estar a miles de kilómetros de mi mujer, que en paz descanse. Cuanto más cerca esté de casa, más fácil tengo que me entierren a su lado.

       —¿Crees que después hay algo?

       —¿Algo?

       —Sí— respondió El Montaraz—. El cielo y el infierno, ya sabes.

       —Si hay algo, seguro que es el cielo— explicó Cazurro—. Porque en el infierno ya estamos. ¿No te parece?

       El Montaraz no supo que contestar ante la reflexión de su jefe. Aunque le apenaba que el hombre que tenía sentado frente a él careciera de expectativas de futuro. No era como él, que sabía cuál era el objetivo de su vida. Reunirse con Teresita y vivir juntos para siempre. Donde fuera. Cazurro no tenía ninguna ilusión. Y a El Montaraz le encogía el corazón que su líder, al que cada día que pasaba admiraba en mayor medida, fuera un hombre vacío de ensueños de futuro.

       La tercera noche que pasaron en Salientes se inició con una cena opípara en la que Lucero se esmeró por ofrecer sus mejores viandas a sus invitados. Alubias con oreja de cerdo y jamón, caldereta de cordero aromatizada con tomillo y orégano, cecina de chivo y, de postre, sequillos. Lucero hubiera querido incluir trucha en el menú, pero Cazurro le rogó que no se arriesgara a que le descubrieran los guardas pescando en el río. No, al menos, hasta que ellos se hubieran alejado de la aldea.

       La cena transcurrió acompañada de una amena conversación dirigida por Lucero. El ganadero y futuro maquis exponía con ímpetu las acciones que su partida pretendía realizar para acabar con los afines al régimen. Robos a acaudalados señores, enfrentamientos a pistola y escopeta con los guardias civiles, quema de iglesias, ajusticiamiento de delatores… Lucero se emocionaba al enumerar las incursiones futuras con las que pretendían “dar por culo a Franco”. Cazurro y Asturiano escuchaban en silencio. Como mucho, asentían cada minuto para no mostrarse descorteses ante su anfitrión. Pero, en realidad, ambos pensaban que el hombre que tenían a su lado era demasiado ignorante como para formar una partida de maquis. Ni que decir, para ser su jefe. Lucero jamás había luchado en un campo de batalla. Ni siquiera se había enfrentado al ejército en alguna escaramuza de montaña. Ni había sentido el sufrimiento de un interrogatorio con puñetazos, alicates en las uñas, el cañón de una pistola dentro de la boca y amenazas de asesinar a familiares como modo de disuasión. Lucero, eso sí, odiaba a Franco como el que más. Pero para los dos maquis experimentados, ese sentimiento, compartido por ellos hasta el límite de ser uno de los pedestales sobre los que se sustentaba su vida, no era suficiente aval como para enfrentarse al enemigo con garantías. Cazurro, mientras degustaba la deliciosa cecina de chivo, auguró para su interior unas posibilidades de éxito ínfimas.

       “Estos pobres caen en el monte a los cuatro días. No saben lo que se les viene encima. Ya se darán cuenta el primer día que tengan que disparar, ya. Alguno seguro que se caga encima. Ya viví yo eso en la guerra. Fanfarrones que gritaban a los cuatro vientos que se morían de ganas de encontrarse con los golpistas para meterles un tiro. Y, al final, cuando de verdad había batalla, alguno se meaba en los pantalones, o echaba por piernas. O peor, se quedaba paralizado sin ser capaz de apretar el gatillo— se dijo, para después reflexionar sobre la realidad de la lucha guerrillera—. Así cómo vamos a ganar algo. Sacrificando a paisanos sin formación ni nada. ¡Manda huevos! Y a los mandamases se las trae floja. Eso es lo peor. Que nosotros nos morimos en las cunetas y en lo ríos y ellos habla que te habla en reuniones clandestinas. Total, ¿para qué?”

       Cazurro proseguía con su negativo análisis de la situación de la guerrilla y de la oposición al régimen franquista cuando unos nudillos golpearon con fuerza la puerta de la casa de Lucero. Silencio absoluto. Asturiano se paralizó con la cuchara a rebosar de caldereta. El Montaraz miró a Cazurro y éste hizo una señal a Lucero para que mirara por la ventana de la cocina. Seguido, levantó la mano con la palma boca arriba, gesto para que sus camaradas se levantaran con tiento. Si se trataba de una patrulla, tenían pocos segundos para ascender hasta el desván y esconderse. O, si venían mal dadas, incluso para hacerse con las armas que habían dejado arriba. En la cocina únicamente portaban una pistola cada uno. El Montaraz, como siempre, dentro del zurrón que se había convertido en una extremidad más de su cuerpo.

       Lucero abrió la contraventana y miró con la cabeza ladeada. Después se giró y se dirigió a sus invitados.

       —Todo en calma. Aquí vienen vuestros papeles— dijo, para alivio de todos, y se dirigió a la puerta.

       Asturiano, de todos modos, no retiró la mano del bolsillo derecho del pantalón, donde llevaba oculta su pistola Astra 400. Y Cazurro había escondido uno de los cuchillos de la mesa bajo la manga del jersey. El único que no había tomado medidas preventivas ante un posible enfrentamiento era El Montaraz. Únicamente mantuvo la mirada fija en la puerta de la cocina.

       Segundo más tarde, Lucero apareció por ella. Pero no lo hizo solo. Una vez dentro, cuatro hombres más hicieron su aparición ante los guerrilleros.

       —¡Qué cojones…!— gritó Cazurro levantándose del escaño.

       —Tranquilo Cazurro, estos son mis hombres. Bueno, falta uno que está acabando de…

       —¿Y que hostias hacen todos estos aquí?— interrogó con evidente enfado.

       —No te alteres, hombre. Que te traen la documentación.

       —¿Y para eso es necesario que vengan todos? No me jodas, Lucero.

       La tensión que Cazurro mostraba en sus palabras alertó aún más a Asturiano. Sacó la pistola del bolsillo y se la colocó encima del pantalón, cubierta por la servilleta. El Montaraz también notó como su corazón había comenzado a palpitar de modo acelerado. Pero su falta de pericia en los momentos de tensión provocó que se quedara inmóvil. Lucero se sentía descolocado. Y los hombres que le flanqueaban, también.

       —No te enfades. Que sólo queríamos conocer al famoso Cazurro. Joder, eres toda una leyenda en la montaña— se justificó un muchacho de poco más de veinte años.

      —¡Manda huevos! ¿Todos estos sabían que estamos en tu casa? — se dirigió a Lucero— ¿No lo sabrán también todos los guardias civiles de la zona y nos están esperando fuera para freírnos a tiros?

       —Cazurro, no nos ofendas. Son la gente de mi partida y son de confianza. Sólo querían conocerte para que les des algún consejo.

       Cazurro resopló. El rostro mantenía el enfado plasmado en sus rígidas facciones. Lo último que deseaba era que una panda de novatos conociera su cara y la de sus dos compañeros. Sabía de sobra que él era uno de los hombres más buscados del maquis leonés. Pero, al menos, contaba con la ventaja de que únicamente unos pocos enlaces sabían de quién se trataba. Ahora un grupo de ilusos podría delatarle al minuto de ser torturados.

       —Así que queréis que os dé unos consejos. Está bien. Lo primero, no se os ocurra, en la vida, volver a hacer lo que habéis hecho. Venir todos juntos a una casa. ¿Se os ha pasado por la cabeza que cualquier vecino podría olerse algo y delataros?— preguntó sin esperar respuesta—. No quiero saber vuestros nombres. Ni vosotros tendríais que saber quien soy yo. Como os cojan vais a cantar hasta los pelos que tengo en la cabeza.

       —¡De eso nada! — respondió ofendido un hombre de piel morena y pelo negro como el carbón, de cerca de treinta años.

       —¿Ah, no?

       Cazurro se acercó al hombre y se colocó frente a él.

       —¿Y si te colocan un cuchillo en el cuello?

       Con la velocidad de un depredador, agarró del brazo al hombre que tenía frente a él, giró su cuerpo y colocó a la altura de su cuello el cuchillo que tenía escondido en la manga.

       —¿Cómo te llamas?

       —Eh,…

       —¡Que cómo te llamas! — dijo a su oído mientras acariciaba el cuello con el arma afilada.

       Sus compañeros se mantuvieron inmóviles ante el arrebato de violencia de Cazurro.

       —Andrés.

       —¿Andrés qué? ¡Habla o te rajo!

       —Andrés Santana.

       Cazurro apartó el cuchillo del gaznate y dio dos pasos hacia atrás.

       —¿Veis? Ni le he pinchado y ya me ha dicho su nombre. ¿Qué no dirá cuando de verdad le den una paliza?

       Tiró el arma a la mesa y se sentó. Entonces se hizo un silencio incómodo en la cocina. Cazurro agarró un trozo de cecina y se lo metió en la boca.

       —Perdona, Cazurro. No pensamos que…

      —Pues pensad. Pensad lo que hacéis antes de jugaros vuestra vida y la de los demás— interrumpió el maquis.

       Mordió la carne, miró al vaso de vino, observó el reflejo de su cara en él y movió la cabeza expresando negatividad. Los recién llegados proseguían de pie en la cocina.

       Se merecían una paliza cada uno. Para que espabilaran. Y Lucero doble por haberlos llevado a casa. De eso no le cabía la menor duda. Pero, al tiempo, también iban a convertirse en camaradas de monte, fatigas y armas. Por ello les ordenó que cogieran una silla y se sentaran. También indicó a Asturiano que subiera a la segunda planta para cerciorarse de que no había nadie vigilando desde el exterior.

       —Perdona por el susto— solicitó al hombre al que había amenazado con el cuchillo y que todavía mantenía la palidez en su piel—. Pero es para que os deis cuenta de dónde os metéis. Esto no es un juego. Una vez que os echéis al monte, va en serio.

       Después comenzó una lección rápida de cómo debe comportarse, mejor dicho, de cómo no debe comportarse un luchador maquis. No debía hacer saber su nombre verdadero a nadie salvo por fuerza mayor. Tampoco debía saber la verdadera identidad de sus camaradas, pues nada les garantizaba que no los delataría ante un interrogatorio de sangre y dolor. No podían moverse por los caminos y veredas habituales. Siempre monte a través. Y alejarse de los puentes, vigilados con asiduidad por el enemigo. A la hora de batallar, no debían mantener un enfrentamiento más tiempo que el estrictamente necesario, un par de minutos a lo sumo. Cuanto más durase el tiroteo, más riesgo correrían de que llegaran refuerzos por parte del bando contrario. Porque, eso lo debían tener grabado a fuego, ellos sí que no tendrían ayudas. Jamás se encontrarían con unas balas amigas que acabaran con el oponente.

       Asturiano entró a la cocina en mitad de la exposición de su jefe.

       —Todo tranquilo. No hay espías fuera.

       La semana que viene, las páginas 171-180. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 151- 160

       Como cada miércoles, aquí os dejo diez páginas, ya vamos por las 151-160, de mi novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

       Páginas 151-160 

       Después jamás volvió a mentar el cuaderno. Ni tampoco le pidió lo que realmente anhelaba. Que El Montaraz le enseñara a escribir. Sabía leer lo justo, aunque su mujer no tuvo tiempo de enseñarle a escribir “como Dios manda”. La Guerra Civil y la muerte se lo impidieron. Pero le daba vergüenza que el miembro más joven de su partida se convirtiera en su maestro. Un rapaz que intentaba ocultar su juventud tras unos pocos pelos de la cara y que había sido incapaz de disparar en la emboscada. Sí, Manazas no era el único que sabía del bloqueo sufrido por El Montaraz. Él mismo, en el momento en que vio la disposición del hombre que, se suponía, había sido la primera víctima del muchacho, supo que él no había realizado los disparos. Pero lo mantendría en secreto. Porque Cazurro confiaba en El Montaraz. Era el hermano de El Marqués. Y El hermano de El Marqués, tarde o temprano, saldría del cascarón y se mostraría como el gran guerrero que había sido Ildefonso. Tan sólo tenía que darle tiempo.

       Cazurro se sirvió una taza de café hervido ya en varias ocasiones y pidió a los compañeros que se sentaran a su lado.

       —La cosa se va a poner jodida, ya lo sabéis— inició—. No van a parar hasta que nos cojan. El golpe ha sido muy grande y van a buscar venganza. Por ello vamos a tener que desaparecer por una temporada.

       —¿Desaparecer? ¿Adonde?— preguntó Aguilucho antes de dar una calada al cigarrillo recién liado.

       —Ya casi es junio. En cuatro días empieza la siega. Además, ahora el monte se va a llenar de pastores. Podemos pasar por ellos durante una temporada. Si se os ocurre otra tapadera, no me opongo. O si queréis alejaros de León un par de meses. Yo pienso recuperar la partida después del verano. Me gustaría que fuera con vosotros. Si es que queréis que siga como jefe de la partida.

       Manazas se levantó y no dudo en mostrar su preocupación.

       —¡No me jodas, Cazurro! Claro que queremos que sigas de jefe de la partida— dijo a modo de portavoz del resto—. Pero lo de desaparecer, no lo veo tan claro.

       —Ni yo— se sumó Asturiano.

       —Para eso necesitábamos las armas.

       —Sí, como que con ellas vamos a pasar más desapercibidos— agregó Bolchevique.

       Su tono de voz quisquilloso molestó a Cazurro. Pero prefirió no entrar en polémicas baldías con Bolchevique. Ya tendrían tiempo de aclarar una serie de aspectos que tenían pendientes. Y, si tras la conversación no le quedaba claro el liderazgo de la partida, le expulsaría de ésta sin dudarlo.

       —No. Gracias a las armas vamos a conseguir documentación falsa— aseguró—. ¿Aún mantenéis las fotos que os pedí que guardarais?

       Todos salvo El Montaraz contestaron afirmativamente. Cazurro les pidió las instantáneas y se las guardó. Entonces desveló el plan al grupo.

       Las armas robadas a los guardias civiles eran para una nueva partida que pretendía formar media docena de mozos de Salientes, al norte de León y lindando con Asturias, hartos de la prepotencia y los abusos de los nacionales. Cazurro había pactado con el que iba a ser su líder que les haría llegar el arsenal a cambio de que él le consiguiera documentación falsa para su partida y algo de dinero. Los dos hombres habían llegado a ese acuerdo hacía un mes, cuando Cazurro se ausentó del grupo varios días y se reunió con el futuro jefe de partida. La operación de intercambio la realizaría él mismo acompañado de dos hombres más.

       —Quiero que Asturiano y Montaraz vengan conmigo— dijo, para sorpresa de todos.

       Principalmente de Manazas, su hombre de confianza. Cazurro argumentó que prefería que se quedara al mando del trío restante hasta su llegada con la documentación y el dinero.

       Una vez logrados los papeles, el grupo se disgregaría hasta después del verano. Ese era el plan de Cazurro, que esperó la reacción de sus camaradas. El primero en intervenir fue Manazas.

       —No sé, amigo. Si tú lo ves así, cuenta conmigo.

       —Y conmigo, con una condición— agregó Aguilucho—. Júrame que volverás a formar la partida. Prefiero morir luchando en el monte antes de que, cualquier día, descubran quién soy y me maten como a un perro.

       —Te lo juro por la memoria de mi mujer.

       —Entonces estoy contigo.

       —Yo también, qué coño— se sumó Asturiano.

       Intervino El Montaraz, intranquilo por la nueva situación que se planteaba en el horizonte.

       —Ya sabes que yo estoy con lo que digas— reconoció—. Pero, ¿dónde me voy a esconder? No tengo a nadie. Ni conozco a gente, como vosotros.

       —Por eso no te preocupes. Déjalo de mi parte— respondió Cazurro de un modo tranquilizador.

       Bolchevique se levantó y comenzó a aplaudir.

       —Muy bonito, sí señor. Muy bonito. Este verano nuestros camaradas van a estar dejándose la piel por liberar a España de los fascistas mientras nosotros nos ponemos morenos cuidando ovejas. De puta madre ¿Pero qué te pasa, Cazurro? ¿Es que has dejado de creer en la causa? Porque si es así, no creo que quiera tener un jefe como tú al mando.

       Cazurro se incorporó. Se hizo un silencio tenso e incómodo que pareció detener el tiempo entre los presentes. Al menos lo suficiente para que Cazurro reflexionara sobre la pregunta a modo de acusación que le acababa de lanzar Bolchevique. Qué si había dejado de creer en la causa. “¿En qué causa?”, se preguntó a sí mismo. ¿En la republicana? Cazurro, cuando todavía era Sebastián García, no creía ni en la república ni en la monarquía ni en nada relacionado con la política. Sólo creía en las personas que le rodeaban. Su mujer, su familia, sus amistades en Ribota, su pueblo natal. Creía en el trabajo como modo honrado de vida. Creía en ir de frente con la verdad por delante y en defender lo que era suyo sin querer apropiarse de lo del de al lado. Y cuando todo aquello en lo que creía le fue arrebatado de un modo cruel tampoco fue la ideología republicana la que le llevó a echarse al monte a combatir contra las tropas franquistas. Fueron la supervivencia, por una parte, y el deseo de sumarse a una razón por la que vivir. Esa razón fue convertirse en maquis y guerrillear hasta lograr una victoria que sabía imposible o hasta que una bala le diera el descanso eterno que, en realidad, no temía.

       —Si eso es lo que piensas— indicó Cazurro— lo mejor es que dejes esta partida. Estoy seguro de que en otras estimarán mejor que yo tu valía y tu ansia por matar franquistas.

       —¿Eso es todo lo que tienes que decir?

       —Sí.

       —Entonces dicho está. Cuando vuelvas, yo ya me habré ido. Para siempre— zanjó Bolchevique.

       Se alejó de sus compañeros y pegó una patada a un guijarro que salió disparado. Asturiano hizo el amago de levantarse para ir en su busca, pero Manazas le detuvo.

       —Déjalo. Lo dicho, dicho está. Ya lo has oído.

                                              *         *         *

       Cazurro, Asturiano y Montaraz llegaron a Salientes dos días después de separarse de sus compañeros. Bolchevique no se acercó a ellos para despedirse. Aguilucho y Manazas sí, éste último con un sincero abrazo a Cazurro y una advertencia.

       —Ten cuidado. No te fíes de nadie, joder.

       —Tú tampoco. Y recuerda el nombre que te dije.

       —Lo sé. Bonifacio.

       —Eso es. Bonifacio— resaltó Cazurro.

       El trío, petates al hombro, esperó a que anocheciera para internarse en el pueblo. Cazurro señaló a sus camaradas la cuadra en la que se debía encontrar su contacto. Por fortuna para ellos se hallaba en las afueras del pueblo. Mientras esperaban sentados en un peñascal desde donde divisaba la totalidad del pueblo, El Montaraz realizó una pregunta que llevaba bastante tiempo en su cabeza.

       —Manazas es muy buen amigo tuyo, ¿verdad?

       —El mejor compañero que se puede tener en el monte.

       —Entonces sabrás porqué se le puso el nombre de Manazas. Porque tampoco tiene las manos más grandes del mundo.

       —¿No te parecen grandes? — preguntó Cazurro.

       —No como para merecer ese nombre.

       —Y tú sí te mereces el de Montaraz, ¿verdad?

       El chico agachó la cabeza a modo de humillación. Asturiano, abstraído de la conversación hasta ese momento, intervino.

       —Está bien. ¿Tú como le llamarías?

       No respondió. Cazurro notó el daño que había causado a su ya debilitado ego y quiso resarcirse.

       —Venga, contéstale, hombre. Seguro que alguien tan culto como tú tiene algún nombre mejor para Manazas.

       —Bueno, con el vozarrón que tiene…— respondió tímidamente—…y la mala leche…, no sé. Algo así como Oso. O Jabalí.

       —¡Jabalí! ¡Muy bueno!— dijo Asturiano con una carcajada como acompañamiento—. Díselo a él cuando le veas. Pero quiero estar yo delante cuando lo hagas.

       —Jamás. Con lo mal que le caigo, seguro que me suelta un puñetazo.

       Cazurro aseguró que no le caía mal. Que simplemente Manazas tenía un carácter brusco que, en realidad, era un escudo para ocultar un hecho oscuro de su vida. El Montaraz quiso saber de qué se trataba, pero Cazurro se negó a proseguir.

       —Cuando te lo merezcas, lo sabrás. Yo mismo te lo contaré. Entonces entenderás el porqué del nombre de mi amigo— prometió—. Y ahora, a lo nuestro.

       Agarraron sus petates y se aproximaron a Salientes, aldea perteneciente al municipio de Palacios del Sil, a paso lento y agachados. Con el arsenal que llevaban a sus espaldas lo último que deseaban era que algún vecino les descubriera entrando en una cuadra del pueblo.

       Un hombre sentado en un taburete agarraba una cuerna metálica con sus muslos y ordeñaba una vaca con sus agrietadas manos. Otras cuatro reses esperaban su turno a su lado y movían sus colas intentando, en vano, apartar a decenas de molestas moscas. Enfrente, en unos comederos de paja, una docena de gallinas se esforzaban por regalar un huevo a su amo. A su lado, cinco conejos masticaban obsesivamente hojas de lechuga. Y, al fondo, un cerdo dormía plácidamente después de haber recibido su ración de cebo. Cazurro miró la estampa desde una ventana y se cercioró de que nadie acompañaba al ganadero. Hizo un gesto a sus compañeros para que se acercaran y los tres entraron con premura en la cuadra. El ganadero se giró con rapidez y se llevó un gran susto al ver a los tres hombres.

       —Tranquilo, Lucero. Soy yo— dijo Cazurro mientras cerraba la puerta del establo.

       —¿Cazurro? ¿Eres tú? — respondió—. No puede ser. ¡Pero si estabas muerto!

       Lucero se incorporó de inmediato y se lanzó a un efusivo abrazo.

       —¡Coño! Pues ya me lo podrían haber dicho y así no me metía esta paliza— añadió Cazurro con sorna— ¿A qué viene esa bobada?

       —Es lo que andan diciendo por ahí. Que los verdes te habían matado en una emboscada hace una semana.

       —¡Hay que ser hijos de perra! Bueno, ya ves que no es verdad. ¿Qué? ¿Qué hacemos con todo esto?— Mostró parte del arsenal que cargaba—.Las sigues queriendo, supongo.

       —¡Tanto como ver muerto a Franco!

       Lucero, de nombre Emiliano, invitó a los guerrilleros al interior de la casa. Ya dentro, a salvo de las miradas de los paisanos, comprobó la cantidad de armas que habían transportado los tres maquis. Cuatro pistolas Star 1902, tres subfusiles Volmer con cargadores de cuarenta balas, cinco carabinas Tigre y varios centenares de balas.

       —¡Cojonudo! Con esto vamos a dar guerra. Por mis muertos.

       —Ahora toca tu parte— indicó Cazurro—. La documentación.

       —Ningún problema. En tres días la tienes. ¿Has traído las fotos?

       —De todos menos el chico. ¿Lo puedes arreglar?

       —Déjalo en mis manos, rapaz. Mañana te hacemos una fotografía y nos ponemos con los papeles de todos. Ahora vamos a cenar. Tendréis hambre, ¿no?

       —Como que igual me como uno de los conejos que tienes en la cuadra. Con piel y todo— respondió Asturiano marcando el acento de su tierra.

       Queso de cabra curado, huevos cocidos, panceta y vino. Ese fue el menú que degustaron los maquis con Lucero. El hombre, de unos treinta años, vivía solo en la casa familiar.

       —Cazurro me ha dicho que vais a montar una partida— soltó Asturiano tras tragar un pedazo de pan duro—. ¿Vas a llevarla tú?

        —Así es. Mi madre murió hace medio año. Hasta entonces no me he metido en peleas porque tenía que cuidarla. Pero ahora ya no tengo ninguna carga. Y estoy hasta los cojones de lo que nos están haciendo.

       Lucero detalló los abusos sufridos en la comarca por los franquistas desde la victoria del Frente Nacional. Asesinatos a sangre fría escondidos tras la Ley de Fugas, expropiaciones de terrenos a simpatizantes republicanos, acoso a vecinos para que delataran a quienes ellos querían encarcelar o apropiación de ganado y alimentos eran algunos de los ejemplos que  detalló durante la cena. Pero que, a partir de ahora, les iban a dar “pal pelo” él y los seis mozos de la zona que pretendían formar la partida. No tenían miedo a morir. No señor, juró. Pero si lo hacían, antes iban a acribillar a militares, guardias civiles, curas, chivatos y todo lo que hiciera falta para hacer una limpieza del valle.

        Sus invitados a la mesa escucharon con atención el emocionado monólogo del anfitrión. El Montaraz, que no había abierto la boca más que para engullir las viandas, con una triste reflexión. Que, fuera donde fuera, diera igual el escondite recóndito de España, escucharía historias similares. De muerte, opresión y dolor del perdedor de una guerra que él ni tan siquiera sabía muy bien ni cómo ni porqué se había originado. No tenía más que trece años cuando los antirrepublicanos lanzaron el Golpe de Estado de julio de mil novecientos treinta y seis y en su casa jamás se habló de ello delante de él.

       Cazurro, por su parte, sentía como si una nube gris se hubiera posado encima de la cabeza de los comensales. No era la primera ocasión que le sucedía. Significaba que su intuición le alertaba de un futuro oscuro. En este caso, para el hombre que tenía frente a él, excitado por “echarse al monte” a matar franquistas. Pensó que no era problema suyo, pero que Lucero debería comportarse con menos ímpetu y más frialdad en la montaña si no quería pasar a engordar enseguida la lista de cadáveres del movimiento maquis.

       “Pobre hombre. No sabe dónde se mete. Y sus camaradas seguro que tampoco o no le pondrían a guiar la partida. Debería avisarles antes de que sea tarde. Bueno, ¡qué hostias! Cada uno es mayorcito para decidir lo que quiere hacer con su vida. Solo espero que no se le acabe la ilusión a los cuatro días. Si es que viven esos cuatro días”.

       Tras la cena, Lucero indicó dónde iban a dormir las tres noches. En el ático de la casa. Subió tres colchones viejos, varias mantas y un orinal para no tener que salir de la casa si tenían que hacer sus necesidades. Cuando se quedaron  a solas, Asturiano miró al colchón como si de una joya se tratara. Hacía meses que no dormía en un suelo blando.

       —A mí no me despertéis hasta que tengamos que volver, cago en tó. Que hay que aprovechar los lujos cuando haylos.

       Se quitó los zapatos, la cazadora y los pantalones y se tumbó sobre el colchón de lana. No tardó ni medio minuto en que su ronquido ratificara que se hallaba en el mundo de Morfeo.

       El Montaraz y Cazurro, por el contrario, no conciliaron el sueño con tanta facilidad. Cazurro reflexionaba sobre si había sido buena idea trasladar las armas a un líder que le inspiraba tan poca confianza.

       El Montaraz, por su parte, rememoró la noche de bodas que vivió con su amada Teresita. El escenario había sido una buhardilla parecida a esa. Pero con la diferencia de que en la que se encontraba en ese momento estaba vacía y la de su noche de bodas estaba llena de sacos de pienso y aparejos de labranza.

        Ya hacía más de dos meses de aquella noche, la del ocho de abril de mil novecientos cuarenta, la más emocionante, romántica y triste que había vivido jamás. Pero sabía que, pasaran días, meses o años, siempre podría rememorar cada segundo como si lo estuviera reviviendo.

                              *         *         *

       Faustino Romeral y Teresita Sopeña acababan de casarse en la iglesia de  Villasinde. Se habían dicho el “sí quiero” ante el Padre Julián y Cazurro. Después, el maquis le había advertido de los riesgos que iban a correr si él y Teresita intentaban huir por su cuenta y le había rogado que volviera con la partida.

       Cuando Faustino y Teresita abandonaron la iglesia, el adolescente leonés masticaba en sus adentros la conversación mantenida con Cazurro. Pero optó por apartarla de su mente. Era su noche de bodas y deseaba pasarla abrazada a su amor sin  pensar en más que en ellos dos. El día siguiente, reflexionó, ya resolvería qué decisión tomar. Si huir con su recién estrenada esposa, lo que deseaba más que nada en el mundo, o volver a echarse al monte, tal y como le había pedido Cazurro.

       La pareja, amparada por la oscuridad nocturna, corrió por el pueblo hasta llegar a la casa del médico, Don Ernesto. Sabían que se encontraba vacía, pues el doctor se hallaba en la aldea de su madre cuidando de ella.

       Escalaron por la pared utilizando las piedras como soporte para ascender. Cuando llegaron al desván, Faustino abrió un viejo ventanal y ayudó a Teresita a entrar. Extrajo del bolsillo una vela que había sustraído en la iglesia y la encendió. Después tapó la ventana con una lona para que nadie advirtiera su presencia desde el exterior.

       Allí estaban los dos. Marido y mujer. Entre horcas, guadañas, rastros y sacos de pienso apostados por todo el espacio. Únicamente quedaba un hueco vacío de enseres al fondo del desván. Faustino tumbó varios sacos a modo de catre y colocó una manta sobre ellos. Esa iba a ser la cama de su noche de bodas.

       Mientras Faustino preparaba el nido nupcial, Teresita se mantenía de pie, paralizada  e incapaz de abrir la boca. Faustino agarró de su mano y, con delicadeza, tiró de ella hasta llevarla a los pies de la cama improvisada. Una vez allí, Faustino se colocó frente a ella y miró a sus ojos. Tardaron varios segundos hasta que Teresita subiera la mirada y se encontrara con la de su amado. Sus labios comenzaron a temblar y una lágrima solitaria salió de sus ojos.

       —¿Estás bien? — preguntó Faustino contrariado.

       —Sí.

       —Entonces, ¿qué ocurre?

       —Que… que te quiero.

       Teresita lloró y se lanzó a los brazos de Faustino.

       —Yo también te quiero. Más que a nada en el mundo.

       Se miraron y Teresita comprobó, sorprendida, que Faustino tenía los ojos enrojecidos. La emoción estaba a punto de provocarle una lágrima como la que acababa de crear un surco en el rostro de Teresita. La muchacha sonrió con ternura, se tumbó encima de la manta y agarró la mano de Faustino. Él la acompañó y, por primera vez en su vida, se encontraron los dos amantes tumbados uno frente al otro.

       Se besaron con dulzura juvenil. Después, iluminados únicamente por la llama de la vela, Teresita comenzó a despojarse de su ropa. Con lentitud y vergüenza ante el primer hombre que iba a ver su cuerpo desnudo. Faustino, lleno de amor y excitación, correspondió con su progresiva desnudez. Al tiempo que fijaba sus ojos en el cuerpo de su amada.

       Los besos, dulces al inicio, pasaron a convertirse en apasionados. Las manos de uno y otra comenzaron a recorrer sus cuerpos con torpeza e indecisión. Eran como exploradores que, por primera vez, caminan por una tierra bella y desconocida y que temen dar un paso en falso que rompa la magia del paraíso.

       Faustino se tumbó encima de Teresita y la virginidad de ambos muchachos pasó a ser historia. Con dosis iguales de desmaña, cariño y dolor para ella. Con susurrantes “te quiero” de ambos, sorprendidos de las sensaciones de sus cuerpos ante la primera vez que hacían el amor. Se contraían, se juntaban hasta llegar a convertir dos cuerpos en uno, se besaban con ímpetu para, después, separar sus cabezas, detener sus movimientos y mirarse fijamente.

       Abrázame, amor mío— suplicó Teresita tumbada de espaldas a Faustino cuando terminaron de hacer el amor.

       Faustino colocó su mano izquierda en la tripa de Teresita y la derecha acarició su pelo moreno Después escuchó un sollozo de la chica a la que abrazaba.

       —Tengo miedo— susurró ella.

       “Como yo”, pensó él.

       —No tengas miedo. Vamos a salir adelante.

       —¿Me lo prometes?

       —Te lo prometo.

       —Cuéntame, amor mío. Cuéntame cómo va a ser nuestra vida. Dime lo felices que vamos a ser siempre juntos— rogó la muchacha.

       —Vamos a ser los más felices del mundo. Vamos a conocer tantos países que, cuando seamos mayores, no vamos a poder contar en cuantos lugares hemos estado.  Vamos a viajar en barco. Y en tren. Hasta vamos a volar. ¿Sabes que hay unos aparatos que son como globos gigantescos con motor y en los que puedes volar miles de kilómetros? Se llaman dirigibles. Y tú y yo vamos a volar en uno de esos dirigibles. Y vamos a tener tres hijos. No, cuatro. Dos niños y dos niñas. Van a ser tan guapos como tú. La mayor se va a llamar Teresita. Pero no vamos a vivir en ningún país más de un año. Cuando nos hartemos, cogeremos nuestras maletas y viajaremos a otro país. ¿Sabes? Quiero conocer China. Allí hay una muralla gigantesca de miles de kilómetros. Y la vamos a caminar entera. Ah, y la India. En la India hay unos hombres que duermen sobre puntas afiladas y no se las clavaban. Pero nosotros dormiremos en camas enormes y cada mañana te traeré flores frescas para que las huelas. Y cuando vayamos a África veremos a un montón de hombres y mujeres negros que no llevan casi nada de ropa. Pero allí debemos tener cuidado. He leído que algunos son caníbales que se comen a las personas. A nosotros nadie nos va a comer. Sólo yo te voy a comer. A besos. Todas las noches. Y tú a mí. Porque vamos a ser tan felices que olvidaremos todo lo malo que hemos vivido. ¿Dónde más quieres que te lleve, amor mío?

       La semana que viene, las páginas 161-170. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 141- 150

       Como cada miércoles, aquí os dejo diez páginas, ya vamos por las 141-150, de mi novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 141-150

      

       Terminó la explicación e interrogó si había alguna duda en la partida. Primero se hizo el silencio, roto después por Bolchevique.

       —Sí, mi duda es si me voy a cargar a un jodido franquista, a dos, a tres o a todos.

       —Eh, deja alguno para los demás— respondió Asturiano.

       —Ándate con prisa, no te jode.

      Los miembros de la partida descargaron sus nervios discutiendo de modo absurdo sobre la cantidad de enemigos que iba a abatir cada uno. Cazurro callaba, sabedor de que no era más que la terapia previa imprescindible para intentar trivializar una acción tan traumática como era la de acabar con la vida de otras personas. Porque, en realidad, la mayoría de los miembros de la partida renegaban para sus adentros de los muertos que cargaban a sus espaldas. Salvo Bolchevique, quien realmente sentía placer al matar a un nacional y lo había demostrado en más de una ocasión.

       Terminada la reunión, Cazurro ordenó que iniciaran la marcha hasta el punto de la emboscada. Antes escondieron tres petates bajo unos matorrales y los otros tres los vaciaron para cargar en ellos las armas que esperaban requisar. En ese momento Cazurro apartó a El Montaraz del grupo.

       —Toma. Es para ti— dijo entregándole un subfusil Volmer con cargador de cincuenta balas.

       —Pero…

       —No querrás atacar con una pistolita. Poco íbamos a hacer, ¿no crees?

       —Ya, pero…— el chico se detuvo con vergüenza—…pero es que no sé cómo se usa.

       —No te preocupes. En el momento indicado yo le quito el seguro y sólo tienes que apretar el gatillo. Eso sí, pégate bien la metralleta al cuerpo para que aciertes mejor.

       —No sé yo si…

       —No tienes que saber nada, Montaraz. Eres un maquis y como tal te vas a comportar. Y punto— zanjó Cazurro con palpable seriedad— ¡Venga, compañeros, andando!

       La partida de Cazurro, en silencio y en fila india, inició el camino hacia la curva que, en pocas horas, vería la muerte de varios hombres. De qué bando, dependería de la pericia de los guerrilleros republicanos y la rapidez de reacción de los guardias civiles. Pero el futuro era inescrutable. Cuando la noche impregnara de negrura la montaña, las balas ya se habrían llevado las vidas de varios combatientes.

                                                *         *         *

       El sol abrasaba la hierba, todavía sin segar. Ni tan siquiera una nube extraviada aparecía en el cielo para regalar unos segundos de tregua. Tampoco el viento quería apaciguar el calor tórrido y pegajoso que envolvía a la comarca de Gordón. La temperatura era tan alta que incluso los pájaros rechazaban volar en busca de tábanos y escondían sus plumas en las sombras de los árboles. Y las vacas lecheras preferían sestear a la orilla de los regueros antes que devorar la ardiente hierba de las praderas. Únicamente los grillos, incansables cantarines del campo, agradecían al sol que achicharrara sus diminutos esqueletos.

       La partida de Cazurro sufría el sofocante calor tumbada en el suelo, apostada a la orilla del camino. Manazas y Bolchevique al final de la curva y Cazurro, Aguilucho y El Montaraz cuando la carretera todavía no había roto su rectitud. Asturiano se encontraba en un alto. Era el vigía encargado de alertar de la llegada del convoy. Pero ya habían pasado casi dos horas y éste no llegaba.

       —Me meo, me cago en la puta— dijo Bolchevique cabeza abajo.

       —De aquí no te muevas. No me jodas.

       —Coño, pero que no me aguanto.

       —Pues sácatela aquí mismo. Pero apunta para otro lado.

       En el grupo zaguero la espera también se hacía interminable. Pero cada uno veía pasar el tiempo con una trascendencia diferente. Cazurro mostraba una seriedad y una concentración tal que a El Montaraz le parecía que estaba al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Desde el movimiento de un saltamontes a cien metros hasta el sonido de los ratones tierra adentro. Aguilucho, por el contrario, ya había bostezado en cuatro ocasiones, tapándose la boca, eso sí, para no hacer ningún ruido. Y El Montaraz no podía evitar que la pierna derecha temblara de modo obsesivo.

       —Tranquilo chaval, que todo va a salir bien— susurró Aguilucho al tiempo que metía la mano en su cazadora—. Toma, métele un trago.

       Ofreció su botella de orujo al chico.

       —Venga, bebe. Te vendrá bien para soltarte.

       El Montaraz obedeció y echó un trago que le supo a rayos. Después retiró las gotas de sudor que querían entrar en sus ojos.

       Ya habían pasado las siete de la tarde y Cazurro temió que el enlace se hubiera equivocado y le hubiera transmitido una información errónea. Maldijo esa posibilidad, pues aunque en su interior sentía el mismo miedo que el resto de la partida, sabía que acciones como la emboscada planeada levantaban la moral de sus hombres. Y eso era casi tan importante como estar bien alimentados.

       En ese mismo instante escuchó el canto de un gorrión. Tocó con la mano a Aguilucho y esperó. El cántico del pájaro se repitió. Era la señal de Asturiano, gran imitador de los sonidos de la fauna cantábrica, de que el convoy llegaba a su cita.

       —Es el momento, amigo. Morir o matar— dijo Aguilucho a El Montaraz.

       Segundos después, tal y como habían previsto, la camioneta y el camión llegaron a la altura del primer grupo. Los guerrilleros se mantuvieron agachados a su paso. Primero, de la camioneta, una Fiat Balilla Van, conocida popularmente como “El pigmeo”. Cazurro, con la cabeza ladeada, quiso ver cuántos guardias civiles iban en ella. Pero le fue imposible. La lona estaba bajada. Después era el turno del camión, un ZIS-5 ruso con capacidad para tres toneladas de peso, que rodaba veinte metros por detrás. En ese momento Cazurro y Aguilucho se levantaron. El Montaraz intentó seguirles pero se resbaló al intentar alzarse.

       Los izados lanzaron la primera ráfaga a la parte trasera del camión. El Montaraz pudo incorporarse tras ellos, pero al intentar disparar recibió una descarga desde el interior que a punto estuvo de acertar en su cuerpo. Entonces Aguilucho se acercó a la lona del camión y disparó moviendo el fusil ametrallador de izquierda a derecha para abarcar todo el interior. Cazurro corrió hacia el piloto y vació el cargador de su fusil  sin contemplaciones. Tres disparos se incrustaron en su cuerpo.

       —Montaraz, el copiloto. ¡Ve por él!— gritó Aguilucho.

       Para entonces ya habían explotado tres granadas de mano marca Lafitte en la cabina del vehículo delantero. Nada más lanzarlas, el trío inició una descarga masiva sobre la parte trasera de la camioneta. Bolchevique se acercó corriendo y disparó durante varios segundos al interior para, después, tirarse al suelo.

       —¡El copiloto, joder!— repitió Aguilucho.

       El Montaraz, agachado, rodeó el camión y se colocó en el lateral derecho. Las manos le temblaban de pánico y tenía la vista fijada en la puerta. Cuando se  acercaba, con su espalda pegada al vehículo, la puerta se abrió y un guardia civil saltó con rapidez al camino.

       En el mismo instante en que el oficial de la Benemérita posó pie en tierra, miró a su derecha. Al lugar en que se encontraba El Montaraz apuntando con su subfusil. El guardia se quedó paralizado a la espera de unos disparos que acabaran con su vida. Pero, tras dos segundos, estos no se produjeron. Entonces, agarró su arma y apuntó al chico que tenía frente a él.

       Ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta.

       El guarda civil cayó de bruces contra el suelo. Detrás se encontraba Manazas con su arma ardiendo tras la ráfaga soltada. Miró a El Montaraz y ladeó la cabeza con semblante de enfado.

       —¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! — gritó Cazurro.

       La partida obedeció y se hizo el silencio después de medio minuto de disparos indiscriminados. Entonces los combatientes pudieron comprobar la imagen general del campo de batalla. La cabina de la camioneta delantera ardía y los cuerpos inertes de los dos ocupantes se quemaban despidiendo un olor ingrato. En la parte trasera, cuatro guardias muertos a balazos. Sus cuerpos se encontraban desparramados en el suelo de la camioneta, con manchas de sangre hasta el techo. También había otro hombre muerto en tierra. Era el único que había podido salir de su vehículo y que estuvo a punto de acabar con El Montaraz. El conductor del camión posaba su cabeza ensangrentada en el volante. Y en la parte trasera, tal y como había avanzado Cazurro, dos hombres más habían recibido suficientes disparos como para abatir a una compañía.

       —¡Rápido! ¡Las armas!— ordenó Cazurro, que fue el primero en introducirse en el remolque del camión.

       Le siguieron Manazas y Asturiano. Mientras, Bolchevique, Aguilucho y El Montaraz divisaban la carretera alertas ante la llegada de refuerzos.

       —¡Les hemos dado bien pal pelo ¿eh?! ¡Hijos de puta!— gritó Bolchevique con rabia—. Pena que no quede ni uno vivo para pasarlo a cuchillo, me cago en su alma.

       Los ojos de Bolchevique desprendían un odio visceral y demostraban que, en efecto, hubiera acuchillado a cualquier superviviente y hubiera disfrutado con la ejecución. El Montaraz sintió aún más miedo del que ya llenaba su cuerpo, se apartó de él y prefirió mantenerse al lado de Aguilucho, que miraba al frente sin pestañear su único ojo.

       Dos minutos después salieron los hombres del camión. Llevaban los macutos cargados de balas, armas, dinamita y granadas de mano. Además, cada uno portaba tres fusiles Mauser Gewher alemanes colgados de sus hombros. Cazurro ordenó la huida. Entonces Aguilucho, que no había apartado la mirada del camino que se dirigía a Paradilla alertó de la llegada de un  vehículo militar a lo lejos.

       —¡Que vengan, coño! ¡Que vengan! ¡Que os vamos a dar matarile, cabrones! — gritó Bolchevique.

       —De eso nada. ¡Todos a replegarse!

       —¡No me jodas, Cazurro! ¡Con todo esto los freímos como a mochuelos!— replicó Bolchevique señalando las armas.

       Cazurro dirigió una mirada amenazante a su compañero.

       —¡Bolchevique, he dicho que nos vamos, coño!

       El guerrillero retó con la mirada a su jefe durante varios segundos.

       —¡Haz caso! Ha dicho que nos vamos y nos vamos— rogó Asturiano con el temor a que se produjera un enfrentamiento entre camaradas.

       Bolchevique masculló  algo inaudible para el resto y se colocó al lado de Manazas. Él y los otros dos porteadores de las armas lanzaron una granada cada uno al interior del camión e iniciaron la carrera, escoltados por el trío de tiradores que continuamente miraba y apuntaba con sus armas hacia atrás.

       La explosión del ZIS-5 ruso cargado de armas y explosivos retumbó en las rocas de todo el valle con una fuerza atroz. Incluso los componentes de la partida se asustaron con la deflagración, que provocó un enorme boquete en la carretera.

                                       *         *         *

       Las horas siguientes a la emboscada fueron físicamente las más duras en la joven vida de El Montaraz. Desde el mismo momento en que comenzaron la carrera hasta que se detuvieron por primera vez para coger resuello pasaron siete horas. Las dos primeras, hasta que la noche les protegió de la vista de la veintena de militares que habían iniciado una obsesiva persecución, fueron especialmente tensas. La partida, lastrada por el peso de las armas, llegó a tener menos de cien metros de ventaja sobre sus perseguidores. De hecho, potenciales presas y cazadores llegaron a escuchar el sonido de las pisadas de los otros sobre la hierba y las ramas secas de la montaña. De haber atravesado algún descampado, sin duda, hubieran hablado las armas. Pero Cazurro, sabedor de la inferioridad numérica de su grupo, optó por no salir de montes poblados de árboles, arbustos y escobas que escondieran sus cuerpos de la visión de los militares.

       El peligro se redujo con la llegada de la noche. “Bendita noche”, pensó toda la partida. A partir de ese momento la ventaja numérica de los soldados franquistas no tenía tanta relevancia. Porque la experiencia de los maquis les había demostrado que los soldados se movían en el monte y de noche de un modo mucho más torpe que ellos. De hecho, estaba seguro de que ya aventajaban a sus perseguidores en, por lo menos, un cuarto de hora. Pero no era suficiente.

       Decidió alterar la estrategia del escape. Preveía que les quedaban pocas horas de fuerza para poder huir al mismo ritmo con los sacos cargados de rifles, explosivos, ametralladoras y balas.

       Detuvo a su partida cuando llevaban cuatro horas con la luna en cuarto creciente como única referencia lumínica.

       —Shhh, Venid, ¡todos!

       Los hombres se agacharon al lado del jefe del grupo.

       —Vamos a volver por donde hemos venido— dijo con las manos apoyadas en las rodillas para intentar recuperar fuerzas—. Luego cambiaremos de rumbo.

       —¿Estás loco?— preguntó Aguilucho temiendo que el agotamiento de Cazurro, similar al suyo, hubiera nublado su lógica castrense—. Seguro que son un batallón. Nos van a freír.

       —De eso nada. Manazas, prepara una trampa rápida. Y asegúrate de que piquen. Aguilucho, acompáñale. Y, si puedes, suelta unos tiros, aunque sea al aire. Que se caguen de miedo. Después rodeadles sin que os vean y nos encontramos en el risco que hemos dejado antes a la derecha.

       Manazas, hombre confianza de Cazurro, asintió con convencimiento. Cazurro ordenó que El Montaraz se hiciera cargo del petate y los rifles que cargaba y preguntó a Manazas qué necesitaba.

       —Tres granadas, una antitanque, y cable largo y fino.

       —Dáselo— ordenó a Bolchevique.

       —Espera— intervino Aguilucho, al que el sudor le llegaba hasta el parche del ojo para entrar en la cuenca, lo que le provocaba un gran malestar—. Quiero eso— Señalaba a una de las armas largas que cargaba Cazurro—. Lleva mi nombre.

       Un fusil de francotirador Mosin Nagan, con cargador de cinco cartuchos, accionado por sistema de cerrojo y que se caracterizaba por su exactitud, resistencia a los golpes, el agua y el frío y facilidad de manejo. Un sueño de arma para un hombre tan ciego de un ojo como con mirada de ave rapaz por el otro.

       —Todo tuyo— respondió Cazurro con una sonrisa—. Pero no hace falta que te cebes. Sólo quiero que caigan en la trampa y se acojonen con unos tiros. Y, sobre todo, quiero que volváis los dos.

       —Tranquilo, que nosotros les vamos a acojonar— aseveró Manazas con una voz más todavía profunda de lo normal.

       La partida se dividió en dos. A El Montaraz le correspondía ahora cargar con las armas de Manazas. Si ya se encontraba cansado sin peso, el agotamiento con las armas sobre su cuerpo era demoledor. Pero no pensaba abrir la boca para exponer lamentación alguna. Ya había fallado a sus compañeros en la emboscada al ser incapaz de realizar un solo disparo. No iba a ocurrir por segunda vez. Prefería caer desplomado sobre la tierra que solicitar ayuda de unos hombres que debían estar tan reventados como él pero que se guardaban para ellos mismos sus síntomas de flaqueza.

       Giraron a la izquierda y caminaron veinte minutos en línea recta. Por su parte Manazas y Aguilucho prosiguieron ladera arriba asegurándose de dejar pistas suficientes para que las brigadas nacionales siguieran su rastro. Treinta minutos más tarde el monte recibió el sonido atronador de una explosión a más de medio kilómetro del grupo de Cazurro. Seguido, un festival de disparos que se alargó un par de minutos. Aunque a Cazurro, Asturiano y El Montaraz se les hizo una eternidad. Tanto tiro nunca se quedaba sin muertos. Y los tres, agachados y petrificados como los guijarros que pisaban,  rezaban por que ninguna bala acabara en los cuerpos de sus compañeros. Bolchevique, sin embargo, maldecía no ser él uno de los dos hombres de la segunda emboscada. Cazurro ya le había impedido acabar con unas cuantas “cucarachas de Franco”, como le gustaba llamarlos, y le había obligado a huir. Pero, al tiempo, se juró que sería la última vez que Cazurro le prohibía un enfrentamiento, por muy jefe de partida que fuera.

       El silencio volvió a envolver la montaña. Cazurro mandó que continuaran la marcha hasta llegar al risco acordado. Dos horas más tarde, Manazas y Asturiano aparecieron. Sin herida alguna, para alivio de sus camaradas. Y la partida prosiguió su camino hacia un punto lo más alejado posible de sus perseguidores.

       Fueron tres días de andanza sin apenas detenerse. Tan sólo para reponer fuerzas con los escasos víveres que les quedaban, unas pocas latas de anchoas y medio kilo de cecina, y para dormir, nunca más de dos horas seguidas. Durante el tiempo de reposo dos hombres se mantenían en vilo como vigías. Cazurro ordenó que los primeros fueran Bolchevique y  Asturiano. Los siguientes iban a ser el propio Cazurro y El Montaraz, pero Manazas se ofreció para sustituir al líder del grupo.

       —Descansa un poco más, que tú tienes que tener la cabeza más fresca que el resto— argumentó.

       La realidad era otra. Manazas quería quedarse a solas con El Montaraz. El muchacho lo sabía e intentó rehuir su compañía. En vano. Cuando se encontraba cien metros al norte de sus camaradas dormidos, Manazas apareció por su espalda. Se sentó a su lado y sacó un cuchillo. Con la mirada puesta en su filo, abrió la boca:

       —No pienso decir nada de lo ocurrido en la emboscada.

       —Gracias.

       —No me las des. La próxima vez que nos dejes tirados, yo mismo me encargaré de que no salgas vivo.

       El Montaraz tragó saliva.

       —No estoy dispuesto a que nos pongas en peligro. Si tú no puedes matar, vas a hacer que nos maten a los demás. Y eso no lo voy a permitir. Por mucho que Cazurro te proteja. Te estaré vigilando.

       Manazas calló, se guardó el cuchillo, se levantó y se alejó. El  Montaraz se quedó inmóvil en su puesto de vigilancia con un nudo en la garganta. Acababa de recibir una amenaza clara de muerte si no se portaba como un verdadero guerrillero. Como todos sus compañeros, de gatillo fácil cuando la situación lo requería. O como su hermano Ildefonso, valiente combatiente muerto en una emboscada.

       Era el momento de tomar una decisión de adulto, de hombre. Escapar de la partida de Cazurro para buscarse la vida por su cuenta hasta que se reuniera con Teresita o comportarse como un auténtico camarada que no dudase en matar. La primera opción era la más deseada por el muchacho. Pero sabía que también era la más peligrosa. Para él y para su amada. Sin dinero, sin ningún apoyo logístico y sin saber adónde dirigirse, las opciones de mantenerse vivos eran ínfimas. Y no estaba dispuesto a correr ese riesgo para su esposa. “Mi esposa”, pensó, “cuántas ganas tengo de volver a verte, Teresita”.

       Así que, si quería seguir vivo para poder volver a verla, tendría que asesinar. A pistola, escopeta, granada o cuchillo. Desde lejos o a escasos centímetros de su enemigo. No sabría cómo, pero la próxima vez que se encontrara en una refriega, no dudaría. Lo juró por sus padres y sus hermanos muertos a tiros. Fue un  juramento que El Montaraz cumpliría hasta el fin de sus días.

                                     *         *         *

       Tras tres días de caminata continua, la partida se había escabullido de los militares y guardias civiles que les perseguían. Aunque Cazurro sabía que la tregua era momentánea. La emboscada de Paradilla de Gordón, con un resultado de una decena de enemigos muertos, les habría colocado como objetivo número uno de las autoridades, y el ejercito y la Guardia Civil no se detendrían hasta acabar con ellos. Cazurro estaba convencido. Ya había ocurrido ese mismo año con la partida de Matías el abogado. Sus miembros acabaron en dos meses con dieciséis afines al régimen, entre civiles y militares. Y en una semana los siete guerrilleros del grupo fueron aniquilados tras incontables jornadas de persecución.

       Por ello la partida de Cazurro necesitaba tomarse un descanso y desaparecer por un tiempo. Pero antes, el maquis leonés debía terminar la misión que había comenzado con el requisamiento de más armas de las que ellos podrían necesitar. Cazurro esperó a que amaneciera para detallar su plan a los camaradas.

       Aguilucho ya había terminado el café y liaba un cigarro de picadillo, Bolchevique terminaba de recoger su tienda de campaña y Manazas y Asturiano se aseaban en el río. El Montaraz, por su parte, escribía con esmero en su misterioso cuaderno. Cazurro, que había aprendido a leer gracias a su difunta esposa, respetaba que El Montaraz fuera un “chico culto”, que fue como le nombró la primera ocasión que le descubrió escribiendo a escondidas. El jefe permitió que mantuviera el cuaderno, del que no se desprendía ni un segundo. Tampoco le preguntó por el contenido de sus escritos. Aunque lo suponía. Por ello únicamente le señaló una recomendación:

       —Escribe la verdad, Montaraz. Escribe siempre la verdad. Por muy jodida que sea.

       La semana que viene, las páginas 151-160. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 131- 140

     La aventura de “El Montaraz” continúa. Aquí tenéis las páginas 131-140 de esta novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 131-140

      “El cuaderno del Montaraz”. Fueron las primeras palabras que escribió en él. Lo había hecho tres días después de su vuelta de Villasinde, donde se había casado en secreto con su amada Teresita. Justo cuando la partida decidió por unanimidad bautizarlo con ese apodo. Montaraz. Al grupo de guerrilleros le provocó gracia la ocasión en que escucharon esa palabra de su boca a modo de ignorante reivindicación y decidieron que era un buen alias para motivar a un muchacho con cara de miedo como carta de presentación.

      Desde que trazó esas cuatro palabras en la portada del cuaderno las incursiones en la escritura eran habituales. El Montaraz había decidido que no iba a escribir un diario de sus andanzas con la partida. Sin embargo, eran abundantes las mañanas en las que se introducía en el cuaderno para redactar una reflexión acerca de la jornada anterior, una previsión de lo que le esperaba ese día  o únicamente el sentimiento que le había despertado al amanecer. En esos casos siempre acababa escribiendo sobre Teresita. Acerca de su amor por ella, de la idílica vida que soñaba en las Américas, adonde le había prometido que le llevaría. También describía, siempre con caligrafía cuidada pero diminuta para no gastar las hojas del cuaderno, el sentimiento de culpabilidad que le carcomía por haber abandonado a Teresita la misma noche de bodas. Aunque se prometía que volvería a por ella, la rescataría emulando a los héroes de las novelas y la llevaría a descubrir más mundo que el cruel y mortal que les rodeaba.

      En esta ocasión los dos párrafos que escribió El Montaraz antes de iniciar la caminata tenían una única temática sobre la que reflexionar. El temor ante la primera operación verdaderamente arriesgada en la que él iba a participar. Sin extenderse en detalles, Cazurro le había avanzado la noche anterior que ese día la partida iba a realizar una emboscada y que debía tener los ojos bien abiertos y obedecer todas sus órdenes para correr el menor riesgo posible.

      Hasta ese día, la rutina de la partida de Cazurro se había limitado a caminar por los montes de León, esconderse de las patrullas militares y de la Guardia Civil y, en dos ocasiones, robar en las casas de los caciques de dos pueblos para hacerse con un dinero imprescindible para comprar víveres. Porque Cazurro, tal y como se jactaba de recordar, no había recurrido jamás al bandidaje indiscriminado. Otras partidas sí se habían visto obligadas, o no tan obligadas, a robar dinero, pollos, corderos y hasta algún jamón para sobrevivir. Daba igual la simpatía ideológica de los propietarios.

       Cazurro se había prometido asaltar únicamente a los enemigos de la desparecida República. No le importaba si eran curas, médicos, maestros o pequeños empresarios. Lo único relevante para él era que se trataba de cómplices del régimen franquista. Y esa afiliación política ya era suficiente para despojarles de todo lo que tuvieran.

      —Como si les tienes que arrebatar la vida— le dijo una vez—. Piensa que ellos te la quitarán a ti en cuanto puedan. Así que, si alguien tiene que morir, que sean ellos y no nosotros.

      El Montaraz, caminando entre un bosque de tejos, predijo en su interior que ese iba a ser un día en el que la disyuntiva de Cazurro de “o ellos o nosotros” se iba a poner a prueba ante su pistola. Por ello Manazas le había ayudado la noche anterior a limpiar concienzudamente su Tokarev. Porque temía que iba a tener que dispararla contra alguien por primera vez en su vida.

      —¿No tienes miedo? — preguntó El Montaraz al calor de la pequeña fogata nocturna mientras engrasaba la pistola siguiendo los pasos ordenados por Manazas.

      —¿Miedo?

      —A que te disparen.

      —Nadie quiere que le metan un tiro, chico. Por eso tienes que ser más rápido que el enemigo. Y apuntar mejor que ellos— expuso Manazas.

      En ese momento se acercó Aguilucho y se sentó a su lado.

      —Lo que tienes que hacer es no pensar.

      —¿No pensar?

      —Eso es. Si se lía un tiroteo, no pienses en nada. No pienses en que te pueden disparar. Ni a ti ni a ninguno de nosotros. Tú únicamente apunta y dispara. Pum, pum, pum. Hasta que ellos estén muertos, te quedes sin balas o Cazurro te ordene que pares. Entonces ya tendrás tiempo de pensar.

      —¿Y si son ellos quienes me dan?

      Aguilucho se quitó el parche que tapaba su ojo y se colocó una gasa húmeda en su lugar.

      —Entonces serán mejor que te maten— dijo con ingente seriedad.

      —¡No me jodas, Aguilucho! No le metas miedo al chaval, que tiene que dormir— ordenó Cazurro sentado al otro lado de la fogata.

      Aguilucho obedeció, se levantó y se alejó del campamento para no continuar con una lección grabada a fuego en su cuerpo y que, consideraba, debía saber El Montaraz. Que era mejor estar muerto que resultar atrapado por el enemigo. Él lo supo muy bien el día que su vida de panadero cambió para siempre.

                                       *         *         *

      Hasta el verano de 1938, Aguilucho, de nombre Miguel Requejo, había ejercido el oficio de hornero del pan en Palazuelo de Torio, una pequeña localidad al norte de la capital leonesa. Allí dedicaba las noches y parte de los días a elaborar las hogazas y las tortas que vendía tanto en la panadería como acercándose a los pueblos cercanos en bicicleta. Pero una noche de agosto, mientras Requejo preparaba con sus manos la masa para una nueva hornada, cuatro militares nacionales golpearon la puerta del obrador y entraron por la fuerza. Miguel no tuvo tiempo para preguntar la razón del allanamiento. Uno de los soldados soltó un culatazo del arma que impactó en su cabeza y lo dejó  inconsciente al lado de un saco de harina.

     Cuando se despertó, se encontró con la luz matinal tapada por dos fusiles Mauser Vz-24 de fabricación checa que apuntaban a su cabeza. Se hallaba en el monte, aunque desconocía donde.

      Un soldado lanzó el agua fría de un cazo sobre su cara.

      —¡Despierta, rojo!

      Requejo se espabiló y comprobó entonces que tenía las manos atadas a la espalda.

      —Miguel Requejo, un vecino de Palazuelo te ha denunciado por colaborar económicamente con los rebeldes republicanos. ¿Tienes algo que decir?

      —¿Yo? ¡Es mentira! Bastante tengo con sacar para la harina como para regalar el dinero— contestó con sinceridad.

      —Vaya. Parece que no nos lo vas a poner fácil— dijo el cabo al mando de la patrulla—. Dadle un escarmiento.

      Dos soldados colocaron las culatas de sus armas apuntando a Requejo e iniciaron un ciclón de golpeos contundentes sobre el hombre tumbado en el suelo y atado de manos. Culatazos en el pecho, los brazos, y las piernas. El último lo recibió directamente en los testículos y Requejo se quedó sin respiración por unos segundos.

      —No nos andemos con chiquitas. Esto es muy fácil. Aquí tienes tu confesión de traidor— dijo el cabo acercando un papel a su cara—. Fíjate si somos buena gente que la hemos escrito por ti. Aquí reconoces que has dado dinero a las tropas republicanas durante dos años. Si lo haces, irás a la cárcel una temporada, requisaremos tu obrador y, sobre todo, vivirás. Tú sólo tienes que firmar que te declaras culpable y no te haremos más daño.

      —No sé quién me ha delatado, señor— susurró Requejo retorciéndose de dolor—, pero yo jamás me he metido en política. Le juro por Dios que, quien sea, se equivoca.

      —¡Encima mentando a Dios!

      El cabo sacó su pistola de la cartuchera y lanzó un culatazo en el ojo izquierdo de Requejo. El grito de dolor retumbó en las rocas de la montaña y provocó que una bandada de codornices huyera asustada de sus árboles. Pero el cabo acalló la lamentación agónica con una patada en el estómago y un pisotón en las costillas.

      —¡Firmaré! ¡Firmaré!— gritó Requejo al tiempo que la boca se le llenaba de la sangre procedente de su ojo— ¡Firmaré! ¡Pero no me peguéis más!

      El hombre rompió a llorar. El mando sonrió a los componentes de su patrulla, que no habían dejado de apuntar al detenido ni por un instante.

      —Es lo que no entiendo de estos rojos. Parece que les gusta sufrir. En vez de reconocer la verdad a las primeras de cambio, prefieren una buena zurra. ¡Venga, desatadle!

      Un soldado soltó las cuerdas de sus manos y ayudó a Requejo a que se incorporara. Otro tuvo que apartar la mirada al observar la consecuencia del culatazo en el ojo. Un hilo de sangre densa emanaba directamente de la cuenca destrozada y Requejo, por culpa del dolor, sufría un mareo que le impedía mantenerse erguido. El cabo ordenó que le ayudaran a seguir de pie.

      —Toma. Firma aquí y te llevamos al médico— dijo señalando con la pistola a la hoja—. Parece que el ojo tiene mala pinta— apostillo riendo.

      Miguel Requejo agarró el bolígrafo y firmó con la mano trémula en la parte inferior de la hoja. Era lo único que había aprendido a garabatear en su vida, pues jamás nadie le había enseñado a leer ni escribir.

      El cabo se apartó y comprobó que, en efecto, la declaración auto inculpatoria tenía la firma del acusado. Después ordenó a los soldados que se alejaran de él. El panadero se quedó, solo y tembloroso frente a la patrulla que lo apuntaba con sus armas.

      —Lo que es la vida— dijo en alto el cabo sin rebajarse a mirar al reo—. Miguel Requejo, acusado de colaborador republicano, reconoce su delito por escrito y después, en un arrebato de locura, intenta huir a la montaña. Por suerte los soldados del Generalísimo tienen muy buena puntería y consiguen dispararlo antes de que se pierda en el bosque. Uno de los disparos le da en la cabeza y muere al instante. Fin de la historia.

      Requejo miró con espanto al hombre que acababa de describir el informe que tenía pensado redactar cuando llegara al cuartel. El acta de su muerte.

      —¡Ya he firmado lo que querías! ¡No me matéis, por favor! ¡No he hecho nada! — gritó entre sollozos suplicantes.

      —Date la vuelta.

      —¡No, por favor!

      —¡Que te des la vuelta!— repitió apuntando con su pistola a la cabeza.

      El panadero, tiritando de pánico, obedeció. Se giró con lentitud al tiempo que intentó acordarse de alguna oración sin lograrlo. Trató de rezar un Padre Nuestro, pero las palabras se trababan entre sus dientes espasmódicos. Miró hacia el suelo y observó cómo una mancha de orina descendía por sus pantalones.

      —Ahora, corre. ¡Corre, rojo, corre!

      —¡Nooo!

      El cabo quitó el seguro de su arma y los soldados colocaron sus ojos en la mira de sus fusiles.

      —¡Que corras, me cago en tus muertos!

     Miguel Requejo inició los que iban a ser sus últimos pasos. Avanzó el pie izquierdo con lentitud. Después, el derecho. Y cuando se preparó para comenzar la carrera mortal escuchó una ráfaga de disparos.

      Cayó al suelo de frente y pensó que era su final. Sin embargo, los disparos continuaron varios segundos. Cuando se dio media vuelta observó a todos los miembros de la patrulla muertos en el suelo. Y, sobre todo, que ninguna bala había acertado en su cuerpo. Entonces, de entre los árboles, apareció una partida republicana que acababa de salvar su vida.

      Desde ese momento Aguilucho, que se unió a los maquis de inmediato, decidió que jamás se volvería a dejar atrapar. Prefería pegarse un tiro antes que volver a sufrir la tortura que acabó con su ojo y que marcó el futuro de todas sus pesadillas.

      Sin embargo, lo que resultó más doloroso al antiguo panadero reconvertido en guerrillero no fue la brutal paliza. Dos meses después de estar al borde de la muerte, cuando ya formaba parte de la partida de Cazurro, un enlace de su pueblo le hizo saber la identidad del delator que le había acusado de colaboracionista de los rojos. Había sido su hermano Joaquín, quien le había acusado con un único objetivo. Quedarse con su panadería. Joaquín Requejo lo consiguió y Miguel Requejo jamás volvió a su aldea. Si algún día lo hacía, pensó, sería para matar a su hermano.

                                               *         *         *

      La partida caminó por los montes de Gordones durante cuatro horas hasta que Cazurro ordenó que se detuvieran.

      —Venga, a comer. Luego os cuento la operación.

      Así era Cazurro. No desvelaba el objetivo hasta que fuera estrictamente necesario. Era una medida de precaución que tomaba por una única y vital razón. Cuantas menos personas supieran el destino, más difícil resultaría al enemigo descubrirlo. Así, si uno de los miembros de la partida era detenido, no podría avanzar al enemigo los detalles de la misión. Era una norma de supervivencia que todos comprendían y aceptaban.

       Como era de día y no querían alertar con su presencia, optaron por no prender un fuego y comieron chorizo y queso. No les quedaban demasiados víveres y en breve tendrían que hacer una reposición de éstos. Pero, en esos momentos, esa no era la preocupación de los maquis. Lo era el enfrentamiento que iban a tener en breve.

      Aguilucho, para calmar la tensión del momento, inició una conversación con El Montaraz como eje central:

      —La verdad es que le queda bien la barba al chico.

      —Bueno, barba, barba. Cuatro pelos pajilleros— apostilló Asturiano.

      —Al menos no tiene la cara de niñato que tenía el día que apareció con el Profesor.

      —Eso es verdad. Parece un hombre. Bueno, casi un hombre. Eso sí, no se parece en nada al Marqués.

      —Cierto— reconoció Bolchevique.

      Por primera vez desde el inicio de la conversación, ésta pasaba a ser de su interés. Sus compañeros hablaban de su hermano Ildefonso. Hasta ese momento nadie había sacado a la luz su nombre y él tampoco había tenido el valor de preguntar por su hermano maquis asesinado hacía menos de dos meses.

     —¿Porqué? ¿Por qué no me parezco en nada a mi hermano?— preguntó realmente interesado.

      Bolchevique se aprestó a contestar.

      —Su nombre ya lo dice todo. El Marqués. ¿Sabías que tu hermano, que en paz descanse, se afeitaba todas las mañanas, ¡todas!, con su navaja y que siempre andaba con el peine entre las manos peinándose raya al medio? Además, que no le pareciera que su ropa olía mal. Ya se estaba cambiando de camisa para lavarla y ponerse otra que no le cantara el ala. Menos mal que no tenía perfume, que seguro que nos hubieran descubierto por los litros que se echaba— exageró con una sonrisa—. Si es que parecía más un señorito que un maquis, cago en la puta.

      —Menos cuando tenía que luchar— aclaró Manazas con su voz de ultratumba al tiempo que afilaba su cuchillo—. Entonces tenía más huevos que todos nosotros juntos. El muy cabrón…

      Manazas detuvo su aportación y miró a los ojos a El Montaraz.

      —… el muy cabrón era uno de los mejores combatientes que he conocido. Y han sido muchos.

      El Montaraz se quedó mudo ante la mirada de Manazas y agachó la cabeza. Se sentía avergonzado de ser el hermano cobarde, temeroso, débil de un hombre tan valiente como Ildefonso Romeral, El Marqués. Y su vergüenza aumentaba al imaginar que jamás ninguno de sus compañeros de partida hablaría de él con tanto respeto como lo acababa de hacer Manazas. “Eso hay que ganárselo en combate”, pensó, “y yo no voy a ser capaz”.

     —¿Y qué? ¿Te vas a dejar la barba para siempre?— preguntó Aguilucho interrumpiendo los pensamientos negativos del chico.

      El Montaraz no contestó. Porque no sabía qué responder. Cazurro le había recomendado que no se afeitara los cuatro pelos que brotaban de su adolescente cara. Le explicó que así aparentaría más años. Y en la montaña la edad significaba respeto.

      Cuando los seis miembros terminaron el avituallamiento, Cazurro inició la explicación de los detalles de la operación:

      —Vamos a atacar un convoy de la Guardia Civil— dijo mirando a los ojos de Bolchevique.

      Se hizo un silencio sepulcral en el corro formado por los rebeldes.

      —Son una camioneta y un camión. En la primera habrá varios picoletos. Pueden ser dos o pueden ser diez, no lo sabemos. En el camión  estarán el piloto, el copiloto y dos más atrás.

      —¿Por qué lo sabes? — preguntó Manazas.

      —Porque llevan un cargamento de armas. Y siempre van cuatro— explicó Cazurro—. Lo que vamos a hacer es matarlos a todos y quedarnos con todas las armas que podamos cargar. El resto las destrozamos con granadas.

      —Así de sencillo— dijo Asturiano con ironía.

      —De sencillo nada. Escuchad.

      Cazurro sacó un mapa de su zurrón y lo desplegó en el suelo. Después, con un palo, señaló un punto del mapa. En concreto una de las muchas curvas previas a Paradilla de Gordón.

     —La emboscada va a ser exactamente en este punto— señaló el reviro del plano—. Está a unos dos kilómetros de Paradilla. Ahora mismo nos encontramos a menos de un kilómetro del lugar. El convoy pasará esta tarde entre las cinco y las siete. Un enlace me lo ha confirmado.

      —¿Es de fiar? — preguntó Asturiano.

      —Totalmente. Él es el que me ha propuesto la operación y siempre he confiado en la información que me ha dado. A lo que iba. Pasará entre las cinco y las siete. Por nosotros, cuanto más tarde, mejor. Más cerca estaremos de la noche. Lo que vamos a hacer es dividirnos en dos grupos. Manazas, tú, Bolchevique y Asturiano os colocáis delante. Vuestro objetivo es la camioneta delantera. Aguilucho, Montaraz y yo esperaremos a que pasen y atacaremos al camión desde atrás. Vosotros no empecéis hasta que oigáis nuestros tiros. Entonces lanzáis una granada cada uno y disparáis hasta que estén todos muertos.

      Montaraz escuchaba en silencio las explicaciones de Cazurro. Y a cada vocablo que salía de la boca del líder de la partida apreciaba una mayor rigidez en su rostro. “Lanzáis unas granadas”, “disparáis hasta que estén todos muertos”. Eran palabras mayores para un muchacho que únicamente había acabado con dos cargadores de su pistola en los casi dos meses que hacía que formaba parte del maquis leonés. Y sus disparos, errados todos, iban dirigidos a unas latas de anchoas que Aguilucho había colocado a modo de diana. Ahora no. Ahora tendría que apuntar, si es que en realidad sabía lo que ello significaba, a personas como él. Del bando rival, en efecto. Del vencedor. Del culpable de que él se hubiera echado al monte con los maquis. Del que había acabado con su familia de un modo cruel. Pero personas, al fin y al cabo. También con padres, madres, hermanos. Quizás con una amada que, como Teresita, esperara con ansia su llegada. O con hijos. O amigos,… ¿Iba a tener el valor y la sangre fría de atacar a esos guardias civiles? Era una pregunta tan transcendental a escasas horas de dilucidar la respuesta que un halo de pánico invadió su cuerpo al no ser capaz de responderla.

      Cazurro observó la mirada temerosa del muchacho, pero prefirió no abstraerse de su objetivo hasta que toda la partida tuviera claros los pasos de la operación.

      —En cuanto hayamos acabado con todos, Manazas, Asturiano y yo nos hacemos con todas las armas que podamos. Dejad las armas cortas. Sólo fusiles, metralletas y ametralladoras. Bueno, alguna pistola también. Ah, y  dinamita, granadas y balas, todas las que podamos. El resto, lo reventamos con unas granadas. Bolchevique, Aguilucho y Montaraz nos cubrís mientras tanto. No vaya a ser que aparezcan más cabrones y nos pillen en bragas. Recordad que tendremos muy poco tiempo. Tres o cuatro minutos como mucho. El pueblo está cerca y no tardarán mucho más en llegar en cuanto oigan el tiroteo. ¿De momento todo claro?

      Los guerrilleros asintieron. El Montaraz también. Aunque únicamente por seguir la corriente del grupo. En realidad tenía la mente colapsada por el miedo y no sabía si lo que estaba escuchando eran palabras reales o si salían de la boca de Cazurro en una de sus pesadillas nocturnas.

      —Bien— prosiguió el jefe—. Vamos con la huida. Tres portadores y tres escoltas. Bolchevique, tú cubres la huida de Manazas. Aguilucho, tú la de Asturiano y Montaraz, tú cubres mi espalda.

      —¿Montaraz? — preguntó Bolchevique.

      —Sí, Montaraz— respondió tajantemente—. Confío en él.

      Bolchevique silenció sus dudas ante la aseveración de su jefe de partida. Pero tanto él como el resto del grupo, incluido el propio muchacho, no las tenían todas consigo en cuanto a cómo iba a reaccionar en su primera refriega. Cazurro prosiguió.

      —Huimos todos monte arriba— explicó señalando el mapa con el cayado—. Los que carguemos con las armas, delante. Los escoltas, detrás. No dejéis de mirar atrás. Si los picolos aparecen demasiado pronto podemos tenerlo jodido. Así que tendréis que actuar con rapidez. Granadas y disparos continuos hasta que se acojonen.

      —¿Cómo hacemos si hay heridos? ¿Cómo siempre?— preguntó Asturiano.

      —Más o menos. Su pareja se queda con él y le ayuda en la huida. Los demás se colocarán cerca para protegerlos. Si la cosa se pone demasiado jodida, nos separamos. Cada uno sabrá si puede cargar con las armas o si tiene que dejarlas en el monte. Sería mejor quedárnoslas, está claro, pero cada pareja decidirá si puede o no. Nos vendrán muy bien y, además, son las que nos van a proporcionar el alimento de este verano. Pero eso ya os lo contaré cuando sea oportuno.

      Cazurro observó con detenimiento el mapa y señaló una loma situada a unos diez kilómetros del punto de la emboscada.

      —Si nos tenemos que separar, nos encontraremos aquí. En este puerto. Recordad. El punto de encuentro es éste— enfatizó con el palo—. Y, como mucho, esperaremos hasta mañana al amanecer. Los que no aparezcan tendrán que arreglárselas por su cuenta hasta el segundo punto de encuentro. La cabaña de pastores de Canseco, dentro de una semana. Espero que no tengamos que ir y que estemos todos juntos antes. Pero, si no es así, que nadie traiga las armas. Cada pareja las esconderá donde considere oportuno y ya se volverá a por ellas.

       La semana que viene, las páginas 141-150. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.