EL MONTARAZ Páginas 121-130

     Aquí tenéis las páginas 121-130 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 121-130

      Recordó, con pena, el momento del nacimiento de Marquitos hacía diecisiete años. Porque no pudo estar en el parto acompañando a Carlota. Él, un hombre que había visto nacer a decenas de animales, no pudo con la tensión en la sala de partos y las enfermeras tuvieron que expulsarle porque comenzó a marearse a las primeras de cambio. Rememorar ese momento de debilidad siempre le aportaba una frustración que se tornaba en rabia.

       Apartó la nube negra de la tristeza al ver a la pequeña cría tratar de levantarse. Primero estiró el cuello todo lo que pudo, como si con ese gesto el resto del cuerpo le fuera a seguir automáticamente. Después, sus frágiles patas delanteras iniciaron el movimiento tambaleante del que quiere caminar por primera vez en su vida.

       —Parece Elvis Presley bailando rock— dijo Daniel con una sonrisa placentera.

       Tras dos minutos de intentos frustrados, la jata, por fin, colocó las cuatro patas en vertical.

       —¡Buena chica!— gritó Daniel frotándose las manos con velocidad— ¡Ahora, a comer!

       La becerra pareció escuchar las órdenes de su amo y buscó, caminando de lado a lado como si se tratara de un borracho, las ubres de su madre. Para ello no necesitaba más sentido que el olfato. Aunque se hubiera tratado de una res ciega, el aroma del calostro de la vaca la hubiera llevado directo a sus mamas.

       Los dos ganaderos, alejados un par de metros de la pareja, esperaron impacientes a que la pequeña mordiera por primera vez una de las ubres y extrajera la primera leche. Con hacerlo una vez significaba que ya estaba fuera de total peligro, ya que esa leche amarillenta llena de proteínas de la madre era el único revitalizante que necesitaba para garantizar unos primeros días de vida sana y sin riesgo a enfermar.

       La becerra se decantó por la segunda ubre de la derecha. Se lanzó rápida, movió su cabeza como una serpiente a por su presa y la agarró con la boca. La madre mugió de dolor, pero no se movió ni apartó a su hija. Objetivo cumplido. La vaca aceptaba cuidar de su hija.

       Daniel resopló. Dos animales que habían estado a punto de fallecer en su cuadra se encontraban a salvo. En ese momento tuvo el lógico impulso de agradecer a Francisco su inestimable trabajo de veterinario improvisado. Miró a sus ojos directamente, pero éste continuaba absorto en el proceso de amamantamiento de la ternera.

       —Ésta no sabe lo cerca que ha estado de irse al otro barrio— señaló Francisco con un tono reflexivo, casi melancólico.

       Después se quitó el guante lleno de abono y se acercó a una pila de piedra sobre la que estaba incrustado un grifo. Hizo correr el agua y empezó a limpiarse los dos brazos con esmero.

       —Espera— dijo Daniel al ver la acción de Francisco—. Voy a casa a por jabón.

       —No hace falta.

       —Seguro que se te quita mejor que sólo con agua. Ahora vuelvo.

       El antiguo cazador cerró el grifo y esperó a que Daniel regresara con el jabón. Mientras, rodeó a la vaca y a su cría para comprobar la causa por la que el parto había sido tan complicado. Las caderas de la madre no debían ser la razón. Eran lo suficientemente anchas como para parir sin tanto problema. El tamaño de la becerra tampoco. No era una cría ni más grande ni más pequeña que la mayoría de las que había visto nacer en su dilatada vida de ganadero. La cuadra estaba limpia. No tanto como la suya, pero la falta de higiene tampoco se presentaba como la razón del complicado parto.

       “A veces no hay que buscar una causa objetiva de las cosas. Simplemente pasan— reflexionó—. Hoy he estado en el velatorio de un hombre que murió porque se resbaló en una piedra, sin más. Y también hoy estas dos siguen vivas porque su dueño pegó cuatro gritos y yo tuve curiosidad por lo que pasaba. Casualidades de la vida. Tampoco hay que buscarle más vueltas”.

       Finalizada su reflexión escuchó los pasos de Daniel entrando en la cuadra.

      —Toma, aquí tienes jabón para que te laves como Dios manda. Y he traído unas cervezas. Supongo que nos vendrán bien.

       Francisco se lavó y Daniel abrió con una piedra dos de los seis botellines de cerveza que había trasladado desde casa. Ambos pegaron un primer trago que acabó con la mitad de la bebida fría.

       —¿Has visto si tenías algún mensaje del veterinario?— preguntó Francisco.

       —No. Además, si hubiera llamado, lo habríamos oído aquí. Mira— dijo señalando un aparato de teléfono apoyado en una silla—. Me he comprado este inalámbrico para poder traerlo hasta la cuadra. De haber llamado nos habríamos enterado.

       —Cuando hables con él dile que ha estado a punto de dejar que se murieren tus animales. A ver si así se le cae la cara de vergüenza.

       Terminó la cerveza de un segundo trago y Daniel abrió otra con un golpe fuerte contra una piedra saliente de la pared. Después ambos ganaderos se apoyaron en dos comederos vacíos.

       —¿Qué tal va el negocio? — preguntó Francisco.

      —Complicado. Con la crisis que tenemos cuesta mucho vender los productos— se sinceró Daniel—. Pero vamos tirando. Aunque todavía me estoy haciendo a esto de ser empresario y estar vendiendo todo el tiempo. Antes me pasaba días y días en el monte sin hablar con nadie. Y cuando lo hacía era para discutir con los ganaderos para que no tiraran el abono al río o no cercaran más tierra que la suya. Y ahora no piso el monte porque no tengo tiempo y negocio con esos mismos ganaderos el precio de los huevos, la miel o la carne. Además está lo de ir a las ferias de alimentación y moverte como si fueras el comercial más seguro del mundo.

       Daniel bebió un trago y continuó.

       —Aunque, por lo que estoy viendo, hay mucho ignorante en el negocio. Con decirte que hemos subido los precios de nuestros productos para que fueran más “especiales” y “únicos” y ahora tenemos más clientes que antes. Es lo que dice Cristina— recordó en referencia a su socia—, que cuanto más exclusivo parezcas más exclusivo pensarán los demás que eres. Así que ahí estamos, vendiendo cecina de vaca de toda la vida y huevos de gallinas de toda la vida y los clientes los compran como si se fueran a comer algo único en el mundo.

       —¿No echas de menos lo de antes?

       —¿Lo de ser guarda? Para nada.

      Daniel no quiso explayarse más. Porque, de hacerlo, sabía que podía entrar en un  terreno pantanoso en el que saldría a la luz la razón por la que había sido guarda y la odiosa relación que había tenido durante décadas con el hombre que estaba a su lado.

       Francisco, por su parte, quiso preguntarle la razón por la que había comprado esas vacas. Pero no se atrevió. Entre los dos hombres se mantenía una barrera invisible que les impedía entrar en la privacidad de los sentimientos del otro. “Es mejor así— pensó—. Lo que pasó entre nosotros ni se puede ni se debe ni se quiere olvidar”.

       Apuró su segunda cerveza, depositó el botellín en el suelo y se acercó a la nueva familia bovina. Acarició a la vaca con suavidad mientras observaba mamar a la cría.

       —Parece que están bien. Pero no te confíes. Todavía no ha soltado la placenta. Si mañana a la mañana todavía no la ha soltado, tendrás que llamar al veterinario. No se te ocurra ayudarla a sacarla tú mismo o puede coger una infección que la mande al otro barrio. Aunque, bueno, tiene pinta de estar sana para lo que ha sufrido. Así que me imagino que no tendrás problemas.

       —Igual me quedo toda la noche, por si acaso.

       —Tú mismo. Yo me voy a acostar, que mañana tengo trabajo.

       —¿Vas a ir al funeral de Arturo?

       —Sí, claro.

      —Yo no sé si podré. Mañana marcho pronto a León y no sé si voy a llegar a tiempo— se justificó—. Ya es mala suerte lo de ese hombre.

       Francisco asintió. Daniel prosiguió.

       —Además, tampoco me parecía que estuviera tan torpe.

       —¿Qué quieres decir?

       —Pues eso. Que, para la edad que tenía, se movía con bastante agilidad.

       —Ya. Pero cualquiera se puede dar un resbalón.

       —Sí, claro. Pero lo normal es que reacciones y te hagas daño en el brazo, o en la espalda. Por instinto, digo— se explicó—. Tuvo que ser un resbalón de la leche. Si es que cuando te toca, te toca.

       Terminada la conversación, Francisco se colocó la parte superior del buzo y se encaminó hasta la puerta.

       —Hasta mañana. Suerte con las vacas.

       —Espera— dijo Daniel—. Eh… que muchas gracias. De verdad. De no ser por ti ahora estarían muertas las dos— reconoció con agradecimiento y vergüenza.

       —No ha sido nada. Buenas noches.

       Francisco Jurado salió de la cuadra. Fuera le esperaba Sol, que movió la cola al ver a su amo. Éste acarició su lomo y caminó hacia casa. Cuando llegó, las luces del hogar estaban apagadas. Carlota y Marquitos se habían acostado. A Francisco no le pareció extraño. No sabía con exactitud el tiempo que había pasado desde que miró por el ventanal de la cuadra de Daniel hasta ese momento. Pero era lógico que su mujer y su hijo no le esperaran para cenar y se acostaran.

       Ya en la cocina, vio un plato con filetes de lomo fritos. Pero no tenía hambre y subió las escaleras de casa hasta entrar en su habitación. Allí se desvistió con sigilo y entró en la cama.

       —¿Dónde has estado? Es tarde— indicó Carlota con voz somnolienta.

       —Mañana te cuento. No te lo vas a creer. Ahora duerme.

       Carlota colocó su brazo en el pecho de su marido y se durmió al instante. Francisco también tenía sueño. Pero sentía una sensación extraña en su interior. No sabía describirlo, pero algo de la conversación con Daniel le había provocado que saltase una alarma invisible que le hizo pensar que algo no iba bien. Desconocía qué era lo que le provocaba esa desazón. “Tonterías, Francisco. Tonterías”, se dijo a si mismo intentando convencerse de que no había razón objetiva por la que preocuparse de nada.

                                   *          *          *

       Eran las tres de la mañana y el viento gélido procedente de las montañas del norte lanzaba continuos latigazos helados que chocaban contra árboles, cuadras y casas. La sequedad del frío avanzaba una de las habituales heladas de la montaña. Por la mañana, con toda seguridad, los prados y valles de la cara leonesa de los Picos de Europa se despertarían con una manta de escarcha que no desaparecería hasta mediodía.

       En noches como esa el único testigo de la adusta climatología solía ser la luna, flanqueada por miles de estrellas que componían un hiperrealista mapa interplanetario. Las nubes, por el contrario, cedían su protagonismo y se apartaban del lienzo iluminado de millones de puntos.

       Esa noche Vegacerneja, como el resto de pueblos, dormía. Dormían los quince vecinos que se mantenían como habitantes habituales de la aldea. Dormía el ganado, un centenar de vacas y de ovejas, además de decenas de gallinas, esforzadas en esos momentos en el laborioso esfuerzo de la puesta de huevos, y varios cerdos con la barriga llena. Dormía el bar de Manuel, epicentro de la vida de Vegacerneja durante el día. Y dormía hasta el asfalto, pues hacía más de una hora que ni un coche se había dignado a posar sus ruedas sobre él.

       Era el momento planeado por El Vengador para continuar con su plan. Llevaba dos horas agazapado entre varias escobas al otro lado del río. Había sido previsor y vestía ropa de abrigo. Dos camisetas térmicas, una cazadora de Gore Tex, gorro ajustado hasta las orejas, pantalones de agua por encima de los vaqueros, guantes y botas de monte. Todo de color negro. Para poder desaparecer entre la oscuridad nocturna en caso de ser descubierto.

       Pero eso no le podía suceder a El Vengador. A él no. Lo tenía todo planeado con minuciosidad. Para empezar, sabía que la casa estaba vacía. De hecho, ese era uno de los escasos momentos en que El Vengador tenía la absoluta certeza de que la casa se encontraba vacía. Tenía que aprovechar esa noche o tardaría semanas, quien sabe si meses, en hallar otro momento idóneo de entrar.

       Ya le costó varias noches de vigía hasta que pudo introducirse por primera vez en el hogar que tenía enfrente para robar el bote de setas embotadas. Incluso llegó a pensar que su objetivo no abandonaba jamás su hogar pasadas las once de la noche. Hasta que, por suerte, una noche salió de casa protegido por la oscuridad. Se dirigía a una poza de Las Bolugas llena de truchas que pretendía pescar de modo furtivo.

       A El Vengador no le importó dónde se dirigía. Para él lo importante era que aquella noche tenía la casa libre para iniciar la cuenta atrás hacia su próximo asesinato. Y esta noche gélida y estrellada pretendía culminar una etapa más de la vengativa cruzada que se había asignado meses antes, cuando llegó a sus manos un cuaderno que cambió el rumbo de su vida.

       Salió del escobal ubicado encima del pueblo y caminó agachado a lo largo de cincuenta metros. Podía haberlo hecho erguido, pues ni una persona podía verlo en ese momento. Todos estaban absortos en sus sueños. Pero El Vengador no era a los humanos a quienes tenía miedo en ese momento. Los que podían dar una señal de alarma que le frustrase su plan eran la media docena de perros que pululaban por el pueblo en busca de algún resto de comida. Por fortuna para él, la helada nocturna había detenido el paseo de los cánidos, que preferían descansar y protegerse del frío dentro de las cuadras y las portaladas de sus amos.

       La sombra negra en la que se había convertido continuó su paso lento y calculado hasta llegar a la parte trasera de la casa. Allí se detuvo para ratificar que sus movimientos no habían sido observados por nadie. Ningún ruido, ninguna luz espontánea, ninguna voz de alerta. El Vengador podía continuar.

       El ultimo paso hasta encontrarse fuera del alcance de la vista de nadie era fugaz, pero fundamental. Por ello arrastró su espalda en paralelo a la casa, dobló una esquina y se colocó a diez metros de la puerta principal. Metió la mano en el bolsillo y la sacó con la llave de la puerta. Pudo hacerse con ella hacía dos meses, en un descuido del hombre que pretendía matar, y elaboró una copia. Con ella había entrado la primera ocasión y con ella pretendía volver a hacerlo por segunda y, esperaba, última vez.

       Corrió los diez metros hasta la puerta con rapidez, aunque posando únicamente las puntas de las botas. Una vez frente a ella, abrió con la copia de la llave, entró y cerró con lentitud para no hacer ruido.

       Ya dentro respiró aliviado. Había concluido con éxito la parte más arriesgada de la misión. Ahora, una vez dentro, podía recrearse en el placer de la venganza.

       Anduvo en oscuridad hasta la cocina. No le preocupaba la ausencia de luz. Ya había memorizado centímetro por centímetro los espacios de la casa por donde iba a pisar. Primero la entrada, después la cocina y, finalmente, la despensa.

       Cuando llegó a ésta, se permitió el lujo de encender una linterna. Sabía que si no la dirigía hacia el norte de la casa, la luz sería invisible en el exterior. Incluso aunque algún curioso pegara su cara al cristal de la cocina.

       Dejó apoyada la linterna sobre la tercera balda de la despensa y bajó la cremallera de la cazadora polar. También se quitó el gorro y lo metió en el bolsillo de la cazadora. Después sacó el bote con las setas cocinadas hacía dos noches. Agarró la linterna y dirigió su luz hacia la segunda balda metálica. Allí, entre latas de espárragos y dos botellas de vino, se encontraban seis recipientes de cristal idénticos al que él portaba en su mano.

       Y sonrió. Estaba tan cerca de culminar una etapa más de su justiciera misión que la euforia le invitaba a gritar a los cuatro vientos su hazaña. Pero reprimió sin problemas el impulso. El Vengador no podía ser descubierto. No sería descubierto jamás. Estaba convencido. Él era más inteligente que sus objetivos. Por eso había acabado en sus manos el legado que había activado su razón de vida. La venganza. Porque únicamente personas con su intelecto, su sagacidad y su sangre fría podrían cumplir con éxito la misión encomendada. Por ello, cuando finalizase su cometido, nadie descubriría jamás sus asesinatos.

       Acercó el bote con las setas venenosas a los otros seis y se cercioró de que eran iguales. El receptáculo era idéntico. Eso bien lo sabía él, pues era uno de los que había sustraído tres noches antes. Y el interior también. Mismo color, mismo tamaño de setas, similar cantidad en cada uno de los botes de cristal. Si pusiera todos los recipientes en línea nadie, ni él mismo, sabría distinguir cuál de ellos era el que contenía los hongos venenosos.

       Los recipientes estaban colocados en dos filas de tres. Asió el segundo de la fila de la derecha y lo cambió por el suyo. Con tiento de colocarlo exactamente en la misma posición, depositó el bote mortal. Pensó en volver a limpiarlo antes, pero no era necesario. Llevaba puestos los guantes y se había cerciorado la noche anterior de limpiar de huellas el cristal y la tapa. Después se guardó en la cazadora el bote con las setas comestibles. Cuando lo hizo pensó que lo escondería bien hasta el día en que supiera de la muerte de su objetivo por envenenamiento. Ese día se cenaría las setas en su memoria. Sí, eso iba a hacer. Tan sólo pensarlo le provocó una risa interior tan siniestra que le resultó deliciosa.

       Se puso el gorro en la cabeza, apagó la linterna y sacó un trapo de un bolsillo de la cazadora. Se agachó y desanduvo el camino hasta la puerta limpiando con esmero el suelo que había pisado. Una vez en la puerta, abrió ésta con lentitud y asomó la cabeza. Como era de suponer, no había vida en el exterior. Salió, cerró la puerta y dio dos vueltas a la llave. Después caminó con celeridad y con cuidado por el mismo recorrido por el que había llegado.

       Cuando el Vengador llegó a su casa, respiró aliviado. El plan había salido tal y como lo había planeado. Se desvistió la cazadora y el gorro y se sentó orgulloso en la cocina. Sacó el bote de setas y lo volvió a observar.

       “Ahora, a esperar. Antes o después pasará. Antes o después te comerás las setas y morirás. Sólo espero que sufras antes de tu muerte”, pensó. Se levantó, escondió el recipiente en el fondo del armario de la cocina y se dirigió a su habitación. Ya dentro de la cama, abrió la mesita de noche y sacó el cuaderno que se había convertido en la razón de su existencia. “El cuaderno del Montaraz”.

CAPÍTULO 5

Falda del Pico Armagones. Comarca de Gordón. León

28 de mayo de 1940

        —¡Montaraz, deja el puto cuaderno y en marcha!

       La voz procedía de Asturiano, presto a arrancar con su macuto al hombro. Pelirrojo y con abundantes pecas en la cara, Asturiano parecía proceder de cualquier tierra menos de Asturias. De hecho, durante la Guerra Civil, muchos compañeros combatientes pensaron que se trataba de un miliciano inglés que, como tantos otros, había dejado su país y se había adentrado en España para combatir por la República. Hasta que abría la boca y demostraba su marcado acento de la costa astur.

       Faustino Romeral, convertido ya en El Montaraz, cerró el cuaderno, se incorporó en silencio y se colocó junto a Manazas y Aguilucho. Siempre se situaba a su lado en las marchas porque caminar entre ellos le provocaba mayor seguridad.

       —¿Qué, rapaz? Hoy también tocaba escribir, ¿no?— preguntó Aguilucho complaciente—. A ver si un día me enseñas.

       El Montaraz dio la callada por respuesta y se ajustó el petate al cuerpo para que no le provocara llagas en los hombros al final del trayecto. Una recomendación directa de Cazurro, el líder de la partida y protector del muchacho de dieciséis años. Después se colocó el zurrón en el que había introducido el cuaderno.

       La semana que viene, las páginas 131-140. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

Manuscrito EL MONTARAZ

Foto Manuscrito EL MONTARAZ

Hola a todo el mundo lector,

Últimamente se me ha trasladado en persona o mediante varios correos electrónicos una duda que me ha parecido curiosa. Varios lectores de El Montaraz me han planteado la pregunta de si ciertamente la novela ya está terminada, tal y como señalé en la entrada Proyecto “Y si gusta”

https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/

o si, por el contrario, cada semana escribo las diez páginas del libro que os ofrezco los miércoles.

Para saciar dicha curiosidad que querido enseñar esta imagen. Es la del manuscrito de El Montaraz. Sí, ahí están todas y cada una de las páginas que componen la novela. Es decir, la novela está terminada, revisada y registrada.

Por cierto, supongo que os habréis fijado en que en la parte inferior del manuscrito hay un bolígrafo. Pues bien, es el bolígrafo con el que firmaré y dedicaré este manuscrito a uno de mis lectores semanales. Sí, porque este manuscrito será, no dentro de demasiado tiempo, para uno de vosotros o vosotras. Pero esa esa es otra historia y ya hablaremos de ello cuando corresponda.

De momento os recuerdo que mañana miércoles volveré con diez páginas más de “El Montaraz”. Espero que os gusten y, si es así, lo hagáis saber a vuestra gente.

Miguel Ángel Ambrosio

EL MONTARAZ. Páginas 111-120

  Éstas son las páginas 111-120 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 111-120

       Daniel Molero volvía a poseer vacas. Veinticinco años después de que su padre perdiera todo su ganado por culpa de la brucelosis y de que él renegara de la vida de vaquero, su cuadra volvía a estar habitada por media docena de reses. El origen de tal cambio fue “la tragedia de Cebolleda”. Tras aquella noche de infausto recuerdo para toda la montaña de León, Molero fue apartado de su puesto de trabajo como guarda de montaña a la espera del juicio por doble asesinato. Sin embargo, las pruebas forenses y las declaraciones de los testigos provocaron que el juez decidiera no inculpar a Molero a cambio de que éste no volviera a ejercer de guarda ni portara jamás un arma. Daniel aceptó sin pena alguna. Jamás se había sentido pleno con ese trabajo y además le había separado de Francisco, su mejor amigo hacía décadas.

       Cuando fue declarado inocente, se planteó abandonar Cuénabres. Pero ¿adónde podía ir un hombre cincuentón que había vivido casi toda su vida en la aldea que le vio nacer? ¿A qué se podría dedicar sin saber otro oficio que el de cuidar de la fauna y la flora de la montaña? Esas dudas le provocaron a principios de año un vértigo feroz en torno a su indeciso futuro.

     Entonces se abrió una puerta ante él y Daniel decidió traspasarla. Álvaro Pastor, carnicero de Riaño, le propuso montar un negocio desconocido hasta entonces en la montaña. Una empresa de productos delicatessen de la comarca reunidos todos bajo una misma marca. Para ello se asociarían con los mejores elaboradores de quesos de la zona, los apicultores que recogían la miel más deliciosa y el propio Pastor se encargaría de los productos cárnicos como la cecina de vaca, el chorizo de León o los embutidos de caza. Además, incluirían huevos de corral, postres caseros, verduras de temporada envasadas al vacío y conservas variadas.

      Álvaro Pastor, que había elaborado el plan de viabilidad de la empresa hacía meses mano a mano con su hermana Cristina, necesitaba un tercer socio capitalista que, a su vez, también se dedicara a contactar con los proveedores y al transporte y promoción de los productos. El envasado de los mismos y el cumplimiento de los requisitos sanitarios correrían a cargo de Cristina, y Álvaro continuaría aportando la carne, que pretendía ser el producto estrella de la marca.

      La propuesta de los hermanos Pastor fue, para Molero, como el gusano más delicioso para una trucha perdida en un riachuelo de lodo. Pero tuvo miedo de que ese gusano estuviera amarrado a un cebo y picara quedando atrapado. Lo que podría significar la pérdida de los treinta mil euros necesarios para formar parte de la sociedad. Tras horas de vueltas en la cama con el temor a un engaño a un lado de la almohada y la ilusión por convertirse en un precursor en su tierra al otro, se decantó por la última expectativa. Esperó una semana de deliberación profunda, llamó a Álvaro y Cristina Pastor, se reunió con ellos y mostró su disposición a formar parte de la nueva aventura empresarial.

       —Lo único— objetó—, el nombre que habéis pensado como marca no me convence.

      —¿Porqué? — contestaron los hermanos al unísono.

    —Porque lo de “Delicias de Riaño” no lo veo impactante. Me parece que tiene poco recorrido.

      —Pues ese tiene que ser. Ya están diseñadas las etiquetas— respondió Álvaro.

     —Espera— interrumpió Cristina—. ¿Tienes algún nombre mejor? Espero que sí, porque si no, mejor no haber empezado esta conversación.

      Así era Cristina Pastor, directa, segura, sin ambages a la hora de hablar y actuar.

      —Secretos de la montaña.

     Los hermanos se escrutaron el uno al otro con la mirada. Tras unos segundos de silencio reconocieron que se pensarían la propuesta y que, al día siguiente, tendría una respuesta.

    “Secretos de la montaña”. Ese fue el nombre definitivo de la compañía y la marca con la que se presentaban en ferias gastronómicas y en tiendas delicatessen.

    Francisco Jurado sabía de toda esa historia de la creación de la empresa porque era conocida por todos. Consideraba que, en una comarca en continua despoblación y con escasa mentalidad de luchar por ellos mismos, era una idea cuando menos osada. Pero también loable y valiente. Y Francisco apreciaba la valentía de ese hombre al que había vuelto a respetar tras décadas de odio irracional.

     Pero lo de volver a convertirse en vaquero le parecía disparatado y hasta suicida. Daniel ya demostró en su juventud que carecía del instinto necesario para cuidar del ganado, el mismo que Francisco poseía a raudales y que le había llevado a ser el pastor más respetado de la montaña. Por eso no comprendía porqué quería arriesgar sus ahorros en unas vacas que, estaba seguro, no sería capaz de cuidar como era debido. Algún día le gustaría preguntárselo, pero sabía que ese momento se demoraría muchos años. De momento, Francisco y Daniel bastante tenían con saludarse cada vez que se cruzaban.

      Jurado no pudo reprimirse otear por la ventana qué ocurría en el interior del cobertizo para que provocara gritos tan irascibles como los que había oído. Asomó la cabeza por un ventanal y observó a Daniel sentado en una pequeña banqueta de madera apoyada por tres patas. Vestía un mono azul y tenía las manos agarradas al pelo, que parecía querer arrancar de cuajo. De repente, se levantó de un respingo.

      —¡Venga, coño! ¡Inténtalo, me cago en todo! ¡Empuja, joder!

     Francisco no podía ver a quién estaba gritando, pero lo pudo imaginar. A una vaca a punto de parir. Dio media vuelta y pensó que no era problema suyo si la vaca paría bien o mal, si el jato nacía vivo o muerto y si la madre salía del parto o moría en el intento. “Si te haces ganadero tienes que aprender a apechugar con esto. Y con mucho más”, se dijo a modo de auto disculpa por continuar su camino.

     Sin embargo, segundos después se detuvo y miró a Sol  a los ojos.

    —Mierda. ¿Por qué me miras así? ¿Acaso es problema mío? No. Pues eso— se justificó ante su perro pastor— ¿Justo tengo que ser yo? No, hombre, no. Esto no se hace. Estaba mejor en el velatorio, cago en la puta de oros.

     Sol continuó con la mirada puesta en su amo. Éste, tras mover la cabeza en repetidas ocasiones como evidente señal de desagrado, volvió sobre sus pasos y anduvo hasta la puerta del establo. Allí se quedó mirando a Daniel, que estaba de espaldas a él, de rodillas al lado de una vaca abatida en el suelo. Junto a ellas estaban otras cinco limusinas, todas tumbadas.

      —¿No has llamado al veterinario?— preguntó Francisco de un modo directo.

      Daniel, que se asustó tras oír una voz humana tras de si, se incorporó.

     —Veinte veces lo menos. Pero no sé dónde cojones se ha metido que no coge el teléfono.

     Francisco detuvo su mirada en la vaca, lánguida contra el suelo con evidentes síntomas de extenuación. Nada más verla supo que se trataba de un ejemplar joven, de no más de tres años. Seguramente, pensó, era su primer parto. Tras aspirar aire, y sin mirar hacia Daniel, caminó hacia la res.

     —¿Qué tiene exactamente?

    —Que se muere. Eso es lo que tiene. Lleva horas intentando parir y nada, no lo saca ni “pa” atrás.

     —El jato viene torcido— auguró nada más tocarle la barriga hinchada.

    La limusina, agotada de tanto esfuerzo, expulsaba sudor por todo el cuerpo y parecía darse por vencida. Francisco se quitó la parte de arriba de su mono y se quedó en camiseta interior.

    —Ve a por agua caliente. Pero no hirviendo. Un balde bueno. También una botella de aceite.

      —¿Aceite? — preguntó sorprendido.

     —Sí, aceite, del de casa.

     —¿De oliva o de girasol?

     “Este es tonto”, pensó.

   —De lo que te la da gana, coño. Trae un poco de aceite— replicó Francisco con impaciencia— ¿Tienes cuerdas?

      Daniel señaló a la derecha.

     —De acuerdo. Pues trae el agua y a ver qué podemos hacer. Yo voy a casa a por una manga de plástico, que habrá que meter mano si queremos hacer algo.

      —No hace falta— replicó Daniel.

    En ese momento Francisco detuvo la caricia suave que estaba ofreciendo a la res. Su rostro tornó hacia una seriedad mayor de la habitual. Había interpretado la última frase de Daniel como un desprecio a su ofrecimiento de auxilio. Se hizo un silencio entre los dos paisanos. Incómodo y tenso. Daniel, en ese momento, se percató de la errónea interpretación de Francisco.

      —Quería decir que no hace falta que vayas a por una manga. Ahí tienes una— aclaró.

      Francisco miró al guante que colgaba de una viga de la cuadra y se encaminó a cogerlo.

      —Venga, date prisa. No les queda mucho— aseguró.

     Dos minutos más tarde, Daniel Molero regresaba al establo con un caldero rebosante de agua caliente. Jurado ya se había preparado durante el tiempo de espera. Había palpado con detenimiento la tripa de la res y estaba convencido de que el ternero venía de cabeza, lo que le tranquilizó, pues no habría que darle la vuelta dentro del saco ni tendría que sacarlo de culo, con la dificultad que suponía ello para madre e hijo. Además, había preparado un nudo corredizo con dos cuerdas de empacadora y se había ajustado el largo guante que le llegaba casi hasta el hombro.

      —Deja ahí la palangana— ordenó a Molero.

   Daniel obedeció y se apartó. Francisco, ayudado con una taza metálica que había localizado en la cuadra, derramó parte del agua caliente en el guante. Con esa acción quería retirar todo el polvo acumulado en la manga para que, al meter la mano, no infectara al animal. Seguido, ordenó a Daniel que agarrara con fuerza la cabeza de la limusina y que no le permitiera levantarse. Por último, abrió la botella de aceite, de oliva, y derramó una buena cantidad en el guante para, después, esparcir el líquido viscoso hasta el hombro.

      —¿Cómo se llama? — preguntó Francisco al depositar la botella en el suelo.

    —Eh… ¿La vaca? no tiene nombre— respondió Daniel con apuro—. Todavía no les he puesto nombre a ninguna.

     “Tiene seis vacas y ni una tiene nombre— pensó Francisco con enfado—. Yo tengo más de cien y todas lo tienen. Como debe ser, coño. Vaya ganadero que tengo delante”.

    Tras maldecir en silencio lo suficiente como para desahogar parte de la tensión, se arrodilló al lado de la vaca, justo detrás de su culo.

      —Venga, bonita. Pórtate bien.

      Limpió la vulva de la res con esmero, cuidando de apartar todas las heces acumuladas, e introdujo su extremidad derecha. Primero la mano, lentamente, hasta que ésta desapareció de su vista. En ese momento la joven limusina mugió, aunque el cansancio acumulado le impidió moverse.

      —¡No dejes que se levante! — ordenó Francisco.

     Si la vaca se alzaba corría riesgo de rasgar la vulva y de producir una hemorragia mortal. Daniel asintió mientras sostenía la cabeza de la vaca con las manos. Francisco prosiguió introduciendo el brazo, ahora con más determinación. Cuando se detuvo, sus manos palparon el interior de la matriz. Necesitaba saber la posición exacta del jato para decidir cómo debía actuar. Si se equivocaba, podía dar por muertos a los dos animales.

      Lo primero que tocaron sus dedos enguantados era el corvejón de una extremidad. Por el palpado de la pezuña no supo si era una de las patas delanteras o de las traseras. Prosiguió articulación arriba hasta que llegó a la rodilla. Entonces lo tuvo claro.

     —Vale, al menos viene de manos. No está de culo— dijo en alto tranquilizándose a sí mismo y a Daniel.

      Después buscó la otra mano del jato pero, tras varios segundos, no la encontró. Insistió hurgando en la matriz de la madre, pero el intento fue infructuoso. Entonces supo que, por lo menos, tenía una pata enrevesada. Faltaba por dilucidar la posición de la cabeza.

      Para ello introdujo el brazo hasta que el hombro le detuvo en su exploración. Tocó el cuello de la cría y subió con la mano en busca de la papada. En efecto, allí se encontraba, pero cuando continuó con la ascensión, se percató de que la posición del ternero era más complicada de lo que había esperado. Rápido, sacó todo el brazo del interior de la vaca y se incorporó.

      —Límpiame el guante, rápido— ordenó a Daniel al tiempo que, con la mano izquierda, apartaba varias gotas de sudor que querían llegar a sus ojos.

      —¿Cómo lo ves? — preguntó el propietario de la joven limusina.

   —Jodido, muy jodido. Viene peliaguda de cojones— reconoció Francisco con preocupación—. Sólo tiene la pata izquierda hacia delante. La de atrás la tiene que tener enquistada. Y, lo peor, también tiene la cabeza torcida hacia atrás. O la sacamos enseguida o se muere ahogada. La vaca sola no puede hacer nada estando así el jato. Lo único que va a hacer es morir de agotamiento.

       —¿Puedes hacerlo?

     —Supongo que sí. Pero cuando veas al veterinario dale dos hostias de mi parte. Que para eso están ellos, me cago en Satán y en la puta que lo parió.

     Francisco tenía en común con la mayoría de paisanos de la montaña el hecho de aumentar hasta cotas extremas la cantidad de insultos, irreverencias y maldiciones en momentos de tensión. Carlota le había pedido en varias ocasiones que cuidara su vocabulario, pero el ganadero no podía evitarlo.

      Daniel terminó de limpiar el guante lleno de estiércol y volvió a su posición al lado de la cabeza de la res. Y Francisco, con un enfado evidente porque Ramiro, el veterinario, no estaba en su lugar, recuperó su posición agachada al lado de los cuartos traseros. Agarró la cuerda que había preparado con anterioridad y metió la mano. La vaca volvió a mugir, aunque en esta ocasión el sonido procedente del animal sonaba más agonizante. Lo interpretó como que le quedaba poco tiempo y no más de un intento para sacar con vida a la cría.

      Con todo el brazo dentro del animal, volvió a palpar dentro de la matriz. Halló con rapidez la pata bien colocada e inició un atado de la cuerda con una sola mano. Cuando hubo terminado, llamó a Daniel.

      —Ven, ponte detrás de mí, rápido— ordenó a Daniel.

      Éste obedeció y se colocó a su lado.

    —Cuando yo te lo diga, tiras de la cuerda. No tires de golpe, tienes que hacerlo de un modo continuo. ¿De acuerdo?

      —Tú mandas.

      —Y cuando diga para, paras. A ver si así podemos moverla un poco.

     Daniel agarró con las dos manos la extremidad de la cuerda que salía de la vulva de la vaca y esperó la orden.

       —Venga, ahora, tira.

      Daniel obedeció y vio cómo varios centímetros de cuerda salían del orificio. Al hacerlo, la vaca intentó incorporarse, pero Francisco hizo fuerza con su brazo izquierdo para que no levantara las patas traseras. La res limusina no logró su objetivo y derrumbó su cabeza contra el suelo.

      —¡Para, para! Es suficiente— gritó Jurado.

    Hurgó de nuevo en el interior y comprobó que la posición del jato había cambiado. Continuaba con la extremidad izquierda y la cabeza ladeadas. Pero, al menos, podía alcanzarlas con la mano.

      —Rápido, prepárame otra cuerda como ésta— pidió entonces a Daniel.

      Éste soltó la que portaba y buscó otra soga fina y larga. Cuando la encontró se la acercó a Francisco.

      —¿Qué piensas hacer? — preguntó sorprendido.

      —Algo que no he hecho en mi puta vida. Pero, o nos la jugamos, o la puedes ir llevando al matadero— se sinceró—. Es tu vaca. Tú mandas.

      —Haz lo que tengas que hacer.

      —Entonces, dame la cuerda.

      Con ella en su mano izquierda, pidió que le remangara la camiseta hasta el hombro y que le echara agua en todo el brazo. Ya no tenía tiempo de buscar otro guante largo que ponerse.

      Respiró profundamente y metió la mano izquierda, que entraba en paralelo a la derecha. Esta vez el bramido de la vaca fue más enérgico. Buena señal, pensó Francisco. Significaba que a la limusina todavía le quedaba vitalidad para seguir peleando. El ganadero prosiguió la introducción del brazo hasta que los dedos de las manos izquierda y derecha se tocaron. Entonces, con la siniestra, buscó la pata enquistada de la jata e hizo un nudo en ella. Tiró y comprobó que el nudo era fiable.

      —Bien, ahora tira de la otra cuerda. Como antes. Sólo hay que moverla un poco para colocar la pata y para que pueda alcanzar el cuello. Si no se nos muere ahora, igual hasta sobrevive.

       Ese era el momento de mayor riesgo y Francisco lo sabía por experiencia. Hacía más de una década extrajo un jato muerto de una de sus vacas porque, al intentar sacarlo, éste se rompió el cuello. Era la única vez en la que había fracasado de las decenas de ocasiones en las que había ejercido de matrona de una vaca parturienta.

      Daniel tiró de la soga hacia él hasta que Francisco ordenó que se detuviera. Entonces las manos del experimentado vaquero evidenciaron que la segunda fase de la operación había resultado satisfactoria. Con la mano derecha tocaba las dos patas delanteras. Entonces, con la izquierda, buscó el cuello del ternero. Y lo halló. En ese momento se detuvo.

      Francisco tenía la cabeza pegada al culo de la limusina. La nariz estaba a punto de tocar los excrementos que habían salido al tirar de las cuerdas. Pero esa incómoda posición no era lo que preocupaba al vaquero.

      —¿Qué pasa? — interrogó preocupado Daniel al percatarse de la actitud detenida de Jurado.

       —Silencio— ordenó éste.

      Daniel obedeció. Pero no sabía la razón por la que Francisco estaba concentrado. Éste tenía su mano en el cuello del jato y estaba concentrado en buscar latidos de vida en sus arterias. Preocupado, no sintió nada. Su caricia en el cuello sin respuesta alguna del animal dentro del claustro de la madre hacía presagiar la peor de las posibilidades. Que el ternero se encontrara muerto. Como única ocurrencia para salir de dudas, decidió pellizcarlo a la altura de la papada.

      Entonces, como si hubiera renacido, el jato movió la cabeza dentro del útero de su madre.

      —¡Ahí, pelea, cago en ros! ¡Pelea por vivir, claro que sí!— gritó Francisco.

      Sacó la mano derecha para tener más movilidad con la izquierda y aprovechó que ésta continuaba agarrada a la papada del animal para ascender hasta llegar a sus diminutas orejas. Enganchó una de ellas y tiró hacia él. A Francisco le costaba ver, pues el sudor ya había entrado en sus ojos. Pero le daba igual. El tacto era el único sentido que necesitaba en ese momento. Y le estaba diciendo que la cabeza del jato empezaba a girar hacia la posición de los cuartos delanteros. Sacó el brazo izquierdo velozmente y agarró las dos cuerdas con una mano. Daniel hizo lo mismo detrás de él.

       —A la de tres. ¡Una, dos y tres!

      Los dos montañeses tiraron con fuerza. Un tirón y un paso atrás. Un segundo tirón y otro paso. El tercero fue el definitivo. Las manos del pequeño limousin sintieron el aire exterior por primera vez en su vida. En ese momento Francisco dio un último arrastre, que hizo que aparecieran las patas delanteras y la cabeza de la res. Soltó la cuerda y se abalanzó hacia el animal.

       —Rápido. Una vez más— solicitó a Molero al tiempo que agarraba la testa del ternero.

      Daniel obedeció y, en ese momento, logró arrastrar todo el cuerpo del animal al exterior. Francisco agarró su cabeza para que no chocara con el suelo.

      La vaca mugió con tanta energía que contagió a las compañeras. Hasta entonces habían permanecido ausentes del parto concentradas en su continuo rumiar. Pero, como si celebraran el parto de su comadre, bramaron todas con tal energía que el sonido atravesó las paredes de la cuadra.

       Pero ni Francisco ni Daniel se percataron del rugido triunfal de las vacas. Su atención estaba centrada en el animal recién nacido. Francisco lo agarraba con sus brazos y tumbó su agotado cuerpo contra el suelo de la cuadra.

       —Es una hembra— dijo con una sonrisa sincera—. Muy bien, pequeña. Te has portado muy bien.

      La pequeña limusina respiraba con normalidad, aunque se mostraba extenuada por el esfuerzo. Sin embargo a Francisco ese hecho no le preocupaba. Para él había una demostración, no científica sino basada en su propia experiencia, que indicaba que un ternero recién nacido se encontraba sano. El movimiento de su pequeña cola. Si al nacer movía el rabo con determinación, como si fuera un radar trasero que rastreaba los alrededores, significaba que la jata estaba sana. Y la que tenía delante giraba su rabo de un lado a otro.

       Aún así, limpió la boca y las fosas nasales del animal para que nada obstruyera sus primeras respiraciones. Entonces recordó la ocasión en que su padre, Vicentín el Hurón, tuvo que meter una paja en la nariz de un jato para que éste estornudara y empezara a recibir aire. En este caso no era necesario tal acto imaginativo. La becerra, llena de la  viscosidad de la placenta, movió su cabeza de un lado a otro buscando a su madre. Ésta volvió a bramar reclamando a su pequeña.

      Francisco ordenó a Daniel que proporcionara agua fresca a la vaca. La res, aún tumbada, agradeció el líquido introduciendo su cabeza en la palangana que su dueño le había colocado a su lado y sorbiendo, zapando como dicen los leoneses, a velocidad vertiginosa. Absorbió el agua con fruición, aliviada tras haber sacado de su cuerpo a una cría que había estado a punto de matarla.

      —Zapa, bonita, zapa. Que estás deshidratada— dijo Daniel satisfecho por la actitud de su animal.

      Tras varios segundos de descanso de los ganaderos, Francisco pidió a Daniel que trajera sal y le diera unos puñados a la res. Ésta devoró la aportación alimenticia que Daniel le daba directamente de su mano.

       —Venga, ya es hora de ver a tu pequeña— indicó Francisco.

      Agarró a la jata y la trasladó en brazos hasta la cabeza de su madre. Tras el complicado parto, éste era otro momento de especial dificultad. Si la madre despreciaba a su hija en un primer instante, a Daniel le costaría varios días que empezara le permitiera mamar de sus ubres. Y la ternera necesitaba el calostro de su madre cuanto antes para reponer las fuerzas gastadas durante el parto.

       Afortunadamente, la limusina madre mugió con ternura en el mismo momento en que vio a su hija. Era buena señal. Y la siguiente fue aún mejor. Levantó los cuartos delanteros, después las patas traseras y agachó la cabeza. Era el inicio de un proceso que Francisco había visto infinidad de ocasiones pero que le seguía transmitiendo una ternura enorme. La madre comenzó a lamer el cuerpo de su hija, empapado de placenta y sudor. A lametones prolongados en el espacio y en el tiempo. Primero en la cabeza, luego en el tronco de su pequeña. Después en sus débiles patas.

       Al verlo, Francisco revalidó una vez más en su interior la idea de que momentos como ese eran los que daban sentido a la exigente vida del ganadero de la montaña. Visiones como la de una madre y una cría que se conocen y se aceptan y se quieren a base de lametones. “Al final todos somos animales. Las vacas y los humanos no somos tan distintos. Una madre busca a su hijo recién nacido y es lo único que le importa en ese momento. Y el hijo lo único que quiere es la protección de su madre”.

      La semana que viene, las páginas 121-130. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 101- 110

        Aquí tenéis las páginas 101-110 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 101-110

       Francisco Jurado tenía lo que él llamaba “alergia” a todo lo relacionado con la Iglesia. Las misas, las oraciones, los curas, las monjas, las procesiones, las estatuas religiosas… Aunque él mismo sabía que no era alergia. Era resentimiento del pasado, pues consideraba que en la montaña se le había rendido siempre excesiva pleitesía a la Iglesia y que ésta no había respondido con la misma dedicación y desinterés. Con esa idea firme en la cabeza arrancó en dirección a Vegacerneja, donde esperaba encontrarse a personas sin sotanas ni rosarios en la mano, que no se reprimieran de soltar algún “juramento” y que no dijeran continuamente frases que para él habían perdido su significado como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”.

       Detuvo el coche en la puerta del bar de Manuel y se encontró fuera a varios paisanos obligados a salir a la intemperie a fumar. Saludó con la cabeza y entró. El bar de Manuel se mantenía casi como siempre lo había recordado. Con una amplia barra tras la cual se amontonaban en baldas cientos de productos de limpieza, comestibles, higiene personal y cualquier bien de primera necesidad que un humano requiriera para salir adelante. En el comedor continuaban sirviendo los mejores platos de caza de la montaña y en la despensa interior se amontonaban provisiones para años. Francisco, cuando veía en televisión una película apocalíptica en la que la humanidad corría riesgo de desparecer por un ataque de zombis, extraterrestres o bombas nucleares, siempre pensaba que el bar de Manuel era el mejor lugar para refugiarse. Dispondría de todo y para una larga temporada.

       La única diferencia, gran diferencia además, era que en el bar de Manuel ya no estaba Manuel. En invierno se jubiló tras un susto en el corazón. Entonces puso el local en alquiler y, poco después, un nuevo regente se hizo cargo de la tasca.

       —¿Te pongo una cerveza? — peguntó Roberto Arroyo.

       —Con un poco de queso, que apenas he comido hoy.

       El sustituto de Manuel se apresuró a servir la petición después de pasar una bayeta por la zona de la barra donde iba a depositar la comanda.

     Cuando Manuel Pomeño anunció que traspasaba su bar toda la montaña lamentó la noticia porque se pensó que jamás nadie tomaría su relevo. Sin embargo, antes de Semana Santa, apareció Roberto Arroyo, un  informático treintañero de Madrid. Había decidido practicar senderismo en la montaña leonesa y se había enamorado del paisaje y del modo de vida silencioso y sosegado. Por ello, cuando supo que Pomeño abandonaba el negocio, decidió lanzarse a la aventura. Pidió el finiquito en la empresa y arrendó el bar y la casa trasera a éste. Al principio todos pensaron que no duraría ni un mes en un pueblo que apenas conocía, con una población casi inexistente en otoño e invierno y con unas tradiciones bastante cerradas. Sin embargo Roberto Arroyo fue inteligente. Mantuvo en la cocina a Doña Carmen, la mejor cocinera de carne, tanto de caza como de cuadra, de la montaña. Y contrató a la chica más guapa de la montaña para que sirviera los fines de semana. Esa chica no era otra que Sonia Méndez.

       —¿Vienes del velatorio?

       —Sí. Ahí siguen, con el rosario.

     —¿Qué tal está la pequeña?— era el apodo cariñoso con el que Roberto llamaba a Sonia.

      —Apenas hemos hablado. Marquitos se ha quedado con ella.

      —Recuérdale que no hace falta que venga este fin de semana. Ya me las arreglaré como sea.

    Sonia llevaba dos meses trabajando como camarera de fin de semana en el bar de Manuel. Roberto decidió contratarla nada más verla en la barra de La Tenada, el bar que su padre regentaba en Riaño. La simpatía y amabilidad con que trataba a la clientela, el saber hacer con las cervezas y las copas y, cómo no, la belleza de la chica convencieron a Roberto al instante. Cuando  propuso la contratación a Sonia, ésta tuvo que pedir permiso a su padre. Julio Méndez se mostró reacio al principio. Prefería tener controlada a su hija única cerca de él a que tuviera que aguantar a borrachos y babosos en otro local. Además, cuanto más lejos estuviera de él, más fácil tendría la posibilidad de hacer lo que quisiera con Marquitos. Y sólo pensar en ello le daba dolor de cabeza a su protector padre.

      Pero la insistencia de Sonia durante toda una semana fue más fuerte que su reticencia y, finalmente, claudicó. Desde entonces Sonia Méndez era la camarera encantadora, atractiva y diligente de los viernes a la noche y los sábados y domingos a jornada completa.

       Francisco mordió un trozo de queso y echó un trago. A su lado estaban dos trabajadores de la construcción encargados de rehabilitar una casa de Vegacerneja. Los dos hombres hablaban de la crisis, de cómo estaban bajando los precios de las viviendas y de que, ante la falta de trabajos, una cuadrilla de albañiles de Maraña se había disuelto y cinco obreros se habían ido al paro. En ese momento entraron los hombres que habían apurado sus cigarros al fresco. Uno de ellos, natural de Casasuertes, se mostraba especialmente enfadado.

      —¡La primera jata, cago en la puta! ¡Y todavía estamos en mayo! Cuando venga el guarda se lo voy a decir. Que, o toma medidas, o las tomamos nosotros.

      Francisco Jurado, curioso, preguntó de qué estaba hablando.

     —Que los lobos ya me han matado la primera jata. Hace cuatro días que las he sacado de la cuadra y ya me han jodido una.

      —¿Dónde te la han matado?

      —En los prados de Montó.

     —Y a mí no me han jodido otra de milagro. Porque tenía a los mastines por ahí, que si no, me la matan— agregó otro ganadero—. No sé que pasa este año, pero parece que hay más lobos que nunca.

     “Yo sí sé que es lo que pasa— pensó Francisco—. Que este año no he subido yo con el rifle”.

     En efecto, todos los inviernos y a principios de las primaveras, Francisco Jurado ascendía a los montes que rodean Cuénabres, Casasuertes, Retuerto y las aldeas de Valdeón y realizaba varias batidas furtivas de lobos. Elegía los ejemplares más fuertes, los que parecían ser líderes de la jauría, y los derribaba con las balas de su rifle. De ese modo, si acababa con uno o dos chacales de cada grupo, el resto se dispersaba y atacaban a los animales de la montaña por su cuenta, de modo individual, lo que les creaba mucha mayor dificultad para cazar. Aunque todas las temporadas moría algún becerro, oveja o ciervo, la cantidad de animales caídos en la montaña era muy inferior que si se trataran de grupos unidos los que rodeaban a las presas.

       Pero Jurado había abandonado la caza tras “la tragedia de Cebolleda” del año anterior. Había decidido no volver a portar un arma. Ni legal, ni de modo furtivo. Ya había matado a demasiadas fieras y había ayudado a demasiadas personas a hacer lo mismo. Y no sentía la necesidad de volver a apuntar y disparar a un animal que corre por el bosque. De hecho, cuando reflexionaba sobre los centenares de ocasiones que había derribado a una bestia a lo largo de treinta años, se planteaba la duda de si ello había supuesto para él algo más que el único placer de la venganza ante Daniel Molero, el guarda de montes hasta entonces. Y si eso le había convertido en una persona más pobre de espíritu y con más rencor en su interior de lo que jamás hubiera temido.

       Francisco Jurado había abandonado la caza. Pero ello no suponía que renegase de una actividad heredada de sus ancestros y que había aportado sustento alimenticio a varias generaciones montañesas. Paisanos que se alimentaron del chorizo de jabalí, de los filetes de rebeco o de la carne guisada de ciervo. Para él suponía una de las leyes fundamentales de la naturaleza. La de matar para poder vivir. Desde ese prisma, respetaba a los cazadores.

       A quienes había empezado a despreciar era a aquellos que únicamente cazaban para obtener el trofeo, esa cabeza de la fiera que pretendían exponer en el salón de su casa como muestra de virilidad. Esos hombres, a los que precisamente él había ayudado a localizar las presas y se las había puesto en bandeja para disparar, le parecían ahora que eran tan vacíos de sentimientos en relación con la montaña como lo había sido él cada vez que apretaba el gatillo con el único objetivo de hacer daño a Molero.

     Así que ese año los lobos tenían, por parte de su rifle, el campo libre para el acorralamiento y el ataque. Francisco, que ya había divisado varias pisadas de los chacales en invierno, se planteó en ese momento que el modo de evitar que sus jatos y vacas acabasen muertos a dentelladas tendría que ser la vigilancia de su ganado con más esmero.

       “Sol y Zar van a tener un trabajo extra esta primavera y verano”, pensó. “Que los demás hagan lo mismo. Que cuiden de su ganado como es debido y ya verán cómo les matan menos jatos. Y, si no, que suban ellos a matar a los lobos. Conmigo que no cuenten”.

       Sus pensamientos se vieron alterados por la entrada bravucona de un hombre.

       —¡Roberto! ¡Un cubata de ron!

       Arroyo colocó un vaso en la barra.

       —¡En vaso de tubo, cojones! Nada de los vasos de sidra que usan los vascos.

     Jurado miró a ese hombre, de no más de treinta años, y se extrañó por no conocer a un cliente que trataba con tanta familiaridad al hostelero. Roberto Arroyo sirvió el combinado. Cuando hubo terminado, el joven agarró su brazo.

       —¡Coño, Bobby! ¡Echa un poco más, que parece que lo tienes racionado!

     Después miró a Francisco, en la otra esquina de la barra, y exhibió una sonrisa que solicitaba la complicidad del vaquero. Éste no movió ni un músculo de su rostro.

      —¡Bah! — dijo a modo de desprecio a Francisco antes de beber de un trago medio cubalibre—. Oye, ¿dónde está la muñequita? Ya sabes que prefiero que me sirva una tía con ese cuerpazo a que lo hagas tú, feo cabrón.

      Soltó una carcajada que detuvo las conversaciones en el bar. Francisco notó como la inicial molestia al ver al extrovertido desconocido se estaba convirtiendo en malestar. “La muñequita del cuerpazo” a la que se refería era Sonia. Y a él no le gustaba que hablasen así de la novia de su hijo. Roberto, tras la barra, apreció el semblante enfadado de Francisco y quiso apaciguar la tensión.

      —Ya sabes que sólo trabaja de fin de semana. Además, ¿no crees que es un poco joven para ti?

     —¡Joder, Cuanto más joven, más dura. ¡Más dura me la pone! — respondió antes de soltar una carcajada excéntrica.

       —¿Pero tú eres imbécil o estás borracho?

     La rotundidad con que Francisco Jurado había dicho tales palabras provocó un silencio aterrador en la tasca. En ese mismo instante Roberto Arroyo salió de la barra y se colocó entre Francisco y el joven faltón.

       —¿Qué has dicho?

       —¿Que si eres imbécil o estás borracho?

       —Y tú eres un hijo de…

       Roberto intervino antes de que los insultos pasaran a convertirse en acciones.

      —Yo creo que lo segundo, que está borracho. Venga, David, vete a casa que por hoy es suficiente.

       Agarró del brazo al hombre, que se dirigió retador a Francisco.

      —Oye, viejo, ¿qué mosca te ha picado? Que estoy de broma, joder.

      —Yo no veo que nadie se esté riendo con tus tonterías.

      —Francisco, déjalo— intervino Roberto—. Y tú, sal ahora si no quieres que me enfade. Y si el próximo día estás como hoy, mejor que no entres aquí.

      Acompañó al joven hasta la puerta y esperó a que se alejara unos metros para volver a la barra.

      —¿Quién es ese impresentable?

      —¿No le conoces?

      —No. ¿Debía conocerle?

      —Es el geógrafo.

     —¿Este idiota es el geógrafo? Manda narices que todos nosotros estemos pagando a un impresentable como éste.

     David Raballeda era un personaje que había aparecido en el universo montañés hacía dos meses. Se presentó como un geógrafo madrileño al que el Gobierno de Castilla y León le había concedido una beca de dos años para estudiar la incidencia de la despoblación en la montaña leonesa en el medio ambiente y plasmarlo en un libro que editaría el gobierno castellano leonés. Un estudio que a la mayoría de los paisanos de la zona le parecía un gasto sinsentido cuando las administraciones podían invertir el dinero de la beca en proyectos más productivos. Sin embargo, lo que más molestaba a personas como Jurado era que, al parecer, no era más que un enchufado y un vividor que se iba a pasar dos años disfrutando la vida padre con el dinero de los contribuyentes.

      Cuando Francisco apreció que se había calmado tras la trifulca con el geógrafo, miró su reloj y pensó que era hora de volver al velatorio. “¡Qué pereza!”, pensó al imaginarse a todas las mujeres con la cabeza agachada y rezando en bajo, como si quisieran que el único oyente de sus plegarias fuera el cuello de sus blusas.

    Pagó la consumición y condujo hasta Retuerto con galbana. Ya habían ofrecido sus respetos a la familia Méndez y él todavía tenía labores que hacer en Cuénabres. Esperaba que Carlota no se hubiera ofrecido a hacer noche para velar al cuerpo con la familia, porque él no estaba dispuesto a dejar sin comer a varias añojas que tenía en la cuadra y que pretendía vender en breve.

       Tercer misterio. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte.

       La voz venida del interior de la casa de Arturo Méndez ratificaba los  peores augurios de Francisco. Que se confirmaron cuando entró en el salón. Sor Milagros portaba la sarta de cuentas, separadas de diez en diez por otras piedras de distinto tamaño y unida por sus dos extremos a una cruz. Rosario en mano, proseguía con el rezo que había empezado cuando él se ausentó. O bien, temió Francisco, habían empezado otro nuevo. Como desconocía de cuántos misterios constaba el Rosario, cuantos avemarías y padrenuestros incluía cada misterio y no tenía ni idea de lo que eran las jaculatorias y las glorias, se encontraba perdido en cuanto a la ubicación temporal del rezo. Por muchos capones que recibió de mozo por parte del maestro por no saberse de inicio a fin el protocolo del Rosario, jamás había sido capaz de guardar en su memoria un ritual que no le interesaba en absoluto. Y se consideraba perro viejo para aprender algo que se la traía al pairo.

       Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra…

      Las cinco mujeres entonaban a coro el Ave María. En ese momento, sin esperar a que Carlota mirara hacia él, dio media vuelta y salió de la casa. Prefería esperar la finalización del rezo fuera. Se sentó al lado de su hijo, aburrido y triste por no haber podido estar más tiempo a solas con Sonia.

       —¿Qué tal va todo?

       Marquitos subió los hombros pero no abrió la boca.

      —Tranquilo, enseguida marchamos. Si no es que se le ha ocurrido a tu madre ofrecerse a pasar toda la noche.

      —Lo ha hecho…

     Francisco maldijo en su interior. Carlota había vuelto a ser tan amable y correcta como siempre. Ya le había dicho él que tenía prisa y que…

       —… pero la madre de Sonia ha dicho que no hace falta— terminó Marquitos.

      El ex furtivo resopló. Volvían a casa. En cuanto las mujeres dejaran de rezar, entraría en el salón, miraría a Carlota y, con un gesto disimulado, le indicaría que era hora de volver. De ese modo todavía tenía tiempo para acudir a la cuadra sin que se le hicieran las mil.

      Marquitos no se mostraba tan aliviado. Al contrario. Cuando había salido de Cuénabres en dirección al velorio se había imaginado que iba a ser el soporte, el baluarte, el roble, el hombre en el que Sonia iba a depositar toda su pena por la muerte de su tío Arturo para que él la destruyera y convirtiera el dolor en consuelo. Deseaba mostrarse como el varón fuerte y sin titubeos que aparecía en las películas y que, con un solo abrazo, calmaba el temblor de la amada.

      Y en lo que llevaba de tarde no había sido más que un mojigato acobardado ante una monja con un rosario en la mano, unas mujeres con oraciones en la boca y lágrimas en los ojos y unos hombres no más recios que su padre pero que le habían amedrentado nada más verles. Seguramente, pensó, porque uno de ellos era el padre de Sonia.

       Pero la razón de la amargura de Marquitos residía en que apenas había hablado con su chica. No se había comportado como se comporta un novio con su novia afligida. Esa realidad, magnificada por su juventud ignorante, le carcomía.

      …concédenos, pues, que celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén

      Se hizo el silencio dentro de la casa. Francisco, alerta, esperó unos segundos. “Ya está, ya han terminado”. Se levantó y entró en el salón. En ese momento se estaba alzando su esposa, que necesitaba acudir al baño tras el rezo.

      —Igual es hora de marchar.

      —Espera un poco— contestó ella—. Todavía no hemos visto a Arturo.

     —De acuerdo. Subo yo ahora. Luego vas tú y marchamos, que hay cosas que hacer en casa.

    Carlota consintió y entró en el baño. Francisco ascendió las escaleras de la casa y, enfrente, halló la puerta abierta en la que se encontraba el ataúd de Arturo Méndez sobre la cama. Entró con lentitud, con la pausa que pensaba que se debe tener ante la presencia de un muerto. Se colocó al lado de la caja y miró a Arturo. Seguido, hizo la señal de la Santa Cruz.

       “Ya has tenido mala suerte, hombre. Ahora que podías disfrutar de la vida con tu mujer”.

     No sabía qué más podía decir su mente al espíritu de Arturo, si es que éste existía y todavía no se había despegado de su cuerpo. Tampoco había tenido tanto trato con el hombre vestido con un traje negro y con los ojos cerrados. Su padre, Vicentín Jurado, Vicentín el Hurón para los paisanos, sí había tenido más relación con él antes de que, en 1987, la familia Méndez tuviera que abandonar La Puerta por culpa de la construcción del pantano del Esla. Incluso recordó que en una ocasión uno de los hermanos Méndez, no se acordaba bien quién de los tres, había acudido a Cuénabres y había vendido a su padre una vaca que luego resultó ser una de las más lecheras de aquellos años.

       “Espero que estés en el cielo. Y ojalá nos veamos allí. O donde sea”. Francisco volvió a persignarse y bajó las escaleras. Miró a Carlota y esperó en el salón. En cuanto ella bajara de ofrecer sus respetos al fallecido, se despedirían y volverían a Cuénabres.

                                         *          *          *

       La noche estaba despejada y el viento del norte enviaba intermitentes rachas frías que chocaban contra la piel como diminutas e invisibles agujas.

       “Hoy va a pegar una helada de cojones”, se dijo Francisco Jurado al salir de la cuadra. Acababa de cebar a las dos añojas limusinas que pretendía llevar al matadero. Eran buenas jatas de carne, pero al ganadero le daba el pálpito de que no iban a ser tan buenas paridoras como el resto. Sus cuartos traseros eran más estrechos y eso podía dificultar los partos.

       Caminó por el pueblo desierto de personas en dirección a su casa acompañado de Sol. Antes de cruzar el puente que atraviesa el río Frañisquera,  escuchó un grito de enfado procedente de una cuadra cercana. Al percibir de dónde venía, decidió que la razón del chillido no era de su incumbencia. Pero, seguido, otro grito volvió a detener sus pasos. Esta vez ya no podía hacer la vista gorda a lo que estaba ocurriendo dentro del único establo iluminado del pueblo en ese momento. Por mucho que se tratara de la cuadra de Daniel Molero, el ex guarda de montes de Cuénabres.

              La semana que viene, las páginas 111-120. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 91-100

        Aquí tenéis las páginas 91-100 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 91-100

      —Faustino me ha pedido matrimonio y yo le he dicho que sí— respondió Teresita mirando por primera vez a los ojos de Cazurro—. No nos lo impida. Se lo ruego.

     La última palabra de la frágil muchacha vino acompañada de una lágrima más. Cazurro resopló. Se sentía conmovido por el amor, o lo que fuera a esa edad, que sentían los chicos el uno por el otro. Pensó que ojalá todas las pasiones de los hombres fueran tan puras e inocentes como las suyas. Eso evitaría muchas muertes y mucho sufrimiento sin sentido.

       “¿Qué cojones?”, se dijo.

      —La madre que me parió. Cura, prepárate, que tienes una boda.

    Teresita y Faustino exhibieron una sonrisa rebosante de ilusión. Don Julián, por su parte, intentó contradecir al maquis. Pero éste, a modo de advertencia, volvió a dirigir la ametralladora hacia su cuerpo. El cura asintió con la cabeza. Iba a casar a los dos chicos.

      La misa de Faustino Romeral y Teresita Sopeña se produjo a las doce y media de la noche del 8 de abril de 1940. Con el padre Julián como maestro de ceremonias y Sebastián García, Cazurro, como único testigo del enlace. En la iglesia en la que los dos habían recibido las aguas del bautismo en la pila sagrada. De un modo diferente al que cualquier pareja de enamorados podría soñar. Sin sus seres queridos emocionados, con la única luz de unas pocas velas y en voz baja para que los “sí, quiero” de los novios no atravesasen las paredes de la iglesia y llegaran a oídos indeseables. Y con un guerrillero al que los ojos se le humedecieron al mirar el amor juvenil y sincero con el que se miraban los muchachos.

       —Por el poder que me ha concedido la Santa Madre Iglesia yo os declaro marido y mujer.

       Faustino y Teresita se besaron. Ya como marido y mujer a los ojos de Dios, aunque nadie más lo sabría jamás.

      Antes de salir del recinto religioso Cazurro se llevó a Don Julián a la despensa de la iglesia. Allí le hizo una única advertencia. Como dijera algo a alguien, él mismo volvería a Villasante y le abriría las tripas en dos. La mirada de Cazurro ratificaba sus palabras y prometió mantener el secreto.

      Después la conversación privada se produjo con Faustino.

      —No puedes huir con ella y lo sabes.

      —Sí puedo. Y lo voy a hacer.

    —¿Quieres que la maten? ¿O que algún hijo de puta la viole en mitad del monte?— preguntó con hostilidad— No, claro que no quieres eso para ella. Y por eso tiene que seguir aquí, en el pueblo, protegida por su familia.

      —Yo también la puedo proteger.

      —Bastante vas a tener con seguir vivo. No puedes acarrear con ella.

     —¿Y la partida? Somos más hombres. Y vosotros conocéis el monte lo suficiente como para esconderla.

      —Tampoco, rapaz. Por cuidar de ella todos correríamos todavía más riesgos. Y no lo voy a permitir. Te tienes que venir tú solo. En un futuro ya se verá.

      Faustino miró a Teresita, que tenía fijados sus dulces ojos en el retablo del siglo XVII que presidía la iglesia. Supuso que la muchacha estaría rezando al Santo Apóstol para que les acompañara a ella y a su recién esposado y cuidara de ellos.

      —No puedo hacerle eso. No puedo.

     —Pero sabes que es lo que tienes que hacer— aseguró Cazurro sin paliativos—. Mira, disfrutad de vuestra noche de bodas como podáis. Yo te espero mañana en el mismo sitio en el que has estado durmiendo. Espero que mañana por la mañana vengas donde mí. Y que vengas solo. Sé que quieres a Teresita y que harás lo mejor por ella.

       —Prométeme que, si te sigo, me ayudarás a huir de España con ella.

       —Te lo juro. Cuando tengáis la posibilidad yo mismo os llevaré hasta donde haga falta.

     Tras la conversación, Cazurro se despidió de Teresita con dos besos en las mejillas y deseó a la chica el mejor futuro posible. A Faustino le apretó la mano y no dijo nada. Después se alejó del pueblo entre las sombras, llegó al lugar pactado y se tumbó en el suelo. Enseguida el sueño se apoderó de él.

      Ya de mañana, cuando se despertó, lo primero que vio fue la imagen de Faustino Romeral sentado a su lado. Acababa de llegar. Cazurro se levantó para asegurarse de que estaba solo. Así era.

      —Cuando quieras, nos vamos— dijo con abrumadora seriedad y los ojos enrojecidos.

     —Está bien, muchach…— Cazurro no terminó la palabra. Quería corregirla—. Está bien, Montaraz. En marcha. Vamos al campamento.

CAPÍTULO 4

Retuerto. León

12 de mayo de 2011. 6 de la tarde

 

 

 

 

      Francisco Jurado aparcó frente a la casa de Arturo Méndez. Sin decir palabra y con el semblante compungido natural en momentos luctuosos, Carlota, Marquitos y él bajaron del coche y se detuvieron delante de la casa del hombre muerto dos días antes. Carlota colocó el cuello de la chaqueta de Francisco como era debido y comprobó una vez más que Marquitos también iba correcto para presentar sus respetos a la familia Méndez.

       Los tres vestían de negro, el color impuesto en los velatorios montañeros. Carlota, con una falda que únicamente descubría sus tobillos, unos zapatos sin apenas tacón, una blusa y una chaquetilla que había decidido ponerse a última hora al apreciar que la tarde había refrescado más de lo que esperaba. Francisco vestía el traje oscuro de los funerales. El mismo que había llevado en los últimos años en que había tenido que honrar la memoria de otros paisanos de la montaña. Carlota le había insistido en más de una ocasión que debía comprarse otra vestimenta. Sin embargo, Francisco no tenía intención de hacer caso a su esposa. Su personal y abrumadora sensatez apoyó su negativa en la única ocasión en que el ganadero quiso explicarse:

      —Al muerto no creo que le importe lo que yo me ponga. Y si la familia está más preocupada por la ropa de los demás que por el que se ha ido, es que no le están echando mucho de menos— fue el argumento de Francisco, ante el que Carlota supo que la batalla estaba perdida.

        Marquitos vestía un pantalón vaquero azul tostado, una camisa negra y una cazadora del mismo color. Era lo más cercano a un traje de luto que tenía y fue su misma madre quien le impuso tal vestimenta.

        Era un día especial para Marquitos. No porque se tratara de su primer velatorio. Ya había acudido a dos más. Pero ninguno le importaba tanto como éste. La razón no era la identidad del fallecido, Arturo Méndez. Para Marquitos, Méndez se trataba de un paisano más que, tras un tercio de vida en la ciudad, había vuelto a pasar sus últimos años en la tierra que le vio nacer. Con el exotismo añadido de que se trataba, además, del “loco de Las Camperas”, uno de los apodos con los que era conocido por su afición a bañarse en dicha poza aunque el agua estuviera a temperatura gélida. No. Para Marquitos el velatorio era especial porque Arturo Méndez era el tío de Sonia Méndez, su novia.

      Francisco golpeó la aldaba metálica de la puerta y los tres esperaron. Unos segundos más tarde una mujer vestida con ropaje religioso abrió la puerta.

       —Buenas tardes.

       —Buenas tardes, Milagros. Te acompaño en el sentimiento— respondió Francisco.

       —Gracias. Pasad, pasad a la sala— dijo con serenidad.

      Se trataba de Milagros Méndez, tía de Arturo. Una monja de ochenta y un años que había dedicado más de media vida al servicio a Dios en la congregación de las Esclavas de Cristo. Carlota dio dos besos a Sor Milagros, y Marquitos, sin saber cómo actuar ante una monja que le intimidaba, se puso al lado de su padre.

      Ambos caminaron en paralelo hasta el salón de la casa, el epicentro de la vela al fallecido. Allí se encontraban Inés, la viuda de Arturo, sentada en el centro del sofá agarrando un pañuelo de tela con la mano derecha. La izquierda estaba sostenida por Antonia, cuñada de Inés y madre de Sonia. A la derecha de Inés se hallaba Maribel, una prima que acababa de llegar de León. En una silla aparte estaba sentada Sonia, el amor de Marquitos. Al verla con los ojos enrojecidos, el joven cuenabrénse quiso acudir raudo a su amparo, pero reprimió su instinto y se mantuvo al lado de su padre.

      Y en otra butaca, con los ojos cerrados y una postal de la Virgen de Lourdes en la mano, rezaba entre murmullos la anciana Eulalia. A sus ciento cinco años, Eulalia era un paradigma de longevidad muy inusual en la vida urbana, pero no tanto en el mundo rural. A pesar de haber sufrido una vida de miseria, guerra civil, hambre, trabajo y frío, Eulalia mantenía una cordura y una salud que para si quisieran la mayoría de los hombres y mujeres cuarenta años más jóvenes que ella. Y eso que enviudó de su difunto, Lorenzo Méndez, hacía más de cincuenta años y tuvo que sacar a dos hijos adelante ella sola. Sor Milagros, la monja con quien convivía hacía una década, y Senén, el abuelo de Sonia, fallecido hacía décadas.

       A cada muerte que sufría la familia de Eulalia los vecinos aseguraban que la siguiente en irse al cielo sería ella. Que “ya le tocaba”. Hasta el momento habían errado. Se habían equivocado en más ocasiones de las que la mujer hubiera querido. Eulalia ya había enterrado a su marido, a un hijo, a una nuera, a un nieto y a un bisnieto. Y nada hacía prever que fuera la siguiente en rellenar una tumba en el cementerio, aunque siempre le rezaba a Dios que fuera ella la próxima en llamar a la puerta de San Pedro.

       Porque Eulalia, todos los días en que la nieve no se lo impedía, acudía a misa. Además, caminaba media hora ayudada, eso sí, por una muleta. Se aseaba sola, ayudaba a su hija en la cocina y únicamente tenía dificultades para subir y bajar escaleras. En cuanto a su capacidad intelectual, mantenía largas conversaciones sin que su longevo cerebro apenas se ausentara de ellas. Además, como la mayoría de los ancianos, conservaba una memoria enciclopédica y sumamente detallada en lo que se refería a hechos históricos que ella había vivido. La vista era el único sentido que había sufrido severamente el paso de los años. Por un ojo apenas veía más que sombras, aunque el otro le servía para defenderse.

       De pie se encontraban tres hombres en un corrillo. Dos de ellos eran los hermanos del muerto. Pablo, de sesenta y cinco años, y Julio, el padre de Sonia, quince años más joven. El otro era un vecino de Retuerto que se despedía de ellos tras haber acudido a presentar sus respetos a la familia.

     Los velatorios en la montaña de León mantenían una tradición no escrita que se remontaba a tiempos que ninguno de los presentes había vivido. Una vez muerto el protagonista, se velaba su cuerpo durante la noche entera anterior al funeral y posterior entierro. Los familiares depositaban el cuerpo inerte vestido con su mejor traje en una habitación de la casa para que, quien quisiera, se presentara a darle un adiós íntimo. El resto se mantenía en la cocina o en la sala en silencio o manteniendo conversaciones en voz baja en las que el recuerdo del ser querido era el tema central de los diálogos. La disposición física de los presentes, además, era siempre la misma. Las mujeres sentadas, compartiendo oraciones y lágrimas. Cada poco rato una de las mujeres se levantaba para preparar café y ofrecer algo de comida a los allegados. Una función que, en esta ocasión, le había tocado a Sonia. Los hombres, de pie, salían de la casa para fumar o, simplemente, airearse, y volvían a entrar. Y los niños, si es que los había, eran enviados a jugar en la calle para no alterar con su ruido el duelo de adultos. De noche, dormían en casa de algún allegado.

       El velatorio transcurría siempre entre rezos, ligeras cabezadas sentados en sillas, café, embutidos caseros y lágrimas, al principio más abundantes y que descendían en cantidad con el paso de las horas y con el agotamiento.  Hasta que sonaban las primeras campanadas matinales de la iglesia. En ese momento, los más próximos cargaban con el féretro, lo sacaban a la calle y trasladaban al fallecido hasta la puerta del santuario. Allí debía esperar todo el pueblo para dedicar sus primeras condolencias silenciosas. Porque había una ley no escrita que prohibía entrar en la iglesia antes de la llegada del féretro, salvo a las personas de avanzada edad que tuvieran dificultades para mantenerse en pie.

       Seguido, otro repicar de campanas interrumpido únicamente por nuevas lágrimas, una bendición del ataúd a cargo del cura y la entrada a misa. En la montaña leonesa los funerales siempre eran de cuerpo presente. Porque siempre había sido así y porque los montañeses entendían que ellos debían acompañar al cadáver hasta el mismo instante en que la tierra lo tapara.

       La familia Jurado, ya en el salón, cumplió el protocolo de dar el pésame a cada uno de los familiares de Arturo Méndez con las manidas coletillas  de “te acompaño en el sentimiento” y “Dios le tenga en su gloria “. Tras el ritual, Carlota buscó una silla y se sentó al lado del sofá de las mujeres. Francisco, por su parte, se mantuvo de pie con los hombres. Marquitos también, pero en una situación que le resultaba incómoda. Ya había cumplido los diecisiete años y, por lo tanto, tenía la edad necesaria para ser considerado un adulto aceptable en una conversación madura. Aunque él se sentía extraño, sin saber qué decir entre todos esos hombres con gesto rudo y abatido a la par que sereno. Además, lo único que Marquitos deseaba era estar a solas con Sonia.

       Desde que supo de la muerte de su tío quiso acudir a su amparo. Carlota se lo impidió en ese momento. Le dijo que había situaciones en las que un hombre lo que mejor puede hacer por la mujer que ama es dejarla llorar en soledad. Marquitos no entendió la explicación de su madre, pero acató la orden.

       —Al final, ¿os han dicho qué pasó exactamente?— preguntó Francisco al dúo masculino.

     —Sí. Han hecho la autopsia y parece que se resbaló en la poza y se dio con la cabeza contra una piedra— dijo Julio Méndez.

       —Ya es maldita desgracia.

      —Además de verdad. Hace unos meses muere su hijo por las drogas y ahora le toca a él. ¡Con lo sano que estaba! ¡Como un roble! Fíjate, decía que era por la manía de los baños en Las Camperas y resulta que uno de esos baños le ha matado. Manda narices cómo es la vida.

     —¿Cómo está Inés? — interrogó Jurado en bajo para que no le oyera la viuda,  que se encontraba a pocos metros.

    —Destrozada. Dice que ahora qué va a ser de ella. Ya no quiere vivir aquí. A San Sebastián tampoco quiere volver porque le recuerda a su hijo. No sé yo si va a salir de ésta.

       —Tiene que ser muy duro, sí.

      La conversación entre Julio y Francisco, los “consuegros en ciernes” tenía un espectador silencioso. Pablo, el hermano mediano de los Méndez. En ningún momento abrió la boca para aportar reflexión alguna al diálogo. Aunque era algo que a Francisco no le extrañó en absoluto.

      Pablo Méndez vivía en Vegacerneja y era conocido en la montaña como “Pablo el mohíno”. Solterón por convicción y obligación, su fama de serio, enojado perpetuo y tristón hasta la médula le había acarreado ese mote que, evidentemente, nadie  nombraba en su presencia. Pero a sus espaldas “Pablo el mohíno”, había sido centro de burlas por su tacañería y falta de amabilidad. “Éste es tan rácano que no se hace ni pajas por no gastarlas”, dijo una vez el propio Francisco de él al verle segar a guadaña unas ortigas de un prado de su propiedad. Pablo Méndez no necesitaba partirse el lomo para recoger hierba. Estaba jubilado y ya no tenía vacas a las que alimentar. Sin embargo, todos los años segaba, apañaba y recogía la hierba de sus tierras con un único objetivo. Que las reses de otros paisanos no se la comieran. Luego, si el año era propicio, vendía el forraje a otros ganaderos. Y si no lo lograba porque había tanto herbaje que nadie se lo compraba, lo quemaba sin importarle el riesgo que se corría al hacer fuego en mitad de un prado. Todo porque Pablo Méndez no soportaba que otros se beneficiasen de lo que era suyo, por mucho que no lo necesitara.

       Por ello a Francisco no le extrañaba ver el semblante toscamente serio pero falto de emoción de Pablo Méndez. Ratificaba la opinión de Jurado de que hay personas que no tienen más sentimiento que el que abarca al egoísmo en esencia pura.

       Marquitos salió de casa aprovechando que nadie tenía la vista puesta en él. Fuera, se sentó en un banco de piedra y mantuvo el pensamiento en lo bella que era la primavera con sus gamas de colores enérgicos y los sonidos vivos de la naturaleza. Minutos después se abrió la puerta y Sonia apareció ante sus ojos. Marquitos se levantó como una centella y Sonia se lanzó a sus brazos.

        —¡Me moría de ganas de verte! — reconoció la muchacha.

       —¡Y yo! Pero mi madre me prohibió venir ayer.

       —Mejor. No hubiera podido estar contigo.

       —¿Qué tal te encuentras?

      —Mal. Hace poco mi primo y ahora mi tío Arturo. Y encima así— recalcó recordando las circunstancias del fallecimiento—. La tía está fatal. Yo creo que le va a dar algo. Lleva dos días a base de pastillas.

       —Lo siento mucho— dijo el chico con su adolescente sinceridad.

      Marquitos abrazó a Sara, pero ésta miró a la ventana de casa y se apartó. Se encontraba incómoda en los brazos de su novio con la familia al otro lado del muro.

      —Tengo que volver a entrar. No quiero que nos vean así.

      —¿Cuándo nos veremos?

      —Mañana, en el funeral. Si es que vienes.

     —¡Claro que voy a ir! — contestó Marquitos con una ligera mueca de ofensa—.Ya sabes a qué me refiero. Tú y yo, solos.

      —Mañana hablamos— respondió Sonia con un intento de sonrisa que pretendía calmar la necesidad que Francisco tenía de ella.

       Sonia también deseaba sentirse segura en los brazos de su novio cuanto antes. Además, desde que en invierno Marquitos cayó en la cueva de Cuénabres en la que había estado acompañado por un esqueleto, el miedo a perder a su primer amor había aumentado considerablemente. Primero fue “la tragedia de Cebolleda” y después lo de la cueva. Sonia temblaba al pensar en la manida frase de a la tercera va la vencida. Por ello pasaban juntos todas las horas, minutos, segundos que podían. Marquitos era el chico de su vida.

        Pero en ese momento tenía la obligación de compartir el duelo familiar sólo con los más cercanos. Y Marquitos, para su familia, no lo era.

        Entró en casa y preparó café. Después sirvió una taza a Carlota, que se lo agradeció con una caricia tierna en la mano, y otra a Francisco. Éste no quiso el brebaje, pero sí dio un beso sentido en la mejilla de la que podría ser su futura nuera.

       —Ya sabes. Para lo que quieras, cuenta con nosotros— dijo con naturalidad.

      Julio, al escuchar a Francisco, miró a su hija con semblante serio. Sabía que Sonia y el hijo de Francisco se habían “ennoviado”, pero esperaba que el enamoramiento que se procesaban fuera cosa de chavales y se extinguiera en breve. Porque para Julio Méndez el vástago de un ganadero era poca cosa para compartir la vida con su preciosa e inteligente hija. Esperaba mucho más para ella. Un licenciado, un hombre con dinero o, al menos, alguien que no anduviera todo el día entre abono.

       Sonia agradeció las palabras de aliento de Francisco y volvió a la cocina. En ese momento la bisabuela Eulalia ordenó en alto que era el momento de volver a rezar el Rosario. Todas las mujeres asintieron con la cabeza. Carlota miró a su esposo y éste gesticuló con las manos que iba a dar una vuelta en coche y que luego volvería a buscarla. Salió de casa y se encontró a su hijo en la calle, con la cabeza gacha, pensativo y dando patadas a unos guijarros.

       —Me voy a la Vega a tomar algo. Se van a poner a rezar y… ya sabes ¿Te quieres venir?

       —Eh… no. Prefiero…

     Marquitos no terminó la frase. Pero Francisco sabía que significaba que prefería estar cerca de su chica, aunque ésta no le pudiera hacer mucho caso, que acompañar a su padre. Lo entendió y dijo que volvería a buscarles en un par de horas como mucho.

       La semana que viene, las páginas 101-110. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.