EL MONTARAZ Páginas 81-90

         Aquí tenéis las páginas 81-90 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 81-90

        Lo que desconocía Faustino era que, a diez metros del lugar que había elegido como escondrijo, se encontraba Cazurro tumbado en el suelo. El maquis pensó que el chico le había descubierto cuando se encaminó hacia él. Pero no había sido así y Cazurro esperó media hora antes de comprobar qué hacía el muchacho entre los arbustos. Cuando lo hizo, se acercó reptando hasta poder divisar a su vigilado y vio que Faustino descansaba dormido, apoyada su cabeza sobre la chaqueta y con las ramas protegiéndole del sol naciente de la mañana.

         Cazurro retrocedió unos pasos hasta encontrarse lo suficientemente lejos como para no ser descubierto por Faustino. Después, aprovechando el sueño placentero del chico, optó por divisar a grandes rasgos dónde se encontraba. Sabía que, por la dirección que habían seguido a lo largo de toda la noche, continuaban en algún punto de la comarca de El Bierzo. Pero desconocía exactamente dónde.

        Cazurro, de nombre real Sebastián García, también era leonés, pero del Noreste de la provincia. Había nacido hacía treinta y dos años en Ribota, una minúscula aldea al pie del Macizo Occidental de los Picos de Europa. Un enclave bello y agreste al lado del río Sella en el que la estirpe García había cimentado su linaje durante siglos. Sebastián pensaba continuar con la tradición familiar de campo y ganado como modo de vida. Se casó a los veinticinco años con Consuelo, una chica del cercano pueblo de Oseja de Sajambre seis años más joven que él. La familia de Consuelo, socialista hasta la médula, principalmente por descender de mineros asturianos sindicalistas, inculcó en la joven esposa la pasión por la política. Por ello, cuando se inició la Guerra Civil, incluso antes, Consuelo decidió tomar partido activo por el bando republicano.

        Sebastián no sentía la pasión ideológica de su mujer. Él hubiera preferido mantenerse al margen de cualquier enfrentamiento con la premisa básica del “vive y deja vivir”. Pero ella y su familia política le convencieron para unirse al bando republicano en el frente asturiano. Su corpulencia y su buena puntería eran dos virtudes para batallar contra los golpistas nacionales.

        Se mantuvo en el frente asturiano desde 1937 hasta 1938. Entonces supo que su mujer había sido apresada. Un vecino anónimo  de Oseja de Sajambre la había acusado de traidora al movimiento golpista y los militares nacionales la apresaron y la trasladaron a una casa cuartel del valle de Valdeón. Cinco días más tarde Consuelo murió víctima de las torturas.

        Sebastián García hubiera querido volver a su pueblo y vengarse sin piedad de los asesinos de su esposa. Pero un mando le envió a él y a otros voluntarios a reforzar el Frente de Madrid. Allí conoció a Ildefonso Romeral, el hermano de Faustino, con quien batalló hasta que tuvieron que retirarse tras un enfrentamiento en el que Ildefonso salvó la vida de Sebastián. Entonces se refugió en los montes de León y allí formó una partida formada por diez hombres que, como él, se encontraban perseguidos por el Régimen.

        Pero la partida quedó reducida a seis hacía dos meses por culpa de un enfrentamiento con una patrulla militar. Y hacía dos días había fallecido Ildefonso, quien había decidido unirse temporalmente a otra guerrilla para poder acercarse a Villasinde y visitar a sus padres. Así que, a la temida partida de Cazurro tan sólo le quedaban cinco componentes y el muchacho que dormía plácidamente entre unas escobas.

        Cazurro ascendió la loma del monte para hacerse una rápida composición de lugar, sobre todo por si se veía obligado a huir. Entonces, en el altozano, divisó una pequeña aldea. Sacó los prismáticos de la cartuchera que colgaba de su cuello y observó con detalle el pueblo. Tras varios movimientos panorámicos vio una casa hecha cenizas y supo de qué pueblo se trataba. “Jodido niñato. Éste quiere volver a su pueblo. Está loco”, pensó con rabia.

        Bajó monte a través y se colocó cerca de Faustino. El chico continuaba con su sueño reparador. Él también se sentía cansado, pero no podía permitirse el lujo de dormirse si no quería que el muchacho desapareciera de su vista durante su reposo.

        Tres horas después, Cazurro observó que Faustino se despertaba y se alzaba con cuidado para observar los alrededores. Por fortuna no divisó a ninguna persona. Tampoco a Cazurro, que le espiaba unos metros por encima de él.

        “¿Para qué habrá regresado este loco a su pueblo?” se preguntó “¿No habrá pensado entregarse? Espero, por su bien, que no. Porque no se lo voy a permitir. Le prometí que le protegería en memoria de su hermano y no voy a consentir que se meta en la boca del lobo para que lo maten como a un animal”. En ese momento pensó en levantarse y dirigirse con extremo cuidado hasta Faustino, agarrarle por el cuello y obligarle a que volviera con él y con el resto de la partida.

        Cuando iba a hacer realidad la estrategia planificada por su mente, vio cómo Faustino se tumbaba con celeridad. Él hizo lo mismo. El chico había visto algo. Con tiento, se incorporó hasta que distinguió, a lo lejos, a dos paisanos, hoces en mano, caminando por una vereda. Los dos hombres, de avanzada edad, entraron en un prado. Uno de ellos extrajo un saco de una mochila y lo extendió en el suelo. Después ambos iniciaron una siega de las hierbas más cercanas a un riachuelo. Cazurro supuso que lo que estaban haciendo era recoger el forraje más duro y menos agradable al paladar para dárselo de comer a los cerdos. Él, en sus tiempos de ganadero antes de la Guerra Civil, había repetido la misma operación en infinidad de ocasiones. Al verlo, la tristeza hizo mella en su mente. Jamás volvería a ser un pastor. Estaba convencido de que antes acabaría muerto a balazos.

        Los hombres permanecieron en el prado durante dos horas. Después se alejaron con el saco lleno de hierba. En ese momento Cazurro vio que Faustino se levantaba y se dirigía hacia la loma desde la que, horas antes, él mismo había divisado el pueblo de Villasinde. No lo sabía, pero el chico iba a permanecer escondido en ese lugar hasta que anocheciera.

        Cuando se apagaron las luces de las cuadras y las casas de Villasinde y el silencio únicamente se veía importunado por los ladridos de dos perros luchando por los parabienes de una hembra en celo fue cuando, finalmente, Faustino se incorporó. Cazurro hizo lo mismo a duras penas. Se le habían dormido las piernas tras tantas horas acurrucado entre dos arbustos. Observó que el chico al que espiaba empezaba a caminar y siguió sus pasos.

        “La madre que te parió— transmitió psíquicamente al Faustino—. No sé qué vas a hacer, rapaz. Pero como nos pongas en peligro te voy a dar una somanta de palos que te vas a acordar toda tu vida, cago en la puta”. Pero, a pesar de renegar del joven a cada paso que daba, no se atrevió a intervenir. Se encontraba tan cerca del objetivo de la escapada que sentía curiosidad por descubrir las intenciones de Faustino.

        Éste se hallaba a cincuenta metros de la casa más cercana de Villasinde, escondido tras un muro de piedras que bordeaba a un huerto y lo protegía de verse abordado por el ganado. Cazurro, otros cincuenta metros por detrás de él, agachado a la espera del siguiente paso de Faustino. Que se produjo de un modo rápido y silencioso. El chico se levantó con brío, saltó el muro y corrió agachado hasta llegar a una cuadra. Allí se detuvo y se escondió entre las sombras. Cazurro aprovechó ese movimiento para protegerse en el mismo muro de piedras del que había salido Faustino. En ese momento, sin dejar de mirar el espacio sombrío en el que se hallaba el chico, agarró la ametralladora con sigilo, quitó el seguro del arma y se la acercó al hombro derecho hasta acomodársela dispuesta al disparo. Lo hizo porque intuyó peligro. Se mantenía el mismo silencio y la misma ausencia de vitalidad en las calles que hacía media hora. Ningún cambio objetivo hacía pensar que, en ese momento, el riesgo para él y para Faustino fuera mayor. Pero el instinto de Cazurro le obligó a prepararse para lo peor. Y lo peor, lo sabía él mejor que nadie, era tener que apretar el gatillo.  A partir de ese instante cualquier cosa podría suceder.

        Faustino sacó la cabeza de la sombra y dirigió la mirada hacia la casa que tenía enfrente de la cuadra, a tan sólo una calleja de distancia. Ladeó el cuerpo hacia los costados y, finalmente, se atrevió a atravesarla. Cazurro lo divisaba con el ojo derecho, el que tenía puesto en el chico a través de la mira de su fusil Mauser- Mannlicher holandés, recién robado en un enfrentamiento con una escuadra falangista. Ya había planificado la estrategia si, en cualquier momento, venían mal dadas. Una ráfaga rápida hacia el lugar desde donde viniese la amenaza y una carrera veloz hasta el punto en el que estuviera el muchacho. Después, cambiar de cargador, vaciarlo velozmente sobre los enemigos y, seguido, arrastrar al chico hasta el muro de piedras. Desde allí la huida hacia el monte no sería demasiado dificultosa, protegido por la noche y el monte. Si todo salía bien…

        Faustino se había colocado con la espalda pegada contra la pared de piedras de la casa. De repente, se giró, colocó sus manos contra el muro y empezó un ascenso impulsado por sus manos y sus píes. Estos buscaban los huecos entre las piedras para asirse a la pared y avanzar con brío. En menos de diez segundos, Faustino logró agarrarse a la cornisa de una ventana de la casa. Entonces sus nudillos golpearon con suavidad en el cristal de la ventana.

        Cazurro no salía de su asombro. Primero al ver la rapidez con la que Faustino había reptado hasta la ventana. Y después, al observar cómo esperaba a Dios sabía qué o quién.

        “¡Carajo, si es una rapaza! ¡Y le está dejando entrar en la habitación! La madre que te trajo. ¿A eso has venido? ¿A desfogarte? Poco luto has mantenido con tus padres cuando te vienes a echar un polvo al día siguiente. Eres un sinvergüenza. ¡Eso es lo que eres! ¡Un sinvergüenza!”

        Cazurro retroalimentaba su enfado a cada pensamiento que surgía de su mente iracunda. Y la irritación era mayor al verse a si mismo como un estúpido que llevaba horas sin comer ni dormir con la única misión autoimpuesta de proteger al hermano del Marqués, el amigo que le había salvado la vida en batalla. Cazurro bajó el arma, la apoyó contra las piedras del muro y relajó el cuerpo, que no la mente. Hasta que…

        “¿Qué hacen? ¿Están saliendo? Sí. Están saliendo. Tócate las narices. ¿Qué pasa, caradura? ¿Que prefieres hacerlo en el pajar, sinvergüenza? Pero, ¿qué lleva ella? ¿Una mochila? Esto es pa mear y no echar ni gota. ¡Que se va a fugar con el rapaz! ¡Que se va a fugar, la muy cabeza loca! ¿Y ahora qué hago? ¿Le suelto un par de hostias al crío y la agarro a ella por el pelo y la subo otra vez? Al menos hay que reconocer que ha bajado la pared tan rápido como él. Torpe no parece, no. Pues espero que también la sepas subir, mocosa. Porque, de lo contrario, soy capaz de llamar a la puerta de tu casa y decirle a tus padres lo golfa que es su hija”.

        La pareja se arrimó al muro. Cazurro advirtió que estaban cogidos de la mano y que, tras unos segundos de duda, era él quien tiraba de ella. Agachados y lo más cerca posible de las piedras de las casas y las cuadras, recorrieron varias calles de Villasinde hasta que, en una callejuela, se detuvieron. Durante ese tiempo Cazurro también había cambiado de posición para no perder de vista a los chicos. Se movía con sigilo al ritmo de sus perseguidos con un doble temor. Que cualquier vecino despertara, se levantara para orinar, mirara por la ventana y le viera agazapado como un zorro preparado para llevarse una gallina del corral. Y que fueran Faustino y la chica quienes le descubrieran. No, eso no podía pasar. Tenía que ser él quien les pillara infraganti. Pero, para hacerlo, debía esperar a que se alejaran del pueblo. O que se metieran en una cuadra a darse al placer carnal al calor de la hierba y de los animales. Entonces les iba a meter un susto que se les iba a quitar el calentón, se imaginó con maldad.

        Su fantasía perversa se vio interrumpida por un nuevo movimiento de los chicos. Esta vez atravesaron una última calle y se dirigieron rectos hacia la iglesia de San Pedro Apóstol de Villasinde. Pasaron por delante de la puerta sin detenerse y se dirigieron hacia el lateral de la misma. En ese momento, en el que esquinaron la parroquia, Cazurro les perdió de vista. Tenía que acelerar el paso si quería seguir controlando sus movimientos. De no ser así, en cualquier momento podrían esconderse en cualquier punto del pueblo. De un pueblo que él no conocía.

        Siguió los pasos previos de los chicos y llegó a la esquina en la que habían desaparecido. Se detuvo y, con temor a ser descubierto, sacó la cabeza antes de que todo su cuerpo se hiciera visible.

        “Me cago en la pena negra. ¿Dónde están? ¿Dónde se han metido estos insensatos?”

        Cazurro caminó varios pasos mirando al frente, a los lados, girando la cabeza hacia atrás. Nada. Ni rastro. Se maldijo a si mismo al creer que los había perdido de vista. Él, un guerrillero experimentado en moverse en la montaña como una sombra en una noche sin luna, había sido vencido en el juego del gato y el ratón por dos críos con las hormonas a flor de piel. ¿Qué podía hacer? ¿Hacia dónde debía caminar? Qué más daba. No tenía ni idea de la disposición de Villasinde y, si se equivocaba de dirección, la pareja podría desaparecer sin ningún problema.

        “A menos que…”. Cazurro miró al edificio en el que había apoyado su mano. La iglesia de Villasinde. “A menos que…” No terminó el pensamiento. No había tiempo si estaba equivocado. Rodeó la ermita hasta que vio que en la parte trasera del templo se hallaba la casa parroquial. Se acercó a una minúscula ventana y asomó la cabeza al hueco de cristal entre las sobreventanas de madera. Ni una luz. El resultado en la otra lumbrera, el mismo. Nada que le indicara que se habían refugiado en la iglesia.

        Mala suerte. Su intuición no había estado acertada en esta ocasión, pensó con rabia. Y con esa misma rabia continuó el rodeo de la iglesia. Faltaba la otra pared lateral. Sin ninguna esperanza miró hacia ella y, enseguida, apartó la vista.

        Aunque, de nuevo, volvió a mirar a las piedras. En concreto a un hueco entre ellas situado a dos metros de altura. No era una ventana de la iglesia. Ni siquiera uno de los diminutos ventanucos que sirven de respiradero y poco más. Era un minúsculo espacio entre los cantos del santuario, formado tras décadas de heladas que habían quebrado parte de la pared. Acercó la cabeza hacia ese punto y sí, al otro lado, divisó una luz. Nada más. El espacio era tan pequeño que no podía distinguir nada aparte de que el otro lado estaba iluminado.

        Un pálpito le dijo que los muchachos se encontraban dentro e hizo caso a su corazonada. Se dirigió con brío a una de las ventanas de la parte trasera, sacó su navaja y se dispuso a entrar forzando la ventana.

        No le costó ni medio minuto imponerse a la contraventana y la ventana. Ya dentro, pisó con cautela el suelo. Se encontraba en la cocina. Caminó con lentitud hasta la puerta. La abrió y sacó la cabeza hacia un pasillo oscuro. Su dirección era la derecha. Lo tenía claro. El lugar de donde había salido la luz era su objetivo. Y ahí estaba. Al otro lado de una puerta al fondo del pasillo. La luz provenía de allí. Y en ese espacio tenían que estar los chicos.

        Pero ¿qué se iba a encontrar al otro lado? ¿A los muchachos desnudos, retozando y dando placer sus cuerpos jóvenes? “Si es así, se van a enterar”. Caminó de puntillas hasta la puerta. Pegó la oreja a ella y escuchó unos sonidos procedentes de una conversación. No pudo distinguir qué decían. Pero dos de las voces eras masculinas. Algo raro estaba pasando. Agachó la cabeza y escrutó el espacio siguiente a través del ojo de la cerradura.

        “¿Qué es eso? ¿Un cura?”

        Sin pensárselo dos veces agarró el fusil, lo colocó en horizontal y abrió la puerta con violencia. El golpe de ésta contra la pared hizo que la conversación que mantenía dentro se detuviera.

        —¡La puta madre de Franco! ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a delatarnos al cura, desgraciado?!

        Faustino agarró a la muchacha y se colocó entre el arma y ella.

       —¡Cazurro, por favor! ¡No es lo que te estás imaginando!

       —Cuidado con el arma, hijo— rogó el cura.

       —¡Tú te callas, cura, o te meto un tiro! — gritó Cazurro apuntando hacia él párroco.

       —No, espera— intervino Faustino—. Es el hermano de Don Esteban.

       —¿Qué dices?

       —Que es el hermano del Profesor. Es de confianza.

       Cazurro miró a las tres personas timoratas que tenía frente a él sin entender nada.

      —¿Qué cojones está pasando aquí? Dímelo ahora mismo si no quieres que te muela a palos.

                                        *          *          *

       Hacía media hora, Teresita Sopeña se había despertado por culpa de un ruido procedente de la ventana de su habitación. Cuando abrió los ojos, no se podía creer qué era lo que tenía frente a ella, con la cara pegada al cristal.

       —¡Faustino!— dijo con un tono de voz más alto de lo que hubiera deseado.

       Salió de la cama con el camisón puesto y abrió la ventana emocionada por encontrar a su adolescente amado. Él entró con la misma facilidad que había escalado la pared. Una vez dentro se abrazaron con un ímpetu que tan sólo conocen quienes creen haber perdido a su amor para siempre y, de repente, vuelven a recuperarlo. Teresita lloraba y temblaba. Faustino también.

       —¡Cuando vi el fuego en tu casa pensé que te habían dejado dentro para que te quemaras!— dijo la adolescente gimoteando.

        —Pude huir. Pero no he podido venir hasta ahora. Lo siento.

       —Creí que no te volvería a ver jamás.

       —Eso nunca— aseveró Faustino.

       Después se besaron con dulzura. Un beso largo y suave, con más cariño que deseo. Más amor que pasión. Con los ojos cerrados. Faustino, por primera vez desde que los militares aparecieron en su casa, sintió alivio. En brazos de su amor. Con los labios pegados a los de ella, en ese momento hubiera vendido su alma al diablo a cambio de que permanecieran así para siempre. Juntos.

        Teresita no podía reprimir la angustia, reflejada en lágrimas desfilando rostro abajo para detenerse en sus labios y los de su amado Faustino. Desde el momento en que asesinaron a sus padres, la chica pensó que no volvería a ver al joven. O bien porque también lo habían ajusticiado en cualquier recoveco del bosque o bien porque había tenido que huir del pueblo para no volver jamás. Pero no, Faustino había vuelto. La besaba y con sus brazos rodeaba su diminuto cuerpo.

        Sus labios se separaron y abrieron los ojos.

       —¡Cásate conmigo!

       —¿Qué?

       —¡Cásate conmigo!

      —¿Estás loco?

      —Sí. Estoy loco por ti y quiero vivir toda mi vida contigo. ¿Tú no quieres lo mismo?

      —Sí— respondió ella convencida.

      —Entonces casémonos y huye conmigo.

      —Pero… ¿adónde? ¿Cómo?

      Buena pregunta la segunda. Faustino había planeado buscar a Teresita y pedirla que se convirtiera en su mujer para después huir juntos a América. Al punto más lejano de esa maldita guerra que había roto las esperanzas de millones de personas. Pero, ¿cómo lo iban a hacer? No tenía la respuesta. Ni mucho menos. Pero le avergonzaba reconocerlo.

       —Confía en mí.

      Teresita indagó en los ojos de Faustino. Estaban llenos de sinceridad y de amor. Como los suyos. Estaban hechos el uno para el otro. Eran almas gemelas que no debía separarse. Si de algo estaba convencida la joven y temblorosa chica era de ese pensamiento.

       —Sí, quiero.

                           *          *          *

       —¿Casaros? ¿Estáis tontos o qué os pasa?— preguntó Cazurro al tiempo que dejaba de apuntar con su arma dentro  de la iglesia.

       —Eso les estaba intentando decir yo ahora mismo— intervino el padre Julián.

       —Usted se calla. Estoy hablando con ellos.

      La pareja no se había separado desde el susto que habían sufrido con la entrada repentina de Cazurro.

        —No me jodas, chaval. Que eso de casaros es una bobada.

        —De eso nada. Nos queremos.

       —Sí, nos queremos— reafirmó Teresita con un suave hilo de voz y con vergüenza de mirar a los ojos al maquis.

       —Nos queremos. Nos queremos. ¿Y qué coño importa eso ahora? ¡Que estamos en una puta guerra y te quieren matar!

        —Me da lo mismo. Nos vamos a casar.

        —Hijo, escúchale. No os podéis casar. ¿No te das cuenta de que…

        —Le he dicho que se calle— dijo con seriedad Cazurro al cura—. No le meto un tiro porque es el hermano del Profesor. Pero como vuelva a abrir la boca le meto un culatazo que le dejo sin dientes.

        Don Julián dio un paso hacia atrás.

        —Me da igual lo que digáis— intervino Faustino—. Teresita y yo nos vamos a casar. Y no nos pensamos mover de aquí hasta que nos case.

        —¡Hay que joderse con los mocosos estos!

       Cazurro se sentó en una silla de la habitación. Hasta ese momento no se había percatado de que estaba en la sacristía, donde el párroco se cambiaba antes y después de dar misa.

        —¿Tienes vino? — preguntó al padre Julián.

        Contestó afirmativamente con la cabeza. Tenía miedo a abrir la boca por si el guerrillero cumplía su amenaza.

        —Pues saca una botella. Tengo sed— esperó a tener la botella en la mano y echar un trago para continuar—. Vale, os casáis, ¿y después qué? ¿De luna de miel a La Coruña?

        —No. Después a la Argentina.

       —La Argentina te voy a dar yo. Venga, hazme caso y dejad las fantasías para cuando todo vaya mejor. Todavía sois unos guajes.

       La semana que viene, las páginas 91-100. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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EL MONTARAZ Páginas 71-80

        Aquí están las páginas 71-80 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Y ahí van las 10 páginas semanales.

        Páginas 71-80

—Sí,… señor— la respuesta, en este caso, fue vacilante.

Cazurro apreció la duda en su tono de voz, pero prefirió no ahondar en los frágiles sentimientos que estaban abordando al chico en esos momentos. Por el contrario, posó su mano en el hombro de Faustino.

—Tu hermano fue un gran maquis que luchó por la libertad de su país. Tú también lo serás. Y te juro por la amistad que nos unía que daré mi vida para que no acabes como él.

Esa última explicación emocionó al muchacho. Aunque no entendía porqué un hombre al que no conocía había hecho un juramento de tanta hondura.

—Esta es la partida de Cazurro. Mi partida. Y estos son mis hombres.

Uno a uno señaló a lo miembros del grupo. Aguilucho, el hombre con un parche en el ojo, sonrió al muchacho. Manazas, el más corpulento, sentado en el suelo mientras se cortaba las uñas de las manos con una navaja, movió la cabeza en vertical ascendente a modo de saludo. A lo lejos, mirando al sur, estaba Bolchevique, el único de los hombres vestido con auténtica ropa militar republicana, y en sentido contrario, El Asturiano, el más delgado de todos, con una pelliza de lana que le cubría hasta la mandíbula.

—Luego te los presento— señaló Cazurro.

Faustino asintió con la cabeza.

—Yo me llamo…

—Tu nombre no lo queremos saber, muchacho— interrumpió Manazas con una voz ronca que parecía salir de ultratumba al tiempo que clavaba con violencia la navaja en la tierra—. Ni tu nombre, ni de dónde vienes, ni nada. Cuanto menos sepamos unos de los otros, mejor.

Faustino se quedó petrificado con al contundencia del guerrillero.

—Es un buen hombre, pero tiene los mismos modales que un burro— alivió Cazurro al chico. Luego miró a Don Esteban—. Tranquilo profesor. Nosotros nos hacemos cargo del zagal.

Don Esteban agradeció el mensaje y entregó su petate a Aguilucho. En él había introducido la noche anterior la mayoría de los alimentos que había encontrado en casa. Latas de conservas, chocolate, unas piezas de fruta, media docena de androjas,  tres chorizos y dos piezas de medio kilo de cecina de vaca. Además de dos botellas de anís. Nadie lo sabía, pero las tenía guardadas desde el inicio de la Guerra Civil para celebrar con ellas la victoria republicana ante los sublevados. Ahora esa victoria se había convertido en una quimera en la que Don Esteban, cada día, tenía menos fe depositada.

Después se acercó a Faustino y juntos se alejaron unos metros del resto.

—En tu petate tienes una tienda de campaña. Es pequeña, pero te será útil. También hay un par de mantas, una muda y un poco de ropa. Toma también esto— dijo Don Esteban al tiempo que apartaba el zurrón de su cuello y se lo acercaba al chico.

Éste lo agarró sin saber muy bien si aceptarlo o no. Esteban reaccionó ante esa duda.

—No te desprendas de él. Ni para dormir, ¿entendido?

—¿Qué hay?

Don Esteban sacó uno a uno los objetos del zurrón de piel.

—Una navaja. Seguro que la necesitarás— dijo al extraer la afilada arma.

Prosiguió con un plato metálico, un tenedor y una cuchara. Seguido, una cartera pequeña, en la que había ciento treinta pesetas, y dos latas de anchoas, con la orden expresa que sólo utilizara el alimento y el dinero en caso de extrema necesidad. Después miró a los ojos a Faustino y le sacó una pistola Tokarev T33 con cargador de ocho balas. El chico se asustó al verla. Sus padres jamás le habrían permitido portar un arma. Pero ya no estaban ahí para impedírselo.

—Yo no la voy a necesitar. Si un día vienen a por mí, poco voy a poder hacer. Tiene el cargador lleno y dentro hay más balas. Pero ándate con cuidado, que las carga el diablo. Ojalá no la tengas que usar jamás. Pero en estos tiempos…no sé yo. Dile a Cazurro que te enseñe a disparar. Si no lo hace él lo hará cualquiera de la partida. Ellos están tan interesados como tú en que puedas defenderte.

Volvió a meter la pistola en la mochila y se detuvo.

—Tu abuela se equivocaba— dijo el maestro con solemnidad para sorpresa del alumno—. Cuando se despidió de ti, en casa. No tenía razón. Tú no estás en el monte para morir como un lobo, ni como un perro rabioso. Tú estás en el monte para cuidar de todos tus paisanos. A partir de ahora eres nuestro protector, como todo el maquis. Y eso te va a honrar, Faustino, amigo mío, aunque ahora no lo sepas. Vas a tener que luchar contra los que nos están oprimiendo hasta asfixiarnos. Contra los que han matado a tus padres y a tus hermanos. Y a tantos padres y hermanos. Contra militares, guardias civiles y delatores que únicamente quieren ver muertos a los perdedores de esta guerra tan puñetera que nos ha tocado vivir. Que nadie te diga lo contrario. No eres un bandolero, ni una alimaña. Faustino, tenlo presente. Tú, a partir de ahora, eres un montaraz.

El joven, con las lágrimas en los ojos, no supo reaccionar. Quería abrazar a su mentor cultural, pero temía derrumbarse.

—Por ello— prosiguió Don Esteban—, porque no eres un perro ni un lobo, quiero que tengas esto.

Sacó un cuaderno del zurrón. Estaba sin estrenar, envuelto en un plástico transparente. Se trataba del cuaderno que había pensado regalarle en cuanto terminara el que había dejado en casa y que ahora era ceniza.

—Voy a echar de menos las horas de estudio contigo. No sabes cómo. Y, durante un tiempo, tampoco te podré traer libros de aventuras y viajes. Pero quiero que ahora seas tú quien me entregue un libro de aventuras. De tus aventuras. Faustino, mi querido Faustino. Escribe, escribe tu historia. Y vive para contármela. Es lo único que te pido.

Faustino ya no pudo apaciguar sus sentimientos y, llorando, se lanzó a los brazos de Don Esteban. Éste abrazó al chico con fuerza y a duras penas logró que el adolescente no viera ninguna lágrima correr por su rostro. Después, se separó de él y le colocó el zurrón al cuello. Caminó hacia la partida de Cazurro. Uno a uno se despidió de los miembros con un estrechamiento de manos, les deseó mucha suerte y les rogó paciencia con el chico. A Cazurro lo dejó para el final y le pidió que le acompañara unos pasos hasta el inicio del bosque por el que desaparecería para volver a Villasinde. Antes de despedirse con un abrazo, Don Esteban se detuvo.

—Anda con cuidado con quién ves en el monte.

—Eso intento. No sabes quién te va a delatar.

—Sí, pero no solo por eso. He odio que están planeando crear una red de contrapartidas con guardias civiles y legionarios. Los más sanguinarios y los que más os quieren ver muertos. Para que se hagan pasar por vosotros, descubran a los enlaces y nos cacen a todos más fácilmente. Apenas tengo información, ni sé si es verdad. Pero he odio unos rumores muy peligrosos, y si son ciertos…

—¿Qué rumores? — preguntó Cazurro sinceramente intrigado.

—Que ya hay una contrapartida por León o por Galicia que se hace pasar por maquis. A modo de prueba. No sé muy bien.

—¿Tú crees que es verdad? ¿Qué hay una partida falsa que nos la está jugando?

—No lo sé amigo. Ojalá supiera más. Pero, si es así, recuerda este nombre. Bonifacio. Puede ser el nombre real de uno de los de la contrapartida.

—¿No te sabes su apodo?

—No. Lo único que oí un día a dos militares que estaban hablando de ello medio borrachos en la cantina fue el nombre de un tal Bonifacio. Al parecer, uno de ellos había luchado con él en la guerra. Lo intenté, pero no pude averiguar nada más.

Cazurro agradeció la información y, con un sincero abrazo, se despidió del enlace. Don Esteban, por su parte, miró hacia atrás y divisó a Faustino, con los ojos vidriosos, despidiéndose con la mano. Luego se giró y caminó. En unos segundos despareció entre la densidad del bosque preguntándose si volvería a ver a su alumno más querido.

*          *          *

Habían pasado tres horas desde la marcha de Don Esteban y Faustino no se había movido de la piedra en la que se sentó a la marcha del maestro. Porque se sentía sin ánimos y porque no sabía qué debía hacer. Sí, ahora era un maquis, un guerrillero antifascista. Pero ¿qué suponía eso en la práctica? Faustino no tenía ni idea. Y al ver a los miembros de la partida, dos de ellos vigilando el valle desde sus escondrijos y otros tres sentados observando unos mapas, la duda no desaparecía. Entonces fue cuando Cazurro se acercó a él.

—No pensarás dormir al raso.

El chico no contestó.

—Venga, haz la tienda ahí, en ese hueco que queda.

Faustino sacó la tela de petate y la miró como quien observa el plano de un laberinto imposible de resolver. Cazurro se percató del desconocimiento del novato y movió la cabeza en horizontal.

—¡Aguilucho! ¡Ven y échale una mano! Pero no le dejes que se meta en su tienda hasta que la haga él sólo.

Aguilucho obedeció la orden del jefe de la partida. Y, para su sorpresa y las de Cazurro y Manazas, Faustino supo montar la tienda de campaña con unas simples indicaciones generales del hombre del parche en el ojo. Cuando terminó, a modo de premio que creía merecerse, realizó una pregunta que le rondaba la cabeza.

—¿Porqué te llaman Aguilucho?

El hombre se acercó con lentitud. Colocó su cabeza a treinta centímetros de la del muchacho.

—Por esto. ¡Uh!

Con un movimiento veloz se quitó el parche y Faustino vio la cuenca del  ojo vacía. El susto le obligó a dar dos pasos hacia atrás y trastabillarse contra su propia tienda de campaña. Cayó y la derrumbó.

—Venga, ahora a volver a hacerla. Y las preguntas te las guardas para otro momento— dijo Aguilucho a modo de finiquito de la conversación.

Cazurro observó la novatada de su camarada y no dijo nada. Pero sí se planteó que al día siguiente debería mantener una conversación con el chico para que éste se ubicara mentalmente dentro del arriesgado mundo en el que se había metido.

El sol quería abandonar el día y empezaba a tumbarse en dirección a su descanso diario. Entonces aparecieron Bolchevique y Asturiano, los dos vigías. Bolchevique, un hombre de treinta años con barba hasta el cuello y gafas que le daban un halo intelectual, pidió la cena, que creía bien merecida tras varias horas vigilando a la solana.

—Cenarás cuando cenemos todos. Ya lo sabes— replicó Manazas con su voz amedrentadora.

—Claro, como tú te has estado tocando los cojones todo el día, no tienes hambre. Pero nosotros sí, coño— respondió el único guerrillero con ropa militar.

Asturiano sintió que Bolchevique reclamaba su complicidad a la hora de reivindicar su alimento. Pero le miró con un gesto con el que quería distanciarse de su compañero. No le gustaban las peleas dentro del grupo y no quería ser cómplice de una discusión. Manazas no replicó. Cazurro acalló las quejas de Bolchevique indicando que, en cuanto se pusiera el sol definitivamente, cenarían.

Cecina y dos androjas para los cinco acompañados de pan duro. Ese fue el menú que degustaron en silencio los guerrilleros a la luz de una pequeña fogata colocada en un hueco excavado ex profeso. A Faustino la cecina le supo a gloria. Era uno de los alimentos que más disfrutaba. La androja, sin embargo, prefirió no comerla. Nunca le había gustado esa variedad de embutido típico leonés elaborado únicamente con manteca de cerdo, harina, sal y pimentón dulce que debía ser cocido durante media hora antes de ser devorado. Además, con la pena que continuaba en su interior, el hambre desapareció con tan sólo tres mordiscos de cecina. Cazurro, entre bocado y bocado, le miró inquisitivamente por no alimentarse más. Aún así, prefirió guardar silencio.

Al terminar la cena Bolchevique sacó una botella de orujo con arándanos, pegó un trago y se la pasó al resto. Faustino fue el único que hizo caso omiso a la invitación. Entonces Bolchevique, como casi todas las noches, inició la conversación política que tanto le atraía.

—Si los socialistas hubieran dejado que los comunistas hubieran llevado las riendas de la guerra, no estaríamos donde estamos. Es así. Como yo os digo.

––Y si mi madre tuviera pene, sería mi padre— replicó con sorna Manazas.

—¿Ves? — continuó Bolchevique—. Por eso perdimos la guerra.

—¿Por qué su madre no tenía pene? — preguntó Aguilucho sonriendo.

—¡No, cojones! Porque la gente no se toma en serio la lucha política. Ellos sí que estaban unidos, los muy hijos de puta. Pero nosotros, nada de nada. Todo Dios a hacer la guerra por su cuenta. Si es que así no se puede ganar en la puta vida.

—Perdimos porque perdimos. Y no hay que dar vueltas todo el día con el pasado— replicó Cazurro después de echar otro trago de orujo.

—Lo que tú digas. Pero podemos dar la vuelta a la tortilla si nos volvemos a juntar. Pero esta vez de verdad.

Cazurro sonrió con desprecio.

—Si durante tres años no fuimos capaces de estar unidos, dime ahora cómo lo hacemos. ¿Eh?, cómo juntas ahora a los que están en la cárcel, los que estamos en el monte y los que huyeron del país. Por no contar con todos los que han muerto y que ya no tienen ni voz ni voto— Cazurro lanzó una rama al fuego y prosiguió—. Menos política y más acción. Eso era lo que se necesitaba en la guerra. Y no mandar a cualquier pelagatos sin tener ni puta idea de disparar a que diera arengas al frente.

Con esa disección  quiso dar por finalizada la conversación ideológica de la jornada. Cada día estaba más harto de las disertaciones de Bolchevique y esa noche no tenía el cuerpo para diálogos que le parecían vacíos e insustanciales. Bolchevique no dio su brazo a torcer.

—A ver, cuántas veces, desde que el puto Franco dio la guerra por vencida, se ha dicho que lo que teníamos que hacer era juntarnos todos como un único grupo republicano. Eso, republicano y punto. Nada más— En ese momento miró a Faustino, absorto en sus pensamientos y sin atender en absoluto a la conversación política—. Tú, chaval, ¿qué piensas?

Faustino levantó la cabeza con gesto contrariado. Como no sabía por dónde le daba el aire, preguntó que qué pensaba acerca de qué.

—¿De qué va a ser? De la política que tenemos que llevar los republicanos.

—Yo no sé nada de política— contestó con sinceridad—. No me interesa.

—¡Manda huevos, que no le interesa! Así sí que vamos apañados. ¿Por qué te crees que estás aquí más que por política?

—Déjale Bolchevique, que no está para estos temas— ordenó Cazurro tumbado boca arriba con la gorra tapando su cabeza.

Bolchevique desoyó la orden.

—Pero algo serás, ¿no? Comunista, socialista, anarquista, marxista, socialdemócrata… O no me jodas ahora con que eres de la Falange.

—¡Eso sí que no! — respondió Faustino con rapidez y contundencia.

—Bueno, algo sabemos ya. Que no eres falangista. Entonces, ¿qué eres, muchacho?

Faustino, molesto por la insinuación por parte de Bolchevique de pertenecer al bando de los que habían acabado con su familia, tuvo ganas de responder con firmeza. Pero no sabía qué decir. Jamás se había planteado formar parte de un grupo ideológico, fuera el que fuera. Por lo tanto, ¿qué era él? En ese momento se acordó de la soflama de Don Esteban horas antes.

—¡Soy un montaraz! — dijo con fuerza.

Los compañeros de la partida se quedaron paralizados mirándole. Hasta que Asturiano, tras una risa breve, intervino.

—¿Qué has dicho que eres?

—¡Un montaraz, un defensor de la montaña! Eso es lo que soy— enfatizó, recordando las palabras de Don Esteban.

Bolchevique soltó una carcajada. Los demás, salvo Cazurro, se contagiaron.

—Pues espero que seas más fuerte de lo que pareces, porque no te veo yo muy defensor, que digamos.

—¡Ya basta! — ordenó con ímpetu Cazurro—. Deja al chico en paz y no toques más los cojones.

Faustino, ofendido por la vejación sufrida, se levantó con rabia y se metió en su tienda de campaña.

—Mejor, chico, mejor que te acuestes. Mañana tenemos una larga caminata y aquí no vas a oír más que estupideces— dijo Cazurro en alto.

El jefe maquis y Bolchevique se miraron retadoramente, pero no abrieron la boca. Cazurro apagó las llamas con tierra y ordenó a su grupo que se metieran en las tiendas.

Faustino se quitó la cazadora, se descalzó y se tapó con una manta. Sentía su cuerpo vibrar, excitado, con ganas de huir del miedo, la humillación y la tristeza en los que estaba envuelto. “Me tengo que largar de aquí. No voy a aguantar con estos hombres. Esta vida no es para mí”.

*          *          *

El eco de las ramas de los saúcos y lo nogales al balancearse con el viento era el sonido predominante en el monte. Los animales salvajes dormían. Los búhos aguardaban callados la llegada de una presa con la que alimentarse. Los murciélagos, recién salidos de sus madrigueras en busca de saltamontes que llevarse a la boca, aleteaban con suavidad para no ser oídos por su futuro alimento.

Y cinco de los seis humanos habitantes del campamento dormían con placidez a la espera de los primeros rayos de sol que les ordenaran levantarse e iniciar la marcha a otro punto de la montaña.

El único que se mantenía despierto era Faustino, convencido, desde que se acostó, de que tenía que tomar las riendas de su vida, por mucho que no supiera lo que ello significaba y por mucho pánico que ello le provocara. Se había convencido de que no se sentía con las fuerzas necesarias para formar parte del maquis. Y, sobre todo, de que no podía renunciar a su pasado. Un pasado tan cercano en el tiempo pero tan alejado de la realidad en la que se encontraba, que le costaba creer que fuera el suyo. Pero sí, lo era. Y no se apartaría de él, por mucho que su vida corriera peligro con la acción que pensaba llevar a cabo.

Cuando llevaban dos horas metidos en las tiendas, Faustino salió de la suya en silencio. Dentro se había vuelto a vestir con las botas y la cazadora, además del zurrón que le había regalado Don Esteban y que le había prometido que lo llevaría consigo a todas partes. Se arrastró con lentitud y precisión para no pisar ninguna rama que alertara de sus intenciones al resto. Así, agachado entre la oscuridad de la noche, se alejó cien metros del campamento. Se levantó seguro de que la primera parte de su plan había sido un éxito y nadie había descubierto su huida.

Pero estaba equivocado. En cuanto salió de su tienda, Cazurro, hombre de sueño liviano como el que más, observó con un ojo abierto el lento movimiento del joven Faustino. Por el modo de moverse supo que no se levantaba a orinar. Pero prefirió esperar a que se alejara unos metros. Entonces salió de su refugio, se vistió aceleradamente, agarró su escopeta ametralladora y su pistola y prosiguió los pasos de Faustino.

No le resultaba complicado continuar su rastro sin que éste se percatara de la presencia de su perseguidor. El chico, desde el momento en que se adentró en el bosque, centró su mirada únicamente en el frente. “Lo que tiene que aprender este chaval si quiere seguir vivo”, se dijo Cazurro mientras caminaba a menos de cien metros de distancia del huidor. “Vaya montaraz que estás hecho”, concluyó.

Cazurro podía acelerar el paso, emboscarle un kilómetro más adelante y sacarle a sopapos qué diantres pretendía hacer alejándose del campamento. Pero prefirió averiguarlo con sus propios ojos. Eso sí, el chico corría riesgo de ser descubierto si seguía con un trote tan rápido y confiado, sin predecir que la montaña tiene ojos y no siempre son los de los guerrilleros. Los militares y, sobre todo, los guardias civiles podían aparecer en cualquier momento, escondidos entre la maleza. Por ello Cazurro optó por alejarse de las pisadas de Faustino y colocarse veinte metros por encima de él y caminar en paralelo. Así podría avanzar con mayor facilidad la posibilidad de que Faustino fuera descubierto en mitad de la montaña. Si intuía que ello podría llegar a suceder, que una patrulla de montaña podía estar agazapada en el trayecto, tomaría medidas. Hasta entonces se limitaría a proteger al muchacho sin ser descubierto.

Toda una noche sin parar de caminar y Faustino no se detenía. “Joder, con el guaje de los cojones. Tiene más resistencia de lo que parecía”. Cazurro también se sorprendió de la seguridad con la que caminaba, a veces hasta corría, en una dirección que el jefe de la partida desconocía por completo. La firmeza en el paso le hizo pensar no sólo que no huía sin más, sino que tenia un objetivo fijo al que pretendía llegar. Y, además, que tenía unas nociones geográficas y de ubicación sobre el terreno más avanzadas de lo que cabía esperar. “Eso me va a venir bien. Puede ser un buen rastreador. Si es que antes no le meten un tiro, claro”.

Antes del amanecer Faustino se detuvo. Con las piernas agotadas y un sofoco evidente, buscó un refugio en el que esconderse. Giró trescientos sesenta grados sobre sí mismo hasta que divisó, unos metros por encima, un grupo de arbustos frondosos. Se dirigió hacia ellos, se preparó un aposento sobre el que sentar sus posaderas y descansó.

La semana que viene, las páginas 81-90. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ Páginas 61-70

       Aquí están las páginas 61-70 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Y ahí van las 10 páginas semanales.

Páginas 51-60

           Los dos hombres esperaron agazapados a que se hiciera de noche. Don Esteban con la mirada puesta en los cuatro puntos cardinales temeroso de que alguien les descubriera. El chico, derrumbado en el suelo, con las manos tapando su cara y llorando desconsoladamente la muerte de su hermano y sus padres. A Don Esteban también le embargaba la pena. Había presenciado la muerte de dos amigos, dos camaradas, sin poder hacer nada. Le hubiera gustado tener el valor suficiente como para agarrar un arma y enfrentarse a los asesinos. Pero él se sentía un cobarde, un superviviente. Aunque ya tendría tiempo para recrearse en el dolor. Eso lo guardaba para cuando estuvieran a salvo, él y, sobre todo, el chico.

          —Escúchame— dijo con determinación—. Tú te vas a quedar aquí. Ni se te ocurra moverte, ¿entendido?

          —¿Adonde vas?

          —Al pueblo. Tengo que coger víveres para los próximos días.

          —¿Víveres?

          —Sí. Comida, ropa, algún arma que tengo en casa.

          —Te acompaño.

         —De eso nada. Si te ven puedes darte por perdido. De mí no saben ni que estaba contigo. Si voy solo estaré más seguro. Tranquilo, no tardaré mucho. Pero no te muevas de aquí. Si oyes algún ruido extraño, escóndete. Pero no te alejes mucho o no te podré encontrar.

El maestro se levantó e inició la vuelta a Villasinde. Faustino se puso en pie y le detuvo.

          —Espera. Necesito que des un recado.

         —Tranquilo. Tu abuela estará en buenas manos. Estoy seguro de que alguien le ha dicho a tu hermana lo que ha pasado y ha venido a recogerla. Si no es así, ya me encargaré.

         —No, no es eso— dijo Faustino avergonzado porque en ese momento se había olvidado de su abuela Marina y su prioridad era otra—. Es para Teresita. Quiero que le digas que…

         —No le voy a decir nada a Teresita ni a nadie. Al menos de momento. Cuanto menos se sepa dónde estás, mejor para todos.

         El joven iba a replicar al maestro, pero éste puso su mano en la boca del chico para que no dijera nada. Seguido, dio media vuelta y desapareció entre la maleza.

         Faustino volvió a sentarse bajo un castaño a esperar la llegada de Don Esteban. Tras mirar a los lados y pensar en dónde se podría esconder si aparecía alguien, se cambió de sitio y se ocultó en la sombra de una roca.   Entonces fue cuando volvió a su memoria el momento de los disparos a sus padres. Aunque Don Esteban le había apartado del ventanal, tuvo tiempo para ver cómo la primera ráfaga alcanzaba a sus cuerpos y los lanzaba contra el suelo. Recordar ese momento le provocó un sofoco enorme que obligó a su corazón a latir descontroladamente y que sólo pudo aliviar con otra llorera. Las lágrimas resbalaban con velocidad por su cara y el chico se sentía embargado en una nube de dolor, tristeza, desamparo y…

        …y miedo. Miedo. Un miedo atroz.

        ¿Qué iba a ser de él a partir de ese momento? ¿De sus sueños de aventurero y marinero? ¿De su amor por Teresita, la chica que estaba predestinada a convertirse en su esposa? ¿Cómo iba a sobrevivir sin el amparo paterno y con el recuerdo perenne de la violencia y la muerte de su familia? ¿De qué se iba a ganar la vida un adolescente protegido por sus padres hasta el punto de saber más por los libros que por su experiencia personal? ¿Cómo se iba a defender si se sentía atacado cuando jamás había tenido que recurrir a la violencia?

        Todas esas incógnitas pululaban por su cabeza a gran velocidad. Y, para su desconsuelo, no podía centrarse en una sola para intentar hallar salidas a su angustiosa situación. Cuando quería concentrar su cerebro  en una sola idea recibía continuas ráfagas con imágenes de su hermano muerto en el suelo, sus padres acribillados, su hogar ardiendo, él huyendo de Villasinde…

                                                                *          *          *

        —Faustino, ¿estás ahí?

        El chico se llevó un susto de muerte al escuchar una voz susurrante.

        —Faustino, ¿dónde te has escondido, rapaz?

       Resopló al reconocer la voz. Era Don Esteban. Entonces salió de su escondrijo.

       —¿Ya estás de vuelta? ¿Tan pronto?

       —¿Tan pronto? Hace dos horas que me fui.

       Dos horas. Faustino hubiera jurado que no habían transcurrido ni diez minutos desde que el maestro se había alejado. Su alterado cerebro le había provocado ese desliz temporal.

       El maestro se acercó con dos petates grandes como los que cargaban los marineros cuando embarcaban y con un zurrón más pequeño. Le dio uno de los sacos a Faustino y le ordenó que le siguiera.

       —Ahora toca caminar. Y mucho. Tú sígueme. Hasta que no estemos unos kilómetros alejados no estaremos a salvo.

       —¿Adónde vamos?

       —¿Acaso no lo sabes todavía? Tú te vas a echar al monte, con el maquis.

       Faustino quiso, pero no pudo preguntar más. Don Esteban inició la marcha a ritmo acelerado y el muchacho siguió sus pasos. No sabía hacia dónde se dirigía. Tan sólo que su dirección era el Este. Y, sobre todo, que se alejaba de su pueblo, de su casa, de todo lo que conocía. Jamás se había imaginado que así iba a ser su marcha. En ensoñaciones se había visto como un joven valiente que salía de su morada a comerse el mundo con el beneplácito de sus padres, orgullosos del arrojo de su hijo pequeño. Pero no así, huyendo campo a través con la luna como único testigo de su fuga.

       Cuando pasaron tres horas de travesía sin pisar ningún camino ni vereda, Don Esteban se detuvo bajo un roble y ordenó a Faustino que hiciera lo mismo.

       —Aquí está bien. Vamos a cenar un poco. No debemos quedarnos sin fuerzas.

       —¿Queda mucho?

       —¿Queda mucho para qué? — repreguntó Don Esteban.

       Buena pregunta. ¿Para qué? El chico supuso que para llegar a algún sitio en concreto, pero no se atrevió a preguntar. El maestro apreció la sensación de quebranto de su pupilo y le agarró del brazo. Después sacó un trozo de salchichón de su petate, lo partió por la mitad con una navaja, y le dio una parte al chico. Hizo lo mismo con media hogaza de pan. Faustino dijo no tener hambre, pero Don Esteban le obligó a que comiera argumentando que la marcha no había hecho más que empezar.

       Ambos comieron en silencio. Y ese mutismo fue el que le trajo de nuevo a la mente de Faustino la muerte de sus padres y hermano. Por ello, mientras masticaba un pedazo de salchichón, una lágrima densa bajaba por su rostro. Don Esteban lo vio e intentó mitigar el dolor del chico de dieciséis años.

       —Antes te he dicho que te ibas con los maquis. ¿Sabes lo que significa?

       —Sí… más o menos.

      Faustino sabía que el maquis era la guerrilla antifranquista a la que había pertenecido su hermano recién muerto. También sabía que se encontraban perseguidos por la Guardia Civil y por el ejército. Y que había cientos de ellos en León, Galicia y Asturias. Suponía que también habría más en el resto de España. Poco más conocía del maquis. En su casa jamás se hablaba de política en su presencia. Y en la calle y en el colegio, hasta que dejó de ir, también era un tema tabú del que casi ningún chico quería hablar. Por supuesto, con Teresita tampoco charlaba sobre la guerrilla antifranquista, ni sobre la opresión del Frente Nacional. Cuando estaban juntos, ambos fantaseaban con viajar por el mundo y conocer las maravillas que tan bien describían las novelas de aventuras. Él sería capitán de barco y ella la enfermera que cuidara a la tripulación.

      —Lo que significa— explicó el maestro— es que te vas juntar con alguna partida. Esperemos que sea con la que estoy buscando, si es que sigue. Y que vas a estar perseguido durante todos los días a todas horas. Pero así tiene que ser. Tienes que alejarte de Villasinde si quieres seguir vivo. Después ya se verá. Igual, con suerte, hasta puedes ir al extranjero.

      —¿Sí? — preguntó Faustino, con el primer síntoma de ilusión en su cara desde que sus padres fueron ejecutados.

      —Claro que sí. Algunos lo han hecho. Coger un barco y a la Argentina o a Venezuela. Pero tiempo al tiempo. Antes tenemos que encontrar a alguna partida de fiar.

      —Tú… ¿cómo sabes tanto de…?— dudó si terminar la pregunta.

      —Porque soy uno de ellos. Soy un enlace, Faustino. Como lo eran tus padres.

      Don Esteban le contó que sus padres, desde que su hermano Ildefonso se había echado al monte tras finalizar la guerra, habían decidido convertirse en enlaces de apoyo a la guerrilla republicana. Siempre lo mantuvieron en secreto para que él no se viera envuelto en la guerra que todavía se mantenía viva en los montes.

      Los enlaces eran familiares o amigos de confianza de los guerrilleros que ayudaban a estos con información y alimento. También les acogían cuando algún maquis tenía que esconderse en alguna casa o tenía que ser curado de alguna herida. Pero la función de los enlaces era muy arriesgada. Si las autoridades sabían de alguno de ellos, le prendían para llevarle al cuartelillo y allí le torturaban hasta que dijera todo lo que sabía. Después, pocas veces quedaban en libertad. O bien eran encarcelados o se les aplicaba la “Ley de fugas”, ejecución consistente en asesinar a un detenido y simular su intento de evasión como justificación del crimen.

      —A su modo, tus padres lucharon como el que más. Lo único que no lograron fue dejarte a un lado de esta puta guerra, como ellos querían— explicó el maestro con un halo de pena en su voz.

      Se volvió a hacer el silencio hasta que ambos terminaron de comer. Don Esteban ordenó que continuaran la marcha. Se colocaron los petates a la espalda y anduvieron otras tres horas sin detenerse en ningún momento. Faustino no entendía las direcciones tomadas por su guía. En unas ocasiones rodeaba toda una loma para llegar a la otra punta, en otras caminaba por una orilla de un río y después desandaba parte del recorrido por la otra orilla. E, incluso, en un trayecto entre arbustos, le dijo que caminara en paralelo diez metros por debajo de él. El joven supuso que así estaba intentando hacer desaparecer sus rastros.

      Cuando quedaban dos horas para amanecer, el profesor preguntó al adolescente si se encontraba cansado. Éste reconoció que un poco. Aunque, en realidad, sentía las piernas agotadas de tanto caminar sin pisar ni una sola vereda.

      —Dormiremos aquí un par de horas— dijo, señalando el hueco bajo una roca en la montaña—. En tu saco tienes una manta. Sácala y tápate con ella, no vayas a coger frío.

      Faustino hizo caso, se tumbó bajo la roca con el petate a modo de almohada y se tapó con la manta. El agotamiento físico y mental le llevó a que no tardara ni cinco minutos en dormirse. Don Esteban tardó algo más, preocupado por el incierto y arduo futuro que le esperaba al chico al que tanto aprecio tenía. Finalmente consiguió conciliar el sueño.

                                                                             *          *          *

       “¡No, Teresita, no te vayas con ellos, por favor!”, gritaba Faustino en sueños.

       Su amada se despedía con la mano al tiempo que acompañaba a dos guardias civiles hasta un camión aparcado al lado de su casa.

       “No te subas. ¡Noooo!”

       Teresita sonrió. Con la misma sonrisa que le recibía cuando él, todos los miércoles a la noche, en plena noche huía de su prisión hogareña a modo de desván y escalaba la pared de la casa de su amada para llevársela al Campo de Fixó, donde pasaban horas y horas mirando las estrellas y hablando de su futuro recorriendo el mundo entero.

       La sonrisa tierna y tímida de Teresita enamoró a Faustino desde que eran unos niños. Menuda, morena, de nariz delgada y puntiaguda y con unos ojos marrones y profundos, Teresita desprendía fragilidad a cada paso que daba. Para Faustino era como un desvalido animal del monte que, a cada instante, miraba a todos los lados por miedo a ser descubierto. Pero, a solas, estando únicamente con él, Teresita se convertía en una ensoñadora compulsiva, como él. Una mente abierta a las fantasías y a las ilusiones aventureras y románticas.

        Por ello, en su sueño, Faustino no entendía que su amada se marchara con los guardias civiles.

        “Tranquilo, que sólo quieren hablar conmigo”

        “¡Nooo! Te van a torturar ¡Te quieren matar! ¡Matan a todos!”

       Teresita volvió a sonreír y se subió a la parte trasera del camión. Entonces Faustino intentó correr hacia ella. Aunque, tras varios pasos, tropezó y chocó de bruces contra el suelo. Buscó con la mirada la razón de la caída. Eran sus padres, muertos en el suelo dentro de un charco enorme de sangre.

        Intentó levantarse, pero sus piernas se habían quedado sin fuerzas. Se arrastró por el suelo, lleno de barro y sangre, hasta llegar a pocos metros del camión.

        En ese momento la camioneta arrancó y se alejó. Desde el suelo vio cómo Teresita se despedía con la mano. En ese momento, uno de los guardias civiles apareció entre las sombras del camión, la empujó hacia atrás y sonrió de un modo perverso al muchacho. Seguido, tapó la apertura trasera del camión con una lona.

       “¡Noooooo!”

       —Tranquilo, hijo. Ya pasó. No es más que un sueño.

       Era Don Esteban, arrodillado a su lado y agarrándole de los brazos. Faustino se incorporó rápidamente. Respiraba aceleradamente, sudaba en abundancia y miraba hacia todos los lados. Hasta que recordó dónde estaba. En el monte, huyendo de los asesinos de su familia.

       —Toma. He hecho un poco de café. Igual está frío, pero te espabilará.

       Faustino bebió de la taza mientras veía al maestro recoger un pequeño cazo colocado encima de lo que había sido una lumbre.

       —¿Qué hora es?

       —No te preocupes por eso. Necesitabas descansar.

       Volvieron a iniciar la marcha, esta vez de día. Según caminaba, Faustino intentaba memorizar el recorrido realizado la noche anterior. No conocía los montes que atravesaban pero pensaba que, concentrándose, sabría volver a casa.

       Pero, ¿regresaría a su pueblo alguna vez? Intuía que no, que jamás iba a volver a ver Villasinde, ni sus castaños rebosantes de frutos, ni sus praderas siempre verdes. Ni, sobre todo, a Teresita Sopeña. Esa intuición volvió a sumirle en una desazón imposible de hacer desaparecer.

       Cuando llevaban cuatro horas entre bosques, prados y puertos al calor del sol, atravesaron un escobal denso que les obligaba a apartar las ramas a cada paso que daban. Don Esteban caminaba delante y Faustino detrás, absorto en sus sombríos pensamientos e ignorante de que no eran los únicos caminantes de la montaña.

        —¡Al suelo o disparo! — gritó una voz detrás de ellos.

       Faustino se lanzó a la tierra al instante. Don Esteban, por el contrario, se giró levantando las manos y aparentando tranquilidad. Cuando vio de quién se trataba, resopló.

        —¡La madre que te parió! Vaya susto que me has metido, jodio.

       El hombre que tenía en su retaguardia echó a reír. Al tiempo se escucharon otras risas entre las malezas. Otros cuatro hombres salieron de entre ellas con sus subfusiles al hombro sin dejar de carcajear.

       —Pues si te lo he metido a ti, no digamos a éste— se mofó el hombre señalando con su escopeta ametralladora a Faustino—. Levanta, valiente.

       El chico se incorporó. Tenía la cara llena de barro y de incomprensión ante la tesitura en la que se encontraba, en mitad de varios hombres armados que se desternillaban de risa.

       —Pero, ¡si es un guaje! Profesor, ¿qué coño haces aquí con él?— preguntó uno de los hombres armados, el más corpulento de todos.

       —Es el hermano de El Marqués.

       “¿El Marqués?”, se preguntó Faustino. “¿Así llamaban a mi hermano Ildefonso?” Le pareció muy extraño que un humilde ganadero como él hubiera tenido ese sobrenombre.

       —¡Coño, eso es otra cosa!— dijo animosamente otro hombre, éste más bajo y delgado como un fideo— ¿Te ha mandado tu hermano?

        Faustino agachó la cabeza.

        —El Marqués está muerto. Lo han ejecutado. A él y a sus padres. Pensaba que estaba con vuestra partida.

        —No. Se juntó con otros para ir a ver a su familia. No debí haberle dejado marchar— respondió el hombre que, a todas luces, era el jefe de partida.

        Se hizo un silencio entre los cinco guerrilleros que rodeaban a la pareja. Después, uno de ellos, con un parche en el ojo izquierdo, dijo con cólera:

        —¡Hijos de puta! ¡Hay que matarlos a todos, la madre que los parió!

        El más corpulento se acercó a Faustino y le dio la mano.

        —Te acompaño en el sentimiento chico. Tu hermano era un buen hombre.

        Faustino intentó evitar que las lágrimas aparecieran. Lo logró, pero no el enrojecimiento de sus ojos.

        —Cazurro, necesito que le acojas— dijo Don Esteban al hombre con presencia de líder—. Al menos por una temporada. No tiene a nadie.

        —Hablaremos de eso más tarde. Vamos al campamento.

       Cazurro inició la marcha. A él le siguió el hombre del parche. Detrás, Don Esteban y Faustino, a los que seguían el resto de guerrilleros. Una hora después habían llegado a lo que Cazurro había llamado “campamento”.

        Se trataba de un espacio herbal de cinco metros por cuatro escondido entre rocas en el que había tres tiendas de campaña militares cubiertas por ramas. En medio, en un hueco de treinta centímetros de profundidad, una hoguera apagada. Y, a la sombra de una de las rocas, varios platos, cazos y cucharas.

         Toda la expedición se adentró en la guarida, salvo los dos últimos hombres de la retaguardia. Estos se separaron y se alejaron cien metros, uno hacia al Este y el otro al Oeste. De pie, tras unos arbustos, tenían la función de vigías del valle. Cazurro y Don Esteban se adentraron en una tienda de campaña. Antes, el maestro ordenó al muchacho que esperara fuera con el resto de guerrilleros. Éste se sentó a la sombra de una roca, en silencio, recordando la frase de su padre  de que “mejor callado y parecer tonto que hablar por hablar y demostrarlo”. Los hombres que le rodeaban le miraron con lástima. Todos conocían a El Marqués y lamentaban la muerte de su compañero maquis.

       —¿Un orujo, Profesor? — preguntó Cazurro dentro de la tienda.

       —No me vendrá mal después de lo de ayer.

       Don Esteban echó un trago de una botella de cristal rellenada tantas veces que el vidrio mostraba la pérdida total de su original brillo y relató lo sucedido el día anterior en Villasinde. Cazurro escuchaba con atención, intentando disimular una ira en su interior que crecía a cada palabra que salía de la boca del maestro. Y un sentimiento de culpabilidad que, sabía, jamás le abandonaría. “No debía haberle permitido unirse a la otra partida”, se lamentaba al tiempo que escuchaba la narración de Don Esteban.

       Cuando éste acabó, Cazurro se quedó pensativo mirando al chico por la apertura de la tienda.

       —Ya sabes cómo es esto— soltó con solemnidad—. Lo que le pasó al Marqués le puede pasar a él, o a cualquiera de nosotros, mañana mismo. No creo que estar con una partida sea lo más seguro para el chico.

       —Más que volver a casa a que le den matarile, seguro— replicó Don Esteban con conocimiento de causa.

       —¿No hay otra opción?

       —Si no me la dices tú… A mí no se me ocurre.

       —Huir al extranjero.

       —Sí, pero hasta entonces, ¿qué? En mi casa no puede estar. Al final algún hijo de puta lo descubrirá y se acabó. Para él y para mí. Además, necesitará dinero para huir.

        Cazurro, agachado, salió de la tienda. Don Esteban le siguió sin intuir en qué pensaba o si ya había tomado una decisión. Los dos se acercaron a Faustino, a quien, sentado, se le hizo un nudo en la garganta al ver al hombre fuerte y varonil mirándole de arriba abajo.

       —Levántate— ordenó Cazurro.

       El chico, con rapidez, se alzó ante ese hombre que tanto respeto imponía y se quedó a un metro de él aguantando la respiración.

       —El Profesor me pide que te unas a mi partida. ¿Tú que piensas?

       Faustino agachó la cabeza y se quedó mudo. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba aterrado tras un día en el que había perdido a su familia? ¿Que no sabía nada de la lucha guerrillera y no se consideraba, precisamente, un joven valeroso? ¿Que se sentía avergonzado por no haber sido capaz de vengar los asesinatos de su familia por miedo a sufrir él el mismo trágico final? Su única respuesta podía ser el silencio.

        —Si te quedas aquí, yo doy las órdenes y las tienes que cumplir. ¿Entendido?— se hizo un silencio al no recibir respuesta—. He preguntado que si lo has entendido.

        —Sí, señor.

        —Estarás con nosotros el tiempo necesario hasta que veamos el modo para que huyas al extranjero.

        —Sí, señor.

        —A partir de mañana serás uno de los nuestros y harás lo que haga falta. Cocinar, hacer guardias, llevar los fardos… Y disparar si es necesario.

        La semana que viene, las páginas 71-80. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ en el Diario de León

Hola a todas y todos.

Aquí os dejo una información que publica “El Diario de León” en torno a El Montaraz y al proyecto “¿Y si gusta?” gracias al cuál (y sobre todos gracias a quienes quieran formar parte con su lectura) espero que la novela vea la luz en un futuro no muy lejano.

http://www.diariodeleon.es/noticias/cultura/miguel-angel-ambrosio-ofrece-su-montaraz-por-entregas-digitales_834242.HTML

Un abrazo y gracias por el apoyo

EL MONTARAZ. Páginas 51- 60

           Estas son las páginas 51-60 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

  Y ahí van las 10 páginas prometidas.

Páginas 51-60

Don Esteban era la única persona del pueblo que sabía del paradero del chico. Amigo íntimo de Valentín Romeral, había sido el maestro de Villasinde hasta que el bando nacional se apoderó de las aldeas de El Bierzo. Acusado de “demasiado moderno y poco católico”, se libró de la cárcel gracias a que su hermano, el Padre Julián, era el párroco del pueblo.

Desde su expulsión del colegio, Don Esteban se dedicaba a dar clases de repaso a los niños que lo requerían, además de servir de enlace de las partidas de la guerrilla antifranquista. El maestro disfrutaba con cada uno de los chicos a los que aportaba algo más de conocimiento que la Geografía e Historia de España y los diez mandamientos de la Ley de Dios. Pero con quién más lleno se sentía era con Faustino Romeral. Cada dos días se reunía con él al atardecer y le daba clases de historia, matemáticas y lengua. Después, le preguntaba por la lección del día anterior. Faustino respondía con énfasis, como si adquirir conocimiento le insuflara dosis de vitalidad en su monótona y desquiciante vida escondido entre cuatro paredes.

Algunas veces Don Esteban se quedaba a cenar, pero entonces Faustino tenía que abandonar la cocina y meterse en su escondrijo para que el maestro y su padre hablaran “de sus cosas”.

Esa mañana Don Esteban se acercó a casa de Valentín Romeral con un objetivo. Exponer al padre de familia que había oído que una partida en la que se encontraba su hijo se encontraba cerca de Villasinde. Quería alertarle para que, en el caso de aparecer Ildefonso, le ordenara que se alejara de El Bierzo por una temporada. La partida de Cazurro, en la que suponía que continuaba batallando Ildefonso, se había convertido en una de las más perseguidas por los militares y los guardias civiles. Y para evitar riesgos, la mejor opción de la partida era alejarse a Asturias o, incluso, abandonar España por una temporada y refugiarse en Portugal.

            Tras explicar la situación, Don Esteban fue invitado por Valentín a que compartiera mesa con ellos. El antiguo maestro accedió.         

            Minutos después, varias ráfagas de disparos procedentes de los montes cercanos rompieron el silencio de la comarca. Los sonidos duraron un par de minutos y se escucharon en todas las casas del pueblo. Eusebia, la esposa de Valentín, apoyada contra la trébede de la cocina mientras removía un caldero de lentejas para que no se quemaran, miró a su marido con preocupación. La misma cara que tenía siempre que escuchaba tiros en la montaña. No se había acostumbrado a los disparos, por mucho que llevara siendo una sinfonía habitual de la vida española desde el inicio de la Guerra Civil. Valentín quiso aplacar su nerviosismo con un movimiento de cabeza horizontal que daba a entender que los tiros no tenían importancia. Don Esteban, que también se apercibió del nerviosismo de Eusebia, optó por buscar una conversación que relajara la tensión existente en la cocina.

            —¿Sabías que Faustino quiere ser marinero?

            —No será por todo el mar que ha visto en su vida. Si no sabe ni nadar— respondió sorprendido Valentín—. ¿Te lo ha dicho él?

            —No. Pero se le nota en la mirada cuando estudiamos alguna historia relacionada con el mar.

            —No sería mala salida, no. Tal y como están las cosas…

            En ese instante apareció Faustino por la cocina. Había estado en la planta de arriba barriendo las habitaciones y fregando el suelo.

—Fíjate, de ti estábamos hablando ahora— dijo su padre.

            Faustino miró sorprendido. Creía que alguien como él, que parecía no existir fuera de las paredes de casa, no podía ser el protagonista de ninguna conversación. Ni siquiera por parte de su padre y su maestro particular.

            —Les estoy diciendo que te gusta el mar.

            —Sí, me gusta— respondió el chico al sentarse en el escaño de la cocina.

            —Pero si no lo has visto en tu vida— añadió su padre.

            —Ya, pero…

            —Pero ha leído— interrumpió el maestro—, y mucho, sobre el mar. Sobre el mar y sobre muchas más cosas. Tu hijo tiene cabeza, Valentín. Es una pena que le haya tocado vivir una época tan dura como ésta.

            —Es una pena que a todos nos haya tocado vivir esta época— apuntilló Eusebia con voz melancólica mientras acercaba el puchero de lentejas a la mesa.

            Tras la comida, Valentín salió para picar unos tucos de la leña que tenía apilada en la parte trasera de la cuadra de casa. Eusebia y la abuela Marina subieron a la habitación de ésta a rezar el Rosario diario. Y Faustino y Don Esteban se quedaron en la cocina, el primero leyendo el último libro que había llegado a sus manos, El Barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson. Don Esteban apuraba su segundo café de puchero al tiempo que observaba con ilusión a su pupilo. Para el maestro jubilado forzosamente por la dictadura no había nada más hermoso que la pasión por la lectura. Y Faustino representaba esa ilusión cada vez que él le hacía llegar alguna de las novelas que pudo esconder antes de que los nacionales se hicieran con la escuela. A cuentagotas le llevaba clásicos de la literatura española, inglesa y francesa. Faustino devoraba con fruición cada uno de los libros que llegaban a sus manos. Pero las historias de aventuras en tierra y mar, de héroes y villanos, y de luchas quiméricas por las que los protagonistas daban sus vidas, eran las que más deleitaban su ansia lectora.

            —Venga, ya basta de batallas por hoy— dijo Don Esteban al tiempo que apoyaba la taza en el fregadero de piedra de la cocina—. Ahora toca matemáticas.

            Faustino, obediente, cerró el libro y abrió el cuaderno de ejercicios. Ya le quedaban pocas páginas para que lo terminara. Don Esteban se dio cuenta y pensó que, para la siguiente ocasión, le traería un cuaderno nuevo.

            Pasaba media hora de estudios en la cocina cuando Valentín Romeral entró en casa con gesto preocupado.

            —Hijo, escóndete, vienen los militares. ¡Rápido, sube!

            Faustino se levantó, ascendió velozmente las escaleras y avisó a su madre.

            —Vete con él. Es mejor que no te vean en casa— ordenó Valentín a Don Esteban.

            —Pero…

            —Hazme caso. Que no os vean, por favor— suplicó.

            Don Esteban obedeció y subió las escaleras. Vio cómo Faustino alertaba a su madre de la llegada de los soldados. Después ayudó al muchacho a que subiera al desván de la casa ayudado de una banqueta y siguió sus pasos. Una vez los dos arriba, Eusebia arrastró una mesita de noche y la ubicó justo debajo de la puerta vertical del desván. Encima de la mesita colocó una figura de la Virgen María y pidió a su madre que se quedara a su lado rezando. Para cuando empezó a bajar las escaleras, un militar ya estaba aporreando la puerta de casa.

            —¡Abran la puerta! ¡Es la autoridad!

            Eusebia llegó a la planta baja y se metió en la cocina. Los golpes en la puerta se repitieron.

            —¡A de la casa, abran o tiramos la puerta!

            Valentín obedeció y se encontró frente a dos soldados rasos con sus fusiles Mauser apuntando hacia él.

            —Sal de casa.

            —¿Qué sucede?

            —¿No ha oído? ¡Que salgas de casa o te sacamos a hostias!

            En ese momento Eusebia apareció por la puerta y uno de los reclutas repitió la orden a la mujer. Ambos obedecieron y se colocaron en la calle mirando a un vehículo militar que acababa de aparcar frente a casa. Un teniente delgado, joven y con bigote se bajó del camión, un ZIS- 5 ruso que había pertenecido al ejército republicano hasta que el bando nacional se incautó de él tras la victoria.

            —¿Hay alguien más en casa?

            —Mi madre— respondió Valentín.

            —Háganla salir. ¡Y registren bien toda esa pocilga! A ver si hay más ratas dentro.

            Tres militares armados con naranjeros MP28 II entraron en la casa a gran velocidad. En la planta baja no hallaron a nadie. Cuando subieron a la segunda planta se encontraron con Marina, arrodillada frente a la figura de la Virgen María y con el rosario en sus manos. La mujer, al ver a los militares, se persignó. Uno de ellos intentó levantarla, pero la torpeza de la anciana para alzarse le hizo desistir. Después continuaron con el resto de estancias de la casa.

            Desde arriba, Faustino y Don Esteban observaban en silencio los movimientos de los reclutas a través de dos pequeñas rendijas entre las tablas del piso. Ninguno de los dos se movió ni un centímetro durante el tiempo en que los militares buscaron, sin suerte, debajo de las camas y dentro de los armarios de las habitaciones. Tras dos minutos de registro salieron.

            —Mi teniente, en casa no está más que una señora mayor.

            —Ya le he dicho que sólo estaba mi madre— apostilló Valentín.

            —¡Sáquenla ahora mismo!— ordenó el teniente bigotudo.

            —Verá, mi teniente, parece muy torpe y… no creo que sea peligrosa.

            —¡¿Alguien le ha mandado a usted que crea o deje de creer algo, soldado?!— gritó el teniente al rostro de su subordinado.

            —¡No, mi teniente!

            —¡Aquí está usted para recibir órdenes, no para pensar!

            —¡Sí, mi teniente!

            Inmediatamente el soldado se dispuso a entrar en casa y a sacar a la anciana, aunque tuviera que hacerlo arrastras. El teniente le detuvo.

            —Está bien. Que se quede en casa. No creo que nos sirva de mucho— ordenó, para seguido, dirigirse al matrimonio que se encontraba frente a su casa—. Valentín Romeral y su mujer Eusebia Ruiz. Vaya, vaya. ¿Qué? Alguien os ha dicho que veníamos de visita y habéis mandado a vuestro hijo al monte ¿A que sí?

            —Señor, Faustino no vive con nosotros hace meses. Se fue a la capital a ganarse la vida— contestó Eusebia voz temblorosa.

            —Ya. Y quieres que yo me crea esa patraña.

            El teniente lanzó un puñetazo en el estómago de la mujer, que cayó de rodillas al suelo. Seguido, apuntó con su pistola Astra 400 a Valentín. Éste no se revolvió, sabedor de que cualquier movimiento serviría de excusa para recibir un disparo en la cabeza.

            —¿Sabéis? Gente como vosotros tenía que estar en el hoyo hace ya mucho tiempo. Y la verdad es que no sé muy bien porqué seguís con vida ¡Malditos Rojos!— El teniente lanzó un escupitajo a la cara de Valentín—. Además, con un hijo que ya no os necesita y otros dos muertos, tampoco creo que os apetezca mucho seguir vivos.

            —Tengo un hijo muerto. ¡Uno! El otro está en el monte. Y el pequeño en la capital— respondió Valentín sin apartar la saliva de su cara.

            —En el monte dices, ¿Y no sabrás en cuál de estos montes de por aquí está el mediano? Porque otra cosa no, pero por aquí no hay más que monte y más monte.

            Valentín Romeral dio la callada por respuesta. Su mujer, que continuaba arrodillada, también. El teniente sonrió con picardía.

            A diez metros, en el sótano de la casa, Faustino y Don Esteban observaban la tensa situación callejera desde un ventanuco de veinte centímetros de ancho por medio metro de alto. Los miraban sin miedo a ser descubiertos, sabedores de que la oscuridad reinante en el desván impedía a los militares distinguirles desde la calle. 

            —Así que no sabéis donde está vuestro hijo. Vaya por Dios. Pues estáis de suerte, fijaros por donde— soltó con sorna— ¡Cabo, trae al hijo de estos rojos!

            Un cabo se dirigió con brío a la parte trasera de la camioneta. Ordenó al soldado que antes había sido reprendido que le ayudara. Los dos subieron al camión ruso. Valentín y Eusebia se miraron aterrorizados.

            —Ayúdame, cógele por ahí— se escuchaba a los militares dentro del camión—. Así, venga, a bajarlo, ahora.

            Seguido, Valentín y Eusebia vieron cómo arrastraban el cadáver de Ildefonso hasta posarlo en el suelo.

            —¡Hijo mío!— gritó Eusebia para, inmediatamente, lanzarse al cuerpo inerte de su hijo.

            Valentín se mantuvo de pie, inmóvil, con las manos en la cara  y con un gesto de rabia y dolor tan profundo que inmovilizó todo su cuerpo.

            Dentro de casa, Faustino observó pávido la imagen de su hermano muerto. Don Esteban agarró al chaval del brazo para que no se moviera.

            El cuerpo de Ildefonso presentaba tres heridas de bala. Una en el hombro izquierdo, otra en el pecho y una última en la cabeza. Mantenía los ojos abiertos. Eusebia, con lágrimas cayéndole por las mejillas, se los cerró lentamente.

            —Eso es lo que pasa por enfrentarse a la ley— dijo el teniente mirando a los ojos a Valentín—. Lástima que no le pudiéramos coger con vida. Ya me hubiera gustado tener una charla con esta rata. Bien, bien, bien. Ahora vosotros tenéis la oportunidad de colaborar con la justicia… o de acabar como él. Es la última vez que lo voy a preguntar. ¿Dónde está vuestro hijo pequeño?

            Eusebia se levantó y se agarró al brazo de su marido. Los dos se miraron con determinación. Ambos tenían los ojos humedecidos por las lágrimas, pero sus miradas mostraban arrojo. Jamás delatarían a sangre de su sangre. Por ello alzaron la mirada con orgullo y callaron.

            —Está bien, vosotros lo habéis querido. Apartaos del camión.

            El matrimonio, empujado por dos soldados que les apuntaban con sus armas, dio varios pasos a la izquierda. Entonces el teniente les detuvo.

            —Ahí, ni os mováis— ordenó con una mirada gélida, sin ningún atisbo de humanidad—. Mujer, abraza a tu marido, porque os vamos a matar— dijo sin pestañear.

            Eusebia abrazó a Valentín. Éste la correspondió con un beso en la frente y la agarró con firmeza. No se dijeron nada. No era necesario. Sabían que era el fin. El desenlace de una vida juntos como amantes, esposos y padres. El final de una familia que habían formado a base de sudor y sufrimiento, pero también de ilusión por una vida tranquila y feliz entre las montañas que los vieron nacer. Una vida rota en mil pedazos por la Guerra Civil. 

            Tres soldados se colocaron frente a ellos con los naranjeros apuntando a sus cuerpos. Uno de ellos tenía los ojos cerrados y le temblaba el pulso.

            —¡Fuego!

            Tres ráfagas salieron de las ametralladoras e impactaron de lleno en el matrimonio. Valentín y Eusebia cayeron hacia atrás y sus cuerpos, abrazados, acabaron en el suelo, muertos al instante.

            Al sonar los disparos Don Esteban tapó la boca de Faustino y le lanzó hacia atrás. Se colocó encima de él para evitar que se moviera y descubrir su escondite. Faustino, con los ojos abiertos y la boca tapada, se quedó paralizado. Sus padres acababan de ser ejecutados ante sus ojos.

            La sangre de Eusebia y Valentín descendía calle abajo como un único riachuelo rojo. Silencio en Villasinde. Nadie salió de sus casas por miedo a terminar como ellos. Aunque todos los vecinos sabían qué acababa de suceder. Que los habían ejecutado sin contemplaciones.  Mientras, el teniente miraba a los dos asesinados. Se acercó a ellos y, con dos patadas, comprobó que estaban muertos.

            —¡Vecinos de Villasinde! ¡Esto es lo que le pasa a los traidores a la patria!— gritó mientras se movía en círculo  rodeando a los cadáveres y mirando a las casas más cercanas—. ¡Espero que toméis nota de lo que os puede pasar si no colaboráis con el Régimen del Generalísimo! ¡Esto es lo que os va a pasar! ¡Esto!

            Silencio absoluto en el pueblo.

            —¡Pero si nos ayudáis a desenmascarar a los traidores a la patria, España os compensará! ¡Sed valientes, señalad a todos los rojos de vuestro pueblo y recibiréis una compensación! ¡De lo contrario, si tenéis información y os la calláis, seréis cómplices de traición y yo mismo vendré a impartir justicia!

            De nuevo silencio. El joven teniente con bigote miró a los tres cadáveres del suelo y volvió a levantar la cabeza.

            —¡Una advertencia! ¡Que no me entere yo que estos rojos traidores han sido enterrados en el cementerio del pueblo! ¡El cementerio es para cristianos de bien, y no para comunistas hijos de perra! ¡Enterradlos como a las ratas, entre piedras y tierra en mitad del monte! ¡Que las alimañas se coman su carne putrefacta! ¡Si no acatáis esta orden, yo mismo vendré a cavar la tumba de quien haya osado desobedecerme!

El teniente respiró hondo.

—¡Faustino Romeral, estés donde estés! ¡Será mejor que te presentes en el cuartelillo si quieres seguir con vida! ¡Si eres listo y lo haces— mientras hablaba miraba a los montes que rodeaban la aldea— seré generoso y te perdonaré la vida! ¡De lo contrario, ya sabes lo que te espera!

            Faustino, tumbado, aturdido y mareado por el asesinato de sus progenitores, sintió un escalofrío al escuchar la amenaza.

            El teniente acabó su discurso público y sacó de la cazadora un cigarrillo con boquilla. Lo prendió con una cerilla, que tiró encendida encima del cuerpo de Valentín Romeral, y miró a la casa.

            —¡Quemadla! — ordenó al cabo.

            —Mi teniente, pero si está la anciana dentro.

            —¡Cojones! Pues entonces sacadla arrastras y quemad la casa. Traed toda la gasolina que haya en el camión.  Que todo el pueblo sepa quién manda aquí.

            Los soldados iniciaron la búsqueda del combustible en la camioneta. Dentro, Don Esteban, que había escuchado las órdenes, se levantó y ayudó a Faustino, todavía en shock, a incorporarse.

            —Rápido, hay que salir de aquí o nos quemarán vivos.

            El maestro abrió la trampilla del desván y empujó al muchacho a que saltara a la segunda planta. El chico, cuando miró abajo, vio a su abuela llorando ante la Virgen y pidiendo, entre sollozos, que “Dios les tenga en su gloria”. Sabía el fatídico final que habían sufrido su hijo y su nuera sin haber tenido la necesidad de ver el ajusticiamiento. Faustino saltó del ático y cayó al lado de su abuela. Ésta, de rodillas, le agarró de la pierna y gimoteó con más fuerza.

            Después Don Esteban saltó al lado del chico y le asió por la chaqueta.

            —Sígueme. Por la ventana de atrás.

            —¿Adónde va mi nieto pequeño? ¿Adónde va él solín?— preguntó Marina mirando a los ojos llorosos de Faustino.

            —Marina, no se preocupe. Me lo llevo al monte— contestó Don Esteban.

            —Al monte, a morir como los lobos. Como los perros rabiosos— La anciana se levantó escalando con los brazos por el cuerpo de su nieto y le abrazó—. Dios te proteja Faustino, que a tus padres ya les tiene en su gloria.

            La mujer besó con compulsión la mejilla de Faustino. Él no pudo responder. Un nudo en la garganta impidió que articulara palabra alguna. Le hubiera gustado decir que no esperaba que Dios le protegiera cuando acababa de permitir que sus padres fueran fusilados. Pero se mantuvo callado.

 Don Esteban le arrancó de los brazos de su abuela y le arrastró a la habitación de sus padres. En ese momento entraron dos militares por la puerta de casa. El ruido de sus botas al subir las escaleras impidió que escucharan cómo se abría la ventana de la habitación y cómo el chico y el profesor saltaban a la calle trasera.

            —Señora, tiene que salir de casa. Inmediatamente­— ordenó el cabo.

            —Por el amor de Dios, ¿no les basta con matar a mi hijo y a mi nuera? ¿También me van a matar a mí? Que Dios os perdone, porque no sé si alguna vez os perdonaréis vosotros el mal…

            El cabo cortó el discurso de la mujer agarrándola del brazo. Ordenó al recluta que hiciera lo mismo con el otro y, entre los dos, tiraron de la abuela Marina hasta que salieron de casa. En ese momento entraron dos militares más, cada uno con una garrafa de gasoil.

            —¡Que no queden ni las piedras! — gritó el teniente.

            Un minuto después los dos soldados salieron de casa con las garrafas vacías. Uno de ellos prendió una cerilla y quemó una tela que había extraído de la casa. Dejó que el fuego brotara en la mitad del paño y lo lanzó a la puerta de la entrada. En unos segundos las llamas iniciaron la destrucción del hogar de la familia Romeral Ruiz.

            Don Esteban había arrastrado a Faustino hasta una cuadra cercana y, desde allí, observaron con espanto cómo el fuego empezaba a devorar la que había sido la morada familiar del chico desde su nacimiento. Faustino había nacido en esa misma casa en llamas.  Su madre le parió en la habitación por la que habían huido y de la que empezaba a salir humo. Había crecido al abrigo de la lumbre de la chimenea de la cocina. Adoraba ese calor que, de tanto acercarse, casi llegaba a quemar su piel cuando entraba en la cocina después de un día de frío y lluvia. Ese calor que era nimio en comparación con el que desprendían las llamas que ya habían alcanzado el desván. El desván en el que había leído, soñado, imaginado y dormido sus últimos cuatro meses de vida y que nadie volvería a pisar.

            El teniente ordenó que toda la patrulla se montara en el camión y volviera al cuartel. Ya habían hecho el trabajo asignado y ahora se tendrían que encargar los vecinos del pueblo de apagar las llamas de la casa antes de que afectaran a otro edificio. 

Don Esteban cogió del brazo a Faustino y tiró de él.

—Rápido, nos tenemos que ir.

—¡No! ¡Mi abuela!

—No te preocupes por ella. Ya nos ocuparemos más tarde. Ahora tenemos que irnos. Si alguien te ve, te puede delatar— El maestro miró a los ojos al muchacho—. Si quieres vivir, sígueme.

Faustino dudó por un instante. Vivir. ¿Qué significaba la vida después de haber visto cómo se la habían arrebatado a sus padres?

Siguió a Don Esteban. Los dos, agachados y escondiéndose entre los árboles del pueblo, se alejaron un kilómetro. Cuando se vieron seguros divisaron cómo, a lo lejos, el humo ascendía por encima de la aldea. La casa se estaba convirtiendo en cenizas.

        La semana que viene, las páginas 61-70. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

EL MONTARAZ. Páginas 41- 50

Aquí tenéis las páginas 41-50 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y ahí van las 10 páginas prometidas.

Páginas 41-50

            El bloque de hielo en la mano y su víctima se encontraban a menos de dos metros. Le hubiera gustado avisarle de su muerte y explicarle por qué iba a llevar a cabo la venganza para comprobar sus ojos de pánico segundos antes de fallecer. Pero no podía arriesgarse. La ejecución de Arturo Méndez no era más que el segundo paso en el camino hasta llegar a la venganza absoluta. El primero había sido asesinar a su hijo con estramonio. Y nadie le había descubierto. Como debía suceder en su segundo crimen. Su segundo “ajusticiamiento”, como prefería considerarlo El Vengador.  Por ello debía llevar el plan tal y como lo había pergeñado, sin licencias para su ego.

            Dos pasos más, comprobando que no pisaba ningún palo seco que alertara de su presencia, y ya se encontraba justo donde quería. Ascendió su mano con el trozo de hielo y, con rapidez, la bajó violentamente hasta impactar en la cabeza de Méndez. El golpe hizo que el cuerpo entero se sumergiera en la poza. Pero El Vengador tenía que evitarlo. Con la mano izquierda agarró del cuello de Méndez, muerto al instante por el golpeo. Después, comprobó el lugar exacto de la herida mortal. Con satisfacción se felicitó de haber acertado en el blanco. Unos diez centímetros por encima del final del cuello, entre los huesos parental y occipital.

            Tenía agarrada a su víctima y únicamente faltaba un último acto. Acercó la zona del golpe mortal a una roca y apretó fuerte sobre ella. Tras ello vio cómo la piedra mostraba restos de sangre y sonrió con complacencia. Soltó el cadáver y observó cómo se sumergía en las gélidas aguas de Las Camperas.

            El Vengador miró a un lado y a otro. Como había planificado, nadie había sido testigo de su asesinato. Por ello, orgulloso de haber cumplido la segunda etapa de su plan de venganza, tiró el bloque de hielo al agua. El arma del crimen, en minutos, desparecería para siempre. Después se colocó la mochila a la espalda y se adentró en el monte. Le quedaba un buen trecho hasta encontrarse completamente seguro de no ser descubierto. Una vez entre las hayas, los robles y las escobas, sería prácticamente imposible ser localizado por nadie.

            El Vengador miró una última vez hacia atrás. Y observó que el cuerpo de Arturo Méndez se balanceaba por la poza de Las Camperas chocando contra unas rocas que le impedían continuar río abajo. Su satisfacción fue tal que emprendió el camino de huida con un brío casi juvenil. Cumplir con su venganza no sólo era una misión que había llegado a él por una especie de designio divino. Sino que, además, aportaba a El Vengador un placer que jamás se podía haber imaginado.

            El cuerpo de Arturo Méndez no fue localizado hasta seis horas después de su muerte. Benjamín Reyero, un hombre natural de Casasuertes pero que vivía en Madrid, se había acercado a su pueblo para comprobar cómo se encontraba su casa tras las nevadas invernales. A la ida no se apercibió de la presencia del cadáver. Pero a su regreso, de camino al cruce entre Cuénabres y Casasuertes, observó en el agua una figura que llamó su atención. Detuvo el coche y se bajó. Entonces fue cuando encontró a Arturo Méndez flotando en la poza.

            Benjamín condujo hasta Riaño y alertó a la Guardia Civil. Los agentes llegaron a la poza media hora después. Entre ellos, el sargento Valdivia. Encontró el azulado cuerpo de Méndez  y solicitó por walkie talkie la ayuda del equipo forense. También se agachó para ver con más detalle a ese hombre que conocía de vista pero con el que apenas había entablado un par de saludos de rigor. El cuerpo permanecía boca arriba y no tenía ninguna herida destacable en la cabeza, el tronco ni las extremidades. Quiso dar la vuelta al muerto pero temía que, de hacerlo, los forenses se le echaran encima por manipular el escenario del crimen.

            “¡Qué leches! Hasta que vengan desde León no voy a estar aquí tocándome las narices”, pensó. Solicitó la ayuda de un subalterno y entre los dos giraron con cuidado el cuerpo, cada vez más azulino, de Méndez. Enseguida vio la que podía ser la causa de la muerte. Un fuerte impacto en la parte trasera de la cabeza. Nada más. Volvió a girar el cadáver y ordenó al Guardia Civil novato que no dijera nada de que habían tocado el cuerpo si no quería tirarse todo el año haciendo guardias nocturnas. Éste prometió guardar silencio, por la cuenta que le traía.

            Valdivia ordenó encintar el contorno para que ningún curioso pisara el escenario de la muerte. Él sí lo hizo. Caminó por ambas orillas del río para intentar hallar alguna prueba que indicase la causa del fallecimiento. En pocos minutos la encontró. Sangre en una piedra saliente del río. Buscó más sangre en algún otro punto y no la encontró, además de los hilillos procedentes de la cabeza de Méndez y que se perdían río abajo con la corriente. El sargento Valdivia lo vio claro. Arturo Méndez se había resbalado en la poza con tan mala fortuna que su cabeza chocó contra la roca y murió.

           El equipo forense llegó hora y media más tarde. Uno de los médicos inició una sesión fotográfica del cuerpo desde distintos puntos de vista. Otra, del lugar de la muerte. Después, sacaron el cuerpo de Méndez y se dispusieron para trasladarlo a León para realizar la autopsia. Tras el primer análisis la conclusión inmediata que extrajeron fue la misma que Valdivia. Muerte por contusión craneoencefálica provocada por un probable golpe accidental contra una roca. No era más que la primera valoración instantánea, pero supusieron que la autopsia no sería complicada y que podrían corroborar la hipótesis inicial con facilidad.

            Ya de noche, la ambulancia que trasladaba a Arturo Méndez sin vida llegó al Hospital de León. El forense de guardia, cansado y con más horas de trabajo de las que hubiera querido, se hizo cargo del cuerpo. En cuanto echó un apresurado repaso al cuerpo y al informe policial se alegró. Iba a ser una autopsia rápida y sencilla.

            A esa hora El Vengador ya se hallaba en casa. Orgulloso, se sirvió un café y se sentó en una butaca. Echó un trago y dejó la taza sobre un posavasos. En ese momento pensó que le gustaría recrearse mentalmente en lo que había logrado esa mañana. Pero no tenía tiempo para deleites. Era el momento de iniciar la preparación de la siguiente venganza.

            Apuró el café y se levantó con energía camino de la cocina. Una vez allí, abrió un armario y extrajo un bote de cristal con setas cocinadas en su interior. Abrió el bote con extremo cuidado de no dejar ningún rastro de su acción  ni en el cristal ni en la tapa. Depositó los hongos en un cuenco y dejó el cazo al lado. Después abrió la nevera y sacó un plato con un puñado de setas muy similares a primera vista a las extraídas del bote. Buscó una cazuela y la llenó de agua, a la que añadió un puñado de sal. Activó el fuego y esperó a que el agua hirviera. Mientras, sacó una sartén del armario, la posó en un segundo quemador y la llenó casi hasta arriba de aceite de oliva.

            Entonces se detuvo y pensó que faltaba algo. Había estudiado decenas de veces la receta exacta y no podía fallar por ningún detalle, por nimio que éste fuera. Un pequeño despiste podía convertir su plan infalible en un desastre que le llevara a la cárcel y trastocara sus planes de venganza.

            —¡Eso es! ¡Las especias! — dijo en alto con satisfacción.

            Romero y tomillo. Una rama de cada que le aportaría el aroma exacto para no provocar suspicacias en el futuro comensal. Puso las dos ramas en la sartén y accionó el fuego a escasa potencia.

            En ese momento el sonido de la tapa de la cazuela moviéndose le indicó que tenía que continuar con el siguiente paso. Introdujo las setas frescas con una espumadera y miró su reloj. Dos minutos después, ya escaldadas, El Vengador las sacó con la misma paleta y las depositó en el plato. Rompió dos servilletas del rollo del papel de cocina y secó con mimo los hongos hasta que estos hubieron perdido toda la humedad. Entonces bañó una de ellas en el aceite de la sartén a modo de prueba. Y se congratuló al comprobar que estaba a la temperatura exacta para su correcto cocinado. Introdujo los hongos restantes, miró de nuevo el reloj y comprobó satisfecho que ya no faltaba prácticamente nada para finalizar la operación. Tan sólo quince minutos. Los necesarios para que las setas se hicieran hasta el punto necesario.

            Pasado el tiempo, las sacó de la sartén y las colocó en un plato al lado del que contenían las originales del bote. Movió la cabeza con la vista puesta primero en un plato, después en el otro. Y llegó a la conclusión de que, a la vista, eran prácticamente idénticos.

            Acercó el bote a la mesa e inició el proceso de embotado. Primero tres cucharadas de las setas del primer plato. Después media de las cocinadas por él. Seguido, un chorro del caldo más antiguo y unas gotas del que quedaban en la cazuela. Así hasta que el bote quedó igual de lleno que antes de que él lo hubiera mancillado.

            Entonces repasó con tranquilidad los pasos que había seguido hasta que se convenció de que no había cometido ningún error. El proceso de cocinado, correcto. Y las proporciones de setas comestibles y setas venenosas, también. Con un porcentaje de un quince por ciento de hongos mortales tendría suficiente para acabar con el comensal sin que éste intuyera antes ningún peligro.

            Ya faltaba únicamente la última operación. Sacó una bolsa con cubitos de hielo y echó los trozos congelados en una fuente a la que agregó un vaso de agua. Después cerró la tapa del bote con fuerza pero sin brusquedad y lo introdujo en el agua helada. Así, tras dos minutos de contraste de calor entre las setas cocinadas y el cristal frío, se hizo el vacío en el recipiente. Estaba tal y como lo había cogido del armario.

            El Vengador limpió el receptáculo con un paño seco. Lo hizo varias veces hasta que se convenció de que sus huellas habían desaparecido por completo. Después lo introdujo en la misma mochila que había utilizado horas antes para asesinar a Arturo Méndez y la colgó de un gancho de la cocina.

            Se sirvió un vaso de vino. Se lo merecía. Un reserva que degustó con la serenidad que le aportaba el saber que su plan de venganza continuaba viento en popa. Y que nadie ni nada impedirían que lo finiquitara por completo. Después abrió un armario de la sala. Sacó un cuaderno y se sentó. Bebió un trago de vino, lo posó en la mesa y acarició el libreto que había dado un nuevo sentido a su vida. Palpó la inscripción de la tapa con devoción y detuvo su mirada en ella. “El cuaderno del Montaraz”. Lo abrió y se dispuso a releer una historia que ya había repasado en infinidad de ocasiones. Un relato por el que él se había convertido en El Vengador.

CAPÍTULO 3

 

Villasinde. Comarca del Bierzo. León

5 de abril de 1940. Nueve de la mañana

         La niebla matinal se desvanecía con lentitud y la luz del sol comenzaba a hacer presencia en la comarca berciana de Villasinde. Para esa hora los paisanos ya habían tomado las calles del pueblo con sus quehaceres diarios. Los hombres habían ordeñado sus vacas y ovejas antes del amanecer para después disponerse a cuidar del ganado en los montes cercanos al pueblo. Las mujeres habían atizado la leña para preparar la comida del día y habían iniciado la limpia de las cuadras, llenas del abono depositado por los animales durante la noche, y el cuidado de la casa. Los niños, en clase, estudiaban los ríos de España, las provincias de Castilla la Vieja y los nombres de los soberanos españoles desde los Reyes Católicos. Todo ello después de rezar el Padre Nuestro diario al principio de la clase y de dar gracias a Dios sin saber muy bien porqué.

            Villasinde era un pueblo más del Bierzo leonés, situado en una de las laderas del monte Capeloso en las estribaciones de la Sierra de Ancares Seo, en el extremo Oeste de la Cordillera Cantábrica que separa las tierras leonesas de las gallegas. Protegido por nogales, castaños, abedules y negrillos, la vida en Villasinde transcurría en torno a la recogida del centeno, el trigo y la castaña, la extracción de la leche de las vacas, la matanza de cerdos, chivos y corderos y la compraventa de cualquier animal, vegetal o mineral que se pudiera arrancar de los montes cercanos.

            Pero Villasinde, como el resto del Bierzo leonés, era, sobre todo, un pueblo triste. Desde que se inició la Guerra Civil española en 1936 hasta que el general Franco firmó el último parte de guerra el 1 de abril de 1939, “el parte de la victoria”, la comarca se vio golpeada con crueldad por la contienda entre nacionales golpistas y republicanos. Hasta el punto de que, en esos tres años, dieciséis hombres que salieron de sus casas para luchar en la guerra en uno u otro bando no regresaron.

            Con la victoria del bando nacional nació la esperanza entre los vecinos de que la paz y la tranquilidad volverían a aposentarse en las calles y casas de la comarca. Pero la victoria franquista no supuso la paz. Al contrario, trajo consigo la represión y la venganza sobre aquellos que se habían declarados partidarios de la República o, incluso, sobre los que simplemente no habían apoyado con energía el levantamiento militar de 1936.

Cientos de militares, guardias civiles y falangistas habían sido enviados a la comarca del Bierzo para “depurar” una región que, durante y antes de la Guerra Civil, había apoyado sin ambages al gobierno republicano. Ante esa depuración decenas de vecinos bercianos tuvieron que “echarse al monte” para continuar su lucha contra el régimen franquista y, sobre todo,  para sobrevivir.

            El hogar de Valentín Romeral era uno de los muchos que había sufrido las consecuencias trágicas de la guerra. Su hijo mayor, José, falleció en 1937 en el frente asturiano. Y el mediano, Ildefonso, sobrevivió a dos inviernos en las trincheras asturianas y madrileñas, pero a su vuelta a casa tuvo que huir a la montaña cuando iba a ser prendido por los militares.  A Valentín, de cuarenta y siete años, le quedaban su mujer, Eusebia, de luto riguroso desde que supo de la muerte de José, su hija Marina, casada hacía dos años con un camionero de un pueblo cercano, y su madre, también Marina, una anciana y medio ciega mujer que mantenía la mayor parte de su vida al lado de la lumbre con un rosario en la mano.

            A Valentín, un hombre rudo de la montaña que había preferido proteger su hogar antes que luchar en el frente, también le quedaba en casa “el innombrable”. Su hijo pequeño, Faustino Romeral, de dieciséis años.

El joven Faustino se hallaba escondido en su propia casa desde hacía ya cuatro meses. Desde que dos militares acudieron a reclamar su presencia en el cuartel de la Guardia Civil para realizarle unas preguntas. En aquella ocasión Valentín solicitó acompañar a su hijo, pero los soldados le ordenaron que no se moviera de casa. Así, escoltado por dos hombres armados, Faustino Romeral atravesó el pueblo hasta llegar al cuartelillo ante las miradas curiosas y temerosas de los vecinos. El miedo que había surgido en su interior en el mismo momento en que escuchó su nombre de boca del militar se magnificaba a cada paso que daba. No sabía con exactitud qué significaba la frase “realizarte unas preguntas”, pero intuía que nada bueno.

Entró en el cuartel con el vello en punta y un teniente al que no había visto jamás en la comarca le ordenó que se sentara en una silla en mitad de una habitación vacía. Faustino miró a aquel hombre y a otro que se encontraba al fondo del cubículo, tragó saliva y se sentó agachando la cabeza a modo de sumisión. Una lección aprendida de su padre Valentín. “Muéstrate dócil, no seas altivo e intenta que no se enfaden”.

El teniente, que presentaba una cicatriz profunda entre el ojo derecho y su poblada patilla, comenzó sin contemplaciones.

—Faustino. Así te llamas, ¿verdad?

—Sí, señor.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, señor.

—¿Dieciséis, eh? Ya todo un hombretón. ¿Qué tal está tu familia, Faustino?

—Bien, gracias a Dios, señor.

—Eso está bien.

Seguido, dio dos pasos y acercó su cabeza a la oreja derecha del muchacho.

—Y tu hermano Ildefonso… ¿no sabrás dónde está? Llevo unos meses buscándolo para charlar con él.

—No señor. Hace mucho tiempo que no le veo.

El teniente se apartó y el militar que estaba a la espalda de Faustino se acercó con celeridad y le soltó un golpe con la mano abierta en la cara que tiró al chico de la silla.

—No te ha preguntado si le has visto. Te ha preguntado si sabes dónde está.

Faustino, tirado en el suelo, se colocó en posición fetal con las manos protegiendo su cabeza. Balbuceó mirándole a los ojos:

—No, señor. No sé dónde está.

El teniente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y su súbdito inició una serie de una docena de patadas y puñetazos. A la que siguieron más golpes continuados que únicamente cesaban para volver a preguntar a Faustino por el paradero de su hermano huido.

El interrogatorio, que había durado toda la noche, no fue fructífero para el teniente. No sacó nada, ni de dónde estaba Ildefonso ni si conocía a otros paisanos “traidores a España”. El teniente de la cicatriz llegó a la conclusión de que el muchacho magullado y lloriqueante que tenía tirado en el suelo frente a él con sangre y babas en la cara y los pantalones orinados no sabía nada. Por ello le dejó marchar al amanecer. Antes de salir le dio una orden:

—La semana que viene te quiero aquí a la misma hora. Espero que, para entonces, tengas algo que contarme— dijo con una sonrisa llena de maldad.

Faustino salió del cuartelillo cojeando y dolorido en todo su cuerpo. Afuera, escondido entre las sombras, le esperaba su padre. Acudió raudo hacia él y le ayudó a llegar a casa. En el trayecto, su hijo le contó la paliza que había sufrido y que tenía que volver en una semana. Valentín escondió su rabia en su interior. Hubiera querido presentarse en el cuartel con una escopeta y vengarse de quienes habían torturado a su hijo pequeño. Pero sabía que las consecuencias de dicha acción serían fatales para toda su familia.

Cuando llegaron a casa, Eusebia curó las heridas de su hijo. Mientras, Valentín decidió qué hacer para que Faustino no volviera a sufrir más torturas. No podía continuar con la estrategia llevada a cabo hasta entonces. Evitar que su vástago menor supiera nada relacionado con su hermano, el maquis, y con el movimiento guerrillero del Bierzo leonés. Esa ignorancia ya no era suficiente. Los militares y guardias civiles torturarían cada semana a Faustino hasta que “cantara” algo que les sirviera, delatara a quien ellos le ordenaran o muriera por culpa de que a los torturadores “se les fue la mano”.

Valentín Romeral calibró tres alternativas para salvar a Faustino. Ninguna le atraía en demasía. Echar a su hijo al monte para que se uniera al maquis leonés le daba demasiado miedo. Un vástago ya había muerto en combate y el segundo, a saber cuándo moriría en una emboscada. Además, Faustino no era tan fuerte como sus hermanos mayores. Desde muy pequeño sus padres habían visto en él una preocupación por las letras y los estudios mucho mayor que el resto de la familia, además de un nulo interés por la lucha política y armada. Eso, unido a que físicamente no poseía la fuerza y resistencia de sus hermanos, hacía temer a Valentín que no pudiera aguantar la dureza de la vida guerrillera.

Enviar a su hijo a otro punto de España donde nadie le conociera tampoco le convencía. En los tiempos que corrían no confiaba en nadie que pudiera acoger a su pequeño. Sabía que miles de delatores esperaban agazapados en cualquier esquina del país para vender a cualquier prófugo a cambio de unas monedas.

La única opción que le quedaba era esconder a Faustino en casa. Harían correr el rumor de que el chico había huido del hogar familiar y que ellos desconocían adónde se había dirigido. Valentín no temía que los militares le torturaran para sacarle la verdad. Estaba convencido de que, tanto él como su mujer, morirían antes de delatar a su hijo pequeño.

                                                                        *          *          *

Cuatro meses después de recibir la paliza y de que sus padres convencieran al pueblo de que había escapado, Faustino Romeral permanecía escondido en su casa. Él hubiera preferido huir, pero sus progenitores le ordenaron que se quedara protegido por ellos. Aunque a regañadientes, accedió. No tanto por sus padres sino por Teresita, su novia secreta desde que tenían diez años y con quien pretendía casarse y huir en cuanto tuvieran dinero para viajar a Sudamérica.

La vida de Faustino era idéntica cada día. Se levantaba al tiempo que sus padres y desayunaba con ellos, siempre alerta de que ninguna mirada curiosa apareciera por las ventanas y le descubriera. Después ayudaba a su madre en las labores del hogar. Limpiaba la casa, cocinaba cuando su madre se hallaba en el prado o en las cuadras y cuidaba de la salud de la abuela Marina. El resto del día lo pasaba en el desván leyendo libros de aventuras que Don Esteban le hacía llegar.

 La semana que viene, las páginas 41-50. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia  y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para  tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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