Así comienzan…

ASÍ COMIENZA… “SANGRE, SUDOR Y AUDIENCIAS”

 

LUNES

Despacho de Lorenzo Corrado. Madrid

 —Esto es un equipo. Es fundamental que lo tengas claro. Un equipo que trabaja para construir la máquina televisiva perfecta. Per-fec-ta. En esta máquina todos tenemos que dar el mil por cien para que el engranaje funcione a toda potencia. Y todos los elementos de esta máquina tenemos que caminar, correr, volar, hasta golpear en el mismo sentido. ¿Me comprendes?— preguntó Lorenzo Corrado a sabiendas de que le importaba un bledo lo que contestase Josean Herrera—. Pero hasta en una máquina perfecta como la nuestra hay categorías en las piezas que lo componen. Hay elementos prescindibles, oscuros, casi imperceptibles. Y hay otros que destacan con luz propia, que son la razón por la que el mundo admira nuestra máquina indestructible. Que seas una pieza invisible y vayas a la basura a la mínima, sustituido por cualquier otro componente mediocre, o que destaques entre los demás y subas como la espuma, está en tu mano. Las referencias que me han dado y tu currículo— dijo Corrado dirigiendo la vista a los folios que tenía en su mano— son distintos, especiales. No eres un guionista como los que tengo en mi equipo. Eso me gusta. Jamás has trabajado en un programa como el mío. Y no me preocupa. Lo que sí me preocupa es saber si vas a ser capaz de aguantar la presión de un programa diario de dos horas y media. Cinco días a la semana aportando continuamente ideas que nos hagan especiales y mejores que la competencia. De lunes a viernes sacándole chispas a ese cerebro privilegiado que estoy seguro que tienes. Y esperando la exigencia, el grito, hasta el insulto y la humillación si un día no llegas al nivel de excelencia que te vamos a reclamar desde el segundo que entres en la redacción hasta el momento en que te vuelvas a casa agotado. Necesito saber si vas a poder con la presión. ¿Vas a poder, José Antonio? ¿Vas a poder?

 

ASÍ COMIENZA… “CARTUCHO”

 

25 de mayo de 2010

Peñas de Cebolleda. Cuénabres. León

Tres y media de la mañana  

Corría jadeante entre los matorrales. Era de noche y apenas veía lo que la luna llena le permitía. Sus brazos, sus piernas y su rostro sudoroso chocaban con las escobas del bosque. Un tropezón con una roca provocó que cayese al suelo. Se levantó de inmediato, pero comprobó que la pistola que portaba ya no estaba en su mano. Intentó divisar rápidamente dónde había caído. Pero no la pudo ver y no tenía tiempo para buscarla. La muerte perseguía sus pasos.

Sollozaba en silencio lleno de pánico. Miró hacia atrás mientras corría. No vio nada, pero sí pudo oír los pasos acelerados de su perseguidor. Cuando se giró, una rama de roble golpeó de lleno en su cabeza. En el suelo, con la cara ensangrentada, intentó levantarse de nuevo. Lo consiguió y, tambaleándose, siguió a la carrera. Pero estaba agotado y la sangre en su rostro ya no le permitía distinguir por dónde iba.

Descendía con la respiración entrecortada por culpa del agotamiento y el pánico. Aunque creía que, por lo menos, bajaba a gran velocidad. Hasta que escuchó cómo las pisadas que perseguían a las suyas sonaban cada vez más fuertes. “No mires atrás, no pierdas tiempo”, pensó. Cincuenta metros más adelante escuchó una fuerte pisada detrás de él. Seguido, sintió un desgarrador cuchillazo en su espalda. Gritó de dolor y cayó de frente al suelo. El cuchillo había atravesado su columna vertebral. Ya no podía moverse. Una mano le agarró fuertemente del brazo. Después, sacó el cuchillo de su cuerpo y lo giró.

–¡Por favor, no!– fue la última frase que salió de su boca inundada de sangre.

Vio cómo, lentamente, el cuchillo que tenía frente a él se acercaba a su corazón. Su portador no dijo nada. Observaba detenidamente como quien mira con curiosidad pero sin lástima a un animal indefenso. Apartó la sangre de su cara. Quería que viese con claridad al hombre que iba a acabar con su vida.

Un búho ululó. Fue lo último que pudo escuchar. Su asesino clavó con determinación el cuchillo. Atravesó su corazón. Él respondió con un espasmo. Sólo uno. Todo había terminado para él.

Mientras su cuerpo inerte permanecía tumbado encima de una plantación silvestre de arándanos, su asesino se levantó. Limpió el cuchillo en un riachuelo que había a escasos metros. Después lo secó con unas hojas del suelo y con la chaqueta. Colocó el arma en su cartuchera y arrastró el cuerpo de su víctima hasta una zona rocosa cercana. Como si fuera una bolsa de basura, lo lanzó entre unas piedras. Se cercioró de que estaba lo suficientemente escondido como para que ningún montañero lo viera y se dio la vuelta.

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