EL MONTARAZ. Páginas 31-40

Aquí tenéis las páginas 31-40 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

Páginas 31- 40

      Marquitos dijo que sí con escaso convencimiento. En ese momento Francisco desapareció de su vista.

     El ganadero, que, sudado y sin cazadora, empezaba a sentir el frío de la noche invernal, agarró con energía la vara. Respiró con profundidad recibiendo en sus pulmones el aire gélido del cierzo y tiró de ella. Pero apenas pudo mover la rama. Entonces se colocó delante de ella y cargó con todo el peso de su cuerpo. Movió el tronco a duras penas y continuó.

      Marquitos, agarrado con todas sus fuerzas, comprobó que, con lentitud, su cuerpo ascendía hasta dejar de tocar el suelo con los pies. El arnés estaba funcionando y no tenía riesgo de soltarse.

      —¿Estás bien?— gritó Francisco desde fuera mientras apoyaba su cuerpo en la rama.

      Marquitos respondió afirmativamente. Entonces el padre prosiguió con el esfuerzo. Un tirón, un gemido, un paso. Otro empujón, otro gemido, otro paso. Así hasta cinco. Entonces se detuvo. La reserva de energías se estaba vaciando a marchas forzadas. Le quedaban pocos minutos hasta desfallecer de agotamiento.

      Marquitos tocó las piedras de la apertura con la punta de los dedos.

      —¡Un poco más, padre! ¡Ya casi está! — gritó emocionado.

      Francisco lo escuchó y lanzó un último rugido, acompañado de dos pasos cortos.

      —¡Ya estoy! — dijo Marquitos mientras se agarraba con el brazo a una roca.

      En ese momento Francisco, sin soltar la rama, se acercó a la apertura de la caverna y agarró con fuerza el brazo de su hijo.

      —No te sueltes— ordenó—. Venga, a la de tres. ¡Uno, dos y tres!

      Francisco arrastró con fuerza hasta que todo el cuerpo del chico se encontró fuera de la caverna. Entonces se derrumbó y empezó a toser. Marquitos se deshizo del cinturón que oprimía su pecho y de la rama que atravesaba su cazadora y se lanzó a abrazar a su padre. Éste respondió apoyando su brazo en el cuello de su hijo.

      —Venga, vamos a casa o nos vamos a congelar— dijo Francisco sin dejar de toser por el esfuerzo.

      Se ayudó de su hijo para incorporarse. En ese momento Marquitos volvió a abrazar a su progenitor, esta vez con más fuerza. El muchacho estaba a punto de llorar tras haber vivido unas horas agónicas encerrado en la cueva. Francisco Jurado se percató del sentimiento de su hijo y temió que se derrumbara tras la tensión vivida. Por ello apartó sus brazos y le ordenó que le siguiera y que pisara exactamente donde él caminara. Lo último que quería era que, por culpa de la nieve, tuvieran otro peligroso imprevisto. Había que volver a casa.

      A pesar del cansancio de ambos, iniciaron la caminata a buen ritmo, siempre iluminados por las dos linternas y acompañados de Sol y Zar. Francisco se concentraba en cada paso que daba. Marquitos, por su parte, observaba cómo su padre caminaba más agachado de lo normal, consecuencia del enorme esfuerzo que acababa de hacer. Temió que, por su culpa, se hubiera producido una lesión de espalda. Pero se abstuvo de preguntárselo. Sabía de sobra que era un hombre férreo de la montaña que no reconocería su dolor hasta que estuvieran fuera de peligro. E incluso en ese momento era capaz de esconder su lesión. Así era Francisco Jurado, el hombre que le había vuelto a salvar la vida y la persona a la que más admiraba del planeta.

      Cuando llegaron al camino, Jurado padre ya se sintió seguro y preguntó qué había sucedido. Marquitos le explicó las circunstancias de la caída y se disculpó por no haber llevado una linterna en la mochila.

      —Espero que ya lo hayas aprendido para la siguiente vez— replicó Francisco con contundencia.

      Marquitos agachó la cabeza y pensó en no volver a abrir la boca hasta que llegaran a Cuénabres. Pero no pudo evitar preguntar a su padre si conocía la cueva en la que había caído.  Francisco respondió que jamás la había visto. Y fue una respuesta que a él mismo le sorprendió. Llevaba toda la vida recorriendo la montaña y era, con toda seguridad, la persona que mejor conocía los valles, montes y prados de la parte leonesa de los Picos de Europa. Y, aun así, jamás se había topado con  esa torca. Al reflexionar sobre esa realidad se sorprendió con una sonrisa. Marquitos se dio cuenta.

      —¿De qué te ríes?

      —De que no somos nadie hijo. Ante la montaña, no somos nadie. Aprende esta lección— contestó.

      Marquitos, tras digerir la reflexión de su padre, articuló la suya.

      —Ya. Igual él no tuvo tiempo de aprenderla.

      —¿Quién?

      —Él. El muerto.

      —Ah, ya. Él no tuvo tanta suerte como tú.

     —¿Quién crees que puede ser?

     Francisco volvió la mirada hacia las peñas. Aunque no se veía nada por culpa del cierzo, se mantuvo unos segundos con los ojos puestos en su dirección.

     —No lo sé, hijo. Y tampoco es nuestro problema.

     —¿No tienes curiosidad?

     —No— mintió.

     —Pues yo sí.

     —Olvídalo. Mañana acompañaré a los guardias a que recojan los huesos y ya se encargarán ellos de averiguar quién era. Y nosotros a otra cosa, que la vida sigue.

     —Quiero ir contigo.

     —Ni hablar.

     —Pero…

     —Ni pero ni leches. Te digo que ni hablar y es ni hablar.

     Se hizo el silencio entre los dos hasta que llegaron a Cuénabres. Allí Francisco detuvo a su hijo y le dio indicaciones para que no magnificara lo que le había ocurrido. No era necesario asustar más a su madre, quién, seguro, se mantenía sentada en el escaño de la cocina con los nervios a flor de piel. Tras recibir la promesa de su hijo de que no iba a contarle las penurias sufridas durante su estancia en la cueva, entraron en casa. Carlota se levantó en cuanto escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Abrazó a Marquitos con lágrimas en los ojos y preguntando qué había ocurrido. Éste tuvo que apartar a su madre, pues el apretón le estaba provocando un gran dolor en el hombro. Aún así, estuvo a punto de llorar al ver las lágrimas de Carlota.

      Francisco, el más sereno de los tres, explicó brevemente lo que había ocurrido y dijo que debían ir al centro médico de Riaño a que le miraran el hombro de Marquitos.

      En el trayecto a Riaño Carlota requirió más detalles del accidente, pero padre e hijo dieron largas con explicaciones generales de lo sucedido. Una vez en Riaño, el pueblo más importante de una montaña cada año más despoblada, Francisco dejó a su esposa y su hijo en el centro médico y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Allí contó lo ocurrido y pidió al agente que estaba de guardia que le dejara un recado al sargento Valdivia. Que le esperaba a la mañana siguiente en Cuénabres para llevarle hasta la cueva.

      —Dile que se de prisa, que madrugue. Que mañana tengo mucho trabajo— puntualizó Jurado—. Ah, y que se venga con el grupo de montaña y se traigan material de escalada para sacar el cuerpo. Que está apañado si se cree que yo voy a entrar en la cueva.

      Salió del cuartel y un escalofrío recorrió su cuerpo. Le sucedía siempre que tenía que vérselas con las autoridades. Esta vez, aunque no estuviera acusado de nada, era igual. Seguía culpando a la Guardia Civil por su estancia en la cárcel hacía ya más de dos décadas. Jamás les perdonaría. Por ello pensaba que cuanto menos se relacionara con “los lechuguinos” mejor para él y para su familia.

     Durante el trayecto entre Cuénabres y Riaño había llegado a plantearse incluso la idea de no comunicar a las autoridades el descubrimiento del esqueleto de la cueva. Pero apartó esa idea de su cabeza. Fuera quien fuera el pobre desgraciado que había terminado su vida en su montaña se merecía un entierro digno y que su familia, si es que la tenía, supiera qué había sido de ese hombre. De hecho, él mismo tenía curiosidad por conocer la identidad del muerto. Pero preferiría no descubrir esa incógnita antes que tener que preguntárselo a Valdivia o a cualquier otro agente.

      Condujo hasta el centro médico y, cuando iba a bajarse del vehículo, vio cómo Carlota y Marquitos abandonaban el recinto. Salió del coche y Carlota relató que el médico de guardia les había explicado que el chico tenía una fuerte fisura en el hombro y que, por ello, debería llevar una venda elástica adhesiva durante, por lo menos, dos semanas. Además de tener que llevar el brazo en cabestrillo durante ese tiempo. Pasados los quince días debían volver al centro médico para ver la evolución del hombro.

      El Jeep Cherokee arrancó en dirección a casa. Durante el viaje los tres ocupantes guardaron silencio. Francisco porque consideraba que, por su mujer y su vástago, era mejor obviar la conversación sobre el accidente. Por mucho que hubiera podido llegar a ser trágico de no haber aparecido Zar. Carlota porque todavía mantenía el corazón en un puño. Había estado a punto de perder a su único hijo. Lo sabía. Daba igual que su hombre y su niño no quisieran reconocerlo. Ella lo sabía con tal sólo mirarles a ellos. Y Marquitos tampoco quería aportar nada. El susto ya había desaparecido y el calmante que le había dado el médico estaba haciendo efecto. Además, de lo único que hubiera querido hablar era de la pregunta que se había hecho desde que encontró el esqueleto. ¿Quién era ese hombre que tenía en su zurrón un libreto titulado El cuaderno del Montaraz? Marquitos se prometió que algún día, antes o después, averiguaría la identidad de su compañero de cueva.

       El vehículo se detuvo delante de casa. Marquitos y Carlota entraron raudos en el hogar para evitar el frío seco y penetrante que se había apoderado de la montaña. Francisco, sin embargo, se detuvo en la puerta y miró hacia la portalada. Antes de entrar en casa tenía que hacer algo. Accedió a la cuadra y encendió la luz. Entonces vio que Sol y Zar, tumbados juntos sobre una cama de hierba seca y una manta, miraban a su dueño con los ojos a medio abrir. La luz acababa de despertarlos. Francisco se agachó y acarició con dulzura la cabeza a Zar.

      —Muy buen trabajo, amigo. Lo has hecho muy bien— dijo orgulloso el ganadero—. Le has salvado la vida a mi Marquitos, ¿lo sabes?

      Zar agradeció las caricias con un lametón en la cara. Sol se sumó al momento íntimo de los dos. Francisco acarició a sus dos fieles compañeros de correrías montañeras y los acercó a su cuerpo. Durante unos segundos dejó que los dos cánidos se entretuvieran lamiendo las manos y el rostro de su dueño, orgullosos de mostrar la fidelidad que le procesaban. Después se levantó y los perros volvieron a apoyar sus cabezas en la manta.

      Cuando llegó a casa, Marquitos acababa de acostarse y Carlota le esperaba en la cocina.

      —Quiere hablar contigo.

      Francisco asintió con la cabeza y subió las escaleras. Entró en la habitación de Marquitos y se sentó en la cama en la que reposaba el chico.

       —¿Qué tal estás? ¿Te duele?

      —Un poco.

      —Igual hoy te cuesta dormir con ese artilugio que te han puesto. No te preocupes. Ahora tendrás que estar unos días en casa hasta que te cures del todo. Ya tendrás tiempo de volver a clase.

      —Oye, que… que lo siento— dijo Marquitos en bajo.

      —¿Qué sientes el qué?

      —Lo que ha pasado. Si hubiera tenido más cuidado no habría pasado nada de esto.

      Francisco agarró la pierna de su chico y le miró con firmeza.

      —Esto nos podía haber pasado a cualquiera, ¿de acuerdo? A cualquiera. Hasta a mí— reconoció—. Así que no tienes que sentir nada. Venga, y ahora a dormir.

      Francisco apagó la luz de la habitación y salió. En ese momento Carlota subía las escaleras en dirección a su dormitorio. Entraron juntos y la mujer abrazó a su marido.

      —Dios mío, lo que ha podido pasar esta noche.

      —Ya está. Todo está bien. Venga, acuéstate y trata de olvidarlo.

      Francisco no quería continuar con la conversación. Se quitó la ropa, se puso una camiseta con publicidad de una marca de cerveza y se metió en la cama. Aguardó a que Carlota hiciera lo mismo y pasó su brazo por encima del hombro de su mujer. Carlota lloró en silencio durante unos minutos. Después se durmió agarrada al cuerpo de su amado Francisco. Él no podía dormir. Sabía que le iba a costar mucho conciliar el sueño. Pero no le importaba. Su hijo estaba en la habitación de enfrente. Magullado pero sano y salvo. Eso era lo único importante para él.  Besó la frente de Carlota y centró su mirada en el techo de la habitación.

      Marquitos también seguía despierto, aunque el antibiótico empezaba a provocarle somnolencia. En sus últimos pensamientos antes de que cayera en un sueño profundo se volvió a preguntar quién era el muerto de la caverna. Se durmió con esa incógnita en la cabeza.

      Lo que ni por asomo pudo imaginar el ganadero adolescente de Cuénabres era las trágicas consecuencias que iba a acarrear su descubrimiento del esqueleto de la desconocida cueva bajo Peña Pequeñina.

                                 CAPÍTULO 2

 

Las Camperas. Cuénabres. León

10 de mayo de 2011. 10 de la mañana

      La primavera en la montaña leonesa era, para todo aquel que la había vivido por lo menos una vez y se detuviera a recapacitar sobre lo que tenía ante sus ojos, un ejemplo claro de la vitalidad y colorido de la naturaleza campestre. Tras meses escondidos bajo las nieves los brezales, arándanos, acebos, hayas y robles volvían a nombrarse protagonistas del paisaje creando una fusión de colores verdes, marrones y morados. El agua de nieve descendía por los ríos nacidos en las peñas con fuerza, apartando de su cauce ramas muertas caídas durante el invierno y puliendo las piedras con sus continuos choques de agua brava. Los rebecos, venados y corzos recuperaban las majadas como su paraíso alimenticio y de sosiego. Los badajos de los cencerros del ganado rompían el silencio de los valles anunciando con su sonido grave que iban a ser habitantes asiduos durante los próximos meses. Los aguiluchos laguneros retornaban a su vuelo señorial en busca de topos y ratones que, tras meses escondidos bajo tierra, recuperaban la visión de la luz natural. Los osos estiraban sus músculos rasgando las cortezas de los robles. Y los días dejaban de ser pequeños intermedios entre noches casi interminables.

      La primavera era la época preferida de Arturo Méndez. Por nada del mundo se hubiera imaginado que ese soleado día primaveral le iban a asesinar.

      El septuagenario leonés acababa de aparcar su motocicleta Derby Variant de segunda mano en la pradera lindante con la poza de Las Camperas. Como todos los días desde hacía años, pretendía darse un baño de cinco minutos en el río. Los vecinos que conocían ese hábito tomaban esa acción como la de un loco. Bañarse en agua procedente directamente de los altos todavía nevados era, para ellos, una excentricidad de una persona poco cuerda. Arturo Méndez, por el contrario, consideraba que ese era el secreto de su excelente estado de salud. Su historial médico corroboraba su afirmación. En dos décadas no había sufrido ni tan siquiera un resfriado. Y, a pesar de los achaques de la edad, sus huesos se mantenían más fuertes que los de la mayoría de los jubilados de su quinta.

      La tradición de bañarse en agua casi congelada venía de tiempo atrás. Arturo Méndez, natural de La Puerta, abandonó su pueblo natal hacía veinticinco años, unos meses antes de que la creación del pantano de Riaño provocara el derribo de su aldea y de otros ochos pueblos de la comarca. Entonces él, su esposa Elvira y su hijo Arturo recién nacido se instalaron en San Sebastián. Allí se enamoró del agua de mar y todas las mañanas, hiciera frío o calor, nevara o lloviera, se bañaba en la playa de la Concha.

     Cuando se jubiló compró una casa en Retuerto y, desde entonces, vivía con su mujer. Su vida había sido plácida entre paseos en el monte, comidas a base de platos de caza y baños en Las Camperas. Hasta que, hacía un mes, su hijo Arturo apareció muerto en una rave, una fiesta clandestina organizada a las afueras de Santander. Al parecer, había consumido una mezcla letal de alcohol y estramonio, una planta venenosa utilizada como alucinógeno. Falleció envenenado en mitad del campo mientras el resto de los presentes continuaban bailando y consumiendo droga.

       La policía todavía no había averiguado cómo había llegado el estramonio hasta la fiesta y continuaba con las pesquisas para hallar a las personas que habían proporcionado el alucinógeno. Algunos de los chicos de la rave quisieron recordar durante los interrogatorios haber visto a un desconocido que podía ser el camello que buscaba la policía. Pero las declaraciones eran tan inexactas, y en ocasiones carentes de lógica por culpa de las múltiples sustancias que habían consumido, que las autoridades se encontraban en un callejón sin salida.

      Para Arturo y Elvira la muerte de su vástago fue, además de trágica, incomprensible. Jamás se hubieran imaginado que Arturo hijo había consumido ningún tipo de drogas. Ni durante sus estudios ni en el momento de su muerte, justo un mes después de haber firmado un contrato de un año en una empresa de transportes de Santander. Cada vez que pensaba en ello, que era todos los días, se maldecía por no haber intuido la peligrosa vida que había llevado su único hijo.

      Sacó una toalla de la mochila. La debía tener preparada para el momento en que saliese del agua. De lo contrario, el traicionero viento de la montaña le podía jugar una mala pasada. Después se quitó los pantalones y la camiseta. Se quedó únicamente con un bañador de color azul. Calentó los brazos, el cuello y las piernas, tocó el agua fría con las dos manos y se dispuso a entrar en la poza, que, en su zona más profunda, cubría poco más de un metro.

      Arturo, como cada día, pensaba que se encontraba solo. A lo sumo acompañado de algún animal del monte enfadado porque se estaba apropiando de su estanque y esperaba a que se largara. Pero no era así. Detrás de unas escobas se escondía un hombre acechándole. El Vengador.

      El Vengador había llegado dos horas antes y se había escondido tras un escobal para coger de imprevisto a Arturo Méndez y acabar con su vida. Durante semanas había estudiado los hábitos de su futura víctima y llegó a la conclusión de que el mejor lugar para llevar a cabo el asesinato sin ser descubierto era la poza de Las Camperas.

      El bañista introdujo sus pies en el agua. Con las manos se mojó el torso y la cabeza y después, sin pensárselo, metió todo su cuerpo y se tumbó boca arriba. El Vengador, en ese instante, se puso unos guantes negros y sacó una bolsa de la mochila que había portado hasta allí. La bolsa pesaba más de tres kilos y en su interior tenía un bloque de hielo del tamaño de un ladrillo. Había estado en el congelador una semana y la consistencia del hielo se mantenía estable a pesar de llevar varias horas fuera del frigorífico.

      El Vengador se preparó para llevar a cabo su crimen. Sacó el hielo de la bolsa y se incorporó. Con paso lento y silencioso caminó por detrás de Arturo Méndez, que disfrutaba del agua fría con los ojos cerrados, sentado sobre una roca con la cabeza fuera del agua y el resto del cuerpo dentro del río. Como todas las mañanas, se masajeaba las piernas con esmero como medida preventiva para que las varices no hicieran acto de presencia.

      La semana que viene, las páginas 41-50. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias y hasta el miércoles que viene.

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EL MONTARAZ Páginas 21-30

   He aquí las páginas 21-30 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

      Páginas 21-30

      Francisco Jurado ató una a una a todas las vacas que esperaban en las puertas de las dos cuadras. Lo hizo con un enfado que se palpaba en la manera brusca en que empujaba a cada res a su comedero. Cuando terminó de habilitar la vaqueriza grande con pienso y hierba para la noche se planteó ir a casa a cantar las cuarenta a su hijo. ¿Qué era eso de dejar al ganado en medio del pueblo y despreocuparse, sin más, por lo que le pudiera pasar? ¿Era eso lo que le había enseñado él? ¿A dejar el trabajo encomendado a medias? ¿Así se quería convertir en el gran pastor que se las prometía ser? ¿Para esto habían accedido sus padres a que dejara los estudios al año siguiente si mantenía la convicción de que lo suyo no eran los libros sino las vacas? A cada pregunta que se hacía, la irritación de Francisco por la dejadez de Marquitos aumentaba. Aún así, decidió terminar la labor en la cuadra pequeña antes de ir a reprender a su vástago.

     Buscó entre las medicinas que guardaba en un cajón metálico y encontró una caja con diez ampollas rellenas de oxitetraciclina. Asió dos cápsulas y se acercó a La Jamelga. La indefensa vaca ladeó la cabeza cuando sintió el acercamiento de su dueño. Éste la agarró de un cuerno y vertió el líquido de la pipeta en un ojo. Después repitió el mismo acto en el otro. Seguido, tiró de los cuernos de La Jamelga hacia arriba para que la oxitetraciclina no se derramara por su cara. La vaca mugió con enfado y soltó una coz al aire. Pero a Jurado no le afectó la reacción de su res. Lo único que le importaba era curar su ceguera.

      En otras ocasiones había utilizado ese antibiótico para curar las heridas oculares de sus animales y esperaba que en este caso también diera buen resultado. Lo sabría en cinco días. Si a lo largo de esas jornadas la vista de La Jamelga no mejoraba, la podría dar por perdida. Entonces llevaría a la vaca al matadero y adiós muy buenas. Era la ley de la montaña y la ganadería. Cuando no produces ya no sirves, por mucho aprecio que se le tenga a un animal que ha contribuido a la economía familiar con una docena de terneros sanos y fuertes. Las únicas excepciones para Francisco eran sus perros. Se había prometido que jamás sacrificaría a uno de sus compañeros de monte por muy viejo e inútil que fuera a menos que éste tuviera una enfermedad terminal que le provocara sufrimiento.

      El ganadero terminó la labor en la segunda cuadra y se encaminó a casa. Volvió a pensar en lo que le iba a decir a Marquitos. No quería ser excesivamente duro, pero no podía permitir que se tomara a la ligera su trabajo. “Tiene demasiados pájaros en la cabeza”, se dijo a modo de justificación. Estaba pensando en Sara Méndez, su novia desde hacía medio año. Tanto Francisco como su mujer habían acogido con afecto a la adolescente muchacha. Su dulzura y el cariño con que trataba a Marquitos les hacían felices. Aunque Carlota, en más de una ocasión, le había apuntado que tenía miedo a que rompieran su relación antes o después y su hijo acabara con el corazón destrozado. “No son más que unos críos, lo que tenga que ser será”, respondía Francisco con su pragmatismo habitual cada vez que escuchaba los temores de su esposa.

      Pero lo que no estaba dispuesto a permitir era que ni Sara ni nadie extraviaran la atención de su hijo hacia sus obligaciones. Y así se lo haría saber en cuanto entrara en casa.

      Antes de abrir la puerta escuchó los ladridos de Zar. Procedían de encima del pueblo. Unos segundos después vio aparecer al joven carea leonés, que se acercó a Francisco con premura.

      —¿Qué te pasa, pequeño? ¿Has estado persiguiendo algún rebeco?— preguntó a su perro mientras le acariciaba el lomo—. ¿Qué? ¿No ha habido suerte? No te preocupes, ahora os sacamos algo de comer.

      Sol y Zar se quedaron en la puerta esperando. Pero la actitud de los dos perros era distinta. Mientras Sol se lamía sus partes esperando la cena, Zar continuaba con sus continuos ladridos y con un movimiento circular incesante.

      —¡Marquitos!— gritó al posar el pie en la puerta— ¡Sal y da de comer a los perros, que me parece que hoy han trabajado mucho mejor que…!

      Francisco Jurado detuvo su reproche cuando entró en la cocina y vio que la única persona que se encontraba allí era su mujer.

      —¿Dónde está Marquitos?

      —¿No está contigo?

      —¿Conmigo? No.

      Carlota apreció el rostro contrariado de su marido. Dejó la patata que estaba pelando encima del fregadero y se acercó a Francisco.

      —Todavía no ha llegado a casa. Pensaba que estaba ayudándote con las vacas.

      Jurado no contestó. Salió con velocidad de casa y corrió hacia la portalada. Esperaba que la motocicleta no estuviera en su sitio, lo que significaría que se había ido con ella a Riaño a buscar a su novia. Pero la moto se encontraba aparcada en el mismo lugar donde él la había depositado tres días antes.

      Y Zar no paraba de ladrar. Francisco se le quedó mirando y temió que los ladridos de su cánido fueran una señal de que le había ocurrido alguna desgracia a su hijo. Porque, intuyó Francisco, Marquitos no había bajado de las peñas.

      Entró en casa, alertó de sus sospechas a Carlota y le pidió que, si en dos horas no tenía noticias suyas, llamara a la Guardia Civil.

      —¿Dos horas? ¡Es demasiado tiempo! Si a Marquitos le ha ocurrido algo…

      Francisco no dejó que terminara la frase.

      —No le ha pasado nada, confía en mÍ— dijo intentando mostrar una seguridad inexistente—. Si en dos horas no estamos en casa, llama.

      Entró en la hornera y halló dos linternas potentes, las que solía utilizar cuando quería cegar a alguna presa antes de disparar. Salió con ellas de casa y corrió hacia la portalada. Una vez allí agarró la moto de trial y salió con ella sin arrancar.

      —Venga, perrín, llévame con mi hijo!

      Zar dejó de ladrar un instante. A Francisco le pareció como si ese silencio significara que estaba traduciendo la orden de su amo al idioma cánido, porque un segundo después salió a la carrera pueblo arriba. Francisco arrancó la moto y le siguió. Tras él, como siempre, corría el viejo Sol con la lengua fuera.

      La velocidad de Zar era tal que a Francisco, a pesar de ser un experto piloto, le costaba seguir sus pasos. La causa también era la densa niebla que ya había alcanzado a los prados más cercanos al pueblo. Llegó hasta Las Cortinas de Roblano y tuvo que detener la marcha. Ni con las luces de la moto era capaz de distinguir lo que veía a más de cinco metros. Paró el motor y se dispuso a continuar a la carrera. Escuchaba a lo lejos los ladridos de Zar y confiaba en que su buen oído le indicara por dónde seguir. Encendió una linterna e inició la carrera en busca de su hijo.

                                                                            *          *          *

      “¿Quién es ese hombre?” se preguntó Marquitos. O mejor dicho, ¿quién había ese hombre cuyo esqueleto tenía a unos pasos? La placidez que le aportaba el calor de la fogata le invitó a pensar en ello. Elucubró sobre la identidad del cuerpo que yacía a su lado. Enseguida apartó la idea de que fuera algún paisano del pueblo, pues habría sabido de la desaparición de cualquier vecino de Cuénabres o de las aldeas cercanas, aunque hubiera tenido lugar hacía décadas. Entonces reflexionó sobre la procedencia del cadáver. Podía tratarse de algún lebaniego que, años atrás, había acudido a los puertos leoneses a cuidar de las merinas o a segar los prados a cambio de un jornal. Sí, esa era una opción probable, sostuvo. Marquitos había oído historias sobre varios cántabros procedentes del valle de Liébana que pasaban los veranos ganándose la vida en León. Algunos de ellos preferían dormir en cabañas construidas por ellos mismos. El hombre muerto a su lado pudo haber sido uno de ellos.

      Otra alternativa era que se tratara de un montañero que, recorriendo los montes leoneses, había acabado en esa cueva. Marquitos no barruntó que aquella fuera la opción más factible pues, a pesar de su belleza, eran pocos los excursionistas que optaban por ascender las montañas de su tierra. Normalmente elegían la parte asturiana de los Picos de Europa para sus recorridos.

      Pero, ¿y si estaba en lo cierto y se trataba de un montañero aficionado que se había caído en la sima en la que él se encontraba? Esa imagen le provocó un escalofrío que le obligó a echar tres ramas diminutas más a la hoguera, cada vez más pobre de fuego. Si había sido así, si el que fue un hombre y ahora era una escultura de huesos se había caído accidentalmente y nadie le había logrado encontrar, ¿por qué no le podía llegar a pasar lo mismo a él? La trágica imagen de verse a sí mismo agonizando de frío a la espera de una salvación que nunca llegaría le sumió en un miedo incontrolable. Se levantó con brío y volvió a mirar a la apertura de la cueva. La oteó con detenimiento ayudado por el fuego de uno de los palos de la hoguera. Estaba buscando piedras salientes o huecos en la tierra en los que poder impulsar una subida. Pero era imposible. Quizás con los dos brazos sanos podía tener una oportunidad de ascender a pulso. Pero con uno solo era una misión quimérica, por mucho que se tratara de un muchacho fuerte y atlético.

      Volvió a derrumbarse en el suelo al lado del fuego. Agarró lo que le quedaba de bocadillo y mordió otros dos trozos. No porque tuviera hambre, sino porque pensó que el alimento saciaría su nerviosismo. No fue así.

      El miedo a una muerte por congelación aumentó cuando fue a agarrar más leña y comprobó que no le quedaban más que un palo grande y dos varas pequeñas. Con eso no le daría ni para media hora más de exiguo pero salvador fuego. Y en la cueva no quedaban más materiales para quemar. Ni palos, ni hojas, ni…

      ¿O sí? Marquitos miró al esqueleto. En concreto a su ropa. Unos pantalones y una cazadora. Además, supuso, de alguna ropa interior que también podría utilizar como combustible.

      Se acercó al cadáver con vergüenza. Robar la ropa a un muerto no le parecía precisamente una acción modélica. Pero la necesidad apremiaba y el fuego desaparecería en pocos minutos. Así que, con recelo ético pero también con determinación, decidió despojar al muerto de su ropaje. Para ello lo primero que hizo fue agarrar el zurrón que colgaba de su cuello. Temió que al hacerlo el esqueleto se derrumbara como un castillo de naipes. Pero no fue así. Apartó la alforja con delicadeza y se quedó con ella en la mano. Cuando iba a dejarla en el suelo, la curiosidad por lo que había en su interior llamó su atención. Quizás podía contener algún objeto viable de ser quemado. O la identidad del hombre muerto. Marquitos no podía quedarse con la duda y decidió saciar su curiosidad.

                                                                         *          *          *

      El sudor descendía vertiginosamente por el rostro de Francisco Jurado. A pesar de ello y del progresivo agotamiento que aumentaba a cada paso que daba, no frenó su frenética ascensión detrás de Zar. Estaba convencido de que su fiel perro le estaba guiando hasta el lugar donde se encontraba su hijo. Sin embargo no veía nada apenas dos metros por delante. El cierzo era de una densidad tan alta que perseguía a su carea únicamente por el sonido de sus ladridos y por instinto. A pesar de ello se imaginó dónde se encontraba. Debajo de los riscos del pueblo, Peña Pequeñina, Peña El Bolo, Peña La Llampa y Peña Chica. No las veía, pero Francisco Jurado no necesitaba iluminación para ubicarse en sus montes. Había transcurrido tantas veces por esas laderas y valles que, pensaba, podría volver a casa con los ojos cerrados. Pero Marquitos no. Marquitos era demasiado joven y le quedaban muchas horas placer y sufrimiento en la montaña para adquirir la seguridad  y la experiencia que él poseía. Esa reflexión le hizo sentirse culpable por adelantado de la desgracia que se estaba imaginando.

      “No debería darle tanta responsabilidad. Todavía es un crío” se lamentó sin detenerse a recuperar fuerzas. “Como le haya pasado algo no me lo voy a perdonar”.

      El mal augurio que había entrado en su mente le incitó a aumentar todavía más la velocidad de su paso. El corazón latía a un ritmo desenfrenado, el ácido láctico de su cuerpo se había disparado hasta provocar un dolor seco y continuo en las piernas del ganadero. Sus pulmones reclamaban más oxígeno y Francisco se lo quería dar abriendo la boca hasta el límite para que entrara de golpe todo el aire posible. Todos los poros de su cuerpo expiraban gotas de sudor. Pero ninguna de esas señales de alerta con las que el cuerpo de Francisco le suplicaba que se detuviera recibió una respuesta positiva. Por nada del mundo iba a frenar su paso hasta que hallara a Marquitos. Tan sólo rezaba, si es que su mente y sus convicciones le permitían hacerlo, por hallarlo sano y salvo.

                                                                        *              *              *

      Marquitos se arrimó al agonizante fuego y se dispuso a abrir el zurrón. Pero antes pensó en la posibilidad de que alguna alimaña descansara dentro. No, de ser así, se dijo a sí mismo, estaría muerta por el frío. Abrió la alforja de par en par y, con el mechero, iluminó su interior. Lo primero que observó fue un cuaderno cubierto por un plástico que había impedido que se deshiciera por culpa de la humedad y el paso de los años.

      “Genial, más leña”, pensó.

      Lo sacó con cuidado del zurrón, apartó el plástico y comprobó que estaba amarillento por el paso del tiempo y la climatología, pero que continuaba de una pieza. Se lo acercó a la cara y leyó su tapa:

                                                             “El cuaderno del Montaraz”

 

      Marquitos releyó el escrito y se quedó pensativo con la mirada fija en él. Entonces se presentó un dilema en su mente. Tenía dos opciones. Rasgar una a una las hojas del cuaderno para que éste le aportara un escaso pero valiosísimo tiempo de calor o satisfacer la curiosidad que le había provocado el título de la portada.

                                                            “El cuaderno del Montaraz”

      Tocó la cubierta con suavidad y respeto. Pensó que en ese cuaderno podría estar la respuesta a la pregunta que le continuaba rondando por su cabeza. La contestación a quién era ese esqueleto que le estaba acompañando, quizás, en sus últimas horas de vida. Pero tenía que decidir enseguida qué opción tomar. La fogata estaba dando sus últimos ramalazos de vida y Marquitos tenía que optar por quemar inmediatamente el cuaderno o quitar la ropa del esqueleto para que ella mantuviera el calor en la cueva. Así podría saciar su curiosidad y leer el cuaderno.

      El joven leonés optó por la segunda opción. Volvió a cubrir el librillo con el plástico y lo metió en el zurrón. No quería que se mojara durante el tiempo en que iba a desnudar a su vecino de cueva. Se levantó con ímpetu y se encaminó al esqueleto.

      Un sonido familiar le provocó que se detuviera. Mantuvo la respiración para cerciorarse de que no se había equivocado. Tres segundos después, el ruido que esperaba se repitió. Era el ladrido de su amigo Zar.

      —¡Aquí, estoy aquí!— gritó con todas sus fuerzas con la vista puesta en el agujero por el que había caído.

      Marquitos repitió los chillidos hasta que vio a Zar asomar la cabeza por el hueco de la cueva. El carea cambió el tono de los gruñidos. Eran de alegría. El fiel perro pastor había encontrado a su amo y lo celebraba con ladridos cortos y continuos.

      —Bien, perrito, buen trabajo. ¿Has venido con alguien? — preguntó con ansia.

      La respuesta fue inminente. Por el hueco de la caverna se filtró una luz artificial.

      —¡Estoy aquí!— volvió a gritar con desgarro.

      —¡Marquitos!

      —¡Padre, aquí abajo!

      La luz de la linterna se dirigió directamente hacia el joven y cegó la visión de éste. Sin embargo levantó el brazo con impaciencia al tiempo que repetía “aquí, aquí”.

      —Marquitos, hijo, te veo. Tranquilízate— dijo Francisco tan excitado como su hijo pero simulando un falso aplomo— ¿Estás herido?

      —Este hombro— se señaló—, me duele bastante. No puedo hacer fuerza con él.

      —¿Lo tienes roto? — preguntó preocupado.

      —No. Creo que no. Pero me duele.

      —De acuerdo. No te preocupes. Ahora mismo te saco de ahí— indicó con total convencimiento.

      —Espera, padre. Aquí hay un… un esqueleto.

      —¿De qué? — interrogó Francisco con escasa curiosidad.

      ¿Qué le importaba si había encontrado una osamenta de ciervo, oso o jabalí? Tan sólo deseaba poner en marcha su cerebro para hallar un modo de sacar a su hijo de la cueva.

      —De qué, no. De quién–– respondió Marquitos con énfasis mientras señalaba con su mano hacia la izquierda de la caverna.

      La linterna de Francisco se dirigió hacia donde señalaba la mano y se detuvo en el esqueleto humano apoyado contra la pared. A punto estuvo de resbalársele la linterna al ver los restos. Sin embargo, sabía que debía mostrar calma.

      —Tranquilízate. Ése ya no te va a hacer nada. Lo que importa es sacarte de ahí.

      Francisco encendió la segunda linterna y ordenó a su hijo que se preparara para cogerla. Éste obedeció y sintió mayor tranquilidad cuando tuvo en sus manos la luz artificial. Sobre todo porque la hoguera se acababa de convertir en ceniza.

      —Voy a ver cómo te saco.

      —¡Espera! ¡No te vayas!— suplicó el hijo temeroso de volver a quedarse a solas.

      Francisco le prometió que no se iría sin antes sacarle de la cueva. Pero tenía que buscar algo que le ayudara a conseguir ese objetivo. Se alejó unos pasos e iluminó su alrededor con la linterna. Aunque la niebla era tan densa que no veía más que oscuridad, Francisco supuso dónde estaba. Debajo del sendero que bordea Peña Pequeñina. Si era así, sabía que a escasos metros se hallaba el bosque de hayas del que podría agenciarse material para el rescate de su hijo. Volvió a la boca de la cueva y advirtió a Marquitos que tenía que ausentarse unos minutos. Al hacerlo comprobó que éste temblaba de frío sin parar. Francisco se quitó la cazadora y se la lanzó a su hijo.

      —No me la puedo poner. Por el hombro, no puedo moverlo— advirtió el chico.

      —Da igual. Échatela encima, algo te hará. Vuelvo ahora.

      Marquitos se puso el abrigo sobre los hombros y utilizó las mangas para atárselo. Entonces sintió un ligero alivio. Pero suplicó para sus adentros que su padre le sacara cuanto antes. De lo contrario no podría mover ni un músculo por culpa del frío.

      Trató de apartar de su mente la temperatura de su cuerpo y el continuo temblor de manos y observó el zurrón que había depositado minutos antes. Se le ocurrió que podía entretenerse leyendo el cuaderno que había encontrado en su interior y que, estaba convencido, le explicaría quién era el muerto. Pero no tuvo valor para hacerlo. No estando su padre delante. Supuso que le acusaría de insensible por mancillar las pertenencias de un muerto. Optó entonces por guardárselo bajo la ropa. Ya tendría tiempo de leerlo cuando se encontrara en casa, al calor del fuego de la chimenea.

      Marquitos se acercó al zurrón, se agachó y se dispuso a hacerse con el botín. Antes de lograrlo, la linterna de su padre iluminó su cuerpo.

      —Ya estoy aquí. Prepárate— dijo Francisco sin percatarse de las intenciones de su vástago.

      Éste, asustado porque su padre había estado a punto de descubrir su propósito, se incorporó y se alejó un par de pasos de la alforja.

      Francisco acababa de llegar con una rama de cuatro metros de larga y de un grosor de treinta centímetros que había arrancado de un haya cercano. Agarró la cepa e introdujo una punta por la boca de la caverna. Marquitos observaba la operación sin saber muy bien las intenciones de su padre. Cuando ésta tocó suelo el rostro de Francisco volvió a surgir por el hueco.

      —Vamos a intentarlo con esto.

      —No puedo subir por ahí. Con un solo brazo, no— reconoció el chico, con vergüenza al pensar que su padre sí sería capaz de lograr la gesta.

      —Lo sé. No te preocupes. Toma mi cinto— ordenó el padre al tiempo que le lanzaba su cinturón—. Esto es lo que vas a hacer. Escucha bien.

      Francisco le ordenó a su hijo que rasgara dos trozos de su cazadora por el lateral de su brazo derecho, uno por la parte delantera y otro por la espalda. Después tenía que introducir la rama por esos dos huecos para, finalmente, atarse con fuerza el cinturón a la altura de los rasgones. Así, esperaba que el arnés improvisado que había ideado le garantizara una sujeción firme al palo. Marcos cumplió paso por paso las disposiciones de Francisco. Aunque no las tenía todas consigo.

      —¿Y ahora qué?

      “Ahora, a tirar como un mulo”, pensó Jurado padre.

      —Ahora te tienes que agarrar con fuerza al palo. No te sueltes por nada del mundo.

      —No vas a poder conmigo. Es mucho peso.

      —Más pesan algunas jatas y puedo con ellas— replicó el padre con firmeza— ¿Estás preparado?

 

     La semana que viene, las páginas 31-40. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

El Montaraz en Twitter

Hola a todos.

Desde hoy el proyecto “¿Y si gusta…?” de la novela El Montaraz tiene perfil en twitter.

Para quien quiera seguirlo, es:

https://twitter.com/Y_si_gusta

En él incluiré cada semana diez páginas de la novela. Gracias de antemano a todas y todos los que estáis colaborando con la proyección de la novela en las redes para que, antes o después, ésta vez la luz en papel.

Un abrazo

EL MONTARAZ. Páginas 11-20

He aquí las páginas 11-20 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

Páginas 11-20

Francisco Jurado descendía con su rebaño por la Cuesta de la Gistra a buen ritmo acompañado de los ladridos de Sol, que impulsaba a las reses a que trotaran sin detenerse. Había tenido suerte. Las vacas que debía recuperar de la montaña se mantenían donde él las había divisado con sus prismáticos y tardó pocos minutos en dirigirlas hacia el pueblo.

Cuando caminaba por la vereda cercana a la cabaña de Frañisquera el experto vaquero observó en la nieve unas pisadas que atravesaban el camino. Se detuvo y se agachó para ratificar la primera impresión.

“Sí, son lobos. Tres lobos. Dos adultos y una cría”, se aseguró al comparar el tamaño de las huellas.

Seguido, miró con preocupación a Sol. No quería que se lanzara en busca de los chacales para enfrentarse con ellos. Algo que, tanto Sol como Zar solían hacer cuando intuían la presencia de sus primos asilvestrados. Él les había amaestrado para que se mantuvieran junto a sus dueños, apareciera el animal que apareciera. Pero si se despistaba, los dos careas se lanzaban a la carrera. 

 En la mayoría de las ocasiones en las que los perros ganaderos se enfrentaban a los lobos estos últimos huían. Los chacales no son amigos de duelos cara a cara sin tener la ventaja del factor sorpresa. Pero tampoco era extraño que algún can volviera a casa con marcas de las fauces de los lobos. Teniendo en cuenta el riesgo de contagiarse de las enfermedades infecciosas que solían portar esos animales, Francisco prefería evitar que sus fieles compañeros cruzaran sus colmillos con los de los salvajes. Por ello ordenó a Sol que detuviera su acoso al ganado y se colocara en paralelo a él. El can obedeció como obedece un veterano animal cuyo único fin en su vida es hacer feliz a su amo. Ladró y caminó a la par de Francisco con la lengua fuera como muestra de cansancio.

Te estás haciendo viejo, amigo dijo Jurado a su perro al tiempo que le acariciaba la papada. Los dos nos estamos haciendo viejos. 

El ganadero notó que empezaba a surgir en su interior  un sentimiento que todos los años hacía su aparición con el inicio de las primeras nevadas y que no se desvanecía totalmente hasta el brotar de las primeras hojas primaverales. La melancolía. Francisco Jurado, que ya de por sí no se valoraba como el hombre más feliz y afable del mundo, se sentía especialmente melancólico y reflexivo a medida que las horas de luz diurna y la temperatura descendían. A menudo pensaba que esa morriña se debía a que, cada invierno que llegaba, sentía que había pasado otra primavera, verano y otoño sin llegar a cumplir unas expectativas personales que ni tan siquiera él era capaz de concretar. Si alguien le hubiera preguntado alguna vez qué era lo que le impulsaba a esa tristeza no habría sabido qué explicar. Tenía a Carlota, una mujer a la que adoraba y a la que había podido reconquistar como amante esposa tras años de ausencia de pasión. A Marquitos, un hijo del que sentía orgullo por su bondad, su valor  y el amor que procesaba a la montaña que le había visto nacer. Además, debía estar contento. Hacía tan sólo medio año estuvo a punto de perder a su hijo único en la conocida como “tragedia de Cebolleda” y pudo salir milagrosamente a salvo. Asimismo, sus vacas se mantenían como las más cotizadas de la montaña y podía disfrutar de una situación económica estable. Milagrosamente estable para el momento de crisis que vivía el país.

Así que a Francisco Jurado la vida le sonreía. O, al menos, no le miraba con furia. Entonces, ¿por qué no aceptaba su situación con una visión positiva? Al planteárselo siempre llegaba a la misma conclusión. No tenía ni idea. Y dudaba que algún día pudiera encontrar una respuesta.

 Las pisadas de los lobos procedían del hayedo al sur del valle y se dirigían a las peñas. Donde, supuso, ya no se encontraría su hijo con el ganado. Pensó que Marquitos se hallaría cerca del pueblo, si es que no había llegado ya a los prados de Relasllamas, donde le había ordenado que dejara a las limusinas para reunirlas a todas. Además se imaginó que su vástago se habría dado prisa en bajarlas, pues sabía de su temor al cierzo. Sobre los lobos pensó que, de haberlos visto el invierno pasado, no habría dudado ni un instante en llegar a casa, coger el rifle y subir a matarlos. Disparar a un animal que caminaba por la nieve era, para Jurado, un juego de niños. Podía seguir las pisadas con suma facilidad y tenía menos riesgo de ser descubierto por parte de las fieras. En invierno, por culpa del frío, el olfato de los animales es menos sensible y, si hubiera querido, Francisco podría dirigirse a ellos aunque tuviera el viento de espaldas.

Pero en esta ocasión no iba a matar a ningún lobo. Ni a lobos ni a jabalíes ni a ciervos ni a rebecos. Menos aún a un oso, el único animal de la montaña al que no había apuntado jamás porque “a los osos no se les mata”, tal y como le había enseñado su padre, Vicentín el Hurón.

Su prolífica vida como cazador furtivo había terminado la noche de la “tragedia de Cebolleda” y no tenía pensado volver a portar un arma de fuego.  Ya no lo necesitaba y, además, se sentía culpable por las trágicas consecuencias de aquella fatídica noche. Así que los lobos podían caminar tranquilos por la montaña en busca de animales indefensos a los que hincar el diente.

Francisco Jurado y su ganado atravesaron el prado de El Tumbo, La Roble y Los Carbozales. Cuando llegaron al cruce donde se había separado de su hijo, miró a las peñas. Pero la noche, que ya había hecho presencia, y el cierzo le imposibilitaron ver si quedaba algún animal en ellas. No se preocupó. Estaba convencido de que su hijo y las seis vacas ya se encontraban descansando en los prados de la aldea.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Marquitos Jurado se despertó con los ladridos de su perro. Al abrir los ojos no vio nada. La oscuridad le envolvía y no sabía dónde se encontraba. Sólo reconocía el sonido de Zar por encima de él. Se tocó la cabeza y se asustó al percibir un pequeño reguero de sangre que le caía por la oreja derecha hasta el cuello. A tientas, palpando unas piedras, se incorporó y sintió un enorme dolor en el hombro izquierdo. En ese momento supo qué le había ocurrido. Se había tropezado cuando caminaba en dirección al ganado y había caído en, en,….

¿Dónde estoy? preguntó en voz alta, como si esperara que hubiera alguien a su lado que le respondiera.

La ausencia de luz le impedía adivinar en qué espacio había caído. Supuso que se trataba de alguna cueva escondida entre la maleza cubierta de nieve. Con esfuerzo, y a pesar del dolor en el hombro, se quitó la mochila y buscó una linterna para salir de dudas. Tras mirar en todos los bolsillos soltó un exabrupto al evidenciar que se le había olvidado meter la linterna en el bolso. Lanzó un grito de rabia contestado por un ladrido de Zar. Era un grito con el que se estaba culpando a sí mismo del olvido de introducir la luz artificial. También pensó que cuando su padre se enterara del descuido le caería una buena bronca. “Cuando vayas al monte nunca olvides una navaja, un mechero y una linterna”, le había repetido en infinidad de ocasiones cuando era un zagal. Y cuando más útil le iba a resultar esa luz era cuando se la había dejado en casa.

Volvió a rebuscar en la mochila, esta vez con pánico. Temió que tampoco hubiera ningún encendedor. Si era así, la situación se le iba a poner realmente complicada. A oscuras, mojado, con sangre en la cabeza y con un hombro que cada segundo que pasaba más le dolía. Tuvo suerte. En un espacio interior palpó dos mecheros. Sacó los dos y se metió uno en el bolsillo del pantalón. Activó el mecanismo de encendido del segundo y una pequeña luz alivió su temor. Al menos ya veía su mano y parte de su brazo. Pasó el encendedor en torno a su cuerpo para comprobar si la caída le había provocado alguna herida de gravedad. A primera vista tan sólo tenía algún rasguño en la cazadora a la altura del dolorido hombro izquierdo.

Con la relativa tranquilidad de no sufrir ninguna lesión grave se dispuso a otear el lugar en el que se encontraba encerrado. Lo primero que le preocupó era saber por dónde había caído. Pero la diminuta luz del encendedor no le permitía vislumbrar bien el espacio por el que se había desplomado. Necesitaba más iluminación. Volvió a recurrir a la mochila y localizó tres páginas de periódico con las que su madre había cubierto un bocadillo de chorizo. Cogió una de ellas y se dispuso a encenderla. Pero se detuvo. ¿Cuánto tiempo de luz le aportaría esa hoja? Muy poco. Necesitaba algo más duradero para que, por lo menos, tuviera tiempo para hacerse una composición de lugar. Con el encendedor como único faro, buscó en el suelo algún palo que le sirviera como fijación de una antorcha. Encontró una vara de haya y la agarró con la mano izquierda. Ese gesto le supuso un dolor tan fuerte que no pudo reprimir un grito largo y rabiosos. Después respiró hondo e intentó calmarse.

Repasó mentalmente qué le podía ser útil para crear la antorcha y, tras varios segundos, llegó a la conclusión de que tendría que recurrir a su ropa. Se desabrochó la cazadora e intentó quitársela. Pero no pudo. El hombro izquierdo estaba más dañado de lo que había creído al principio, pues al tratar de moverlo para apartar la cazadora de su cuerpo sintió un pinchazo que le obligó a morderse el labio de dolor. Tenía que buscar otro modo. Se levantó el jersey y lo agarró con los dientes. Entonces iluminó por un instante la camiseta interior. Guardó el encendedor y sacó la navaja del bolsillo del pantalón. A oscuras, agarró la camiseta y la rasgó por el lateral derecho. Después continuó como pudo hasta lograr hacerse con un trozo de la camiseta. La asió y se sentó.

El suelo estaba húmedo, pero su cuerpo debía estar bien asentado para elaborar la antorcha a ciegas y con una sola mano. Colocó el palo entre las piernas y empezó a pelarlo. No quería poner la tela encima de la corteza mojada. Con la vara ya pelada, hizo un corte vertical de cinco centímetros en medio de la misma e insertó el trozo de camiseta. Después el papel de periódico. Pero temió que se cayeran enseguida. Tenía que amarrarlos con seguridad. Para ello se quitó el cordón de una bota, partió un extremo con la navaja e hizo un nudo con el trozo de cordón. El otro se lo guardó por si lo tuviera que necesitar más tarde.

El proceso de creación de la candela le había costado más de un cuarto de hora y, al acabarlo, sintió los primeros síntomas evidentes de frío. Las manos le tiritaban compulsivamente. Se las frotó con fuerza y se apresuró a encender la antorcha.

Objetivo cumplido. Una luz más homogénea y potente iluminó el espacio y le aportó un poco de calor. En efecto, estaba en una cueva. El agujero por el que había caído se encontraba justo encima de él, a dos metros y medio de altura, cubierto por unos matorrales que lo hacían prácticamente invisible. Ni tan siquiera era capaz de ver a Zar, que continuaba ladrando justo encima de él. Sabía que le iba a resultar imposible alcanzar el hueco con el brazo izquierdo inútil. Entonces se dispuso a observar el resto de la caverna. Dirigió la antorcha al frente y sólo divisó piedras y tierra a dos metros de distancia. Lo mismo a la derecha, a una profundidad de otros dos metros. Después se giró para comprobar detrás de él. Más piedra, en esta ocasión pegada a su cuerpo. Sólo le quedaba un lateral de la cueva y la luz de la antorcha parecía querer llegar a su ocaso. En ese momento pensó en su perro y empezó a gritarlo con violencia.

¡Titi, perrín, a casa! ¡Fuera, a casa Zar!

El carea ladró como respuesta. Eso no era lo que quería Marquitos. Deseaba que Zar volviera al hogar y alertara a su padre de la comprometida situación en la que se encontraba. Pero el joven cánido, nervioso y rodeando continuamente la boca de la cueva, no atendía a las órdenes de su amo. Marquitos cambió la antorcha de mano y cogió una piedra. La lanzó al hueco y gritó a Zar. Después cogió otra. Y así hasta que dejó de escuchar los ladridos de su cánido.

“Espero que lo haya entendido”, se dijo en un intento de darse esperanzas.

Le quedaba tan sólo una pared de la cueva por divisar y la antorcha agonizaba. Caminó tres pasos y comprobó que ese frente era algo más profundo. Por lo menos cuatro metros. Anduvo hasta llegar al fondo e iluminó las piedras.  

Se quedó paralizado y soltó un grito de terror. A sus pies halló un esqueleto. Un esqueleto humano apoyado contra las rocas. Desanduvo horrorizado dos pasos y la antorcha se apagó.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado caminaba en la retaguardia de la manada de vacas. Al llegar al llano de El Pandiello observó la, para cualquiera, bucólica imagen de media docena de casas de Cuénabres expulsando humo por sus chimeneas. Para él no. Se detuvo un instante y la pena volvió a apoderarse de su mente. La razón fue un recuerdo de su infancia. El de bajar por ese camino acompañado de su padre, Vicentín el Hurón, o de Daniel Molero, su amigo de la niñez, y detenerse a contar la cantidad de chimeneas humeantes del pueblo. Rememoró cómo en una ocasión llegó a contar veinticinco casas con los fogones de leña a pleno rendimiento para aplacar el frío invierno leonés. Veinticinco. Y ese día, un día cualquiera del otoño de 2010, sólo seis chimeneas se mantenían activas.

“Cuénabres se me muere lentamente”, se dijo entristecido. “No sé cuándo, pero un día dejará de haber fuego en las estufas y vida en las casas”. Miró al cielo oscuro y, en un amago de plegaria de un hombre escasamente religioso, rogó no llegar a ser en un futuro el último residente de la aldea. Se imaginó angustiado como el único morador de Cuénabres, un pueblo centenario ejemplo de la vida rural española, y se dijo a sí mismo que prefería que le comieran los gusanos antes que vivir el declive definitivo de su pequeña aldea. “Algo habrá que hacer para que no pase”, pensó a modo de ánimo.

Llegó a la aldea y pasó por delante de su casa. Comprobó que había luz en la cocina y supuso que Carlota, su bella esposa morena, delgada y de mirada dulce, estaría preparando la cena mientras Marquitos se calentaba con el fuego de la estufa de leña. A él también le vendría bien quitarse las botas, poner los pies y las manos delante de las brasas y esperar a que su mujer dijera que la cena estaba preparada. Pero antes tenía que trasladar las vacas hasta los prados de Relasllamas, donde toda la manada haría noche para ser introducida en las cuadras al día siguiente. Aceleró el paso, lo que provocó que Sol hiciera lo mismo e incitara a que el ganado comenzara un suave trote.  Hasta que llegaron a la altura del puente sobre el río Frañisquera, que divide a Cuénabres en dos, y las reses se detuvieron. En ese momento Francisco se percató de que las seis vacas que, suponía, había bajado su hijo, se hallaban en la plaza entorpeciendo el paso de su manada.

“¿Qué coño hacen éstas aquí?”, se preguntó. Miró a un lado y a otro y no encontró a Marquitos. Tampoco divisó a ningún paisano al que preguntarle si sabía dónde se encontraba su hijo. Los pocos habitantes que quedaban en el pueblo se protegían en sus casas de la noche y el frío. En ese momento observó un elemento que le provocó curiosidad. La Rubia tenía una cuerda de empacadora atada a la cola. Se acercó a ella y vio cómo el otro extremo estaba atado al cuerno de La Jamelga. Francisco puso cara de extrañeza y volvió a buscar a su hijo sin éxito. Quería preguntarle qué hacían las reses en el pueblo y no en los prados de Relasllamas y porqué dos de ellas estaban atadas entre sí. Apartó a una novilla que se le había acercado con curiosidad y se acercó a la cabeza de La Jamelga. Los pasos del humano incitaron a la res a que mugiera con fuerza. Varias añojas se unieron formando un coro bovino habitual en la montaña.

El experto ganadero se dio cuenta, nada más acercar su cabeza a la de la res, de que estaba ciega. Entonces dedujo qué había ocurrido. Marquitos había bajado a las vacas al medio del pueblo y se había dirigido a la cuadra a buscar algún antibiótico para La Jamelga. Esa idea le provocó satisfacción. Su hijo había tomado la iniciativa sin esperar a que él le ordenara lo que tenía que hacer. Con el agrado de pensar que cada día que pasaba Marquitos maduraba a mayor velocidad, cambió de planes. En vez de llevar a las vacas a Relasllamas las dirigiría a los corrales para que descansaran bajo techo. Así aprovecharía para curar al animal enfermo.

Ordenó a Sol que instigara a la manada hacia las dos cuadras del otro lado del pueblo. Éste obedeció y el grupo caminó con lentitud. Francisco, por su parte, se adelantó a la carrera para abrir las puertas de los establos antes de que las vacas llegaran. Pero cuando llegó al cobertizo grande, donde tenía la mayor parte de las medicinas, se extrañó al no ver luz en su interior. Abrió la portillera y Marquitos no estaba dentro esperando a su padre, tal y como él había supuesto.

 

 

                                               *         *         *

 

 

El ganadero adolescente respiraba de un modo acelerado. La antorcha se había apagado. Volvía a encontrarse a oscuras y la última imagen que había visto era la de un esqueleto humano.

Suplicó socorro con unos gritos imposibles de escuchar. Repitió los lamentos en varias ocasiones. Hasta que se convenció de la inutilidad de sus chillidos. Volvió a encender el mechero con torpeza y, de nuevo, la luz que desprendía era insuficiente. Tenía que elaborar otra antorcha lo antes posible. Pero el frío, acompañado en esta ocasión por el pánico de hallarse a pocos metros de una persona muerta, le provocaba un enorme temblor en las extremidades. Aún así, volvió a desabrocharse la cazadora como pudo y rasgó otro trozo de camiseta con la navaja. Ayudado de otro palo, de la segunda hoja de periódico y del trozo de cordón que le quedaba, creó una nueva tea. Entonces acercó la mano temblorosa que portaba la antorcha al lugar donde había avistado el esqueleto. Al hacerlo se le pasó por la cabeza que la imagen divisada minutos antes podía haberse tratado únicamente de una trampa de la imaginación. Que lo que él había considerado que era un cadáver no eran más que unas piedras, tierra o raíces que, por culpa de sus originales formas y del juego de luces y sombras de la cueva, le habían inducido al error.

 No fue así. Al acercar el fuego a la pared sus ojos ratificaron la primera visión. Se trataba de un esqueleto humano. Se encontraba apoyado contra la pared. La cabeza únicamente estaba compuesta por los huesos, sin ningún tejido que la cubriera. Al igual que las manos, vacías de piel. El resto del cuerpo estaba cubierto de ropa. Unas botas de monte habían protegido sus pies hasta su muerte. Por encima portaba unos pantalones de pana, una camisa y una cazadora de cuero negro. Además, de su cuello colgaba un zurrón de piel.

Marquitos, más apaciguado al suponer que la persona muerta que tenía frente a él no se iba a levantar, supuso que se trataba de un hombre que había muerto hacía ya muchos años. Lo intuyó tanto porque el esqueleto se encontraba totalmente limpio de piel, seguramente víctima de las alimañas a lo largo de los años y de su propia descomposición, como por el tipo de ropaje que vestía. Le recordó a varias fotos antiguas de sus abuelos, Marcos y Vicentín, con una vestimenta similar posando en un mercado de ganado al lado de una vaca o delante de casa con el pie encima de un jabalí muerto.

La desaparición del miedo a que el esqueleto fuera peligroso se convirtió en terror al calibrar la realidad en la que se encontraba. Dentro de una torca en mitad del monte, solo, en una noche de cierzo y helada, sin que nadie supiera su ubicación, dolorido de un hombro y, lo más importante, con un frío en su cuerpo que empezaba a causarle problemas de movilidad. Tragó saliva aterrorizado porque estaba seguro de que no iba a ser capaz de aguantar una noche bajo cero a la intemperie. Si no salía antes de la caverna o lograba que la temperatura de su cuerpo ascendiera, acabaría tan muerto como el esqueleto que tenía a sus pies.

Pensó en su padre. ¿Qué haría Francisco Jurado en ese preciso momento? ¿Intentaría alcanzar la grieta por la que había caído aunque para ello no pudiera contar más que con un brazo en buen estado? No. Ni su admirado progenitor podría ser capaz de tal proeza. Entonces la opción que Jurado padre tomaría sería otra. Intentar sobrevivir hasta que le encontraran. Y eso es a lo que iba a aspirar Marquitos.

Recorrió toda la cueva en busca de cualquier objeto factible de ser quemado. Localizó una docena de ramas muertas, así como varias hojas de haya. Aunque estaban húmedas podrían colaborar en calentar el perímetro. Además también contaba con su mochila. Por fuera estaba mojada, pero su interior se mantenía seco y confió en que le sirviera como base para crear el fuego. Vació la mochila y aprovechó para dar dos mordiscos al bocadillo de chorizo de jabalí preparado por su madre. El resto lo dejó para más tarde. “La noche va a ser larga”, se dijo. Guardó el bocadillo en el interior de la cazadora e inició la elaboración de la fogata. Para que resultara efectiva agarró, una a una, las tres ramas más gruesas. Las colocó entre las piernas para que estuvieran bien sujetas y, de arriba abajo, las cortó por la mitad con el cuchillo. Así podría empezar a prenderlas por la zona más seca de las ramas. Seguido, buscó entre los palos más pequeños aquellos que tuvieran menos humedad, eligió los dos más desaguados y los quebró en varios pedazos diminutos. Después colocó su mochila en el suelo, con cuidado de que no estuviera justo debajo de la apertura por la que había caído para que no se mojara si empezaba a llover. Rasgó un lateral con el cuchillo para que el hueco fuera mayor y el fuego no se quedara sin oxígeno dentro e introdujo los palos más finos y secos. Luego partió la hoja de periódico, se metió una mitad en la mochila e hizo una bola con la otra mitad.

Todos los movimientos los había hecho con la luz de la antorcha, clavada en el suelo por el palo. Pero la iluminación iba a desparecer en breve y no quería volver a encontrarse en la oscuridad absoluta. Así que, con el miedo a que el experimento fuera fallido pero sin tiempo para revisarlo, activó el mechero, encendió una esquina de la media hoja de periódico y la colocó entre las ramas diminutas y las hojas más secas. Miró al proyecto de fogata sin pestañear. Al principio le dio la sensación de que el periódico se iba a convertir en ceniza sin encender ningún palo. Por ello sopló con delicadeza rogando a Dios que esa pequeña racha de viento activara la llama.

Una nube de humo entró en sus ojos y apartó la mirada. Pero enseguida volvió a centrarse en el interior del bolso y una sonrisa de alivio surgió en su cara. Las ramas colocadas estratégicamente empezaban a contagiarse del calor y a convertirse en fuego.

La semana que viene, las páginas 21-30. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

                                 

EL MONTARAZ. Páginas 1-10

Comienza el proyecto “¿Y si gusta…”? con el que yo, Miguel Ángel Ambrosio, trato de lograr el apoyo de lectores para que la novela El Montaraz llegue a publicarse. Toda la información de este proyecto de colaboración de los lectores para que salga adelante, en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Hoy comienza, como debe ser, con las 10 primeras páginas. 

                       CAPÍTULO 1

 

Las Cortinas de Roblano. Cuénabres. León

31 de octubre de 2010. 4 de la tarde


          Marquitos Jurado recorría a paso firme el camino que bordeaba los prados de Las Cortinas de Roblano, cubiertos por una fina capa de nieve. Su perro Zar le acompañaba trotando unos pasos por detrás. El muchacho de dieciséis años acababa de separarse del ganadero Francisco Jurado, su padre, y tenía un objetivo en mente. Ascender hasta las peñas de Cuénabres, juntar seis vacas rezagadas bajo las rocas y regresarlas al pueblo antes de que una gran nevada imposibilitara el descenso del ganado. Francisco Jurado, por su parte, se había adjudicado una labor a priori más complicada. Llegar a La Cuesta de la Gistra, agrupar otras quince reses desperdigadas en el valle y bajarlas a Cuénabres con la ayuda de Sol, su anciano y fiel perro.

A mediodía Francisco Jurado había augurado que todo el ganado iba a estar concentrado en la Cuesta de la Gistra, erguida pradera de entrada al Puerto de Cebolleda, puerta de los Picos de Europa por la vertiente leonesa. Pero los prismáticos le permitieron ver que seis cabezas de ganado se habían separado del resto y se hallaban debajo de Peña Pequeñina. Por ello el veterano pastor decidió que su hijo fuera a por las reses más cercanas al pueblo al tiempo que él se encargaba del rebaño principal.

Mientras Marquitos iniciaba el empinado ascenso, rumiaba que había sido una idea arriesgada mantener a parte del ganado en el monte hasta que cayeran las primeras nieves. Si éstas hubieran sido más copiosas habrían corrido el riesgo de no poder subir a por ellas en varios días. Y de haber sido así, de haber sufrido una nevada continua que depositara un metro de nieve en el valle de Cuénabres, podrían dar por muertas a varias reses. Por mucho que fueran de raza limusina, la más fuerte y resistente de la montaña leonesa.

Pero su padre había tomado la decisión y Marquitos no tuvo valor de discutirla. El argumento de Francisco era incontestable. Si no quería que su vacada fuera débil tenía que enseñarla a sobrevivir en las condiciones más duras de frío y nieve de la montaña leonesa. Por ello, todos los años mantenía hasta la primera precipitación de copos blancos a una docena de sus bovinas más fuertes junto con varias novillas que prometían un gran futuro como paridoras y madres. Sabía que las más curtidas aguantarían sin problemas una noche de helada y torvas. Y pretendía testar si las novatas eran lo suficientemente corpulentas y resistentes como para sumarse a su manada. Si no era así, si alguna de las añojas sufría en exceso la noche invernal leonesa, la vendería para carne, sin dudarlo, en la feria de Noviembre. Si, por el contrario, volvían a casa sin ningún indicio de neumonía o debilidad, pasarían a formar parte de su reputado rebaño. Esa era la filosofía que había llevado a Francisco Jurado, uno de los últimos ganaderos de los Picos de Europa leoneses, a poseer la manada bovina más envidiada de la montaña. Sólo quería las mejores y más fuertes vacas. Las mejores madres, y con la carne más apetitosa que pudiera criar. El resto, las reses más vulgares,  era para los demás.

Marquitos ascendía el empinado trayecto de El Calero con esfuerzo. Podía haber ascendido por La Pica del Cueto para luego continuar por la vereda que transcurre por Llanoverde, Lllanoescobalosos y Llanoscuetos, un trayecto menos pronunciado pero de mayor duración. Optó por la velocidad, aunque fuera acompañada de mayor sufrimiento.

 La fina capa de nieve, unida a la fuerte inclinación, le dificultaba el ascenso. De su boca se desprendía un vaho continuado, muestra de que, a pesar de ser todavía media tarde, la temperatura superaba por muy poco el grado cero. Al menos se alegraba de que las nubes hubieran desaparecido del cielo, lo que auguraba que no volvería a nevar, por lo menos, hasta el día siguiente. Acompañaba cada paso con un clavado de su vara de haya en el suelo que le aportaba estabilidad para el siguiente impulso. Zar, por el contrario, subía y bajaba sin dificultad, como queriendo restregar a su dueño la superioridad física canina sobre la humana. Tras media hora de rápida ascensión en la que atravesó El Juaco, Marquitos se detuvo para coger aire. Necesitaba un pequeño descanso si no quería que el flato incomodara su tarea. Su padre le había enseñado que, en condiciones adversas, debía coger aliento cada poco tiempo y recuperar fuerzas. Nunca cebarse en un sobreesfuerzo que pagaría más tarde.

¿Sabes lo de la pájara de los ciclistas cuando suben un puerto? preguntó en una ocasión a su hijo sin esperar respuesta. Pues imagínate que te da una pájara en mitad de una nevada y estás a tres horas del pueblo. A ver cómo sales si te quedas sin fuerzas había advertido el experimentado ganadero.

 Miró hacia arriba y comprobó que tan sólo le quedaban cincuenta metros de vereda hasta llegar a la pradera en forma de cuña previa a las peñas. Por ahí debían encontrarse las seis reses rezagadas. De no ser así, la tarea se le complicaría, pues en menos de una hora la noche haría su presencia e impediría la búsqueda de las vacas.

Ese temor le provocó que reiniciara la marcha con brío renovado. Había pensado orinar, pues sentía ganas de aliviarse desde que había empezado la ascensión, pero lo dejaría para más tarde. Cuando llegó al escampado su aprensión a no encontrar su objetivo desapareció. Bajo las peñas y protegidas por ellas del helador viento del norte, se hallaban las seis reses. Marquitos suspiró de alivio y se acercó unos metros más. Ya era suficiente. Era el momento de poner a trabajar a su perro de carea.

¡Ale, Zar, titi, perrín, vamos, vamos, a por ellas, venga a por ellas, ale, ale, muerde titín! gritó Marquitos con fuerza mientras señalaba a las vacas con su palo.

Zar respondió con celeridad. El joven carea leonés se lanzó ladera arriba hacia los animales con varios ladridos continuados a modo de advertencia. “Si no me hacéis caso, os muerdo las patas”, amenazaba el perro con sus gruñidos. Las vacas, ateridas por  frío, reaccionaron con pereza. Una de ellas, La Noblona, esperó a que Zar llegara a su altura para iniciar un lento movimiento de patas. Cuatro de ellas la siguieron con pausa. Pero la última no movió ni un paso. Era La Jamelga, una vaca vieja de trece años a la que Francisco tenía aprecio porque, aunque su carne ya no iba a ser de primera calidad el día que la sacrificara, todos sus años fértiles le había dado un jato fuerte y sano. La Jamelga esperó a que Zar llegara hasta sus patas para reaccionar soltando una coz al aire. Pero siguió sin moverse del lugar. Mostraba una actitud eminentemente defensiva, queriendo alejar con pezuñas y cuernos al perro que la instigaba.

¡Zar, perrín, ven aquí! ¡Para, para, coño, vuelve! ordenó Marquitos a su cánido.

 Éste no tardó en acatar la orden de su amo y regresó a su vera. El resto de la diminuta manada, que ya se prestaba a que su instinto le indicara una vereda escondida entre la nieve, también se detuvo. Marquitos ordenó a Zar que se quedara quieto y soltó el zurrón de sus hombros. Lo abrió y buscó una pequeña bolsa blanca de plástico que se hallaba en el fondo. La encontró, la sacó de la mochila y se la enseño a las vacas. Restregó la bolsa con las manos para que hiciera un ruido tan reconocido por sus reses que lo lógico hubiera sido que las seis limusinas se lanzasen a por la bolsa con su habitual premura.

¡Monina, guapa, ven aquí, lolona! gritó, aunque de un modo más dulce, el vaquero adolescente.

Las cinco vacas agrupadas reaccionaron de inmediato y se encaminaron hacia su amo. Creían que, como siempre, esa bolsa blanca significaba que iban a disponer de una ración abundante de sal, su alimento más deseado. En esta ocasión no iba a ser así, no había previsto que la iba a necesitar. Pero a Marquitos no le preocupaba que, por una vez, sus reses no satisficieran su ansia salada. Sí le  inquietaba, por el contrario, que La Jamelga no siguiera los pasos de sus compañeras y se mantuviera quieta ante la llamada de la sal. Su única reacción fue mugir con desesperación y acompañar sus lamentos de impetuosos movimientos de cabeza.

“Está enferma”, pensó Marquitos con amargura. “¡Qué putada!”

 Ordenó a Zar que se mantuviera firme en su puesto. No quería que sus ladridos atemorizasen de nuevo a La Jamelga y caminó con lentitud hacia ella. Las demás reses seguían sus pasos a la espera de un premio salino que no iban a recibir. Cuando Marquitos se encontraba a dos metros comenzó a llamarla con dulzura, queriendo así que la res le reconociera y le permitiera acercarse aún más. El sonido de la voz del amo surtió efecto. La vaca mugió de nuevo, pero esta vez el bramido largo y angustioso se asemejaba más a una petición de auxilio que a una advertencia para que no se aproximara. El adolescente, con lentitud y delicadeza, colocó su mano en la cabeza del animal y la pasó por entre sus ojos hasta llegar a la boca. La Jamelga correspondió lamiendo la mano de su dueño con su lengua rasposa y cosquilleante. En ese momento Marquitos lamentó de nuevo no tener sal para ganarse la confianza absoluta de la res. Pero ya no había remedio. También se contrarió porque su padre no estuviera con él en ese momento. Con un rápido vistazo sabría qué le ocurría a limusina y buscaría una solución inmediata. Sus cincuenta años de vida entre vacas, prados y montes le habían proporcionado un conocimiento de la fisiología bovina cercano al de cualquier veterinario experimentado. Pero Marquitos todavía era un rapaz de dieciséis años, “casi diecisiete” le gustaba remarcar, que tenía que recibir muchas lecciones para llegar al conocimiento de su progenitor.  

Aún así, acercó su cabeza a la de la vaca y tardó pocos segundos en deducir la dolencia de la rumiante. Miró fijamente a sus ojos, acercó sus dedos a uno de ellos hasta casi tocar su retina y comprobó que La Jamelga no hacía ningún gesto de rechazo.

 “Está ciega, me cago en diez, no ve ni leches”, se dijo a sí mismo.

Una res cegada en una tarde-noche otoñal en mitad de la nieve. Marquitos maldijo la mala suerte que había tenido, pues sabía que hacer descender a vaca vieja iba a ser tarea complicada, más aún cuando la noche se le iba a echar encima en menos de una hora. Sin embargo no fue ese augurio el que le provocó un estremecimiento de terror cuando dirigió su mirada hacia las rocas. Vio cómo una manta gris blanquecina de vapor de agua descendía a gran velocidad entre Peña Pequeñina y Peña el Bolo. Se trataba del cierzo leonés, uno de los mayores peligros de la montaña.

Lo que me faltaba, me cago en diez dijo en alto.

Con un rápido barrido de sus ojos observó que el cierzo también rodeaba el resto de peñas y comenzaba a impedir una buena visión de los riscos más altos. En pocos minutos llegaría hasta el punto en el que se encontraba él con el ganado. Entonces pensó que lo lógico era bajar hasta el pueblo y esperar a la madrugada del día siguiente a buscar a las vacas. Sí, era lo más sensato. Caminar entre el denso cierzo que impide ver a más de dos metros de distancia era demasiado arriesgado. Y más cuando la nieve no le iba a permitir ver con claridad las veredas a seguir.

Pero aunque fuera la alternativa más perspicaz, el adolescente leonés sabía que no iba a tomar esa decisión. Porque temía a que, al día siguiente, una gran nevada le imposibilitara subir a por las vacas. Si eso sucedía, podía dar por muertas a más de una. Y, sobre todo, porque quería demostrar a su padre que era capaz de cumplir con las tareas encomendadas por éste. Marquitos Jurado quería ser como Francisco Jurado, el seguro y valiente ganadero al que admiraba. Y estaba convencido de que su idolatrado progenitor jamás dejaría a uno de sus animales en peligro y se las arreglaría para llevarlo a la cuadra sano y salvo. Por mucho cierzo, frío, nieve y oscuridad que se interpusieran en su camino.

El problema era que no podía ordenar a Zar que azuzase a las vacas para que bajaran con rapidez. Porque La Jamelga, ciega y temerosa, no iba a hacer caso al cánido, por muchos mordiscos que recibiera en sus talones. Marquitos tenía que pensar algo y hacerlo rápido. El cierzo se estaba convirtiendo en una manta gigantesca  que se apresuraba a devorarlo. Abrió de nuevo la mochila, rebuscó con rapidez en su interior y encontró algo que le podría servir para la idea que acababa de surgirle. Eran dos cuerdas de empacadora. Las ató firmes con un nudo y se acercó a la bovina. La vaca mugió, pero no tuvo tiempo para apartar la cabeza. Con un movimiento veloz, Marquitos ató un extremo de la cuerda al cuerno derecho de la res, agarró con fuerza el otro extremo y tiró enérgicamente. Pero apenas la movió unos centímetros, señal inequívoca de que la idea no era tan acertada como esperaba. Volvió a intentarlo y más de lo mismo. La Jamelga tan sólo dio dos pasos.

¡Me cago en la puta, ayúdame! gritó.

Imposible. Dos tirones más y al tercero el joven ganadero cayó de culo contra la nieve. El cierzo se encontraba ya a menos de cien metros y llegaría a su altura en un par de minutos. Y ahí estaba él. Sentado encima de la nieve al lado de un perro expectante, una vaca ciega y otras cinco sanas que, con la mirada, le rogaban que las llevara a casa.

“Eso es, tú me vas a ayudar”, se dijo mirando a La Rubia, la res que tenía más cerca. Volvió a utilizar la estratagema de la falsa bolsa de sal para que se acercara aún más. La vaca se pegó a él y Marquitos pasó la mano por su lomo hasta llegar a los cuartos traseros. Después, con sutileza por miedo a recibir una patada, acarició la cola de la vaca. Cuando la tenía rodeada con una mano, pasó el extremo libre de la cuerda e hizo un nudo que estrujó el rabo de la vaca. Ésta soltó una coz que Marquitos sorteó por centímetros. Seguido, pegó un fuerte manotazo en el lomo de La Rubia y soltó un grito para que se pusiera en marcha.

El plan funcionó. La Rubia comenzó a descender y, a cada paso que daba, arrastraba a La Jamelga. Las otras cuatro reses, ansiosas de movimiento, siguieron sus pisadas. Tras un minuto entre nieve virgen enfilaron el sendero que les trasladaría hasta Cuénabres pasando por la Pica del Cueto. Marquitos sintió que la misión iba viento en popa. Una vez colocados en un sendero era difícil que la manada se extraviase del camino a casa. Aunque su satisfacción desapareció en el momento en que miró hacia atrás. Como si de una aparición fantasmagórica se tratase, el cierzo leonés llegó a su altura y le superó ante la temerosa mirada del chico. En pocos segundos Marquitos  apenas distinguía a las vacas que tenía cinco metros por delante de él. Entonces el pavor se apoderó de su cuerpo. Si perdía de vista a su ganado, podría equivocarse de vereda en medio de la niebla, que impedía ver la mínima luz diurna que quedaba. Y, solo, perdido entre el cierzo y de noche, su futuro no se planteaba nada halagüeño. 

Marquitos corrió hasta la última bovina de la fila que recorría el sendero y se agarró a su cola. Pensó que si una de sus reses podía arrastrar a una compañera ciega, otra podía hacer lo mismo con él. Y, para su fortuna, así fue. “Cuando lleguemos al pueblo sí que les voy a dar toda la sal que quieran después de lo que estamos pasando” pensó con optimismo. Aliviado, comprobó que la expedición caminaba a buen ritmo atravesando un cierzo tan denso que Marquitos apenas si llegaba a adivinar en qué punto exacto de la montaña se encontraban. Ya relajado y seguro de que su integridad no corría peligro se percató de que las ganas de orinar que le acompañaban desde hacía un buen rato aumentaban a cada paso que daba. Contrariado, pensó en cómo mear sin soltarse de la cola de la vaca. “Si los ciclistas lo hacen encima de la bici, yo también puedo hacerlo andando” se dijo con ánimo.

La mano derecha se mantenía asida al rabo de la res. Así pues, la izquierda le quedaba libre para bajarse la cremallera y sacar su miembro a orinar. Marquitos no era zurdo y temía salpicarse los pantalones durante la maniobra, pero sentía que estaba a punto de reventar. Bajó la cremallera con un gesto rápido y preciso y comenzó a evacuar con ímpetu al tiempo que caminaba arqueando las piernas para no regar sus pantalones. Un suspiro de alivio y un escalofrío acompañaron el final de la meada y el joven, calmado, subió la cremallera del pantalón.

En ese momento, en el que tenía las defensas más bajas, no pudo apreciar que la vaca que le guiaba había dado un pequeño rodeo por la izquierda de un mojón colocado en mitad de la vereda.  Marquitos pisó la piedra, húmeda por la nieve y el cierzo, y se resbaló. Su mano derecha se soltó de la cola de la vaca y el muchacho se precipitó montaña abajo hasta detenerse veinte metros por debajo de la travesía. El miedo a perderse le hizo que volviera a ponerse en pie enseguida. Sabía que las vacas no podían alejarse más metros, pues desaparecerían de su vista. Pero en vez de ascender por el mismo lugar por donde había caído, optó por atajar y subir en diagonal, sin apenas ver dónde pisaba.

Tomó impulso con la mano y dio dos pasos rápidos y seguros entre la nieve. El tercero no llegó a finalizarlo. Apoyó el pie izquierdo y éste se hundió entre la nieve provocando que su cuerpo se abalanzara hacia adelante. Marquitos colocó las manos para mitigar el desplome, pero éstas tampoco encontraron tierra firme en la que detenerse. En un instante sintió que caía por una cueva vertical escondida por la manta blanca. El golpe contra el suelo fue inmediato. Lo primero que tocó su cuerpo fueron sus manos. Seguido, la cabeza. El violento choque provocó que perdiera el conocimiento.

La semana que viene, las páginas 11-20. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

Proyecto ¿Y si gusta…? NOVELA “EL MONTARAZ”

Hola a todas y todos,

Soy Miguel Ángel Ambrosio y hoy da comienzo “¿Y si gusta?”, nombre con el que he bautizado a un proyecto personal que tengo el gusto de compartir con vosotros.
¿Y si gusta? Sencilla pregunta que nos hemos hecho, hacemos y haremos a lo largo de nuestra vida cada vez que nos enfrentamos ante el escrutinio de los demás. En realidad solemos preguntarnos ¿gustará?, ¿no gustará? En esta ocasión quiero ir un poco más allá y, por ello, me planteo las consecuencias únicamente si la respuesta es afirmativa.
El proyecto es sencillo. Cada semana colgaré en este blog, https://cartucholanovela.wordpress.com/ 10 páginas de mi nueva novela, “El Montaraz”, aún sin publicar. ¿Por qué 10? Porque en el caso de que no gusten no son más que unas pocas páginas con las que habréis perdido no demasiado tiempo. Pero ¿y si gusta? Entonces esperaréis con expectación durante siete días a las diez páginas siguientes.
Una vez leídas las diez páginas, si no gustan, cerraréis el blog y os dedicaréis a vuestras labores diarias cotidianas. Pero ¿y si gusta? Entonces quizás, esa es mi esperanza, reenviaréis el link de la página, lo daréis a conocer por mail, Twitter, Facebook, whatsapp… a vuestros contactos porque querréis compartir con ellos algo con lo que habéis disfrutado. Si lo hacemos con vídeos de gatitos mimosos, perros que se parecen a sus dueños o de adolescentes que se dan golpes ridículos en sus monopatines, ¿por qué no lo vamos a hacer con pequeñas dosis de literatura? Si os gusta, claro.
A alguno de vuestros contactos no le gustará, evidentemente. Pero a otros es posible que sí. Si es así, ellos repetirán vuestra acción con sus contactos. Y estos con los siguientes. Y los siguientes con los posteriores… Es decir, se producirá una cadena que llegará hasta un último eslabón. Eso en el caso de que no guste. Porque ¿y si gusta? Entonces la cadena podría no tener fin.

Para este proyecto, además de con el blog,  también contaré con esta página de Facebook: https://cartucholanovela.wordpress.com y esta cuenta de Twitter: https://twitter.com/Y_si_gusta ,en las que enlazaré cada semana las diez páginas de la novela. Y que, a su vez, vosotros podréis dar a conocer a vuestros contactos en las redes sociales. Si lo que leéis gusta… claro.

La finalidad del proyecto es evidente. En los tiempos de crisis económica y cultural que vivimos es extremadamente complicado llamar la atención de una editorial para que estudie la posibilidad de publicar una obra de un autor muy poco conocido, como es mi caso. En una ocasión escuché a un escritor decir que escribir no será fácil, pero publicar es una odisea. Suscribo sus palabras.
Pero, tal y como me he preguntado en más de una ocasión, ¿y si gusta? Entonces quizás decenas, cientos, quien sabe si miles de personas, llamarán, con su mera lectura de diez páginas semanales, la atención a esas editoriales para que estudien con seriedad la posibilidad de publicar “El Montaraz”.
Hay dos preguntas que quizás os hagáis. ¿Cuántas páginas tiene la novela? ¿Realizarás el proyecto hasta la última página de “El Montaraz”? Bien, la respuesta a la primera pregunta es sencilla. No os lo voy a decir. Así no sabréis en qué punto estáis de la historia completa. La segunda tampoco la puedo contestar porque en este momento no lo sé y no es habitual en mí hacer promesas categóricas sin saber si las voy a cumplir.
Así que, aquí comienza, para quien quiera formar parte, la primera fase del proyecto ¿“Y si gusta?” Tan sólo debéis pinchar el siguiente post de este blog y que sea lo que tenga que ser. Ojalá os guste.
Gracias por vuestra atención y, de antemano, gracias por vuestra complicidad. Un fuerte abrazo