EL MONTARAZ Páginas 211- 230 Las últimas… de momento

        Hola a todos los seguidores de “El Montaraz”. Esta semana os ofrezco 20 páginas de “El Montaraz” en vez de 10. La razón es doble. Por una parte, que aquí termina la entrega semanal de esta novela que sueño con publicar con vuestro apoyo. Y por otra, porque el día 31 de enero os ofreceré, en este blog, la posibilidad de obtener un manuscrito completo y exclusivo de “El Montaraz”, dedicado además por mi persona. Para ello tan solo deberéis participar del sorteo “Todos con El Montaraz” que el día 31 os daré a conocer.

Hasta entonces, infinitas gracias por vuestro apoyo y espero que disfrutéis con estas páginas.

Páginas 211- 230

Se imaginó la emboscada sufrida por su perro, que no tuvo ninguna posibilidad de huir. Solo y anciano, ante cuatro lobos enviciados por el sabor de la sangre, sus probabilidades de victoria fueron nulas. Sospechó cómo pudo ser el ataque. Uno de los chacales llamó su atención, Sol cayó en la trampa y salió en su búsqueda. Y en algún momento de su carrera se vio rodeado por los otros tres. Así eran los lobos. Cobardes en el uno contra uno, pero letales en grupo. Y así era imposible escapar.

Lo que le sorprendía era que, una vez más, los carniceros de la montaña habían dejado a su víctima con vida, en vez de haberla rematado con un último mordisco mortal. Le pareció sádico. Atacar hasta que su perro llegó a la agonía y dejarlo tirado a la espera de su muerte, observando pero sin finalizar la matanza.

Francisco depositó a Sol en el agujero con delicadeza. Después se hizo con varias piedras de gran tamaño y las colocó encima del cánido. Lo hacía para que las alimañas no tuvieran el arrebato de escarbar en la tierra para alimentarse de los restos de su viejo amigo. Cuando finalizó de colocar una capa de guijarros, arrojó tierra por encima hasta llegar a la misma altura del prado. Colocó unos tapines de hierba, pisó con fuerza el terreno y se sentó.  Ya había enterrado a Sol.

Pero sintió que no había acabado. No. Ni mucho menos. Se levantó con rabia, miró la tumba del perro pastor, agarró su rifle y volvió caminando hacia Cuénabres a grandes zancadas. Carlota le esperaba fuera, sentada en el banco de piedra de la entrada.

¿Ya está? preguntó apenada.

No. No está.

No dijo más. Subió las escaleras de su casa a pasos que abarcaban tres escalones cada uno y llegó hasta el desván. Carlota le siguió a menor velocidad. Entró en el altillo y se encontró a su marido rebuscando en un armario viejo. Cuando éste se dio la vuelta, llevaba un silenciador en la mano.

¿Qué vas a hacer?

¿Tú que crees?

Francisco exhibía un semblante serio y amenazante.

Dijiste que lo habías dejado. Para siempre.

Esto es distinto.

Carlota le agarró del brazo y obligó a que se detuviera ante él.

¿Porqué es distinto? Son cosas que pasan. Tú lo sabes mejor que nadie.

¿Has visto lo que le han hecho? ¿Lo has visto? saltó Francisco indignado. Lo van a pagar caro. Lo juro por Dios.

Salió del desván con el silenciador, una mira telescópica y una caja llena de balas. Carlota volvió a intentar detener su decidida venganza.

Por favor, no lo hagas. Por mí. No quiero volver a verte como antes suplicó sabedora de lo que decía.

Pues no mires, joder.

Fin de la conversación. Carlota se metió en su habitación y cerró la puerta. Se tumbó en la cama y comenzó a llorar por el trato que acababa de recibir de su esposo. Por eso y porque tenía pánico a que Francisco volviera a convertirse en el cazador furtivo obsesionado por abatir piezas en la montaña y que priorizaba esa obsesión sobre el amor y el respeto hacia ella.

Jurado se contrarió por la reacción de Carlota. ¿Es que no entendía que no podía dejar sin castigo a los asesinos de Sol? Él no. La jauría de lobos aprendería a base de balazos la nefasta idea que tuvo de enfrentarse a alguien de su familia. Porque Sol era de la familia y su dolor se lo cobraría a sus asesinos con creces.

Salió de casa y entró en la cuadra. Allí recogió un mono verde de trabajo y lo guardó en una mochila. Seguido, agarró el rifle y separó el cañón del resto de la estructura para que entrara en la bolsa y para que nadie sospechara. También introdujo la caja de balas, la mira telescópica y el silenciador. Después, se encaminó a la cuadra y mantuvo la mirada puesta en sus animales. Al fondo se encontraba durmiendo  la gallina más vieja de su corral. Pensaba sacrificarla para la Fiesta del Cristo, pero la iba a necesitar. A ella y a otra más. También una cuerda larga, que encontró colgada de una punta.

Algo le faltaba. Estaba seguro,  pero le costaba saber de qué se trataba. Tenía el arma, las balas, el cebo… ¿Qué faltaba? En esos momentos de duda sintió una rabia enorme. ¿Francisco Jurado, el furtivo más peligroso de la montaña leonesa, había perdido sus aptitudes innatas para la caza? No podía ser. No había pasado ni un año desde que había realizado su última cacería. No podía haberse oxidado tan rápidamente.

Cerró los ojos y visualizó lo que iba a ser la batida personal de los lobos. O lo que, al menos, iba a intentar que sucediera. Era una costumbre que, desde joven, le ayudaba a clarificar sus acciones futuras. Imaginar paso a paso cómo iba a transcurrir la cacería. Desde el momento en que salía de casa hasta que disparaba a la presa. Y, aún más, hasta que volvía a su hogar sano y salvo sin que ningún guarda de montes le hubiera descubierto. Trabajaba su imaginación de un modo pausado, como si una película proyectara las imágenes a cámara lenta, para recrearse en los pormenores del ataque. Si durante esa visión interior apreciaba algún posible error u olvido, se detenía para centrar sus pensamientos en qué era lo que no funcionaba. Así hasta que todos los detalles estaban claros en su cerebro y se mostraba convencido de que la misión era factible. En más de una ocasión el plan se alteraba por razones externas, pero él se sentía preparado para esos inconvenientes.

¡Ya está, coño! ¡Ya lo tengo!

Agarró una bolsa de plástico, la abrió en el suelo y se hizo con una pala. Salió de la cuadra y fue hasta el abonero más cercano. Cogió una palada grande de estiércol y, ya dentro, la metió en la bolsa.

Introdujo las dos gallinas, la bolsa con estiércol y la cuerda en un saco viejo y miró hacia casa. Quizás debería volver a hablar con Carlota. Hacerla entender que lo que iba a suceder, el enfrentamiento con los lobos, era necesario. Que no se perdonaría el no vengar el asesinato a dentelladas de su fiel carea. Que él era el hombre de la casa y que el hombre de la casa tenía que demostrar a los enemigos que sabe cuidar de ella. Y que no pensaba, en absoluto, volver a la senda del mundo furtivo. Salvo que, como en esta ocasión, fueran los enemigos quienes le retaran a duelo.

Pero sabía que, dijera lo que dijera, Carlota no entraría en razón. Ni él tampoco. Así que pensó que sería mejor dejar para la vuelta los reproches, explicaciones y perdones pertinentes.

Arrancó la motocicleta y condujo pueblo abajo hasta llegar al puente del cruce que divide Cuénabres de Casasuertes. Atravesó el acueducto de quince metros de largo y se introdujo en un camino de tierra y piedra. Pocos metros después se detuvo y escondió el vehículo entre unas escobas. También dejó el arma y sus complementos, así como a las dos gallinas, que sobrevivían gracias a un pequeño agujero que había abierto con su cuchillo a modo de respiradero.

Caminó hasta el prado en el que Daniel Molero había encontrado a Sol. Necesitaba ver cómo se había producido el ataque para introducirse en la cabeza y en los instintos de los lobos y pergeñar el modo de acabar con ellos. Y las mejores pistas para conocer a sus enemigos estaban en la escena del crimen. Afortunadamente no había llovido y estaba convencido de que podría establecer un itinerario claro del ataque.

No tardó ni diez minutos en localizar el punto en que Molero había encontrado a su perro. Los abundantes vestigios de sangre en mitad del prado de Las Llontreras lo evidenciaban. Francisco se apenó al pensar que, de no haber sido porque Daniel lo había visto, Sol hubiera muerto en medio de ese prado retorciéndose de dolor y preguntándose donde estaba su amo para ayudarle.

Ese era el punto final. Ahora debía localizar el lugar del enfrentamiento, que estaba claro que no había sido allí. No había restos de pelea. Así que Sol se había arrastrado desde otro lugar hasta caer exhausto y moribundo. ¿Desde dónde? Para un experto rastreador como él no iba a ser complicado averiguarlo. Tan sólo debía seguir el rastro de la sangre. Ésta se dirigía al río. Las gotas de líquido vital manchaban de rojo la hierba segada y conducían al punto de batalla.

Llegó al río y lo atravesó saltando sobre las piedras. Al otro lado continuaba el reguero de sangre, tan fácil de descubrir que ni tan siquiera tuvo que agacharse ni una vez. Atravesó las tierras de Las Gabanzas hasta que llegó al valle de Recillarón. Allí se detuvo y miró hacia atrás únicamente para comprobar que ningún paisano le había visto siguiendo las huellas. Oteó el entorno y se aseguró de que se encontraba solo. Una vez dentro del valle de Recillarón, su soledad continuaría.  De eso estaba convencido. Era una de los terrenos menos pisados de Cuénabres y, además, la siega de sus prados y la recogida de su hierba habían terminado. Así que, aliviado y esperanzado, rogó que fuera en ese valle donde se hubo producido el ataque a Sol.

Con paso decidido continuó el seguimiento de la pista sangrienta, que corría casi en paralelo al transcurso del río Recillarón, que da nombre del valle. Atravesó las praderas recién apañadas de Las Bolugas y Pradocastrón hasta el punto en que el valle se divide en otros dos pequeños cañones. La sangre le dijo que continuara por el valle de la derecha hasta el prado del Ponguín. Interrumpió su caminar ante la prueba evidente de que allí se había producido la emboscada. Huellas de un animal, Sol con toda seguridad,  tumbado sobre la hierba y de otros de pie rodeando a la presa. Las señales eran claras, y él las interpretó con un significado. El carea había estado boca arriba mientras uno o varios lobos le mordían y le paralizaban con sus patas y garras.  

La investigación de las huellas prosiguió en el contorno. Tal y como había vaticinado, había cuatro pisadas distintas, además de la de su perro. Cada una procedía de un punto del monte. Si bien, intuyó Francisco, la que llegaba desde el norte era la que demostraba cómo se habían producido los hechos. El lobo que bajó desde el Collado Lijorno llamó la atención de Sol. Éste cayó en la trampa y le siguió durante cien metros a la carrera. Entonces, de entre los árboles, aparecieron los otros tres chacales. Sol intentó evadirse por los mismos prados por los que había llegado. Pero no logró su objetivo y un lobo le cortó el camino. A partir de ese momento se produjo el ataque sin piedad.

Analizados los rastros y convencido de cómo se había producido la embestida conjunta, Francisco buscó el recorrido de huida de los asesinos salvajes. No le costó, pues eran los rastros de cuatro animales. Se habían retirado por el Collado Lijorno hasta perderse en dirección al alto del Pico Pandián. El ganadero, en ese momento, optó por no continuar con la búsqueda. Sabía lo necesario para comenzar la venganza por la muerte de su escudero.

Caminó con paso firme hasta las escobas en las que había escondido el rifle y las gallinas. Dejó la moto en el mismo lugar, convencido de que nadie la localizaría, y volvió al punto de la emboscada con la bolsa del rifle y el saco. En esta ocasión prefirió no proseguir por el camino de tierra y optó por caminar en paralelo por entre los arbustos.

Una vez dentro del valle de Recillarón, optó por buscar con la mirada el mejor punto de disparo. Era fundamental la elección. Siempre lo era para salir victorioso de la cacería. Pero en esta ocasión, con cuatro enemigos a derrotar, la ubicación del mismo debía ser la idónea. Porque Jurado no se iba a conformar con abatir a una pieza. De eso nada. Los cuatro lobos habían sido los co-asesinos de Sol. Y los cuatro merecían sus balas.

El punto debía estar más alto que el cebo que iba a colocar. Eso era evidente. Para tener una visión preferente y porque siempre resultaba más cómodo y eficaz disparar hacia abajo que hacia arriba. Pero, además, no podía hallarse a más de cien metros. No porque a más distancia no fuera a matar al primero de sus objetivos. Incluso al segundo. Pero cuatro dianas móviles a una distancia lejana podía ser excesivo hasta para él. Sí, tenía que colocarse, como mucho, a cien metros si quería triunfar en la cacería.

Tardó dos minutos en visualizar lo que podría ser su puesto de tiro. Hizo varias panorámicas visuales entre él y el que iba a ser el lugar del cebo y se convenció de que no iba a encontrar mejor puesto. A una distancia entre ochenta y cien metros. Con un ángulo ligeramente picado, perfecto para apuntar y sin obstáculos aparentes entre rifle y objetivo.  Entonces abrió el saco y extrajo el mono verde de trabajo que había cogido en la portalada. Se lo puso y lo cerró hasta el cuello. Iba a pasar calor durante las horas que quedaban de día, pero a la noche iba a ser necesario para aguantar el frío. Esperaba que no helara, pues sus huesos sufrirían y, además, la velocidad de movimientos disminuye cuando los músculos se encuentran ateridos.

A continuación sacó la bolsa con los excrementos de sus vacas y comenzó a embadurnar el buzo con ellos. Piernas, brazos, espalda, pecho. Todo su cuerpo, salvo la cabeza, se llenó de abono. Cualquier persona de ciudad hubiera vomitado al verse rodeado de mierda bovina. Pero Francisco no. Estaba acostumbrado al olor a estiércol y no era en absoluto escrupuloso. Eso sí, soñó que se daría un buen y largo baño cuando terminara con la batida ilegal.

Con el mono untado de abono, llegó al prado del Ponguín, el mismo en el que Sol había sido acribillado a mordiscos. Sacó la cuerda del fardo y preparó un nudo. Después asió a la primera de las gallinas y anudó una de sus patas. A continuación hizo lo mismo con la segunda. Las dos removían sus alas intentando escapar, pero les resultaba imposible. Francisco se alegraba de haber escogido dos piezas tan nerviosas como ellas y que llamaran tanto la atención. Tan solo faltaba un paso. Sacó el cuchillo y realizó un corte superficial entre el pecho y el abdomen de las dos gallinas. Era una rozadura que no les impediría vivir, pero sí les provocaría un pequeño y continuo sangrado.

 Se acercó con la soga al único chopo que se halla a lo alto de la pradera, pasó la cuerda por encima de una de sus ramas e hizo un nudo en su tronco. Cuando comprobó la seguridad del nudo, se alejó con el saco y la bolsa con el rifle hasta el punto de vigía que había decidido anteriormente.

Ochenta y cinto metros. Era la distancia entre las gallinas y el hueco entre escobas al que acababa de llegar. Lo sabía por su experiencia a la hora de multiplicar la distancia recorrida en cada paso por el número de zancadas dadas. Podía equivocarse en dos o tres metros arriba o abajo. No en mucho más.

Dejó la bolsa en el suelo y procedió a adecentar el lugar en el que iba a esperar no sabía cuánto tiempo. Era un espacio de dos metros de largo por un y medio de ancho escondido entre arbustos y hierba. Arrancó varias raíces y piedras del suelo y se tumbó para ratificar que había acertado con el lugar. Así era, salvo si alguno de los lobos huía por la izquierda. En ese caso, unas escobas más altas se interpondrían entre él y sus víctimas en pocos segundos. Pero no podía hacer nada. Así que, en el caso de que los chacales tomaran ese camino, tendría menos tiempo de apunte y disparo.

Se puso de rodillas y preparó el rifle. Llenó el cargador con los cuatro proyectiles. “Cuatro balas, cuatro muertos” se dijo. Si no se producía de ese modo, iba a ser muy complicado que tuviera tiempo para recargar el rifle y volver a disparar. Con toda seguridad, los lobos que siguieran vivos después de haber disparado todo el cargador ya habrían huido monte arriba. De ser así, su derribo podía llegar a costarle todo el verano. Incluso, imaginando el futuro menos halagüeño, podría no volver a tener a los supervivientes a tiro hasta la llegada de las primeras nieves. Porque los lobos eran despiadados, pero también miedosos compulsivos. Y, de salir vivos de la emboscada, no volverían a mostrarse hasta pasada una larga temporada.

Sea como fuere, Francisco iba a matar a los cuatro lobos. Le costase lo que le costara. Un día, una semana o un año. Sol se lo merecía. Pero temía la consecuencia de tal obsesión si no lo lograba a la primera. Un enfado y desengaño permanente de Carlota por volver al furtivismo.

No. Iba a asesinarlos a todos. En esa emboscada. No iba a escapar ni uno. Se convenció de ello. Era el mejor cazador que había dado la montaña leonesa en décadas. Ni su padre, el gran Vicentín el Hurón,  ni otros cazadores, tramperos u ojeadores habían sido responsables de tantas muertes. Solo esperaba poder realizar los cuatro disparos. Tener a tiro a las cuatro piezas. Porque todas acabarían con un proyectil en su cuerpo. Como en las incontables ocasiones que había apretado el gatillo y había abatido a sus víctimas. En este caso no iba a ser distinto. Por Sol que no. 

Colocó la mira telescópica y la ajustó para disparos de entre ochenta y cien metros. Después sacó el silenciador. Francisco no estaba acostumbrado a utilizarlo. Pensaba que con él se corría un mayor riesgo de fallar el disparo. Pero, a la vez, sí había apreciado que el sonido del disparo se reducía y, sobre todo, despistaba a las presas y dificultaba a éstas escuchar el origen del ruido. Francisco había utilizado ese silenciador en pocas ocasiones y suponía que iba a ser útil en una batida tan complicada. Una vez enroscado en la boca del rifle recordó quién se lo había regalado. Había sido un cazador furtivo, dueño de una importante empresa textil, que agradeció la buena labor de Jurado como guía regalándole el artilugio. 

Eran las cuatro de la tarde y todo estaba preparado. Las dos aves a modo de reclamo atadas al chopo pero con las patas en el suelo, Francisco tumbado, con varias ramas encima de su cuerpo para ser invisible entre la maleza y con el rifle apuntando en dirección a las gallinas. Tan sólo hacía falta esperar. Lo que hiciera falta. Aguantaría hasta que llegaran los lobos. Únicamente se lamentó de no haber sido previsor llevando consigo comida. Pero ya no tenía tiempo de reacción. Si le entraba hambre masticaría los tallos de un diente de león que tenía frente a él y que había oído a los viejos del lugar que saciaba el apetito.

El sol prosiguió su imparable dirección al ocaso del Oeste mientras las gallinas se mantenían como cebo vivo, a veces quietas, a veces moviéndose espasmódicamente con ansias de romper la cuerda que las ataba, y Francisco Jurado mantenía la mirada dirigida hacia el prado y los oídos alerta ante cualquier sonido que indicara la ansiada llegada. Pero el astro rey se despidió hasta la mañana siguiente y la luna cogió su relevo sin que se produjera ninguna novedad. Salvo que el caluroso día también se había tornado en una noche fría y que, para desgracia de Jurado, la helada iba a llegar a lo largo de las horas. Es lo que tenía la montaña. En cualquier época del año, incluso en verano, las temperaturas nocturnas podían descender más de veinte grados en unas horas.

Pero Francisco iba a aguantar heladas y nevadas, si fuera necesario. Su concentración era tal que únicamente le preocupaba que sus músculos no se resintieran por el frío. Para ello calentaba las manos girando las muñecas y con movimientos continuos de sus dedos. También arqueaba el cuello para que no se le quedase anquilosado a la hora de apuntar. Y el tren inferior lo movía lentamente cada cinco minutos para que el riego continuara y las piernas no se durmieran. Era fundamental que pudiera levantarse con agilidad en caso de que se tuviera que cambiar de sitio para disparar. En cuanto al frío, las ramas colocadas sobre su cuerpo ejercían de manta eficaz que, además, impediría que la helada penetrara en sus huesos. La verdadera molestia era el olor a abono que desprendía su cuerpo. Aunque era un mal menor a sufrir con tal de lograr la muerte de los chacales.

Miró el reloj a la luz de la luna y las manillas ya habían marcado las cinco de la mañana. Las gallinas, agotadas, se habían acurrucado una al lado de la otra para contrarrestar el frío. Y las bestias no aparecían. “Tenía que haber puesto un jato, joder. Seguro que sí venían”, se recriminó. Pero tampoco deseaba sacrificar un animal tan valioso para saldar las cuentas con los lobos. No era lo mismo que estos acabaran con las dos aves de una dentellada que fuera uno de sus terneros el que sufriera los mordiscos letales. Además, podría haber llamado la atención el hecho de haber trasladado a un becerro al valle de Recillarón cuando el resto de la manada se encontraba en los puertos. Así que tendría que aguantar ahí, con las dos aves como señuelos. Aunque cada hora que pasaba su cuerpo sentía un mayor cansancio, provocado por la postura, la falta de alimento y el frío.

El reloj marcó las seis de la mañana. Francisco no lo vio. Se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la carrillera del rifle. Diez minutos antes se había relajado pensando que en menos de dos horas la luz diurna haría su presencia y que ella espantaría su sueño. Pero se equivocó.

Llevaba un cuarto de hora dormido cuando un sonido le despertó. Eran las gallinas, que movían sus alas con énfasis. Francisco se alertó. Los desesperados e infructuosos vuelos de las aves atadas significaban miedo. El cazador estaba convencido. Se habían alertado por alguna presencia peligrosa. Tuvo la intención de acercar su ojo derecho a la mira telescópica. Pero un sonido más cercano le detuvo. Giró los ojos a la izquierda sin mover la cabeza y vio, a menos de dos metros, a un gigantesco lobo ibérico que caminaba con lentitud. Su corazón se congeló de pavor. Estaba a tres zancadas de él. Si el chacal descubría su presencia, se lanzaría a por Jurado y lo mataría de un solo mordisco sin que tuviera tiempo para disparar. Además, el cuchillo de monte lo tenía en la cintura y sabía que jamás sería tan rápido como para sacarlo y clavárselo.

El lobo caminó sin dirigir su mirada hacia Francisco. Sin duda, gracias a la fetidez a abono que desprendía su buzo. De no ser por él, hubiera olido el aroma corporal del cazador. También porque el animal tenía sus sentidos centrados en las dos gallinas atadas en el prado. Cuando se alejó, Francisco pudo ratificar el enorme tamaño de la bestia. Si un lobo ibérico suele medir entre ciento treinta y ciento ochenta centímetros de longitud, éste superaba los dos metros. Jamás había visto un ejemplar tan grande. Dedujo que se trataba del carnicero que se encargaba de clavar sus colmillos en los cuellos de sus víctimas.

Cuando el lobo se alejó veinte metros, Francisco pudo acoplar la vista a la mira telescópica. Enseguida le tuvo a tiro. Era un disparo fácil. Pero alertaría a los otros tres. Tenía que esperar. Y, sobre todo, debía localizarlos entre la maleza.

Al segundo lobo lo encontró con relativa facilidad. Se encontraba a unos ciento cincuenta metros, justo en línea recta en relación con las aves. Era más pequeño y, como el que había pasado a su lado por entre la maleza, caminaba con lentitud intentando no hacer ruido.

Los otros dos tenían que venir por Este y Oeste. Pero no podía verlos. Al del Este, porque las ramas se lo impedían. Y al del Oeste, porque simplemente no lo pudo localizar. Pero Francisco estaba convencido de que tenían que estar los cuatro. Y esperaría hasta verlos a todos para disparar.

Comenzó su ritual. Inspiró aire hasta llenar los pulmones y lo mantuvo unos segundos. Después los vació con lentitud para volver a cargarlos. Así tres veces. Era el mismo ejercicio que había repetido en infinidad de ocasiones y que le ayudaba a que su pulso se mantuviera firme como una roca. En ese momento localizó al tercer lobo, el procedente del Oeste. Los tres se encontraban a menos de cuarenta metros del chopo. El ganadero notó que su corazón se aceleraba, pero se concentró para impedirlo. Necesitaba toda la tranquilidad que pudiera acumular para acertar en los disparos.

Los tres salvajes, Francisco dedujo que el cuarto también, se detuvieron a treinta metros de las que iban a ser sus presas. Las tenían rodeadas, como tuvieron rodeados a su ternero y a su fiel Sol. “Va ser la última vez, cabrones. La última vez. Os lo juro”, quiso gritar. Pero se limitó a esperar el siguiente paso de la jauría salvaje. Pasaron los segundos y nada sucedía.

“Estos se huelen algo, cago en la puta. Lo ven demasiado fácil”, se temió. Así era. Los lobos, acostumbrados a que sus víctimas huyeran nada más sentir su presencia, se mantenían alerta y desconcertados por la actitud de las gallinas. No paraban de agitarse, pero se mantenían en el mismo lugar donde las habían encontrado tras seguir el rastro del olor a sangre. Entonces hizo presencia el lobo llegado del Este. Caminó unos metros más agachando la cabeza hasta que salió como una bala en dirección a las aves.

Espera murmuró Jurado.

Las fauces del lobo agarraron a la primera gallina.

Espera.

El compañero que tenía enfrente y el de su derecha imitaron sus actos…

Espera.

Y el gigantesco lobo ibérico que había pasado a su lado también se lanzó a la carrera.

Ya os tengo.

Apuntó al líder de la manada y disparó. De inmediato el animal dio un brinco y cayó al suelo. Los otros tres se detuvieron súbitamente y dirigieron sus miradas a todos y a ningún lado en busca de un sonido cuya procedencia desconocían. Segundo disparo. La cabeza del lobo que mordía la primera gallina recibió el disparo de lleno y cayó en la hierba con el ave en su boca. Había disparado a esa presa por miedo a que huyera por el mismo lugar y la perdiera de vista. Tercer disparo. Al lobo que procedía del Norte, que intentó recular sin éxito. Un disparo en mitad del estómago lo dejó seco. El cuarto lobo inició la huida por el Oeste, la zona más abierta y con mayor facilidad de disparo. Tanto era así que Francisco se puso de rodillas, apuntó y esperó unos segundos hasta disparar.

“Te crees que vas a huir ¿eh?”

Apretó el gatillo y abatió al cuarto animal.

Y se hizo el silencio en el valle de Recillarón.

Francisco Jurado miró su reloj. Eran las seis y cuarto de la mañana. Tenía el cuerpo aterido y movió sus extremidades para despertarlo. Habían sido más de doce horas tumbado en una misma posición. Pero había merecido la pena. Los cuatro lobos asesinos de Sol habían sido ajusticiados tal y como Francisco le había prometido a su amigo en su tumba.

Caminó para verlos con mayor detenimiento y, en caso de que fuera necesario, rematarlos con el filo de su cuchillo. Al primero que encontró a su paso fue al líder de la manada, el lobo gigantesco. Se acercó a dos pasos de él. No se movía. Le había disparado por la espalda y la bala había atravesado gran parte de sus dos metros de longitud.

Cuando Francisco acercó la cabeza al macho, éste se giró con rabia y se lanzó al cuello del cazador. No estaba muerto. Estaba herido mortalmente, pero le quedaban fuerzas para un último ataque. Se arrojó con los dientes abiertos en busca del cuello humano. Francisco reaccionó y colocó el brazo izquierdo en medio. El mordisco alcanzó el hueso a la altura del codo y le provocó un dolor intenso que le hizo gritar como nunca en su vida. Cayó al suelo y el lobo le siguió sin desencajar las fauces del brazo. Cuando se soltó, intentó lanzar otra dentellada al cuello, pero Francisco volvió a colocar la mano para impedir el mordisco mortal. El chacal se aferró la muñeca y e intentó tirar de ella. En ese momento Francisco agarró su cuchillo de monte con la mano derecha y se lo clavó entre sus ensangrentados ojos con todas sus fuerzas.

Las fauces de la fiera gigantesca soltaron la muñeca y Jurado pudo empujar al animal hacia su izquierda. Volvió a clavar su cuchillo, esta vez en el cuello. Y una tercera vez en el corazón. Después se tiró al suelo retorciéndose de dolor. Se miró el brazo izquierdo y toda esa parte de su buzo se había teñido de sangre.

A duras penas se levantó. Mareado por culpa del dolor, corrió hacia los otros dos lobos tumbados al lado y se lanzó cuchillo en mano como si él mismo se hubiera convertido en un chacal. Clavó su arma media docena de veces en cada uno de los animales. Seguido, caminó dando tumbos hasta el lobo más alejado y repitió la acción. Cuando se levantó, su buzo estaba impregnado de sangre. De la suya y de las de sus víctimas. Se levantó y lanzó un grito al cielo. Un grito de rabia que se escuchó en todo el valle.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Carlota limpiaba la fregadera de la cocina de modo obsesivo. Eran las diez de la mañana y todavía no se había acostado. Tan solo pudo dormirse durante un rato a media noche mientras esperaba en el escaño la llegada de Francisco.

Habían discutido porque no quería que su marido vengara la muerte de Sol. Pero con el paso de las horas el enfado se convirtió en miedo a que algo desastroso le hubiera ocurrido a su hombre. Había tenido un mal pálpito. Peor que otras ocasiones en las que Francisco había salido a cazar. Siempre sentía temor a que le ocurriera algo malo. Pero en este caso su intuición le decía que, esa vez sí, la vida de su marido corría riesgo. 

Durante la noche rezó en silencio para que sus malos presagios no se cumplieran y Francisco volviera sano y salvo a casa. Entonces ya tendría tiempo de expresarle su disgusto por no cumplir su promesa de no volver a cazar y por haberla tratado a ella con desprecio. Pero hasta entonces solo pedía a Dios que regresara a casa cuanto antes.

Marquitos se encontraba en la gasolinera trabajando. Le había pedido a su madre que le llamara, en cuanto su padre regresara, al Iphone que Sonia le había regalado por su cumpleaños. Porque Marquitos también estaba preocupado. Él no supo de la muerte de Sol hasta la vuelta del trabajo y no se vio con la suficiente autoridad como para ir en busca de su padre para que olvidara sus ansias de venganza. Así que, mientras llenaba los vehículos de combustible, tenía su atención puesta en el teléfono.

Cuando había repasado la cocina por cuarta vez, se abrió la puerta de casa. Carlota se dirigió a ella de modo atropellado y mostró una sonrisa aliviada cuando vio que era Francisco quien entraba por ella. Hasta que observó su cara, pálida como la de un enfermo a punto de recibir la extrema unción, y su ropa llena de sangre.

¡Dios Santo! gritó poniendo sus manos en la cara.

Ayúdame suplicó Jurado mientras cerraba la puerta con dificultad.

Francisco se agarró a su mujer para no caer. Apoyó su brazo derecho en su espalda y le pidió que le ayudara a subir las escaleras. Se había quedado sin fuerzas tras haber disparado a los cuatro lobos y haber sido gravemente herido por el más peligroso de ellos. Además, después de rematar a las bestias, el trabajo no estaba terminado. Por mucho que de su brazo izquierdo manara sangre a borbotones, tanto del codo como de la muñeca. Para impedir que se desangrara se realizó un torniquete por debajo del hombro. Para ello utilizó el cinturón de su pantalón.

Con la hemorragia minimizada, se dispuso a hacer desaparecer las pruebas de la cacería. De haberse encontrado ileso, habría sido una labor sencilla para alguien como él. Pero la vista se le nublaba por el dolor, las fuerzas le flaqueaban y tenía miedo de desmayarse en medio de la matanza y con el arma culpable a su lado. Buscó fuerzas en su interior e inició el proceso de destrucción de las pruebas.  Uno a uno, extrajo con sus cuchillos las balas de los cuerpos de los chacales y se las guardó en el bolsillo del pantalón. Después los arrastró a todos al inicio del monte Pandián. Le costó enormemente, pues tan solo contaba un brazo para arrastrar a las bestias y pesaban más que las que él había cazado hasta el momento. Sobre todo el lobo que le había atacado.

Una vez en las faldas de Pandián, Jurado rasgó las tripas de los animales y sacó los intestinos. Sabía que ese olor atraería a los buitres, los reyes de la carroña, en pocas horas. Y que, si se acercaba una bandada grande, en menos de un día habrían rebañado hasta el último trozo de carne de los lobos. Iban a ser los mejores cómplices del cazador. Ya lo habían sido en otras ocasiones y esta vez no le iban a fallar. Además, tenían el premio extra de dos gallinas muertas por los lobos durante el tiroteo. Hubiera preferido que se salvaran, pero era un mal menor que había estado dispuesto a arriesgar.

Con la reserva de energías al límite, se quitó el buzo de trabajo lleno de sangre y lo escondió bajo unas piedras. Ya volvería a por él días después. Pero tenía claro que no podían verle con tanta sangre en su ropa. Los vecinos no preguntarían, pero recordarían su imagen en el caso de que un guarda de montes o un policía les interrogaran si habían visto a algún cazador furtivo que podría haber sido el asesino de cuatro lobos.

El rifle era el otro elemento, fundamental además, del que tenía que desembarazarse. Por desgracia, en ese valle no tenía preparado ningún escondrijo para armas como lo que sí había cavado en los puertos más cercanos a Cuénabres, Casasuertes y Valdeón. Así que optó por acercarse al río y esconderlo entre unas salgueras del prado de El Cristo. Muy mala suerte tendría si alguien pasaba por ahí y encontraba el arma. De todos modos borró las huellas con la manga de la camisa. Era un arma ilegal, que se la había regalado otro cazador furtivo, y que, por lo tanto, no tendría porqué relacionarle con él.

Con todos los cabos atados faltaba la vuelta a casa. Pero la muñeca destrozada le impidió coger la moto y tuvo que volver andando, dando tumbos sin pisar en ningún momento la carretera y escondiéndose de posibles curiosos hasta que llegó a casa.

Y allí se encontraba, subiendo las escaleras agarrado a Carlota. Babeaba y era incapaz de hablar. Carlota tan solo entendió que le pidió, balbuceando, que le curara. Ella propuso ir inmediatamente al centro médico de Riaño, pero Francisco, con las nulas fuerzas que le quedaban, dijo con fuerza:

No. Cúrame tú. No me muevo de aquí.

Fueron sus últimas palabras antes de caer derrumbado en el cuarto de baño.

Cuando se despertó, sus ojos intentaron vislumbrar una figura humana  borrosa que, en absoluto, podía ser su mujer.

Tranquilo. Duerme, ya estoy terminando dijo la voz masculina que creyó reconocer.

Después volvió a perder la consciencia. La siguiente ocasión que sus párpados vieron la luz, Francisco pudo enfocar con más claridad. Miró a los lados y se vio en su habitación de casa, tumbado en su cama, como una mañana cualquiera. Salvo que, por la luz procedente de la ventana, ya era de tarde. “Vaya, he dormido unas cuantas horas”, se dijo. Después miró a su derecha y, sorprendido, vio a su hijo Marquitos sentado en sillón. Se había quedado dormido leyendo el último ejemplar la revista comarcal de Riaño.

¡Marquitos, hijo! reclamó Francisco¿Pero qué haces aquí?

Marquitos se despertó y se espabiló enseguida.

¡Mamá, padre se ha despertado! ¡Se ha despertado! repitió dirigiendo su voz hacia el pasillo.

“¿Me he despertado? ¿Qué le pasa a este rapaz?”, se preguntó extrañado. Y más cuando Carlota entró en la habitación y se puso a su lado con los ojos enrojecidos.

El susto que nos has dado. Pensaba que te me morías.

Francisco Jurado continuaba atónito por las reacciones de su familia. Hasta que intentó mover el brazo izquierdo para acariciar la mano de su mujer y un fuerte dolor le obligó a detenerse. Miró a esa extremidad, llena de vendas y con una férula de escayola a la altura de la muñeca y el recuerdo de las dentelladas del lobo gigante regresó a su cabeza.

¡Los lobos!

Sí. Los lobos, que casi te matan respondió Carlota con un evidente tono de reproche. Por poco te desangras por culpa de tu maldita venganza.

Francisco calló. Todavía estaba ligeramente mareado y prefirió no entrar en una refriega con su esposa, que además tenía el argumento de verle herido en la cama como mejor argumento para vencer la contienda discursiva.

¿Me has curado tú? preguntó intentando suavizar la conversación.

No. Ha sido Don Justo.

¿Ha estado aquí?

Claro. Yo le llamé.

Pero ¿cómo se te ocurre…

Carlota detuvo su pregunta con fiereza.

¿Cómo se me ocurre qué? ¿Cómo se te ocurre a ti salir a matar lobos y volver medio muerto? ¿Eh? ¿Cómo se te ocurre?

Carlota abandonó la habitación y dio un portazo. Francisco miró a Marquitos, que miraba el brazo vendado de su padre.

¿El médico qué sabe? preguntó Francisco.

Nada. Le hemos dicho que ya hablarías con él cuando estuvieras bien.

Buena idea sostuvo. Tu madre está enfadada ¿eh?

Claro. Dijiste que no volverías a cazar y has faltado a tu promesa. Lo raro sería que no estuviera cabreada replicó Marquitos.

Un argumento más que sólido, pensó el padre. Pero también esperaba que su hijo comprendiera las razones por las que se sintió responsable de la venganza de Sol.

Tú entiendes por qué lo he hecho, ¿verdad?

Sí. Lo entiendo.

“Menos mal”, pensó Francisco.

Pero no lo comparto.

¿Qué?

Que no lo comparto repitió Marquitos mirando directamente a los ojos de su padre. Si los lobos te hubieran mordido el cuello estarías muerto y nos dejarías a mamá y a mí solos. Sin ti. Y parece que no te das cuenta de que eso es lo más importante.

Marquitos salió de la habitación y dejó a Francisco reflexionando sobre las palabras de su hijo. No sabía qué le molestaba más. Si el hecho de que fuera su vástago el que le acababa de dar una lección inescrutable, que no tuviera ningún argumento para rebatirle o que, de verdad, podía haber dejado viuda a Carlota y huérfano a Marquitos. Todo por su obsesión enfermiza de vengar la muerte de su perro. Cerró los ojos y pensó que ya decidiría cómo disculparse y recuperar la estabilidad emocional de la familia. Pero en ese momento el sueño volvía a apropiarse de su cuerpo, víctima de la gran cantidad de medicamentos que le había suministrado el doctor. Francisco no lo sabía, pero ya habían pasado tres días desde que apareció por casa y se desmayó.

Los días siguientes, mientras se recuperaba de las heridas, el ganadero intentó reconciliarse con su familia. Centró su atención en Marquitos aprovechando las horas de la tarde para continuar con la doma de Perla. Le aseguró que, al ritmo que iba, podría montarla antes del invierno. Marquitos se ilusionó con la idea de que, por fin, podría cabalgar a lomos de su potra con Sonia agarrada de su cintura.

Con Carlota la reconciliación se presentaba más ardua. Su esposa se mostraba esquiva cada vez que él trataba de mostrarse cariñoso. Esquiva y silenciosa. No tenía ganas de hablar con un hombre que le había defraudado de un modo tan hiriente. La había despreciado cuando ella le rogó que no saliera a la cacería de los lobos y, además, había faltado a su palabra de no volver a disparar su rifle. Él, que tanto promulgaba que un hombre sin palabra no es un hombre, se había retratado como un ser vengativo y sin respeto a su familia. Por ello Carlota, durante la quincena siguiente al enfrentamiento con los lobos, optó por la desidia como modo de vida marital. Hasta que una noche, mientras Marquitos permanecía en la cama escuchando música, Francisco no pudo más con la tensa situación de la pareja.

¿Hasta cuándo va a estar así? preguntó sentado en el escaño.

No sé contesto ella mientras fregaba los platos.

Ya te pedido perdón.

No me vale.

¿Y qué quieres?

Que lo sientas de verdad.

¡Claro que lo siento!

En ese momento sonó el teléfono. Marquitos gritó que lo cogía él y bajó a saltos hasta la entrada, donde se encontraba el aparato. Sus padres prosiguieron la discusión.

Lo que sientes es que el lobo te mordiera y que te viéramos herido. No que faltases a tu palabra.

Francisco calló porque Carlota tenía razón. De no haber resultado herido, seguro que hubiera tenido el mismo enfrentamiento con su mujer. Pero su cabezonería le impediría aceptar el error que su mujer le achacaba.

No lo volveré a hacer. Te lo juro.

No jures algo que no vas a cumplir. Te lo advierto. Así no quiero educar a mi hijo. Con un padre que no cumple sus promesas.

Créeme. La caza es historia. Lo del otro día no se volverá a repetir.

Al acabar la frase Marquitos entró en la cocina. Su rostro descubría pena y estupefacción a partes iguales. Carlota y Francisco se quedaron mirando a su hijo esperando que explicara la razón de su actitud.

Era Sonia.

Sus padres se impacientaron cuando su hijo se detuvo, meditabundo sobre la noticia que acababa de recibir.

¿Qué pasa, hijo? preguntó Carlota.

Su tío Pablo…. volvió a estancarse.

Su tío Pablo, ¿qué? preguntó Francisco alertada.

Está muerto. Se lo han encontrado esta tarde en casa. Muerto.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche que llegó la noticia a sus oídos, el Vengador pudo dormir relajado. Por fin. Llevaba varias semanas esperando la muerte de su tercer objetivo y la espera se le había hecho agónica. Tanto que llegó a plantearse si había ejecutado de modo erróneo su plan de envenenamiento de Pablo Méndez. Llegó a pensar que tendría que volver a su casa a comprobar que el bote con las setas venenosas continuaba en el estante. De no ser así, el plan se hubiera ido al garete. Bien porque había tirado el bote, o bien porque se lo había dado a alguien. Había temido especialmente esa posibilidad. El Vengador quería matar a Pablo Méndez. No a cualquier infeliz que se tuviera la mala suerte de toparse con las setas mortales. Porque no se consideraba a sí mismo un asesino. Ni mucho menos. Era un vengador con una misión justiciera que debía finalizar.

Pero, para alivio del asesino, Pablo Méndez había fallecido en el salón  de su casa intoxicado por unas setas silvestres de la zona. No tuvo tiempo para pedir auxilio. Comió las setas, se envenenó, se tumbó en el sofá y murió. Punto final. Como tenía que ser.

El Vengador se acostó en su cama, esbozó una sonrisa placentera y repasó mentalmente la lista de objetivos que ya había liquidado. Primero, Arturo Méndez hijo. Después, Arturo Méndez padre y ahora, Pablo Méndez. Además, estaba convencido de que nadie sospecharía nada. Nadie tenía porqué imaginar que las tres muertes eran algo mucho más enrevesado que tres fallecimientos accidentales a consecuencia de las drogas, una caída fatídica o una intoxicación letal. Jamás adivinarían que eran los pasos perfectamente planificados de un plan elaborado para culminar una venganza que el destino le había encomendado a él.

Aún faltaba el último eslabón de la cadena que cerrara la venganza. Julio Méndez, el hermano pequeño de Arturo y Pablo. Pero para esta última ejecución debería esperar. No podía acelerar sus actos por mucho que deseara dar por finalizada la venganza. Si hasta el momento había actuado con paciencia y cautela, ahora no debía flaquear y dar un paso en falso.

Tenía tiempo. Todo el tiempo del mundo. Por ello pensó dejar pasar los días, las semanas, los meses, hasta abordar el asesinato de Julio Méndez. Porque no tenía prisa. O si la tenía se la aguantaría.

El Vengador cerró los ojos y se dispuso a descansar plácidamente, agarrado al cuaderno que se había convertido en la razón de su vida. Estaba feliz. Y convencido de que El Montaraz estaría orgulloso de él.

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Un pensamiento en “EL MONTARAZ Páginas 211- 230 Las últimas… de momento

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