EL MONTARAZ. Capítulos 1, 2 y 3

        Varios lectores me habéis pedido que junte varios capítulos en un post para, así, poder leerlos con más facilidad. Lo comprendo y por ello aquí tenéis los 3 primeros capítulos de El Montaraz. Espero que los disfrutéis.

CAPÍTULO 1

 

Las Cortinas de Roblano. Cuénabres. León

31 de octubre de 2010. 4 de la tarde

 

 

 

 

 

            Marquitos Jurado recorría a paso firme el camino que bordeaba los prados de Las Cortinas de Roblano, cubiertos por una fina capa de nieve. Su perro Zar le acompañaba trotando unos pasos por detrás. El muchacho de dieciséis años acababa de separarse del ganadero Francisco Jurado, su padre, y tenía un objetivo en mente. Ascender hasta las peñas de Cuénabres, juntar seis vacas rezagadas bajo las rocas y regresarlas al pueblo antes de que una gran nevada imposibilitara el descenso del ganado. Francisco Jurado, por su parte, se había adjudicado una labor a priori más complicada. Llegar a La Cuesta de la Gistra, agrupar otras quince reses desperdigadas en el valle y bajarlas a Cuénabres con la ayuda de Sol, su anciano y fiel perro.

            A mediodía Francisco Jurado había augurado que todo el ganado iba a estar concentrado en la Cuesta de la Gistra, erguida pradera de entrada al Puerto de Cebolleda, puerta de los Picos de Europa por la vertiente leonesa. Pero los prismáticos le permitieron ver que seis cabezas de ganado se habían separado del resto y se hallaban debajo de Peña Pequeñina. Por ello el veterano pastor decidió que su hijo fuera a por las reses más cercanas al pueblo al tiempo que él se encargaba del rebaño principal.

            Mientras Marquitos iniciaba el empinado ascenso, rumiaba que había sido una idea arriesgada mantener a parte del ganado en el monte hasta que cayeran las primeras nieves. Si éstas hubieran sido más copiosas habrían corrido el riesgo de no poder subir a por ellas en varios días. Y de haber sido así, de haber sufrido una nevada continua que depositara un metro de nieve en el valle de Cuénabres, podrían dar por muertas a varias reses. Por mucho que fueran de raza limusina, la más fuerte y resistente de la montaña leonesa.

 Pero su padre había tomado la decisión y Marquitos no tuvo valor de discutirla. El argumento de Francisco era incontestable. Si no quería que su vacada fuera débil tenía que enseñarla a sobrevivir en las condiciones más duras de frío y nieve de la montaña leonesa. Por ello, todos los años mantenía hasta la primera precipitación de copos blancos a una docena de sus bovinas más fuertes junto con varias novillas que prometían un gran futuro como paridoras y madres. Sabía que las más curtidas aguantarían sin problemas una noche de helada y torvas. Y pretendía testar si las novatas eran lo suficientemente corpulentas y resistentes como para sumarse a su manada. Si no era así, si alguna de las añojas sufría en exceso la noche invernal leonesa, la vendería para carne, sin dudarlo, en la feria de Noviembre. Si, por el contrario, volvían a casa sin ningún indicio de neumonía o debilidad, pasarían a formar parte de su reputado rebaño. Esa era la filosofía que había llevado a Francisco Jurado, uno de los últimos ganaderos de los Picos de Europa leoneses, a poseer la manada bovina más envidiada de la montaña. Sólo quería las mejores y más fuertes vacas. Las mejores madres, y con la carne más apetitosa que pudiera criar. El resto, las reses más vulgares,  era para los demás.

Marquitos ascendía el empinado trayecto de El Calero con esfuerzo. Podía haber ascendido por La Pica del Cueto para luego continuar por la vereda que transcurre por Llanoverde, Lllanoescobalosos y Llanoscuetos, un trayecto menos pronunciado pero de mayor duración. Optó por la velocidad, aunque fuera acompañada de mayor sufrimiento.

 La fina capa de nieve, unida a la fuerte inclinación, le dificultaba el ascenso. De su boca se desprendía un vaho continuado, muestra de que, a pesar de ser todavía media tarde, la temperatura superaba por muy poco el grado cero. Al menos se alegraba de que las nubes hubieran desaparecido del cielo, lo que auguraba que no volvería a nevar, por lo menos, hasta el día siguiente. Acompañaba cada paso con un clavado de su vara de haya en el suelo que le aportaba estabilidad para el siguiente impulso. Zar, por el contrario, subía y bajaba sin dificultad, como queriendo restregar a su dueño la superioridad física canina sobre la humana. Tras media hora de rápida ascensión en la que atravesó El Juaco, Marquitos se detuvo para coger aire. Necesitaba un pequeño descanso si no quería que el flato incomodara su tarea. Su padre le había enseñado que, en condiciones adversas, debía coger aliento cada poco tiempo y recuperar fuerzas. Nunca cebarse en un sobreesfuerzo que pagaría más tarde.

¿Sabes lo de la pájara de los ciclistas cuando suben un puerto? preguntó en una ocasión a su hijo sin esperar respuesta. Pues imagínate que te da una pájara en mitad de una nevada y estás a tres horas del pueblo. A ver cómo sales si te quedas sin fuerzas había advertido el experimentado ganadero.

 Miró hacia arriba y comprobó que tan sólo le quedaban cincuenta metros de vereda hasta llegar a la pradera en forma de cuña previa a las peñas. Por ahí debían encontrarse las seis reses rezagadas. De no ser así, la tarea se le complicaría, pues en menos de una hora la noche haría su presencia e impediría la búsqueda de las vacas.

Ese temor le provocó que reiniciara la marcha con brío renovado. Había pensado orinar, pues sentía ganas de aliviarse desde que había empezado la ascensión, pero lo dejaría para más tarde. Cuando llegó al escampado su aprensión a no encontrar su objetivo desapareció. Bajo las peñas y protegidas por ellas del helador viento del norte, se hallaban las seis reses. Marquitos suspiró de alivio y se acercó unos metros más. Ya era suficiente. Era el momento de poner a trabajar a su perro de carea.

¡Ale, Zar, titi, perrín, vamos, vamos, a por ellas, venga a por ellas, ale, ale, muerde titín! gritó Marquitos con fuerza mientras señalaba a las vacas con su palo.

Zar respondió con celeridad. El joven carea leonés se lanzó ladera arriba hacia los animales con varios ladridos continuados a modo de advertencia. “Si no me hacéis caso, os muerdo las patas”, amenazaba el perro con sus gruñidos. Las vacas, ateridas por  frío, reaccionaron con pereza. Una de ellas, La Noblona, esperó a que Zar llegara a su altura para iniciar un lento movimiento de patas. Cuatro de ellas la siguieron con pausa. Pero la última no movió ni un paso. Era La Jamelga, una vaca vieja de trece años a la que Francisco tenía aprecio porque, aunque su carne ya no iba a ser de primera calidad el día que la sacrificara, todos sus años fértiles le había dado un jato fuerte y sano. La Jamelga esperó a que Zar llegara hasta sus patas para reaccionar soltando una coz al aire. Pero siguió sin moverse del lugar. Mostraba una actitud eminentemente defensiva, queriendo alejar con pezuñas y cuernos al perro que la instigaba.

¡Zar, perrín, ven aquí! ¡Para, para, coño, vuelve! ordenó Marquitos a su cánido.

 Éste no tardó en acatar la orden de su amo y regresó a su vera. El resto de la diminuta manada, que ya se prestaba a que su instinto le indicara una vereda escondida entre la nieve, también se detuvo. Marquitos ordenó a Zar que se quedara quieto y soltó el zurrón de sus hombros. Lo abrió y buscó una pequeña bolsa blanca de plástico que se hallaba en el fondo. La encontró, la sacó de la mochila y se la enseño a las vacas. Restregó la bolsa con las manos para que hiciera un ruido tan reconocido por sus reses que lo lógico hubiera sido que las seis limusinas se lanzasen a por la bolsa con su habitual premura.

¡Monina, guapa, ven aquí, lolona! gritó, aunque de un modo más dulce, el vaquero adolescente.

Las cinco vacas agrupadas reaccionaron de inmediato y se encaminaron hacia su amo. Creían que, como siempre, esa bolsa blanca significaba que iban a disponer de una ración abundante de sal, su alimento más deseado. En esta ocasión no iba a ser así, no había previsto que la iba a necesitar. Pero a Marquitos no le preocupaba que, por una vez, sus reses no satisficieran su ansia salada. Sí le  inquietaba, por el contrario, que La Jamelga no siguiera los pasos de sus compañeras y se mantuviera quieta ante la llamada de la sal. Su única reacción fue mugir con desesperación y acompañar sus lamentos de impetuosos movimientos de cabeza.

“Está enferma”, pensó Marquitos con amargura. “¡Qué putada!”

 Ordenó a Zar que se mantuviera firme en su puesto. No quería que sus ladridos atemorizasen de nuevo a La Jamelga y caminó con lentitud hacia ella. Las demás reses seguían sus pasos a la espera de un premio salino que no iban a recibir. Cuando Marquitos se encontraba a dos metros comenzó a llamarla con dulzura, queriendo así que la res le reconociera y le permitiera acercarse aún más. El sonido de la voz del amo surtió efecto. La vaca mugió de nuevo, pero esta vez el bramido largo y angustioso se asemejaba más a una petición de auxilio que a una advertencia para que no se aproximara. El adolescente, con lentitud y delicadeza, colocó su mano en la cabeza del animal y la pasó por entre sus ojos hasta llegar a la boca. La Jamelga correspondió lamiendo la mano de su dueño con su lengua rasposa y cosquilleante. En ese momento Marquitos lamentó de nuevo no tener sal para ganarse la confianza absoluta de la res. Pero ya no había remedio. También se contrarió porque su padre no estuviera con él en ese momento. Con un rápido vistazo sabría qué le ocurría a limusina y buscaría una solución inmediata. Sus cincuenta años de vida entre vacas, prados y montes le habían proporcionado un conocimiento de la fisiología bovina cercano al de cualquier veterinario experimentado. Pero Marquitos todavía era un rapaz de dieciséis años, “casi diecisiete” le gustaba remarcar, que tenía que recibir muchas lecciones para llegar al conocimiento de su progenitor.  

Aún así, acercó su cabeza a la de la vaca y tardó pocos segundos en deducir la dolencia de la rumiante. Miró fijamente a sus ojos, acercó sus dedos a uno de ellos hasta casi tocar su retina y comprobó que La Jamelga no hacía ningún gesto de rechazo.

 “Está ciega, me cago en diez, no ve ni leches”, se dijo a sí mismo.

Una res cegada en una tarde-noche otoñal en mitad de la nieve. Marquitos maldijo la mala suerte que había tenido, pues sabía que hacer descender a vaca vieja iba a ser tarea complicada, más aún cuando la noche se le iba a echar encima en menos de una hora. Sin embargo no fue ese augurio el que le provocó un estremecimiento de terror cuando dirigió su mirada hacia las rocas. Vio cómo una manta gris blanquecina de vapor de agua descendía a gran velocidad entre Peña Pequeñina y Peña el Bolo. Se trataba del cierzo leonés, uno de los mayores peligros de la montaña.

Lo que me faltaba, me cago en diez dijo en alto.

Con un rápido barrido de sus ojos observó que el cierzo también rodeaba el resto de peñas y comenzaba a impedir una buena visión de los riscos más altos. En pocos minutos llegaría hasta el punto en el que se encontraba él con el ganado. Entonces pensó que lo lógico era bajar hasta el pueblo y esperar a la madrugada del día siguiente a buscar a las vacas. Sí, era lo más sensato. Caminar entre el denso cierzo que impide ver a más de dos metros de distancia era demasiado arriesgado. Y más cuando la nieve no le iba a permitir ver con claridad las veredas a seguir.

Pero aunque fuera la alternativa más perspicaz, el adolescente leonés sabía que no iba a tomar esa decisión. Porque temía a que, al día siguiente, una gran nevada le imposibilitara subir a por las vacas. Si eso sucedía, podía dar por muertas a más de una. Y, sobre todo, porque quería demostrar a su padre que era capaz de cumplir con las tareas encomendadas por éste. Marquitos Jurado quería ser como Francisco Jurado, el seguro y valiente ganadero al que admiraba. Y estaba convencido de que su idolatrado progenitor jamás dejaría a uno de sus animales en peligro y se las arreglaría para llevarlo a la cuadra sano y salvo. Por mucho cierzo, frío, nieve y oscuridad que se interpusieran en su camino.

El problema era que no podía ordenar a Zar que azuzase a las vacas para que bajaran con rapidez. Porque La Jamelga, ciega y temerosa, no iba a hacer caso al cánido, por muchos mordiscos que recibiera en sus talones. Marquitos tenía que pensar algo y hacerlo rápido. El cierzo se estaba convirtiendo en una manta gigantesca  que se apresuraba a devorarlo. Abrió de nuevo la mochila, rebuscó con rapidez en su interior y encontró algo que le podría servir para la idea que acababa de surgirle. Eran dos cuerdas de empacadora. Las ató firmes con un nudo y se acercó a la bovina. La vaca mugió, pero no tuvo tiempo para apartar la cabeza. Con un movimiento veloz, Marquitos ató un extremo de la cuerda al cuerno derecho de la res, agarró con fuerza el otro extremo y tiró enérgicamente. Pero apenas la movió unos centímetros, señal inequívoca de que la idea no era tan acertada como esperaba. Volvió a intentarlo y más de lo mismo. La Jamelga tan sólo dio dos pasos.

¡Me cago en la puta, ayúdame! gritó.

Imposible. Dos tirones más y al tercero el joven ganadero cayó de culo contra la nieve. El cierzo se encontraba ya a menos de cien metros y llegaría a su altura en un par de minutos. Y ahí estaba él. Sentado encima de la nieve al lado de un perro expectante, una vaca ciega y otras cinco sanas que, con la mirada, le rogaban que las llevara a casa.

“Eso es, tú me vas a ayudar”, se dijo mirando a La Rubia, la res que tenía más cerca. Volvió a utilizar la estratagema de la falsa bolsa de sal para que se acercara aún más. La vaca se pegó a él y Marquitos pasó la mano por su lomo hasta llegar a los cuartos traseros. Después, con sutileza por miedo a recibir una patada, acarició la cola de la vaca. Cuando la tenía rodeada con una mano, pasó el extremo libre de la cuerda e hizo un nudo que estrujó el rabo de la vaca. Ésta soltó una coz que Marquitos sorteó por centímetros. Seguido, pegó un fuerte manotazo en el lomo de La Rubia y soltó un grito para que se pusiera en marcha.

El plan funcionó. La Rubia comenzó a descender y, a cada paso que daba, arrastraba a La Jamelga. Las otras cuatro reses, ansiosas de movimiento, siguieron sus pisadas. Tras un minuto entre nieve virgen enfilaron el sendero que les trasladaría hasta Cuénabres pasando por la Pica del Cueto. Marquitos sintió que la misión iba viento en popa. Una vez colocados en un sendero era difícil que la manada se extraviase del camino a casa. Aunque su satisfacción desapareció en el momento en que miró hacia atrás. Como si de una aparición fantasmagórica se tratase, el cierzo leonés llegó a su altura y le superó ante la temerosa mirada del chico. En pocos segundos Marquitos  apenas distinguía a las vacas que tenía cinco metros por delante de él. Entonces el pavor se apoderó de su cuerpo. Si perdía de vista a su ganado, podría equivocarse de vereda en medio de la niebla, que impedía ver la mínima luz diurna que quedaba. Y, solo, perdido entre el cierzo y de noche, su futuro no se planteaba nada halagüeño. 

Marquitos corrió hasta la última bovina de la fila que recorría el sendero y se agarró a su cola. Pensó que si una de sus reses podía arrastrar a una compañera ciega, otra podía hacer lo mismo con él. Y, para su fortuna, así fue. “Cuando lleguemos al pueblo sí que les voy a dar toda la sal que quieran después de lo que estamos pasando” pensó con optimismo. Aliviado, comprobó que la expedición caminaba a buen ritmo atravesando un cierzo tan denso que Marquitos apenas si llegaba a adivinar en qué punto exacto de la montaña se encontraban. Ya relajado y seguro de que su integridad no corría peligro se percató de que las ganas de orinar que le acompañaban desde hacía un buen rato aumentaban a cada paso que daba. Contrariado, pensó en cómo mear sin soltarse de la cola de la vaca. “Si los ciclistas lo hacen encima de la bici, yo también puedo hacerlo andando” se dijo con ánimo.

La mano derecha se mantenía asida al rabo de la res. Así pues, la izquierda le quedaba libre para bajarse la cremallera y sacar su miembro a orinar. Marquitos no era zurdo y temía salpicarse los pantalones durante la maniobra, pero sentía que estaba a punto de reventar. Bajó la cremallera con un gesto rápido y preciso y comenzó a evacuar con ímpetu al tiempo que caminaba arqueando las piernas para no regar sus pantalones. Un suspiro de alivio y un escalofrío acompañaron el final de la meada y el joven, calmado, subió la cremallera del pantalón.

En ese momento, en el que tenía las defensas más bajas, no pudo apreciar que la vaca que le guiaba había dado un pequeño rodeo por la izquierda de un mojón colocado en mitad de la vereda.  Marquitos pisó la piedra, húmeda por la nieve y el cierzo, y se resbaló. Su mano derecha se soltó de la cola de la vaca y el muchacho se precipitó montaña abajo hasta detenerse veinte metros por debajo de la travesía. El miedo a perderse le hizo que volviera a ponerse en pie enseguida. Sabía que las vacas no podían alejarse más metros, pues desaparecerían de su vista. Pero en vez de ascender por el mismo lugar por donde había caído, optó por atajar y subir en diagonal, sin apenas ver dónde pisaba.

Tomó impulso con la mano y dio dos pasos rápidos y seguros entre la nieve. El tercero no llegó a finalizarlo. Apoyó el pie izquierdo y éste se hundió entre la nieve provocando que su cuerpo se abalanzara hacia adelante. Marquitos colocó las manos para mitigar el desplome, pero éstas tampoco encontraron tierra firme en la que detenerse. En un instante sintió que caía por una cueva vertical escondida por la manta blanca.

 El golpe contra el suelo fue inmediato. Lo primero que tocó su cuerpo fueron sus manos. Seguido, la cabeza. El fuerte choque provocó que perdiera el conocimiento.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado descendía con su rebaño por la Cuesta de la Gistra a buen ritmo acompañado de los ladridos de Sol, que impulsaba a las reses a que trotaran sin detenerse. Había tenido suerte. Las vacas que debía recuperar de la montaña se mantenían donde él las había divisado con sus prismáticos y tardó pocos minutos en dirigirlas hacia el pueblo.

Cuando caminaba por la vereda cercana a la cabaña de Frañisquera el experto vaquero observó en la nieve unas pisadas que atravesaban el camino. Se detuvo y se agachó para ratificar la primera impresión.

“Sí, son lobos. Tres lobos. Dos adultos y una cría”, se aseguró al comparar el tamaño de las huellas.

Seguido, miró con preocupación a Sol. No quería que se lanzara en busca de los chacales para enfrentarse con ellos. Algo que, tanto Sol como Zar solían hacer cuando intuían la presencia de sus primos asilvestrados. Él les había amaestrado para que se mantuvieran junto a sus dueños, apareciera el animal que apareciera. Pero si se despistaba, los dos careas se lanzaban a la carrera. 

 En la mayoría de las ocasiones en las que los perros ganaderos se enfrentaban a los lobos estos últimos huían. Los chacales no son amigos de duelos cara a cara sin tener la ventaja del factor sorpresa. Pero tampoco era extraño que algún can volviera a casa con marcas de las fauces de los lobos. Teniendo en cuenta el riesgo de contagiarse de las enfermedades infecciosas que solían portar esos animales, Francisco prefería evitar que sus fieles compañeros cruzaran sus colmillos con los de los salvajes. Por ello ordenó a Sol que detuviera su acoso al ganado y se colocara en paralelo a él. El can obedeció como obedece un veterano animal cuyo único fin en su vida es hacer feliz a su amo. Ladró y caminó a la par de Francisco con la lengua fuera como muestra de cansancio.

Te estás haciendo viejo, amigo dijo Jurado a su perro al tiempo que le acariciaba la papada. Los dos nos estamos haciendo viejos. 

El ganadero notó que empezaba a surgir en su interior  un sentimiento que todos los años hacía su aparición con el inicio de las primeras nevadas y que no se desvanecía totalmente hasta el brotar de las primeras hojas primaverales. La melancolía. Francisco Jurado, que ya de por sí no se valoraba como el hombre más feliz y afable del mundo, se sentía especialmente melancólico y reflexivo a medida que las horas de luz diurna y la temperatura descendían. A menudo pensaba que esa morriña se debía a que, cada invierno que llegaba, sentía que había pasado otra primavera, verano y otoño sin llegar a cumplir unas expectativas personales que ni tan siquiera él era capaz de concretar. Si alguien le hubiera preguntado alguna vez qué era lo que le impulsaba a esa tristeza no habría sabido qué explicar. Tenía a Carlota, una mujer a la que adoraba y a la que había podido reconquistar como amante esposa tras años de ausencia de pasión. A Marquitos, un hijo del que sentía orgullo por su bondad, su valor  y el amor que procesaba a la montaña que le había visto nacer. Además, debía estar contento. Hacía tan sólo medio año estuvo a punto de perder a su hijo único en la conocida como “tragedia de Cebolleda” y pudo salir milagrosamente a salvo. Asimismo, sus vacas se mantenían como las más cotizadas de la montaña y podía disfrutar de una situación económica estable. Milagrosamente estable para el momento de crisis que vivía el país.

Así que a Francisco Jurado la vida le sonreía. O, al menos, no le miraba con furia. Entonces, ¿por qué no aceptaba su situación con una visión positiva? Al planteárselo siempre llegaba a la misma conclusión. No tenía ni idea. Y dudaba que algún día pudiera encontrar una respuesta.

 Las pisadas de los lobos procedían del hayedo al sur del valle y se dirigían a las peñas. Donde, supuso, ya no se encontraría su hijo con el ganado. Pensó que Marquitos se hallaría cerca del pueblo, si es que no había llegado ya a los prados de Relasllamas, donde le había ordenado que dejara a las limusinas para reunirlas a todas. Además se imaginó que su vástago se habría dado prisa en bajarlas, pues sabía de su temor al cierzo. Sobre los lobos pensó que, de haberlos visto el invierno pasado, no habría dudado ni un instante en llegar a casa, coger el rifle y subir a matarlos. Disparar a un animal que caminaba por la nieve era, para Jurado, un juego de niños. Podía seguir las pisadas con suma facilidad y tenía menos riesgo de ser descubierto por parte de las fieras. En invierno, por culpa del frío, el olfato de los animales es menos sensible y, si hubiera querido, Francisco podría dirigirse a ellos aunque tuviera el viento de espaldas.

Pero en esta ocasión no iba a matar a ningún lobo. Ni a lobos ni a jabalíes ni a ciervos ni a rebecos. Menos aún a un oso, el único animal de la montaña al que no había apuntado jamás porque “a los osos no se les mata”, tal y como le había enseñado su padre, Vicentín el Hurón.

Su prolífica vida como cazador furtivo había terminado la noche de la “tragedia de Cebolleda” y no tenía pensado volver a portar un arma de fuego.  Ya no lo necesitaba y, además, se sentía culpable por las trágicas consecuencias de aquella fatídica noche. Así que los lobos podían caminar tranquilos por la montaña en busca de animales indefensos a los que hincar el diente.

Francisco Jurado y su ganado atravesaron el prado de El Tumbo, La Roble y Los Carbozales. Cuando llegaron al cruce donde se había separado de su hijo, miró a las peñas. Pero la noche, que ya había hecho presencia, y el cierzo le imposibilitaron ver si quedaba algún animal en ellas. No se preocupó. Estaba convencido de que su hijo y las seis vacas ya se encontraban descansando en los prados de la aldea.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Marquitos Jurado se despertó con los ladridos de su perro. Al abrir los ojos no vio nada. La oscuridad le envolvía y no sabía dónde se encontraba. Sólo reconocía el sonido de Zar por encima de él. Se tocó la cabeza y se asustó al percibir un pequeño reguero de sangre que le caía por la oreja derecha hasta el cuello. A tientas, palpando unas piedras, se incorporó y sintió un enorme dolor en el hombro izquierdo. En ese momento supo qué le había ocurrido. Se había tropezado cuando caminaba en dirección al ganado y había caído en, en,….

¿Dónde estoy? preguntó en voz alta, como si esperara que hubiera alguien a su lado que le respondiera.

La ausencia de luz le impedía adivinar en qué espacio había caído. Supuso que se trataba de alguna cueva escondida entre la maleza cubierta de nieve. Con esfuerzo, y a pesar del dolor en el hombro, se quitó la mochila y buscó una linterna para salir de dudas. Tras mirar en todos los bolsillos soltó un exabrupto al evidenciar que se le había olvidado meter la linterna en el bolso. Lanzó un grito de rabia contestado por un ladrido de Zar. Era un grito con el que se estaba culpando a sí mismo del olvido de introducir la luz artificial. También pensó que cuando su padre se enterara del descuido le caería una buena bronca. “Cuando vayas al monte nunca olvides una navaja, un mechero y una linterna”, le había repetido en infinidad de ocasiones cuando era un zagal. Y cuando más útil le iba a resultar esa luz era cuando se la había dejado en casa.

Volvió a rebuscar en la mochila, esta vez con pánico. Temió que tampoco hubiera ningún encendedor. Si era así, la situación se le iba a poner realmente complicada. A oscuras, mojado, con sangre en la cabeza y con un hombro que cada segundo que pasaba más le dolía. Tuvo suerte. En un espacio interior palpó dos mecheros. Sacó los dos y se metió uno en el bolsillo del pantalón. Activó el mecanismo de encendido del segundo y una pequeña luz alivió su temor. Al menos ya veía su mano y parte de su brazo. Pasó el encendedor en torno a su cuerpo para comprobar si la caída le había provocado alguna herida de gravedad. A primera vista tan sólo tenía algún rasguño en la cazadora a la altura del dolorido hombro izquierdo.

Con la relativa tranquilidad de no sufrir ninguna lesión grave se dispuso a otear el lugar en el que se encontraba encerrado. Lo primero que le preocupó era saber por dónde había caído. Pero la diminuta luz del encendedor no le permitía vislumbrar bien el espacio por el que se había desplomado. Necesitaba más iluminación. Volvió a recurrir a la mochila y localizó tres páginas de periódico con las que su madre había cubierto un bocadillo de chorizo. Cogió una de ellas y se dispuso a encenderla. Pero se detuvo. ¿Cuánto tiempo de luz le aportaría esa hoja? Muy poco. Necesitaba algo más duradero para que, por lo menos, tuviera tiempo para hacerse una composición de lugar. Con el encendedor como único faro, buscó en el suelo algún palo que le sirviera como fijación de una antorcha. Encontró una vara de haya y la agarró con la mano izquierda. Ese gesto le supuso un dolor tan fuerte que no pudo reprimir un grito largo y rabiosos. Después respiró hondo e intentó calmarse.

Repasó mentalmente qué le podía ser útil para crear la antorcha y, tras varios segundos, llegó a la conclusión de que tendría que recurrir a su ropa. Se desabrochó la cazadora e intentó quitársela. Pero no pudo. El hombro izquierdo estaba más dañado de lo que había creído al principio, pues al tratar de moverlo para apartar la cazadora de su cuerpo sintió un pinchazo que le obligó a morderse el labio de dolor. Tenía que buscar otro modo. Se levantó el jersey y lo agarró con los dientes. Entonces iluminó por un instante la camiseta interior. Guardó el encendedor y sacó la navaja del bolsillo del pantalón. A oscuras, agarró la camiseta y la rasgó por el lateral derecho. Después continuó como pudo hasta lograr hacerse con un trozo de la camiseta. La asió y se sentó.

El suelo estaba húmedo, pero su cuerpo debía estar bien asentado para elaborar la antorcha a ciegas y con una sola mano. Colocó el palo entre las piernas y empezó a pelarlo. No quería poner la tela encima de la corteza mojada. Con la vara ya pelada, hizo un corte vertical de cinco centímetros en medio de la misma e insertó el trozo de camiseta. Después el papel de periódico. Pero temió que se cayeran enseguida. Tenía que amarrarlos con seguridad. Para ello se quitó el cordón de una bota, partió un extremo con la navaja e hizo un nudo con el trozo de cordón. El otro se lo guardó por si lo tuviera que necesitar más tarde.

El proceso de creación de la candela le había costado más de un cuarto de hora y, al acabarlo, sintió los primeros síntomas evidentes de frío. Las manos le tiritaban compulsivamente. Se las frotó con fuerza y se apresuró a encender la antorcha.

Objetivo cumplido. Una luz más homogénea y potente iluminó el espacio y le aportó un poco de calor. En efecto, estaba en una cueva. El agujero por el que había caído se encontraba justo encima de él, a dos metros y medio de altura, cubierto por unos matorrales que lo hacían prácticamente invisible. Ni tan siquiera era capaz de ver a Zar, que continuaba ladrando justo encima de él. Sabía que le iba a resultar imposible alcanzar el hueco con el brazo izquierdo inútil. Entonces se dispuso a observar el resto de la caverna. Dirigió la antorcha al frente y sólo divisó piedras y tierra a dos metros de distancia. Lo mismo a la derecha, a una profundidad de otros dos metros. Después se giró para comprobar detrás de él. Más piedra, en esta ocasión pegada a su cuerpo. Sólo le quedaba un lateral de la cueva y la luz de la antorcha parecía querer llegar a su ocaso. En ese momento pensó en su perro y empezó a gritarlo con violencia.

¡Titi, perrín, a casa! ¡Fuera, a casa Zar!

El carea ladró como respuesta. Eso no era lo que quería Marquitos. Deseaba que Zar volviera al hogar y alertara a su padre de la comprometida situación en la que se encontraba. Pero el joven cánido, nervioso y rodeando continuamente la boca de la cueva, no atendía a las órdenes de su amo. Marquitos cambió la antorcha de mano y cogió una piedra. La lanzó al hueco y gritó a Zar. Después cogió otra. Y así hasta que dejó de escuchar los ladridos de su cánido.

“Espero que lo haya entendido”, se dijo en un intento de darse esperanzas.

Le quedaba tan sólo una pared de la cueva por divisar y la antorcha agonizaba. Caminó tres pasos y comprobó que ese frente era algo más profundo. Por lo menos cuatro metros. Anduvo hasta llegar al fondo e iluminó las piedras.  

Se quedó paralizado y soltó un grito de terror. A sus pies halló un esqueleto. Un esqueleto humano apoyado contra las rocas. Desanduvo horrorizado dos pasos y la antorcha se apagó.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado caminaba en la retaguardia de la manada de vacas. Al llegar al llano de El Pandiello observó la, para cualquiera, bucólica imagen de media docena de casas de Cuénabres expulsando humo por sus chimeneas. Para él no. Se detuvo un instante y la pena volvió a apoderarse de su mente. La razón fue un recuerdo de su infancia. El de bajar por ese camino acompañado de su padre, Vicentín el Hurón, o de Daniel Molero, su amigo de la niñez, y detenerse a contar la cantidad de chimeneas humeantes del pueblo. Rememoró cómo en una ocasión llegó a contar veinticinco casas con los fogones de leña a pleno rendimiento para aplacar el frío invierno leonés. Veinticinco. Y ese día, un día cualquiera del otoño de 2010, sólo seis chimeneas se mantenían activas.

“Cuénabres se me muere lentamente”, se dijo entristecido. “No sé cuándo, pero un día dejará de haber fuego en las estufas y vida en las casas”. Miró al cielo oscuro y, en un amago de plegaria de un hombre escasamente religioso, rogó no llegar a ser en un futuro el último residente de la aldea. Se imaginó angustiado como el único morador de Cuénabres, un pueblo centenario ejemplo de la vida rural española, y se dijo a sí mismo que prefería que le comieran los gusanos antes que vivir el declive definitivo de su pequeña aldea. “Algo habrá que hacer para que no pase”, pensó a modo de ánimo.

Llegó a la aldea y pasó por delante de su casa. Comprobó que había luz en la cocina y supuso que Carlota, su bella esposa morena, delgada y de mirada dulce, estaría preparando la cena mientras Marquitos se calentaba con el fuego de la estufa de leña. A él también le vendría bien quitarse las botas, poner los pies y las manos delante de las brasas y esperar a que su mujer dijera que la cena estaba preparada. Pero antes tenía que trasladar las vacas hasta los prados de Relasllamas, donde toda la manada haría noche para ser introducida en las cuadras al día siguiente. Aceleró el paso, lo que provocó que Sol hiciera lo mismo e incitara a que el ganado comenzara un suave trote.  Hasta que llegaron a la altura del puente sobre el río Frañisquera, que divide a Cuénabres en dos, y las reses se detuvieron. En ese momento Francisco se percató de que las seis vacas que, suponía, había bajado su hijo, se hallaban en la plaza entorpeciendo el paso de su manada.

“¿Qué coño hacen éstas aquí?”, se preguntó. Miró a un lado y a otro y no encontró a Marquitos. Tampoco divisó a ningún paisano al que preguntarle si sabía dónde se encontraba su hijo. Los pocos habitantes que quedaban en el pueblo se protegían en sus casas de la noche y el frío. En ese momento observó un elemento que le provocó curiosidad. La Rubia tenía una cuerda de empacadora atada a la cola. Se acercó a ella y vio cómo el otro extremo estaba atado al cuerno de La Jamelga. Francisco puso cara de extrañeza y volvió a buscar a su hijo sin éxito. Quería preguntarle qué hacían las reses en el pueblo y no en los prados de Relasllamas y porqué dos de ellas estaban atadas entre sí. Apartó a una novilla que se le había acercado con curiosidad y se acercó a la cabeza de La Jamelga. Los pasos del humano incitaron a la res a que mugiera con fuerza. Varias añojas se unieron formando un coro bovino habitual en la montaña.

El experto ganadero se dio cuenta, nada más acercar su cabeza a la de la res, de que estaba ciega. Entonces dedujo qué había ocurrido. Marquitos había bajado a las vacas al medio del pueblo y se había dirigido a la cuadra a buscar algún antibiótico para La Jamelga. Esa idea le provocó satisfacción. Su hijo había tomado la iniciativa sin esperar a que él le ordenara lo que tenía que hacer. Con el agrado de pensar que cada día que pasaba Marquitos maduraba a mayor velocidad, cambió de planes. En vez de llevar a las vacas a Relasllamas las dirigiría a los corrales para que descansaran bajo techo. Así aprovecharía para curar al animal enfermo.

Ordenó a Sol que instigara a la manada hacia las dos cuadras del otro lado del pueblo. Éste obedeció y el grupo caminó con lentitud. Francisco, por su parte, se adelantó a la carrera para abrir las puertas de los establos antes de que las vacas llegaran. Pero cuando llegó al cobertizo grande, donde tenía la mayor parte de las medicinas, se extrañó al no ver luz en su interior. Abrió la portillera y Marquitos no estaba dentro esperando a su padre, tal y como él había supuesto.

 

 

                                               *         *         *

 

 

El ganadero adolescente respiraba de un modo acelerado. La antorcha se había apagado. Volvía a encontrarse a oscuras y la última imagen que había visto era la de un esqueleto humano.

Suplicó socorro con unos gritos imposibles de escuchar. Repitió los lamentos en varias ocasiones. Hasta que se convenció de la inutilidad de sus chillidos. Volvió a encender el mechero con torpeza y, de nuevo, la luz que desprendía era insuficiente. Tenía que elaborar otra antorcha lo antes posible. Pero el frío, acompañado en esta ocasión por el pánico de hallarse a pocos metros de una persona muerta, le provocaba un enorme temblor en las extremidades. Aún así, volvió a desabrocharse la cazadora como pudo y rasgó otro trozo de camiseta con la navaja. Ayudado de otro palo, de la segunda hoja de periódico y del trozo de cordón que le quedaba, creó una nueva tea. Entonces acercó la mano temblorosa que portaba la antorcha al lugar donde había avistado el esqueleto. Al hacerlo se le pasó por la cabeza que la imagen divisada minutos antes podía haberse tratado únicamente de una trampa de la imaginación. Que lo que él había considerado que era un cadáver no eran más que unas piedras, tierra o raíces que, por culpa de sus originales formas y del juego de luces y sombras de la cueva, le habían inducido al error.

 No fue así. Al acercar el fuego a la pared sus ojos ratificaron la primera visión. Se trataba de un esqueleto humano. Se encontraba apoyado contra la pared. La cabeza únicamente estaba compuesta por los huesos, sin ningún tejido que la cubriera. Al igual que las manos, vacías de piel. El resto del cuerpo estaba cubierto de ropa. Unas botas de monte habían protegido sus pies hasta su muerte. Por encima portaba unos pantalones de pana, una camisa y una cazadora de cuero negro. Además, de su cuello colgaba un zurrón de piel.

Marquitos, más apaciguado al suponer que la persona muerta que tenía frente a él no se iba a levantar, supuso que se trataba de un hombre que había muerto hacía ya muchos años. Lo intuyó tanto porque el esqueleto se encontraba totalmente limpio de piel, seguramente víctima de las alimañas a lo largo de los años y de su propia descomposición, como por el tipo de ropaje que vestía. Le recordó a varias fotos antiguas de sus abuelos, Marcos y Vicentín, con una vestimenta similar posando en un mercado de ganado al lado de una vaca o delante de casa con el pie encima de un jabalí muerto.

La desaparición del miedo a que el esqueleto fuera peligroso se convirtió en terror al calibrar la realidad en la que se encontraba. Dentro de una torca en mitad del monte, solo, en una noche de cierzo y helada, sin que nadie supiera su ubicación, dolorido de un hombro y, lo más importante, con un frío en su cuerpo que empezaba a causarle problemas de movilidad. Tragó saliva aterrorizado porque estaba seguro de que no iba a ser capaz de aguantar una noche bajo cero a la intemperie. Si no salía antes de la caverna o lograba que la temperatura de su cuerpo ascendiera, acabaría tan muerto como el esqueleto que tenía a sus pies.

Pensó en su padre. ¿Qué haría Francisco Jurado en ese preciso momento? ¿Intentaría alcanzar la grieta por la que había caído aunque para ello no pudiera contar más que con un brazo en buen estado? No. Ni su admirado progenitor podría ser capaz de tal proeza. Entonces la opción que Jurado padre tomaría sería otra. Intentar sobrevivir hasta que le encontraran. Y eso es a lo que iba a aspirar Marquitos.

Recorrió toda la cueva en busca de cualquier objeto factible de ser quemado. Localizó una docena de ramas muertas, así como varias hojas de haya. Aunque estaban húmedas podrían colaborar en calentar el perímetro. Además también contaba con su mochila. Por fuera estaba mojada, pero su interior se mantenía seco y confió en que le sirviera como base para crear el fuego. Vació la mochila y aprovechó para dar dos mordiscos al bocadillo de chorizo de jabalí preparado por su madre. El resto lo dejó para más tarde. “La noche va a ser larga”, se dijo. Guardó el bocadillo en el interior de la cazadora e inició la elaboración de la fogata. Para que resultara efectiva agarró, una a una, las tres ramas más gruesas. Las colocó entre las piernas para que estuvieran bien sujetas y, de arriba abajo, las cortó por la mitad con el cuchillo. Así podría empezar a prenderlas por la zona más seca de las ramas. Seguido, buscó entre los palos más pequeños aquellos que tuvieran menos humedad, eligió los dos más desaguados y los quebró en varios pedazos diminutos. Después colocó su mochila en el suelo, con cuidado de que no estuviera justo debajo de la apertura por la que había caído para que no se mojara si empezaba a llover. Rasgó un lateral con el cuchillo para que el hueco fuera mayor y el fuego no se quedara sin oxígeno dentro e introdujo los palos más finos y secos. Luego partió la hoja de periódico, se metió una mitad en la mochila e hizo una bola con la otra mitad.

Todos los movimientos los había hecho con la luz de la antorcha, clavada en el suelo por el palo. Pero la iluminación iba a desparecer en breve y no quería volver a encontrarse en la oscuridad absoluta. Así que, con el miedo a que el experimento fuera fallido pero sin tiempo para revisarlo, activó el mechero, encendió una esquina de la media hoja de periódico y la colocó entre las ramas diminutas y las hojas más secas. Miró al proyecto de fogata sin pestañear. Al principio le dio la sensación de que el periódico se iba a convertir en ceniza sin encender ningún palo. Por ello sopló con delicadeza rogando a Dios que esa pequeña racha de viento activara la llama.

Una nube de humo entró en sus ojos y apartó la mirada. Pero enseguida volvió a centrarse en el interior del bolso y una sonrisa de alivio surgió en su cara. Las ramas colocadas estratégicamente empezaban a contagiarse del calor y a convertirse en fuego.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado ató una a una a todas las vacas que esperaban en las puertas de las dos cuadras. Lo hizo con un enfado que se palpaba en la manera brusca en que empujaba a cada res a su comedero. Cuando terminó de habilitar la vaqueriza grande con pienso y hierba para la noche se planteó ir a casa a cantar las cuarenta a su hijo. ¿Qué era eso de dejar al ganado en medio del pueblo y despreocuparse, sin más, por lo que le pudiera pasar? ¿Era eso lo que le había enseñado él? ¿A dejar el trabajo encomendado a medias? ¿Así se quería convertir en el gran pastor que se las prometía ser? ¿Para esto habían accedido sus padres a que dejara los estudios al año siguiente si mantenía la convicción de que lo suyo no eran los libros sino las vacas? A cada pregunta que se hacía, la irritación de Francisco por la dejadez de Marquitos aumentaba. Aún así, decidió terminar la labor en la cuadra pequeña antes de ir a reprender a su vástago.

Buscó entre las medicinas que guardaba en un cajón metálico y encontró una caja con diez ampollas rellenas de oxitetraciclina. Asió dos cápsulas y se acercó a La Jamelga. La indefensa vaca ladeó la cabeza cuando sintió el acercamiento de su dueño. Éste la agarró de un cuerno y vertió el líquido de la pipeta en un ojo. Después repitió el mismo acto en el otro. Seguido, tiró de los cuernos de La Jamelga hacia arriba para que la oxitetraciclina no se derramara por su cara. La vaca mugió con enfado y soltó una coz al aire. Pero a Jurado no le afectó la reacción de su res. Lo único que le importaba era curar su ceguera.

 En otras ocasiones había utilizado ese antibiótico para curar las heridas oculares de sus animales y esperaba que en este caso también diera buen resultado. Lo sabría en cinco días. Si a lo largo de esas jornadas la vista de La Jamelga no mejoraba, la podría dar por perdida. Entonces llevaría a la vaca al matadero y adiós muy buenas. Era la ley de la montaña y la ganadería. Cuando no produces ya no sirves, por mucho aprecio que se le tenga a un animal que ha contribuido a la economía familiar con una docena de terneros sanos y fuertes. Las únicas excepciones para Francisco eran sus perros. Se había prometido que jamás sacrificaría a uno de sus compañeros de monte por muy viejo e inútil que fuera a menos que éste tuviera una enfermedad terminal que le provocara sufrimiento.

El ganadero terminó la labor en la segunda cuadra y se encaminó a casa. Volvió a pensar en lo que le iba a decir a Marquitos. No quería ser excesivamente duro, pero no podía permitir que se tomara a la ligera su trabajo. “Tiene demasiados pájaros en la cabeza”, se dijo a modo de justificación. Estaba pensando en Sara Méndez, su novia desde hacía medio año. Tanto Francisco como su mujer habían acogido con afecto a la adolescente muchacha. Su dulzura y el cariño con que trataba a Marquitos les hacían felices. Aunque Carlota, en más de una ocasión, le había apuntado que tenía miedo a que rompieran su relación antes o después y su hijo acabara con el corazón destrozado. “No son más que unos críos, lo que tenga que ser será”, respondía Francisco con su pragmatismo habitual cada vez que escuchaba los temores de su esposa.

Pero lo que no estaba dispuesto a permitir era que ni Sara ni nadie extraviaran la atención de su hijo hacia sus obligaciones. Y así se lo haría saber en cuanto entrara en casa.

Antes de abrir la puerta escuchó los ladridos de Zar. Procedían de encima del pueblo. Unos segundos después vio aparecer al joven carea leonés, que se acercó a Francisco con premura.

¿Qué te pasa, pequeño? ¿Has estado persiguiendo algún rebeco? preguntó a su perro mientras le acariciaba el lomo. ¿Qué? ¿No ha habido suerte? No te preocupes, ahora os sacamos algo de comer.

Sol y Zar se quedaron en la puerta esperando. Pero la actitud de los dos perros era distinta. Mientras Sol se lamía sus partes esperando la cena, Zar continuaba con sus continuos ladridos y con un movimiento circular incesante.

¡Marquitos! gritó al posar el pie en la puerta ¡Sal y da de comer a los perros, que me parece que hoy han trabajado mucho mejor que…!

Francisco Jurado detuvo su reproche cuando entró en la cocina y vio que la única persona que se encontraba allí era su mujer.

¿Dónde está Marquitos?

¿No está contigo?

¿Conmigo? No.

Carlota apreció el rostro contrariado de su marido. Dejó la patata que estaba pelando encima del fregadero y se acercó a Francisco.

Todavía no ha llegado a casa. Pensaba que estaba ayudándote con las vacas.

Jurado no contestó. Salió con velocidad de casa y corrió hacia la portalada. Esperaba que la motocicleta no estuviera en su sitio, lo que significaría que se había ido con ella a Riaño a buscar a su novia. Pero la moto se encontraba aparcada en el mismo lugar donde él la había depositado tres días antes.

Y Zar no paraba de ladrar. Francisco se le quedó mirando y temió que los ladridos de su cánido fueran una señal de que le había ocurrido alguna desgracia a su hijo. Porque, intuyó Francisco, Marquitos no había bajado de las peñas.  

Entró en casa, alertó de sus sospechas a Carlota y le pidió que, si en dos horas no tenía noticias suyas, llamara a la Guardia Civil.

¿Dos horas? ¡Es demasiado tiempo! Si a Marquitos le ha ocurrido algo…

Francisco no dejó que terminara la frase.

No le ha pasado nada, confía en mÍ dijo intentando mostrar una seguridad inexistente. Si en dos horas no estamos en casa, llama.

Entró en la hornera y halló dos linternas potentes, las que solía utilizar cuando quería cegar a alguna presa antes de disparar. Salió con ellas de casa y corrió hacia la portalada. Una vez allí agarró la moto de trial y salió con ella sin arrancar.

Venga, perrín, llévame con mi hijo!

Zar dejó de ladrar un instante. A Francisco le pareció como si ese silencio significara que estaba traduciendo la orden de su amo al idioma cánido, porque un segundo después salió a la carrera pueblo arriba. Francisco arrancó la moto y le siguió. Tras él, como siempre, corría el viejo Sol con la lengua fuera.

La velocidad de Zar era tal que a Francisco, a pesar de ser un experto piloto, le costaba seguir sus pasos. La causa también era la densa niebla que ya había alcanzado a los prados más cercanos al pueblo. Llegó hasta Las Cortinas de Roblano y tuvo que detener la marcha. Ni con las luces de la moto era capaz de distinguir lo que veía a más de cinco metros. Paró el motor y se dispuso a continuar a la carrera. Escuchaba a lo lejos los ladridos de Zar y confiaba en que su buen oído le indicara por dónde seguir. Encendió una linterna e inició la carrera en busca de su hijo.

 

 

                                   *          *          *

 

 

“¿Quién es ese hombre?” se preguntó Marquitos. O mejor dicho, ¿quién había ese hombre cuyo esqueleto tenía a unos pasos? La placidez que le aportaba el calor de la fogata le invitó a pensar en ello. Elucubró sobre la identidad del cuerpo que yacía a su lado. Enseguida apartó la idea de que fuera algún paisano del pueblo, pues habría sabido de la desaparición de cualquier vecino de Cuénabres o de las aldeas cercanas, aunque hubiera tenido lugar hacía décadas. Entonces reflexionó sobre la procedencia del cadáver. Podía tratarse de algún lebaniego que, años atrás, había acudido a los puertos leoneses a cuidar de las merinas o a segar los prados a cambio de un jornal. Sí, esa era una opción probable, sostuvo. Marquitos había oído historias sobre varios cántabros procedentes del valle de Liébana que pasaban los veranos ganándose la vida en León. Algunos de ellos preferían dormir en cabañas construidas por ellos mismos. El hombre muerto a su lado pudo haber sido uno de ellos.

Otra alternativa era que se tratara de un montañero que, recorriendo los montes leoneses, había acabado en esa cueva. Marquitos no barruntó que aquella fuera la opción más factible pues, a pesar de su belleza, eran pocos los excursionistas que optaban por ascender las montañas de su tierra. Normalmente elegían la parte asturiana de los Picos de Europa para sus recorridos.

Pero, ¿y si estaba en lo cierto y se trataba de un montañero aficionado que se había caído en la sima en la que él se encontraba? Esa imagen le provocó un escalofrío que le obligó a echar tres ramas diminutas más a la hoguera, cada vez más pobre de fuego. Si había sido así, si el que fue un hombre y ahora era una escultura de huesos se había caído accidentalmente y nadie le había logrado encontrar, ¿por qué no le podía llegar a pasar lo mismo a él? La trágica imagen de verse a sí mismo agonizando de frío a la espera de una salvación que nunca llegaría le sumió en un miedo incontrolable. Se levantó con brío y volvió a mirar a la apertura de la cueva. La oteó con detenimiento ayudado por el fuego de uno de los palos de la hoguera. Estaba buscando piedras salientes o huecos en la tierra en los que poder impulsar una subida. Pero era imposible. Quizás con los dos brazos sanos podía tener una oportunidad de ascender a pulso. Pero con uno solo era una misión quimérica, por mucho que se tratara de un muchacho fuerte y atlético.

Volvió a derrumbarse en el suelo al lado del fuego. Agarró lo que le quedaba de bocadillo y mordió otros dos trozos. No porque tuviera hambre, sino porque pensó que el alimento saciaría su nerviosismo. No fue así.

El miedo a una muerte por congelación aumentó cuando fue a agarrar más leña y comprobó que no le quedaban más que un palo grande y dos varas pequeñas. Con eso no le daría ni para media hora más de exiguo pero salvador fuego. Y en la cueva no quedaban más materiales para quemar. Ni palos, ni hojas, ni…

¿O sí? Marquitos miró al esqueleto. En concreto a su ropa. Unos pantalones y una cazadora. Además, supuso, de alguna ropa interior que también podría utilizar como combustible.

Se acercó al cadáver con vergüenza. Robar la ropa a un muerto no le parecía precisamente una acción modélica. Pero la necesidad apremiaba y el fuego desaparecería en pocos minutos. Así que, con recelo ético pero también con determinación, decidió despojar al muerto de su ropaje. Para ello lo primero que hizo fue agarrar el zurrón que colgaba de su cuello. Temió que al hacerlo el esqueleto se derrumbara como un castillo de naipes. Pero no fue así. Apartó la alforja con delicadeza y se quedó con ella en la mano. Cuando iba a dejarla en el suelo, la curiosidad por lo que había en su interior llamó su atención. Quizás podía contener algún objeto viable de ser quemado. O la identidad del hombre muerto. Marquitos no podía quedarse con la duda y decidió saciar su curiosidad.

 

 

                                   *          *          *

 

 

El sudor descendía vertiginosamente por el rostro de Francisco Jurado. A pesar de ello y del progresivo agotamiento que aumentaba a cada paso que daba, no frenó su frenética ascensión detrás de Zar. Estaba convencido de que su fiel perro le estaba guiando hasta el lugar donde se encontraba su hijo. Sin embargo no veía nada apenas dos metros por delante. El cierzo era de una densidad tan alta que perseguía a su carea únicamente por el sonido de sus ladridos y por instinto. A pesar de ello se imaginó dónde se encontraba. Debajo de los riscos del pueblo, Peña Pequeñina, Peña El Bolo, Peña La Llampa y Peña Chica. No las veía, pero Francisco Jurado no necesitaba iluminación para ubicarse en sus montes. Había transcurrido tantas veces por esas laderas y valles que, pensaba, podría volver a casa con los ojos cerrados. Pero Marquitos no. Marquitos era demasiado joven y le quedaban muchas horas placer y sufrimiento en la montaña para adquirir la seguridad  y la experiencia que él poseía. Esa reflexión le hizo sentirse culpable por adelantado de la desgracia que se estaba imaginando.

“No debería darle tanta responsabilidad. Todavía es un crío” se lamentó sin detenerse a recuperar fuerzas. “Como le haya pasado algo no me lo voy a perdonar”.

El mal augurio que había entrado en su mente le incitó a aumentar todavía más la velocidad de su paso. El corazón latía a un ritmo desenfrenado, el ácido láctico de su cuerpo se había disparado hasta provocar un dolor seco y continuo en las piernas del ganadero. Sus pulmones reclamaban más oxígeno y Francisco se lo quería dar abriendo la boca hasta el límite para que entrara de golpe todo el aire posible. Todos los poros de su cuerpo expiraban gotas de sudor. Pero ninguna de esas señales de alerta con las que el cuerpo de Francisco le suplicaba que se detuviera recibió una respuesta positiva. Por nada del mundo iba a frenar su paso hasta que hallara a Marquitos. Tan sólo rezaba, si es que su mente y sus convicciones le permitían hacerlo, por hallarlo sano y salvo.

 

 

                                   *              *              *

 

 

Marquitos se arrimó al agonizante fuego y se dispuso a abrir el zurrón. Pero antes pensó en la posibilidad de que alguna alimaña descansara dentro. No, de ser así, se dijo a sí mismo, estaría muerta por el frío. Abrió la alforja de par en par y, con el mechero, iluminó su interior. Lo primero que observó fue un cuaderno cubierto por un plástico que había impedido que se deshiciera por culpa de la humedad y el paso de los años. 

“Genial, más leña”, pensó.

Lo sacó con cuidado del zurrón, apartó el plástico y comprobó que estaba amarillento por el paso del tiempo y la climatología, pero que continuaba de una pieza. Se lo acercó a la cara y leyó su tapa:

 

“El cuaderno del Montaraz”

 

Marquitos releyó el escrito y se quedó pensativo con la mirada fija en él. Entonces se presentó un dilema en su mente. Tenía dos opciones. Rasgar una a una las hojas del cuaderno para que éste le aportara un escaso pero valiosísimo tiempo de calor o satisfacer la curiosidad que le había provocado el título de la portada.

 

“El cuaderno del Montaraz”

 

Tocó la cubierta con suavidad y respeto. Pensó que en ese cuaderno podría estar la respuesta a la pregunta que le continuaba rondando por su cabeza. La contestación a quién era ese esqueleto que le estaba acompañando, quizás, en sus últimas horas de vida. Pero tenía que decidir enseguida qué opción tomar. La fogata estaba dando sus últimos ramalazos de vida y Marquitos tenía que optar por quemar inmediatamente el cuaderno o quitar la ropa del esqueleto para que ella mantuviera el calor en la cueva. Así podría saciar su curiosidad y leer el cuaderno.

El joven leonés optó por la segunda opción. Volvió a cubrir el librillo con el plástico y lo metió en el zurrón. No quería que se mojara durante el tiempo en que iba a desnudar a su vecino de cueva. Se levantó con ímpetu y se encaminó al esqueleto.

Un sonido familiar le provocó que se detuviera. Mantuvo la respiración para cerciorarse de que no se había equivocado. Tres segundos después, el ruido que esperaba se repitió. Era el ladrido de su amigo Zar.

¡Aquí, estoy aquí! gritó con todas sus fuerzas con la vista puesta en el agujero por el que había caído.

Marquitos repitió los chillidos hasta que vio a Zar asomar la cabeza por el hueco de la cueva. El carea cambió el tono de los gruñidos. Eran de alegría. El fiel perro pastor había encontrado a su amo y lo celebraba con ladridos cortos y continuos.

Bien, perrito, buen trabajo. ¿Has venido con alguien? preguntó con ansia.

La respuesta fue inminente. Por el hueco de la caverna se filtró una luz artificial.

—¡Estoy aquí! volvió a gritar con desgarro.

¡Marquitos!

¡Padre, aquí abajo!

La luz de la linterna se dirigió directamente hacia el joven y cegó la visión de éste. Sin embargo levantó el brazo con impaciencia al tiempo que repetía “aquí, aquí”.

Marquitos, hijo, te veo. Tranquilízate dijo Francisco tan excitado como su hijo pero simulando un falso aplomo ¿Estás herido?

Este hombro se señaló, me duele bastante. No puedo hacer fuerza con él.

¿Lo tienes roto? preguntó preocupado.

No. Creo que no. Pero me duele.

De acuerdo. No te preocupes. Ahora mismo te saco de ahí indicó con total convencimiento.

Espera, padre. Aquí hay un… un esqueleto.

¿De qué? interrogó Francisco con escasa curiosidad.

¿Qué le importaba si había encontrado una osamenta de ciervo, oso o jabalí? Tan sólo deseaba poner en marcha su cerebro para hallar un modo de sacar a su hijo de la cueva.

De qué, no. De quién–– respondió Marquitos con énfasis mientras señalaba con su mano hacia la izquierda de la caverna.

La linterna de Francisco se dirigió hacia donde señalaba la mano y se detuvo en el esqueleto humano apoyado contra la pared. A punto estuvo de resbalársele la linterna al ver los restos. Sin embargo, sabía que debía mostrar calma.

Tranquilízate. Ése ya no te va a hacer nada. Lo que importa es sacarte de ahí.

Francisco encendió la segunda linterna y ordenó a su hijo que se preparara para cogerla. Éste obedeció y sintió mayor tranquilidad cuando tuvo en sus manos la luz artificial. Sobre todo porque la hoguera se acababa de convertir en ceniza.

Voy a ver cómo te saco.

¡Espera! ¡No te vayas! suplicó el hijo temeroso de volver a quedarse a solas.

Francisco le prometió que no se iría sin antes sacarle de la cueva. Pero tenía que buscar algo que le ayudara a conseguir ese objetivo. Se alejó unos pasos e iluminó su alrededor con la linterna. Aunque la niebla era tan densa que no veía más que oscuridad, Francisco supuso dónde estaba. Debajo del sendero que bordea Peña Pequeñina. Si era así, sabía que a escasos metros se hallaba el bosque de hayas del que podría agenciarse material para el rescate de su hijo. Volvió a la boca de la cueva y advirtió a Marquitos que tenía que ausentarse unos minutos. Al hacerlo comprobó que éste temblaba de frío sin parar. Francisco se quitó la cazadora y se la lanzó a su hijo.

No me la puedo poner. Por el hombro, no puedo moverlo advirtió el chico.

Da igual. Échatela encima, algo te hará. Vuelvo ahora.

Marquitos se puso el abrigo sobre los hombros y utilizó las mangas para atárselo. Entonces sintió un ligero alivio. Pero suplicó para sus adentros que su padre le sacara cuanto antes. De lo contrario no podría mover ni un músculo por culpa del frío.

Trató de apartar de su mente la temperatura de su cuerpo y el continuo temblor de manos y observó el zurrón que había depositado minutos antes. Se le ocurrió que podía entretenerse leyendo el cuaderno que había encontrado en su interior y que, estaba convencido, le explicaría quién era el muerto. Pero no tuvo valor para hacerlo. No estando su padre delante. Supuso que le acusaría de insensible por mancillar las pertenencias de un muerto. Optó entonces por guardárselo bajo la ropa. Ya tendría tiempo de leerlo cuando se encontrara en casa, al calor del fuego de la chimenea.

Marquitos se acercó al zurrón, se agachó y se dispuso a hacerse con el botín. Antes de lograrlo, la linterna de su padre iluminó su cuerpo.

Ya estoy aquí. Prepárate dijo Francisco sin percatarse de las intenciones de su vástago.

Éste, asustado porque su padre había estado a punto de descubrir su propósito, se incorporó y se alejó un par de pasos de la alforja.

Francisco acababa de llegar con una rama de cuatro metros de larga y de un grosor de treinta centímetros que había arrancado de un haya cercano. Agarró la cepa e introdujo una punta por la boca de la caverna. Marquitos observaba la operación sin saber muy bien las intenciones de su padre. Cuando ésta tocó suelo el rostro de Francisco volvió a surgir por el hueco.

Vamos a intentarlo con esto.

—No puedo subir por ahí. Con un solo brazo, no reconoció el chico, con vergüenza al pensar que su padre sí sería capaz de lograr la gesta.

Lo sé. No te preocupes. Toma mi cinto ordenó el padre al tiempo que le lanzaba su cinturón. Esto es lo que vas a hacer. Escucha bien.

Francisco le ordenó a su hijo que rasgara dos trozos de su cazadora por el lateral de su brazo derecho, uno por la parte delantera y otro por la espalda. Después tenía que introducir la rama por esos dos huecos para, finalmente, atarse con fuerza el cinturón a la altura de los rasgones. Así, esperaba que el arnés improvisado que había ideado le garantizara una sujeción firme al palo. Marcos cumplió paso por paso las disposiciones de Francisco. Aunque no las tenía todas consigo.

¿Y ahora qué?

“Ahora, a tirar como un mulo”, pensó Jurado padre.

Ahora te tienes que agarrar con fuerza al palo. No te sueltes por nada del mundo.

No vas a poder conmigo. Es mucho peso.

Más pesan algunas jatas y puedo con ellas replicó el padre con firmeza ¿Estás preparado?

Marquitos dijo que sí con escaso convencimiento. En ese momento Francisco desapareció de su vista.

El ganadero, que, sudado y sin cazadora, empezaba a sentir el frío de la noche invernal, agarró con energía la vara. Respiró con profundidad recibiendo en sus pulmones el aire gélido del cierzo y tiró de ella. Pero apenas pudo mover la rama. Entonces se colocó delante de ella y cargó con todo el peso de su cuerpo. Movió el tronco a duras penas y continuó.

Marquitos, agarrado con todas sus fuerzas, comprobó que, con lentitud, su cuerpo ascendía hasta dejar de tocar el suelo con los pies. El arnés estaba funcionando y no tenía riesgo de soltarse.

¿Estás bien? gritó Francisco desde fuera mientras apoyaba su cuerpo en la rama.

Marquitos respondió afirmativamente. Entonces el padre prosiguió con el esfuerzo. Un tirón, un gemido, un paso. Otro empujón, otro gemido, otro paso. Así hasta cinco. Entonces se detuvo. La reserva de energías se estaba vaciando a marchas forzadas. Le quedaban pocos minutos hasta desfallecer de agotamiento.

Marquitos tocó las piedras de la apertura con la punta de los dedos.

¡Un poco más, padre! ¡Ya casi está! gritó emocionado.

Francisco lo escuchó y lanzó un último rugido, acompañado de dos pasos cortos.

¡Ya estoy! dijo Marquitos mientras se agarraba con el brazo a una roca.

En ese momento Francisco, sin soltar la rama, se acercó a la apertura de la caverna y agarró con fuerza el brazo de su hijo.

No te sueltes ordenó—. Venga, a la de tres. ¡Uno, dos y tres!

Francisco arrastró con fuerza hasta que todo el cuerpo del chico se encontró fuera de la caverna. Entonces se derrumbó y empezó a toser. Marquitos se deshizo del cinturón que oprimía su pecho y de la rama que atravesaba su cazadora y se lanzó a abrazar a su padre. Éste respondió apoyando su brazo en el cuello de su hijo.

Venga, vamos a casa o nos vamos a congelar dijo Francisco sin dejar de toser por el esfuerzo.

Se ayudó de su hijo para incorporarse. En ese momento Marquitos volvió a abrazar a su progenitor, esta vez con más fuerza. El muchacho estaba a punto de llorar tras haber vivido unas horas agónicas encerrado en la cueva. Francisco Jurado se percató del sentimiento de su hijo y temió que se derrumbara tras la tensión vivida. Por ello apartó sus brazos y le ordenó que le siguiera y que pisara exactamente donde él caminara. Lo último que quería era que, por culpa de la nieve, tuvieran otro peligroso imprevisto. Había que volver a casa.

A pesar del cansancio de ambos, iniciaron la caminata a buen ritmo, siempre iluminados por las dos linternas y acompañados de Sol y Zar. Francisco se concentraba en cada paso que daba. Marquitos, por su parte, observaba cómo su padre caminaba más agachado de lo normal, consecuencia del enorme esfuerzo que acababa de hacer. Temió que, por su culpa, se hubiera producido una lesión de espalda. Pero se abstuvo de preguntárselo. Sabía de sobra que era un hombre férreo de la montaña que no reconocería su dolor hasta que estuvieran fuera de peligro. E incluso en ese momento era capaz de esconder su lesión. Así era Francisco Jurado, el hombre que le había vuelto a salvar la vida y la persona a la que más admiraba del planeta.

Cuando llegaron al camino, Jurado padre ya se sintió seguro y preguntó qué había sucedido. Marquitos le explicó las circunstancias de la caída y se disculpó por no haber llevado una linterna en la mochila.

Espero que ya lo hayas aprendido para la siguiente vez replicó Francisco con contundencia.

Marquitos agachó la cabeza y pensó en no volver a abrir la boca hasta que llegaran a Cuénabres. Pero no pudo evitar preguntar a su padre si conocía la cueva en la que había caído.  Francisco respondió que jamás la había visto. Y fue una respuesta que a él mismo le sorprendió. Llevaba toda la vida recorriendo la montaña y era, con toda seguridad, la persona que mejor conocía los valles, montes y prados de la parte leonesa de los Picos de Europa. Y, aun así, jamás se había topado con  esa torca. Al reflexionar sobre esa realidad se sorprendió con una sonrisa. Marquitos se dio cuenta.

¿De qué te ríes?

De que no somos nadie hijo. Ante la montaña, no somos nadie. Aprende esta lección contestó.

Marquitos, tras digerir la reflexión de su padre, articuló la suya.

Ya. Igual él no tuvo tiempo de aprenderla.

¿Quién?

Él. El muerto.

Ah, ya. Él no tuvo tanta suerte como tú.

¿Quién crees que puede ser?

Francisco volvió la mirada hacia las peñas. Aunque no se veía nada por culpa del cierzo, se mantuvo unos segundos con los ojos puestos en su dirección.

No lo sé, hijo. Y tampoco es nuestro problema.

¿No tienes curiosidad?

No mintió.

Pues yo sí.

––Olvídalo. Mañana acompañaré a los guardias a que recojan los huesos y ya se encargarán ellos de averiguar quién era. Y nosotros a otra cosa, que la vida sigue.

Quiero ir contigo.

Ni hablar.

Pero…

Ni pero ni leches. Te digo que ni hablar y es ni hablar.

Se hizo el silencio entre los dos hasta que llegaron a Cuénabres. Allí Francisco detuvo a su hijo y le dio indicaciones para que no magnificara lo que le había ocurrido. No era necesario asustar más a su madre, quién, seguro, se mantenía sentada en el escaño de la cocina con los nervios a flor de piel. Tras recibir la promesa de su hijo de que no iba a contarle las penurias sufridas durante su estancia en la cueva, entraron en casa. Carlota se levantó en cuanto escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Abrazó a Marquitos con lágrimas en los ojos y preguntando qué había ocurrido. Éste tuvo que apartar a su madre, pues el apretón le estaba provocando un gran dolor en el hombro. Aún así, estuvo a punto de llorar al ver las lágrimas de Carlota.

Francisco, el más sereno de los tres, explicó brevemente lo que había ocurrido y dijo que debían ir al centro médico de Riaño a que le miraran el hombro de Marquitos.

En el trayecto a Riaño Carlota requirió más detalles del accidente, pero padre e hijo dieron largas con explicaciones generales de lo sucedido. Una vez en Riaño, el pueblo más importante de una montaña cada año más despoblada, Francisco dejó a su esposa y su hijo en el centro médico y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Allí contó lo ocurrido y pidió al agente que estaba de guardia que le dejara un recado al sargento Valdivia. Que le esperaba a la mañana siguiente en Cuénabres para llevarle hasta la cueva.

Dile que se de prisa, que madrugue. Que mañana tengo mucho trabajo puntualizó Jurado. Ah, y que se venga con el grupo de montaña y se traigan material de escalada para sacar el cuerpo. Que está apañado si se cree que yo voy a entrar en la cueva.

Salió del cuartel y un escalofrío recorrió su cuerpo. Le sucedía siempre que tenía que vérselas con las autoridades. Esta vez, aunque no estuviera acusado de nada, era igual. Seguía culpando a la Guardia Civil por su estancia en la cárcel hacía ya más de dos décadas. Jamás les perdonaría. Por ello pensaba que cuanto menos se relacionara con “los lechuguinos” mejor para él y para su familia.

Durante el trayecto entre Cuénabres y Riaño había llegado a plantearse incluso la idea de no comunicar a las autoridades el descubrimiento del esqueleto de la cueva. Pero apartó esa idea de su cabeza. Fuera quien fuera el pobre desgraciado que había terminado su vida en su montaña se merecía un entierro digno y que su familia, si es que la tenía, supiera qué había sido de ese hombre. De hecho, él mismo tenía curiosidad por conocer la identidad del muerto. Pero preferiría no descubrir esa incógnita antes que tener que preguntárselo a Valdivia o a cualquier otro agente.

Condujo hasta el centro médico y, cuando iba a bajarse del vehículo, vio cómo Carlota y Marquitos abandonaban el recinto. Salió del coche y Carlota relató que el médico de guardia les había explicado que el chico tenía una fuerte fisura en el hombro y que, por ello, debería llevar una venda elástica adhesiva durante, por lo menos, dos semanas. Además de tener que llevar el brazo en cabestrillo durante ese tiempo. Pasados los quince días debían volver al centro médico para ver la evolución del hombro.

El Jeep Cherokee arrancó en dirección a casa. Durante el viaje los tres ocupantes guardaron silencio. Francisco porque consideraba que, por su mujer y su vástago, era mejor obviar la conversación sobre el accidente. Por mucho que hubiera podido llegar a ser trágico de no haber aparecido Zar. Carlota porque todavía mantenía el corazón en un puño. Había estado a punto de perder a su único hijo. Lo sabía. Daba igual que su hombre y su niño no quisieran reconocerlo. Ella lo sabía con tal sólo mirarles a ellos. Y Marquitos tampoco quería aportar nada. El susto ya había desaparecido y el calmante que le había dado el médico estaba haciendo efecto. Además, de lo único que hubiera querido hablar era de la pregunta que se había hecho desde que encontró el esqueleto. ¿Quién era ese hombre que tenía en su zurrón un libreto titulado El cuaderno del Montaraz? Marquitos se prometió que algún día, antes o después, averiguaría la identidad de su compañero de cueva.

El vehículo se detuvo delante de casa. Marquitos y Carlota entraron raudos en el hogar para evitar el frío seco y penetrante que se había apoderado de la montaña. Francisco, sin embargo, se detuvo en la puerta y miró hacia la portalada. Antes de entrar en casa tenía que hacer algo. Accedió a la cuadra y encendió la luz. Entonces vio que Sol y Zar, tumbados juntos sobre una cama de hierba seca y una manta, miraban a su dueño con los ojos a medio abrir. La luz acababa de despertarlos. Francisco se agachó y acarició con dulzura la cabeza a Zar.

Muy buen trabajo, amigo. Lo has hecho muy bien dijo orgulloso el ganadero. Le has salvado la vida a mi Marquitos, ¿lo sabes?

Zar agradeció las caricias con un lametón en la cara. Sol se sumó al momento íntimo de los dos. Francisco acarició a sus dos fieles compañeros de correrías montañeras y los acercó a su cuerpo. Durante unos segundos dejó que los dos cánidos se entretuvieran lamiendo las manos y el rostro de su dueño, orgullosos de mostrar la fidelidad que le procesaban. Después se levantó y los perros volvieron a apoyar sus cabezas en la manta.

Cuando llegó a casa, Marquitos acababa de acostarse y Carlota le esperaba en la cocina.

Quiere hablar contigo.

Francisco asintió con la cabeza y subió las escaleras. Entró en la habitación de Marquitos y se sentó en la cama en la que reposaba el chico.

¿Qué tal estás? ¿Te duele?

Un poco.

Igual hoy te cuesta dormir con ese artilugio que te han puesto. No te preocupes. Ahora tendrás que estar unos días en casa hasta que te cures del todo. Ya tendrás tiempo de volver a clase.

Oye, que… que lo siento dijo Marquitos en bajo.

¿Qué sientes el qué?

Lo que ha pasado. Si hubiera tenido más cuidado no habría pasado nada de esto.

Francisco agarró la pierna de su chico y le miró con firmeza.

Esto nos podía haber pasado a cualquiera, ¿de acuerdo? A cualquiera. Hasta a mí reconoció. Así que no tienes que sentir nada. Venga, y ahora a dormir.

Francisco apagó la luz de la habitación y salió. En ese momento Carlota subía las escaleras en dirección a su dormitorio. Entraron juntos y la mujer abrazó a su marido.

Dios mío, lo que ha podido pasar esta noche.

Ya está. Todo está bien. Venga, acuéstate y trata de olvidarlo.

Francisco no quería continuar con la conversación. Se quitó la ropa, se puso una camiseta con publicidad de una marca de cerveza y se metió en la cama. Aguardó a que Carlota hiciera lo mismo y pasó su brazo por encima del hombro de su mujer. Carlota lloró en silencio durante unos minutos. Después se durmió agarrada al cuerpo de su amado Francisco. Él no podía dormir. Sabía que le iba a costar mucho conciliar el sueño. Pero no le importaba. Su hijo estaba en la habitación de enfrente. Magullado pero sano y salvo. Eso era lo único importante para él.  Besó la frente de Carlota y centró su mirada en el techo de la habitación.

Marquitos también seguía despierto, aunque el antibiótico empezaba a provocarle somnolencia. En sus últimos pensamientos antes de que cayera en un sueño profundo se volvió a preguntar quién era el muerto de la caverna. Se durmió con esa incógnita en la cabeza.

Lo que ni por asomo pudo imaginar el ganadero adolescente de Cuénabres era las trágicas consecuencias que iba a acarrear su descubrimiento del esqueleto de la desconocida cueva bajo Peña Pequeñina.


CAPÍTULO 2

 

Las Camperas. Cuénabres. León

10 de mayo de 2011. 10 de la mañana

 

 

           

 

La primavera en la montaña leonesa era, para todo aquel que la había vivido por lo menos una vez y se detuviera a recapacitar sobre lo que tenía ante sus ojos, un ejemplo claro de la vitalidad y colorido de la naturaleza campestre. Tras meses escondidos bajo las nieves los brezales, arándanos, acebos, hayas y robles volvían a nombrarse protagonistas del paisaje creando una fusión de colores verdes, marrones y morados. El agua de nieve descendía por los ríos nacidos en las peñas con fuerza, apartando de su cauce ramas muertas caídas durante el invierno y puliendo las piedras con sus continuos choques de agua brava. Los rebecos, venados y corzos recuperaban las majadas como su paraíso alimenticio y de sosiego. Los badajos de los cencerros del ganado rompían el silencio de los valles anunciando con su sonido grave que iban a ser habitantes asiduos durante los próximos meses. Los aguiluchos laguneros retornaban a su vuelo señorial en busca de topos y ratones que, tras meses escondidos bajo tierra, recuperaban la visión de la luz natural. Los osos estiraban sus músculos rasgando las cortezas de los robles. Y los días dejaban de ser pequeños intermedios entre noches casi interminables.

La primavera era la época preferida de Arturo Méndez. Por nada del mundo se hubiera imaginado que ese soleado día primaveral le iban a asesinar.

El septuagenario leonés acababa de aparcar su motocicleta Derby Variant de segunda mano en la pradera lindante con la poza de Las Camperas. Como todos los días desde hacía años, pretendía darse un baño de cinco minutos en el río. Los vecinos que conocían ese hábito tomaban esa acción como la de un loco. Bañarse en agua procedente directamente de los altos todavía nevados era, para ellos, una excentricidad de una persona poco cuerda. Arturo Méndez, por el contrario, consideraba que ese era el secreto de su excelente estado de salud. Su historial médico corroboraba su afirmación. En dos décadas no había sufrido ni tan siquiera un resfriado. Y, a pesar de los achaques de la edad, sus huesos se mantenían más fuertes que los de la mayoría de los jubilados de su quinta.

La tradición de bañarse en agua casi congelada venía de tiempo atrás. Arturo Méndez, natural de La Puerta, abandonó su pueblo natal hacía veinticinco años, unos meses antes de que la creación del pantano de Riaño provocara el derribo de su aldea y de otros ochos pueblos de la comarca. Entonces él, su esposa Elvira y su hijo Arturo recién nacido se instalaron en San Sebastián. Allí se enamoró del agua de mar y todas las mañanas, hiciera frío o calor, nevara o lloviera, se bañaba en la playa de la Concha.

Cuando se jubiló compró una casa en Retuerto y, desde entonces, vivía con su mujer. Su vida había sido plácida entre paseos en el monte, comidas a base de platos de caza y baños en Las Camperas. Hasta que, hacía un mes, su hijo Arturo apareció muerto en una rave, una fiesta clandestina organizada a las afueras de Santander. Al parecer, había consumido una mezcla letal de alcohol y estramonio, una planta venenosa utilizada como alucinógeno. Falleció envenenado en mitad del campo mientras el resto de los presentes continuaban bailando y consumiendo droga.

 La policía todavía no había averiguado cómo había llegado el estramonio hasta la fiesta y continuaba con las pesquisas para hallar a las personas que habían proporcionado el alucinógeno. Algunos de los chicos de la rave quisieron recordar durante los interrogatorios haber visto a un desconocido que podía ser el camello que buscaba la policía. Pero las declaraciones eran tan inexactas, y en ocasiones carentes de lógica por culpa de las múltiples sustancias que habían consumido, que las autoridades se encontraban en un callejón sin salida.

Para Arturo y Elvira la muerte de su vástago fue, además de trágica, incomprensible. Jamás se hubieran imaginado que Arturo hijo había consumido ningún tipo de drogas. Ni durante sus estudios ni en el momento de su muerte, justo un mes después de haber firmado un contrato de un año en una empresa de transportes de Santander. Cada vez que pensaba en ello, que era todos los días, se maldecía por no haber intuido la peligrosa vida que había llevado su único hijo.

Sacó una toalla de la mochila. La debía tener preparada para el momento en que saliese del agua. De lo contrario, el traicionero viento de la montaña le podía jugar una mala pasada. Después se quitó los pantalones y la camiseta. Se quedó únicamente con un bañador de color azul. Calentó los brazos, el cuello y las piernas, tocó el agua fría con las dos manos y se dispuso a entrar en la poza, que, en su zona más profunda, cubría poco más de un metro.

Arturo, como cada día, pensaba que se encontraba solo. A lo sumo acompañado de algún animal del monte enfadado porque se estaba apropiando de su estanque y esperaba a que se largara. Pero no era así. Detrás de unas escobas se escondía un hombre acechándole. El Vengador.

El Vengador había llegado dos horas antes y se había escondido tras un escobal para coger de imprevisto a Arturo Méndez y acabar con su vida. Durante semanas había estudiado los hábitos de su futura víctima y llegó a la conclusión de que el mejor lugar para llevar a cabo el asesinato sin ser descubierto era la poza de Las Camperas. 

El bañista introdujo sus pies en el agua. Con las manos se mojó el torso y la cabeza y después, sin pensárselo, metió todo su cuerpo y se tumbó boca arriba. El Vengador, en ese instante, se puso unos guantes negros y sacó una bolsa de la mochila que había portado hasta allí. La bolsa pesaba más de tres kilos y en su interior tenía un bloque de hielo del tamaño de un ladrillo. Había estado en el congelador una semana y la consistencia del hielo se mantenía estable a pesar de llevar varias horas fuera del frigorífico.

El Vengador se preparó para llevar a cabo su crimen. Sacó el hielo de la bolsa y se incorporó. Con paso lento y silencioso caminó por detrás de Arturo Méndez, que disfrutaba del agua fría con los ojos cerrados, sentado sobre una roca con la cabeza fuera del agua y el resto del cuerpo dentro del río. Como todas las mañanas, se masajeaba las piernas con esmero como medida preventiva para que las varices no hicieran acto de presencia.

El bloque de hielo en la mano y su víctima se encontraban a menos de dos metros. Le hubiera gustado avisarle de su muerte y explicarle porqué iba a llevar a cabo la venganza para comprobar sus ojos de pánico segundos antes de fallecer. Pero no podía arriesgarse. La ejecución de Arturo Méndez no era más que el segundo paso en el camino hasta llegar a la venganza absoluta. El primero había sido asesinar a su hijo con estramonio. Y nadie le había descubierto. Como debía suceder en su segundo crimen. Su segundo “ajusticiamiento”, como prefería considerarlo El Vengador.  Por ello debía llevar el plan tal y como lo había pergeñado, sin licencias para su ego.

Dos pasos más, comprobando que no pisaba ningún palo seco que alertara de su presencia, y ya se encontraba justo donde quería. Ascendió su mano con el trozo de hielo y, con rapidez, la bajó violentamente hasta impactar en la cabeza de Méndez. El golpe hizo que el cuerpo entero se sumergiera en la poza. Pero El Vengador tenía que evitarlo. Con la mano izquierda agarró del cuello de Méndez, muerto al instante por el golpeo. Después, comprobó el lugar exacto de la herida mortal. Con satisfacción se felicitó de haber acertado en el blanco. Unos diez centímetros por encima del final del cuello, entre los huesos parental y occipital.

Tenía agarrada a su víctima y únicamente faltaba un último acto. Acercó la zona del golpe mortal a una roca y apretó fuerte sobre ella. Tras ello vio cómo la piedra mostraba restos de sangre y sonrió con complacencia. Soltó el cadáver y observó cómo se sumergía en las gélidas aguas de Las Camperas.

El Vengador miró a un lado y a otro. Como había planificado, nadie había sido testigo de su asesinato. Por ello, orgulloso de haber cumplido la segunda etapa de su plan de venganza, tiró el bloque de hielo al agua. El arma del crimen, en minutos, desparecería para siempre. Después se colocó la mochila a la espalda y se adentró en el monte. Le quedaba un buen trecho hasta encontrarse completamente seguro de no ser descubierto. Una vez entre las hayas, los robles y las escobas, sería prácticamente imposible ser localizado por nadie.

El Vengador miró una última vez hacia atrás. Y observó que el cuerpo de Arturo Méndez se balanceaba por la poza de Las Camperas chocando contra unas rocas que le impedían continuar río abajo. Su satisfacción fue tal que emprendió el camino de huida con un brío casi juvenil. Cumplir con su venganza no sólo era una misión que había llegado a él por una especie de designio divino. Sino que, además, aportaba a El Vengador un placer que jamás se podía haber imaginado.

El cuerpo de Arturo Méndez no fue localizado hasta seis horas después de su muerte. Benjamín Reyero, un hombre natural de Casasuertes pero que vivía en Madrid, se había acercado a su pueblo para comprobar cómo se encontraba su casa tras las nevadas invernales. A la ida no se apercibió de la presencia del cadáver. Pero a su regreso, de camino al cruce entre Cuénabres y Casasuertes, observó en el agua una figura que llamó su atención. Detuvo el coche y se bajó. Entonces fue cuando encontró a Arturo Méndez flotando en la poza.

Benjamín condujo hasta Riaño y alertó a la Guardia Civil. Los agentes llegaron a la poza media hora después. Entre ellos, el sargento Valdivia. Encontró el azulado cuerpo de Méndez  y solicitó por walkie talkie la ayuda del equipo forense. También se agachó para ver con más detalle a ese hombre que conocía de vista pero con el que apenas había entablado un par de saludos de rigor. El cuerpo permanecía boca arriba y no tenía ninguna herida destacable en la cabeza, el tronco ni las extremidades. Quiso dar la vuelta al muerto pero temía que, de hacerlo, los forenses se le echaran encima por manipular el escenario del crimen.

“¡Qué leches! Hasta que vengan desde León no voy a estar aquí tocándome las narices”, pensó. Solicitó la ayuda de un subalterno y entre los dos giraron con cuidado el cuerpo, cada vez más azulino, de Méndez. Enseguida vio la que podía ser la causa de la muerte. Un fuerte impacto en la parte trasera de la cabeza. Nada más. Volvió a girar el cadáver y ordenó al Guardia Civil novato que no dijera nada de que habían tocado el cuerpo si no quería tirarse todo el año haciendo guardias nocturnas. Éste prometió guardar silencio, por la cuenta que le traía.

Valdivia ordenó encintar el contorno para que ningún curioso pisara el escenario de la muerte. Él sí lo hizo. Caminó por ambas orillas del río para intentar hallar alguna prueba que indicase la causa del fallecimiento. En pocos minutos la encontró. Sangre en una piedra saliente del río. Buscó más sangre en algún otro punto y no la encontró, además de los hilillos procedentes de la cabeza de Méndez y que se perdían río abajo con la corriente. El sargento Valdivia lo vio claro. Arturo Méndez se había resbalado en la poza con tan mala fortuna que su cabeza chocó contra la roca y murió.

El equipo forense llegó hora y media más tarde. Uno de los médicos inició una sesión fotográfica del cuerpo desde distintos puntos de vista. Otra, del lugar de la muerte. Después, sacaron el cuerpo de Méndez y se dispusieron para trasladarlo a León para realizar la autopsia. Tras el primer análisis la conclusión inmediata que extrajeron fue la misma que Valdivia. Muerte por contusión craneoencefálica provocada por un probable golpe accidental contra una roca. No era más que la primera valoración instantánea, pero supusieron que la autopsia no sería complicada y que podrían corroborar la hipótesis inicial con facilidad.

Ya de noche, la ambulancia que trasladaba a Arturo Méndez sin vida llegó al Hospital de León. El forense de guardia, cansado y con más horas de trabajo de las que hubiera querido, se hizo cargo del cuerpo. En cuanto echó un apresurado repaso al cuerpo y al informe policial se alegró. Iba a ser una autopsia rápida y sencilla.

A esa hora El Vengador ya se hallaba en casa. Orgulloso, se sirvió un café y se sentó en una butaca. Echó un trago y dejó la taza sobre un posavasos. En ese momento pensó que le gustaría recrearse mentalmente en lo que había logrado esa mañana. Pero no tenía tiempo para deleites. Era el momento de iniciar la preparación de la siguiente venganza.

Apuró el café y se levantó con energía camino de la cocina. Una vez allí, abrió un armario y extrajo un bote de cristal con setas cocinadas en su interior. Abrió el bote con extremo cuidado de no dejar ningún rastro de su acción  ni en el cristal ni en la tapa. Depositó los hongos en un cuenco y dejó el cazo al lado. Después abrió la nevera y sacó un plato con un puñado de setas muy similares a primera vista a las extraídas del bote. Buscó una cazuela y la llenó de agua, a la que añadió un puñado de sal. Activó el fuego y esperó a que el agua hirviera. Mientras, sacó una sartén del armario, la posó en un segundo quemador y la llenó casi hasta arriba de aceite de oliva.

Entonces se detuvo y pensó que faltaba algo. Había estudiado decenas de veces la receta exacta y no podía fallar por ningún detalle, por nimio que éste fuera. Un pequeño despiste podía convertir su plan infalible en un desastre que le llevara a la cárcel y trastocara sus planes de venganza.

¡Eso es! ¡Las especias! dijo en alto con satisfacción.

Romero y tomillo. Una rama de cada que le aportaría el aroma exacto para no provocar suspicacias en el futuro comensal. Puso las dos ramas en la sartén y accionó el fuego a escasa potencia.

En ese momento el sonido de la tapa de la cazuela moviéndose indicó a El Vengador que tenía que continuar con el siguiente paso. Introdujo las setas frescas con una espumadera y miró su reloj. Dos minutos después, ya escaldadas, El Vengador las sacó con la misma paleta y las depositó en el plato. Rompió dos servilletas del rollo del papel de cocina y secó con mimo los hongos hasta que estos hubieron perdido toda la humedad. Entonces bañó una de ellas en el aceite de la sartén a modo de prueba. Y se congratuló al comprobar que estaba a la temperatura exacta para su correcto cocinado. Introdujo los hongos restantes, miró de nuevo el reloj y comprobó satisfecho que ya no faltaba prácticamente nada para finalizar la operación. Tan sólo quince minutos. Los necesarios para que las setas se hicieran hasta el punto necesario.

Pasado el tiempo, las sacó de la sartén y las colocó en un plato al lado del que contenían las originales del bote. Movió la cabeza con la vista puesta primero en un plato, después en el otro. Y llegó a la conclusión de que, a la vista, eran prácticamente idénticos.

Acercó el bote a la mesa e inició el proceso de embotado. Primero tres cucharadas de las setas del primer plato. Después media de las cocinadas por él. Seguido, un chorro del caldo más antiguo y unas gotas del que quedaban en la cazuela. Así hasta que el bote quedó igual de lleno que antes de que él lo hubiera mancillado.

Entonces repasó con tranquilidad los pasos que había seguido hasta que se convenció de que no había cometido ningún error. El proceso de cocinado, correcto. Y las proporciones de setas comestibles y setas venenosas, también. Con un porcentaje de un quince por ciento de hongos mortales tendría suficiente para acabar con el comensal sin que éste intuyera antes ningún peligro.

Ya faltaba únicamente la última operación. Sacó una bolsa con cubitos de hielo y echó los trozos congelados en una fuente a la que agregó un vaso de agua. Después cerró la tapa del bote con fuerza pero sin brusquedad y lo introdujo en el agua helada. Así, tras dos minutos de contraste de calor entre las setas cocinadas y el cristal frío, se hizo el vacío en el recipiente. Estaba tal y como lo había cogido del armario.

El Vengador limpió el receptáculo con un paño seco. Lo hizo varias veces hasta que se convenció de que sus huellas habían desaparecido por completo. Después lo introdujo en la misma mochila que había utilizado horas antes para asesinar a Arturo Méndez y la colgó de un gancho de la cocina.

Se sirvió un vaso de vino. Se lo merecía. Un reserva que degustó con la serenidad que le aportaba el saber que su plan de venganza continuaba viento en popa. Y que nadie ni nada impedirían que lo finiquitara por completo. Después abrió un armario de la sala. Sacó un cuaderno y se sentó. Bebió un trago de vino, lo posó en la mesa y acarició el libreto que había dado un nuevo sentido a su vida. Palpó la inscripción de la tapa con devoción y detuvo su mirada en ella. “El cuaderno del Montaraz”. Lo abrió y se dispuso a releer una historia que ya había repasado en infinidad de ocasiones. Un relato por el que él se había convertido en El Vengador.

 

 

 


 

CAPÍTULO 3

 

Villasinde. Comarca del Bierzo. León

5 de abril de 1940. Nueve de la mañana

 

 

 

 

            La niebla matinal se desvanecía con lentitud y la luz del sol comenzaba a hacer presencia en la comarca berciana de Villasinde. Para esa hora los paisanos ya habían tomado las calles del pueblo con sus quehaceres diarios. Los hombres habían ordeñado sus vacas y ovejas antes del amanecer para después disponerse a cuidar del ganado en los montes cercanos al pueblo. Las mujeres habían atizado la leña para preparar la comida del día y habían iniciado la limpia de las cuadras, llenas del abono depositado por los animales durante la noche, y el cuidado de la casa. Los niños, en clase, estudiaban los ríos de España, las provincias de Castilla la Vieja y los nombres de los soberanos españoles desde los Reyes Católicos. Todo ello después de rezar el Padre Nuestro diario al principio de la clase y de dar gracias a Dios sin saber muy bien porqué. 

Villasinde era un pueblo más del Bierzo leonés, situado en una de las laderas del monte Capeloso en las estribaciones de la Sierra de Ancares Seo, en el extremo Oeste de la Cordillera Cantábrica que separa las tierras leonesas de las gallegas. Protegido por nogales, castaños, abedules y negrillos, la vida en Villasinde transcurría en torno a la recogida del centeno, el trigo y la castaña, la extracción de la leche de las vacas, la matanza de cerdos, chivos y corderos y la compraventa de cualquier animal, vegetal o mineral que se pudiera arrancar de los montes cercanos.

            Pero Villasinde, como el resto del Bierzo leonés, era, sobre todo, un pueblo triste. Desde que se inició la Guerra Civil española en 1936 hasta que el general Franco firmó el último parte de guerra el 1 de abril de 1939, “el parte de la victoria”, la comarca se vio golpeada con crueldad por la contienda entre nacionales golpistas y republicanos. Hasta el punto de que, en esos tres años, dieciséis hombres que salieron de sus casas para luchar en la guerra en uno u otro bando no regresaron.

            Con la victoria del bando nacional nació la esperanza entre los vecinos de que la paz y la tranquilidad volverían a aposentarse en las calles y casas de la comarca. Pero la victoria franquista no supuso la paz. Al contrario, trajo consigo la represión y la venganza sobre aquellos que se habían declarados partidarios de la República o, incluso, sobre los que simplemente no habían apoyado con energía el levantamiento militar de 1936.

Cientos de militares, guardias civiles y falangistas habían sido enviados a la comarca del Bierzo para “depurar” una región que, durante y antes de la Guerra Civil, había apoyado sin ambages al gobierno republicano. Ante esa depuración decenas de vecinos bercianos tuvieron que “echarse al monte” para continuar su lucha contra el régimen franquista y, sobre todo,  para sobrevivir.

            El hogar de Valentín Romeral era uno de los muchos que había sufrido las consecuencias trágicas de la guerra. Su hijo mayor, José, falleció en 1937 en el frente asturiano. Y el mediano, Ildefonso, sobrevivió a dos inviernos en las trincheras asturianas y madrileñas, pero a su vuelta a casa tuvo que huir a la montaña cuando iba a ser prendido por los militares.  A Valentín, de cuarenta y siete años, le quedaban su mujer, Eusebia, de luto riguroso desde que supo de la muerte de José, su hija Marina, casada hacía dos años con un camionero de un pueblo cercano, y su madre, también Marina, una anciana y medio ciega mujer que mantenía la mayor parte de su vida al lado de la lumbre con un rosario en la mano.

            A Valentín, un hombre rudo de la montaña que había preferido proteger su hogar antes que luchar en el frente, también le quedaba en casa “el innombrable”. Su hijo pequeño, Faustino Romeral, de dieciséis años. 

El joven Faustino se hallaba escondido en su propia casa desde hacía ya cuatro meses. Desde que dos militares acudieron a reclamar su presencia en el cuartel de la Guardia Civil para realizarle unas preguntas. En aquella ocasión Valentín solicitó acompañar a su hijo, pero los soldados le ordenaron que no se moviera de casa. Así, escoltado por dos hombres armados, Faustino Romeral atravesó el pueblo hasta llegar al cuartelillo ante las miradas curiosas y temerosas de los vecinos. El miedo que había surgido en su interior en el mismo momento en que escuchó su nombre de boca del militar se magnificaba a cada paso que daba. No sabía con exactitud qué significaba la frase “realizarte unas preguntas”, pero intuía que nada bueno.

Entró en el cuartel con el vello en punta y un teniente al que no había visto jamás en la comarca le ordenó que se sentara en una silla en mitad de una habitación vacía. Faustino miró a aquel hombre y a otro que se encontraba al fondo del cubículo, tragó saliva y se sentó agachando la cabeza a modo de sumisión. Una lección aprendida de su padre Valentín. “Muéstrate dócil, no seas altivo e intenta que no se enfaden”.

El teniente, que presentaba una cicatriz profunda entre el ojo derecho y sus pobladas patillas, comenzó sin contemplaciones.

—Faustino. Así te llamas, ¿verdad?

—Sí, señor.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, señor.

—¿Dieciséis, eh? Ya todo un hombretón. ¿Qué tal está tu familia, Faustino?

—Bien, gracias a Dios, señor.

—Eso está bien.

Seguido, dio dos pasos y acercó su cabeza a la oreja derecha del muchacho.

—Y tu hermano Ildefonso… ¿no sabrás dónde está? Llevo unos meses buscándole para charlar con él.

—No señor. Hace mucho tiempo que no le veo.

El teniente se apartó y el militar que estaba a la espalda de Faustino se acercó con celeridad y le soltó un golpe con la mano abierta en la cara que tiró al chico de la silla.

—No te ha preguntado si le has visto. Te ha preguntado si sabes dónde está.

Faustino, tirado en el suelo, se colocó en posición fetal con las manos protegiendo su cabeza. Balbuceó mirándole a los ojos:

—No, señor. No sé dónde está.

El teniente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y su súbdito inició una serie de una docena de patadas y puñetazos. A la que siguieron más golpes continuados que únicamente cesaban para volver a preguntar a Faustino por el paradero de su hermano huido.

El interrogatorio, que había durado toda la noche, no fue fructífero para el teniente. No sacó nada, ni de dónde estaba Ildefonso ni si conocía a otros paisanos “traidores a España”. El teniente de la cicatriz llegó a la conclusión de que el muchacho magullado y lloriqueante que tenía tirado en el suelo frente a él con los pantalones orinados no sabía nada. Por ello le dejó marchar al amanecer. Antes de salir le dio una orden:

—La semana que viene te quiero aquí a la misma hora. Espero que, para entonces, tengas algo que contarme— dijo con una sonrisa llena de maldad.

Faustino salió del cuartelillo cojeando y dolorido en todo su cuerpo. Afuera, escondido entre las sombras, le esperaba su padre. Acudió raudo hacia él y le ayudó a llegar a casa. En el trayecto, su hijo le contó la paliza que había sufrido y que tenía que volver en una semana. Valentín escondió su rabia en su interior. Hubiera querido presentarse en el cuartel con una escopeta y vengarse de quienes habían torturado a su hijo pequeño. Pero sabía que las consecuencias de dicha acción serían fatales para toda su familia.

Cuando llegaron a casa, Eusebia curó las heridas de su hijo. Mientras, Valentín decidió qué hacer para que Faustino no volviera a sufrir más torturas. No podía continuar con la estrategia llevada a cabo hasta entonces. Evitar que su vástago menor supiera nada relacionado con su hermano, el maquis, y con el movimiento guerrillero del Bierzo leonés. Esa ignorancia ya no era suficiente. Los militares y guardias civiles torturarían cada semana a Faustino hasta que “cantara” algo que les sirviera, delatara a quien ellos le ordenaran o muriera por culpa de que a los torturadores “se les fue la mano”.

Valentín Romeral calibró tres alternativas para salvar a Faustino. Ninguna le atraía en demasía. Echar a su hijo al monte para que se uniera al maquis leonés le daba demasiado miedo. Un vástago ya había muerto en combate y el segundo, a saber cuándo moriría en una emboscada. Además, Faustino no era tan fuerte como sus hermanos mayores. Desde muy pequeño sus padres habían visto en él una preocupación por las letras y los estudios mucho mayor que el resto de la familia, además de un nulo interés por la lucha política y armada. Eso, unido a que físicamente no poseía la fuerza y resistencia de sus hermanos, hacía temer a Valentín que no pudiera aguantar la dureza de la vida guerrillera.

Enviar a su hijo a otro punto de España donde nadie le conociera tampoco le convencía. En los tiempos que corrían no confiaba en nadie que pudiera acoger a su pequeño. Sabía que miles de delatores esperaban agazapados en cualquier esquina del país para vender a cualquier prófugo a cambio de unas monedas.

La única opción que le quedaba era esconder a Faustino en casa. Harían correr el rumor de que el chico había huido del hogar familiar y que ellos desconocían adónde se había dirigido. Valentín no temía que los militares le torturaran para sacarle la verdad. Estaba convencido de que, tanto él como su mujer, morirían antes de delatar a su hijo pequeño.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Cuatro meses después de recibir la paliza y de que sus padres convencieran al pueblo de que había escapado, Faustino Romeral permanecía escondido en su casa. Él hubiera preferido huir, pero sus progenitores le ordenaron que se quedara protegido por ellos. Aunque a regañadientes, accedió. No tanto por sus padres sino por Teresita, su novia secreta desde que tenían diez años y con quien pretendía casarse y huir en cuanto tuvieran dinero para viajar a Sudamérica.

La vida de Faustino era idéntica cada día. Se levantaba al tiempo que sus padres y desayunaba con ellos, siempre alerta de que ninguna mirada curiosa apareciera por las ventanas y le descubriera. Después ayudaba a su madre en las labores del hogar. Limpiaba la casa, cocinaba cuando su madre se hallaba en el prado o en las cuadras y cuidaba de la salud de la abuela Marina. El resto del día lo pasaba en el desván leyendo libros de aventuras que Don Esteban le hacía llegar.

Don Esteban era la única persona del pueblo que sabía del paradero del chico. Amigo íntimo de Valentín Romeral, había sido el maestro de Villasinde hasta que el bando nacional se apoderó de las aldeas de El Bierzo. Acusado de “demasiado moderno y poco católico”, se libró de la cárcel gracias a que su hermano, el Padre Julián, era el párroco del pueblo.

Desde su expulsión del colegio, Don Esteban se dedicaba a dar clases de repaso a los niños que lo requerían, además de servir de enlace de las partidas de la guerrilla antifranquista. El maestro disfrutaba con cada uno de los chicos a los que aportaba algo más de conocimiento que la Geografía e Historia de España y los diez mandamientos de la Ley de Dios. Pero con quién más lleno se sentía era con Faustino Romeral. Cada dos días se reunía con él al atardecer y le daba clases de historia, matemáticas y lengua. Después, le preguntaba por la lección del día anterior. Faustino respondía con énfasis, como si adquirir conocimiento le insuflara dosis de vitalidad en su monótona y desquiciante vida escondido entre cuatro paredes.

Algunas veces Don Esteban se quedaba a cenar, pero entonces Faustino tenía que abandonar la cocina y meterse en su escondrijo para que el maestro y su padre hablaran “de sus cosas”.

Esa mañana Don Esteban se acercó a casa de Valentín Romeral con un objetivo. Exponer al padre de familia que había oído que una partida en la que se encontraba su hijo se encontraba cerca de Villasinde. Quería alertarle para que, en el caso de aparecer Ildefonso, le ordenara que se alejara de El Bierzo por una temporada. La partida de Cazurro, en la que suponía que continuaba batallando Ildefonso, se había convertido en una de las más perseguidas por los militares y los guardias civiles. Y para evitar riesgos, la mejor opción de la partida era alejarse a Asturias o, incluso, abandonar España por una temporada y refugiarse en Portugal.

            Tras explicar la situación, Don Esteban fue invitado por Valentín a que compartiera mesa con ellos. El antiguo maestro accedió.         

            Minutos después, varias ráfagas de disparos procedentes de los montes cercanos rompieron el silencio de la comarca. Los sonidos duraron un par de minutos y se escucharon en todas las casas del pueblo. Eusebia, la esposa de Valentín, apoyada contra la trébede de la cocina mientras removía un caldero de lentejas para que no se quemaran, miró a su marido con preocupación. La misma cara que tenía siempre que escuchaba tiros en la montaña. No se había acostumbrado a los disparos, por mucho que llevara siendo una sinfonía habitual de la vida española desde el inicio de la Guerra Civil. Valentín quiso aplacar su nerviosismo con un movimiento de cabeza horizontal que daba a entender que los tiros no tenían importancia. Don Esteban, que también se apercibió del nerviosismo de Eusebia, optó por buscar una conversación que relajara la tensión existente en la cocina.

            —¿Sabías que Faustino quiere ser marinero?

            —No será por todo el mar que ha visto en su vida. Si no sabe ni nadar— respondió sorprendido Valentín—. ¿Te lo ha dicho él?

            —No. Pero se le nota en la mirada cuando estudiamos alguna historia relacionada con el mar.

            —No sería mala salida, no. Tal y como están las cosas…

            En ese instante apareció Faustino por la cocina. Había estado en la planta de arriba barriendo las habitaciones y fregando el suelo.

—Fíjate, de ti estábamos hablando ahora— dijo su padre.

            Faustino miró sorprendido. Creía que alguien como él, que parecía no existir fuera de las paredes de casa, no podía ser el protagonista de ninguna conversación. Ni siquiera por parte de su padre y su maestro particular.

            —Les estoy diciendo que te gusta el mar.

            —Sí, me gusta— respondió el chico al sentarse en el escaño de la cocina.

            —Pero si no lo has visto en tu vida— añadió su padre.

            —Ya, pero…

            —Pero ha leído— interrumpió el maestro—, y mucho, sobre el mar. Sobre el mar y sobre muchas más cosas. Tu hijo tiene cabeza, Valentín. Es una pena que le haya tocado vivir una época tan dura como ésta.

            —Es una pena que a todos nos haya tocado vivir esta época— apuntilló Eusebia con voz melancólica mientras acercaba el puchero de lentejas a la mesa.

            Tras la comida, Valentín salió para picar unos tucos de la leña que tenía apilada en la parte trasera de la cuadra de casa. Eusebia y la abuela Marina subieron a la habitación de ésta a rezar el Rosario diario. Y Faustino y Don Esteban se quedaron en la cocina, el primero leyendo el último libro que había llegado a sus manos, El Barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson. Don Esteban apuraba su segundo café de puchero al tiempo que observaba con ilusión a su pupilo. Para el maestro jubilado forzosamente por la dictadura no había nada más hermoso que la pasión por la lectura. Y Faustino representaba esa ilusión cada vez que él le hacía llegar alguna de las novelas que pudo esconder antes de que los nacionales se hicieran con la escuela. A cuentagotas le llevaba clásicos de la literatura española, inglesa y francesa. Faustino devoraba con fruición cada uno de los libros que llegaban a sus manos. Pero las historias de aventuras en tierra y mar, de héroes y villanos, y de luchas quiméricas por las que los protagonistas daban sus vidas, eran las que más deleitaban su ansia lectora.

            —Venga, ya basta de batallas por hoy— dijo Don Esteban al tiempo que apoyaba la taza en el fregadero de piedra de la cocina—. Ahora toca matemáticas.

            Faustino, obediente, cerró el libro y abrió el cuaderno de ejercicios. Ya le quedaban pocas páginas para que lo terminara. Don Esteban se dio cuenta y pensó que, para la siguiente ocasión, le traería un cuaderno nuevo.

            Pasaba media hora de estudios en la cocina cuando Valentín Romeral entró en casa con gesto preocupado.

            —Hijo, escóndete, vienen los militares. ¡Rápido, sube!

            Faustino se levantó, ascendió velozmente las escaleras y avisó a su madre.

            —Vete con él. Es mejor que no te vean en casa— ordenó Valentín a Don Esteban.

            —Pero…

            —Hazme caso. Que no os vean, por favor— suplicó.

            Don Esteban obedeció y subió las escaleras. Vio cómo Faustino alertaba a su madre de la llegada de los soldados. Después ayudó al muchacho a que subiera al desván de la casa ayudado de una banqueta y siguió sus pasos. Una vez los dos arriba, Eusebia arrastró una mesita de noche y la ubicó justo debajo de la puerta vertical del desván. Encima de la mesita colocó una figura de la Virgen María y pidió a su madre que se quedara a su lado rezando. Para cuando empezó a bajar las escaleras, un militar ya estaba aporreando la puerta de casa.

            —¡Abran la puerta! ¡Es la autoridad!

            Eusebia llegó a la planta baja y se metió en la cocina. Los golpes en la puerta se repitieron.

            —¡A de la casa, abran o tiramos la puerta!

            Valentín obedeció y se encontró frente a dos soldados rasos con sus fusiles Mauser apuntando hacia él.

            —Sal de casa.

            —¿Qué sucede?

            —¿No ha oído? ¡Que salgas de casa o te sacamos a hostias!

            En ese momento Eusebia apareció por la puerta y uno de los reclutas repitió la orden a la mujer. Ambos obedecieron y se colocaron en la calle mirando a un vehículo militar que acababa de aparcar frente a casa. Un teniente delgado, joven y con bigote se bajó del camión, un ZIS- 5 ruso que había pertenecido al ejército republicano hasta que el bando nacional se incautó de él tras la victoria.

            —¿Hay alguien más en casa?

            —Mi madre— respondió Valentín.

            —Háganla salir. ¡Y registren bien toda esa pocilga! A ver si hay más ratas dentro.

            Tres militares armados con naranjeros MP28 II entraron en la casa a gran velocidad. En la planta baja no hallaron a nadie. Cuando subieron a la segunda planta se encontraron con Marina, arrodillada frente a la figura de la Virgen María y con el rosario en sus manos. La mujer, al ver a los militares, se persignó. Uno de ellos intentó levantarla, pero la torpeza de la anciana para alzarse le hizo desistir. Después continuaron con el resto de estancias de la casa.

            Desde arriba, Faustino y Don Esteban observaban en silencio los movimientos de los reclutas a través de dos pequeñas rendijas entre las tablas del piso. Ninguno de los dos se movió ni un centímetro durante el tiempo en que los militares buscaron, sin suerte, debajo de las camas y dentro de los armarios de las habitaciones. Tras dos minutos de registro salieron.

            —Mi teniente, en casa no está más que una señora mayor.

            —Ya le he dicho que sólo estaba mi madre— apostilló Valentín.

            —¡Sáquenla ahora mismo!— ordenó el teniente bigotudo.

            —Verá, mi teniente, parece muy torpe y… no creo que sea peligrosa.

            —¡¿Alguien le ha mandado a usted que crea o deje de creer algo, soldado?!— gritó el teniente al rostro de su subordinado.

            —¡No, mi teniente!

            —¡Aquí está usted para recibir órdenes, no para pensar!

            —¡Sí, mi teniente!

            Inmediatamente el soldado se dispuso a entrar en casa y a sacar a la anciana, aunque tuviera que hacerlo arrastras. El teniente le detuvo.

            —Está bien. Que se quede en casa. No creo que nos sirva de mucho— ordenó, para seguido, dirigirse al matrimonio que se encontraba frente a su casa—. Valentín Romeral y su mujer Eusebia Ruiz. Vaya, vaya. ¿Qué? Alguien os ha dicho que veníamos de visita y habéis mandado a vuestro hijo al monte ¿A que sí?

            —Señor, Faustino no vive con nosotros hace meses. Se fue a la capital a ganarse la vida— contestó Eusebia voz temblorosa.

            —Ya. Y quieres que yo me crea esa patraña.

            El teniente lanzó un puñetazo en el estómago de la mujer, que cayó de rodillas al suelo. Seguido, apuntó con su pistola Astra 400 a Valentín. Éste no se revolvió, sabedor de que cualquier movimiento serviría de excusa para recibir un disparo en la cabeza.

            —¿Sabéis? Gente como vosotros tenía que estar en el hoyo hace ya mucho tiempo. Y la verdad es que no sé muy bien porqué seguís con vida ¡Malditos Rojos!— El teniente lanzó un escupitajo a la cara de Valentín—. Además, con un hijo que ya no os necesita y otros dos muertos, tampoco creo que os apetezca mucho seguir vivos.

            —Tengo un hijo muerto. ¡Uno! El otro está en el monte. Y el pequeño en la capital— respondió Valentín sin apartar la saliva de su cara.

            —En el monte dices, ¿Y no sabrás en cuál de estos montes de por aquí está el mediano? Porque otra cosa no, pero por aquí no hay más que monte y más monte.

            Valentín Romeral dio la callada por respuesta. Su mujer, que continuaba arrodillada, también. El teniente sonrió con picardía.

            A diez metros, en el sótano de la casa, Faustino y Don Esteban observaban la tensa situación callejera desde un ventanuco de veinte centímetros de ancho por medio metro de alto. Los miraban sin miedo a ser descubiertos, sabedores de que la oscuridad reinante en el desván impedía a los militares distinguirles desde la calle. 

            —Así que no sabéis donde está vuestro hijo. Vaya por Dios. Pues estáis de suerte, fijaros por donde— soltó con sorna— ¡Cabo, trae al hijo de estos rojos!

            Un cabo se dirigió con brío a la parte trasera de la camioneta. Ordenó al soldado que antes había sido reprendido que le ayudara. Los dos subieron al camión ruso. Valentín y Eusebia se miraron aterrorizados.

            —Ayúdame, cógele por ahí— se escuchaba a los militares dentro del camión—. Así, venga, a bajarlo, ahora.

            Seguido, Valentín y Eusebia vieron cómo arrastraban el cadáver de Ildefonso hasta posarlo en el suelo.

            —¡Hijo mío!— gritó Eusebia para, inmediatamente, lanzarse al cuerpo inerte de su hijo.

            Valentín se mantuvo de pie, inmóvil, con las manos en la cara  y con un gesto de rabia y dolor tan profundo que inmovilizó todo su cuerpo.

            Dentro de casa, Faustino observó pávido la imagen de su hermano muerto. Don Esteban agarró al chaval del brazo para que no se moviera.

            El cuerpo de Ildefonso presentaba tres heridas de bala. Una en el hombro izquierdo, otra en el pecho y una última en la cabeza. Mantenía los ojos abiertos. Eusebia, con lágrimas cayéndole por las mejillas, se los cerró lentamente.

            —Eso es lo que pasa por enfrentarse a la ley— dijo el teniente mirando a los ojos a Valentín—. Lástima que no le pudiéramos coger con vida. Ya me hubiera gustado tener una charla con esta rata. Bien, bien, bien. Ahora vosotros tenéis la oportunidad de colaborar con la justicia… o de acabar como él. Es la última vez que lo voy a preguntar. ¿Dónde está vuestro hijo pequeño?

            Eusebia se levantó y se agarró al brazo de su marido. Los dos se miraron con determinación. Ambos tenían los ojos humedecidos por las lágrimas, pero sus miradas mostraban arrojo. Jamás delatarían a sangre de su sangre. Por ello alzaron la mirada con orgullo y callaron.

            —Está bien, vosotros lo habéis querido. Apartaos del camión.

            El matrimonio, empujado por dos soldados que les apuntaban con sus armas, dio varios pasos a la izquierda. Entonces el teniente les detuvo.

            —Ahí, ni os mováis— ordenó con una mirada gélida, sin ningún atisbo de humanidad—. Mujer, abraza a tu marido, porque os vamos a matar— dijo sin pestañear.

            Eusebia abrazó a Valentín. Éste la correspondió con un beso en la frente y la agarró con firmeza. No se dijeron nada. No era necesario. Sabían que era el fin. El desenlace de una vida juntos como amantes, esposos y padres. El final de una familia que habían formado a base de sudor y sufrimiento, pero también de ilusión por una vida tranquila y feliz entre las montañas que los vieron nacer. Una vida rota en mil pedazos por la Guerra Civil. 

            Tres soldados se colocaron frente a ellos con los naranjeros apuntando a sus cuerpos. Uno de ellos tenía los ojos cerrados y le temblaba el pulso.

            —¡Fuego!

            Tres ráfagas salieron de las ametralladoras e impactaron de lleno en el matrimonio. Valentín y Eusebia cayeron hacia atrás y sus cuerpos, abrazados, acabaron en el suelo, muertos al instante.

            Al sonar los disparos Don Esteban tapó la boca de Faustino y le lanzó hacia atrás. Se colocó encima de él para evitar que se moviera y descubrir su escondite. Faustino, con los ojos abiertos y la boca tapada, se quedó paralizado. Sus padres acababan de ser ejecutados ante sus ojos.

            La sangre de Eusebia y Valentín descendía calle abajo como un único riachuelo rojo. Silencio en Villasinde. Nadie salió de sus casas por miedo a terminar como ellos. Aunque todos los vecinos sabían qué acababa de suceder. Que los habían ejecutado sin contemplaciones.  Mientras, el teniente miraba a los dos asesinados. Se acercó a ellos y, con dos patadas, comprobó que estaban muertos.

            —¡Vecinos de Villasinde! ¡Esto es lo que le pasa a los traidores a la patria!— gritó mientras se movía en círculo  rodeando a los cadáveres y mirando a las casas más cercanas—. ¡Espero que toméis nota de lo que os puede pasar si no colaboráis con el Régimen del Generalísimo! ¡Esto es lo que os va a pasar! ¡Esto!

            Silencio absoluto en el pueblo.

            —¡Pero si nos ayudáis a desenmascarar a los traidores a la patria, España os compensará! ¡Sed valientes, señalad a todos los rojos de vuestro pueblo y recibiréis una compensación! ¡De lo contrario, si tenéis información y os la calláis, seréis cómplices de traición y yo mismo vendré a impartir justicia!

            De nuevo silencio. El joven teniente con bigote miró a los tres cadáveres del suelo y volvió a levantar la cabeza.

            —¡Una advertencia! ¡Que no me entere yo que estos rojos traidores han sido enterrados en el cementerio del pueblo! ¡El cementerio es para cristianos de bien, y no para comunistas hijos de perra! ¡Enterradlos como a las ratas, entre piedras y tierra en mitad del monte! ¡Que las alimañas se coman su carne putrefacta! ¡Si no acatáis esta orden, yo mismo vendré a cavar la tumba de quien haya osado desobedecerme!

El teniente respiró hondo.

—¡Faustino Romeral, estés donde estés! ¡Será mejor que te presentes en el cuartelillo si quieres seguir con vida! ¡Si eres listo y lo haces— mientras hablaba miraba a los montes que rodeaban la aldea— seré generoso y te perdonaré la vida! ¡De lo contrario, ya sabes lo que te espera!

            Faustino, tumbado, aturdido y mareado por el asesinato de sus progenitores, sintió un escalofrío al escuchar la amenaza.

            El teniente acabó su discurso público y sacó de la cazadora un cigarrillo con boquilla. Lo prendió con una cerilla, que tiró encendida encima del cuerpo de Valentín Romeral, y miró a la casa.

            —¡Quemadla! — ordenó al cabo.

            —Mi teniente, pero si está la anciana dentro.

            —¡Cojones! Pues entonces sacadla arrastras y quemad la casa. Traed toda la gasolina que haya en el camión.  Que todo el pueblo sepa quién manda aquí.

            Los soldados iniciaron la búsqueda del combustible en la camioneta. Dentro, Don Esteban, que había escuchado las órdenes, se levantó y ayudó a Faustino, todavía en shock, a incorporarse.

            —Rápido, hay que salir de aquí o nos quemarán vivos.

            El maestro abrió la trampilla del desván y empujó al muchacho a que saltara a la segunda planta. El chico, cuando miró abajo, vio a su abuela llorando ante la Virgen y pidiendo, entre sollozos, que “Dios les tenga en su gloria”. Sabía el fatídico final que habían sufrido su hijo y su nuera sin haber tenido la necesidad de ver el ajusticiamiento. Faustino saltó del ático y cayó al lado de su abuela. Ésta, de rodillas, le agarró de la pierna y gimoteó con más fuerza.

            Después Don Esteban saltó al lado del chico y le asió por la chaqueta.

            —Sígueme. Por la ventana de atrás.

            —¿Adónde va mi nieto pequeño? ¿Adónde va él solín?— preguntó Marina mirando a los ojos llorosos de Faustino.

            —Marina, no se preocupe. Me lo llevo al monte— contestó Don Esteban.

            —Al monte, a morir como los lobos. Como los perros rabiosos— La anciana se levantó escalando con los brazos por el cuerpo de su nieto y le abrazó—. Dios te proteja Faustino, que a tus padres ya les tiene en su gloria.

            La mujer besó con compulsión la mejilla de Faustino. Él no pudo responder. Un nudo en la garganta impidió que articulara palabra alguna. Le hubiera gustado decir que no esperaba que Dios le protegiera cuando acababa de permitir que sus padres fueran fusilados. Pero se mantuvo callado.

 Don Esteban le arrancó de los brazos de su abuela y le arrastró a la habitación de sus padres. En ese momento entraron dos militares por la puerta de casa. El ruido de sus botas al subir las escaleras impidió que escucharan cómo se abría la ventana de la habitación y cómo el chico y el profesor saltaban a la calle trasera.

            —Señora, tiene que salir de casa. Inmediatamente­— ordenó el cabo.

            —Por el amor de Dios, ¿no les basta con matar a mi hijo y a mi nuera? ¿También me van a matar a mí? Que Dios os perdone, porque no sé si alguna vez os perdonaréis vosotros el mal…

            El cabo cortó el discurso de la mujer agarrándola del brazo. Ordenó al recluta que hiciera lo mismo con el otro y, entre los dos, tiraron de la abuela Marina hasta que salieron de casa. En ese momento entraron dos militares más, cada uno con una garrafa de gasoil.

            —¡Que no queden ni las piedras! — gritó el teniente.

            Un minuto después los dos soldados salieron de casa con las garrafas vacías. Uno de ellos prendió una cerilla y quemó una tela que había extraído de la casa. Dejó que el fuego brotara en la mitad del paño y lo lanzó a la puerta de la entrada. En unos segundos las llamas iniciaron la destrucción del hogar de la familia Romeral Ruiz.

            Don Esteban había arrastrado a Faustino hasta una cuadra cercana y, desde allí, observaron con espanto cómo el fuego empezaba a devorar la que había sido la morada familiar del chico desde su nacimiento. Faustino había nacido en esa misma casa en llamas.  Su madre le parió en la habitación por la que habían huido y de la que empezaba a salir humo. Había crecido al abrigo de la lumbre de la chimenea de la cocina. Adoraba ese calor que, de tanto acercarse, casi llegaba a quemar su piel cuando entraba en la cocina después de un día de frío y lluvia. Ese calor que era nimio en comparación con el que desprendían las llamas que ya habían alcanzado el desván. El desván en el que había leído, soñado, imaginado y dormido sus últimos cuatro meses de vida y que nadie volvería a pisar.

            El teniente ordenó que toda la patrulla se montara en el camión y volviera al cuartel. Ya habían hecho el trabajo asignado y ahora se tendrían que encargar los vecinos del pueblo de apagar las llamas de la casa antes de que afectaran a otro edificio. 

Don Esteban cogió del brazo a Faustino y tiró de él.

—Rápido, nos tenemos que ir.

—¡No! ¡Mi abuela!

—No te preocupes por ella. Ya nos ocuparemos más tarde. Ahora tenemos que irnos. Si alguien te ve, te puede delatar— El maestro miró a los ojos al muchacho—. Si quieres vivir, sígueme.

Faustino dudó por un instante. Vivir. ¿Qué significaba la vida después de haber visto cómo se la habían arrebatado a sus padres?

Siguió a Don Esteban. Los dos, agachados y escondiéndose entre los árboles del pueblo, se alejaron un kilómetro. Cuando se vieron seguros divisaron cómo, a lo lejos, el humo ascendía por encima de la aldea. La casa se estaba convirtiendo en cenizas.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Los dos hombres esperaron agazapados a que se hiciera de noche. Don Esteban con la mirada puesta en los cuatro puntos cardinales temeroso de que alguien les descubriera. El chico, derrumbado en el suelo, con las manos tapando su cara y llorando desconsoladamente la muerte de su hermano y sus padres. A Don Esteban también le embargaba la pena. Había presenciado la muerte de dos amigos, dos camaradas, sin poder hacer nada. Le hubiera gustado tener el valor suficiente como para agarrar un arma y enfrentarse a los asesinos. Pero él se sentía un cobarde, un superviviente. Aunque ya tendría tiempo para recrearse en el dolor. Eso lo guardaba para cuando estuvieran a salvo, él y, sobre todo, el chico.

—Escúchame— dijo con determinación—. Tú te vas a quedar aquí. Ni se te ocurra moverte, ¿entendido?

—¿Adonde vas?

—Al pueblo. Tengo que coger víveres para los próximos días.

—¿Víveres?

—Sí. Comida, ropa, algún arma que tengo en casa.

—Te acompaño.

—De eso nada. Si te ven puedes darte por perdido. De mí no saben ni que estaba contigo. Si voy solo estaré más seguro. Tranquilo, no tardaré mucho. Pero no te muevas de aquí. Si oyes algún ruido extraño, escóndete. Pero no te alejes mucho o no te podré encontrar.

El maestro se levantó e inició la vuelta a Villasinde. Faustino se puso en pie y le detuvo.

—Espera. Necesito que des un recado.

—Tranquilo. Tu abuela estará en buenas manos. Estoy seguro de que alguien le ha dicho a tu hermana lo que ha pasado y ha venido a recogerla. Si no es así, ya me encargaré.

—No, no es eso— dijo Faustino avergonzado porque en ese momento se había olvidado de su abuela Marina y su prioridad era otra—. Es para Teresita. Quiero que le digas que…

—No le voy a decir nada a Teresita ni a nadie. Al menos de momento. Cuanto menos se sepa dónde estás, mejor para todos.

El joven iba a replicar al maestro, pero éste puso su mano en la boca del chico para que no dijera nada. Seguido, dio media vuelta y desapareció entre la maleza.

Faustino volvió a sentarse bajo un castaño a esperar la llegada de Don Esteban. Tras mirar a los lados y pensar en dónde se podría esconder si aparecía alguien, se cambió de sitio y se ocultó en la sombra de una roca.   Entonces fue cuando volvió a su memoria el momento de los disparos a sus padres. Aunque Don Esteban le había apartado del ventanal, tuvo tiempo para ver cómo la primera ráfaga alcanzaba a sus cuerpos y los lanzaba contra el suelo. Recordar ese momento le provocó un sofoco enorme que obligó a su corazón a latir descontroladamente y que sólo pudo aliviar con otra llorera. Las lágrimas resbalaban con velocidad por su cara y el chico se sentía embargado en una nube de dolor, tristeza, desamparo y…

…y miedo. Miedo. Un miedo atroz.

¿Qué iba a ser de él a partir de ese momento? ¿De sus sueños de aventurero y marinero? ¿De su amor por Teresita, la chica que estaba predestinada a convertirse en su esposa? ¿Cómo iba a sobrevivir sin el amparo paterno y con el recuerdo perenne de la violencia y la muerte de su familia? ¿De qué se iba a ganar la vida un adolescente protegido por sus padres hasta el punto de saber más por los libros que por su experiencia personal? ¿Cómo se iba a defender si se sentía atacado cuando jamás había tenido que recurrir a la violencia?

Todas esas incógnitas pululaban por su cabeza a gran velocidad. Y, para su desconsuelo, no podía centrarse en una sola para intentar hallar salidas a su angustiosa situación. Cuando quería concentrar su cerebro  en una sola idea recibía continuas ráfagas con imágenes de su hermano muerto en el suelo, sus padres acribillados, su hogar ardiendo, él huyendo de Villasinde…

 

 

                                   *          *          *

 

 

—Faustino, ¿estás ahí?

El chico se llevó un susto de muerte al escuchar una voz susurrante.

—Faustino, ¿dónde te has escondido, rapaz?

Resopló al reconocer la voz. Era Don Esteban. Entonces salió de su escondrijo.

—¿Ya estás de vuelta? ¿Tan pronto?

—¿Tan pronto? Hace dos horas que me fui.

Dos horas. Faustino hubiera jurado que no habían transcurrido ni diez minutos desde que el maestro se había alejado. Su alterado cerebro le había provocado ese desliz temporal.

El maestro se acercó con dos petates grandes como los que cargaban los marineros cuando embarcaban y con un zurrón más pequeño. Le dio uno de los sacos a Faustino y le ordenó que le siguiera.

—Ahora toca caminar. Y mucho. Tú sígueme. Hasta que no estemos unos kilómetros alejados no estaremos a salvo.

—¿Adónde vamos?

—¿Acaso no lo sabes todavía? Tú te vas a echar al monte, con el maquis.

Faustino quiso, pero no pudo preguntar más. Don Esteban inició la marcha a ritmo acelerado y el muchacho siguió sus pasos. No sabía hacia dónde se dirigía. Tan sólo que su dirección era el Este. Y, sobre todo, que se alejaba de su pueblo, de su casa, de todo lo que conocía. Jamás se había imaginado que así iba a ser su marcha. En ensoñaciones se había visto como un joven valiente que salía de su morada a comerse el mundo con el beneplácito de sus padres, orgullosos del arrojo de su hijo pequeño. Pero no así, huyendo campo a través con la luna como único testigo de su fuga.

Cuando pasaron tres horas de travesía sin pisar ningún camino ni vereda, Don Esteban se detuvo bajo un roble y ordenó a Faustino que hiciera lo mismo.

—Aquí está bien. Vamos a cenar un poco. No debemos quedarnos sin fuerzas.

—¿Queda mucho?

—¿Queda mucho para qué? — repreguntó Don Esteban.

Buena pregunta. ¿Para qué? El chico supuso que para llegar a algún sitio en concreto, pero no se atrevió a preguntar. El maestro apreció la sensación de quebranto de su pupilo y le agarró del brazo. Después sacó un trozo de salchichón de su petate, lo partió por la mitad con una navaja, y le dio una parte al chico. Hizo lo mismo con media hogaza de pan. Faustino dijo no tener hambre, pero Don Esteban le obligó a que comiera argumentando que la marcha no había hecho más que empezar.

Ambos comieron en silencio. Y ese mutismo fue el que le trajo de nuevo a la mente de Faustino la muerte de sus padres y hermano. Por ello, mientras masticaba un pedazo de salchichón, una lágrima densa bajaba por su rostro. Don Esteban lo vio e intentó mitigar el dolor del chico de dieciséis años.

—Antes te he dicho que te ibas con los maquis. ¿Sabes lo que significa?

—Sí… más o menos.

Faustino sabía que el maquis era la guerrilla antifranquista a la que había pertenecido su hermano recién muerto. También sabía que se encontraban perseguidos por la Guardia Civil y por el ejército. Y que había cientos de ellos en León, Galicia y Asturias. Suponía que también habría más en el resto de España. Poco más conocía del maquis. En su casa jamás se hablaba de política en su presencia. Y en la calle y en el colegio, hasta que dejó de ir, también era un tema tabú del que casi ningún chico quería hablar. Por supuesto, con Teresita tampoco charlaba sobre la guerrilla antifranquista, ni sobre la opresión del Frente Nacional. Cuando estaban juntos, ambos fantaseaban con viajar por el mundo y conocer las maravillas que tan bien describían las novelas de aventuras. Él sería capitán de barco y ella la enfermera que cuidara a la tripulación.

—Lo que significa— explicó el maestro— es que te vas juntar con alguna partida. Esperemos que sea con la que estoy buscando, si es que sigue. Y que vas a estar perseguido durante todos los días a todas horas. Pero así tiene que ser. Tienes que alejarte de Villasinde si quieres seguir vivo. Después ya se verá. Igual, con suerte, hasta puedes ir al extranjero.

—¿Sí? — preguntó Faustino, con el primer síntoma de ilusión en su cara desde que sus padres fueron ejecutados.

—Claro que sí. Algunos lo han hecho. Coger un barco y a la Argentina o a Venezuela. Pero tiempo al tiempo. Antes tenemos que encontrar a alguna partida de fiar.

—Tú… ¿cómo sabes tanto de…?— dudó si terminar la pregunta.

—Porque soy uno de ellos. Soy un enlace, Faustino. Como lo eran tus padres.

Don Esteban le contó que sus padres, desde que su hermano Ildefonso se había echado al monte tras finalizar la guerra, habían decidido convertirse en enlaces de apoyo a la guerrilla republicana. Siempre lo mantuvieron en secreto para que él no se viera envuelto en la guerra que todavía se mantenía viva en los montes.

Los enlaces eran familiares o amigos de confianza de los guerrilleros que ayudaban a estos con información y alimento. También les acogían cuando algún maquis tenía que esconderse en alguna casa o tenía que ser curado de alguna herida. Pero la función de los enlaces era muy arriesgada. Si las autoridades sabían de alguno de ellos, le prendían para llevarle al cuartelillo y allí le torturaban hasta que dijera todo lo que sabía. Después, pocas veces quedaban en libertad. O bien eran encarcelados o se les aplicaba la “Ley de fugas”, ejecución consistente en asesinar a un detenido y simular su intento de evasión como justificación del crimen.

—A su modo, tus padres lucharon como el que más. Lo único que no lograron fue dejarte a un lado de esta puta guerra, como ellos querían— explicó el maestro con un halo de pena en su voz.

Se volvió a hacer el silencio hasta que ambos terminaron de comer. Don Esteban ordenó que continuaran la marcha. Se colocaron los petates a la espalda y anduvieron otras tres horas sin detenerse en ningún momento. Faustino no entendía las direcciones tomadas por su guía. En unas ocasiones rodeaba toda una loma para llegar a la otra punta, en otras caminaba por una orilla de un río y después desandaba parte del recorrido por la otra orilla. E, incluso, en un trayecto entre arbustos, le dijo que caminara en paralelo diez metros por debajo de él. El joven supuso que así estaba intentando hacer desaparecer sus rastros.

Cuando quedaban dos horas para amanecer, el profesor preguntó al adolescente si se encontraba cansado. Éste reconoció que un poco. Aunque, en realidad, sentía las piernas agotadas de tanto caminar sin pisar ni una sola vereda.

—Dormiremos aquí un par de horas— dijo, señalando el hueco bajo una roca en la montaña—. En tu saco tienes una manta. Sácala y tápate con ella, no vayas a coger frío.

Faustino hizo caso, se tumbó bajo la roca con el petate a modo de almohada y se tapó con la manta. El agotamiento físico y mental le llevó a que no tardara ni cinco minutos en dormirse. Don Esteban tardó algo más, preocupado por el incierto y arduo futuro que le esperaba al chico al que tanto aprecio tenía. Finalmente consiguió conciliar el sueño.

 

 

                                   *          *          *

 

 

“¡No, Teresita, no te vayas con ellos, por favor!”, gritaba Faustino en sueños.

Su amada se despedía con la mano al tiempo que acompañaba a dos guardias civiles hasta un camión aparcado al lado de su casa.

“No te subas. ¡Noooo!”

Teresita sonrió. Con la misma sonrisa que le recibía cuando él, todos los miércoles a la noche, en plena noche huía de su prisión hogareña a modo de desván y escalaba la pared de la casa de su amada para llevársela al Campo de Fixó, donde pasaban horas y horas mirando las estrellas y hablando de su futuro recorriendo el mundo entero.

La sonrisa tierna y tímida de Teresita enamoró a Faustino desde que eran unos niños. Menuda, morena, de nariz delgada y puntiaguda y con unos ojos marrones y profundos, Teresita desprendía fragilidad a cada paso que daba. Para Faustino era como un desvalido animal del monte que, a cada instante, miraba a todos los lados por miedo a ser descubierto. Pero, a solas, estando únicamente con él, Teresita se convertía en una ensoñadora compulsiva, como él. Una mente abierta a las fantasías y a las ilusiones aventureras y románticas.

Por ello, en su sueño, Faustino no entendía que su amada se marchara con los guardias civiles.

“Tranquilo, que sólo quieren hablar conmigo”

“¡Nooo! Te van a torturar ¡Te quieren matar! ¡Matan a todos!”

Teresita volvió a sonreír y se subió a la parte trasera del camión. Entonces Faustino intentó correr hacia ella. Aunque, tras varios pasos, tropezó y chocó de bruces contra el suelo. Buscó con la mirada la razón de la caída. Eran sus padres, muertos en el suelo dentro de un charco enorme de sangre.

Intentó levantarse, pero sus piernas se habían quedado sin fuerzas. Se arrastró por el suelo, lleno de barro y sangre, hasta llegar a pocos metros del camión.

En ese momento la camioneta arrancó y se alejó. Desde el suelo vio cómo Teresita se despedía con la mano. En ese momento, uno de los guardias civiles apareció entre las sombras del camión, la empujó hacia atrás y sonrió de un modo perverso al muchacho. Seguido, tapó la apertura trasera del camión con una lona.

“¡Noooooo!”

—Tranquilo, hijo. Ya pasó. No es más que un sueño.

Era Don Esteban, arrodillado a su lado y agarrándole de los brazos. Faustino se incorporó rápidamente. Respiraba aceleradamente, sudaba en abundancia y miraba hacia todos los lados. Hasta que recordó dónde estaba. En el monte, huyendo de los asesinos de su familia.

—Toma. He hecho un poco de café. Igual está frío, pero te espabilará.

Faustino bebió de la taza mientras veía al maestro recoger un pequeño cazo colocado encima de lo que había sido una lumbre.

—¿Qué hora es?

—No te preocupes por eso. Necesitabas descansar.

Volvieron a iniciar la marcha, esta vez de día. Según caminaba, Faustino intentaba memorizar el recorrido realizado la noche anterior. No conocía los montes que atravesaban pero pensaba que, concentrándose, sabría volver a casa.

Pero, ¿regresaría a su pueblo alguna vez? Intuía que no, que jamás iba a volver a ver Villasinde, ni sus castaños rebosantes de frutos, ni sus praderas siempre verdes. Ni, sobre todo, a Teresita Sopeña. Esa intuición volvió a sumirle en una desazón imposible de hacer desaparecer.

Cuando llevaban cuatro horas entre bosques, prados y puertos al calor del sol, atravesaron un escobal denso que les obligaba a apartar las ramas a cada paso que daban. Don Esteban caminaba delante y Faustino detrás, absorto en sus sombríos pensamientos e ignorante de que no eran los únicos caminantes de la montaña.

—¡Al suelo o disparo! — gritó una voz detrás de ellos.

Faustino se lanzó a la tierra al instante. Don Esteban, por el contrario, se giró levantando las manos y aparentando tranquilidad. Cuando vio de quién se trataba, resopló.

—¡La madre que te parió! Vaya susto que me has metido, jodio.

El hombre que tenía en su retaguardia echó a reír. Al tiempo se escucharon otras risas entre las malezas. Otros cuatro hombres salieron de entre ellas con sus subfusiles al hombro sin dejar de carcajear.

—Pues si te lo he metido a ti, no digamos a éste— se mofó el hombre señalando con su escopeta ametralladora a Faustino—. Levanta, valiente.

El chico se incorporó. Tenía la cara llena de barro y de incomprensión ante la tesitura en la que se encontraba, en mitad de varios hombres armados que se desternillaban de risa.

—Pero, ¡si es un guaje! Profesor, ¿qué coño haces aquí con él?— preguntó uno de los hombres armados, el más corpulento de todos.

—Es el hermano de El Marqués.

“¿El Marqués?”, se preguntó Faustino. “¿Así llamaban a mi hermano Ildefonso?” Le pareció muy extraño que un humilde ganadero como él hubiera tenido ese sobrenombre.

—¡Coño, eso es otra cosa!— dijo animosamente otro hombre, éste más bajo y delgado como un fideo— ¿Te ha mandado tu hermano?

Faustino agachó la cabeza.

—El Marqués está muerto. Lo han ejecutado. A él y a sus padres. Pensaba que estaba con vuestra partida.

—No. Se juntó con otros para ir a ver a su familia. No debí haberle dejado marchar— respondió el hombre que, a todas luces, era el jefe de partida.

Se hizo un silencio entre los cinco guerrilleros que rodeaban a la pareja. Después, uno de ellos, con un parche en el ojo izquierdo, dijo con cólera:

—¡Hijos de puta! ¡Hay que matarlos a todos, la madre que los parió!

El más corpulento se acercó a Faustino y le dio la mano.

—Te acompaño en el sentimiento chico. Tu hermano era un buen hombre.

Faustino intentó evitar que las lágrimas aparecieran. Lo logró, pero no el enrojecimiento de sus ojos.

—Cazurro, necesito que le acojas— dijo Don Esteban al hombre con presencia de líder—. Al menos por una temporada. No tiene a nadie.

—Hablaremos de eso más tarde. Vamos al campamento.

Cazurro inició la marcha. A él le siguió el hombre del parche. Detrás, Don Esteban y Faustino, a los que seguían el resto de guerrilleros. Una hora después habían llegado a lo que Cazurro había llamado “campamento”.

Se trataba de un espacio herbal de cinco metros por cuatro escondido entre rocas en el que había tres tiendas de campaña militares cubiertas por ramas. En medio, en un hueco de treinta centímetros de profundidad, una hoguera apagada. Y, a la sombra de una de las rocas, varios platos, cazos y cucharas.

Toda la expedición se adentró en la guarida, salvo los dos últimos hombres de la retaguardia. Estos se separaron y se alejaron cien metros, uno hacia al Este y el otro al Oeste. De pie, tras unos arbustos, tenían la función de vigías del valle. Cazurro y Don Esteban se adentraron en una tienda de campaña. Antes, el maestro ordenó al muchacho que esperara fuera con el resto de guerrilleros. Éste se sentó a la sombra de una roca, en silencio, recordando la frase de su padre  de que “mejor callado y parecer tonto que hablar por hablar y demostrarlo”. Los hombres que le rodeaban le miraron con lástima. Todos conocían a El Marqués y lamentaban la muerte de su compañero maquis.

—¿Un orujo, Profesor? — preguntó Cazurro dentro de la tienda.

—No me vendrá mal después de lo de ayer.

Don Esteban echó un trago de una botella de cristal rellenada tantas veces que el vidrio mostraba la pérdida total de su original brillo y relató lo sucedido el día anterior en Villasinde. Cazurro escuchaba con atención, intentando disimular una ira en su interior que crecía a cada palabra que salía de la boca del maestro. Y un sentimiento de culpabilidad que, sabía, jamás le abandonaría. “No debía haberle permitido unirse a la otra partida”, se lamentaba al tiempo que escuchaba la narración de Don Esteban.

 Cuando éste acabó, Cazurro se quedó pensativo mirando al chico por la apertura de la tienda.

—Ya sabes cómo es esto— soltó con solemnidad—. Lo que le pasó al Marqués le puede pasar a él, o a cualquiera de nosotros, mañana mismo. No creo que estar con una partida sea lo más seguro para el chico.

—Más que volver a casa a que le den matarile, seguro— replicó Don Esteban con conocimiento de causa.

—¿No hay otra opción?

—Si no me la dices tú… A mí no se me ocurre.

—Huir al extranjero.

—Sí, pero hasta entonces, ¿qué? En mi casa no puede estar. Al final algún hijo de puta lo descubrirá y se acabó. Para él y para mí. Además, necesitará dinero para huir.

Cazurro, agachado, salió de la tienda. Don Esteban le siguió sin intuir en qué pensaba o si ya había tomado una decisión. Los dos se acercaron a Faustino, a quien, sentado, se le hizo un nudo en la garganta al ver al hombre fuerte y varonil mirándole de arriba abajo.

—Levántate— ordenó Cazurro.

El chico, con rapidez, se alzó ante ese hombre que tanto respeto imponía y se quedó a un metro de él aguantando la respiración.

—El Profesor me pide que te unas a mi partida. ¿Tú que piensas?

Faustino agachó la cabeza y se quedó mudo. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba aterrado tras un día en el que había perdido a su familia? ¿Que no sabía nada de la lucha guerrillera y no se consideraba, precisamente, un joven valeroso? ¿Que se sentía avergonzado por no haber sido capaz de vengar los asesinatos de su familia por miedo a sufrir él el mismo trágico final? Su única respuesta podía ser el silencio.

—Si te quedas aquí, yo doy las órdenes y las tienes que cumplir. ¿Entendido?— se hizo un silencio al no recibir respuesta—. He preguntado que si lo has entendido.

—Sí, señor.

—Estarás con nosotros el tiempo necesario hasta que veamos el modo para que huyas al extranjero.

—Sí, señor.

—A partir de mañana serás uno de los nuestros y harás lo que haga falta. Cocinar, hacer guardias, llevar los fardos… Y disparar si es necesario.

—Sí,… señor— la respuesta, en este caso, fue vacilante.

Cazurro apreció la duda en su tono de voz, pero prefirió no ahondar en los frágiles sentimientos que estaban abordando al chico en esos momentos. Por el contrario, posó su mano en el hombro de Faustino.

—Tu hermano fue un gran maquis que luchó por la República y la libertad de su país. Tú también lo serás. Y te juro por la amistad que nos unía que daré mi vida para que no acabes como él.

Esa última explicación emocionó al muchacho. Aunque no entendía porqué un hombre al que no conocía había hecho un juramento de tanta hondura.

—Esta es la partida de Cazurro. Mi partida. Y estos son mis hombres.

Uno a uno señaló a lo miembros del grupo. Aguilucho, el hombre con un parche en el ojo, sonrió al muchacho. Manazas, el más corpulento, sentado en el suelo mientras se cortaba las uñas de las manos con una navaja, movió la cabeza en vertical ascendente a modo de saludo. A lo lejos, mirando al sur, estaba Bolchevique, el único de los hombres vestido con auténtica ropa militar republicana, y en sentido contrario, El Asturiano, el más delgado de todos, con una pelliza de lana que le cubría hasta la mandíbula.

—Luego te los presento— señaló Cazurro.

Faustino asintió con la cabeza.

—Yo me llamo…

—Tu nombre no lo queremos saber, muchacho— interrumpió Manazas con una voz ronca que parecía salir de ultratumba al tiempo que clavaba con violencia la navaja en la tierra—. Ni tu nombre, ni de dónde vienes, ni nada. Cuanto menos sepamos unos de los otros, mejor.

Faustino se quedó petrificado con al contundencia del guerrillero.

—Es un buen hombre, pero tiene los mismos modales que un burro— alivió Cazurro al chico. Luego miró a Don Esteban—. Tranquilo profesor. Nosotros nos hacemos cargo del zagal.

Don Esteban agradeció el mensaje y entregó su petate a Aguilucho. En él había introducido la noche anterior la mayoría de los alimentos que había encontrado en casa. Latas de conservas, chocolate, unas piezas de fruta, media docena de androjas,  tres chorizos y dos piezas de medio kilo de cecina de vaca. Además de dos botellas de anís. Nadie lo sabía, pero las tenía guardadas desde el inicio de la Guerra Civil para celebrar con ellas la victoria republicana ante los sublevados. Ahora esa victoria se había convertido en una quimera en la que Don Esteban, cada día, tenía menos fe depositada.

Después se acercó a Faustino y juntos se alejaron unos metros del resto.

—En tu petate tienes una tienda de campaña. Es pequeña, pero te será útil. También hay un par de mantas, una muda y un poco de ropa. Toma también esto— dijo Don Esteban al tiempo que apartaba el zurrón de su cuello y se lo acercaba al chico.

Éste lo agarró sin saber muy bien si aceptarlo o no. Esteban reaccionó ante esa duda.

—No te desprendas de él. Ni para dormir, ¿entendido?

—¿Qué hay?

Don Esteban sacó uno a uno los objetos del zurrón de piel.

—Una navaja. Seguro que la necesitarás— dijo al extraer la afilada arma.

Prosiguió con un plato metálico, un tenedor y una cuchara. Seguido, una cartera pequeña, en la que había ciento treinta pesetas, y dos latas de anchoas, con la orden expresa que sólo utilizara el alimento y el dinero en caso de extrema necesidad. Después miró a los ojos a Faustino y le sacó una pistola Tokarev T33 con cargador de ocho balas. El chico se asustó al verla. Sus padres jamás le habrían permitido portar un arma. Pero ya no estaban ahí para impedírselo.

—Yo no la voy a necesitar. Si un día vienen a por mí, poco voy a poder hacer. Tiene el cargador lleno y dentro hay más balas. Pero ándate con cuidado, que las carga el diablo. Ojalá no la tengas que usar jamás. Pero en estos tiempos…no sé yo. Dile a Cazurro que te enseñe a disparar. Si no lo hace él lo hará cualquiera de la partida. Ellos están tan interesados como tú en que puedas defenderte.

Volvió a meter la pistola en la mochila y se detuvo.

—Tu abuela se equivocaba— dijo el maestro con solemnidad para sorpresa del alumno—. Cuando se despidió de ti, en casa. No tenía razón. Tú no estás en el monte para morir como un lobo, ni como un perro rabioso. Tú estás en el monte para cuidar de todos tus paisanos. A partir de ahora eres nuestro protector, como todo el maquis. Y eso te va a honrar, Faustino, amigo mío, aunque ahora no lo sepas. Vas a tener que luchar contra los que nos están oprimiendo hasta asfixiarnos. Contra los que han matado a tus padres y a tus hermanos. Y a tantos padres y hermanos. Contra militares, guardias civiles y delatores que únicamente quieren ver muertos a los perdedores de esta guerra tan puñetera que nos ha tocado vivir. Que nadie te diga lo contrario. No eres un bandolero, ni una alimaña. Faustino, tenlo presente. Tú, a partir de ahora, eres un montaraz.

El joven, con las lágrimas en los ojos, no supo reaccionar. Quería abrazar a su mentor cultural, pero temía derrumbarse.

—Por ello— prosiguió Don Esteban—, porque no eres un perro ni un lobo, quiero que tengas esto.

Sacó un cuaderno del zurrón. Estaba sin estrenar, envuelto en un plástico transparente. Se trataba del cuaderno que había pensado regalarle en cuanto terminara el que había dejado en casa y que ahora era ceniza.

—Voy a echar de menos las horas de estudio contigo. No sabes cómo. Y, durante un tiempo, tampoco te podré traer libros de aventuras y viajes. Pero quiero que ahora seas tú quien me entregue un libro de aventuras. De tus aventuras. Faustino, mi querido Faustino. Escribe, escribe tu historia. Y vive para contármela. Es lo único que te pido.

Faustino ya no pudo apaciguar sus sentimientos y, llorando, se lanzó a los brazos de Don Esteban. Éste abrazó al chico con fuerza y a duras penas logró que el adolescente no viera ninguna lágrima correr por su rostro. Después, se separó de él y le colocó el zurrón al cuello. Caminó hacia la partida de Cazurro. Uno a uno se despidió de los miembros con un estrechamiento de manos, les deseó mucha suerte y les rogó paciencia con el chico. A Cazurro lo dejó para el final y le pidió que le acompañara unos pasos hasta el inicio del bosque por el que desaparecería para volver a Villasinde. Antes de despedirse con un abrazo, Don Esteban se detuvo.

—Anda con cuidado con quién ves en el monte.

—Eso intento. No sabes quién te va a delatar.

—Sí, pero no solo por eso. He odio que están planeando crear una red de contrapartidas con guardias civiles y legionarios. Los más sanguinarios y los que más os quieren ver muertos. Para que se hagan pasar por vosotros, descubran a los enlaces y nos cacen a todos más fácilmente. Apenas tengo información, ni sé si es verdad. Pero he odio unos rumores muy peligrosos, y si son ciertos…

—¿Qué rumores? — preguntó Cazurro sinceramente intrigado.

—Que ya hay una contrapartida por León o por Galicia que se hace pasar por maquis. A modo de prueba. No sé muy bien.

—¿Tú crees que es verdad? ¿Qué hay una partida falsa que nos la está jugando?

—No lo sé amigo. Ojalá supiera más. Pero, si es así, recuerda este nombre. Bonifacio. Puede ser el nombre real de uno de los de la contrapartida.

—¿No te sabes su apodo?

—No. Lo único que oí un día a dos militares que estaban hablando de ello medio borrachos en la cantina fue el nombre de un tal Bonifacio. Al parecer, uno de ellos había luchado con él en la guerra. Lo intenté, pero no pude averiguar nada más.

Cazurro agradeció la información y, con un sincero abrazo, se despidió del enlace. Don Esteban, por su parte, miró hacia atrás y divisó a Faustino, con los ojos vidriosos, despidiéndose con la mano. Luego se giró y caminó. En unos segundos despareció entre la densidad del bosque preguntándose si volvería a ver a su alumno más querido.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Habían pasado tres horas desde la marcha de Don Esteban y Faustino no se había movido de la piedra en la que se sentó a la marcha del maestro. Porque se sentía sin ánimos y porque no sabía qué debía hacer. Sí, ahora era un maquis, un guerrillero antifascista. Pero ¿qué suponía eso en la práctica? Faustino no tenía ni idea. Y al ver a los miembros de la partida, dos de ellos vigilando el valle desde sus escondrijos y otros tres sentados observando unos mapas, la duda no desaparecía. Entonces fue cuando Cazurro se acercó a él.

—No pensarás dormir al raso.

El chico no contestó.

—Venga, haz la tienda ahí, en ese hueco que queda.

Faustino sacó la tela de petate y la miró como quien observa el plano de un laberinto imposible de resolver. Cazurro se percató del desconocimiento del novato y movió la cabeza en horizontal.

—¡Aguilucho! ¡Ven y échale una mano! Pero no le dejes que se meta en su tienda hasta que la haga él sólo.

Aguilucho obedeció la orden del jefe de la partida. Y, para su sorpresa y las de Cazurro y Manazas, Faustino supo montar la tienda de campaña con unas simples indicaciones generales del hombre del parche en el ojo. Cuando terminó, a modo de premio que creía merecerse, realizó una pregunta que le rondaba la cabeza.

—¿Porqué te llaman Aguilucho?

El hombre se acercó con lentitud. Colocó su cabeza a treinta centímetros de la del muchacho.

—Por esto. ¡Uh!

Con un movimiento veloz se quitó el parche y Faustino vio la cuenca del  ojo vacía. El susto le obligó a dar dos pasos hacia atrás y trastabillarse contra su propia tienda de campaña. Cayó y la derrumbó.

—Venga, ahora a volver a hacerla. Y las preguntas te las guardas para otro momento— dijo Aguilucho a modo de finiquito de la conversación.

Cazurro observó la novatada de su camarada y no dijo nada. Pero sí se planteó que al día siguiente debería mantener una conversación con el chico para que éste se ubicara mentalmente dentro del arriesgado mundo en el que se había metido.

El sol quería abandonar el día y empezaba a tumbarse en dirección a su descanso diario. Entonces aparecieron Bolchevique y Asturiano, los dos vigías. Bolchevique, un hombre de treinta años con barba hasta el cuello y gafas que le daban un halo intelectual, pidió la cena, que creía bien merecida tras varias horas vigilando a la solana.

—Cenarás cuando cenemos todos. Ya lo sabes— replicó Manazas con su voz amedrentadora.

—Claro, como tú te has estado tocando los cojones todo el día, no tienes hambre. Pero nosotros sí, coño— respondió el único guerrillero con ropa militar.

Asturiano sintió que Bolchevique reclamaba su complicidad a la hora de reivindicar su alimento. Pero le miró con un gesto con el que quería distanciarse de su compañero. No le gustaban las peleas dentro del grupo y no quería ser cómplice de una discusión. Manazas no replicó. Cazurro acalló las quejas de Bolchevique indicando que, en cuanto se pusiera el sol definitivamente, cenarían.

Cecina y dos androjas para los cinco acompañados de pan duro. Ese fue el menú que degustaron en silencio los guerrilleros a la luz de una pequeña fogata colocada en un hueco excavado ex profeso. A Faustino la cecina le supo a gloria. Era uno de los alimentos que más disfrutaba. La androja, sin embargo, prefirió no comerla. Nunca le había gustado esa variedad de embutido típico leonés elaborado únicamente con manteca de cerdo, harina, sal y pimentón dulce que debía ser cocido durante media hora antes de ser devorado. Además, con la pena que continuaba en su interior, el hambre desapareció con tan sólo tres mordiscos de cecina. Cazurro, entre bocado y bocado, le miró inquisitivamente por no alimentarse más. Aún así, prefirió guardar silencio.

Al terminar la cena Bolchevique sacó una botella de orujo con arándanos, pegó un trago y se la pasó al resto. Faustino fue el único que hizo caso omiso a la invitación. Entonces Bolchevique, como casi todas las noches, inició la conversación política que tanto le atraía.

—Si los socialistas hubieran dejado que los comunistas hubieran llevado las riendas de la guerra, no estaríamos donde estamos. Es así. Como yo os digo.

––Y si mi madre tuviera pene, sería mi padre— replicó con sorna Manazas.

—¿Ves? — continuó Bolchevique—. Por eso perdimos la guerra.

—¿Por qué su madre no tenía pene? — preguntó Aguilucho sonriendo.

—¡No, cojones! Porque la gente no se toma en serio la lucha política. Ellos sí que estaban unidos, los muy hijos de puta. Pero nosotros, nada de nada. Todo Dios a hacer la guerra por su cuenta. Si es que así no se puede ganar en la puta vida.

—Perdimos porque perdimos. Y no hay que dar vueltas todo el día con el pasado— replicó Cazurro después de echar otro trago de orujo.

—Lo que tú digas. Pero podemos dar la vuelta a la tortilla si nos volvemos a juntar. Pero esta vez de verdad.

Cazurro sonrió con desprecio.

—Si durante tres años no fuimos capaces de estar unidos, dime ahora cómo lo hacemos. ¿Eh?, cómo juntas ahora a los que están en la cárcel, los que estamos en el monte y los que huyeron del país. Por no contar con todos los que han muerto y que ya no tienen ni voz ni voto— Cazurro lanzó una rama al fuego y prosiguió—. Menos política y más acción. Eso era lo que se necesitaba en la guerra. Y no mandar a cualquier pelagatos sin tener ni puta idea de disparar a que diera arengas al frente.

Con esa disección  quiso dar por finalizada la conversación ideológica de la jornada. Cada día estaba más harto de las disertaciones de Bolchevique y esa noche no tenía el cuerpo para diálogos que le parecían vacíos e insustanciales. Bolchevique no dio su brazo a torcer.

—A ver, cuántas veces, desde que el puto Franco dio la guerra por vencida, se ha dicho que lo que teníamos que hacer era juntarnos todos como un único grupo republicano. Eso, republicano y punto. Nada más— En ese momento miró a Faustino, absorto en sus pensamientos y sin atender en absoluto a la conversación política—. Tú, chaval, ¿qué piensas?

Faustino levantó la cabeza con gesto contrariado. Como no sabía por dónde le daba el aire, preguntó que qué pensaba acerca de qué.

—¿De qué va a ser? De la política que tenemos que llevar los republicanos.

—Yo no sé nada de política— contestó con sinceridad—. No me interesa.

—¡Manda huevos, que no le interesa! Así sí que vamos apañados. ¿Por qué te crees que estás aquí más que por política?

—Déjale Bolchevique, que no está para estos temas— ordenó Cazurro tumbado boca arriba con la gorra tapando su cabeza.

Bolchevique desoyó la orden.

—Pero algo serás, ¿no? Comunista, socialista, anarquista, marxista, socialdemócrata… O no me jodas ahora con que eres de la Falange.

—¡Eso sí que no! — respondió Faustino con rapidez y contundencia.

—Bueno, algo sabemos ya. Que no eres falangista. Entonces, ¿qué eres, muchacho?

Faustino, molesto por la insinuación por parte de Bolchevique de pertenecer al bando de los que habían acabado con su familia, tuvo ganas de responder con firmeza. Pero no sabía qué decir. Jamás se había planteado formar parte de un grupo ideológico, fuera el que fuera. Por lo tanto, ¿qué era él? En ese momento se acordó de la soflama de Don Esteban horas antes.

—¡Soy un montaraz! — dijo con fuerza.

Los compañeros de la partida se quedaron paralizados mirándole. Hasta que Asturiano, tras una risa breve, intervino.

—¿Qué has dicho que eres?

—¡Un montaraz, un defensor de la montaña! Eso es lo que soy— enfatizó, recordando las palabras de Don Esteban.

Bolchevique soltó una carcajada. Los demás, salvo Cazurro, se contagiaron.

—Pues espero que seas más fuerte de lo que pareces, porque no te veo yo muy defensor, que digamos.

—¡Ya basta! — ordenó con ímpetu Cazurro—. Deja al chico en paz y no toques más los cojones.

Faustino, ofendido por la vejación sufrida, se levantó con rabia y se metió en su tienda de campaña.

—Mejor, chico, mejor que te acuestes. Mañana tenemos una larga caminata y aquí no vas a oír más que estupideces— dijo Cazurro en alto.

El jefe maquis y Bolchevique se miraron retadoramente, pero no abrieron la boca. Cazurro apagó las llamas con tierra y ordenó a su grupo que se metieran en las tiendas.

Faustino se quitó la cazadora, se descalzó y se tapó con una manta. Sentía su cuerpo vibrar, excitado, con ganas de huir del miedo, la humillación y la tristeza en los que estaba envuelto. “Me tengo que largar de aquí. No voy a aguantar con estos hombres. Esta vida no es para mí”.

 

 

                                   *          *          *

 

 

El eco de las ramas de los saúcos y lo nogales al balancearse con el viento era el sonido predominante en el monte. Los animales salvajes dormían. Los búhos aguardaban callados la llegada de una presa con la que alimentarse. Los murciélagos, recién salidos de sus madrigueras en busca de saltamontes que llevarse a la boca, aleteaban con suavidad para no ser oídos por su futuro alimento.

Y cinco de los seis humanos habitantes del campamento dormían con placidez a la espera de los primeros rayos de sol que les ordenaran levantarse e iniciar la marcha a otro punto de la montaña.

El único que se mantenía despierto era Faustino, convencido, desde que se acostó, de que tenía que tomar las riendas de su vida, por mucho que no supiera lo que ello significaba y por mucho pánico que ello le provocara. Se había convencido de que no se sentía con las fuerzas necesarias para formar parte del maquis. Y, sobre todo, de que no podía renunciar a su pasado. Un pasado tan cercano en el tiempo pero tan alejado de la realidad en la que se encontraba, que le costaba creer que fuera el suyo. Pero sí, lo era. Y no se apartaría de él, por mucho que su vida corriera peligro con la acción que pensaba llevar a cabo.

Cuando llevaban dos horas metidos en las tiendas, Faustino salió de la suya en silencio. Dentro se había vuelto a vestir con las botas y la cazadora, además del zurrón que le había regalado Don Esteban y que le había prometido que lo llevaría consigo a todas partes. Se arrastró con lentitud y precisión para no pisar ninguna rama que alertara de sus intenciones al resto. Así, agachado entre la oscuridad de la noche, se alejó cien metros del campamento. Se levantó seguro de que la primera parte de su plan había sido un éxito y nadie había descubierto su huida.

Pero estaba equivocado. En cuanto salió de su tienda, Cazurro, hombre de sueño liviano como el que más, observó con un ojo abierto el lento movimiento del joven Faustino. Por el modo de moverse supo que no se levantaba a orinar. Pero prefirió esperar a que se alejara unos metros. Entonces salió de su refugio, se vistió aceleradamente, agarró su escopeta ametralladora y su pistola y prosiguió los pasos de Faustino.

No le resultaba complicado continuar su rastro sin que éste se percatara de la presencia de su perseguidor. El chico, desde el momento en que se adentró en el bosque, centró su mirada únicamente en el frente. “Lo que tiene que aprender este chaval si quiere seguir vivo”, se dijo Cazurro mientras caminaba a menos de cien metros de distancia del huidor. “Vaya montaraz que estás hecho”, concluyó.

Cazurro podía acelerar el paso, emboscarle un kilómetro más adelante y sacarle a sopapos qué diantres pretendía hacer alejándose del campamento. Pero prefirió averiguarlo con sus propios ojos. Eso sí, el chico corría riesgo de ser descubierto si seguía con un trote tan rápido y confiado, sin predecir que la montaña tiene ojos y no siempre son los de los guerrilleros. Los militares y, sobre todo, los guardias civiles podían aparecer en cualquier momento, escondidos entre la maleza. Por ello Cazurro optó por alejarse de las pisadas de Faustino y colocarse veinte metros por encima de él y caminar en paralelo. Así podría avanzar con mayor facilidad la posibilidad de que Faustino fuera descubierto en mitad de la montaña. Si intuía que ello podría llegar a suceder, que una patrulla de montaña podía estar agazapada en el trayecto, tomaría medidas. Hasta entonces se limitaría a proteger al muchacho sin ser descubierto.

Toda una noche sin parar de caminar y Faustino no se detenía. “Joder, con el guaje de los cojones. Tiene más resistencia de lo que parecía”. Cazurro también se sorprendió de la seguridad con la que caminaba, a veces hasta corría, en una dirección que el jefe de la partida desconocía por completo. La firmeza en el paso le hizo pensar no sólo que no huía sin más, sino que tenia un objetivo fijo al que pretendía llegar. Y, además, que tenía unas nociones geográficas y de ubicación sobre el terreno más avanzadas de lo que cabía esperar. “Eso me va a venir bien. Puede ser un buen rastreador. Si es que antes no le meten un tiro, claro”.

Antes del amanecer Faustino se detuvo. Con las piernas agotadas y un sofoco evidente, buscó un refugio en el que esconderse. Giró trescientos sesenta grados sobre sí mismo hasta que divisó, unos metros por encima, un grupo de arbustos frondosos. Se dirigió hacia ellos, se preparó un aposento sobre el que sentar sus posaderas y descansó.

Lo que desconocía Faustino era que, a diez metros del lugar que había elegido como escondrijo, se encontraba Cazurro tumbado en el suelo. El maquis pensó que el chico le había descubierto cuando se encaminó hacia él. Pero no había sido así y Cazurro esperó media hora antes de comprobar qué hacía el muchacho entre los arbustos. Cuando lo hizo, se acercó reptando hasta poder divisar a su vigilado y vio que Faustino descansaba dormido, apoyada su cabeza sobre la chaqueta y con las ramas protegiéndole del sol naciente de la mañana.

Cazurro retrocedió unos pasos hasta encontrarse lo suficientemente lejos como para no ser descubierto por Faustino. Después, aprovechando el sueño placentero del chico, optó por divisar a grandes rasgos dónde se encontraba. Sabía que, por la dirección que habían seguido a lo largo de toda la noche, continuaban en algún punto de la comarca de El Bierzo. Pero desconocía exactamente dónde.

Cazurro, de nombre real Sebastián García, también era leonés, pero del Noreste de la provincia. Había nacido hacía treinta y dos años en Ribota, una minúscula aldea al pie del Macizo Occidental de los Picos de Europa. Un enclave bello y agreste al lado del río Sella en el que la estirpe García había cimentado su linaje durante siglos. Sebastián pensaba continuar con la tradición familiar de campo y ganado como modo de vida. Se casó a los veinticinco años con Consuelo, una chica del cercano pueblo de Oseja de Sajambre seis años más joven que él. La familia de Consuelo, socialista hasta la médula, principalmente por descender de mineros asturianos sindicalistas, inculcó en la joven esposa la pasión por la política. Por ello, cuando se inició la Guerra Civil, incluso antes, Consuelo decidió tomar partido activo por el bando republicano.

Sebastián no sentía la pasión ideológica de su mujer. Él hubiera preferido mantenerse al margen de cualquier enfrentamiento con la premisa básica del “vive y deja vivir”. Pero ella y su familia política le convencieron para unirse al bando republicano en el frente asturiano. Su corpulencia y su buena puntería eran dos virtudes para batallar contra los golpistas nacionales.

Se mantuvo en el frente asturiano desde 1937 hasta 1938. Entonces supo que su mujer había sido apresada. Un vecino anónimo  de Oseja de Sajambre la había acusado de traidora al movimiento golpista y los militares nacionales la apresaron y la trasladaron a una casa cuartel del valle de Valdeón. Cinco días más tarde Consuelo murió víctima de las torturas.

Sebastián García hubiera querido volver a su pueblo y vengarse sin piedad de los asesinos de su esposa. Pero un mando le envió a él y a otros voluntarios a reforzar el Frente de Madrid. Allí conoció a Ildefonso Romeral, el hermano de Faustino, con quien batalló hasta que tuvieron que retirarse tras un enfrentamiento en el que Ildefonso salvó la vida de Sebastián. Entonces se refugió en los montes de León y allí formó una partida formada por diez hombres que, como él, se encontraban perseguidos por el Régimen.

Pero la partida quedó reducida a seis hacía dos meses por culpa de un enfrentamiento con una patrulla militar. Y hacía dos días había fallecido Ildefonso, quien había decidido unirse temporalmente a otra guerrilla para poder acercarse a Villasinde y visitar a sus padres. Así que, a la temida partida de Cazurro tan sólo le quedaban cinco componentes y el muchacho que dormía plácidamente entre unas escobas.

Cazurro ascendió la loma del monte para hacerse una rápida composición de lugar, sobre todo por si se veía obligado a huir. Entonces, en el altozano, divisó una pequeña aldea. Sacó los prismáticos de la cartuchera que colgaba de su cuello y observó con detalle el pueblo. Tras varios movimientos panorámicos vio una casa hecha cenizas y supo de qué pueblo se trataba. “Jodido niñato. Éste quiere volver a su pueblo. Está loco”, pensó con rabia.

Bajó monte a través y se colocó cerca de Faustino. El chico continuaba con su sueño reparador. Él también se sentía cansado, pero no podía permitirse el lujo de dormirse si no quería que el muchacho desapareciera de su vista durante su reposo.

Tres horas después, Cazurro observó que Faustino se despertaba y se alzaba con cuidado para observar los alrededores. Por fortuna no divisó a ninguna persona. Tampoco a Cazurro, que le espiaba unos metros por encima de él.

“¿Para qué habrá regresado este loco a su pueblo?” se preguntó “¿No habrá pensado entregarse? Espero, por su bien, que no. Porque no se lo voy a permitir. Le prometí que le protegería en memoria de su hermano y no voy a consentir que se meta en la boca del lobo para que lo maten como a un animal”. En ese momento pensó en levantarse y dirigirse con extremo cuidado hasta Faustino, agarrarle por el cuello y obligarle a que volviera con él y con el resto de la partida.

Cuando iba a hacer realidad la estrategia planificada por su mente, vio cómo Faustino se tumbaba con celeridad. Él hizo lo mismo. El chico había visto algo. Con tiento, se incorporó hasta que distinguió, a lo lejos, a dos paisanos, hoces en mano, caminando por una vereda. Los dos hombres, de avanzada edad, entraron en un prado. Uno de ellos extrajo un saco de una mochila y lo extendió en el suelo. Después ambos iniciaron una siega de las hierbas más cercanas a un riachuelo. Cazurro supuso que lo que estaban haciendo era recoger el forraje más duro y menos agradable al paladar para dárselo de comer a los cerdos. Él, en sus tiempos de ganadero antes de la Guerra Civil, había repetido la misma operación en infinidad de ocasiones. Al verlo, la tristeza hizo mella en su mente. Jamás volvería a ser un pastor. Estaba convencido de que antes acabaría muerto a balazos.

Los hombres permanecieron en el prado durante dos horas. Después se alejaron con el saco lleno de hierba. En ese momento Cazurro vio que Faustino se levantaba y se dirigía hacia la loma desde la que, horas antes, él mismo había divisado el pueblo de Villasinde. No lo sabía, pero el chico iba a permanecer escondido en ese lugar hasta que anocheciera.

Cuando se apagaron las luces de las cuadras y las casas de Villasinde y el silencio únicamente se veía importunado por los ladridos de dos perros luchando por los parabienes de una hembra en celo fue cuando, finalmente, Faustino se incorporó. Cazurro hizo lo mismo a duras penas. Se le habían dormido las piernas tras tantas horas acurrucado entre dos arbustos. Observó que el chico al que espiaba empezaba a caminar y siguió sus pasos.

“La madre que te parió— transmitió psíquicamente al Faustino—. No sé qué vas a hacer, rapaz. Pero como nos pongas en peligro te voy a dar una somanta de palos que te vas a acordar toda tu vida, cago en la puta”. Pero, a pesar de renegar del joven a cada paso que daba, no se atrevió a intervenir. Se encontraba tan cerca del objetivo de la escapada que sentía curiosidad por descubrir las intenciones de Faustino.

Éste se hallaba a cincuenta metros de la casa más cercana de Villasinde, escondido tras un muro de piedras que bordeaba a un huerto y lo protegía de verse abordado por el ganado. Cazurro, otros cincuenta metros por detrás de él, agachado a la espera del siguiente paso de Faustino. Que se produjo de un modo rápido y silencioso. El chico se levantó con brío, saltó el muro y corrió agachado hasta llegar a una cuadra. Allí se detuvo y se escondió entre las sombras. Cazurro aprovechó ese movimiento para protegerse en el mismo muro de piedras del que había salido Faustino. En ese momento, sin dejar de mirar el espacio sombrío en el que se hallaba el chico, agarró la ametralladora con sigilo, quitó el seguro del arma y se la acercó al hombro derecho hasta acomodársela dispuesta al disparo. Lo hizo porque intuyó peligro. Se mantenía el mismo silencio y la misma ausencia de vitalidad en las calles que hacía media hora. Ningún cambio objetivo hacía pensar que, en ese momento, el riesgo para él y para Faustino fuera mayor. Pero el instinto de Cazurro le obligó a prepararse para lo peor. Y lo peor, lo sabía él mejor que nadie, era tener que apretar el gatillo.  A partir de ese instante cualquier cosa podría suceder.

Faustino sacó la cabeza de la sombra y dirigió la mirada hacia la casa que tenía enfrente de la cuadra, a tan sólo una calleja de distancia. Ladeó el cuerpo hacia los costados y, finalmente, se atrevió a atravesarla. Cazurro lo divisaba con el ojo derecho, el que tenía puesto en el chico a través de la mira de su fusil Mauser- Mannlicher holandés, recién robado en un enfrentamiento con una escuadra falangista. Ya había planificado la estrategia si, en cualquier momento, venían mal dadas. Una ráfaga rápida hacia el lugar desde donde viniese la amenaza y una carrera veloz hasta el punto en el que estuviera el muchacho. Después, cambiar de cargador, vaciarlo velozmente sobre los enemigos y, seguido, arrastrar al chico hasta el muro de piedras. Desde allí la huida hacia el monte no sería demasiado dificultosa, protegido por la noche y el monte. Si todo salía bien…

Faustino se había colocado con la espalda pegada contra la pared de piedras de la casa. De repente, se giró, colocó sus manos contra el muro y empezó un ascenso impulsado por sus manos y sus píes. Estos buscaban los huecos entre las piedras para asirse a la pared y avanzar con brío. En menos de diez segundos, Faustino logró agarrarse a la cornisa de una ventana de la casa. Entonces sus nudillos golpearon con suavidad en el cristal de la ventana.

Cazurro no salía de su asombro. Primero al ver la rapidez con la que Faustino había reptado hasta la ventana. Y después, al observar cómo esperaba a Dios sabía qué o quién.

“¡Carajo, si es una rapaza! ¡Y le está dejando entrar en la habitación! La madre que te trajo. ¿A eso has venido? ¿A desfogarte? Poco luto has mantenido con tus padres cuando te vienes a echar un polvo al día siguiente. Eres un sinvergüenza. ¡Eso es lo que eres! ¡Un sinvergüenza!”

Cazurro retroalimentaba su enfado a cada pensamiento que surgía de su mente iracunda. Y la irritación era mayor al verse a si mismo como un estúpido que llevaba horas sin comer ni dormir con la única misión autoimpuesta de proteger al hermano del Marqués, el amigo que le había salvado la vida en batalla. Cazurro bajó el arma, la apoyó contra las piedras del muro y relajó el cuerpo, que no la mente. Hasta que…

“¿Qué hacen? ¿Están saliendo? Sí. Están saliendo. Tócate las narices. ¿Qué pasa, caradura? ¿Que prefieres hacerlo en el pajar, sinvergüenza? Pero, ¿qué lleva ella? ¿Una mochila? Esto es pa mear y no echar ni gota. ¡Que se va a fugar con el rapaz! ¡Que se va a fugar, la muy cabeza loca! ¿Y ahora qué hago? ¿Le suelto un par de hostias al crío y la agarro a ella por el pelo y la subo otra vez? Al menos hay que reconocer que ha bajado la pared tan rápido como él. Torpe no parece, no. Pues espero que también la sepas subir, mocosa. Porque, de lo contrario, soy capaz de llamar a la puerta de tu casa y decirle a tus padres lo golfa que es su hija”.

La pareja se arrimó al muro. Cazurro advirtió que estaban cogidos de la mano y que, tras unos segundos de duda, era él quien tiraba de ella. Agachados y lo más cerca posible de las piedras de las casas y las cuadras, recorrieron varias calles de Villasinde hasta que, en una callejuela, se detuvieron. Durante ese tiempo Cazurro también había cambiado de posición para no perder de vista a los chicos. Se movía con sigilo al ritmo de sus perseguidos con un doble temor. Que cualquier vecino despertara, se levantara para orinar, mirara por la ventana y le viera agazapado como un zorro preparado para llevarse una gallina del corral. Y que fueran Faustino y la chica quienes le descubrieran. No, eso no podía pasar. Tenía que ser él quien les pillara infraganti. Pero, para hacerlo, debía esperar a que se alejaran del pueblo. O que se metieran en una cuadra a darse al placer carnal al calor de la hierba y de los animales. Entonces les iba a meter un susto que se les iba a quitar el calentón, se imaginó con maldad.

Su fantasía perversa se vio interrumpida por un nuevo movimiento de los chicos. Esta vez atravesaron una última calle y se dirigieron rectos hacia la iglesia de San Pedro Apóstol de Villasinde. Pasaron por delante de la puerta sin detenerse y se dirigieron hacia el lateral de la misma. En ese momento, en el que esquinaron la parroquia, Cazurro les perdió de vista. Tenía que acelerar el paso si quería seguir controlando sus movimientos. De no ser así, en cualquier momento podrían esconderse en cualquier punto del pueblo. De un pueblo que él no conocía.

Siguió los pasos previos de los chicos y llegó a la esquina en la que habían desaparecido. Se detuvo y, con temor a ser descubierto, sacó la cabeza antes de que todo su cuerpo se hiciera visible.

“Me cago en la pena negra. ¿Dónde están? ¿Dónde se han metido estos insensatos?”

Cazurro caminó varios pasos mirando al frente, a los lados, girando la cabeza hacia atrás. Nada. Ni rastro. Se maldijo a si mismo al creer que los había perdido de vista. Él, un guerrillero experimentado en moverse en la montaña como una sombra en una noche sin luna, había sido vencido en el juego del gato y el ratón por dos críos con las hormonas a flor de piel. ¿Qué podía hacer? ¿Hacia dónde debía caminar? Qué más daba. No tenía ni idea de la disposición de Villasinde y, si se equivocaba de dirección, la pareja podría desaparecer sin ningún problema.

“A menos que…”. Cazurro miró al edificio en el que había apoyado su mano. La iglesia de Villasinde. “A menos que…” No terminó el pensamiento. No había tiempo si estaba equivocado. Rodeó la ermita hasta que vio que en la parte trasera del templo se hallaba la casa parroquial. Se acercó a una minúscula ventana y asomó la cabeza al hueco de cristal entre las sobreventanas de madera. Ni una luz. El resultado en la otra lumbrera, el mismo. Nada que le indicara que se habían refugiado en la iglesia.

Mala suerte. Su intuición no había estado acertada en esta ocasión, pensó con rabia. Y con esa misma rabia continuó el rodeo de la iglesia. Faltaba la otra pared lateral. Sin ninguna esperanza miró hacia ella y, enseguida, apartó la vista.

Aunque, de nuevo, volvió a mirar a las piedras. En concreto a un hueco entre ellas situado a dos metros de altura. No era una ventana de la iglesia. Ni siquiera uno de los diminutos ventanucos que sirven de respiradero y poco más. Era un minúsculo espacio entre los cantos del santuario, formado tras décadas de heladas que habían quebrado parte de la pared. Acercó la cabeza hacia ese punto y sí, al otro lado, divisó una luz. Nada más. El espacio era tan pequeño que no podía distinguir nada aparte de que el otro lado estaba iluminado.

Un pálpito le dijo que los muchachos se encontraban dentro e hizo caso a su corazonada. Se dirigió con brío a una de las ventanas de la parte trasera, sacó su navaja y se dispuso a entrar forzando la ventana.

No le costó ni medio minuto imponerse a la contraventana y la ventana. Ya dentro, pisó con cautela el suelo. Se encontraba en la cocina. Caminó con lentitud hasta la puerta. La abrió y sacó la cabeza hacia un pasillo oscuro. Su dirección era la derecha. Lo tenía claro. El lugar de donde había salido la luz era su objetivo. Y ahí estaba. Al otro lado de una puerta al fondo del pasillo. La luz provenía de allí. Y en ese espacio tenían que estar los chicos.

Pero ¿qué se iba a encontrar al otro lado? ¿A los muchachos desnudos, retozando y dando placer sus cuerpos jóvenes? “Si es así, se van a enterar”. Caminó de puntillas hasta la puerta. Pegó la oreja a ella y escuchó unos sonidos procedentes de una conversación. No pudo distinguir qué decían. Pero dos de las voces eras masculinas. Algo raro estaba pasando. Agachó la cabeza y escrutó el espacio siguiente a través del ojo de la cerradura.

“¿Qué es eso? ¿Un cura?”

Sin pensárselo dos veces agarró el fusil, lo colocó en horizontal y abrió la puerta con violencia. El golpe de ésta contra la pared hizo que la conversación que mantenía dentro se detuviera.

—¡La puta madre de Franco! ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a delatarnos al cura, desgraciado?!

Faustino agarró a la muchacha y se colocó entre el arma y ella.

—¡Cazurro, por favor! ¡No es lo que te estás imaginando!

—Cuidado con el arma, hijo— rogó el cura.

—¡Tú te callas, cura, o te meto un tiro! — gritó Cazurro apuntando hacia él párroco.

—No, espera— intervino Faustino—. Es el hermano de Don Esteban.

—¿Qué dices?

—Que es el hermano del Profesor. Es de confianza.

Cazurro miró a las tres personas timoratas que tenía frente a él sin entender nada.

—¿Qué cojones está pasando aquí? Dímelo ahora mismo si no quieres que te muela a palos.

 

 

                                   *          *          *

 

 

Hacía media hora, Teresita Sopeña se había despertado por culpa de un ruido procedente de la ventana de su habitación. Cuando abrió los ojos, no se podía creer qué era lo que tenía frente a ella, con la cara pegada al cristal.

—¡Faustino!— dijo con un tono de voz más alto de lo que hubiera deseado.

Salió de la cama con el camisón puesto y abrió la ventana emocionada por encontrar a su adolescente amado. Él entró con la misma facilidad que había escalado la pared. Una vez dentro se abrazaron con un ímpetu que tan sólo conocen quienes creen haber perdido a su amor para siempre y, de repente, vuelven a recuperarlo. Teresita lloraba y temblaba. Faustino también.

—¡Cuando vi el fuego en tu casa pensé que te habían dejado dentro para que te quemaras!— dijo la adolescente gimoteando.

—Pude huir. Pero no he podido venir hasta ahora. Lo siento.

—Creí que no te volvería a ver jamás.

—Eso nunca— aseveró Faustino.

Después se besaron con dulzura. Un beso largo y suave, con más cariño que deseo. Más amor que pasión. Con los ojos cerrados. Faustino, por primera vez desde que los militares aparecieron en su casa, sintió alivio. En brazos de su amor. Con los labios pegados a los de ella, en ese momento hubiera vendido su alma al diablo a cambio de que permanecieran así para siempre. Juntos.

Teresita no podía reprimir la angustia, reflejada en lágrimas desfilando rostro abajo para detenerse en sus labios y los de su amado Faustino. Desde el momento en que asesinaron a sus padres, la chica pensó que no volvería a ver al joven. O bien porque también lo habían ajusticiado en cualquier recoveco del bosque o bien porque había tenido que huir del pueblo para no volver jamás. Pero no, Faustino había vuelto. La besaba y con sus brazos rodeaba su diminuto cuerpo.

Sus labios se separaron y abrieron los ojos.

—¡Cásate conmigo!

—¿Qué?

—¡Cásate conmigo!

—¿Estás loco?

—Sí. Estoy loco por ti y quiero vivir toda mi vida contigo. ¿Tú no quieres lo mismo?

—Sí— respondió ella convencida.

—Entonces casémonos y huye conmigo.

—Pero… ¿adónde? ¿Cómo?

Buena pregunta la segunda. Faustino había planeado buscar a Teresita y pedirla que se convirtiera en su mujer para después huir juntos a América. Al punto más lejano de esa maldita guerra que había roto las esperanzas de millones de personas. Pero, ¿cómo lo iban a hacer? No tenía la respuesta. Ni mucho menos. Pero le avergonzaba reconocerlo.

—Confía en mí.

Teresita indagó en los ojos de Faustino. Estaban llenos de sinceridad y de amor. Como los suyos. Estaban hechos el uno para el otro. Eran almas gemelas que no debía separarse. Si de algo estaba convencida la joven y temblorosa chica era de ese pensamiento.

—Sí, quiero.

 

 

                                   *          *          *

 

 

—¿Casaros? ¿Estáis tontos o qué os pasa?— preguntó Cazurro al tiempo que dejaba de apuntar con su arma dentro  de la iglesia.

—Eso les estaba intentando decir yo ahora mismo— intervino el padre Julián.

—Usted se calla. Estoy hablando con ellos.

La pareja no se había separado desde el susto que habían sufrido con la entrada repentina de Cazurro.

—No me jodas, chaval. Que eso de casaros es una bobada.

—De eso nada. Nos queremos.

—Sí, nos queremos— reafirmó Teresita con un suave hilo de voz y con vergüenza de mirar a los ojos al maquis.

—Nos queremos. Nos queremos. ¿Y qué coño importa eso ahora? ¡Que estamos en una puta guerra y te quieren matar!

—Me da lo mismo. Nos vamos a casar.

—Hijo, escúchale. No os podéis casar. ¿No te das cuenta de que…

—Le he dicho que se calle— dijo con seriedad Cazurro al cura—. No le meto un tiro porque es el hermano del Profesor. Pero como vuelva a abrir la boca le meto un culatazo que le dejo sin dientes.

Don Julián dio un paso hacia atrás.

—Me da igual lo que digáis— intervino Faustino—. Teresita y yo nos vamos a casar. Y no nos pensamos mover de aquí hasta que nos case.

—¡Hay que joderse con los mocosos estos!

Cazurro se sentó en una silla de la habitación. Hasta ese momento no se había percatado de que estaba en la sacristía, donde el párroco se cambiaba antes y después de dar misa.

—¿Tienes vino? — preguntó al padre Julián.

Contestó afirmativamente con la cabeza. Tenía miedo a abrir la boca por si el guerrillero cumplía su amenaza.

—Pues saca una botella. Tengo sed— esperó a tener la botella en la mano y echar un trago para continuar—. Vale, os casáis, ¿y después qué? ¿De luna de miel a La Coruña?

—No. Después a la Argentina.

—La Argentina te voy a dar yo. Venga, hazme caso y dejad las fantasías para cuando todo vaya mejor. Todavía sois unos guajes.

—Faustino me ha pedido matrimonio y yo le he dicho que sí— respondió Teresita mirando por primera vez a los ojos de Cazurro—. No nos lo impida. Se lo ruego.

La última palabra de la frágil muchacha vino acompañada de una lágrima más. Cazurro resopló. Se sentía conmovido por el amor, o lo que fuera a esa edad, que sentían los chicos el uno por el otro. Pensó que ojalá todas las pasiones de los hombres fueran tan puras e inocentes como las suyas. Eso evitaría muchas muertes y mucho sufrimiento sin sentido.

“¿Qué cojones?”, se dijo.

—La madre que me parió. Cura, prepárate, que tienes una boda.

Teresita y Faustino exhibieron una sonrisa rebosante de ilusión. Don Julián, por su parte, intentó contradecir al maquis. Pero éste, a modo de advertencia, volvió a dirigir la ametralladora hacia su cuerpo. El cura asintió con la cabeza. Iba a casar a los dos chicos.

La misa de Faustino Romeral y Teresita Sopeña se produjo a las doce y media de la noche del 8 de abril de 1940. Con el padre Julián como maestro de ceremonias y Sebastián García, Cazurro, como único testigo del enlace. En la iglesia en la que los dos habían recibido las aguas del bautismo en la pila sagrada. De un modo diferente al que cualquier pareja de enamorados podría soñar. Sin sus seres queridos emocionados, con la única luz de unas pocas velas y en voz baja para que los “sí, quiero” de los novios no atravesasen las paredes de la iglesia y llegaran a oídos indeseables. Y con un guerrillero al que los ojos se le humedecieron al mirar el amor juvenil y sincero con el que se miraban los muchachos.

—Por el poder que me ha concedido la Santa Madre Iglesia yo os declaro marido y mujer.

Faustino y Teresita se besaron. Ya como marido y mujer a los ojos de Dios, aunque nadie más lo sabría jamás.

Antes de salir del recinto religioso Cazurro se llevó a Don Julián a la despensa de la iglesia. Allí le hizo una única advertencia. Como dijera algo a alguien, él mismo volvería a Villasante y le abriría las tripas en dos. La mirada de Cazurro ratificaba sus palabras y prometió mantener el secreto.

Después la conversación privada se produjo con Faustino.

—No puedes huir con ella y lo sabes.

—Sí puedo. Y lo voy a hacer.

—¿Quieres que la maten? ¿O que algún hijo de puta la viole en mitad del monte?— preguntó con hostilidad— No, claro que no quieres eso para ella. Y por eso tiene que seguir aquí, en el pueblo, protegida por su familia.

—Yo también la puedo proteger.

—Bastante vas a tener con seguir vivo. No puedes acarrear con ella.

—¿Y la partida? Somos más hombres. Y vosotros conocéis el monte lo suficiente como para esconderla.

—Tampoco, rapaz. Por cuidar de ella todos correríamos todavía más riesgos. Y no lo voy a permitir. Te tienes que venir tú solo. En un futuro ya se verá.

Faustino miró a Teresita, que tenía fijados sus dulces ojos en el retablo del siglo XVII que presidía la iglesia. Supuso que la muchacha estaría rezando al Santo Apóstol para que les acompañara a ella y a su recién esposado y cuidara de ellos.

—No puedo hacerle eso. No puedo.

—Pero sabes que es lo que tienes que hacer— aseguró Cazurro sin paliativos—. Mira, disfrutad de vuestra noche de bodas como podáis. Yo te espero mañana en el mismo sitio en el que has estado durmiendo. Espero que mañana por la mañana vengas donde mí. Y que vengas solo. Sé que quieres a Teresita y que harás lo mejor por ella.

—Prométeme que, si te sigo, me ayudarás a huir de España con ella.

—Te lo juro. Cuando tengáis la posibilidad yo mismo os llevaré hasta donde haga falta.

Tras la conversación, Cazurro se despidió de Teresita con dos besos en las mejillas y deseó a la chica el mejor futuro posible. A Faustino le apretó la mano y no dijo nada. Después se alejó del pueblo entre las sombras, llegó al lugar pactado y se tumbó en el suelo. Enseguida el sueño se apoderó de él.

Ya de mañana, cuando se despertó, lo primero que vio fue la imagen de Faustino Romeral sentado a su lado. Acababa de llegar. Cazurro se levantó para asegurarse de que estaba solo. Así era.

—Cuando quieras, nos vamos— dijo con abrumadora seriedad y los ojos enrojecidos.

—Está bien, muchach…— Cazurro no terminó la palabra. Quería corregirla—. Está bien, Montaraz. En marcha. Vamos al campamento.

Si os ha enganchado y queréis saber más de “El Montaraz”, podéis continuar su lectura en https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/11/06/el-montaraz-paginas-91-100/. Un abrazo y, si os gusta, hacedlo saber para que “El Montaraz” llegue pronto a las librerías.

Miguel Ángel Ambrosio

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