EL MONTARAZ Páginas 201-210

        Aquí tenéis las páginas 201-210 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 201-210

Esperó quince minutos hasta que vio cómo su compañera de empresa salía del ascensor. Se quedó petrificado. La mujer lucía un vestido corto veraniego de flores con un escote palabra de honor que hizo que Daniel no pudiera evitar realizar una panorámica visual de todo su cuerpo. Ella lo notó y preguntó, a sabiendas de que así era, si le gustaba.

Sí, claro. Te queda muy bien.

Vaya, gracias.

Pero igual pasas frío. Que estamos en Valladolid, no en Lanzarote.

Si es así ya te pediré que me des calor, ¿no?

¿Cómo? preguntó con la cara desencajada.

Que me dejarás la cazadora, espero.

Sí, claro, claro.

Una frase con doble sentido y un vestido atractivo. Eso bastaba para desarmar las defensas innatas de un hombre. Al menos las de Daniel, tan poco acostumbrado en los últimos años al éxito con las mujeres que no se había planteado, ni por asomo, que la cena tuviera ni el más mínimo carácter sexual. Pero tras la llegada de Cristina empezó a imaginársela como algo más que su socia de empresa.

Cenaron en el restaurante Caroba de la calle Dulzainero Ángel Velasco. No cayeron allí por casualidad. Cristina conocía el local y lo veía más que apropiado para una cena distendida con su compañero de empresa. El camarero sentó a la pareja en una mesa colocada el fondo del local, al borde de la pared. Después ofreció la carta para que decidieran y esperó los cinco minutos de rigor.

Muy bien, pareja. ¿Queréis que os aconseje o ya sabéis lo que queréis? dijo el maître.

“Sí, que no nos llames pareja”, pensó Daniel. Se sentía incómodo, como si fuera un delito pensar en su socia como algo más que una compañera de trabajo. Y el hecho de estar sentados al lado, y no uno frente a otro como él hubiera preferido, aumentaba su inseguridad.

Daniel, ¿le has oído? Que si ya hemos decidido recordó Cristina a su pareja de cena.

Eh, sí. Bueno, no.

A ver. Sí o no. 

Molero volvió a mirar la carta de una pasada rápida. El camarero, acostumbrado a los clientes indecisos, permanecía impertérrito con una sonrisa.

¿Qué nos aconsejas? se adelantó Cristina.

¿Tenéis mucha hambre?

No.

Sí.

Las respuestas sonaron al unísono. Y se echaron a reír. Daniel miró a los ojos de Cristina y apreció un brillo hipnotizador en ellos que no había descubierto hasta ese momento. “Frena, amigo, frena”, ordenó a su acalorado cerebro.

Dejadlo en mis manos sentenció el mesero.

Degustaron un plato de jamón, huevos rotos con boletus y presa ibérica rellena de manitas de cerdo, acompañados de un Ribera de Duero. Al principio la conversación entre los dos comensales se centró en los siguientes pasos a seguir para la promoción de la marca. Cristina avanzó que el mes siguiente había otra feria de la alimentación en Bilbao y que sería interesante hacerse ver.

Los vascos son muy gastones aseguró. Y además están acostumbrados a pagar por lo bueno.

Prosiguió explicando que, de cara a las navidades, también tendrían que contactar con las empresas encargadas de las cestas navideñas. Aunque era un hecho evidente que la cantidad y calidad de las mismas había descendido notablemente por culpa de la crisis, tendrían la posibilidad de colocar alguno de sus artículos en los catálogos. Aunque para ello hicieran unos descuentos especiales que les llevara a obtener unos benéficos mínimos. Cristina era de la corriente del sembrar para recoger a largo plazo sin prisas por llenarse los bolsillos a la mínima.

Y Daniel Molero, ¿qué era Daniel Molero?”, se interrogó a sí mismo mientras Cristina continuaba con sus ideas de futuro. Estaba claro que no un empresario, al menos al nivel de los conocimientos y la actitud de su compañera de mesa. Él se dejaba llevar. ¿Que había que viajar para hablar con proveedores de la zona? Se encargaba él. ¿Que debían llevar un cargamento urgente a una tienda de León? Ahí aparecía Daniel con la furgoneta de la empresa. ¿Qué eran necesarias un par de manos extra para cargar con cajas? Las suyas estaban dispuestas. Pero él jamás tomaba la iniciativa, salvo para poner el nombre de la empresa. En ese sentido se sentía como un socio de segunda en relación a las capacidades y visones empresariales de Cristina Pastor.

Además, esa noche estaba especialmente atractiva. Algo que le hacía sentirse todavía más pequeño.

¿Me estás escuchando? dijo Cristina rompiendo su hilo pensativo.

Eh, sí…claro.

Sí, ¿verdad? ¿Qué estaba diciendo?

Daniel dudó un momento.

Estabas hablando de la empresa.

Te aburro, ¿verdad?

¿Cómo?

Que si te aburro.

No, en absoluto.

Pues lo parece agregó la mujer con su habitual tono que demostraba seguridad.

De verdad que no. Es que no soy muy hablador se justificó.

Cristina exhibió una sonrisa.

Pues eso hay que cambiarlo. Que ahora eres un comercial.

Supongo.

¿Cómo que supones?

No, nada.

Daniel introdujo un trozo de jamón en la boca y se hizo un silencio incómodo.

Venga, no me dejes así.

Molero la miró fijamente dudando si sacar de su interior lo que realmente pensaba. Finalmente se envalentonó.

Tú eres muy buena en lo tuyo. Te camelas a los clientes con tu encanto y con esa seguridad que tienes en ti misma. Yo, yo no tengo nada de eso y me parece que cuando hablo siempre alguien me va a callar y va a decir que soy un farsante y que no tengo ni idea de lo que estoy vendiendo.

Cristina bebió un trago de vino y se mordió los labios.

Así que tú crees que yo soy tengo mucha seguridad en mí misma.

No me… iba a decir “jodas”, pero estaba delante de una señorita no me fastidies. Se ve a la legua.

Su pareja de cena sonrió. Pero la sonrisa no demostraba felicidad. Más bien intuía los pensamientos apagados que pasaban por su cabeza.

No es más que una pose comenzó demostrando tristeza en sus palabras. Una pose de seguridad de una mujer que estuvo tres años viviendo con un novio que le maltrataba y le humillaba. Dios, no sé porqué te estoy contando esto.

Silencio en la mesa.

Si te incomoda, lo dejamos dijo Daniel con sinceridad.

No, qué más da. Hace tanto que no hablo de esto que de vez en cuando viene bien soltarse. Al menos es lo que me dice mi sicólogo.

Bebió otro trago de vino y comenzó a describirle la historia que había avanzado. Sucedió cuando tenía veinticinco años. Entonces ella vivía en León y trabajaba para la Diputación en el Instituto Leonés de Cultura. Allí conoció a Gago, su ex pareja, un hombre dos años mayor que ella y que trabajaba en el departamento de  turismo. Comenzaron a salir y al principio la relación le aportaba felicidad. Hasta que una noche Cristina tenía una cita con varias compañeras de trabajo. Gago criticó la manera de vestir con la que pretendía salir de casa e intentó que rectificara y cambiara la minifalda por unos pantalones. Ya lo había hecho en ocasiones anteriores en las que vestía ropa atractiva para personas que no eran él. Y, hasta ese día, Cristina había reculado y se había puesto ropa más recatada. Pero esa tarde tenía prisa y decidió hacer caso omiso.

Cuando volvió, a las tres de la mañana, se encontró a Gago sentado en el sofá. La estaba esperando y se le notaba bebido. Nada más llegar, Gago preguntó si había pasado buena noche. Después continuó con un interrogatorio sobre con qué personas había estado, si había hablado con chicos, si alguno se había insinuado, si le habían gustado esas insinuaciones. Cristina, harta del tono inquisitorio de su novio, quiso meterse en la cama y cerrar la conversación. Pero él la cogió del brazo y, como un energúmeno, la acusó de haberse acostado con otro hombre. Ella suplicó que le soltara el brazo, que le hacía daño. Él repitió “dime la verdad” cinco veces. Después soltó un bofetón en la cara de Cristina que la tiró sobre la cama. Ella se puso a llorar y Gago se detuvo. Suplicó perdón y ella le echó de casa. Aunque la noche siguiente ya se encontraba durmiendo con ella.

Ya sé lo que piensas, lo que pensaría todo el mundo. Que le tenía que haber dejado en ese momento. Y es verdad. Pero le quería, o eso creía, y quise creerme sus excusas. La primera vez fue que estaba borracho, la segunda que la culpa la tenía el estrés y el trabajo. Así varias veces. Hasta que un día me pegó un puñetazo en las costillas, me dijo que me lo había ganado y tuve que ir a Urgencias. Ese día decidí abandonarlo y le amenacé con denunciarle.

¿No lo hiciste? preguntó sorprendido Daniel.

No. Y lo peor es que dos meses después me echaron del trabajo en la dipu. Así que, ya ves.

Lo siento, de verdad.

Ahora ya entiendes porqué aparento un seguridad que no tengo. Para que nadie me vuelva a hacer daño finalizó.

Lo entiendo.

Por favor, esto no lo sabe casi nadie. Ni mi hermano.

Confía en mí. Sé guardar un secreto.

Cuando finalizaron la cena se dirigieron directamente al hotel. Salieron del ascensor y llegaron a la puerta de la habitación de Cristina. Allí se produjo una situación incómoda para Daniel. No sabía cómo despedirse de ella. Si con un sencillo hasta mañana, con dos besos de buenas noches o con algo más cercano, que era lo que realmente deseaba. Fue Cristina la que tomó la iniciativa. Se acercó a su mejilla izquierda y le dio un beso. Después iba a hacer lo mismo en la derecha. Pero Daniel quiso detenerla y que sus labios tocaran con los de él.

Cristina se echó para atrás y miró con lo que a Molero le pareció cara de desagrado.

Perdona. Creía que…

No pasa nada respondió ella con tristeza y agachó la cabeza. Hasta mañana.

Cristina Pastor abrió la puerta, se metió en su habitación y cerró. Daniel, por su parte, entró en la suya y se maldijo por haberse comportado como acababa de hacerlo después de que ella le contara su doloroso pasado sentimental.

A la mañana siguiente partieron hacia Riaño en la furgoneta. Durante el trayecto apenas hablaron. Daniel quería volver a disculparse por su actitud en la puerta de la habitación del hotel. Pero no tuvo valor y optó por el silencio como compañero de viaje.

Cuando llegaron a Riaño, Cristina se bajó, se despidió hasta el día siguiente con la mano levantada y despareció de su vista. Daniel, rabioso consigo mismo, arrancó con velocidad. Quería volver a casa e intentar olvidar el malestar que sentía en su interior. Aunque le iba a costar, estaba convencido.  Se sabía un mal aceptador de los fracasos amorosos. Y, aunque éste no se podía considerar así pues ni pasó nada ni iba a pasar nunca, se sintió sucio por haber intentado robar un beso a una compañera de trabajo que había sido amable, se había abierto a él, pero en ningún momento había insinuado ningún deseo mayor que el que él se quería imaginar. “La he cagado, como siempre”, se dijo, rememorando el auténtico fracaso de su vida sentimental. La no conquista de Carlota cuando eran unos jóvenes  de poco más de veinte años. Ella se había decantado por Francisco Jurado. Molero, en un secreto que nadie salvo el matrimonio afectado podría imaginar, la seguía amando.

Tras pasar por el Puente de Piedra cogió carretera a Cuénabres. Una vez allí desaceleró su paso. Podía encontrarse con cualquier tractor en su camino y lo último que deseaba era aumentar su ira por culpa de un accidente de tráfico del que, encima, fuera culpable.

A la altura de los prados de Las Llontreras, Daniel miró hacia un bulto que se hallaba en mitad de una pradera recién segada. Era un animal, sin duda. Pero se encontraba parcialmente cubierto por la hierba y no acertaba a adivinar de qué se trataba. Detuvo el coche en la tierra de Los Carbozales y se bajó. Seguía sin descubrir qué era, pero estaba seguro de que no se trataba de un animal salvaje, pues ya habría huido. Caminó con pasos lentos con la mirada apuntando al bulto. Hasta que, cuando se encontraba a veinte metros, sus dudas se disiparon y corrió hacia su objetivo. Frente a él, lo reconoció nada más verlo.

Pobrecillo fue la única palabra que dijo.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Francisco Jurado afilaba las cuchillas de la segadora con ahínco en la portalada. El día anterior la maquina se topó con un mojón y quebró varias de las piezas inferiores de la guadañadora. Francisco se vio obligado a cambiarlas, pues todavía le quedaban varios prados por segar, y aprovechó para afilar aún más los dientes.

Carlota regresaba de la iglesia. Le había tocado el turno de limpieza de la misma. Tradicionalmente, las mujeres del pueblo se turnaban las labores de aseado del templo. Siempre las mujeres. Jamás un hombre había cumplido con ese ritual. En la montaña había unas funciones específicas para los hombres y otras para las mujeres. Así de sencillo.

También aprovechó para recoger flores de la montaña y elaborar varios ramos que presidieran el altar. Había madrugado y recorrió los prados y montes cercanos en busca de siemprevivas, gencianas, clavelinas y narcisos. Como el verano había sido lluvioso, recogió un buen puñado de ellas. Después de depositarlas en la iglesia volvió a casa para proseguir con las labores hogareñas.

Tienes que cortar unos tucos. A ver si así, de paso, ordenas un poco la portalada dijo la esposa al llegar a la altura de su marido.

Hoy ya no creo. Voy a subir al puerto.

¿Tan tarde?

Sí. Un rato, echo un vistazo y bajo.

En ese momento se acercó Zar y olfateó a su amo. Jurado correspondió con una caricia y se dejó lamer la mano.

Y Sol, ¿dónde anda?

No sé. Esta mañana no estaba en la puerta.

Francisco recordó que el día anterior, mientras él segaba, Sol había hecho una de sus habituales escapadas a por rebecos y no había vuelto con él. “Estará intentando montar a alguna perra, el pobre. Con lo mayor que está, eso no se le quita de la cabeza”.

Francisco prosiguió con el afilado y Carlota entró en casa para, enseguida, salir con ropa recién lavada que pretendía colgar en la era para secar al sol. En ese momento llegó la furgoneta de Daniel Molero y aparcó frente al hogar de los Jurado. Francisco observó sorprendido la presencia del vehículo. Molero salió con semblante serio y se dirigió a la puerta trasera de la furgoneta.

Lo siento dijo antes de abrir la puerta. Me lo he encontrado en Las Llontreras.

Abrió la puerta y, dentro, Sol apareció ante los ojos de Francisco. Agonizaba, tumbado, con media lengua fuera y embadurnado en su propia sangre. Aún así, intentó levantarse al divisar a su dueño, pero no pudo. Carlota se acercó y, al verlo, se le cayó el cesto con la ropa.

¡Dios mío! 

También apareció Zar, que subió a la furgoneta de un salto y se acercó a su amigo para, de inmediato, iniciar el lamido de sus heridas. Como si así fuera a curarlo. Era imposible. Sol presentaba media docena de dentelladas profundas en su cuerpo. Una, la más grave y gigante, en el cuello. Nada más verla, Francisco supo que la había infringido el mismo lobo que había atacado a su ternero semanas antes.

¡Rápido, ve a la cuadra a por medicinas! gritó Carlota.

Francisco no obedeció. Agarró a su fiel carea leonés y lo portó con sus brazos hasta depositarlo suavemente en el suelo.

¿No me has oído?– repitió la esposaVoy a llamar al veterinario.

—No.

¿Cómo que no?

Jurado permanecía agachado y acariciaba la cabeza de su amigo cánido, que expulsaba un hilillo de sangre por la boca.

No merece la pena. No hay nada que hacer.

Se levantó y agradeció a Daniel que le hubiera llevado a su perro agonizante. Después entró en casa. Carlota se quedó mirando a su hombre. Molero, por su parte, sintió que sobraba y, además, se sentía incómodo a solas con Carlota. Montó en la furgoneta y desapareció de su vista.

Segundos después, Francisco Jurado salió de casa con el rifle al hombro. Tenía el semblante tan desconsolado que Carlota no se atrevió a contradecir sus intenciones. Además, pensó, tenía razón. Al viejo Sol le quedaban, como mucho, unas pocas horas de vida. Por mucho que le inyectaran medicamentos o le llevaran urgentemente al veterinario, su salvación iba a ser imposible. Y sabía que su marido no permitiría que el pobre perro soportara dolor por más tiempo.

Rifle al hombro, entró en la portalada, cogió un pico y una pala y los metió en un saco. Después agarró a Sol.

Vamos amigo, que ya no vas a sufrir más le dijo con los ojos enrojecidos. Agarra a Zar. No quiero que lo vea ordenó a Carlota.

Caminó pueblo arriba con él entre sus brazos. Sol intentaba agradecer el mimo de su amo con intentos de ladridos que se perdían en lamentos de dolor. Esa imagen le partía el alma a Francisco Jurado, un hombre pétreo de montaña acostumbrado a que la muerte de sus animales fuera una etapa más de la vida que compartía con ellos. Incluso él había sido el responsable de las muertes de tantos seres vivos que debería estar inmunizado de por vida ante el fallecimiento de estos. Pero Jurado apreciaba a Sol como algo mucho más transcendental que un simple perro pastor que le ayudaba a mantener controladas a sus vacas. Había vivido más de una década con él. Unos años en los que se convirtió en su escudero de la montaña, su único amigo entre bosques y praderas solitarios, su compinche de meriendas de bocadillos de chorizo, su fiel compañía bajo el sol, la lluvia, la nieve o las tormentas. Siempre predispuesto a demostrar el aprecio que tenía por su amo obedeciendo sus órdenes al instante. Y mostrándose valiente en los momentos en que había precisado enseñar sus colmillos. Incluso, en una ocasión, tuvo el arrojo de interponerse entre Francisco Jurado y Zarpo, el oso rey de la montaña leonesa. Ese era Sol. Y ahora él se alejaba del pueblo para acabar con su agonía.

Llegó al prado de Rigallovil y tumbó a Sol en el verde. Volvió a acariciarlo. La cabeza, las patas, el lomo, la tripa. Como si quisiera que su amigo supiera, antes de morir, el cariño que le procesaba. Después se levantó y cargó el rifle con una bala. No necesitaba más.

Sol aullaba su dolor a modo de susurros lamentosos que no llegaban a ascender a ladridos. Y lo hacía mirando fijamente a Francisco, como si deseara rogarle que acabara con su padecimiento.

Ya va, amigo. Ya va.

Quitó el seguro del rifle, apoyó la culata en el hombro y apuntó a Sol. Tragó saliva.

No me mires, por favor rogó.

Pero su fiel compañero no obedeció. ¿Cómo no iba a mirar a Francisco, su amo, su referente, su guía en la dura y activa vida que había llevado como perro pastor? Siempre había estado al tanto de lo que su amo requiriera. Y daba la sensación de que, en ese momento, sufriendo un dolor que únicamente él podía conocer, le estaba pidiendo perdón por no poder levantarse para atender a sus órdenes con diligencia y abnegación.

Francisco mantuvo el rifle apuntando a la cabeza de Sol. Colocó el dedo en el gatillo, cerró los ojos y disparó. El sonido del disparo rebotó en las paredes del valle y se mantuvo presente en el aire durante varios segundos.

Cuando Jurado abrió los ojos, el viejo carea leonés yacía con un disparo en la cabeza en el prado de Rigallovil que tantas veces había hozado en busca de roedores. Ya no volvería a hacerlo. Ni a ladrar excitado tras las vacas. Ni a echarse las siesta a los pies de Francisco a la sombra de un roble. Al ganadero esos pensamientos le aportaron también una lágrima que, enseguida, limpió de su cara.

Agarró el pico y comenzó la creación de la que iba a ser la tumba de Sol. Una hora después había excavado un hueco de cerca de un metro. Suficiente, pensó un enojado Jurado. Durante la hora cavando, su sentimiento de pena por haberse visto obligado a rematar a su amigo fue transformándose paulatinamente en reconcomios hacia los culpables de su muerte. La jauría de lobos que campaba a sus anchas por sus montes. Jurado, tras la muerte de un jato, había logrado que no atacaran más a su ganado. Pero era evidente que continuaban en la montaña y que únicamente habían cambiado de valles. Y Sol había sufrido la trágica fatalidad de encontrarse con ellos la tarde anterior.

Cabrones. Cuatro contra uno. Así sí podréis dijo en alto mientras picaba la tierra con violencia.

La semana que viene, las páginas 211-220. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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