EL MONTARAZ Páginas 191-200

        Aquí están las páginas 191-200 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 191-200

Silencio en el interior del bar de Manuel. Breve y eterno al tiempo. Las miradas de los presentes se dirigieron a Marquitos, que acababa de estallar. Entre ellas las de Sonia, congelada ante la brusca intervención de su amor.

¿Qué has dicho?

¡Que te vayas a ver a tu madre y dejes a mi novia en paz!

¿A que te suelto una hostia y te salto los dientes? respondió Raballeda dando dos pasos hacia delante.

Roberto se apresuró a salir de la barra y se colocó entre los dos. Gritó basta y obligó al geógrafo a retroceder los pasos caminados. Después juró que no iba a permitir peleas en su bar y ordenó que ambos jóvenes, uno cargado de alcohol y el otro de adrenalina, se tranquilizaran.

¡No te vuelvas a meter con mi novia! replicó Marquitos haciendo caso omiso a Roberto.

Mira dijo a su amigo. Este idiota, que dice que me he metido con su novia. ¿A que no es verdad, guapísima?

¿Porqué no lo dejas? respondió Sonia, que se había acercado a Marquitos.

Eso. Porqué no lo dejas y os vais a Riaño con las tías esas con las que habéis quedado agregó el hostelero.

Me iré cuando me dé la puta gana.

David agarró el gin tonic de su amigo y se lo terminó. Después dijo que salía a fumar un cigarro y que, a su vuelta, quería ver dos copas llenas encima de la barra. Su amigo le siguió con incomodidad.

Roberto Arroyo se acercó a Marquitos y le increpó su actitud. No quería peleas que provocaran que su bar se ganara fama de conflictivo. Sonia también le echó en cara su percha de macho protector de su hembra y se metió en la cocina. Así que, ahí estaba Marquitos. Solo, en la barra del bar, con las reprimendas de su novia y el jefe de ésta y con la exigencia de que callara la boca cuando el cliente conflictivo volviera a entrar.

Sin embargo, cuando el silencio volvió a ser protagonista de la tasca, Marquitos escuchó unas voces procedentes del exterior y que se filtraban por la ventana del bar. Agudizó el oído y se esforzó por entender las palabras procedentes del exterior.

Porque me han parado, que si no, le doy cuatro hostias bien dadas.

Anda, déjalo. Vamos a Riaño.

Como vuelva a tocarme los cojones, se va a enterar el puto crío.

Vale, vale. Pero hoy déjalo correr.

De acuerdo. Pero, ¿a que tengo razón?

En qué.

En que la chica está buena de cojones.

Un poco joven. Pero sí.

Seguro que tiene un polvo brutal. Te lo digo yo, que he probado muchas. Y no me voy de esta mierda de sitio sin tirármela.

Marquitos salió escopetado del bar y se encontró de bruces con los dos jóvenes. De modo instintivo agarró del cuello del jersey a David y le empujó contra un coche aparcado. Éste se rehizo y soltó un puñetazo que impactó en la cara del adolescente. Su amigo intentó colocarse en medio para detener el enfrentamiento, pero David le apartó y lanzó otro puñetazo a Marquitos. Afortunadamente, los reflejos del geógrafo flaqueaban y el único dañado fue el aire. Entonces Marquitos empujó a Raballeda de nuevo contra el coche y le lanzó un rodillazo en sus partes. El ruido del choque contra el vehículo provocó que cuatro hombres que se encontraran dentro del bar salieran para averiguar el origen del sonido. Raudos, acudieron a separar a los dos enemigos, que movieron sus piernas y brazos con el fin, no logrado, de impactar en el cuerpo del rival.

¡La madre que os parió! gritó Roberto Arroyo ¡Largo de aquí ahora mismo si no quieres que llame a la policía!

La amenaza surgió efecto y el licenciado en Geografía, dolorido en sus testículos, y su amigo montaron en su coche y se largaron. No sin antes haber amenazado a  Marquitos que le partiría la cara la próxima vez que se lo cruzara. El cuenabrénse, que permanecía agarrado de los brazos por dos paisanos, se relajó al ver alejarse el vehículo.

En ese momento, Sonia, que había visto el desenlace final de la pelea, miró inquisitivamente a su novio.

Roberto, ¿me llevas luego a casa? preguntó en alto para que Marquitos lo escuchara.

Claro, mujer. En cuanto hayamos terminado.

Muy bien miró a Marquitos y dijo con una seriedad que el novio desconocía. Hasta mañana.

Pero…

Ya te llamaré yo.

Sonia y Roberto entraron de nuevo en el bar y dejaron a Marquitos fuera. Solo, con el pómulo dolorido y un gesto de incomprensión que representaba que no entendía lo que acababa de ocurrir. Había defendido el honor de su novia ante los ataques de un impresentable y había obtenido como recompensa el enfado de ésta, además de un golpe en la cara. Pensó en volver al bar para pedir explicaciones, pero sabía que se encolerizaría aún más de lo que estaba. Sonia era una muchacha dulce y cariñosa, pero también con fuerte carácter. Y cuando se mostraba tensa o enfadada era mejor no enfrentarse a ella. Marquitos, molesto y apenado al tiempo, arrancó su moto.

Sonia escuchó desde dentro de la barra cómo su novio se alejaba y lanzó a la fregadera el trapo que portaba.

Tranquila, mujer. Que tampoco ha sido para tanto dijo Roberto intentando apaciguar los ánimos de su empleada. Además, te estaba defendiendo.

¿Qué pasa? preguntó alterada ¿Qué tú también te estás asilvestrando como los de aquí? ¿Qué es eso de que me estaba defendiendo? Yo me sé defender solita. Y muy bien. Todos los hombres sois iguales. Os creéis que por ser más fuertes podéis tratarnos como animalitos indefensos.

Eh, tranquila. Ahora no lo pagues conmigo, ¿vale? dijo Roberto finalizando el diálogo.

Una hora más tarde el dueño del bar de Manuel hizo de chófer de Sonia, tal y como había prometido. La atractiva joven se sentó y se mantuvo callada durante la mayor parte del recorrido que bordea el pantano del Esla. Continuaba con el semblante serio. Pero, pasado el primer calentón, dudaba a la hora de definir las razones de su irritación. Si la pelea de su novio con el borracho o el hecho de que luego no volviera al bar a pedir disculpas. Sí, era evidente que ella le había invitado a marcharse a su casa. Pero, pensó Sonia, también él podía haber tenido las agallas de volver al bar, intentar reconciliarse con ella, aguantar su enfurecimiento y pedir disculpas. No, Marquitos tenía que ser tan orgulloso como ella. Ya lo habían demostrado en las dos peleas que habían protagonizado desde que se ennoviaron. Tardaron una semana en volver a hablarse. Y Sonia recordó con angustia que su sufrimiento fue infinitamente mayor de lo que había imaginado.

Porque si algo no dudaba era el amor que procesaba por Marquitos, el joven de aspecto rudo pero con gran humanidad que la mimaba con pasión, hacía que sonriera con payasadas infantiles pero que a ella le encantaban y también había sido enormemente dulce y cariñoso tras las muertes recientes de su tío y su primo.

¿Qué tal la familia? preguntó Roberto, como si en esos momentos hubiera escuchado los pensamientos de su copiloto. Tu tía, ¿levanta cabeza?

No mucho. Está todo el día llorando en casa. Dice que se va a ir de Retuerto, que todo le recuerda demasiado a mi tío Arturo. Pero no creo que se vaya. Aquí, al menos, tiene a mi padre y a mi tío Pablo. Y en León está mi tía abuela Milagros con mi  bisabuela.

Entonces, qué mejor que con la familia, ¿no? Por cierto, ¿qué es de tu tío Pablo? Hace semanas que no le veo por el bar. A tu padre al menos le veo cuando te trae a trabajar.

Ya. Pero tampoco es raro. Yo también hace bastante que no le veo. Es muy suyo. Puede tirarse días sin salir de casa ni llamar a nadie.

El vehículo de Roberto llegó a Riaño y aparcó en la calle Solasierra, justo frente a la casa de Sonia. Se despidió de ella e indicó que no hacía falta que llegara hasta la una de la tarde. Sonia se lo agradeció y bajó del coche. Volvió a decirse a sí misma que había tenido suerte al haber coincidido con un jefe tan comprensible como Roberto y que, además, no hubiera demostrado en ningún momento ningún deseo hacia ella.

Cuando fue a abrir la puerta del edificio, una silueta hizo su aparición entre las sombras.

Hola.

Sonia se llevó un susto tal que se le cayeron las llaves al suelo. Hasta que se percató de que la persona que acababa de asustarla era Marquitos.

¿Qué haces aquí? susurró con enfado. Si te ven mis padres me la cargo.

Te estaba esperando.

¿Para qué? Sonia, de un modo radical, había cambiado el tono de enfado por uno más altivo. Ya te he dicho que ya te llamaría yo, ¿no?

Bueno, vale. Pues entonces me marcho.

Marquitos se alejó dos pasos contrariado. Sonia le detuvo.

Está bien. ¿Qué querías?

El chico reculó y se acercó a su novia con inseguridad.

Quería… quería pedirte perdón. El idiota ese me ha encendido y no he podido evitarlo.

Marquitos mostraba sinceridad relativa en sus palabras. Pedía perdón, sí, pero no iba acompañado de arrepentimiento. Pensaba que el geógrafo faltón se merecía una buena paliza por haber tratado a su amada como un trozo de carne y que, si volvía a suceder, probablemente actuaría del mismo modo. Aún así, en ese momento el objetivo era reconciliarse con su chica.

No puedes ir por la vida como un macarra argumentó Sonia. Además, te podían haber dado una paliza. Que ellos eran dos.

Ya veo. A ti lo que te preocupa es que me hagan daño. ¿A que sí? El tono de Marquitos había cambiado de inseguro a pícaro. Al tío más guapo de la montaña.

No me venga ahora con tonterías. Que estoy hablando en serio.

Y yo también Marquitos acercó sus labios a los de Sonia con un gesto mitad sonrisa mitad lamento de perro abandonado. ¿Me perdonas?

Sin esperar respuesta, besó a su novia. Ésta le correspondió con sus labios. Cuando se separaron aseguró que le perdonaba, pero que si volvía a repetir su actitud violenta, se las vería con ella. Marquitos continuó con la actitud parte cómica, parte cariñosa y, cómo no, parte deseosa, hasta que Sonia no solo aceptó sus labios, sino que los reclamó, agarrando a su chico de la cabeza y metiendo su lengua en la boca de él.

No te vas a casa, ¿verdad? Dime que no te vas a casa.

Es lo que te mereces.

Pero…

Espero a que ella terminara la frase.

Pero… tampoco tengo sueño.

Ni yo ¿Tienes las llaves?

Sí.

¿Vamos?

Vamos.

Marquitos abrazó a Sonia y, agarrados el uno del otro, caminaron hasta  el final de la calle. Giraron a la derecha y prosiguieron hasta llegar al portal que se encontraba frente al supermercado. Sonia investigó en su bolso hasta encontrar la llave con la que, después, viró la cerradura del portal.

Segundos después se encontrarían en su secreto paraíso del amor. Que, curiosamente, era la casa de una monja, la de su tía abuela Milagros. Por fortuna para ellos no la utilizaba más que unos pocos fines de semana al año.

El piso de Riaño de Milagros, la monja, se había convertido en el nido de amor, la cueva de la pasión, el picadero, la mansión en la que se amaban de modo desinhibido desde hacía medio año. Desde el día en que la pareja inexperta se abrió al mundo de la sexualidad común. La primera vez fue confusa, incierta en cuanto a placer y desconcertante en relación a lo que habían imaginado previamente. Placentera, en parte, atropellada, en su mayoría y reveladora, totalmente. Pero, al menos, en porcentaje similar para ambos amantes novatos. Lo que, además,  les había convertido en cómplices del descubrimiento carnal. Las siete siguientes ocasiones en que habían hecho el amor, Marquitos las tenía enumeradas, supusieron para ambos amantes un curso progresivo de práctica amatoria. Hasta que habían llegado a la conclusión de que no solo querían hacer el amor. Además, disfrutaban.

Esa noche también. Hicieron el amor, se abrazaron y se juraron entre sudor y jadeos que siempre, siempre, se iban a querer.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Francisco y Marquitos volvieron a casa tras dejar a Silverado y a Perla en los prados de Relasllamas. Antes de entrar en el hogar escucharon una voz que reclamaba la atención del padre. Francisco miró calle arriba y se encontró con un hombre ataviado con ropa de guarda de montes. Por un momento su visión le jugó una treta engañosa y  le pareció ver que era  Daniel Molero quien le requería. Se frotó los ojos y se convenció de que no había sido más que una visión del pasado.

El guarda que solicitaba su presencia era Israel Gómez, el sustituto de Daniel Molero. Francisco se detuvo hasta que llegó a su ubicación.

¿Qué pasa? preguntó con la incomodidad habitual que sentía al hallarse ante cualquier componente de las fuerzas de la ley.

¿Tienes vacas en Valcarque?

Sí, claro. Como siempre.

¿Y jatos?

Coño, si hay vacas, habrá jatos, digo yo. ¿Qué te pasa?

A mí nada. Pero a ti igual te han matado algún jato.

¿Qué dices?

Que hay lo menos cincuenta buitres volando por Valcarque. Y, con lo de los lobos…

Con lo de los lobos que no matáis, dices. ¡Cago en la puta!

No fastidies, Francisco, que ya sabes que hay unas leyes se justificó el guarda.

Unas leyes que permiten que vosotros matéis a los lobos si os los encontráis. Pero como no se os pone en los cojones…

No es del todo así. Nosotros podemos matar a los lobos solo si…

No me cuentes bobadas cortó Francisco la explicación del guarda ¿Dónde dices que están los buitres?

En la majada. Justo cuando dejas Cebolleda y pasas a Valcarque. Bueno, los verás mucho antes. Si tienes jatos por ahí es fácil que estén rebañando alguno.

Francisco Jurado ni se despidió ni agradeció la información de Gómez. Ordenó a su hijo que entrara en casa y le dijera a su madre que subía a los puertos. Pensó en volver a por Silverado para que le ascendiera, pero prefería montar en su Jeep Cherokee, pisar el acelerador y llegar lo antes posible. Además, de ser verdad las insinuaciones del guarda, sería útil contar con un vehículo a  motor para bajar a algún animal herido o, siendo muy negativos, muerto.

Jurado llegó al puerto hora y media después. Y, como había avanzado el guarda, llevaba minutos observando a los buitres volar en círculo encima de una localización concreta. Corrió con Sol y Zar hasta que alcanzó la majada. Una vez allí tuvo una premonición negativa inducida por el hecho de que no vio ni un bovino cerca del punto hacia el que los carroñeros dirigían sus miradas desde el cielo. Todos habían huido. Francisco agitó las manos para hacer ver a los buitres que él estaba ahí. Un ser humano vivo y sano. O lo que es lo mismo, un hombre que no era un objetivo mientras se mantuviera en pie y que se proclamaba con su presencia defensor de los animales que pisaban la tierra.

No tardó ni cinco minutos en localizar la presa que los rapaces acechaban. Y, en efecto, se trataba de uno de sus terneros más jóvenes. Cuando Francisco llegó a su altura el animal se encontraba vivo, pero mostraba varias dentelladas que avanzaban su muerte próxima. El ganadero observó al jato con lástima e impotencia. Si su estado de salud no fuera crítico cargaría con él hasta el todoterreno y, raudo, lo llevaría a casa para medicarlo. Pero apenas respiraba y era incapaz de levantar la cabeza.

Francisco Jurado sacó el cuchillo de monte que siempre portaba en su cartuchera y lo asió con seguridad. Se arrodilló ante el jato de dos meses de vida, agarró su cabeza, tiró de ella hacia atrás y rebanó el cuello del ternero sin contemplaciones. La víctima sufrió un espasmo y falleció. Si alguien hubiera visto la imagen en absoluto dubitativa del ganadero podría haber supuesto que su frialdad demostraba disfrute. Nada más lejos de realidad. Lo que no quería era que su jato, un ternero que apuntaba a semental, sufriera un agonía que iba a acabar sin remedio en su muerte.

De haber tenido su rifle en mano hubiera acabado con el sufrimiento del ternero de un disparo. Y también hubiera realizado una búsqueda sin descanso de los asesinos hasta acabar con ellos. Pero su rifle y su vida de infalible cazador habían pasado a la historia. Él mismo se lo había impuesto y no pensaba renegar de su decisión.

Aunque algo tenía que hacer si no quería que su ganadería mermara por culpa de los chacales. La única solución no violenta que encontró fue aumentar aún más su visita a los puertos de Cebolleda y Valcarque, donde sus vacas pasaban el verano. Decidió que subiría todas las mañanas y haría notar su presencia. Los hombres no querían tener a los lobos cerca. Pero Francisco sabía que ellos tampoco disfrutaban de la presencia de los humanos. Por ello ascendería hasta los puertos, caminaría haciéndose notar con pasos ruidosos y azuzaría a Zar y  Sol para que ladraran hasta ahuyentar a los lobos. Esperaba que, en un par de semanas, estos se hartaran de su incómoda presencia y tomaran camino hacia otros valles. Una vez allí, que fueran otros quienes se las arreglaran con el problema.

Cargó con el ternero a hombros y lo trasladó hasta el todoterreno. Lo introdujo dentro y, en ese momento, se detuvo para examinar las heridas sufridas por el animal. Tenía cinco dentelladas importantes. Una en el cuello, la más grave, dos en las patas y otras dos en el lomo. Se acercó para calibrarlas y llegó a la conclusión de que habían sido cuatro los lobos que habían atacado a su ternero. Cuatro de los bocados tenían un tamaño similar, pero la forma de los mordiscos convenció al ganadero de que habían sido realizados por tres fieras diferentes.  El quinto mordisco, el del gaznate, fue el que más alertó a Jurado. El lobo que lo había realizado era un espécimen de un tamaño considerable, al menos su boca. El espacio que abarcaban sus fauces era significativamente mayor que los otros. “Éste es el líder se dijo con absoluta seguridad—, un bicho gigantesco. Éste puede hacer una escabechina este verano”.

Había algo que no cuadraba en la lógica de Francisco. Si, tal y como parecía, habían sido cuatro los lobos atacantes y tanto la madre del jato como el resto de la manda había huido atemorizada, ¿por qué razón no habían acabado con la captura y la habían devorado? Jurado se rascó la cabeza. No tenía sentido. Morder a una presa y no comérsela. Las bestias de la montaña, como los hombres en tiempos pasados, mataban únicamente para satisfacer sus necesidades alimenticias. Hasta que los humanos dejaron de tener hambre y siguieron matando únicamente por placer.

Un escalofrío recorrió el cuerpo del ganadero. ¿Y si esa jauría de lobos también atacaba por placer? ¿Y si estaban tan cebados que no necesitaban tanta carne pero sí disfrutaban de sus cacerías? Si era así, iba a ser un verano realmente duro y trabajoso si quería impedir que las fieras asesinaran a sus animales. Salvo, claro, que hiciera uso de su rifle. Pero no, se había jubilado como cazador. Encontraría el modo de proteger a su manada sin necesidad de ensuciar sus manos de pólvora.

 

 

                                               *          *          *

 

 

Tres semanas después, Daniel Molero regresaba con su furgoneta de un viaje de tres días a Valladolid. El ex guarda de montes reconvertido en pequeño empresario había ejercido como tal en una feria alimentaria en la que presentaba los productos de la marca “Secretos de la Montaña”. No había ido solo. Le había acompañado su socia, Cristina Pastor, por fortuna para él. Ella asumió las responsabilidades comerciales en la feria y se ganó el beneplácito de los rivales y los clientes. Tenía treinta y cinco años, quince menos que él, una seguridad abrumadora a la hora de exponer las excelencias de “Secretos de la Montaña” y un encanto especial para embaucar a los futuros compradores que la convertía en extrañamente bella. Daniel, ante su evidente inferioridad de recursos, ejerció de comparsa de la vendedora y se limitó a apuntar las direcciones a las que debían enviar las muestras de sus productos.

Así transcurrieron las dos jornadas de la feria, en la que habían apalabrado el envío de varias cajas de sus alimentos a distintas tiendas delicatessen de Madrid, Barcelona y Valencia. A ojos de los dos socios, el tercero se había quedado en Riaño cuidando de la empresa, los objetivos del viaje habían sido superados con creces. Era una marca desconocida pero, durante unas semanas, iba a estar en las estanterías de una docena de las tiendas más “chics” de España. Si su cecina, chorizo, huevos camperos, miel o repostería convencían a los clientes de estos locales, tendrían una puerta abierta a expandir un negocio que, hasta el momento, se había centrado en Castilla León y Asturias.

La última noche Cristina Pastor decidió que había que celebrar el buen trabajo realizado por la pareja de socios. Y, aunque habían sido varios los comerciales que se habían ofrecido a invitarla a cenar, ella prefirió pasar la velada con Daniel. El cincuentón salió de su habitación del hotel tras darse una ducha revitalizante y bajó al restaurante. Allí se había citado con Cristina, aunque el resto del plan era una incógnita para él.

Déjamelo a mí había dicho ella a media tarde.

Molero no tuvo problemas en que fuera ella quien tomara las decisiones de dónde cenar y dónde tomar algo después, si es que eso llegaba a suceder. Aunque, a decir verdad, se sentía cansado y hubiera preferido comer un bocadillo en un bar cercano y subir a su habitación para ver la televisión hasta dormirse. Pero Cristina era su socia y él debía ser complaciente con ella después del excelente trabajo que había realizado.

       La semana que viene, las páginas 201-210. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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