EL MONTARAZ Páginas 181-190

           Éstas son las páginas 181-190 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 181-190

CAPÍTULO 6

 

Prados de Relasllamas. Cuénabres. León

10 de Julio de 2011. Cuatro de la tarde

 

            El sol volvía a mostrarse con timidez en el cielo leonés. Los habitantes de la montaña llevaban dos días sin verlo aparecer. Una manta nubosa cargada de lluvia intermitente lo había ocultado a los paisanos, ansiosos porque el astro trasladara su calor a los prados para que los agricultores recogieran sus cosechas.

            Francisco Jurado era uno de los damnificados por la falta de sol. Llevaba demora con la siega de sus prados y la adversa meteorología aumentaba ese retraso. Para matar su tiempo y el de Marquitos, ofreció a éste comenzar con las jornadas de doma de Perla, la potra que le había regalado el año anterior.

            Perla pacía en el prado de Relasllamas al lado de Silverado, el imponente caballo de Francisco. Éste tenía las patas delanteras encadenadas en corto para que no pudiera trotar y escaparse de los terrenos del pueblo. Cuando vio llegar a sus amos relinchó de felicidad. Supuso que su dueño requería de su fuerza para ascenderlo monte arriba hasta las peñas. Pero en esta ocasión Silverado estaba equivocado. Él no era el objetivo de las miradas. Lo era su joven protegida, Perla.

Caballo y potra se acercaron a los amos a recibir las lisonjas de estos. Silverado acarició con su cabeza la de Francisco mientras que Perla, más tímida, tan solo permitía que Marquitos sobase su lomo.

Francisco depositó en el suelo la silla de montar que cargaba y soltó las amarras de las patas de Silverado, que aprovechó para iniciar un breve sprint. Después, sumiso, volvió al punto exacto donde se encontraba Jurado padre, que se acercó a Marquitos y a Perla.

Venga, ensíllala. A eso hemos venido.

¿Yo? preguntó el chico.

Es tu potra, ¿no? Además, ya me lo has visto hacer mil veces.

Dubitativo, Marquitos comenzó sacando las riendas de dentro una enorme mochila que había llevado consigo. Su padre aguantó las intenciones de Perla de alejarse agarrando con fuerza de sus crines.

Ponte a la izquierda. Lo harás más cómodo.

Marquitos obedeció. Después colocó las riendas sobre el cuello de la potra y sostuvo la brida por la testera del animal y entre sus orejas. Así le ofrecía el bocado para que lo mordiera con sus dientes. Perla abrió la boca y el chico aprovechó para introducir el bocado. También pudo agachar las orejas del animal e introducir la testera sobre la nuca  La cara de satisfacción de su padre le indicaba que iba por buen camino. Por ello no dudó en tensar las correas y atar las hebillas con determinación.

Francisco miraba concentrado los movimientos de su hijo. Pero tampoco se le podía escapar de su vista el moretón que destacaba entre su mejilla y su oreja derecha. No se iba a acabar el día sin que el chaval le diera las explicaciones pertinentes. Pero lo dejaría para más tarde.

Venga, ponte con la silla indicó ejerciendo de maestro de prácticas de su hijo.

Marquitos recogió la silla de montar de su padre y se dispuso a colocarla a lomos del animal.

Pero, ¿qué haces? ¿No tienes que poner antes el sudadero?

Bueno, sí. Pero como me habías dicho que pusiera…

Ya. Y si te digo que te tires por un puente, tú lo haces. ¿Verdad?

Otra de las habituales expresiones de su padre, ávido de enseñarle lecciones de la vida con frases que entonaba con relevancia bíblica. Marquitos no contestó y obedeció. Puso el sudadero acolchado sobre la cruz de Perla y lo deslizó para que el pelo de debajo se quedara liso.

Muy bien. Ahora sí. Ahora la silla.

Marquitos la lanzó sin miramientos al lomo de su animal. Ésta mostró su queja moviendo la cabeza con energía. Aunque la rigidez con la que Francisco agarraba de la cuerda impidió que se alejara de sus amos.

Más suave, animal. Que la silla pesa.

Marquitos se disculpó con un gesto facial y se quedó pensativo. Había visto en infinidad de ocasiones cómo se ensillaba a un equino. Y había montado a lomos de Silverado en media docena de ocasiones. Pero en ese momento su mente se bloqueó y sus ojos fijaron la mirada en la montura sin saber qué hacer. Le sucedía a menudo cuando su padre se encontraba vigilando minuciosamente los movimientos de su hijo. Era como si una tonelada de responsabilidad cayese sobre sus hombros y no fuera capaz de moverse. Francisco se percató del estado de bloqueo de Marquitos y tomó la iniciativa.

Venga. Los estribos. Mira que estén bien puestos. ¿Lo están? Estupendo. Ahora la cincha, ponla a través de la silla y colócala sobre el dorso. Así. Así va bien. Ahora tira del sudadero para que circule el aire. Si no, se va a coger una empapada que la puede dejar tiesa.

Marquitos seguía a rajatabla las órdenes del capataz Jurado. Al tiempo que obedecía, se imaginó a su padre como un vaquero del lejano Oeste. No sería el tipo más rápido del Oeste. Ni el más fuerte. Pero sí que sería respetado por los vaqueros, forajidos y hasta el sheriff del pueblo. En cierto modo, reflexionó, la montaña de León no era tan distinta del salvaje Oeste que había visto en las películas. En ambas tierras el ganado era el eje económico de la zona, los hombres se comportaban de un modo rudo, en ocasiones machista, y las mujeres mantenían una sumisión voluntaria. En ambos casos había agentes de la ley que velaban por la paz. Los americanos contaban con el sheriff y sus ayudantes y ellos con la Guardia Civil. Y, cómo no, estaban los cuatreros. En ese punto se quedó dudando de si había tanta similitud como en las anteriores propuestas. Porque, al menos que Marquitos supiera, en León no proliferaban los ladrones de ganado. Lo más cercano en lo que se refería a violar la ley podían ser los cazadores furtivos. Como lo había sido su padre durante décadas y como había soñado ser él hasta que esa ilusión estuvo a punto de matarle.

¿Qué? ¿Estás a lo que estás o lo dejamos? refunfuñó Francisco al ver que su hijo se había evadido mentalmente.

Marquitos volvió a centrar sus pensamientos en Perla y continuó con el ensillado de la potra. Se colocó en la parte derecha del animal y comprobó que no había dobleces en el sudadero, bastante desgastado por las horas de monta a Silverado. Sujetó la hebilla de la cincha desde abajo del animal y tiró con fuerza. Repitió la acción en la parte izquierda e intentó mover la estructura al completo.

¿Qué tal? Bien, ¿no?

No está mal contestó el progenitor con condescendencia. La siguiente vez, tú solo. Venga, ahora quita la silla.

¿Cómo?

Que le quites la silla. No pretenderás montarte así, a las bravas, a las primeras de cambio. Mañana volvemos a colocarle la silla y la mantenemos con ella un cuarto de hora. Al día siguiente, media hora. Hay que acostumbrarla hasta que sea ella misma la que nos la pida nada más vernos. Después ya habrá tiempo de que te montes y te tire unas cuantas veces hasta que te ganes su respeto.

Marquitos obedeció sin replicar, retiró la silla y la posó en la hierba, todavía húmeda por los días de llovizna. Entonces su padre le ofreció las riendas y ordenó que paseara con Perla a lo largo del prado. Le dijo que así la potra se familiarizaría con él hasta que llegara el momento, dentro de unas semanas, en que supiera que su único y verdadero amo era Marquitos.

Hijo y padre caminaron con sus equinos a ritmo pausado. Francisco no necesitó agarrar a Silverado, pues su amigo equino caminaba tras de él como si de un fiel escudero se tratara. Mientras, Sol y Zar hurgaban la tierra en busca de guaridas de ratones a los que dar un buen mordisco. Francisco aprovechó ese momento de relajación para interrogar a su hijo.

¿Qué? ¿Duele? inquirió señalando el hematoma de su hijo.

No. No duele.

Marquitos no aportó más información. Era una muestra de que quería impedir que comenzara una conversación que, sabía, le iba a incomodar. Aún así, Francisco insistió.

¿No me vas a decir cómo te has hecho el morao?

No ha sido nada. Me he levantado de la cama y me he tropezado.

Qué torpe, ¿no?

Ya ves.

¿Seguro que ha sido eso lo que pasado?

¿Qué iba a ser si no?

No sé. Esta mañana me han contado otra versión.

Marquitos maldijo en su interior. Pero intentó no aparentar el desagrado que sentía porque su padre supiera el incidente en que se vio envuelto la noche anterior.

¿Quién te lo ha contado?

Eso es lo de menos. Los montes tienen oídos y bocas por todas partes. Eso ya lo tenías que saber.

Entonces, ¿qué quieres que te diga?

Que no se va a volver a repetir. ¿Qué es eso de andar a puñetazos por los pueblos? El ganadero se puso serio ¿Acaso es lo que te hemos enseñado en casa?

No fue culpa mía.

Me da igual de quién fuera la culpa. Que sea la última vez que oigo que andas con peleas o te quedas sin la moto.

No me parece justo replicó Marquitos. Te repito que no fue culpa mía.

 

 

                                   *          *          *

 

 

La noche anterior, Marquitos terminaba de acicalarse para salir. Era sábado y el muchacho tenía un encuentro con Sonia. Sus citas con ella no eran tales, pero se había acostumbrado a que, junto a ellos, tuvieran a decenas de personas pululando por el bar de Manuel.

Se acicaló con colonia para perfumar media montaña, se vistió con una camiseta oscura de manga larga, pues a pesar de ser verano las noches estaban siendo frías y lluviosas, y bajó las escaleras. En ese momento Carlota salió de la cocina.

Cada día te pareces más a tu padre dijo a modo de halago. ¿A que sí?

Francisco, tumbado en el escaño, respondió afirmativamente de un modo mecánico. Estaba centrado en la noticia del telediario que anunciaba un nuevo aumento del paro y un mayor endeudamiento del país. Francisco se preguntó qué futuro les esperaba con las negativas expectativas que se planteaban ante los ojos de la clase media trabajadora española. Subidas de impuestos, aumento de la edad de jubilación, desempleo record, estrangulamiento de los bancos a los deudores, una clase política corrupta hasta límites que jamás llegarían a conocer los ciudadanos, cierre del grifo de las ayudas europeas… Ese punto era el más preocupante para el experto ganadero. Si se acababan las subvenciones procedentes de la Unión Europea, la mayoría de los vaqueros de la montaña, que ya eran escasos, tendrían que vender las vacas y cerrar las cuadras. No podrían sobrevivir únicamente de la venta de leche y terneros. El precio de ambos se había estancado y, sin embargo, el de los piensos había alcanzado sus máximos históricos. En concreto, el importe de los cereales se había inflado sobremanera en los dos últimos años. Dentro de las diversas teorías que justificaban esa subida desmesurada, Francisco se sumaba a la corriente que afirmaba que la razón principal era la especulación internacional. Los datos oficiales mundiales señalaban que se había producido un estancamiento de la producción y que, por ello, el coste del cereal había aumentado. Pero Francisco compartía la creencia de que las verdaderas responsables eran las empresas americanas, que se habían hecho con toneladas de semillas para mantenerlas en barbecho durante un quinquenio. De este modo la cantidad de cereal anual descendería y obligaría a Rusia y a la Unión Europea a aceptar unos precios más altos que el valor verdadero del mercado. Cuando éstos se hubieran estabilizado en torno a un veinticinco por ciento por encima, los americanos sacarían sus stocks a mercado y competirían con unos precios más bajos. El resultado sería, según esa visión futurista, que los emporios estadounidenses hundirían a sus rivales mundiales y, además,  habría logrado establecer unas tarifas que les aportaran beneficios extras. Los platos rotos de esa estrategia especuladora los pagarían, entre otros, los pequeños ganaderos de bovino y porcino, incapaces de soportar el pago del pienso, el seguro de los animales, la gasolina de los tractores, los gastos de veterinarios y el fallecimiento de un porcentaje del ganado, y, a la vez, obtener beneficios.

 Él esperaba no ser uno de ellos. Por esa razón cuidaba con esmero a sus animales, su sustento económico. Porque pensaba que, ante momentos de zozobra económica y empresarial, únicamente los mejores saldrían a flote. Y estaba convencido de que él era uno de los mejores ganaderos de León. Los argumentos esgrimidos para tal aseveración eran que sus reses siempre cotizaban al alto en comparación con la mayoría del ganado de la comarca. Que jamás, cruzaba los dedos, se había visto afectado por una enfermedad bovina grave que diezmara su ganado. Y que tenía el don de apreciar, de entre un rebaño de terneras, a las más sanas, las que iban a ser mejores madres y las que ofrecerían la carne más apetitosa cuando pasaran por el matadero. Esa era una dádiva que le había otorgado la madre naturaleza y que, primero con la ayuda de su padre, Vicentín El Hurón, y luego solo, había cimentado a lo largo sus cincuenta y un años de su vida.

Así que, aliviado, se convenció de que él aguantaría sin excesiva agonía el paso del huracán de la crisis, que ya estaba instalada y que, temía, no desaparecería del país hasta dentro de varios años.

Pero ¿y Marquitos? ¿Qué iba a ser de su hijo con un cuadro futurista tan negro? Esa era la verdadera preocupación de Francisco. Que el horizonte de crisis, paro y desamparo gubernamental fagocitara su futuro y le trasladara a un panorama de penurias económicas como las que había sufrido su familia en la posguerra.

  El chico ya había decidido abandonar los estudios y ni su madre ni él habían logrado convencerle de lo contrario. Estaba empecinado en continuar la saga familiar de ganaderos. Era comprensible. Francisco le había inculcado la pasión por el campo hasta tal punto que su hijo se imaginaba otra vida fuera de las vacas y los prados como un mundo de ciencia ficción en el que no deseaba adentrarse. Sí, sin duda alguna, Marquitos heredaría sus tierras y su ganado y dedicaría su vida a cuidar de ellos.

Sin embargo, Francisco ya le había encontrado un trabajo veraniego para que ganara sus primeros euros fuera del entorno familiar. Marquitos, desde principios de mes, trabajaba en la gasolinera de Riaño. Su turno comprendía desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. Por ello, antes de que el muchacho saliera de casa, Francisco le recordó que al día siguiente debería madrugar y que, por ello, no debía acostarse tarde.

Marquitos escuchó a su padre sin interés, agarró la llave de la moto, dos cascos y dos chubasqueros de tela para taparse él y Sonia de la molesta lluvia.

            Arrancó la motocicleta y condujo hasta Vegacerneja a reunirse con su chica. El fresco nocturno le obligó a subirse la cremallera de la cazadora hasta el cuello y la humedad del firme le llevó a conducir a una velocidad prudencial. No como le gustaba a él, al límite, apurando las trazadas  y tumbando la moto en las curvas. Cinco minutos más tarde ya se encontraba a las puertas del bar de Manuel.

            El ambiente en el exterior del bar hacía presuponer al chico que Sonia había tenido abundante trabajo esa noche. Una decena de paisanos, combinados en mano, dialogaban fuera. Entró sin apenas hacer caso, aunque sus oídos sí captaron una conversación acerca de una nueva matanza de ganado ovino cometida por los lobos. Se lo contaría a su padre al día siguiente para que continuara alerta. Los lobos se habían convertido en el peor enemigo de los ganaderos. Y más ese año en el que su padre no había acabado con varios de ellos de certeros disparos.

Ya dentro, se encontró a su preciosa Sonia tras la barra. Vestía una camiseta de manga corta ceñida que destacaba su bella y juvenil figura. Llevaba el pelo suelto, como más le gustaba a él, pues le enamoraba verla moviendo la cabeza aireando su cabello como una ola. Sonia, al ver que Marquitos entraba en el local, embelleció aún más su rostro con una sonrisa de bienvenida.

Junto a ella, Roberto Arroyo, el gerente del bar, limpiaba el mostrador con un trapo húmedo. Al tiempo charlaba amigablemente sobre si, este año sí, el Real Madrid le arrebataría el dominio del fútbol español al Fútbol Club Barcelona.

Marquitos se colocó al fondo de la barra. En su esquina, de la que no se separaría hasta que el jefe de Sonia le diera permiso para marcharse. Roberto Arroyo era, en opinión de Sonia, un buen jefe. Atento, preocupado por que ella estuviese a gusto en su puesto de trabajo e, incluso, interesado por el día a día de la comarca. Sonia y Marquitos estaban encantados con que ella tuviera como encargado a un hombre en el que se unían el respeto por la montaña en la que vivía desde hacía unos meses con una visión más abierta del mundo que la de los paisanos de la comarca. Eso suponía que, por ejemplo, Roberto aceptara no ser él quien llevara a Sonia a Riaño tras finalizar el trabajo, tal y como le había pedido su padre, sino que permitiera, bajo secreto, que fuera Marquitos quien hiciera de chófer de la joven. Si Julio Méndez se enteraba seguro que montaría en cólera, pues Marquitos no era santo de su devoción. Pero Roberto Arroyo prometió que no abriría la boca siempre y cuando no bebiera alcohol antes de coger la moto.

Sonia se acercó a Marquitos y éste agarró su mano con dulzura. Pero no se besaron. En público no. Era una norma no escrita sabida por los habitantes de la montaña. Las muestras de amor y afecto había que guardarlas para la intimidad. Si no querían que luego los vecinos sacaran cantares de la pareja, era mejor mantener la discreción como base de su comportamiento.

¿Mucho trabajo? preguntó Marquitos con su mano sobre la de Sonia.

Ya ves. Sin parar. No sé cuantas raciones han pedido hoy, pero un montón. Además, los que están fuera han venido de cenar en Burón y, al ritmo que van, parece que se van a beber un botella cada uno.

Dejó la conversación para atender a dos clientes recién llegados y Marquitos rebuscó alguna revista con la que pasar el rato.

La realidad era que Marquitos siempre se aburría en el bar de Manuel. Bebía Coca Colas o cervezas sin alcohol, leía la revista comarcal de Riaño o publicaciones de coches y dialogaba con Sonia el escaso período de tiempo que la clientela se lo permitía. El resto lo pasaba mirando a los distintos clientes que pasaban por el bar, cenaban unas raciones de chorizo, cecina o salchichón, o se tomaban unos vinos y se largaban. Alguno de sus paisanos le encargaba que diera recuerdos a su padre y, como mucho, iniciaba con ellos una conversación sobre ganado, meteorología o fútbol. 

Sin embargo, Marquitos ahí estaba. Como siempre. Al pie del cañón hasta que Sonia terminara su turno. Algunas noches ocurría a las doce y otras no terminaba hasta la una y media. Dependía de la cantidad de bebedores que aparecieran. Esa velada, temió Marquitos resignado, apuntaba a ser larga.

Cuando se acercaba la media noche, David Raballeda, el geógrafo llegado de Madrid, apareció por la puerta acompañado de otro joven treintañero. A primera vista se apreciaba que ambos iban cargados de alcohol por las risas histriónicas y excesivas que acompañaron su entrada triunfal.

¡Guapa, dos gin tonics! grito David.

¿Otro? preguntó su acompañante. Ya voy cargadito. Mejor paro un poco.

No seas moñas, Raúl soltó-. Anda pon dos, preciosa. No le hagas caso a mi amigo.

Guapa. Preciosa. Los dos halagos del recién llegado alertaron el instinto celoso de Marquitos, que depositó su cerveza sin alcohol sobre la barra.

Los dos amigos alardearon sin intimidad alguna del prolífico día que habían tenido. Comida en Villafrea, partida de mus en Riaño, unas cervezas con dos chicas de Lario con las que habían quedado más tarde en Riaño y después una cena opípara en Liegos acompañada de varias copas. Los rostros de los demás clientes del bar mostraban la molestia que les suponían las vociferaciones de los dos hombres. El dueño, por su parte, levantó los hombros dando a entender que poco podía hacer ante los dos energúmenos.

Carita guapa, pon otros dos dijo David cuando no habían pasado ni diez minutos desde su entrada.

Marquitos estaba a punto de reventar. La mano agarraba el botellín de cerveza sin alcohol con rabia y miraba al hombre que tenía a seis metros con los ojos enrojecidos. ¿Quién se creía ese gilipollas para hablar así a su chica? No era la primera vez que se lo encontraba en el bar. Y siempre importunaba a su novia con piropos que enervaban a Marquitos. Sonia, consciente del estado alterado de su novio, boqueó la palabra “tranquilo” sin llegar a decirla. Ella estaba más acostumbrada que él a impertinentes como el que tenía delante y, a pesar de contar con diecisiete años, sabía torearles desde su parcela de la barra. 

El otro joven denegó la invitación al segundo combinado alegando que todavía le quedaba medio gin tonic en el vaso.

Deja, Sonia, ya le pongo yo dijo el camarero. Si quieres, recoge los vasos de afuera y luego te marchas.

¡Eh, amigo! Le he pedido a ella que me ponga la copa. ¿Por qué te crees que hemos venido a este tugurio? Para que nos sirva la tía más buena de la montaña— dijo jocosamente.

¡Mejor si te vas a ver a tu madre! ¿No?

Silencio sepulcral en el interior del bar de Manuel. Las miradas de los presentes se dirigieron a Marquitos, que acababa de estallar. Entre ellas las de Sonia, congelada ante la brusca intervención de su amor.

¿Qué has dicho?

La semana que viene, las páginas 191-200. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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