EL MONTARAZ Páginas 171-180

Éstas son las páginas 171-180 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 171-180

Cazurro prosiguió con su adiestramiento teórico.

—Lucero, jamás le digas a tus hombres dónde vais a atacar ni cuándo, hasta que estéis a punto. Si eres su jefe tienen que confiar en ti. Si no, mejor que le dejes el puesto a otro. Y vosotros, ni mú a nadie. Ni amigos, ni mujeres ni la madre que las parió. No sabéis quién os puede dar una puñalada por la espalda. ¿A que no?

—No confiéis ni en vuestra puta madre— sumó Asturiano bruscamente con su marcado acento del norte.

Tras la lección, Lucero sacó una botella de vino y varios vasos. Sirvió una ronda y pidió un brindis por las futuras andanzas de su partida. Todos bebieron de un trago, incluido El Montaraz, que no quería mostrarse débil ante sus compañeros de mesa. Cuando Cazurro posó el vaso, miró al hule de la mesa y dijo:

—Bonifacio, sirve un poco más de vino.

Los componentes de la nueva cuadrilla se miraron los unos a los otros con extrañeza.

—¿Qué has dicho? — preguntó Andrés, ya recuperado del susto.

—Nada. Estaba pensando en otra cosa. Anda, echa un poco de vino.

Los reunidos, salvo Asturiano, se quedaron sorprendidos por la reacción de Cazurro. A pesar de ello, iniciaron un diálogo, cada vez más encendido, sobre el acoso que sufrían los contrarios al régimen. Cazurro hacía que escuchaba, pero tenía la cabeza muy alejada de la cocina. Hasta que se levantó y pidió a El Montaraz y a Lucero que se levantaran y salieran de la cocina con él.

—Quiero ver los documentos— exigió a Lucero.

—Claro. Ahora mismo.

—Te espero arriba.

Cazurro y El Montaraz ascendieron hasta el desván y esperaron la llegada del dueño de la casa. Cuando apareció, lo hizo con una carpeta de cartón bajo el brazo.

—Aquí tienes. Son de lo mejor que te puedes encontrar. Las ha hecho…

—No quiero saber quién las ha hecho. Sólo necesito que sean creíbles. De lo contrario, el responsable eres tú.

—Te doy mi palabra. El que se las ha trabajado lleva haciendo falsificaciones toda la vida. Y todavía no han pillado ninguna.

—Que vosotros sepáis.

—Eh… Bueno, sí.

—Vale. Déjanos solos.

Cuando Lucero hubo salido, Cazurro abrió la carpeta y sacó los papeles. Eran documentos que ratificaban su pertenencia a la Falange Española Tradicionalista y de las Jons. Tras visionarlos con detalle, Cazurro solicitó a El Montaraz que se acercara a verlos.

—Éste es el tuyo— destacó apuntando al que tenía su fotografía—. Apréndetelo de memoria. El nombre, apellidos, lugar y fecha de nacimiento. Todo. Cuando se lo tengas que enseñar a alguien, simula tranquilidad. Pero sin exagerar. Cuando un agente te pide la documentación, siempre se le tiene miedo. Así que no estés ni demasiado nervioso y ni demasiado seguro. Cualquiera de las dos actitudes les puede hacer sospechar.

“Ni demasiado nervioso ni demasiado seguro. ¿Y eso cómo se hace?” se cuestionó El Montaraz. Pero no tuvo valor para compartir sus dudas con Cazurro. Sin embargo, si realizó la pregunta que realmente le inquietaba. 

—¿Dónde voy a ir? Cuando nos separemos, no sé qué hacer hasta septiembre. Había pensado que…— dudó en terminar la frase—… si a ti te parece bien, podría…

—¿Venir conmigo?

—Sí— respondió El Montaraz agachando la mirada.

—No te preocupes. Claro que te vendrás conmigo. Te prometí que, en memoria de tu hermano, cuidaría de ti. Y eso voy a hacer.

El Montaraz respiró aliviado. La duda que le corroía desde el momento que Cazurro anunció la disolución temporal de la partida, finalmente era resuelta. Y con la respuesta que más le satisfacía. Mantenerse junto al jefe le aportaba una dosis de calma fundamental en una vida, la del guerrillero, en la que la tranquilidad escaseaba. Además Cazurro le había prometido que encontraría la manera de que se volviera a unir con su querida Teresita. Si se alejaba de él, esa posibilidad se desvanecería.

—¿Adónde vamos a ir? — preguntó más calmado.

—Eso lo sabrás a su tiempo. Ahora, mejor que te acuestes. Mañana nos iremos pronto. Yo voy abajo a ver si me deshago de esos pesados y descansamos todos unas horas.

Cazurro salió de la habitación y dejó a El Montaraz a solas con su nueva identidad. José María Guzmán, natural del pueblo de Mansilla de las Mulas, de diecinueve años. Dos más que su edad real. Pero, supuso El Montaraz, la barba, el viento, el frío y el sol que habían envejecido su rostro ayudarían a que aparentara los años escritos en el documento. El Montaraz se quitó la ropa y, con la muda como única vestimenta, se tumbó sobre el colchón. Como hacía calor pensó que no necesitaba poner ninguna manta por encima. Sí agarró, por el contrario, el zurrón. Lo abrió y tuvo la tentación de escribir en su cuaderno las novedades a las que le invitaba su vida con la nueva identidad. Pero prefirió dejarlo para la mañana siguiente. Colocó el zurrón junto a su cuerpo y se durmió abrazado a él. Como cuando era un niño y dormía abarcando con sus brazos a un perro de trapo, uno de los pocos regalos de cumpleaños que recibió a lo largo de su vida y que lo había elaborado con sus propias manos su abuela Marina.

Cuando Cazurro entró en la cocina, los miembros de la futura partida de maquis se estaban levantando.

—¿Qué? ¿Hace entonces un par de vinos en el bar del pueblo? — dijo el más pesado de ellos, un hombre de escasa altura pero con una envergadura considerable.

La pregunta iba dirigida a Asturiano. Éste miró a Cazurro para pedir su aprobación.

—No creo que sea buena idea que te vean en el pueblo.

—Tranquilo, Cazurro. El bar es del primo de éste— dijo Lucero señalando al hombre con sobrepeso.

—Conmigo no contéis— zanjó el jefe miliciano.

Asturiano se acercó a su jefe con cautela. Él sí tenía unas ganas enormes de salir de la casa en la que habían estado atrapados desde su llegada. Y, sobre todo, de saborear el ambiente de un bar, con sus vinos y cervezas, sus orujos, el aroma del tabaco y el agradable sonido de las voces de personas desconocidas que entablaban conversaciones aleatorias sobre temas distintos que cambiaban sin orden alguno. 

—Coño, que solo es un ratín— suplicó Asturiano.

—Mañana marchamos pronto— susurró Cazurro pretendiendo que nadie lo supiera.

—Tampoco necesito dormir tanto. Ya he dormido estos días para media vida.

Cazurro deseaba ordenar sin réplica alguna que subiera al desván y se olvidara de salir de la casa con ese grupo que le aportaba una confianza nula. Pero sabía que Asturiano necesitaba de esos paréntesis de asueto y ocio que se limitaban a sentarse en un bar, beber unos tragos y dialogar acompañado de un cigarrillo entre los dedos. En los últimos meses esos momentos habían brillado por su ausencia, por lo que, para el guerrillero, eran todavía más anhelados.

—Está bien. Eres mayorcito. Tú verás lo que haces. Pero no vengas tarde.

—Tranquilo, hombre. Un par de horas y vuelta.

Asturiano salió de la casa con la partida de Lucero al completo, incluido el propio jefe. Su inclusión dio una migaja de tranquilidad a Cazurro, que esperaba que los mozos no tuvieran la osadía de cometer ninguna estupidez delante de un maquis experimentado como Asturiano y del futuro líder de la partida.

Subió las escaleras y entró en el desván. Allí se encontró a El Montaraz, dormido con el zurrón entre sus brazos. Agarró una manta y la colocó encima de su cuerpo. Después se tumbó e intentó conciliar sueño con rapidez. Para ello solía recurrir a pensar en prados amplios y verdes sin segar. Se imaginaba a sí mismo de pie frente a uno de ellos con su guadaña agarrada por ambos manos. Le relajaba recordar la sensación de sentir el pasto recién segado tocando sus piernas. Y la reiterada acción de guiar la guadaña de derecha a izquierda para arrancar la hierba a la altura del suelo. En ocasiones no necesitaba más de diez minutos con esa evocación en su cabeza para dormirse. Esa noche fue una de ellas.

Dos horas después Cazurro y El Montaraz se despertaron sobresaltados por unos sonidos llegados del exterior.

—¿Han sido disparos? — preguntó El Montaraz asustado.

—¡Claro que han sido disparos!— respondió y miró al catre de Asturiano, que se encontraba vacío—. ¡Vístete!

Ambos se vistieron con premura. Tanta que El Montaraz estuvo a punto de dejarse su zurrón encima de la cama. Pero no, finalmente se hizo con él y se lo colgó al cuello. Cazurro le lanzó un subfusil y él se hizo con otro y con cuatro cargadores. Bajaron  las escaleras a saltos y llegaron hasta la puerta. Los disparos continuaban en el exterior. Cazurro abrió la puerta con cuidado y salió. Entonces se percató de que el sonido de los tiros procedía del medio del pueblo. Arropados por la penumbra nocturna corrieron hasta el punto del conflicto sin saber qué había sucedido, pero con temor a que Asturiano estuviera involucrado.

El motivo de los disparos se originó unos minutos antes en el bar de Salientes. La futura partida de Lucero, junto con Asturiano, se encontraba dentro, sentada alrededor de una mesa del fondo. Bebían orujo y vino, salvo Asturiano, que pidió una botella de su anhelada sidra. El guerrillero estaba embelesado con la fisonomía de la camarera del bar, una mujer de unos treinta y cinco años con una delantera considerable y con unas curvas que provocaban en Asturiano la fantasía de lanzarse a por ellas y agarrarlas con fuerza. Absorto en ese lascivo pensamiento, no se percibió que dos hombres trajeados acababan de entrar en el bar. Se sentaron en dos taburetes de la barra y pidieron cerveza. La taberna, que hasta entonces había sido un barullo de voces de la quincena de hombres que lo ocupaban, enmudeció. Fue en ese momento cuando Asturiano apartó la mirada de la voluptuosa camarera y la fijó en los recién llegados.

—Mira, dos hijoputas. Son matones del gobernador general— susurró el paisano sentado a su lado—. Ya se las verán con nosotros, ya.

—Tranquilo, chico. Tranquilo— aconsejó Asturiano con el mismo bajo tono de voz.

Los dos hombres apoyados en la barra miraron a los presentes y uno de ellos, con bigote poblado, soltó una carcajada.

—Vaya, parece que la gente en este bar se ha vuelto muda— dijo con evidente desprecio.

—Para lo que tienen que decir, mejor que se callen— agregó el segundo—. Anda, pon una ronda para que se alegren un poco— ordenó a la camarera.

Ésta miró a los clientes con desconfianza.

—¿No has oído? ¡Que les pongas una ronda, coooño!

—¿La vais a pagar vosotros?

El hombre con bigote posó su vaso lentamente.

—¿Has oído lo que te ha dicho? No le estarás llamando gorrón a mi amigo, ¿verdad? — inquirió al tiempo que agarró la mano a la camarera.

La mujer se asustó e intentó soltar la mano que asía la suya con fuerza.

—Déjala, que la vas a hacer daño.

Las palabras provenían de la mesa en la que estaba sentado Asturiano. Éste miró con enojada sorpresa al hombre que había abierto la boca. Era el mismo que le había convencido de llevarlo hasta el bar.

—¿Qué has dicho?

Lucero se adelantó a la respuesta del hombre corpulento.

—Nada, hombre, no ha dicho nada. Pero no hace falta que nos invi…

—A ti no te he preguntado— dijo el hombre sin bigotes—. Tú, qué has dicho.

El proyecto de maquis regordete reculó ante las miradas inquisitivas de los sicarios.

—Eh…, nada. No he dicho nada.

Los dos hombres se acercaron a la mesa de los seis.

—Así que no has dicho nada. Vaya, entonces me estás llamando mentiroso. Porque yo sí he oído algo.

—Mejor tengamos la fiesta en paz— señaló Lucero—. Ha sido un malentendido.

—¡Te he dicho que te calles, idiota! — soltó el bigotudo—. A ver, vuestra documentación. Encima de la mesa. ¡Ahora mismo!

Asturiano cerró los ojos y maldijo para sus adentros encontrarse en esa comprometida situación. “¿Quién me ha mandado estar aquí con estos imbéciles?”, se dijo. Después metió la mano derecha en su pantalón y buscó la pistola. La agarró y rogó no tener que sacarla.

—Os he dicho que saquéis la documentación o vais directos al cuartelillo.

Lucero obedeció en primer lugar. Después otros dos. Y finalmente  Andrés y el más grueso. Los matones miraron los papeles con detenimiento y los lanzaron con desprecio al suelo. Entonces observaron a Asturiano, que intentaba aparentar que buscaba sus documentos en los bolsillos de su ropa.

—¿A ti qué te pasa? — preguntó el hombre sin bigote.

—No sé, creo que me las he dejado en la pensión. Si quiere, voy a buscarlo ahora mismo.

—De eso nada. Tú donde vienes ahora es al cuartel, con nosotros. Venga, levanta, que lo vas a pasar bien. Y el bocazas, también.

Los dos se separaron un paso de la mesa y esperaron. Asturiano miró a sus compañeros de mesa con rabia contenida. Ya había quitado el seguro a su pistola y estaba preparado para hacerla hablar. Tenía a dos enemigos frente a él y calibró a quién debía disparar primero. “Al de bigotes”, se dijo.

En ese momento uno de los futuros maquis en torno a la mesa, de pelo rubio y delgado como un fideo, se levantó con rapidez hacia el trajeado sin bigote y le clavó una navaja de punta francesa en el estómago.

—¡Toma, hijoputa!

 El hombre cayó al suelo y entonces las miradas se centraron en el de bigotes. Éste dio tres pasos hacia atrás y metió la mano en su cazadora. En el mismo instante en que sacaba su pistola recibió un disparo en el hombro derecho. A pesar de ello pudo disparar y su descarga fue a parar a un cuadro de Salientes colgado en la pared. Asturiano disparó de nuevo y, en esta ocasión, acertó en la cabeza. Los presentes en el bar se lanzaron al suelo. 

—¡Me cago en la puta! ¿Qué habéis hecho, locos?— gritó Asturiano—. ¡Rápido, largo de aquí!

Empujó a los que habían sido sus compañeros de mesa y les obligó a salir del bar. Lo que desconocían era que fuera se encontraban cuatro guardias civiles que ejercían la función de escoltas y chóferes de los sicarios y que salieron de sus coches en cuanto oyeron los tiros.

Los dos primeros hombres en salir del bar fueron acribillados con la primera ráfaga exterior. Sus cuerpos cayeron muertos ipso facto. El tercero, Lucero, reculó cuando se encontraba en la puerta, pero recibió un tiro en la cadera al intentar cerrar la puerta. Asturiano le agarró con una mano y con la otra disparó al exterior.

—¡Cierra, cierra, joder! — gritó— ¿Hay otra salida? — preguntó en alto.

La camarera señaló al fondo del bar, donde se encontraba una ventana que daba a la parte trasera de la taberna.

Cazurro y El Montaraz llegaron en el momento en que cuatro guardias civiles tiroteaban sin escrúpulos al edificio que tenían frente a ellos. Se colocaron en la esquina, protegidos por las sombras.

—¡Quédate aquí! Y dispara cuando yo lo haga— mandó Cazurro.

Corrió a la otra esquina, desde la que tenía a los agentes de espaldas, y comenzó a disparar. El Montaraz, esta vez sí, siguió a rajatabla las órdenes de su jefe y abrió fuego.

El agente civil más cercano a la puerta del bar se derrumbó en el suelo y comenzó a gritar. Los otros tres apuntaron a los dos puntos desde donde venían las balas y desplegaron un vendaval de disparos que obligó a El Montaraz a tirarse al suelo.

El sonido ininterrumpido del tiroteo impidió escuchar la llegada de un camión justo detrás de Cazurro. Hasta que tres balazos impactaron en la pared, a pocos centímetros del jefe de partida, éste se giró y tuvo el vehículo a menos de diez metros. Disparó al cristal del camión y se lanzó al interior de una cuadra.

Dentro del bar, Asturiano y los otros dos supervivientes ayudaban a Lucero a salir por la ventana. Uno de ellos ya estaba fuera y tiraba de él. Asturiano y el otro lo alzaban con esfuerzo.

—Venga, ayuda, que queda poco.

Miró a la cara de Lucero y sus ojos evidenciaron que ya no quedaba vida en ellos. El disparo en la cadera había sido mortal.

—Déjalo. Está muerto.

—¡No!

—¡Que lo dejes, hostias!

Posó el cuerpo de Lucero en el suelo y ordenó al muchacho que saltara al exterior. Después lo haría él. Pero miró hacia atrás y vio cómo el tiroteo procedente de la parte delantera ya no iba dirigido hacia el bar. En ese momento pensó en sus compañeros de partida. Supuso que habrían corrido en su auxilio en cuanto oyeron las primeras descargas de metralleta. Agachado y caminando entre los lugareños que permanecían tumbados en el suelo, llegó hasta la puerta. Allí divisó cómo tres hombres disparaban hacia la parte derecha del edificio. Y cómo otros disparos se dirigían a una cuadra frente al local. Recargó su arma y salió del bar por la puerta con cuidado de no ser descubierto. Superó los dos cadáveres que yacían en el suelo y se incorporó. Apuntó con su pistola, disparó y acertó en la espalda de uno de los guardias civiles, el que tenía más cerca. El que se encontraba a su lado se giró, pero no tuvo tiempo de reacción. Dos disparos fulminantes en cabeza y pecho le tumbaron para siempre. El tercero sí pudo disparar. Lanzó una ráfaga y acertó en el cuerpo del miliciano, que cayó con el cuerpo encogido. El guardia civil se acercó con rapidez para rematar a Asturiano. Pero en el momento de volver a apretar el gatillo recibió cuatro disparos por la espalda. Provenían del arma de El Montaraz. Se había incorporado y, cuando vio cómo su compañero hundía su cuerpo en el suelo, se lanzó con furia a por el hombre que lo había derribado.

El Montaraz se arrodilló, agarró de la cabeza a Asturiano y se asustó al ver la gran cantidad de sangre que manaba de su cuerpo.

—Déjame— ordenó Asturiano balbuceando—. Ayuda a Cazurro.

—¡No! ¡Levanta!

—¡Que me dejes, coño!— respondió el maquis empujando el brazo del muchacho—. Ayuda a tu jefe.

Fueron sus últimas palabras. Después murió en brazos del guerrillero adolescente.

El Montaraz, cargado con más rabia y  adrenalina que la que jamás podría haber pensado que pudiera acaparar su cuerpo, se levantó, se giró hacia la furgoneta aparcada y comenzó a disparar sin escrúpulos.

Sus enemigos tuvieron que esconderse tras las ruedas. Entonces el subfusil de El Montaraz soltó su última bala. El chico continuó apretando el gatillo, pero los proyectiles habían desaparecido. Corrió hacia uno de los guardias civiles muertos y agarró su arma. En ese mismo instante escuchó tras de sí un bombazo. Se giró y vio arder el camión y a dos hombres uniformados que salían corriendo entre llamas. También salió, pero de una ventana lateral del cobertizo, Cazurro. Dos militares apostados tras la rueda delantera izquierda comenzaron a dispararle, pero se detuvieron cuando fueron ellos quienes recibieron el ataque de El Montaraz.

Cazurro corrió hasta protegerse tras uno de los vehículos oficiales. Entonces fue cuando vio el cuerpo de Asturiano.

—¡Hijos de perra!

Lanzó la segunda granada que le quedaba y echó a correr hacia el puesto de El Montaraz, protegido tras el otro coche. La granada explotó entre el camión y la cuadra.

—¡Venga, vamos!— ordenó Cazurro, que agarró el brazo de El Montaraz.

—¡Asturiano, está… está!

—Ya lo sé. Está muerto. No podemos hacer nada.

Cazurro inició una carrera de espaldas al tiempo que disparaba hacia el establo desde el que había saltado y cuya pared se había convertido en un colador. El Montaraz imitó su gesto. Así impidieron que los militares que permanecían vivos tuvieran la posibilidad de responder con sus armas. Cuando se hallaban a cincuenta metros de sus enemigos, giraron hacia la izquierda, les perdieron de vista y corrieron con toda la velocidad que sus piernas y sus corazones les permitían. Segundos después ya se hallaban entre árboles, protegidos de la visión de sus enemigos, alejados del núcleo urbano de Salientes. Aún así, en la oscuridad de la noche montañesa, no detuvieron su huida hasta que los primeros rayos del sol impactaron en sus cuerpos. Entonces supieron que se encontraban a salvo. No como Asturiano, el primer compañero maquis que El Montaraz había visto morir. Sentado sobre una roca, tratando de coger aire, tuvo un barrunto. Asturiano no iba a ser el único camarada que viera caer en combate. Y tenía que estar preparado para soportarlo.

La semana que viene, las páginas 181-190. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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