EL MONTARAZ Páginas 161-170

      Hola a todas y todos Y !!!!!!FELIZ NAVIDAD!!!!!

Como mañana es Navidad, adelanto a hoy martes las páginas 161-170, de “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

       Páginas 161-170 

       Faustino no recibió respuesta. Con cuidado, miró al rostro de Teresita y comprobó que sus ojos se habían cerrado y que dormía plácidamente. Se hizo con la ropa de ambos, tirada al lado de los sacos, y tapó los dos cuerpos con ella. Después cerró los ojos y se durmió ensoñando los lugares que acababa de imaginar.

       Se despertó tres horas después. Continuaba abrazado a Teresita. Pero algo había cambiado en él. Las fantasiosas expectativas que había expuesto antes de dormir se convirtieron en fatales augurios de sufrimiento. El descanso le había permitido recapacitar y, ya despierto, intentó calibrar con más frialdad las posibilidades de éxito de la pareja. ¿A quién quería engañar? Faustino no tenía ni la menor idea de qué hacer a partir de ese día. Qué camino coger, cómo ganarse el pan cada día. No digamos ya, cómo salir de España sin resultar detenidos en el intento.

       Y si las negativas predicciones que acechaban su cabeza se convertían en realidad, ¿qué iba a ser de ellos? A él lo detendrían y lo matarían, como hicieron con su familia. Y a Teresita también. Tal vaticinio siniestro le provocó un sudor frío que le obligó a levantarse.

       Teresita continuaba con su sueño plácido. Y él, de pie, desnudo frente a ella, sintió un sufrimiento ascendente provocado por su negativa imaginación, que le estaba trasladando a un panorama en el que Teresita sufriría el mismo final fatídico que él.

       “No te puedo hacer eso, mi amor. No puedo. No dejaré que te pase nada malo. Eres mi mujer y no lo voy a permitir”. Acercó su cabeza a la de Teresita. “Espero que me perdones, mi amor”.

       Faustino, con esmero cuidado de no despertar a Teresita, recogió su ropa y se vistió. En el momento en que se colocó el zurrón, pensó que no podía huir con la noche como cómplice sin que ella supiera qué había sido de él cuando se despertara. Se acercó a la vela, sacó el cuaderno que le había regalado Don Esteban y un lapicero nuevo. Se sentó al lado de la luz y abrió el cuaderno. Llenó los pulmones de aire y los expulsó con una pena que a punto de estuvo de convertirse en suspiro. Miró a Teresita, que dormitaba ignorante de las intenciones de Faustino, y comenzó la escritura más sufrida de su vida.

               Amor mío,

       Cuando te despiertes me habré ido y estaré muy lejos. No te asustes, cariño. Ni tengas miedo. Me voy con los maquis. Pero volveré a por ti. Te lo juro por lo que más quiero en el mundo, que eres tú.

                Pero no te puedo llevar. Por el momento. Es demasiado arriesgado que los dos huyamos solos. Cazurro tiene razón. Pueden detenernos. Y me moriría si te pasara algo.

 

            En ese momento una lágrima densa cayó del rostro de Faustino directamente a la hoja. El muchacho se pasó la manga de la camisa por los ojos y continuó. No podía detenerse. Si lo hacía, quizás no fuera capaz de terminar la carta.

                Volveré a por ti. Créeme. Es lo único en lo que voy a pensar cada segundo de mi vida. Y no tengas miedo por mí. No voy a permitir que me pase nada porque nada en el mundo impedirá que vuelva a tenerte en mis brazos. Eres mi esposa, mi amante, mi razón de vivir. Te quiero, amor mío. Y volveré para llevarte en brazos a conocer mundo.

                  Espérame. Una noche tocaré  tu ventana, tú me abrazarás y juntos huiremos a un mundo mejor para los dos. No sufras, porque yo ya sufro por los dos. No quiero alejarme de ti, lo sabes. Pero tengo que hacerlo si quiero que pasemos juntos el resto de nuestras vidas. 

                 No te enfades conmigo, por favor. Lo hago por los dos, por nuestro amor. Somos jóvenes y nos queda toda una vida por delante. Sólo ten paciencia porque volveré. Hasta entonces, pensaré en la noche en que me casé e hice el amor con la chica más maravillosa del mundo. Mi esposa. Tú, Teresita.

                 Te quiero con todas mis fuerzas.

                  Hasta pronto, vida mía.

         Faustino volvió a secarse los ojos, inundados de lágrimas de tristeza y dolor. Arrancó la hoja del cuaderno y la colocó en su lado de la cama hecha con sacos. Después tuvo el impulso de besar a Teresita en los labios. Pero podía despertarla. Y Faustino no podría decirle a la cara las palabras que había escrito. Sería incapaz ante los seguros lloros de su amor.

         —Te quiero. Siempre— susurró a sus oídos.

        Teresita no contestó. Pero Faustino apreció cómo sus labios se tornaban en una sonrisa cariñosa. Con el corazón roto de pena se incorporó y se acercó a la ventana. Una vez abierta con sumo cuidado, colocó un pie en la repisa. Después el segundo. Fue en ese momento en el que vio por última vez el cuerpo desnudo y dormido de su amor.

         —Volveré. Te lo juro.

         Faustino saltó desde la ventana hasta el suelo y echó a correr amparado por la escasa luz de la noche que agonizaba. No volvió a mirar hacia atrás. Era demasiado duro. Corrió como un animal salvaje que huye sin descansar. Y en el trayecto hasta encontrarse con Cazurro lloró. A cada salto, a cada respiración, a cada mirada a los lados, lloró como jamás había sollozado. Se estaba alejando de lo que más quería en el mundo y tenía un miedo atroz a no volver a verla.

                                  *         *         *

       —Tranquilo, rapaz. La volverás a ver— soltó Cazurro de sopetón tumbado en su colchón del desván de Salientes.

       —¿Cómo?

       —Tu novia. Bueno, tu mujer. Estás pensando en ella, ¿a que sí? La volverás a ver.

       Cazurro había acertado de pleno al imaginar en quién pensaba El Montaraz en ese momento. El chico estaba tumbado boca arriba con los ojos abiertos.

       —¿Seguro que la volveré a ver?

       —Seguro. Te dí mi palabra. Y yo cumplo. Pero ten paciencia. Ya veremos cómo nos las arreglamos para sacaros del país. Ahora descansa, que no siempre tenemos la suerte de dormir bajo techo.

       El trío guerrillero se despertó con el sol ya activo hacía horas. Era la primera vez en meses que habían descansado sobre suelo blando y sus cuerpos curtidos sobre piedra, hierba y tierra lo agradecieron con un sueño profundo que ni tan siquiera les permitió soñar con sus fantasmas e ilusiones cotidianas. Cuando se despertaron, bajaron a la cocina, donde se encontraba Lucero hirviendo un cazo de leche.

       —¡Vaya! Ya pensaba que no ibais a levantaros. Venga, a desayunar. Luego os podéis asear.

       El desayuno consistió en tazones de leche con pan duro y magdalenas. Asturiano lo acompañó de un vaso de anís. Después Lucero calentó agua en dos grandes pucheros para que se asearan. El primero en hacerlo fue El Montaraz. Era el que más lo necesitaba, pues precisaba estar limpio para que Lucero le hiciera una fotografía con una cámara Ensing Selfix 320  que había conseguido uno de los futuros maquis que iban a formar parte de su partida.

        Los dos días siguientes a su llegada transcurrieron en su totalidad dentro de la casa de Lucero. Pasaban las horas en el desván y únicamente descendían a la cocina para alimentarse. El resto del día se mantenían tumbados en los colchones o sentados sobre el suelo de madera avistando desde la ventana el horizonte. La aldea estaba rodeada de montañas repletas de vegetación, un paisaje similar al que El Montaraz divisaba desde su casa de Villasinde antes de que ésta ardiera.

        Asturiano dormitaba horas y horas. Su ajado cuerpo quería cobrarse todas las horas de sueño que la vida de miliciano le había robado desde que se echó al monte. El Montaraz y Cazurro guardaban un  silencio que rompían esporádicamente para hablar de detalles del mundo guerrillero que el muchacho todavía desconocía. Aspectos como qué decisiones se deben tomar para realizar una buena emboscada. Cazurro explicaba que, a la hora de planificar una acción, debían tener en cuenta tanto el objetivo como la huida. Varias partidas habían caído al intentar escapar porque no había previsto por dónde podría aparecer el enemigo.

        —Tienes que tener en cuenta que, si huimos, es porque somos menos que ellos. Si no, les seguiríamos dando matarile. Así que, si se escapa, se escapa. Nada de creerte que podemos dar media vuelta para volver a atacar. Nosotros vivimos del factor sorpresa. Cuando no lo tenemos, estamos perdidos. No lo olvides. Golpeo y huida. Golpeo y huida. Así, quizás podamos vivir muchos años.

       —¿Y ganar?

       —¿Ganar? ¿A los putos franquistas?

       —Sí.

       —Es difícil. Todo el mundo espera que vengan los ingleses, los americanos o los rusos a salvarnos la vida. Pero no sé yo. Franco tiene a los alemanes y a los italianos de su parte. Ojalá me equivoque, pero no veo a los aliados tomando España para bien de la República.

        —Entonces, ¿es imposible ganar?

       —No he dicho eso. Pero así, pegando tiros en el monte mientras los políticos comunistas y socialistas se esconden en Francia, poco vamos a hacer. Si nos juntáramos todos los enemigos de Franco, tendríamos alguna posibilidad. Pero cada día que pasa creo que es más difícil.

        —¿Porqué?

       —Porque la gente se acostumbra hasta a lo malo cuando ha vivido lo peor. Las batallas y los bombardeos ya han terminado. Así que, cada vez somos menos los que queremos seguir batallando. El resto, por mucho que odien y teman a Franco, prefieren seguir vivos a arriesgarlo todo. La cosa está así de jodida, pero bueno…

       —Y tú, ¿no has pensado nunca huir de España?— preguntó El Montaraz—. Te podrías venir con Teresita y conmigo cuando nos larguemos.

       —¿Yo? ¿Adonde?

       —No sé. A América.

       —Yo nací el León y quiero morir en León. Igual no vuelvo a pisar Ribota, mi pueblo, en toda mi vida. Es lo más probable. Pero no podría estar a miles de kilómetros de mi mujer, que en paz descanse. Cuanto más cerca esté de casa, más fácil tengo que me entierren a su lado.

       —¿Crees que después hay algo?

       —¿Algo?

       —Sí— respondió El Montaraz—. El cielo y el infierno, ya sabes.

       —Si hay algo, seguro que es el cielo— explicó Cazurro—. Porque en el infierno ya estamos. ¿No te parece?

       El Montaraz no supo que contestar ante la reflexión de su jefe. Aunque le apenaba que el hombre que tenía sentado frente a él careciera de expectativas de futuro. No era como él, que sabía cuál era el objetivo de su vida. Reunirse con Teresita y vivir juntos para siempre. Donde fuera. Cazurro no tenía ninguna ilusión. Y a El Montaraz le encogía el corazón que su líder, al que cada día que pasaba admiraba en mayor medida, fuera un hombre vacío de ensueños de futuro.

       La tercera noche que pasaron en Salientes se inició con una cena opípara en la que Lucero se esmeró por ofrecer sus mejores viandas a sus invitados. Alubias con oreja de cerdo y jamón, caldereta de cordero aromatizada con tomillo y orégano, cecina de chivo y, de postre, sequillos. Lucero hubiera querido incluir trucha en el menú, pero Cazurro le rogó que no se arriesgara a que le descubrieran los guardas pescando en el río. No, al menos, hasta que ellos se hubieran alejado de la aldea.

       La cena transcurrió acompañada de una amena conversación dirigida por Lucero. El ganadero y futuro maquis exponía con ímpetu las acciones que su partida pretendía realizar para acabar con los afines al régimen. Robos a acaudalados señores, enfrentamientos a pistola y escopeta con los guardias civiles, quema de iglesias, ajusticiamiento de delatores… Lucero se emocionaba al enumerar las incursiones futuras con las que pretendían “dar por culo a Franco”. Cazurro y Asturiano escuchaban en silencio. Como mucho, asentían cada minuto para no mostrarse descorteses ante su anfitrión. Pero, en realidad, ambos pensaban que el hombre que tenían a su lado era demasiado ignorante como para formar una partida de maquis. Ni que decir, para ser su jefe. Lucero jamás había luchado en un campo de batalla. Ni siquiera se había enfrentado al ejército en alguna escaramuza de montaña. Ni había sentido el sufrimiento de un interrogatorio con puñetazos, alicates en las uñas, el cañón de una pistola dentro de la boca y amenazas de asesinar a familiares como modo de disuasión. Lucero, eso sí, odiaba a Franco como el que más. Pero para los dos maquis experimentados, ese sentimiento, compartido por ellos hasta el límite de ser uno de los pedestales sobre los que se sustentaba su vida, no era suficiente aval como para enfrentarse al enemigo con garantías. Cazurro, mientras degustaba la deliciosa cecina de chivo, auguró para su interior unas posibilidades de éxito ínfimas.

       “Estos pobres caen en el monte a los cuatro días. No saben lo que se les viene encima. Ya se darán cuenta el primer día que tengan que disparar, ya. Alguno seguro que se caga encima. Ya viví yo eso en la guerra. Fanfarrones que gritaban a los cuatro vientos que se morían de ganas de encontrarse con los golpistas para meterles un tiro. Y, al final, cuando de verdad había batalla, alguno se meaba en los pantalones, o echaba por piernas. O peor, se quedaba paralizado sin ser capaz de apretar el gatillo— se dijo, para después reflexionar sobre la realidad de la lucha guerrillera—. Así cómo vamos a ganar algo. Sacrificando a paisanos sin formación ni nada. ¡Manda huevos! Y a los mandamases se las trae floja. Eso es lo peor. Que nosotros nos morimos en las cunetas y en lo ríos y ellos habla que te habla en reuniones clandestinas. Total, ¿para qué?”

       Cazurro proseguía con su negativo análisis de la situación de la guerrilla y de la oposición al régimen franquista cuando unos nudillos golpearon con fuerza la puerta de la casa de Lucero. Silencio absoluto. Asturiano se paralizó con la cuchara a rebosar de caldereta. El Montaraz miró a Cazurro y éste hizo una señal a Lucero para que mirara por la ventana de la cocina. Seguido, levantó la mano con la palma boca arriba, gesto para que sus camaradas se levantaran con tiento. Si se trataba de una patrulla, tenían pocos segundos para ascender hasta el desván y esconderse. O, si venían mal dadas, incluso para hacerse con las armas que habían dejado arriba. En la cocina únicamente portaban una pistola cada uno. El Montaraz, como siempre, dentro del zurrón que se había convertido en una extremidad más de su cuerpo.

       Lucero abrió la contraventana y miró con la cabeza ladeada. Después se giró y se dirigió a sus invitados.

       —Todo en calma. Aquí vienen vuestros papeles— dijo, para alivio de todos, y se dirigió a la puerta.

       Asturiano, de todos modos, no retiró la mano del bolsillo derecho del pantalón, donde llevaba oculta su pistola Astra 400. Y Cazurro había escondido uno de los cuchillos de la mesa bajo la manga del jersey. El único que no había tomado medidas preventivas ante un posible enfrentamiento era El Montaraz. Únicamente mantuvo la mirada fija en la puerta de la cocina.

       Segundo más tarde, Lucero apareció por ella. Pero no lo hizo solo. Una vez dentro, cuatro hombres más hicieron su aparición ante los guerrilleros.

       —¡Qué cojones…!— gritó Cazurro levantándose del escaño.

       —Tranquilo Cazurro, estos son mis hombres. Bueno, falta uno que está acabando de…

       —¿Y que hostias hacen todos estos aquí?— interrogó con evidente enfado.

       —No te alteres, hombre. Que te traen la documentación.

       —¿Y para eso es necesario que vengan todos? No me jodas, Lucero.

       La tensión que Cazurro mostraba en sus palabras alertó aún más a Asturiano. Sacó la pistola del bolsillo y se la colocó encima del pantalón, cubierta por la servilleta. El Montaraz también notó como su corazón había comenzado a palpitar de modo acelerado. Pero su falta de pericia en los momentos de tensión provocó que se quedara inmóvil. Lucero se sentía descolocado. Y los hombres que le flanqueaban, también.

       —No te enfades. Que sólo queríamos conocer al famoso Cazurro. Joder, eres toda una leyenda en la montaña— se justificó un muchacho de poco más de veinte años.

      —¡Manda huevos! ¿Todos estos sabían que estamos en tu casa? — se dirigió a Lucero— ¿No lo sabrán también todos los guardias civiles de la zona y nos están esperando fuera para freírnos a tiros?

       —Cazurro, no nos ofendas. Son la gente de mi partida y son de confianza. Sólo querían conocerte para que les des algún consejo.

       Cazurro resopló. El rostro mantenía el enfado plasmado en sus rígidas facciones. Lo último que deseaba era que una panda de novatos conociera su cara y la de sus dos compañeros. Sabía de sobra que él era uno de los hombres más buscados del maquis leonés. Pero, al menos, contaba con la ventaja de que únicamente unos pocos enlaces sabían de quién se trataba. Ahora un grupo de ilusos podría delatarle al minuto de ser torturados.

       —Así que queréis que os dé unos consejos. Está bien. Lo primero, no se os ocurra, en la vida, volver a hacer lo que habéis hecho. Venir todos juntos a una casa. ¿Se os ha pasado por la cabeza que cualquier vecino podría olerse algo y delataros?— preguntó sin esperar respuesta—. No quiero saber vuestros nombres. Ni vosotros tendríais que saber quien soy yo. Como os cojan vais a cantar hasta los pelos que tengo en la cabeza.

       —¡De eso nada! — respondió ofendido un hombre de piel morena y pelo negro como el carbón, de cerca de treinta años.

       —¿Ah, no?

       Cazurro se acercó al hombre y se colocó frente a él.

       —¿Y si te colocan un cuchillo en el cuello?

       Con la velocidad de un depredador, agarró del brazo al hombre que tenía frente a él, giró su cuerpo y colocó a la altura de su cuello el cuchillo que tenía escondido en la manga.

       —¿Cómo te llamas?

       —Eh,…

       —¡Que cómo te llamas! — dijo a su oído mientras acariciaba el cuello con el arma afilada.

       Sus compañeros se mantuvieron inmóviles ante el arrebato de violencia de Cazurro.

       —Andrés.

       —¿Andrés qué? ¡Habla o te rajo!

       —Andrés Santana.

       Cazurro apartó el cuchillo del gaznate y dio dos pasos hacia atrás.

       —¿Veis? Ni le he pinchado y ya me ha dicho su nombre. ¿Qué no dirá cuando de verdad le den una paliza?

       Tiró el arma a la mesa y se sentó. Entonces se hizo un silencio incómodo en la cocina. Cazurro agarró un trozo de cecina y se lo metió en la boca.

       —Perdona, Cazurro. No pensamos que…

      —Pues pensad. Pensad lo que hacéis antes de jugaros vuestra vida y la de los demás— interrumpió el maquis.

       Mordió la carne, miró al vaso de vino, observó el reflejo de su cara en él y movió la cabeza expresando negatividad. Los recién llegados proseguían de pie en la cocina.

       Se merecían una paliza cada uno. Para que espabilaran. Y Lucero doble por haberlos llevado a casa. De eso no le cabía la menor duda. Pero, al tiempo, también iban a convertirse en camaradas de monte, fatigas y armas. Por ello les ordenó que cogieran una silla y se sentaran. También indicó a Asturiano que subiera a la segunda planta para cerciorarse de que no había nadie vigilando desde el exterior.

       —Perdona por el susto— solicitó al hombre al que había amenazado con el cuchillo y que todavía mantenía la palidez en su piel—. Pero es para que os deis cuenta de dónde os metéis. Esto no es un juego. Una vez que os echéis al monte, va en serio.

       Después comenzó una lección rápida de cómo debe comportarse, mejor dicho, de cómo no debe comportarse un luchador maquis. No debía hacer saber su nombre verdadero a nadie salvo por fuerza mayor. Tampoco debía saber la verdadera identidad de sus camaradas, pues nada les garantizaba que no los delataría ante un interrogatorio de sangre y dolor. No podían moverse por los caminos y veredas habituales. Siempre monte a través. Y alejarse de los puentes, vigilados con asiduidad por el enemigo. A la hora de batallar, no debían mantener un enfrentamiento más tiempo que el estrictamente necesario, un par de minutos a lo sumo. Cuanto más durase el tiroteo, más riesgo correrían de que llegaran refuerzos por parte del bando contrario. Porque, eso lo debían tener grabado a fuego, ellos sí que no tendrían ayudas. Jamás se encontrarían con unas balas amigas que acabaran con el oponente.

       Asturiano entró a la cocina en mitad de la exposición de su jefe.

       —Todo tranquilo. No hay espías fuera.

       La semana que viene, las páginas 171-180. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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