EL MONTARAZ Páginas 151- 160

       Como cada miércoles, aquí os dejo diez páginas, ya vamos por las 151-160, de mi novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

       Páginas 151-160 

       Después jamás volvió a mentar el cuaderno. Ni tampoco le pidió lo que realmente anhelaba. Que El Montaraz le enseñara a escribir. Sabía leer lo justo, aunque su mujer no tuvo tiempo de enseñarle a escribir “como Dios manda”. La Guerra Civil y la muerte se lo impidieron. Pero le daba vergüenza que el miembro más joven de su partida se convirtiera en su maestro. Un rapaz que intentaba ocultar su juventud tras unos pocos pelos de la cara y que había sido incapaz de disparar en la emboscada. Sí, Manazas no era el único que sabía del bloqueo sufrido por El Montaraz. Él mismo, en el momento en que vio la disposición del hombre que, se suponía, había sido la primera víctima del muchacho, supo que él no había realizado los disparos. Pero lo mantendría en secreto. Porque Cazurro confiaba en El Montaraz. Era el hermano de El Marqués. Y El hermano de El Marqués, tarde o temprano, saldría del cascarón y se mostraría como el gran guerrero que había sido Ildefonso. Tan sólo tenía que darle tiempo.

       Cazurro se sirvió una taza de café hervido ya en varias ocasiones y pidió a los compañeros que se sentaran a su lado.

       —La cosa se va a poner jodida, ya lo sabéis— inició—. No van a parar hasta que nos cojan. El golpe ha sido muy grande y van a buscar venganza. Por ello vamos a tener que desaparecer por una temporada.

       —¿Desaparecer? ¿Adonde?— preguntó Aguilucho antes de dar una calada al cigarrillo recién liado.

       —Ya casi es junio. En cuatro días empieza la siega. Además, ahora el monte se va a llenar de pastores. Podemos pasar por ellos durante una temporada. Si se os ocurre otra tapadera, no me opongo. O si queréis alejaros de León un par de meses. Yo pienso recuperar la partida después del verano. Me gustaría que fuera con vosotros. Si es que queréis que siga como jefe de la partida.

       Manazas se levantó y no dudo en mostrar su preocupación.

       —¡No me jodas, Cazurro! Claro que queremos que sigas de jefe de la partida— dijo a modo de portavoz del resto—. Pero lo de desaparecer, no lo veo tan claro.

       —Ni yo— se sumó Asturiano.

       —Para eso necesitábamos las armas.

       —Sí, como que con ellas vamos a pasar más desapercibidos— agregó Bolchevique.

       Su tono de voz quisquilloso molestó a Cazurro. Pero prefirió no entrar en polémicas baldías con Bolchevique. Ya tendrían tiempo de aclarar una serie de aspectos que tenían pendientes. Y, si tras la conversación no le quedaba claro el liderazgo de la partida, le expulsaría de ésta sin dudarlo.

       —No. Gracias a las armas vamos a conseguir documentación falsa— aseguró—. ¿Aún mantenéis las fotos que os pedí que guardarais?

       Todos salvo El Montaraz contestaron afirmativamente. Cazurro les pidió las instantáneas y se las guardó. Entonces desveló el plan al grupo.

       Las armas robadas a los guardias civiles eran para una nueva partida que pretendía formar media docena de mozos de Salientes, al norte de León y lindando con Asturias, hartos de la prepotencia y los abusos de los nacionales. Cazurro había pactado con el que iba a ser su líder que les haría llegar el arsenal a cambio de que él le consiguiera documentación falsa para su partida y algo de dinero. Los dos hombres habían llegado a ese acuerdo hacía un mes, cuando Cazurro se ausentó del grupo varios días y se reunió con el futuro jefe de partida. La operación de intercambio la realizaría él mismo acompañado de dos hombres más.

       —Quiero que Asturiano y Montaraz vengan conmigo— dijo, para sorpresa de todos.

       Principalmente de Manazas, su hombre de confianza. Cazurro argumentó que prefería que se quedara al mando del trío restante hasta su llegada con la documentación y el dinero.

       Una vez logrados los papeles, el grupo se disgregaría hasta después del verano. Ese era el plan de Cazurro, que esperó la reacción de sus camaradas. El primero en intervenir fue Manazas.

       —No sé, amigo. Si tú lo ves así, cuenta conmigo.

       —Y conmigo, con una condición— agregó Aguilucho—. Júrame que volverás a formar la partida. Prefiero morir luchando en el monte antes de que, cualquier día, descubran quién soy y me maten como a un perro.

       —Te lo juro por la memoria de mi mujer.

       —Entonces estoy contigo.

       —Yo también, qué coño— se sumó Asturiano.

       Intervino El Montaraz, intranquilo por la nueva situación que se planteaba en el horizonte.

       —Ya sabes que yo estoy con lo que digas— reconoció—. Pero, ¿dónde me voy a esconder? No tengo a nadie. Ni conozco a gente, como vosotros.

       —Por eso no te preocupes. Déjalo de mi parte— respondió Cazurro de un modo tranquilizador.

       Bolchevique se levantó y comenzó a aplaudir.

       —Muy bonito, sí señor. Muy bonito. Este verano nuestros camaradas van a estar dejándose la piel por liberar a España de los fascistas mientras nosotros nos ponemos morenos cuidando ovejas. De puta madre ¿Pero qué te pasa, Cazurro? ¿Es que has dejado de creer en la causa? Porque si es así, no creo que quiera tener un jefe como tú al mando.

       Cazurro se incorporó. Se hizo un silencio tenso e incómodo que pareció detener el tiempo entre los presentes. Al menos lo suficiente para que Cazurro reflexionara sobre la pregunta a modo de acusación que le acababa de lanzar Bolchevique. Qué si había dejado de creer en la causa. “¿En qué causa?”, se preguntó a sí mismo. ¿En la republicana? Cazurro, cuando todavía era Sebastián García, no creía ni en la república ni en la monarquía ni en nada relacionado con la política. Sólo creía en las personas que le rodeaban. Su mujer, su familia, sus amistades en Ribota, su pueblo natal. Creía en el trabajo como modo honrado de vida. Creía en ir de frente con la verdad por delante y en defender lo que era suyo sin querer apropiarse de lo del de al lado. Y cuando todo aquello en lo que creía le fue arrebatado de un modo cruel tampoco fue la ideología republicana la que le llevó a echarse al monte a combatir contra las tropas franquistas. Fueron la supervivencia, por una parte, y el deseo de sumarse a una razón por la que vivir. Esa razón fue convertirse en maquis y guerrillear hasta lograr una victoria que sabía imposible o hasta que una bala le diera el descanso eterno que, en realidad, no temía.

       —Si eso es lo que piensas— indicó Cazurro— lo mejor es que dejes esta partida. Estoy seguro de que en otras estimarán mejor que yo tu valía y tu ansia por matar franquistas.

       —¿Eso es todo lo que tienes que decir?

       —Sí.

       —Entonces dicho está. Cuando vuelvas, yo ya me habré ido. Para siempre— zanjó Bolchevique.

       Se alejó de sus compañeros y pegó una patada a un guijarro que salió disparado. Asturiano hizo el amago de levantarse para ir en su busca, pero Manazas le detuvo.

       —Déjalo. Lo dicho, dicho está. Ya lo has oído.

                                              *         *         *

       Cazurro, Asturiano y Montaraz llegaron a Salientes dos días después de separarse de sus compañeros. Bolchevique no se acercó a ellos para despedirse. Aguilucho y Manazas sí, éste último con un sincero abrazo a Cazurro y una advertencia.

       —Ten cuidado. No te fíes de nadie, joder.

       —Tú tampoco. Y recuerda el nombre que te dije.

       —Lo sé. Bonifacio.

       —Eso es. Bonifacio— resaltó Cazurro.

       El trío, petates al hombro, esperó a que anocheciera para internarse en el pueblo. Cazurro señaló a sus camaradas la cuadra en la que se debía encontrar su contacto. Por fortuna para ellos se hallaba en las afueras del pueblo. Mientras esperaban sentados en un peñascal desde donde divisaba la totalidad del pueblo, El Montaraz realizó una pregunta que llevaba bastante tiempo en su cabeza.

       —Manazas es muy buen amigo tuyo, ¿verdad?

       —El mejor compañero que se puede tener en el monte.

       —Entonces sabrás porqué se le puso el nombre de Manazas. Porque tampoco tiene las manos más grandes del mundo.

       —¿No te parecen grandes? — preguntó Cazurro.

       —No como para merecer ese nombre.

       —Y tú sí te mereces el de Montaraz, ¿verdad?

       El chico agachó la cabeza a modo de humillación. Asturiano, abstraído de la conversación hasta ese momento, intervino.

       —Está bien. ¿Tú como le llamarías?

       No respondió. Cazurro notó el daño que había causado a su ya debilitado ego y quiso resarcirse.

       —Venga, contéstale, hombre. Seguro que alguien tan culto como tú tiene algún nombre mejor para Manazas.

       —Bueno, con el vozarrón que tiene…— respondió tímidamente—…y la mala leche…, no sé. Algo así como Oso. O Jabalí.

       —¡Jabalí! ¡Muy bueno!— dijo Asturiano con una carcajada como acompañamiento—. Díselo a él cuando le veas. Pero quiero estar yo delante cuando lo hagas.

       —Jamás. Con lo mal que le caigo, seguro que me suelta un puñetazo.

       Cazurro aseguró que no le caía mal. Que simplemente Manazas tenía un carácter brusco que, en realidad, era un escudo para ocultar un hecho oscuro de su vida. El Montaraz quiso saber de qué se trataba, pero Cazurro se negó a proseguir.

       —Cuando te lo merezcas, lo sabrás. Yo mismo te lo contaré. Entonces entenderás el porqué del nombre de mi amigo— prometió—. Y ahora, a lo nuestro.

       Agarraron sus petates y se aproximaron a Salientes, aldea perteneciente al municipio de Palacios del Sil, a paso lento y agachados. Con el arsenal que llevaban a sus espaldas lo último que deseaban era que algún vecino les descubriera entrando en una cuadra del pueblo.

       Un hombre sentado en un taburete agarraba una cuerna metálica con sus muslos y ordeñaba una vaca con sus agrietadas manos. Otras cuatro reses esperaban su turno a su lado y movían sus colas intentando, en vano, apartar a decenas de molestas moscas. Enfrente, en unos comederos de paja, una docena de gallinas se esforzaban por regalar un huevo a su amo. A su lado, cinco conejos masticaban obsesivamente hojas de lechuga. Y, al fondo, un cerdo dormía plácidamente después de haber recibido su ración de cebo. Cazurro miró la estampa desde una ventana y se cercioró de que nadie acompañaba al ganadero. Hizo un gesto a sus compañeros para que se acercaran y los tres entraron con premura en la cuadra. El ganadero se giró con rapidez y se llevó un gran susto al ver a los tres hombres.

       —Tranquilo, Lucero. Soy yo— dijo Cazurro mientras cerraba la puerta del establo.

       —¿Cazurro? ¿Eres tú? — respondió—. No puede ser. ¡Pero si estabas muerto!

       Lucero se incorporó de inmediato y se lanzó a un efusivo abrazo.

       —¡Coño! Pues ya me lo podrían haber dicho y así no me metía esta paliza— añadió Cazurro con sorna— ¿A qué viene esa bobada?

       —Es lo que andan diciendo por ahí. Que los verdes te habían matado en una emboscada hace una semana.

       —¡Hay que ser hijos de perra! Bueno, ya ves que no es verdad. ¿Qué? ¿Qué hacemos con todo esto?— Mostró parte del arsenal que cargaba—.Las sigues queriendo, supongo.

       —¡Tanto como ver muerto a Franco!

       Lucero, de nombre Emiliano, invitó a los guerrilleros al interior de la casa. Ya dentro, a salvo de las miradas de los paisanos, comprobó la cantidad de armas que habían transportado los tres maquis. Cuatro pistolas Star 1902, tres subfusiles Volmer con cargadores de cuarenta balas, cinco carabinas Tigre y varios centenares de balas.

       —¡Cojonudo! Con esto vamos a dar guerra. Por mis muertos.

       —Ahora toca tu parte— indicó Cazurro—. La documentación.

       —Ningún problema. En tres días la tienes. ¿Has traído las fotos?

       —De todos menos el chico. ¿Lo puedes arreglar?

       —Déjalo en mis manos, rapaz. Mañana te hacemos una fotografía y nos ponemos con los papeles de todos. Ahora vamos a cenar. Tendréis hambre, ¿no?

       —Como que igual me como uno de los conejos que tienes en la cuadra. Con piel y todo— respondió Asturiano marcando el acento de su tierra.

       Queso de cabra curado, huevos cocidos, panceta y vino. Ese fue el menú que degustaron los maquis con Lucero. El hombre, de unos treinta años, vivía solo en la casa familiar.

       —Cazurro me ha dicho que vais a montar una partida— soltó Asturiano tras tragar un pedazo de pan duro—. ¿Vas a llevarla tú?

        —Así es. Mi madre murió hace medio año. Hasta entonces no me he metido en peleas porque tenía que cuidarla. Pero ahora ya no tengo ninguna carga. Y estoy hasta los cojones de lo que nos están haciendo.

       Lucero detalló los abusos sufridos en la comarca por los franquistas desde la victoria del Frente Nacional. Asesinatos a sangre fría escondidos tras la Ley de Fugas, expropiaciones de terrenos a simpatizantes republicanos, acoso a vecinos para que delataran a quienes ellos querían encarcelar o apropiación de ganado y alimentos eran algunos de los ejemplos que  detalló durante la cena. Pero que, a partir de ahora, les iban a dar “pal pelo” él y los seis mozos de la zona que pretendían formar la partida. No tenían miedo a morir. No señor, juró. Pero si lo hacían, antes iban a acribillar a militares, guardias civiles, curas, chivatos y todo lo que hiciera falta para hacer una limpieza del valle.

        Sus invitados a la mesa escucharon con atención el emocionado monólogo del anfitrión. El Montaraz, que no había abierto la boca más que para engullir las viandas, con una triste reflexión. Que, fuera donde fuera, diera igual el escondite recóndito de España, escucharía historias similares. De muerte, opresión y dolor del perdedor de una guerra que él ni tan siquiera sabía muy bien ni cómo ni porqué se había originado. No tenía más que trece años cuando los antirrepublicanos lanzaron el Golpe de Estado de julio de mil novecientos treinta y seis y en su casa jamás se habló de ello delante de él.

       Cazurro, por su parte, sentía como si una nube gris se hubiera posado encima de la cabeza de los comensales. No era la primera ocasión que le sucedía. Significaba que su intuición le alertaba de un futuro oscuro. En este caso, para el hombre que tenía frente a él, excitado por “echarse al monte” a matar franquistas. Pensó que no era problema suyo, pero que Lucero debería comportarse con menos ímpetu y más frialdad en la montaña si no quería pasar a engordar enseguida la lista de cadáveres del movimiento maquis.

       “Pobre hombre. No sabe dónde se mete. Y sus camaradas seguro que tampoco o no le pondrían a guiar la partida. Debería avisarles antes de que sea tarde. Bueno, ¡qué hostias! Cada uno es mayorcito para decidir lo que quiere hacer con su vida. Solo espero que no se le acabe la ilusión a los cuatro días. Si es que viven esos cuatro días”.

       Tras la cena, Lucero indicó dónde iban a dormir las tres noches. En el ático de la casa. Subió tres colchones viejos, varias mantas y un orinal para no tener que salir de la casa si tenían que hacer sus necesidades. Cuando se quedaron  a solas, Asturiano miró al colchón como si de una joya se tratara. Hacía meses que no dormía en un suelo blando.

       —A mí no me despertéis hasta que tengamos que volver, cago en tó. Que hay que aprovechar los lujos cuando haylos.

       Se quitó los zapatos, la cazadora y los pantalones y se tumbó sobre el colchón de lana. No tardó ni medio minuto en que su ronquido ratificara que se hallaba en el mundo de Morfeo.

       El Montaraz y Cazurro, por el contrario, no conciliaron el sueño con tanta facilidad. Cazurro reflexionaba sobre si había sido buena idea trasladar las armas a un líder que le inspiraba tan poca confianza.

       El Montaraz, por su parte, rememoró la noche de bodas que vivió con su amada Teresita. El escenario había sido una buhardilla parecida a esa. Pero con la diferencia de que en la que se encontraba en ese momento estaba vacía y la de su noche de bodas estaba llena de sacos de pienso y aparejos de labranza.

        Ya hacía más de dos meses de aquella noche, la del ocho de abril de mil novecientos cuarenta, la más emocionante, romántica y triste que había vivido jamás. Pero sabía que, pasaran días, meses o años, siempre podría rememorar cada segundo como si lo estuviera reviviendo.

                              *         *         *

       Faustino Romeral y Teresita Sopeña acababan de casarse en la iglesia de  Villasinde. Se habían dicho el “sí quiero” ante el Padre Julián y Cazurro. Después, el maquis le había advertido de los riesgos que iban a correr si él y Teresita intentaban huir por su cuenta y le había rogado que volviera con la partida.

       Cuando Faustino y Teresita abandonaron la iglesia, el adolescente leonés masticaba en sus adentros la conversación mantenida con Cazurro. Pero optó por apartarla de su mente. Era su noche de bodas y deseaba pasarla abrazada a su amor sin  pensar en más que en ellos dos. El día siguiente, reflexionó, ya resolvería qué decisión tomar. Si huir con su recién estrenada esposa, lo que deseaba más que nada en el mundo, o volver a echarse al monte, tal y como le había pedido Cazurro.

       La pareja, amparada por la oscuridad nocturna, corrió por el pueblo hasta llegar a la casa del médico, Don Ernesto. Sabían que se encontraba vacía, pues el doctor se hallaba en la aldea de su madre cuidando de ella.

       Escalaron por la pared utilizando las piedras como soporte para ascender. Cuando llegaron al desván, Faustino abrió un viejo ventanal y ayudó a Teresita a entrar. Extrajo del bolsillo una vela que había sustraído en la iglesia y la encendió. Después tapó la ventana con una lona para que nadie advirtiera su presencia desde el exterior.

       Allí estaban los dos. Marido y mujer. Entre horcas, guadañas, rastros y sacos de pienso apostados por todo el espacio. Únicamente quedaba un hueco vacío de enseres al fondo del desván. Faustino tumbó varios sacos a modo de catre y colocó una manta sobre ellos. Esa iba a ser la cama de su noche de bodas.

       Mientras Faustino preparaba el nido nupcial, Teresita se mantenía de pie, paralizada  e incapaz de abrir la boca. Faustino agarró de su mano y, con delicadeza, tiró de ella hasta llevarla a los pies de la cama improvisada. Una vez allí, Faustino se colocó frente a ella y miró a sus ojos. Tardaron varios segundos hasta que Teresita subiera la mirada y se encontrara con la de su amado. Sus labios comenzaron a temblar y una lágrima solitaria salió de sus ojos.

       —¿Estás bien? — preguntó Faustino contrariado.

       —Sí.

       —Entonces, ¿qué ocurre?

       —Que… que te quiero.

       Teresita lloró y se lanzó a los brazos de Faustino.

       —Yo también te quiero. Más que a nada en el mundo.

       Se miraron y Teresita comprobó, sorprendida, que Faustino tenía los ojos enrojecidos. La emoción estaba a punto de provocarle una lágrima como la que acababa de crear un surco en el rostro de Teresita. La muchacha sonrió con ternura, se tumbó encima de la manta y agarró la mano de Faustino. Él la acompañó y, por primera vez en su vida, se encontraron los dos amantes tumbados uno frente al otro.

       Se besaron con dulzura juvenil. Después, iluminados únicamente por la llama de la vela, Teresita comenzó a despojarse de su ropa. Con lentitud y vergüenza ante el primer hombre que iba a ver su cuerpo desnudo. Faustino, lleno de amor y excitación, correspondió con su progresiva desnudez. Al tiempo que fijaba sus ojos en el cuerpo de su amada.

       Los besos, dulces al inicio, pasaron a convertirse en apasionados. Las manos de uno y otra comenzaron a recorrer sus cuerpos con torpeza e indecisión. Eran como exploradores que, por primera vez, caminan por una tierra bella y desconocida y que temen dar un paso en falso que rompa la magia del paraíso.

       Faustino se tumbó encima de Teresita y la virginidad de ambos muchachos pasó a ser historia. Con dosis iguales de desmaña, cariño y dolor para ella. Con susurrantes “te quiero” de ambos, sorprendidos de las sensaciones de sus cuerpos ante la primera vez que hacían el amor. Se contraían, se juntaban hasta llegar a convertir dos cuerpos en uno, se besaban con ímpetu para, después, separar sus cabezas, detener sus movimientos y mirarse fijamente.

       Abrázame, amor mío— suplicó Teresita tumbada de espaldas a Faustino cuando terminaron de hacer el amor.

       Faustino colocó su mano izquierda en la tripa de Teresita y la derecha acarició su pelo moreno Después escuchó un sollozo de la chica a la que abrazaba.

       —Tengo miedo— susurró ella.

       “Como yo”, pensó él.

       —No tengas miedo. Vamos a salir adelante.

       —¿Me lo prometes?

       —Te lo prometo.

       —Cuéntame, amor mío. Cuéntame cómo va a ser nuestra vida. Dime lo felices que vamos a ser siempre juntos— rogó la muchacha.

       —Vamos a ser los más felices del mundo. Vamos a conocer tantos países que, cuando seamos mayores, no vamos a poder contar en cuantos lugares hemos estado.  Vamos a viajar en barco. Y en tren. Hasta vamos a volar. ¿Sabes que hay unos aparatos que son como globos gigantescos con motor y en los que puedes volar miles de kilómetros? Se llaman dirigibles. Y tú y yo vamos a volar en uno de esos dirigibles. Y vamos a tener tres hijos. No, cuatro. Dos niños y dos niñas. Van a ser tan guapos como tú. La mayor se va a llamar Teresita. Pero no vamos a vivir en ningún país más de un año. Cuando nos hartemos, cogeremos nuestras maletas y viajaremos a otro país. ¿Sabes? Quiero conocer China. Allí hay una muralla gigantesca de miles de kilómetros. Y la vamos a caminar entera. Ah, y la India. En la India hay unos hombres que duermen sobre puntas afiladas y no se las clavaban. Pero nosotros dormiremos en camas enormes y cada mañana te traeré flores frescas para que las huelas. Y cuando vayamos a África veremos a un montón de hombres y mujeres negros que no llevan casi nada de ropa. Pero allí debemos tener cuidado. He leído que algunos son caníbales que se comen a las personas. A nosotros nadie nos va a comer. Sólo yo te voy a comer. A besos. Todas las noches. Y tú a mí. Porque vamos a ser tan felices que olvidaremos todo lo malo que hemos vivido. ¿Dónde más quieres que te lleve, amor mío?

       La semana que viene, las páginas 161-170. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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