EL MONTARAZ Páginas 141- 150

       Como cada miércoles, aquí os dejo diez páginas, ya vamos por las 141-150, de mi novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 141-150

      

       Terminó la explicación e interrogó si había alguna duda en la partida. Primero se hizo el silencio, roto después por Bolchevique.

       —Sí, mi duda es si me voy a cargar a un jodido franquista, a dos, a tres o a todos.

       —Eh, deja alguno para los demás— respondió Asturiano.

       —Ándate con prisa, no te jode.

      Los miembros de la partida descargaron sus nervios discutiendo de modo absurdo sobre la cantidad de enemigos que iba a abatir cada uno. Cazurro callaba, sabedor de que no era más que la terapia previa imprescindible para intentar trivializar una acción tan traumática como era la de acabar con la vida de otras personas. Porque, en realidad, la mayoría de los miembros de la partida renegaban para sus adentros de los muertos que cargaban a sus espaldas. Salvo Bolchevique, quien realmente sentía placer al matar a un nacional y lo había demostrado en más de una ocasión.

       Terminada la reunión, Cazurro ordenó que iniciaran la marcha hasta el punto de la emboscada. Antes escondieron tres petates bajo unos matorrales y los otros tres los vaciaron para cargar en ellos las armas que esperaban requisar. En ese momento Cazurro apartó a El Montaraz del grupo.

       —Toma. Es para ti— dijo entregándole un subfusil Volmer con cargador de cincuenta balas.

       —Pero…

       —No querrás atacar con una pistolita. Poco íbamos a hacer, ¿no crees?

       —Ya, pero…— el chico se detuvo con vergüenza—…pero es que no sé cómo se usa.

       —No te preocupes. En el momento indicado yo le quito el seguro y sólo tienes que apretar el gatillo. Eso sí, pégate bien la metralleta al cuerpo para que aciertes mejor.

       —No sé yo si…

       —No tienes que saber nada, Montaraz. Eres un maquis y como tal te vas a comportar. Y punto— zanjó Cazurro con palpable seriedad— ¡Venga, compañeros, andando!

       La partida de Cazurro, en silencio y en fila india, inició el camino hacia la curva que, en pocas horas, vería la muerte de varios hombres. De qué bando, dependería de la pericia de los guerrilleros republicanos y la rapidez de reacción de los guardias civiles. Pero el futuro era inescrutable. Cuando la noche impregnara de negrura la montaña, las balas ya se habrían llevado las vidas de varios combatientes.

                                                *         *         *

       El sol abrasaba la hierba, todavía sin segar. Ni tan siquiera una nube extraviada aparecía en el cielo para regalar unos segundos de tregua. Tampoco el viento quería apaciguar el calor tórrido y pegajoso que envolvía a la comarca de Gordón. La temperatura era tan alta que incluso los pájaros rechazaban volar en busca de tábanos y escondían sus plumas en las sombras de los árboles. Y las vacas lecheras preferían sestear a la orilla de los regueros antes que devorar la ardiente hierba de las praderas. Únicamente los grillos, incansables cantarines del campo, agradecían al sol que achicharrara sus diminutos esqueletos.

       La partida de Cazurro sufría el sofocante calor tumbada en el suelo, apostada a la orilla del camino. Manazas y Bolchevique al final de la curva y Cazurro, Aguilucho y El Montaraz cuando la carretera todavía no había roto su rectitud. Asturiano se encontraba en un alto. Era el vigía encargado de alertar de la llegada del convoy. Pero ya habían pasado casi dos horas y éste no llegaba.

       —Me meo, me cago en la puta— dijo Bolchevique cabeza abajo.

       —De aquí no te muevas. No me jodas.

       —Coño, pero que no me aguanto.

       —Pues sácatela aquí mismo. Pero apunta para otro lado.

       En el grupo zaguero la espera también se hacía interminable. Pero cada uno veía pasar el tiempo con una trascendencia diferente. Cazurro mostraba una seriedad y una concentración tal que a El Montaraz le parecía que estaba al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Desde el movimiento de un saltamontes a cien metros hasta el sonido de los ratones tierra adentro. Aguilucho, por el contrario, ya había bostezado en cuatro ocasiones, tapándose la boca, eso sí, para no hacer ningún ruido. Y El Montaraz no podía evitar que la pierna derecha temblara de modo obsesivo.

       —Tranquilo chaval, que todo va a salir bien— susurró Aguilucho al tiempo que metía la mano en su cazadora—. Toma, métele un trago.

       Ofreció su botella de orujo al chico.

       —Venga, bebe. Te vendrá bien para soltarte.

       El Montaraz obedeció y echó un trago que le supo a rayos. Después retiró las gotas de sudor que querían entrar en sus ojos.

       Ya habían pasado las siete de la tarde y Cazurro temió que el enlace se hubiera equivocado y le hubiera transmitido una información errónea. Maldijo esa posibilidad, pues aunque en su interior sentía el mismo miedo que el resto de la partida, sabía que acciones como la emboscada planeada levantaban la moral de sus hombres. Y eso era casi tan importante como estar bien alimentados.

       En ese mismo instante escuchó el canto de un gorrión. Tocó con la mano a Aguilucho y esperó. El cántico del pájaro se repitió. Era la señal de Asturiano, gran imitador de los sonidos de la fauna cantábrica, de que el convoy llegaba a su cita.

       —Es el momento, amigo. Morir o matar— dijo Aguilucho a El Montaraz.

       Segundos después, tal y como habían previsto, la camioneta y el camión llegaron a la altura del primer grupo. Los guerrilleros se mantuvieron agachados a su paso. Primero, de la camioneta, una Fiat Balilla Van, conocida popularmente como “El pigmeo”. Cazurro, con la cabeza ladeada, quiso ver cuántos guardias civiles iban en ella. Pero le fue imposible. La lona estaba bajada. Después era el turno del camión, un ZIS-5 ruso con capacidad para tres toneladas de peso, que rodaba veinte metros por detrás. En ese momento Cazurro y Aguilucho se levantaron. El Montaraz intentó seguirles pero se resbaló al intentar alzarse.

       Los izados lanzaron la primera ráfaga a la parte trasera del camión. El Montaraz pudo incorporarse tras ellos, pero al intentar disparar recibió una descarga desde el interior que a punto estuvo de acertar en su cuerpo. Entonces Aguilucho se acercó a la lona del camión y disparó moviendo el fusil ametrallador de izquierda a derecha para abarcar todo el interior. Cazurro corrió hacia el piloto y vació el cargador de su fusil  sin contemplaciones. Tres disparos se incrustaron en su cuerpo.

       —Montaraz, el copiloto. ¡Ve por él!— gritó Aguilucho.

       Para entonces ya habían explotado tres granadas de mano marca Lafitte en la cabina del vehículo delantero. Nada más lanzarlas, el trío inició una descarga masiva sobre la parte trasera de la camioneta. Bolchevique se acercó corriendo y disparó durante varios segundos al interior para, después, tirarse al suelo.

       —¡El copiloto, joder!— repitió Aguilucho.

       El Montaraz, agachado, rodeó el camión y se colocó en el lateral derecho. Las manos le temblaban de pánico y tenía la vista fijada en la puerta. Cuando se  acercaba, con su espalda pegada al vehículo, la puerta se abrió y un guardia civil saltó con rapidez al camino.

       En el mismo instante en que el oficial de la Benemérita posó pie en tierra, miró a su derecha. Al lugar en que se encontraba El Montaraz apuntando con su subfusil. El guardia se quedó paralizado a la espera de unos disparos que acabaran con su vida. Pero, tras dos segundos, estos no se produjeron. Entonces, agarró su arma y apuntó al chico que tenía frente a él.

       Ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta,ta.

       El guarda civil cayó de bruces contra el suelo. Detrás se encontraba Manazas con su arma ardiendo tras la ráfaga soltada. Miró a El Montaraz y ladeó la cabeza con semblante de enfado.

       —¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego! — gritó Cazurro.

       La partida obedeció y se hizo el silencio después de medio minuto de disparos indiscriminados. Entonces los combatientes pudieron comprobar la imagen general del campo de batalla. La cabina de la camioneta delantera ardía y los cuerpos inertes de los dos ocupantes se quemaban despidiendo un olor ingrato. En la parte trasera, cuatro guardias muertos a balazos. Sus cuerpos se encontraban desparramados en el suelo de la camioneta, con manchas de sangre hasta el techo. También había otro hombre muerto en tierra. Era el único que había podido salir de su vehículo y que estuvo a punto de acabar con El Montaraz. El conductor del camión posaba su cabeza ensangrentada en el volante. Y en la parte trasera, tal y como había avanzado Cazurro, dos hombres más habían recibido suficientes disparos como para abatir a una compañía.

       —¡Rápido! ¡Las armas!— ordenó Cazurro, que fue el primero en introducirse en el remolque del camión.

       Le siguieron Manazas y Asturiano. Mientras, Bolchevique, Aguilucho y El Montaraz divisaban la carretera alertas ante la llegada de refuerzos.

       —¡Les hemos dado bien pal pelo ¿eh?! ¡Hijos de puta!— gritó Bolchevique con rabia—. Pena que no quede ni uno vivo para pasarlo a cuchillo, me cago en su alma.

       Los ojos de Bolchevique desprendían un odio visceral y demostraban que, en efecto, hubiera acuchillado a cualquier superviviente y hubiera disfrutado con la ejecución. El Montaraz sintió aún más miedo del que ya llenaba su cuerpo, se apartó de él y prefirió mantenerse al lado de Aguilucho, que miraba al frente sin pestañear su único ojo.

       Dos minutos después salieron los hombres del camión. Llevaban los macutos cargados de balas, armas, dinamita y granadas de mano. Además, cada uno portaba tres fusiles Mauser Gewher alemanes colgados de sus hombros. Cazurro ordenó la huida. Entonces Aguilucho, que no había apartado la mirada del camino que se dirigía a Paradilla alertó de la llegada de un  vehículo militar a lo lejos.

       —¡Que vengan, coño! ¡Que vengan! ¡Que os vamos a dar matarile, cabrones! — gritó Bolchevique.

       —De eso nada. ¡Todos a replegarse!

       —¡No me jodas, Cazurro! ¡Con todo esto los freímos como a mochuelos!— replicó Bolchevique señalando las armas.

       Cazurro dirigió una mirada amenazante a su compañero.

       —¡Bolchevique, he dicho que nos vamos, coño!

       El guerrillero retó con la mirada a su jefe durante varios segundos.

       —¡Haz caso! Ha dicho que nos vamos y nos vamos— rogó Asturiano con el temor a que se produjera un enfrentamiento entre camaradas.

       Bolchevique masculló  algo inaudible para el resto y se colocó al lado de Manazas. Él y los otros dos porteadores de las armas lanzaron una granada cada uno al interior del camión e iniciaron la carrera, escoltados por el trío de tiradores que continuamente miraba y apuntaba con sus armas hacia atrás.

       La explosión del ZIS-5 ruso cargado de armas y explosivos retumbó en las rocas de todo el valle con una fuerza atroz. Incluso los componentes de la partida se asustaron con la deflagración, que provocó un enorme boquete en la carretera.

                                       *         *         *

       Las horas siguientes a la emboscada fueron físicamente las más duras en la joven vida de El Montaraz. Desde el mismo momento en que comenzaron la carrera hasta que se detuvieron por primera vez para coger resuello pasaron siete horas. Las dos primeras, hasta que la noche les protegió de la vista de la veintena de militares que habían iniciado una obsesiva persecución, fueron especialmente tensas. La partida, lastrada por el peso de las armas, llegó a tener menos de cien metros de ventaja sobre sus perseguidores. De hecho, potenciales presas y cazadores llegaron a escuchar el sonido de las pisadas de los otros sobre la hierba y las ramas secas de la montaña. De haber atravesado algún descampado, sin duda, hubieran hablado las armas. Pero Cazurro, sabedor de la inferioridad numérica de su grupo, optó por no salir de montes poblados de árboles, arbustos y escobas que escondieran sus cuerpos de la visión de los militares.

       El peligro se redujo con la llegada de la noche. “Bendita noche”, pensó toda la partida. A partir de ese momento la ventaja numérica de los soldados franquistas no tenía tanta relevancia. Porque la experiencia de los maquis les había demostrado que los soldados se movían en el monte y de noche de un modo mucho más torpe que ellos. De hecho, estaba seguro de que ya aventajaban a sus perseguidores en, por lo menos, un cuarto de hora. Pero no era suficiente.

       Decidió alterar la estrategia del escape. Preveía que les quedaban pocas horas de fuerza para poder huir al mismo ritmo con los sacos cargados de rifles, explosivos, ametralladoras y balas.

       Detuvo a su partida cuando llevaban cuatro horas con la luna en cuarto creciente como única referencia lumínica.

       —Shhh, Venid, ¡todos!

       Los hombres se agacharon al lado del jefe del grupo.

       —Vamos a volver por donde hemos venido— dijo con las manos apoyadas en las rodillas para intentar recuperar fuerzas—. Luego cambiaremos de rumbo.

       —¿Estás loco?— preguntó Aguilucho temiendo que el agotamiento de Cazurro, similar al suyo, hubiera nublado su lógica castrense—. Seguro que son un batallón. Nos van a freír.

       —De eso nada. Manazas, prepara una trampa rápida. Y asegúrate de que piquen. Aguilucho, acompáñale. Y, si puedes, suelta unos tiros, aunque sea al aire. Que se caguen de miedo. Después rodeadles sin que os vean y nos encontramos en el risco que hemos dejado antes a la derecha.

       Manazas, hombre confianza de Cazurro, asintió con convencimiento. Cazurro ordenó que El Montaraz se hiciera cargo del petate y los rifles que cargaba y preguntó a Manazas qué necesitaba.

       —Tres granadas, una antitanque, y cable largo y fino.

       —Dáselo— ordenó a Bolchevique.

       —Espera— intervino Aguilucho, al que el sudor le llegaba hasta el parche del ojo para entrar en la cuenca, lo que le provocaba un gran malestar—. Quiero eso— Señalaba a una de las armas largas que cargaba Cazurro—. Lleva mi nombre.

       Un fusil de francotirador Mosin Nagan, con cargador de cinco cartuchos, accionado por sistema de cerrojo y que se caracterizaba por su exactitud, resistencia a los golpes, el agua y el frío y facilidad de manejo. Un sueño de arma para un hombre tan ciego de un ojo como con mirada de ave rapaz por el otro.

       —Todo tuyo— respondió Cazurro con una sonrisa—. Pero no hace falta que te cebes. Sólo quiero que caigan en la trampa y se acojonen con unos tiros. Y, sobre todo, quiero que volváis los dos.

       —Tranquilo, que nosotros les vamos a acojonar— aseveró Manazas con una voz más todavía profunda de lo normal.

       La partida se dividió en dos. A El Montaraz le correspondía ahora cargar con las armas de Manazas. Si ya se encontraba cansado sin peso, el agotamiento con las armas sobre su cuerpo era demoledor. Pero no pensaba abrir la boca para exponer lamentación alguna. Ya había fallado a sus compañeros en la emboscada al ser incapaz de realizar un solo disparo. No iba a ocurrir por segunda vez. Prefería caer desplomado sobre la tierra que solicitar ayuda de unos hombres que debían estar tan reventados como él pero que se guardaban para ellos mismos sus síntomas de flaqueza.

       Giraron a la izquierda y caminaron veinte minutos en línea recta. Por su parte Manazas y Aguilucho prosiguieron ladera arriba asegurándose de dejar pistas suficientes para que las brigadas nacionales siguieran su rastro. Treinta minutos más tarde el monte recibió el sonido atronador de una explosión a más de medio kilómetro del grupo de Cazurro. Seguido, un festival de disparos que se alargó un par de minutos. Aunque a Cazurro, Asturiano y El Montaraz se les hizo una eternidad. Tanto tiro nunca se quedaba sin muertos. Y los tres, agachados y petrificados como los guijarros que pisaban,  rezaban por que ninguna bala acabara en los cuerpos de sus compañeros. Bolchevique, sin embargo, maldecía no ser él uno de los dos hombres de la segunda emboscada. Cazurro ya le había impedido acabar con unas cuantas “cucarachas de Franco”, como le gustaba llamarlos, y le había obligado a huir. Pero, al tiempo, se juró que sería la última vez que Cazurro le prohibía un enfrentamiento, por muy jefe de partida que fuera.

       El silencio volvió a envolver la montaña. Cazurro mandó que continuaran la marcha hasta llegar al risco acordado. Dos horas más tarde, Manazas y Asturiano aparecieron. Sin herida alguna, para alivio de sus camaradas. Y la partida prosiguió su camino hacia un punto lo más alejado posible de sus perseguidores.

       Fueron tres días de andanza sin apenas detenerse. Tan sólo para reponer fuerzas con los escasos víveres que les quedaban, unas pocas latas de anchoas y medio kilo de cecina, y para dormir, nunca más de dos horas seguidas. Durante el tiempo de reposo dos hombres se mantenían en vilo como vigías. Cazurro ordenó que los primeros fueran Bolchevique y  Asturiano. Los siguientes iban a ser el propio Cazurro y El Montaraz, pero Manazas se ofreció para sustituir al líder del grupo.

       —Descansa un poco más, que tú tienes que tener la cabeza más fresca que el resto— argumentó.

       La realidad era otra. Manazas quería quedarse a solas con El Montaraz. El muchacho lo sabía e intentó rehuir su compañía. En vano. Cuando se encontraba cien metros al norte de sus camaradas dormidos, Manazas apareció por su espalda. Se sentó a su lado y sacó un cuchillo. Con la mirada puesta en su filo, abrió la boca:

       —No pienso decir nada de lo ocurrido en la emboscada.

       —Gracias.

       —No me las des. La próxima vez que nos dejes tirados, yo mismo me encargaré de que no salgas vivo.

       El Montaraz tragó saliva.

       —No estoy dispuesto a que nos pongas en peligro. Si tú no puedes matar, vas a hacer que nos maten a los demás. Y eso no lo voy a permitir. Por mucho que Cazurro te proteja. Te estaré vigilando.

       Manazas calló, se guardó el cuchillo, se levantó y se alejó. El  Montaraz se quedó inmóvil en su puesto de vigilancia con un nudo en la garganta. Acababa de recibir una amenaza clara de muerte si no se portaba como un verdadero guerrillero. Como todos sus compañeros, de gatillo fácil cuando la situación lo requería. O como su hermano Ildefonso, valiente combatiente muerto en una emboscada.

       Era el momento de tomar una decisión de adulto, de hombre. Escapar de la partida de Cazurro para buscarse la vida por su cuenta hasta que se reuniera con Teresita o comportarse como un auténtico camarada que no dudase en matar. La primera opción era la más deseada por el muchacho. Pero sabía que también era la más peligrosa. Para él y para su amada. Sin dinero, sin ningún apoyo logístico y sin saber adónde dirigirse, las opciones de mantenerse vivos eran ínfimas. Y no estaba dispuesto a correr ese riesgo para su esposa. “Mi esposa”, pensó, “cuántas ganas tengo de volver a verte, Teresita”.

       Así que, si quería seguir vivo para poder volver a verla, tendría que asesinar. A pistola, escopeta, granada o cuchillo. Desde lejos o a escasos centímetros de su enemigo. No sabría cómo, pero la próxima vez que se encontrara en una refriega, no dudaría. Lo juró por sus padres y sus hermanos muertos a tiros. Fue un  juramento que El Montaraz cumpliría hasta el fin de sus días.

                                     *         *         *

       Tras tres días de caminata continua, la partida se había escabullido de los militares y guardias civiles que les perseguían. Aunque Cazurro sabía que la tregua era momentánea. La emboscada de Paradilla de Gordón, con un resultado de una decena de enemigos muertos, les habría colocado como objetivo número uno de las autoridades, y el ejercito y la Guardia Civil no se detendrían hasta acabar con ellos. Cazurro estaba convencido. Ya había ocurrido ese mismo año con la partida de Matías el abogado. Sus miembros acabaron en dos meses con dieciséis afines al régimen, entre civiles y militares. Y en una semana los siete guerrilleros del grupo fueron aniquilados tras incontables jornadas de persecución.

       Por ello la partida de Cazurro necesitaba tomarse un descanso y desaparecer por un tiempo. Pero antes, el maquis leonés debía terminar la misión que había comenzado con el requisamiento de más armas de las que ellos podrían necesitar. Cazurro esperó a que amaneciera para detallar su plan a los camaradas.

       Aguilucho ya había terminado el café y liaba un cigarro de picadillo, Bolchevique terminaba de recoger su tienda de campaña y Manazas y Asturiano se aseaban en el río. El Montaraz, por su parte, escribía con esmero en su misterioso cuaderno. Cazurro, que había aprendido a leer gracias a su difunta esposa, respetaba que El Montaraz fuera un “chico culto”, que fue como le nombró la primera ocasión que le descubrió escribiendo a escondidas. El jefe permitió que mantuviera el cuaderno, del que no se desprendía ni un segundo. Tampoco le preguntó por el contenido de sus escritos. Aunque lo suponía. Por ello únicamente le señaló una recomendación:

       —Escribe la verdad, Montaraz. Escribe siempre la verdad. Por muy jodida que sea.

       La semana que viene, las páginas 151-160. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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