EL MONTARAZ Páginas 131- 140

     La aventura de “El Montaraz” continúa. Aquí tenéis las páginas 131-140 de esta novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 131-140

      “El cuaderno del Montaraz”. Fueron las primeras palabras que escribió en él. Lo había hecho tres días después de su vuelta de Villasinde, donde se había casado en secreto con su amada Teresita. Justo cuando la partida decidió por unanimidad bautizarlo con ese apodo. Montaraz. Al grupo de guerrilleros le provocó gracia la ocasión en que escucharon esa palabra de su boca a modo de ignorante reivindicación y decidieron que era un buen alias para motivar a un muchacho con cara de miedo como carta de presentación.

      Desde que trazó esas cuatro palabras en la portada del cuaderno las incursiones en la escritura eran habituales. El Montaraz había decidido que no iba a escribir un diario de sus andanzas con la partida. Sin embargo, eran abundantes las mañanas en las que se introducía en el cuaderno para redactar una reflexión acerca de la jornada anterior, una previsión de lo que le esperaba ese día  o únicamente el sentimiento que le había despertado al amanecer. En esos casos siempre acababa escribiendo sobre Teresita. Acerca de su amor por ella, de la idílica vida que soñaba en las Américas, adonde le había prometido que le llevaría. También describía, siempre con caligrafía cuidada pero diminuta para no gastar las hojas del cuaderno, el sentimiento de culpabilidad que le carcomía por haber abandonado a Teresita la misma noche de bodas. Aunque se prometía que volvería a por ella, la rescataría emulando a los héroes de las novelas y la llevaría a descubrir más mundo que el cruel y mortal que les rodeaba.

      En esta ocasión los dos párrafos que escribió El Montaraz antes de iniciar la caminata tenían una única temática sobre la que reflexionar. El temor ante la primera operación verdaderamente arriesgada en la que él iba a participar. Sin extenderse en detalles, Cazurro le había avanzado la noche anterior que ese día la partida iba a realizar una emboscada y que debía tener los ojos bien abiertos y obedecer todas sus órdenes para correr el menor riesgo posible.

      Hasta ese día, la rutina de la partida de Cazurro se había limitado a caminar por los montes de León, esconderse de las patrullas militares y de la Guardia Civil y, en dos ocasiones, robar en las casas de los caciques de dos pueblos para hacerse con un dinero imprescindible para comprar víveres. Porque Cazurro, tal y como se jactaba de recordar, no había recurrido jamás al bandidaje indiscriminado. Otras partidas sí se habían visto obligadas, o no tan obligadas, a robar dinero, pollos, corderos y hasta algún jamón para sobrevivir. Daba igual la simpatía ideológica de los propietarios.

       Cazurro se había prometido asaltar únicamente a los enemigos de la desparecida República. No le importaba si eran curas, médicos, maestros o pequeños empresarios. Lo único relevante para él era que se trataba de cómplices del régimen franquista. Y esa afiliación política ya era suficiente para despojarles de todo lo que tuvieran.

      —Como si les tienes que arrebatar la vida— le dijo una vez—. Piensa que ellos te la quitarán a ti en cuanto puedan. Así que, si alguien tiene que morir, que sean ellos y no nosotros.

      El Montaraz, caminando entre un bosque de tejos, predijo en su interior que ese iba a ser un día en el que la disyuntiva de Cazurro de “o ellos o nosotros” se iba a poner a prueba ante su pistola. Por ello Manazas le había ayudado la noche anterior a limpiar concienzudamente su Tokarev. Porque temía que iba a tener que dispararla contra alguien por primera vez en su vida.

      —¿No tienes miedo? — preguntó El Montaraz al calor de la pequeña fogata nocturna mientras engrasaba la pistola siguiendo los pasos ordenados por Manazas.

      —¿Miedo?

      —A que te disparen.

      —Nadie quiere que le metan un tiro, chico. Por eso tienes que ser más rápido que el enemigo. Y apuntar mejor que ellos— expuso Manazas.

      En ese momento se acercó Aguilucho y se sentó a su lado.

      —Lo que tienes que hacer es no pensar.

      —¿No pensar?

      —Eso es. Si se lía un tiroteo, no pienses en nada. No pienses en que te pueden disparar. Ni a ti ni a ninguno de nosotros. Tú únicamente apunta y dispara. Pum, pum, pum. Hasta que ellos estén muertos, te quedes sin balas o Cazurro te ordene que pares. Entonces ya tendrás tiempo de pensar.

      —¿Y si son ellos quienes me dan?

      Aguilucho se quitó el parche que tapaba su ojo y se colocó una gasa húmeda en su lugar.

      —Entonces serán mejor que te maten— dijo con ingente seriedad.

      —¡No me jodas, Aguilucho! No le metas miedo al chaval, que tiene que dormir— ordenó Cazurro sentado al otro lado de la fogata.

      Aguilucho obedeció, se levantó y se alejó del campamento para no continuar con una lección grabada a fuego en su cuerpo y que, consideraba, debía saber El Montaraz. Que era mejor estar muerto que resultar atrapado por el enemigo. Él lo supo muy bien el día que su vida de panadero cambió para siempre.

                                       *         *         *

      Hasta el verano de 1938, Aguilucho, de nombre Miguel Requejo, había ejercido el oficio de hornero del pan en Palazuelo de Torio, una pequeña localidad al norte de la capital leonesa. Allí dedicaba las noches y parte de los días a elaborar las hogazas y las tortas que vendía tanto en la panadería como acercándose a los pueblos cercanos en bicicleta. Pero una noche de agosto, mientras Requejo preparaba con sus manos la masa para una nueva hornada, cuatro militares nacionales golpearon la puerta del obrador y entraron por la fuerza. Miguel no tuvo tiempo para preguntar la razón del allanamiento. Uno de los soldados soltó un culatazo del arma que impactó en su cabeza y lo dejó  inconsciente al lado de un saco de harina.

     Cuando se despertó, se encontró con la luz matinal tapada por dos fusiles Mauser Vz-24 de fabricación checa que apuntaban a su cabeza. Se hallaba en el monte, aunque desconocía donde.

      Un soldado lanzó el agua fría de un cazo sobre su cara.

      —¡Despierta, rojo!

      Requejo se espabiló y comprobó entonces que tenía las manos atadas a la espalda.

      —Miguel Requejo, un vecino de Palazuelo te ha denunciado por colaborar económicamente con los rebeldes republicanos. ¿Tienes algo que decir?

      —¿Yo? ¡Es mentira! Bastante tengo con sacar para la harina como para regalar el dinero— contestó con sinceridad.

      —Vaya. Parece que no nos lo vas a poner fácil— dijo el cabo al mando de la patrulla—. Dadle un escarmiento.

      Dos soldados colocaron las culatas de sus armas apuntando a Requejo e iniciaron un ciclón de golpeos contundentes sobre el hombre tumbado en el suelo y atado de manos. Culatazos en el pecho, los brazos, y las piernas. El último lo recibió directamente en los testículos y Requejo se quedó sin respiración por unos segundos.

      —No nos andemos con chiquitas. Esto es muy fácil. Aquí tienes tu confesión de traidor— dijo el cabo acercando un papel a su cara—. Fíjate si somos buena gente que la hemos escrito por ti. Aquí reconoces que has dado dinero a las tropas republicanas durante dos años. Si lo haces, irás a la cárcel una temporada, requisaremos tu obrador y, sobre todo, vivirás. Tú sólo tienes que firmar que te declaras culpable y no te haremos más daño.

      —No sé quién me ha delatado, señor— susurró Requejo retorciéndose de dolor—, pero yo jamás me he metido en política. Le juro por Dios que, quien sea, se equivoca.

      —¡Encima mentando a Dios!

      El cabo sacó su pistola de la cartuchera y lanzó un culatazo en el ojo izquierdo de Requejo. El grito de dolor retumbó en las rocas de la montaña y provocó que una bandada de codornices huyera asustada de sus árboles. Pero el cabo acalló la lamentación agónica con una patada en el estómago y un pisotón en las costillas.

      —¡Firmaré! ¡Firmaré!— gritó Requejo al tiempo que la boca se le llenaba de la sangre procedente de su ojo— ¡Firmaré! ¡Pero no me peguéis más!

      El hombre rompió a llorar. El mando sonrió a los componentes de su patrulla, que no habían dejado de apuntar al detenido ni por un instante.

      —Es lo que no entiendo de estos rojos. Parece que les gusta sufrir. En vez de reconocer la verdad a las primeras de cambio, prefieren una buena zurra. ¡Venga, desatadle!

      Un soldado soltó las cuerdas de sus manos y ayudó a Requejo a que se incorporara. Otro tuvo que apartar la mirada al observar la consecuencia del culatazo en el ojo. Un hilo de sangre densa emanaba directamente de la cuenca destrozada y Requejo, por culpa del dolor, sufría un mareo que le impedía mantenerse erguido. El cabo ordenó que le ayudaran a seguir de pie.

      —Toma. Firma aquí y te llevamos al médico— dijo señalando con la pistola a la hoja—. Parece que el ojo tiene mala pinta— apostillo riendo.

      Miguel Requejo agarró el bolígrafo y firmó con la mano trémula en la parte inferior de la hoja. Era lo único que había aprendido a garabatear en su vida, pues jamás nadie le había enseñado a leer ni escribir.

      El cabo se apartó y comprobó que, en efecto, la declaración auto inculpatoria tenía la firma del acusado. Después ordenó a los soldados que se alejaran de él. El panadero se quedó, solo y tembloroso frente a la patrulla que lo apuntaba con sus armas.

      —Lo que es la vida— dijo en alto el cabo sin rebajarse a mirar al reo—. Miguel Requejo, acusado de colaborador republicano, reconoce su delito por escrito y después, en un arrebato de locura, intenta huir a la montaña. Por suerte los soldados del Generalísimo tienen muy buena puntería y consiguen dispararlo antes de que se pierda en el bosque. Uno de los disparos le da en la cabeza y muere al instante. Fin de la historia.

      Requejo miró con espanto al hombre que acababa de describir el informe que tenía pensado redactar cuando llegara al cuartel. El acta de su muerte.

      —¡Ya he firmado lo que querías! ¡No me matéis, por favor! ¡No he hecho nada! — gritó entre sollozos suplicantes.

      —Date la vuelta.

      —¡No, por favor!

      —¡Que te des la vuelta!— repitió apuntando con su pistola a la cabeza.

      El panadero, tiritando de pánico, obedeció. Se giró con lentitud al tiempo que intentó acordarse de alguna oración sin lograrlo. Trató de rezar un Padre Nuestro, pero las palabras se trababan entre sus dientes espasmódicos. Miró hacia el suelo y observó cómo una mancha de orina descendía por sus pantalones.

      —Ahora, corre. ¡Corre, rojo, corre!

      —¡Nooo!

      El cabo quitó el seguro de su arma y los soldados colocaron sus ojos en la mira de sus fusiles.

      —¡Que corras, me cago en tus muertos!

     Miguel Requejo inició los que iban a ser sus últimos pasos. Avanzó el pie izquierdo con lentitud. Después, el derecho. Y cuando se preparó para comenzar la carrera mortal escuchó una ráfaga de disparos.

      Cayó al suelo de frente y pensó que era su final. Sin embargo, los disparos continuaron varios segundos. Cuando se dio media vuelta observó a todos los miembros de la patrulla muertos en el suelo. Y, sobre todo, que ninguna bala había acertado en su cuerpo. Entonces, de entre los árboles, apareció una partida republicana que acababa de salvar su vida.

      Desde ese momento Aguilucho, que se unió a los maquis de inmediato, decidió que jamás se volvería a dejar atrapar. Prefería pegarse un tiro antes que volver a sufrir la tortura que acabó con su ojo y que marcó el futuro de todas sus pesadillas.

      Sin embargo, lo que resultó más doloroso al antiguo panadero reconvertido en guerrillero no fue la brutal paliza. Dos meses después de estar al borde de la muerte, cuando ya formaba parte de la partida de Cazurro, un enlace de su pueblo le hizo saber la identidad del delator que le había acusado de colaboracionista de los rojos. Había sido su hermano Joaquín, quien le había acusado con un único objetivo. Quedarse con su panadería. Joaquín Requejo lo consiguió y Miguel Requejo jamás volvió a su aldea. Si algún día lo hacía, pensó, sería para matar a su hermano.

                                               *         *         *

      La partida caminó por los montes de Gordones durante cuatro horas hasta que Cazurro ordenó que se detuvieran.

      —Venga, a comer. Luego os cuento la operación.

      Así era Cazurro. No desvelaba el objetivo hasta que fuera estrictamente necesario. Era una medida de precaución que tomaba por una única y vital razón. Cuantas menos personas supieran el destino, más difícil resultaría al enemigo descubrirlo. Así, si uno de los miembros de la partida era detenido, no podría avanzar al enemigo los detalles de la misión. Era una norma de supervivencia que todos comprendían y aceptaban.

       Como era de día y no querían alertar con su presencia, optaron por no prender un fuego y comieron chorizo y queso. No les quedaban demasiados víveres y en breve tendrían que hacer una reposición de éstos. Pero, en esos momentos, esa no era la preocupación de los maquis. Lo era el enfrentamiento que iban a tener en breve.

      Aguilucho, para calmar la tensión del momento, inició una conversación con El Montaraz como eje central:

      —La verdad es que le queda bien la barba al chico.

      —Bueno, barba, barba. Cuatro pelos pajilleros— apostilló Asturiano.

      —Al menos no tiene la cara de niñato que tenía el día que apareció con el Profesor.

      —Eso es verdad. Parece un hombre. Bueno, casi un hombre. Eso sí, no se parece en nada al Marqués.

      —Cierto— reconoció Bolchevique.

      Por primera vez desde el inicio de la conversación, ésta pasaba a ser de su interés. Sus compañeros hablaban de su hermano Ildefonso. Hasta ese momento nadie había sacado a la luz su nombre y él tampoco había tenido el valor de preguntar por su hermano maquis asesinado hacía menos de dos meses.

     —¿Porqué? ¿Por qué no me parezco en nada a mi hermano?— preguntó realmente interesado.

      Bolchevique se aprestó a contestar.

      —Su nombre ya lo dice todo. El Marqués. ¿Sabías que tu hermano, que en paz descanse, se afeitaba todas las mañanas, ¡todas!, con su navaja y que siempre andaba con el peine entre las manos peinándose raya al medio? Además, que no le pareciera que su ropa olía mal. Ya se estaba cambiando de camisa para lavarla y ponerse otra que no le cantara el ala. Menos mal que no tenía perfume, que seguro que nos hubieran descubierto por los litros que se echaba— exageró con una sonrisa—. Si es que parecía más un señorito que un maquis, cago en la puta.

      —Menos cuando tenía que luchar— aclaró Manazas con su voz de ultratumba al tiempo que afilaba su cuchillo—. Entonces tenía más huevos que todos nosotros juntos. El muy cabrón…

      Manazas detuvo su aportación y miró a los ojos a El Montaraz.

      —… el muy cabrón era uno de los mejores combatientes que he conocido. Y han sido muchos.

      El Montaraz se quedó mudo ante la mirada de Manazas y agachó la cabeza. Se sentía avergonzado de ser el hermano cobarde, temeroso, débil de un hombre tan valiente como Ildefonso Romeral, El Marqués. Y su vergüenza aumentaba al imaginar que jamás ninguno de sus compañeros de partida hablaría de él con tanto respeto como lo acababa de hacer Manazas. “Eso hay que ganárselo en combate”, pensó, “y yo no voy a ser capaz”.

     —¿Y qué? ¿Te vas a dejar la barba para siempre?— preguntó Aguilucho interrumpiendo los pensamientos negativos del chico.

      El Montaraz no contestó. Porque no sabía qué responder. Cazurro le había recomendado que no se afeitara los cuatro pelos que brotaban de su adolescente cara. Le explicó que así aparentaría más años. Y en la montaña la edad significaba respeto.

      Cuando los seis miembros terminaron el avituallamiento, Cazurro inició la explicación de los detalles de la operación:

      —Vamos a atacar un convoy de la Guardia Civil— dijo mirando a los ojos de Bolchevique.

      Se hizo un silencio sepulcral en el corro formado por los rebeldes.

      —Son una camioneta y un camión. En la primera habrá varios picoletos. Pueden ser dos o pueden ser diez, no lo sabemos. En el camión  estarán el piloto, el copiloto y dos más atrás.

      —¿Por qué lo sabes? — preguntó Manazas.

      —Porque llevan un cargamento de armas. Y siempre van cuatro— explicó Cazurro—. Lo que vamos a hacer es matarlos a todos y quedarnos con todas las armas que podamos cargar. El resto las destrozamos con granadas.

      —Así de sencillo— dijo Asturiano con ironía.

      —De sencillo nada. Escuchad.

      Cazurro sacó un mapa de su zurrón y lo desplegó en el suelo. Después, con un palo, señaló un punto del mapa. En concreto una de las muchas curvas previas a Paradilla de Gordón.

     —La emboscada va a ser exactamente en este punto— señaló el reviro del plano—. Está a unos dos kilómetros de Paradilla. Ahora mismo nos encontramos a menos de un kilómetro del lugar. El convoy pasará esta tarde entre las cinco y las siete. Un enlace me lo ha confirmado.

      —¿Es de fiar? — preguntó Asturiano.

      —Totalmente. Él es el que me ha propuesto la operación y siempre he confiado en la información que me ha dado. A lo que iba. Pasará entre las cinco y las siete. Por nosotros, cuanto más tarde, mejor. Más cerca estaremos de la noche. Lo que vamos a hacer es dividirnos en dos grupos. Manazas, tú, Bolchevique y Asturiano os colocáis delante. Vuestro objetivo es la camioneta delantera. Aguilucho, Montaraz y yo esperaremos a que pasen y atacaremos al camión desde atrás. Vosotros no empecéis hasta que oigáis nuestros tiros. Entonces lanzáis una granada cada uno y disparáis hasta que estén todos muertos.

      Montaraz escuchaba en silencio las explicaciones de Cazurro. Y a cada vocablo que salía de la boca del líder de la partida apreciaba una mayor rigidez en su rostro. “Lanzáis unas granadas”, “disparáis hasta que estén todos muertos”. Eran palabras mayores para un muchacho que únicamente había acabado con dos cargadores de su pistola en los casi dos meses que hacía que formaba parte del maquis leonés. Y sus disparos, errados todos, iban dirigidos a unas latas de anchoas que Aguilucho había colocado a modo de diana. Ahora no. Ahora tendría que apuntar, si es que en realidad sabía lo que ello significaba, a personas como él. Del bando rival, en efecto. Del vencedor. Del culpable de que él se hubiera echado al monte con los maquis. Del que había acabado con su familia de un modo cruel. Pero personas, al fin y al cabo. También con padres, madres, hermanos. Quizás con una amada que, como Teresita, esperara con ansia su llegada. O con hijos. O amigos,… ¿Iba a tener el valor y la sangre fría de atacar a esos guardias civiles? Era una pregunta tan transcendental a escasas horas de dilucidar la respuesta que un halo de pánico invadió su cuerpo al no ser capaz de responderla.

      Cazurro observó la mirada temerosa del muchacho, pero prefirió no abstraerse de su objetivo hasta que toda la partida tuviera claros los pasos de la operación.

      —En cuanto hayamos acabado con todos, Manazas, Asturiano y yo nos hacemos con todas las armas que podamos. Dejad las armas cortas. Sólo fusiles, metralletas y ametralladoras. Bueno, alguna pistola también. Ah, y  dinamita, granadas y balas, todas las que podamos. El resto, lo reventamos con unas granadas. Bolchevique, Aguilucho y Montaraz nos cubrís mientras tanto. No vaya a ser que aparezcan más cabrones y nos pillen en bragas. Recordad que tendremos muy poco tiempo. Tres o cuatro minutos como mucho. El pueblo está cerca y no tardarán mucho más en llegar en cuanto oigan el tiroteo. ¿De momento todo claro?

      Los guerrilleros asintieron. El Montaraz también. Aunque únicamente por seguir la corriente del grupo. En realidad tenía la mente colapsada por el miedo y no sabía si lo que estaba escuchando eran palabras reales o si salían de la boca de Cazurro en una de sus pesadillas nocturnas.

      —Bien— prosiguió el jefe—. Vamos con la huida. Tres portadores y tres escoltas. Bolchevique, tú cubres la huida de Manazas. Aguilucho, tú la de Asturiano y Montaraz, tú cubres mi espalda.

      —¿Montaraz? — preguntó Bolchevique.

      —Sí, Montaraz— respondió tajantemente—. Confío en él.

      Bolchevique silenció sus dudas ante la aseveración de su jefe de partida. Pero tanto él como el resto del grupo, incluido el propio muchacho, no las tenían todas consigo en cuanto a cómo iba a reaccionar en su primera refriega. Cazurro prosiguió.

      —Huimos todos monte arriba— explicó señalando el mapa con el cayado—. Los que carguemos con las armas, delante. Los escoltas, detrás. No dejéis de mirar atrás. Si los picolos aparecen demasiado pronto podemos tenerlo jodido. Así que tendréis que actuar con rapidez. Granadas y disparos continuos hasta que se acojonen.

      —¿Cómo hacemos si hay heridos? ¿Cómo siempre?— preguntó Asturiano.

      —Más o menos. Su pareja se queda con él y le ayuda en la huida. Los demás se colocarán cerca para protegerlos. Si la cosa se pone demasiado jodida, nos separamos. Cada uno sabrá si puede cargar con las armas o si tiene que dejarlas en el monte. Sería mejor quedárnoslas, está claro, pero cada pareja decidirá si puede o no. Nos vendrán muy bien y, además, son las que nos van a proporcionar el alimento de este verano. Pero eso ya os lo contaré cuando sea oportuno.

      Cazurro observó con detenimiento el mapa y señaló una loma situada a unos diez kilómetros del punto de la emboscada.

      —Si nos tenemos que separar, nos encontraremos aquí. En este puerto. Recordad. El punto de encuentro es éste— enfatizó con el palo—. Y, como mucho, esperaremos hasta mañana al amanecer. Los que no aparezcan tendrán que arreglárselas por su cuenta hasta el segundo punto de encuentro. La cabaña de pastores de Canseco, dentro de una semana. Espero que no tengamos que ir y que estemos todos juntos antes. Pero, si no es así, que nadie traiga las armas. Cada pareja las esconderá donde considere oportuno y ya se volverá a por ellas.

       La semana que viene, las páginas 141-150. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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