EL MONTARAZ Páginas 121-130

     Aquí tenéis las páginas 121-130 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

      Páginas 121-130

      Recordó, con pena, el momento del nacimiento de Marquitos hacía diecisiete años. Porque no pudo estar en el parto acompañando a Carlota. Él, un hombre que había visto nacer a decenas de animales, no pudo con la tensión en la sala de partos y las enfermeras tuvieron que expulsarle porque comenzó a marearse a las primeras de cambio. Rememorar ese momento de debilidad siempre le aportaba una frustración que se tornaba en rabia.

       Apartó la nube negra de la tristeza al ver a la pequeña cría tratar de levantarse. Primero estiró el cuello todo lo que pudo, como si con ese gesto el resto del cuerpo le fuera a seguir automáticamente. Después, sus frágiles patas delanteras iniciaron el movimiento tambaleante del que quiere caminar por primera vez en su vida.

       —Parece Elvis Presley bailando rock— dijo Daniel con una sonrisa placentera.

       Tras dos minutos de intentos frustrados, la jata, por fin, colocó las cuatro patas en vertical.

       —¡Buena chica!— gritó Daniel frotándose las manos con velocidad— ¡Ahora, a comer!

       La becerra pareció escuchar las órdenes de su amo y buscó, caminando de lado a lado como si se tratara de un borracho, las ubres de su madre. Para ello no necesitaba más sentido que el olfato. Aunque se hubiera tratado de una res ciega, el aroma del calostro de la vaca la hubiera llevado directo a sus mamas.

       Los dos ganaderos, alejados un par de metros de la pareja, esperaron impacientes a que la pequeña mordiera por primera vez una de las ubres y extrajera la primera leche. Con hacerlo una vez significaba que ya estaba fuera de total peligro, ya que esa leche amarillenta llena de proteínas de la madre era el único revitalizante que necesitaba para garantizar unos primeros días de vida sana y sin riesgo a enfermar.

       La becerra se decantó por la segunda ubre de la derecha. Se lanzó rápida, movió su cabeza como una serpiente a por su presa y la agarró con la boca. La madre mugió de dolor, pero no se movió ni apartó a su hija. Objetivo cumplido. La vaca aceptaba cuidar de su hija.

       Daniel resopló. Dos animales que habían estado a punto de fallecer en su cuadra se encontraban a salvo. En ese momento tuvo el lógico impulso de agradecer a Francisco su inestimable trabajo de veterinario improvisado. Miró a sus ojos directamente, pero éste continuaba absorto en el proceso de amamantamiento de la ternera.

       —Ésta no sabe lo cerca que ha estado de irse al otro barrio— señaló Francisco con un tono reflexivo, casi melancólico.

       Después se quitó el guante lleno de abono y se acercó a una pila de piedra sobre la que estaba incrustado un grifo. Hizo correr el agua y empezó a limpiarse los dos brazos con esmero.

       —Espera— dijo Daniel al ver la acción de Francisco—. Voy a casa a por jabón.

       —No hace falta.

       —Seguro que se te quita mejor que sólo con agua. Ahora vuelvo.

       El antiguo cazador cerró el grifo y esperó a que Daniel regresara con el jabón. Mientras, rodeó a la vaca y a su cría para comprobar la causa por la que el parto había sido tan complicado. Las caderas de la madre no debían ser la razón. Eran lo suficientemente anchas como para parir sin tanto problema. El tamaño de la becerra tampoco. No era una cría ni más grande ni más pequeña que la mayoría de las que había visto nacer en su dilatada vida de ganadero. La cuadra estaba limpia. No tanto como la suya, pero la falta de higiene tampoco se presentaba como la razón del complicado parto.

       “A veces no hay que buscar una causa objetiva de las cosas. Simplemente pasan— reflexionó—. Hoy he estado en el velatorio de un hombre que murió porque se resbaló en una piedra, sin más. Y también hoy estas dos siguen vivas porque su dueño pegó cuatro gritos y yo tuve curiosidad por lo que pasaba. Casualidades de la vida. Tampoco hay que buscarle más vueltas”.

       Finalizada su reflexión escuchó los pasos de Daniel entrando en la cuadra.

      —Toma, aquí tienes jabón para que te laves como Dios manda. Y he traído unas cervezas. Supongo que nos vendrán bien.

       Francisco se lavó y Daniel abrió con una piedra dos de los seis botellines de cerveza que había trasladado desde casa. Ambos pegaron un primer trago que acabó con la mitad de la bebida fría.

       —¿Has visto si tenías algún mensaje del veterinario?— preguntó Francisco.

       —No. Además, si hubiera llamado, lo habríamos oído aquí. Mira— dijo señalando un aparato de teléfono apoyado en una silla—. Me he comprado este inalámbrico para poder traerlo hasta la cuadra. De haber llamado nos habríamos enterado.

       —Cuando hables con él dile que ha estado a punto de dejar que se murieren tus animales. A ver si así se le cae la cara de vergüenza.

       Terminó la cerveza de un segundo trago y Daniel abrió otra con un golpe fuerte contra una piedra saliente de la pared. Después ambos ganaderos se apoyaron en dos comederos vacíos.

       —¿Qué tal va el negocio? — preguntó Francisco.

      —Complicado. Con la crisis que tenemos cuesta mucho vender los productos— se sinceró Daniel—. Pero vamos tirando. Aunque todavía me estoy haciendo a esto de ser empresario y estar vendiendo todo el tiempo. Antes me pasaba días y días en el monte sin hablar con nadie. Y cuando lo hacía era para discutir con los ganaderos para que no tiraran el abono al río o no cercaran más tierra que la suya. Y ahora no piso el monte porque no tengo tiempo y negocio con esos mismos ganaderos el precio de los huevos, la miel o la carne. Además está lo de ir a las ferias de alimentación y moverte como si fueras el comercial más seguro del mundo.

       Daniel bebió un trago y continuó.

       —Aunque, por lo que estoy viendo, hay mucho ignorante en el negocio. Con decirte que hemos subido los precios de nuestros productos para que fueran más “especiales” y “únicos” y ahora tenemos más clientes que antes. Es lo que dice Cristina— recordó en referencia a su socia—, que cuanto más exclusivo parezcas más exclusivo pensarán los demás que eres. Así que ahí estamos, vendiendo cecina de vaca de toda la vida y huevos de gallinas de toda la vida y los clientes los compran como si se fueran a comer algo único en el mundo.

       —¿No echas de menos lo de antes?

       —¿Lo de ser guarda? Para nada.

      Daniel no quiso explayarse más. Porque, de hacerlo, sabía que podía entrar en un  terreno pantanoso en el que saldría a la luz la razón por la que había sido guarda y la odiosa relación que había tenido durante décadas con el hombre que estaba a su lado.

       Francisco, por su parte, quiso preguntarle la razón por la que había comprado esas vacas. Pero no se atrevió. Entre los dos hombres se mantenía una barrera invisible que les impedía entrar en la privacidad de los sentimientos del otro. “Es mejor así— pensó—. Lo que pasó entre nosotros ni se puede ni se debe ni se quiere olvidar”.

       Apuró su segunda cerveza, depositó el botellín en el suelo y se acercó a la nueva familia bovina. Acarició a la vaca con suavidad mientras observaba mamar a la cría.

       —Parece que están bien. Pero no te confíes. Todavía no ha soltado la placenta. Si mañana a la mañana todavía no la ha soltado, tendrás que llamar al veterinario. No se te ocurra ayudarla a sacarla tú mismo o puede coger una infección que la mande al otro barrio. Aunque, bueno, tiene pinta de estar sana para lo que ha sufrido. Así que me imagino que no tendrás problemas.

       —Igual me quedo toda la noche, por si acaso.

       —Tú mismo. Yo me voy a acostar, que mañana tengo trabajo.

       —¿Vas a ir al funeral de Arturo?

       —Sí, claro.

      —Yo no sé si podré. Mañana marcho pronto a León y no sé si voy a llegar a tiempo— se justificó—. Ya es mala suerte lo de ese hombre.

       Francisco asintió. Daniel prosiguió.

       —Además, tampoco me parecía que estuviera tan torpe.

       —¿Qué quieres decir?

       —Pues eso. Que, para la edad que tenía, se movía con bastante agilidad.

       —Ya. Pero cualquiera se puede dar un resbalón.

       —Sí, claro. Pero lo normal es que reacciones y te hagas daño en el brazo, o en la espalda. Por instinto, digo— se explicó—. Tuvo que ser un resbalón de la leche. Si es que cuando te toca, te toca.

       Terminada la conversación, Francisco se colocó la parte superior del buzo y se encaminó hasta la puerta.

       —Hasta mañana. Suerte con las vacas.

       —Espera— dijo Daniel—. Eh… que muchas gracias. De verdad. De no ser por ti ahora estarían muertas las dos— reconoció con agradecimiento y vergüenza.

       —No ha sido nada. Buenas noches.

       Francisco Jurado salió de la cuadra. Fuera le esperaba Sol, que movió la cola al ver a su amo. Éste acarició su lomo y caminó hacia casa. Cuando llegó, las luces del hogar estaban apagadas. Carlota y Marquitos se habían acostado. A Francisco no le pareció extraño. No sabía con exactitud el tiempo que había pasado desde que miró por el ventanal de la cuadra de Daniel hasta ese momento. Pero era lógico que su mujer y su hijo no le esperaran para cenar y se acostaran.

       Ya en la cocina, vio un plato con filetes de lomo fritos. Pero no tenía hambre y subió las escaleras de casa hasta entrar en su habitación. Allí se desvistió con sigilo y entró en la cama.

       —¿Dónde has estado? Es tarde— indicó Carlota con voz somnolienta.

       —Mañana te cuento. No te lo vas a creer. Ahora duerme.

       Carlota colocó su brazo en el pecho de su marido y se durmió al instante. Francisco también tenía sueño. Pero sentía una sensación extraña en su interior. No sabía describirlo, pero algo de la conversación con Daniel le había provocado que saltase una alarma invisible que le hizo pensar que algo no iba bien. Desconocía qué era lo que le provocaba esa desazón. “Tonterías, Francisco. Tonterías”, se dijo a si mismo intentando convencerse de que no había razón objetiva por la que preocuparse de nada.

                                   *          *          *

       Eran las tres de la mañana y el viento gélido procedente de las montañas del norte lanzaba continuos latigazos helados que chocaban contra árboles, cuadras y casas. La sequedad del frío avanzaba una de las habituales heladas de la montaña. Por la mañana, con toda seguridad, los prados y valles de la cara leonesa de los Picos de Europa se despertarían con una manta de escarcha que no desaparecería hasta mediodía.

       En noches como esa el único testigo de la adusta climatología solía ser la luna, flanqueada por miles de estrellas que componían un hiperrealista mapa interplanetario. Las nubes, por el contrario, cedían su protagonismo y se apartaban del lienzo iluminado de millones de puntos.

       Esa noche Vegacerneja, como el resto de pueblos, dormía. Dormían los quince vecinos que se mantenían como habitantes habituales de la aldea. Dormía el ganado, un centenar de vacas y de ovejas, además de decenas de gallinas, esforzadas en esos momentos en el laborioso esfuerzo de la puesta de huevos, y varios cerdos con la barriga llena. Dormía el bar de Manuel, epicentro de la vida de Vegacerneja durante el día. Y dormía hasta el asfalto, pues hacía más de una hora que ni un coche se había dignado a posar sus ruedas sobre él.

       Era el momento planeado por El Vengador para continuar con su plan. Llevaba dos horas agazapado entre varias escobas al otro lado del río. Había sido previsor y vestía ropa de abrigo. Dos camisetas térmicas, una cazadora de Gore Tex, gorro ajustado hasta las orejas, pantalones de agua por encima de los vaqueros, guantes y botas de monte. Todo de color negro. Para poder desaparecer entre la oscuridad nocturna en caso de ser descubierto.

       Pero eso no le podía suceder a El Vengador. A él no. Lo tenía todo planeado con minuciosidad. Para empezar, sabía que la casa estaba vacía. De hecho, ese era uno de los escasos momentos en que El Vengador tenía la absoluta certeza de que la casa se encontraba vacía. Tenía que aprovechar esa noche o tardaría semanas, quien sabe si meses, en hallar otro momento idóneo de entrar.

       Ya le costó varias noches de vigía hasta que pudo introducirse por primera vez en el hogar que tenía enfrente para robar el bote de setas embotadas. Incluso llegó a pensar que su objetivo no abandonaba jamás su hogar pasadas las once de la noche. Hasta que, por suerte, una noche salió de casa protegido por la oscuridad. Se dirigía a una poza de Las Bolugas llena de truchas que pretendía pescar de modo furtivo.

       A El Vengador no le importó dónde se dirigía. Para él lo importante era que aquella noche tenía la casa libre para iniciar la cuenta atrás hacia su próximo asesinato. Y esta noche gélida y estrellada pretendía culminar una etapa más de la vengativa cruzada que se había asignado meses antes, cuando llegó a sus manos un cuaderno que cambió el rumbo de su vida.

       Salió del escobal ubicado encima del pueblo y caminó agachado a lo largo de cincuenta metros. Podía haberlo hecho erguido, pues ni una persona podía verlo en ese momento. Todos estaban absortos en sus sueños. Pero El Vengador no era a los humanos a quienes tenía miedo en ese momento. Los que podían dar una señal de alarma que le frustrase su plan eran la media docena de perros que pululaban por el pueblo en busca de algún resto de comida. Por fortuna para él, la helada nocturna había detenido el paseo de los cánidos, que preferían descansar y protegerse del frío dentro de las cuadras y las portaladas de sus amos.

       La sombra negra en la que se había convertido continuó su paso lento y calculado hasta llegar a la parte trasera de la casa. Allí se detuvo para ratificar que sus movimientos no habían sido observados por nadie. Ningún ruido, ninguna luz espontánea, ninguna voz de alerta. El Vengador podía continuar.

       El ultimo paso hasta encontrarse fuera del alcance de la vista de nadie era fugaz, pero fundamental. Por ello arrastró su espalda en paralelo a la casa, dobló una esquina y se colocó a diez metros de la puerta principal. Metió la mano en el bolsillo y la sacó con la llave de la puerta. Pudo hacerse con ella hacía dos meses, en un descuido del hombre que pretendía matar, y elaboró una copia. Con ella había entrado la primera ocasión y con ella pretendía volver a hacerlo por segunda y, esperaba, última vez.

       Corrió los diez metros hasta la puerta con rapidez, aunque posando únicamente las puntas de las botas. Una vez frente a ella, abrió con la copia de la llave, entró y cerró con lentitud para no hacer ruido.

       Ya dentro respiró aliviado. Había concluido con éxito la parte más arriesgada de la misión. Ahora, una vez dentro, podía recrearse en el placer de la venganza.

       Anduvo en oscuridad hasta la cocina. No le preocupaba la ausencia de luz. Ya había memorizado centímetro por centímetro los espacios de la casa por donde iba a pisar. Primero la entrada, después la cocina y, finalmente, la despensa.

       Cuando llegó a ésta, se permitió el lujo de encender una linterna. Sabía que si no la dirigía hacia el norte de la casa, la luz sería invisible en el exterior. Incluso aunque algún curioso pegara su cara al cristal de la cocina.

       Dejó apoyada la linterna sobre la tercera balda de la despensa y bajó la cremallera de la cazadora polar. También se quitó el gorro y lo metió en el bolsillo de la cazadora. Después sacó el bote con las setas cocinadas hacía dos noches. Agarró la linterna y dirigió su luz hacia la segunda balda metálica. Allí, entre latas de espárragos y dos botellas de vino, se encontraban seis recipientes de cristal idénticos al que él portaba en su mano.

       Y sonrió. Estaba tan cerca de culminar una etapa más de su justiciera misión que la euforia le invitaba a gritar a los cuatro vientos su hazaña. Pero reprimió sin problemas el impulso. El Vengador no podía ser descubierto. No sería descubierto jamás. Estaba convencido. Él era más inteligente que sus objetivos. Por eso había acabado en sus manos el legado que había activado su razón de vida. La venganza. Porque únicamente personas con su intelecto, su sagacidad y su sangre fría podrían cumplir con éxito la misión encomendada. Por ello, cuando finalizase su cometido, nadie descubriría jamás sus asesinatos.

       Acercó el bote con las setas venenosas a los otros seis y se cercioró de que eran iguales. El receptáculo era idéntico. Eso bien lo sabía él, pues era uno de los que había sustraído tres noches antes. Y el interior también. Mismo color, mismo tamaño de setas, similar cantidad en cada uno de los botes de cristal. Si pusiera todos los recipientes en línea nadie, ni él mismo, sabría distinguir cuál de ellos era el que contenía los hongos venenosos.

       Los recipientes estaban colocados en dos filas de tres. Asió el segundo de la fila de la derecha y lo cambió por el suyo. Con tiento de colocarlo exactamente en la misma posición, depositó el bote mortal. Pensó en volver a limpiarlo antes, pero no era necesario. Llevaba puestos los guantes y se había cerciorado la noche anterior de limpiar de huellas el cristal y la tapa. Después se guardó en la cazadora el bote con las setas comestibles. Cuando lo hizo pensó que lo escondería bien hasta el día en que supiera de la muerte de su objetivo por envenenamiento. Ese día se cenaría las setas en su memoria. Sí, eso iba a hacer. Tan sólo pensarlo le provocó una risa interior tan siniestra que le resultó deliciosa.

       Se puso el gorro en la cabeza, apagó la linterna y sacó un trapo de un bolsillo de la cazadora. Se agachó y desanduvo el camino hasta la puerta limpiando con esmero el suelo que había pisado. Una vez en la puerta, abrió ésta con lentitud y asomó la cabeza. Como era de suponer, no había vida en el exterior. Salió, cerró la puerta y dio dos vueltas a la llave. Después caminó con celeridad y con cuidado por el mismo recorrido por el que había llegado.

       Cuando el Vengador llegó a su casa, respiró aliviado. El plan había salido tal y como lo había planeado. Se desvistió la cazadora y el gorro y se sentó orgulloso en la cocina. Sacó el bote de setas y lo volvió a observar.

       “Ahora, a esperar. Antes o después pasará. Antes o después te comerás las setas y morirás. Sólo espero que sufras antes de tu muerte”, pensó. Se levantó, escondió el recipiente en el fondo del armario de la cocina y se dirigió a su habitación. Ya dentro de la cama, abrió la mesita de noche y sacó el cuaderno que se había convertido en la razón de su existencia. “El cuaderno del Montaraz”.

CAPÍTULO 5

Falda del Pico Armagones. Comarca de Gordón. León

28 de mayo de 1940

        —¡Montaraz, deja el puto cuaderno y en marcha!

       La voz procedía de Asturiano, presto a arrancar con su macuto al hombro. Pelirrojo y con abundantes pecas en la cara, Asturiano parecía proceder de cualquier tierra menos de Asturias. De hecho, durante la Guerra Civil, muchos compañeros combatientes pensaron que se trataba de un miliciano inglés que, como tantos otros, había dejado su país y se había adentrado en España para combatir por la República. Hasta que abría la boca y demostraba su marcado acento de la costa astur.

       Faustino Romeral, convertido ya en El Montaraz, cerró el cuaderno, se incorporó en silencio y se colocó junto a Manazas y Aguilucho. Siempre se situaba a su lado en las marchas porque caminar entre ellos le provocaba mayor seguridad.

       —¿Qué, rapaz? Hoy también tocaba escribir, ¿no?— preguntó Aguilucho complaciente—. A ver si un día me enseñas.

       El Montaraz dio la callada por respuesta y se ajustó el petate al cuerpo para que no le provocara llagas en los hombros al final del trayecto. Una recomendación directa de Cazurro, el líder de la partida y protector del muchacho de dieciséis años. Después se colocó el zurrón en el que había introducido el cuaderno.

       La semana que viene, las páginas 131-140. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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