EL MONTARAZ. Páginas 111-120

  Éstas son las páginas 111-120 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 111-120

       Daniel Molero volvía a poseer vacas. Veinticinco años después de que su padre perdiera todo su ganado por culpa de la brucelosis y de que él renegara de la vida de vaquero, su cuadra volvía a estar habitada por media docena de reses. El origen de tal cambio fue “la tragedia de Cebolleda”. Tras aquella noche de infausto recuerdo para toda la montaña de León, Molero fue apartado de su puesto de trabajo como guarda de montaña a la espera del juicio por doble asesinato. Sin embargo, las pruebas forenses y las declaraciones de los testigos provocaron que el juez decidiera no inculpar a Molero a cambio de que éste no volviera a ejercer de guarda ni portara jamás un arma. Daniel aceptó sin pena alguna. Jamás se había sentido pleno con ese trabajo y además le había separado de Francisco, su mejor amigo hacía décadas.

       Cuando fue declarado inocente, se planteó abandonar Cuénabres. Pero ¿adónde podía ir un hombre cincuentón que había vivido casi toda su vida en la aldea que le vio nacer? ¿A qué se podría dedicar sin saber otro oficio que el de cuidar de la fauna y la flora de la montaña? Esas dudas le provocaron a principios de año un vértigo feroz en torno a su indeciso futuro.

     Entonces se abrió una puerta ante él y Daniel decidió traspasarla. Álvaro Pastor, carnicero de Riaño, le propuso montar un negocio desconocido hasta entonces en la montaña. Una empresa de productos delicatessen de la comarca reunidos todos bajo una misma marca. Para ello se asociarían con los mejores elaboradores de quesos de la zona, los apicultores que recogían la miel más deliciosa y el propio Pastor se encargaría de los productos cárnicos como la cecina de vaca, el chorizo de León o los embutidos de caza. Además, incluirían huevos de corral, postres caseros, verduras de temporada envasadas al vacío y conservas variadas.

      Álvaro Pastor, que había elaborado el plan de viabilidad de la empresa hacía meses mano a mano con su hermana Cristina, necesitaba un tercer socio capitalista que, a su vez, también se dedicara a contactar con los proveedores y al transporte y promoción de los productos. El envasado de los mismos y el cumplimiento de los requisitos sanitarios correrían a cargo de Cristina, y Álvaro continuaría aportando la carne, que pretendía ser el producto estrella de la marca.

      La propuesta de los hermanos Pastor fue, para Molero, como el gusano más delicioso para una trucha perdida en un riachuelo de lodo. Pero tuvo miedo de que ese gusano estuviera amarrado a un cebo y picara quedando atrapado. Lo que podría significar la pérdida de los treinta mil euros necesarios para formar parte de la sociedad. Tras horas de vueltas en la cama con el temor a un engaño a un lado de la almohada y la ilusión por convertirse en un precursor en su tierra al otro, se decantó por la última expectativa. Esperó una semana de deliberación profunda, llamó a Álvaro y Cristina Pastor, se reunió con ellos y mostró su disposición a formar parte de la nueva aventura empresarial.

       —Lo único— objetó—, el nombre que habéis pensado como marca no me convence.

      —¿Porqué? — contestaron los hermanos al unísono.

    —Porque lo de “Delicias de Riaño” no lo veo impactante. Me parece que tiene poco recorrido.

      —Pues ese tiene que ser. Ya están diseñadas las etiquetas— respondió Álvaro.

     —Espera— interrumpió Cristina—. ¿Tienes algún nombre mejor? Espero que sí, porque si no, mejor no haber empezado esta conversación.

      Así era Cristina Pastor, directa, segura, sin ambages a la hora de hablar y actuar.

      —Secretos de la montaña.

     Los hermanos se escrutaron el uno al otro con la mirada. Tras unos segundos de silencio reconocieron que se pensarían la propuesta y que, al día siguiente, tendría una respuesta.

    “Secretos de la montaña”. Ese fue el nombre definitivo de la compañía y la marca con la que se presentaban en ferias gastronómicas y en tiendas delicatessen.

    Francisco Jurado sabía de toda esa historia de la creación de la empresa porque era conocida por todos. Consideraba que, en una comarca en continua despoblación y con escasa mentalidad de luchar por ellos mismos, era una idea cuando menos osada. Pero también loable y valiente. Y Francisco apreciaba la valentía de ese hombre al que había vuelto a respetar tras décadas de odio irracional.

     Pero lo de volver a convertirse en vaquero le parecía disparatado y hasta suicida. Daniel ya demostró en su juventud que carecía del instinto necesario para cuidar del ganado, el mismo que Francisco poseía a raudales y que le había llevado a ser el pastor más respetado de la montaña. Por eso no comprendía porqué quería arriesgar sus ahorros en unas vacas que, estaba seguro, no sería capaz de cuidar como era debido. Algún día le gustaría preguntárselo, pero sabía que ese momento se demoraría muchos años. De momento, Francisco y Daniel bastante tenían con saludarse cada vez que se cruzaban.

      Jurado no pudo reprimirse otear por la ventana qué ocurría en el interior del cobertizo para que provocara gritos tan irascibles como los que había oído. Asomó la cabeza por un ventanal y observó a Daniel sentado en una pequeña banqueta de madera apoyada por tres patas. Vestía un mono azul y tenía las manos agarradas al pelo, que parecía querer arrancar de cuajo. De repente, se levantó de un respingo.

      —¡Venga, coño! ¡Inténtalo, me cago en todo! ¡Empuja, joder!

     Francisco no podía ver a quién estaba gritando, pero lo pudo imaginar. A una vaca a punto de parir. Dio media vuelta y pensó que no era problema suyo si la vaca paría bien o mal, si el jato nacía vivo o muerto y si la madre salía del parto o moría en el intento. “Si te haces ganadero tienes que aprender a apechugar con esto. Y con mucho más”, se dijo a modo de auto disculpa por continuar su camino.

     Sin embargo, segundos después se detuvo y miró a Sol  a los ojos.

    —Mierda. ¿Por qué me miras así? ¿Acaso es problema mío? No. Pues eso— se justificó ante su perro pastor— ¿Justo tengo que ser yo? No, hombre, no. Esto no se hace. Estaba mejor en el velatorio, cago en la puta de oros.

     Sol continuó con la mirada puesta en su amo. Éste, tras mover la cabeza en repetidas ocasiones como evidente señal de desagrado, volvió sobre sus pasos y anduvo hasta la puerta del establo. Allí se quedó mirando a Daniel, que estaba de espaldas a él, de rodillas al lado de una vaca abatida en el suelo. Junto a ellas estaban otras cinco limusinas, todas tumbadas.

      —¿No has llamado al veterinario?— preguntó Francisco de un modo directo.

      Daniel, que se asustó tras oír una voz humana tras de si, se incorporó.

     —Veinte veces lo menos. Pero no sé dónde cojones se ha metido que no coge el teléfono.

     Francisco detuvo su mirada en la vaca, lánguida contra el suelo con evidentes síntomas de extenuación. Nada más verla supo que se trataba de un ejemplar joven, de no más de tres años. Seguramente, pensó, era su primer parto. Tras aspirar aire, y sin mirar hacia Daniel, caminó hacia la res.

     —¿Qué tiene exactamente?

    —Que se muere. Eso es lo que tiene. Lleva horas intentando parir y nada, no lo saca ni “pa” atrás.

     —El jato viene torcido— auguró nada más tocarle la barriga hinchada.

    La limusina, agotada de tanto esfuerzo, expulsaba sudor por todo el cuerpo y parecía darse por vencida. Francisco se quitó la parte de arriba de su mono y se quedó en camiseta interior.

    —Ve a por agua caliente. Pero no hirviendo. Un balde bueno. También una botella de aceite.

      —¿Aceite? — preguntó sorprendido.

     —Sí, aceite, del de casa.

     —¿De oliva o de girasol?

     “Este es tonto”, pensó.

   —De lo que te la da gana, coño. Trae un poco de aceite— replicó Francisco con impaciencia— ¿Tienes cuerdas?

      Daniel señaló a la derecha.

     —De acuerdo. Pues trae el agua y a ver qué podemos hacer. Yo voy a casa a por una manga de plástico, que habrá que meter mano si queremos hacer algo.

      —No hace falta— replicó Daniel.

    En ese momento Francisco detuvo la caricia suave que estaba ofreciendo a la res. Su rostro tornó hacia una seriedad mayor de la habitual. Había interpretado la última frase de Daniel como un desprecio a su ofrecimiento de auxilio. Se hizo un silencio entre los dos paisanos. Incómodo y tenso. Daniel, en ese momento, se percató de la errónea interpretación de Francisco.

      —Quería decir que no hace falta que vayas a por una manga. Ahí tienes una— aclaró.

      Francisco miró al guante que colgaba de una viga de la cuadra y se encaminó a cogerlo.

      —Venga, date prisa. No les queda mucho— aseguró.

     Dos minutos más tarde, Daniel Molero regresaba al establo con un caldero rebosante de agua caliente. Jurado ya se había preparado durante el tiempo de espera. Había palpado con detenimiento la tripa de la res y estaba convencido de que el ternero venía de cabeza, lo que le tranquilizó, pues no habría que darle la vuelta dentro del saco ni tendría que sacarlo de culo, con la dificultad que suponía ello para madre e hijo. Además, había preparado un nudo corredizo con dos cuerdas de empacadora y se había ajustado el largo guante que le llegaba casi hasta el hombro.

      —Deja ahí la palangana— ordenó a Molero.

   Daniel obedeció y se apartó. Francisco, ayudado con una taza metálica que había localizado en la cuadra, derramó parte del agua caliente en el guante. Con esa acción quería retirar todo el polvo acumulado en la manga para que, al meter la mano, no infectara al animal. Seguido, ordenó a Daniel que agarrara con fuerza la cabeza de la limusina y que no le permitiera levantarse. Por último, abrió la botella de aceite, de oliva, y derramó una buena cantidad en el guante para, después, esparcir el líquido viscoso hasta el hombro.

      —¿Cómo se llama? — preguntó Francisco al depositar la botella en el suelo.

    —Eh… ¿La vaca? no tiene nombre— respondió Daniel con apuro—. Todavía no les he puesto nombre a ninguna.

     “Tiene seis vacas y ni una tiene nombre— pensó Francisco con enfado—. Yo tengo más de cien y todas lo tienen. Como debe ser, coño. Vaya ganadero que tengo delante”.

    Tras maldecir en silencio lo suficiente como para desahogar parte de la tensión, se arrodilló al lado de la vaca, justo detrás de su culo.

      —Venga, bonita. Pórtate bien.

      Limpió la vulva de la res con esmero, cuidando de apartar todas las heces acumuladas, e introdujo su extremidad derecha. Primero la mano, lentamente, hasta que ésta desapareció de su vista. En ese momento la joven limusina mugió, aunque el cansancio acumulado le impidió moverse.

      —¡No dejes que se levante! — ordenó Francisco.

     Si la vaca se alzaba corría riesgo de rasgar la vulva y de producir una hemorragia mortal. Daniel asintió mientras sostenía la cabeza de la vaca con las manos. Francisco prosiguió introduciendo el brazo, ahora con más determinación. Cuando se detuvo, sus manos palparon el interior de la matriz. Necesitaba saber la posición exacta del jato para decidir cómo debía actuar. Si se equivocaba, podía dar por muertos a los dos animales.

      Lo primero que tocaron sus dedos enguantados era el corvejón de una extremidad. Por el palpado de la pezuña no supo si era una de las patas delanteras o de las traseras. Prosiguió articulación arriba hasta que llegó a la rodilla. Entonces lo tuvo claro.

     —Vale, al menos viene de manos. No está de culo— dijo en alto tranquilizándose a sí mismo y a Daniel.

      Después buscó la otra mano del jato pero, tras varios segundos, no la encontró. Insistió hurgando en la matriz de la madre, pero el intento fue infructuoso. Entonces supo que, por lo menos, tenía una pata enrevesada. Faltaba por dilucidar la posición de la cabeza.

      Para ello introdujo el brazo hasta que el hombro le detuvo en su exploración. Tocó el cuello de la cría y subió con la mano en busca de la papada. En efecto, allí se encontraba, pero cuando continuó con la ascensión, se percató de que la posición del ternero era más complicada de lo que había esperado. Rápido, sacó todo el brazo del interior de la vaca y se incorporó.

      —Límpiame el guante, rápido— ordenó a Daniel al tiempo que, con la mano izquierda, apartaba varias gotas de sudor que querían llegar a sus ojos.

      —¿Cómo lo ves? — preguntó el propietario de la joven limusina.

   —Jodido, muy jodido. Viene peliaguda de cojones— reconoció Francisco con preocupación—. Sólo tiene la pata izquierda hacia delante. La de atrás la tiene que tener enquistada. Y, lo peor, también tiene la cabeza torcida hacia atrás. O la sacamos enseguida o se muere ahogada. La vaca sola no puede hacer nada estando así el jato. Lo único que va a hacer es morir de agotamiento.

       —¿Puedes hacerlo?

     —Supongo que sí. Pero cuando veas al veterinario dale dos hostias de mi parte. Que para eso están ellos, me cago en Satán y en la puta que lo parió.

     Francisco tenía en común con la mayoría de paisanos de la montaña el hecho de aumentar hasta cotas extremas la cantidad de insultos, irreverencias y maldiciones en momentos de tensión. Carlota le había pedido en varias ocasiones que cuidara su vocabulario, pero el ganadero no podía evitarlo.

      Daniel terminó de limpiar el guante lleno de estiércol y volvió a su posición al lado de la cabeza de la res. Y Francisco, con un enfado evidente porque Ramiro, el veterinario, no estaba en su lugar, recuperó su posición agachada al lado de los cuartos traseros. Agarró la cuerda que había preparado con anterioridad y metió la mano. La vaca volvió a mugir, aunque en esta ocasión el sonido procedente del animal sonaba más agonizante. Lo interpretó como que le quedaba poco tiempo y no más de un intento para sacar con vida a la cría.

      Con todo el brazo dentro del animal, volvió a palpar dentro de la matriz. Halló con rapidez la pata bien colocada e inició un atado de la cuerda con una sola mano. Cuando hubo terminado, llamó a Daniel.

      —Ven, ponte detrás de mí, rápido— ordenó a Daniel.

      Éste obedeció y se colocó a su lado.

    —Cuando yo te lo diga, tiras de la cuerda. No tires de golpe, tienes que hacerlo de un modo continuo. ¿De acuerdo?

      —Tú mandas.

      —Y cuando diga para, paras. A ver si así podemos moverla un poco.

     Daniel agarró con las dos manos la extremidad de la cuerda que salía de la vulva de la vaca y esperó la orden.

       —Venga, ahora, tira.

      Daniel obedeció y vio cómo varios centímetros de cuerda salían del orificio. Al hacerlo, la vaca intentó incorporarse, pero Francisco hizo fuerza con su brazo izquierdo para que no levantara las patas traseras. La res limusina no logró su objetivo y derrumbó su cabeza contra el suelo.

      —¡Para, para! Es suficiente— gritó Jurado.

    Hurgó de nuevo en el interior y comprobó que la posición del jato había cambiado. Continuaba con la extremidad izquierda y la cabeza ladeadas. Pero, al menos, podía alcanzarlas con la mano.

      —Rápido, prepárame otra cuerda como ésta— pidió entonces a Daniel.

      Éste soltó la que portaba y buscó otra soga fina y larga. Cuando la encontró se la acercó a Francisco.

      —¿Qué piensas hacer? — preguntó sorprendido.

      —Algo que no he hecho en mi puta vida. Pero, o nos la jugamos, o la puedes ir llevando al matadero— se sinceró—. Es tu vaca. Tú mandas.

      —Haz lo que tengas que hacer.

      —Entonces, dame la cuerda.

      Con ella en su mano izquierda, pidió que le remangara la camiseta hasta el hombro y que le echara agua en todo el brazo. Ya no tenía tiempo de buscar otro guante largo que ponerse.

      Respiró profundamente y metió la mano izquierda, que entraba en paralelo a la derecha. Esta vez el bramido de la vaca fue más enérgico. Buena señal, pensó Francisco. Significaba que a la limusina todavía le quedaba vitalidad para seguir peleando. El ganadero prosiguió la introducción del brazo hasta que los dedos de las manos izquierda y derecha se tocaron. Entonces, con la siniestra, buscó la pata enquistada de la jata e hizo un nudo en ella. Tiró y comprobó que el nudo era fiable.

      —Bien, ahora tira de la otra cuerda. Como antes. Sólo hay que moverla un poco para colocar la pata y para que pueda alcanzar el cuello. Si no se nos muere ahora, igual hasta sobrevive.

       Ese era el momento de mayor riesgo y Francisco lo sabía por experiencia. Hacía más de una década extrajo un jato muerto de una de sus vacas porque, al intentar sacarlo, éste se rompió el cuello. Era la única vez en la que había fracasado de las decenas de ocasiones en las que había ejercido de matrona de una vaca parturienta.

      Daniel tiró de la soga hacia él hasta que Francisco ordenó que se detuviera. Entonces las manos del experimentado vaquero evidenciaron que la segunda fase de la operación había resultado satisfactoria. Con la mano derecha tocaba las dos patas delanteras. Entonces, con la izquierda, buscó el cuello del ternero. Y lo halló. En ese momento se detuvo.

      Francisco tenía la cabeza pegada al culo de la limusina. La nariz estaba a punto de tocar los excrementos que habían salido al tirar de las cuerdas. Pero esa incómoda posición no era lo que preocupaba al vaquero.

      —¿Qué pasa? — interrogó preocupado Daniel al percatarse de la actitud detenida de Jurado.

       —Silencio— ordenó éste.

      Daniel obedeció. Pero no sabía la razón por la que Francisco estaba concentrado. Éste tenía su mano en el cuello del jato y estaba concentrado en buscar latidos de vida en sus arterias. Preocupado, no sintió nada. Su caricia en el cuello sin respuesta alguna del animal dentro del claustro de la madre hacía presagiar la peor de las posibilidades. Que el ternero se encontrara muerto. Como única ocurrencia para salir de dudas, decidió pellizcarlo a la altura de la papada.

      Entonces, como si hubiera renacido, el jato movió la cabeza dentro del útero de su madre.

      —¡Ahí, pelea, cago en ros! ¡Pelea por vivir, claro que sí!— gritó Francisco.

      Sacó la mano derecha para tener más movilidad con la izquierda y aprovechó que ésta continuaba agarrada a la papada del animal para ascender hasta llegar a sus diminutas orejas. Enganchó una de ellas y tiró hacia él. A Francisco le costaba ver, pues el sudor ya había entrado en sus ojos. Pero le daba igual. El tacto era el único sentido que necesitaba en ese momento. Y le estaba diciendo que la cabeza del jato empezaba a girar hacia la posición de los cuartos delanteros. Sacó el brazo izquierdo velozmente y agarró las dos cuerdas con una mano. Daniel hizo lo mismo detrás de él.

       —A la de tres. ¡Una, dos y tres!

      Los dos montañeses tiraron con fuerza. Un tirón y un paso atrás. Un segundo tirón y otro paso. El tercero fue el definitivo. Las manos del pequeño limousin sintieron el aire exterior por primera vez en su vida. En ese momento Francisco dio un último arrastre, que hizo que aparecieran las patas delanteras y la cabeza de la res. Soltó la cuerda y se abalanzó hacia el animal.

       —Rápido. Una vez más— solicitó a Molero al tiempo que agarraba la testa del ternero.

      Daniel obedeció y, en ese momento, logró arrastrar todo el cuerpo del animal al exterior. Francisco agarró su cabeza para que no chocara con el suelo.

      La vaca mugió con tanta energía que contagió a las compañeras. Hasta entonces habían permanecido ausentes del parto concentradas en su continuo rumiar. Pero, como si celebraran el parto de su comadre, bramaron todas con tal energía que el sonido atravesó las paredes de la cuadra.

       Pero ni Francisco ni Daniel se percataron del rugido triunfal de las vacas. Su atención estaba centrada en el animal recién nacido. Francisco lo agarraba con sus brazos y tumbó su agotado cuerpo contra el suelo de la cuadra.

       —Es una hembra— dijo con una sonrisa sincera—. Muy bien, pequeña. Te has portado muy bien.

      La pequeña limusina respiraba con normalidad, aunque se mostraba extenuada por el esfuerzo. Sin embargo a Francisco ese hecho no le preocupaba. Para él había una demostración, no científica sino basada en su propia experiencia, que indicaba que un ternero recién nacido se encontraba sano. El movimiento de su pequeña cola. Si al nacer movía el rabo con determinación, como si fuera un radar trasero que rastreaba los alrededores, significaba que la jata estaba sana. Y la que tenía delante giraba su rabo de un lado a otro.

       Aún así, limpió la boca y las fosas nasales del animal para que nada obstruyera sus primeras respiraciones. Entonces recordó la ocasión en que su padre, Vicentín el Hurón, tuvo que meter una paja en la nariz de un jato para que éste estornudara y empezara a recibir aire. En este caso no era necesario tal acto imaginativo. La becerra, llena de la  viscosidad de la placenta, movió su cabeza de un lado a otro buscando a su madre. Ésta volvió a bramar reclamando a su pequeña.

      Francisco ordenó a Daniel que proporcionara agua fresca a la vaca. La res, aún tumbada, agradeció el líquido introduciendo su cabeza en la palangana que su dueño le había colocado a su lado y sorbiendo, zapando como dicen los leoneses, a velocidad vertiginosa. Absorbió el agua con fruición, aliviada tras haber sacado de su cuerpo a una cría que había estado a punto de matarla.

      —Zapa, bonita, zapa. Que estás deshidratada— dijo Daniel satisfecho por la actitud de su animal.

      Tras varios segundos de descanso de los ganaderos, Francisco pidió a Daniel que trajera sal y le diera unos puñados a la res. Ésta devoró la aportación alimenticia que Daniel le daba directamente de su mano.

       —Venga, ya es hora de ver a tu pequeña— indicó Francisco.

      Agarró a la jata y la trasladó en brazos hasta la cabeza de su madre. Tras el complicado parto, éste era otro momento de especial dificultad. Si la madre despreciaba a su hija en un primer instante, a Daniel le costaría varios días que empezara le permitiera mamar de sus ubres. Y la ternera necesitaba el calostro de su madre cuanto antes para reponer las fuerzas gastadas durante el parto.

       Afortunadamente, la limusina madre mugió con ternura en el mismo momento en que vio a su hija. Era buena señal. Y la siguiente fue aún mejor. Levantó los cuartos delanteros, después las patas traseras y agachó la cabeza. Era el inicio de un proceso que Francisco había visto infinidad de ocasiones pero que le seguía transmitiendo una ternura enorme. La madre comenzó a lamer el cuerpo de su hija, empapado de placenta y sudor. A lametones prolongados en el espacio y en el tiempo. Primero en la cabeza, luego en el tronco de su pequeña. Después en sus débiles patas.

       Al verlo, Francisco revalidó una vez más en su interior la idea de que momentos como ese eran los que daban sentido a la exigente vida del ganadero de la montaña. Visiones como la de una madre y una cría que se conocen y se aceptan y se quieren a base de lametones. “Al final todos somos animales. Las vacas y los humanos no somos tan distintos. Una madre busca a su hijo recién nacido y es lo único que le importa en ese momento. Y el hijo lo único que quiere es la protección de su madre”.

      La semana que viene, las páginas 121-130. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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2 pensamientos en “EL MONTARAZ. Páginas 111-120

    • Hola Mari José. Me alegra un montón que te tenga en ascuas. Tranquila, todo a su tiempo. Como las buenas historias, todo esto del libro por entregas forma de un plan que, antes o después, funcionará. Tú da a conocer el blog a tus contactos, ellos a los suyos, los suyos a los otros… y así hasta el infinito. Y, dentro de un tiempo, pasaremos a la segunda fase para que el libro exista en papel (nadie tiene más ganas que yo, te lo aseguro).
      Un abrazo muy fuerte

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