EL MONTARAZ Páginas 101- 110

        Aquí tenéis las páginas 101-110 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 101-110

       Francisco Jurado tenía lo que él llamaba “alergia” a todo lo relacionado con la Iglesia. Las misas, las oraciones, los curas, las monjas, las procesiones, las estatuas religiosas… Aunque él mismo sabía que no era alergia. Era resentimiento del pasado, pues consideraba que en la montaña se le había rendido siempre excesiva pleitesía a la Iglesia y que ésta no había respondido con la misma dedicación y desinterés. Con esa idea firme en la cabeza arrancó en dirección a Vegacerneja, donde esperaba encontrarse a personas sin sotanas ni rosarios en la mano, que no se reprimieran de soltar algún “juramento” y que no dijeran continuamente frases que para él habían perdido su significado como “si Dios quiere”, “gracias a Dios” o “que Dios te acompañe”.

       Detuvo el coche en la puerta del bar de Manuel y se encontró fuera a varios paisanos obligados a salir a la intemperie a fumar. Saludó con la cabeza y entró. El bar de Manuel se mantenía casi como siempre lo había recordado. Con una amplia barra tras la cual se amontonaban en baldas cientos de productos de limpieza, comestibles, higiene personal y cualquier bien de primera necesidad que un humano requiriera para salir adelante. En el comedor continuaban sirviendo los mejores platos de caza de la montaña y en la despensa interior se amontonaban provisiones para años. Francisco, cuando veía en televisión una película apocalíptica en la que la humanidad corría riesgo de desparecer por un ataque de zombis, extraterrestres o bombas nucleares, siempre pensaba que el bar de Manuel era el mejor lugar para refugiarse. Dispondría de todo y para una larga temporada.

       La única diferencia, gran diferencia además, era que en el bar de Manuel ya no estaba Manuel. En invierno se jubiló tras un susto en el corazón. Entonces puso el local en alquiler y, poco después, un nuevo regente se hizo cargo de la tasca.

       —¿Te pongo una cerveza? — peguntó Roberto Arroyo.

       —Con un poco de queso, que apenas he comido hoy.

       El sustituto de Manuel se apresuró a servir la petición después de pasar una bayeta por la zona de la barra donde iba a depositar la comanda.

     Cuando Manuel Pomeño anunció que traspasaba su bar toda la montaña lamentó la noticia porque se pensó que jamás nadie tomaría su relevo. Sin embargo, antes de Semana Santa, apareció Roberto Arroyo, un  informático treintañero de Madrid. Había decidido practicar senderismo en la montaña leonesa y se había enamorado del paisaje y del modo de vida silencioso y sosegado. Por ello, cuando supo que Pomeño abandonaba el negocio, decidió lanzarse a la aventura. Pidió el finiquito en la empresa y arrendó el bar y la casa trasera a éste. Al principio todos pensaron que no duraría ni un mes en un pueblo que apenas conocía, con una población casi inexistente en otoño e invierno y con unas tradiciones bastante cerradas. Sin embargo Roberto Arroyo fue inteligente. Mantuvo en la cocina a Doña Carmen, la mejor cocinera de carne, tanto de caza como de cuadra, de la montaña. Y contrató a la chica más guapa de la montaña para que sirviera los fines de semana. Esa chica no era otra que Sonia Méndez.

       —¿Vienes del velatorio?

       —Sí. Ahí siguen, con el rosario.

     —¿Qué tal está la pequeña?— era el apodo cariñoso con el que Roberto llamaba a Sonia.

      —Apenas hemos hablado. Marquitos se ha quedado con ella.

      —Recuérdale que no hace falta que venga este fin de semana. Ya me las arreglaré como sea.

    Sonia llevaba dos meses trabajando como camarera de fin de semana en el bar de Manuel. Roberto decidió contratarla nada más verla en la barra de La Tenada, el bar que su padre regentaba en Riaño. La simpatía y amabilidad con que trataba a la clientela, el saber hacer con las cervezas y las copas y, cómo no, la belleza de la chica convencieron a Roberto al instante. Cuando  propuso la contratación a Sonia, ésta tuvo que pedir permiso a su padre. Julio Méndez se mostró reacio al principio. Prefería tener controlada a su hija única cerca de él a que tuviera que aguantar a borrachos y babosos en otro local. Además, cuanto más lejos estuviera de él, más fácil tendría la posibilidad de hacer lo que quisiera con Marquitos. Y sólo pensar en ello le daba dolor de cabeza a su protector padre.

      Pero la insistencia de Sonia durante toda una semana fue más fuerte que su reticencia y, finalmente, claudicó. Desde entonces Sonia Méndez era la camarera encantadora, atractiva y diligente de los viernes a la noche y los sábados y domingos a jornada completa.

       Francisco mordió un trozo de queso y echó un trago. A su lado estaban dos trabajadores de la construcción encargados de rehabilitar una casa de Vegacerneja. Los dos hombres hablaban de la crisis, de cómo estaban bajando los precios de las viviendas y de que, ante la falta de trabajos, una cuadrilla de albañiles de Maraña se había disuelto y cinco obreros se habían ido al paro. En ese momento entraron los hombres que habían apurado sus cigarros al fresco. Uno de ellos, natural de Casasuertes, se mostraba especialmente enfadado.

      —¡La primera jata, cago en la puta! ¡Y todavía estamos en mayo! Cuando venga el guarda se lo voy a decir. Que, o toma medidas, o las tomamos nosotros.

      Francisco Jurado, curioso, preguntó de qué estaba hablando.

     —Que los lobos ya me han matado la primera jata. Hace cuatro días que las he sacado de la cuadra y ya me han jodido una.

      —¿Dónde te la han matado?

      —En los prados de Montó.

     —Y a mí no me han jodido otra de milagro. Porque tenía a los mastines por ahí, que si no, me la matan— agregó otro ganadero—. No sé que pasa este año, pero parece que hay más lobos que nunca.

     “Yo sí sé que es lo que pasa— pensó Francisco—. Que este año no he subido yo con el rifle”.

     En efecto, todos los inviernos y a principios de las primaveras, Francisco Jurado ascendía a los montes que rodean Cuénabres, Casasuertes, Retuerto y las aldeas de Valdeón y realizaba varias batidas furtivas de lobos. Elegía los ejemplares más fuertes, los que parecían ser líderes de la jauría, y los derribaba con las balas de su rifle. De ese modo, si acababa con uno o dos chacales de cada grupo, el resto se dispersaba y atacaban a los animales de la montaña por su cuenta, de modo individual, lo que les creaba mucha mayor dificultad para cazar. Aunque todas las temporadas moría algún becerro, oveja o ciervo, la cantidad de animales caídos en la montaña era muy inferior que si se trataran de grupos unidos los que rodeaban a las presas.

       Pero Jurado había abandonado la caza tras “la tragedia de Cebolleda” del año anterior. Había decidido no volver a portar un arma. Ni legal, ni de modo furtivo. Ya había matado a demasiadas fieras y había ayudado a demasiadas personas a hacer lo mismo. Y no sentía la necesidad de volver a apuntar y disparar a un animal que corre por el bosque. De hecho, cuando reflexionaba sobre los centenares de ocasiones que había derribado a una bestia a lo largo de treinta años, se planteaba la duda de si ello había supuesto para él algo más que el único placer de la venganza ante Daniel Molero, el guarda de montes hasta entonces. Y si eso le había convertido en una persona más pobre de espíritu y con más rencor en su interior de lo que jamás hubiera temido.

       Francisco Jurado había abandonado la caza. Pero ello no suponía que renegase de una actividad heredada de sus ancestros y que había aportado sustento alimenticio a varias generaciones montañesas. Paisanos que se alimentaron del chorizo de jabalí, de los filetes de rebeco o de la carne guisada de ciervo. Para él suponía una de las leyes fundamentales de la naturaleza. La de matar para poder vivir. Desde ese prisma, respetaba a los cazadores.

       A quienes había empezado a despreciar era a aquellos que únicamente cazaban para obtener el trofeo, esa cabeza de la fiera que pretendían exponer en el salón de su casa como muestra de virilidad. Esos hombres, a los que precisamente él había ayudado a localizar las presas y se las había puesto en bandeja para disparar, le parecían ahora que eran tan vacíos de sentimientos en relación con la montaña como lo había sido él cada vez que apretaba el gatillo con el único objetivo de hacer daño a Molero.

     Así que ese año los lobos tenían, por parte de su rifle, el campo libre para el acorralamiento y el ataque. Francisco, que ya había divisado varias pisadas de los chacales en invierno, se planteó en ese momento que el modo de evitar que sus jatos y vacas acabasen muertos a dentelladas tendría que ser la vigilancia de su ganado con más esmero.

       “Sol y Zar van a tener un trabajo extra esta primavera y verano”, pensó. “Que los demás hagan lo mismo. Que cuiden de su ganado como es debido y ya verán cómo les matan menos jatos. Y, si no, que suban ellos a matar a los lobos. Conmigo que no cuenten”.

       Sus pensamientos se vieron alterados por la entrada bravucona de un hombre.

       —¡Roberto! ¡Un cubata de ron!

       Arroyo colocó un vaso en la barra.

       —¡En vaso de tubo, cojones! Nada de los vasos de sidra que usan los vascos.

     Jurado miró a ese hombre, de no más de treinta años, y se extrañó por no conocer a un cliente que trataba con tanta familiaridad al hostelero. Roberto Arroyo sirvió el combinado. Cuando hubo terminado, el joven agarró su brazo.

       —¡Coño, Bobby! ¡Echa un poco más, que parece que lo tienes racionado!

     Después miró a Francisco, en la otra esquina de la barra, y exhibió una sonrisa que solicitaba la complicidad del vaquero. Éste no movió ni un músculo de su rostro.

      —¡Bah! — dijo a modo de desprecio a Francisco antes de beber de un trago medio cubalibre—. Oye, ¿dónde está la muñequita? Ya sabes que prefiero que me sirva una tía con ese cuerpazo a que lo hagas tú, feo cabrón.

      Soltó una carcajada que detuvo las conversaciones en el bar. Francisco notó como la inicial molestia al ver al extrovertido desconocido se estaba convirtiendo en malestar. “La muñequita del cuerpazo” a la que se refería era Sonia. Y a él no le gustaba que hablasen así de la novia de su hijo. Roberto, tras la barra, apreció el semblante enfadado de Francisco y quiso apaciguar la tensión.

      —Ya sabes que sólo trabaja de fin de semana. Además, ¿no crees que es un poco joven para ti?

     —¡Joder, Cuanto más joven, más dura. ¡Más dura me la pone! — respondió antes de soltar una carcajada excéntrica.

       —¿Pero tú eres imbécil o estás borracho?

     La rotundidad con que Francisco Jurado había dicho tales palabras provocó un silencio aterrador en la tasca. En ese mismo instante Roberto Arroyo salió de la barra y se colocó entre Francisco y el joven faltón.

       —¿Qué has dicho?

       —¿Que si eres imbécil o estás borracho?

       —Y tú eres un hijo de…

       Roberto intervino antes de que los insultos pasaran a convertirse en acciones.

      —Yo creo que lo segundo, que está borracho. Venga, David, vete a casa que por hoy es suficiente.

       Agarró del brazo al hombre, que se dirigió retador a Francisco.

      —Oye, viejo, ¿qué mosca te ha picado? Que estoy de broma, joder.

      —Yo no veo que nadie se esté riendo con tus tonterías.

      —Francisco, déjalo— intervino Roberto—. Y tú, sal ahora si no quieres que me enfade. Y si el próximo día estás como hoy, mejor que no entres aquí.

      Acompañó al joven hasta la puerta y esperó a que se alejara unos metros para volver a la barra.

      —¿Quién es ese impresentable?

      —¿No le conoces?

      —No. ¿Debía conocerle?

      —Es el geógrafo.

     —¿Este idiota es el geógrafo? Manda narices que todos nosotros estemos pagando a un impresentable como éste.

     David Raballeda era un personaje que había aparecido en el universo montañés hacía dos meses. Se presentó como un geógrafo madrileño al que el Gobierno de Castilla y León le había concedido una beca de dos años para estudiar la incidencia de la despoblación en la montaña leonesa en el medio ambiente y plasmarlo en un libro que editaría el gobierno castellano leonés. Un estudio que a la mayoría de los paisanos de la zona le parecía un gasto sinsentido cuando las administraciones podían invertir el dinero de la beca en proyectos más productivos. Sin embargo, lo que más molestaba a personas como Jurado era que, al parecer, no era más que un enchufado y un vividor que se iba a pasar dos años disfrutando la vida padre con el dinero de los contribuyentes.

      Cuando Francisco apreció que se había calmado tras la trifulca con el geógrafo, miró su reloj y pensó que era hora de volver al velatorio. “¡Qué pereza!”, pensó al imaginarse a todas las mujeres con la cabeza agachada y rezando en bajo, como si quisieran que el único oyente de sus plegarias fuera el cuello de sus blusas.

    Pagó la consumición y condujo hasta Retuerto con galbana. Ya habían ofrecido sus respetos a la familia Méndez y él todavía tenía labores que hacer en Cuénabres. Esperaba que Carlota no se hubiera ofrecido a hacer noche para velar al cuerpo con la familia, porque él no estaba dispuesto a dejar sin comer a varias añojas que tenía en la cuadra y que pretendía vender en breve.

       Tercer misterio. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte.

       La voz venida del interior de la casa de Arturo Méndez ratificaba los  peores augurios de Francisco. Que se confirmaron cuando entró en el salón. Sor Milagros portaba la sarta de cuentas, separadas de diez en diez por otras piedras de distinto tamaño y unida por sus dos extremos a una cruz. Rosario en mano, proseguía con el rezo que había empezado cuando él se ausentó. O bien, temió Francisco, habían empezado otro nuevo. Como desconocía de cuántos misterios constaba el Rosario, cuantos avemarías y padrenuestros incluía cada misterio y no tenía ni idea de lo que eran las jaculatorias y las glorias, se encontraba perdido en cuanto a la ubicación temporal del rezo. Por muchos capones que recibió de mozo por parte del maestro por no saberse de inicio a fin el protocolo del Rosario, jamás había sido capaz de guardar en su memoria un ritual que no le interesaba en absoluto. Y se consideraba perro viejo para aprender algo que se la traía al pairo.

       Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra…

      Las cinco mujeres entonaban a coro el Ave María. En ese momento, sin esperar a que Carlota mirara hacia él, dio media vuelta y salió de la casa. Prefería esperar la finalización del rezo fuera. Se sentó al lado de su hijo, aburrido y triste por no haber podido estar más tiempo a solas con Sonia.

       —¿Qué tal va todo?

       Marquitos subió los hombros pero no abrió la boca.

      —Tranquilo, enseguida marchamos. Si no es que se le ha ocurrido a tu madre ofrecerse a pasar toda la noche.

      —Lo ha hecho…

     Francisco maldijo en su interior. Carlota había vuelto a ser tan amable y correcta como siempre. Ya le había dicho él que tenía prisa y que…

       —… pero la madre de Sonia ha dicho que no hace falta— terminó Marquitos.

      El ex furtivo resopló. Volvían a casa. En cuanto las mujeres dejaran de rezar, entraría en el salón, miraría a Carlota y, con un gesto disimulado, le indicaría que era hora de volver. De ese modo todavía tenía tiempo para acudir a la cuadra sin que se le hicieran las mil.

      Marquitos no se mostraba tan aliviado. Al contrario. Cuando había salido de Cuénabres en dirección al velorio se había imaginado que iba a ser el soporte, el baluarte, el roble, el hombre en el que Sonia iba a depositar toda su pena por la muerte de su tío Arturo para que él la destruyera y convirtiera el dolor en consuelo. Deseaba mostrarse como el varón fuerte y sin titubeos que aparecía en las películas y que, con un solo abrazo, calmaba el temblor de la amada.

      Y en lo que llevaba de tarde no había sido más que un mojigato acobardado ante una monja con un rosario en la mano, unas mujeres con oraciones en la boca y lágrimas en los ojos y unos hombres no más recios que su padre pero que le habían amedrentado nada más verles. Seguramente, pensó, porque uno de ellos era el padre de Sonia.

       Pero la razón de la amargura de Marquitos residía en que apenas había hablado con su chica. No se había comportado como se comporta un novio con su novia afligida. Esa realidad, magnificada por su juventud ignorante, le carcomía.

      …concédenos, pues, que celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén

      Se hizo el silencio dentro de la casa. Francisco, alerta, esperó unos segundos. “Ya está, ya han terminado”. Se levantó y entró en el salón. En ese momento se estaba alzando su esposa, que necesitaba acudir al baño tras el rezo.

      —Igual es hora de marchar.

      —Espera un poco— contestó ella—. Todavía no hemos visto a Arturo.

     —De acuerdo. Subo yo ahora. Luego vas tú y marchamos, que hay cosas que hacer en casa.

    Carlota consintió y entró en el baño. Francisco ascendió las escaleras de la casa y, enfrente, halló la puerta abierta en la que se encontraba el ataúd de Arturo Méndez sobre la cama. Entró con lentitud, con la pausa que pensaba que se debe tener ante la presencia de un muerto. Se colocó al lado de la caja y miró a Arturo. Seguido, hizo la señal de la Santa Cruz.

       “Ya has tenido mala suerte, hombre. Ahora que podías disfrutar de la vida con tu mujer”.

     No sabía qué más podía decir su mente al espíritu de Arturo, si es que éste existía y todavía no se había despegado de su cuerpo. Tampoco había tenido tanto trato con el hombre vestido con un traje negro y con los ojos cerrados. Su padre, Vicentín Jurado, Vicentín el Hurón para los paisanos, sí había tenido más relación con él antes de que, en 1987, la familia Méndez tuviera que abandonar La Puerta por culpa de la construcción del pantano del Esla. Incluso recordó que en una ocasión uno de los hermanos Méndez, no se acordaba bien quién de los tres, había acudido a Cuénabres y había vendido a su padre una vaca que luego resultó ser una de las más lecheras de aquellos años.

       “Espero que estés en el cielo. Y ojalá nos veamos allí. O donde sea”. Francisco volvió a persignarse y bajó las escaleras. Miró a Carlota y esperó en el salón. En cuanto ella bajara de ofrecer sus respetos al fallecido, se despedirían y volverían a Cuénabres.

                                         *          *          *

       La noche estaba despejada y el viento del norte enviaba intermitentes rachas frías que chocaban contra la piel como diminutas e invisibles agujas.

       “Hoy va a pegar una helada de cojones”, se dijo Francisco Jurado al salir de la cuadra. Acababa de cebar a las dos añojas limusinas que pretendía llevar al matadero. Eran buenas jatas de carne, pero al ganadero le daba el pálpito de que no iban a ser tan buenas paridoras como el resto. Sus cuartos traseros eran más estrechos y eso podía dificultar los partos.

       Caminó por el pueblo desierto de personas en dirección a su casa acompañado de Sol. Antes de cruzar el puente que atraviesa el río Frañisquera,  escuchó un grito de enfado procedente de una cuadra cercana. Al percibir de dónde venía, decidió que la razón del chillido no era de su incumbencia. Pero, seguido, otro grito volvió a detener sus pasos. Esta vez ya no podía hacer la vista gorda a lo que estaba ocurriendo dentro del único establo iluminado del pueblo en ese momento. Por mucho que se tratara de la cuadra de Daniel Molero, el ex guarda de montes de Cuénabres.

              La semana que viene, las páginas 111-120. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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2 pensamientos en “EL MONTARAZ Páginas 101- 110

  1. Me gusta lo leído hasta ahora.
    No entiendo que pases de Gobierno de Castilla y León a “gobierno castellano leonés”. Creo que lo correcto será castellano y leonés, somos una autonomía formada por dos regiones históricas, Castilla la Vieja y León y leonés no es el apellido de castellano.
    Gracias

    • Hola Chema. Muchas gracias por leer “El Montaraz” y me alegra que estés disfrutando la historia.
      Sobre lo de “castellano leonés” o “castellano y leonés”, he optado por la primera opción porque es la que la RAE recomienda. No ha habido ninguna razón política para ello, te lo garantizo.
      Pero, en efecto leonés no es apellido de castellano.
      Muchas gracias por tu apreciación y un saludo cordial

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