EL MONTARAZ Páginas 91-100

        Aquí tenéis las páginas 91-100 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 91-100

      —Faustino me ha pedido matrimonio y yo le he dicho que sí— respondió Teresita mirando por primera vez a los ojos de Cazurro—. No nos lo impida. Se lo ruego.

     La última palabra de la frágil muchacha vino acompañada de una lágrima más. Cazurro resopló. Se sentía conmovido por el amor, o lo que fuera a esa edad, que sentían los chicos el uno por el otro. Pensó que ojalá todas las pasiones de los hombres fueran tan puras e inocentes como las suyas. Eso evitaría muchas muertes y mucho sufrimiento sin sentido.

       “¿Qué cojones?”, se dijo.

      —La madre que me parió. Cura, prepárate, que tienes una boda.

    Teresita y Faustino exhibieron una sonrisa rebosante de ilusión. Don Julián, por su parte, intentó contradecir al maquis. Pero éste, a modo de advertencia, volvió a dirigir la ametralladora hacia su cuerpo. El cura asintió con la cabeza. Iba a casar a los dos chicos.

      La misa de Faustino Romeral y Teresita Sopeña se produjo a las doce y media de la noche del 8 de abril de 1940. Con el padre Julián como maestro de ceremonias y Sebastián García, Cazurro, como único testigo del enlace. En la iglesia en la que los dos habían recibido las aguas del bautismo en la pila sagrada. De un modo diferente al que cualquier pareja de enamorados podría soñar. Sin sus seres queridos emocionados, con la única luz de unas pocas velas y en voz baja para que los “sí, quiero” de los novios no atravesasen las paredes de la iglesia y llegaran a oídos indeseables. Y con un guerrillero al que los ojos se le humedecieron al mirar el amor juvenil y sincero con el que se miraban los muchachos.

       —Por el poder que me ha concedido la Santa Madre Iglesia yo os declaro marido y mujer.

       Faustino y Teresita se besaron. Ya como marido y mujer a los ojos de Dios, aunque nadie más lo sabría jamás.

      Antes de salir del recinto religioso Cazurro se llevó a Don Julián a la despensa de la iglesia. Allí le hizo una única advertencia. Como dijera algo a alguien, él mismo volvería a Villasante y le abriría las tripas en dos. La mirada de Cazurro ratificaba sus palabras y prometió mantener el secreto.

      Después la conversación privada se produjo con Faustino.

      —No puedes huir con ella y lo sabes.

      —Sí puedo. Y lo voy a hacer.

    —¿Quieres que la maten? ¿O que algún hijo de puta la viole en mitad del monte?— preguntó con hostilidad— No, claro que no quieres eso para ella. Y por eso tiene que seguir aquí, en el pueblo, protegida por su familia.

      —Yo también la puedo proteger.

      —Bastante vas a tener con seguir vivo. No puedes acarrear con ella.

     —¿Y la partida? Somos más hombres. Y vosotros conocéis el monte lo suficiente como para esconderla.

      —Tampoco, rapaz. Por cuidar de ella todos correríamos todavía más riesgos. Y no lo voy a permitir. Te tienes que venir tú solo. En un futuro ya se verá.

      Faustino miró a Teresita, que tenía fijados sus dulces ojos en el retablo del siglo XVII que presidía la iglesia. Supuso que la muchacha estaría rezando al Santo Apóstol para que les acompañara a ella y a su recién esposado y cuidara de ellos.

      —No puedo hacerle eso. No puedo.

     —Pero sabes que es lo que tienes que hacer— aseguró Cazurro sin paliativos—. Mira, disfrutad de vuestra noche de bodas como podáis. Yo te espero mañana en el mismo sitio en el que has estado durmiendo. Espero que mañana por la mañana vengas donde mí. Y que vengas solo. Sé que quieres a Teresita y que harás lo mejor por ella.

       —Prométeme que, si te sigo, me ayudarás a huir de España con ella.

       —Te lo juro. Cuando tengáis la posibilidad yo mismo os llevaré hasta donde haga falta.

     Tras la conversación, Cazurro se despidió de Teresita con dos besos en las mejillas y deseó a la chica el mejor futuro posible. A Faustino le apretó la mano y no dijo nada. Después se alejó del pueblo entre las sombras, llegó al lugar pactado y se tumbó en el suelo. Enseguida el sueño se apoderó de él.

      Ya de mañana, cuando se despertó, lo primero que vio fue la imagen de Faustino Romeral sentado a su lado. Acababa de llegar. Cazurro se levantó para asegurarse de que estaba solo. Así era.

      —Cuando quieras, nos vamos— dijo con abrumadora seriedad y los ojos enrojecidos.

     —Está bien, muchach…— Cazurro no terminó la palabra. Quería corregirla—. Está bien, Montaraz. En marcha. Vamos al campamento.

CAPÍTULO 4

Retuerto. León

12 de mayo de 2011. 6 de la tarde

 

 

 

 

      Francisco Jurado aparcó frente a la casa de Arturo Méndez. Sin decir palabra y con el semblante compungido natural en momentos luctuosos, Carlota, Marquitos y él bajaron del coche y se detuvieron delante de la casa del hombre muerto dos días antes. Carlota colocó el cuello de la chaqueta de Francisco como era debido y comprobó una vez más que Marquitos también iba correcto para presentar sus respetos a la familia Méndez.

       Los tres vestían de negro, el color impuesto en los velatorios montañeros. Carlota, con una falda que únicamente descubría sus tobillos, unos zapatos sin apenas tacón, una blusa y una chaquetilla que había decidido ponerse a última hora al apreciar que la tarde había refrescado más de lo que esperaba. Francisco vestía el traje oscuro de los funerales. El mismo que había llevado en los últimos años en que había tenido que honrar la memoria de otros paisanos de la montaña. Carlota le había insistido en más de una ocasión que debía comprarse otra vestimenta. Sin embargo, Francisco no tenía intención de hacer caso a su esposa. Su personal y abrumadora sensatez apoyó su negativa en la única ocasión en que el ganadero quiso explicarse:

      —Al muerto no creo que le importe lo que yo me ponga. Y si la familia está más preocupada por la ropa de los demás que por el que se ha ido, es que no le están echando mucho de menos— fue el argumento de Francisco, ante el que Carlota supo que la batalla estaba perdida.

        Marquitos vestía un pantalón vaquero azul tostado, una camisa negra y una cazadora del mismo color. Era lo más cercano a un traje de luto que tenía y fue su misma madre quien le impuso tal vestimenta.

        Era un día especial para Marquitos. No porque se tratara de su primer velatorio. Ya había acudido a dos más. Pero ninguno le importaba tanto como éste. La razón no era la identidad del fallecido, Arturo Méndez. Para Marquitos, Méndez se trataba de un paisano más que, tras un tercio de vida en la ciudad, había vuelto a pasar sus últimos años en la tierra que le vio nacer. Con el exotismo añadido de que se trataba, además, del “loco de Las Camperas”, uno de los apodos con los que era conocido por su afición a bañarse en dicha poza aunque el agua estuviera a temperatura gélida. No. Para Marquitos el velatorio era especial porque Arturo Méndez era el tío de Sonia Méndez, su novia.

      Francisco golpeó la aldaba metálica de la puerta y los tres esperaron. Unos segundos más tarde una mujer vestida con ropaje religioso abrió la puerta.

       —Buenas tardes.

       —Buenas tardes, Milagros. Te acompaño en el sentimiento— respondió Francisco.

       —Gracias. Pasad, pasad a la sala— dijo con serenidad.

      Se trataba de Milagros Méndez, tía de Arturo. Una monja de ochenta y un años que había dedicado más de media vida al servicio a Dios en la congregación de las Esclavas de Cristo. Carlota dio dos besos a Sor Milagros, y Marquitos, sin saber cómo actuar ante una monja que le intimidaba, se puso al lado de su padre.

      Ambos caminaron en paralelo hasta el salón de la casa, el epicentro de la vela al fallecido. Allí se encontraban Inés, la viuda de Arturo, sentada en el centro del sofá agarrando un pañuelo de tela con la mano derecha. La izquierda estaba sostenida por Antonia, cuñada de Inés y madre de Sonia. A la derecha de Inés se hallaba Maribel, una prima que acababa de llegar de León. En una silla aparte estaba sentada Sonia, el amor de Marquitos. Al verla con los ojos enrojecidos, el joven cuenabrénse quiso acudir raudo a su amparo, pero reprimió su instinto y se mantuvo al lado de su padre.

      Y en otra butaca, con los ojos cerrados y una postal de la Virgen de Lourdes en la mano, rezaba entre murmullos la anciana Eulalia. A sus ciento cinco años, Eulalia era un paradigma de longevidad muy inusual en la vida urbana, pero no tanto en el mundo rural. A pesar de haber sufrido una vida de miseria, guerra civil, hambre, trabajo y frío, Eulalia mantenía una cordura y una salud que para si quisieran la mayoría de los hombres y mujeres cuarenta años más jóvenes que ella. Y eso que enviudó de su difunto, Lorenzo Méndez, hacía más de cincuenta años y tuvo que sacar a dos hijos adelante ella sola. Sor Milagros, la monja con quien convivía hacía una década, y Senén, el abuelo de Sonia, fallecido hacía décadas.

       A cada muerte que sufría la familia de Eulalia los vecinos aseguraban que la siguiente en irse al cielo sería ella. Que “ya le tocaba”. Hasta el momento habían errado. Se habían equivocado en más ocasiones de las que la mujer hubiera querido. Eulalia ya había enterrado a su marido, a un hijo, a una nuera, a un nieto y a un bisnieto. Y nada hacía prever que fuera la siguiente en rellenar una tumba en el cementerio, aunque siempre le rezaba a Dios que fuera ella la próxima en llamar a la puerta de San Pedro.

       Porque Eulalia, todos los días en que la nieve no se lo impedía, acudía a misa. Además, caminaba media hora ayudada, eso sí, por una muleta. Se aseaba sola, ayudaba a su hija en la cocina y únicamente tenía dificultades para subir y bajar escaleras. En cuanto a su capacidad intelectual, mantenía largas conversaciones sin que su longevo cerebro apenas se ausentara de ellas. Además, como la mayoría de los ancianos, conservaba una memoria enciclopédica y sumamente detallada en lo que se refería a hechos históricos que ella había vivido. La vista era el único sentido que había sufrido severamente el paso de los años. Por un ojo apenas veía más que sombras, aunque el otro le servía para defenderse.

       De pie se encontraban tres hombres en un corrillo. Dos de ellos eran los hermanos del muerto. Pablo, de sesenta y cinco años, y Julio, el padre de Sonia, quince años más joven. El otro era un vecino de Retuerto que se despedía de ellos tras haber acudido a presentar sus respetos a la familia.

     Los velatorios en la montaña de León mantenían una tradición no escrita que se remontaba a tiempos que ninguno de los presentes había vivido. Una vez muerto el protagonista, se velaba su cuerpo durante la noche entera anterior al funeral y posterior entierro. Los familiares depositaban el cuerpo inerte vestido con su mejor traje en una habitación de la casa para que, quien quisiera, se presentara a darle un adiós íntimo. El resto se mantenía en la cocina o en la sala en silencio o manteniendo conversaciones en voz baja en las que el recuerdo del ser querido era el tema central de los diálogos. La disposición física de los presentes, además, era siempre la misma. Las mujeres sentadas, compartiendo oraciones y lágrimas. Cada poco rato una de las mujeres se levantaba para preparar café y ofrecer algo de comida a los allegados. Una función que, en esta ocasión, le había tocado a Sonia. Los hombres, de pie, salían de la casa para fumar o, simplemente, airearse, y volvían a entrar. Y los niños, si es que los había, eran enviados a jugar en la calle para no alterar con su ruido el duelo de adultos. De noche, dormían en casa de algún allegado.

       El velatorio transcurría siempre entre rezos, ligeras cabezadas sentados en sillas, café, embutidos caseros y lágrimas, al principio más abundantes y que descendían en cantidad con el paso de las horas y con el agotamiento.  Hasta que sonaban las primeras campanadas matinales de la iglesia. En ese momento, los más próximos cargaban con el féretro, lo sacaban a la calle y trasladaban al fallecido hasta la puerta del santuario. Allí debía esperar todo el pueblo para dedicar sus primeras condolencias silenciosas. Porque había una ley no escrita que prohibía entrar en la iglesia antes de la llegada del féretro, salvo a las personas de avanzada edad que tuvieran dificultades para mantenerse en pie.

       Seguido, otro repicar de campanas interrumpido únicamente por nuevas lágrimas, una bendición del ataúd a cargo del cura y la entrada a misa. En la montaña leonesa los funerales siempre eran de cuerpo presente. Porque siempre había sido así y porque los montañeses entendían que ellos debían acompañar al cadáver hasta el mismo instante en que la tierra lo tapara.

       La familia Jurado, ya en el salón, cumplió el protocolo de dar el pésame a cada uno de los familiares de Arturo Méndez con las manidas coletillas  de “te acompaño en el sentimiento” y “Dios le tenga en su gloria “. Tras el ritual, Carlota buscó una silla y se sentó al lado del sofá de las mujeres. Francisco, por su parte, se mantuvo de pie con los hombres. Marquitos también, pero en una situación que le resultaba incómoda. Ya había cumplido los diecisiete años y, por lo tanto, tenía la edad necesaria para ser considerado un adulto aceptable en una conversación madura. Aunque él se sentía extraño, sin saber qué decir entre todos esos hombres con gesto rudo y abatido a la par que sereno. Además, lo único que Marquitos deseaba era estar a solas con Sonia.

       Desde que supo de la muerte de su tío quiso acudir a su amparo. Carlota se lo impidió en ese momento. Le dijo que había situaciones en las que un hombre lo que mejor puede hacer por la mujer que ama es dejarla llorar en soledad. Marquitos no entendió la explicación de su madre, pero acató la orden.

       —Al final, ¿os han dicho qué pasó exactamente?— preguntó Francisco al dúo masculino.

     —Sí. Han hecho la autopsia y parece que se resbaló en la poza y se dio con la cabeza contra una piedra— dijo Julio Méndez.

       —Ya es maldita desgracia.

      —Además de verdad. Hace unos meses muere su hijo por las drogas y ahora le toca a él. ¡Con lo sano que estaba! ¡Como un roble! Fíjate, decía que era por la manía de los baños en Las Camperas y resulta que uno de esos baños le ha matado. Manda narices cómo es la vida.

     —¿Cómo está Inés? — interrogó Jurado en bajo para que no le oyera la viuda,  que se encontraba a pocos metros.

    —Destrozada. Dice que ahora qué va a ser de ella. Ya no quiere vivir aquí. A San Sebastián tampoco quiere volver porque le recuerda a su hijo. No sé yo si va a salir de ésta.

       —Tiene que ser muy duro, sí.

      La conversación entre Julio y Francisco, los “consuegros en ciernes” tenía un espectador silencioso. Pablo, el hermano mediano de los Méndez. En ningún momento abrió la boca para aportar reflexión alguna al diálogo. Aunque era algo que a Francisco no le extrañó en absoluto.

      Pablo Méndez vivía en Vegacerneja y era conocido en la montaña como “Pablo el mohíno”. Solterón por convicción y obligación, su fama de serio, enojado perpetuo y tristón hasta la médula le había acarreado ese mote que, evidentemente, nadie  nombraba en su presencia. Pero a sus espaldas “Pablo el mohíno”, había sido centro de burlas por su tacañería y falta de amabilidad. “Éste es tan rácano que no se hace ni pajas por no gastarlas”, dijo una vez el propio Francisco de él al verle segar a guadaña unas ortigas de un prado de su propiedad. Pablo Méndez no necesitaba partirse el lomo para recoger hierba. Estaba jubilado y ya no tenía vacas a las que alimentar. Sin embargo, todos los años segaba, apañaba y recogía la hierba de sus tierras con un único objetivo. Que las reses de otros paisanos no se la comieran. Luego, si el año era propicio, vendía el forraje a otros ganaderos. Y si no lo lograba porque había tanto herbaje que nadie se lo compraba, lo quemaba sin importarle el riesgo que se corría al hacer fuego en mitad de un prado. Todo porque Pablo Méndez no soportaba que otros se beneficiasen de lo que era suyo, por mucho que no lo necesitara.

       Por ello a Francisco no le extrañaba ver el semblante toscamente serio pero falto de emoción de Pablo Méndez. Ratificaba la opinión de Jurado de que hay personas que no tienen más sentimiento que el que abarca al egoísmo en esencia pura.

       Marquitos salió de casa aprovechando que nadie tenía la vista puesta en él. Fuera, se sentó en un banco de piedra y mantuvo el pensamiento en lo bella que era la primavera con sus gamas de colores enérgicos y los sonidos vivos de la naturaleza. Minutos después se abrió la puerta y Sonia apareció ante sus ojos. Marquitos se levantó como una centella y Sonia se lanzó a sus brazos.

        —¡Me moría de ganas de verte! — reconoció la muchacha.

       —¡Y yo! Pero mi madre me prohibió venir ayer.

       —Mejor. No hubiera podido estar contigo.

       —¿Qué tal te encuentras?

      —Mal. Hace poco mi primo y ahora mi tío Arturo. Y encima así— recalcó recordando las circunstancias del fallecimiento—. La tía está fatal. Yo creo que le va a dar algo. Lleva dos días a base de pastillas.

       —Lo siento mucho— dijo el chico con su adolescente sinceridad.

      Marquitos abrazó a Sara, pero ésta miró a la ventana de casa y se apartó. Se encontraba incómoda en los brazos de su novio con la familia al otro lado del muro.

      —Tengo que volver a entrar. No quiero que nos vean así.

      —¿Cuándo nos veremos?

      —Mañana, en el funeral. Si es que vienes.

     —¡Claro que voy a ir! — contestó Marquitos con una ligera mueca de ofensa—.Ya sabes a qué me refiero. Tú y yo, solos.

      —Mañana hablamos— respondió Sonia con un intento de sonrisa que pretendía calmar la necesidad que Francisco tenía de ella.

       Sonia también deseaba sentirse segura en los brazos de su novio cuanto antes. Además, desde que en invierno Marquitos cayó en la cueva de Cuénabres en la que había estado acompañado por un esqueleto, el miedo a perder a su primer amor había aumentado considerablemente. Primero fue “la tragedia de Cebolleda” y después lo de la cueva. Sonia temblaba al pensar en la manida frase de a la tercera va la vencida. Por ello pasaban juntos todas las horas, minutos, segundos que podían. Marquitos era el chico de su vida.

        Pero en ese momento tenía la obligación de compartir el duelo familiar sólo con los más cercanos. Y Marquitos, para su familia, no lo era.

        Entró en casa y preparó café. Después sirvió una taza a Carlota, que se lo agradeció con una caricia tierna en la mano, y otra a Francisco. Éste no quiso el brebaje, pero sí dio un beso sentido en la mejilla de la que podría ser su futura nuera.

       —Ya sabes. Para lo que quieras, cuenta con nosotros— dijo con naturalidad.

      Julio, al escuchar a Francisco, miró a su hija con semblante serio. Sabía que Sonia y el hijo de Francisco se habían “ennoviado”, pero esperaba que el enamoramiento que se procesaban fuera cosa de chavales y se extinguiera en breve. Porque para Julio Méndez el vástago de un ganadero era poca cosa para compartir la vida con su preciosa e inteligente hija. Esperaba mucho más para ella. Un licenciado, un hombre con dinero o, al menos, alguien que no anduviera todo el día entre abono.

       Sonia agradeció las palabras de aliento de Francisco y volvió a la cocina. En ese momento la bisabuela Eulalia ordenó en alto que era el momento de volver a rezar el Rosario. Todas las mujeres asintieron con la cabeza. Carlota miró a su esposo y éste gesticuló con las manos que iba a dar una vuelta en coche y que luego volvería a buscarla. Salió de casa y se encontró a su hijo en la calle, con la cabeza gacha, pensativo y dando patadas a unos guijarros.

       —Me voy a la Vega a tomar algo. Se van a poner a rezar y… ya sabes ¿Te quieres venir?

       —Eh… no. Prefiero…

     Marquitos no terminó la frase. Pero Francisco sabía que significaba que prefería estar cerca de su chica, aunque ésta no le pudiera hacer mucho caso, que acompañar a su padre. Lo entendió y dijo que volvería a buscarles en un par de horas como mucho.

       La semana que viene, las páginas 101-110. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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