EL MONTARAZ Páginas 81-90

         Aquí tenéis las páginas 81-90 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Páginas 81-90

        Lo que desconocía Faustino era que, a diez metros del lugar que había elegido como escondrijo, se encontraba Cazurro tumbado en el suelo. El maquis pensó que el chico le había descubierto cuando se encaminó hacia él. Pero no había sido así y Cazurro esperó media hora antes de comprobar qué hacía el muchacho entre los arbustos. Cuando lo hizo, se acercó reptando hasta poder divisar a su vigilado y vio que Faustino descansaba dormido, apoyada su cabeza sobre la chaqueta y con las ramas protegiéndole del sol naciente de la mañana.

         Cazurro retrocedió unos pasos hasta encontrarse lo suficientemente lejos como para no ser descubierto por Faustino. Después, aprovechando el sueño placentero del chico, optó por divisar a grandes rasgos dónde se encontraba. Sabía que, por la dirección que habían seguido a lo largo de toda la noche, continuaban en algún punto de la comarca de El Bierzo. Pero desconocía exactamente dónde.

        Cazurro, de nombre real Sebastián García, también era leonés, pero del Noreste de la provincia. Había nacido hacía treinta y dos años en Ribota, una minúscula aldea al pie del Macizo Occidental de los Picos de Europa. Un enclave bello y agreste al lado del río Sella en el que la estirpe García había cimentado su linaje durante siglos. Sebastián pensaba continuar con la tradición familiar de campo y ganado como modo de vida. Se casó a los veinticinco años con Consuelo, una chica del cercano pueblo de Oseja de Sajambre seis años más joven que él. La familia de Consuelo, socialista hasta la médula, principalmente por descender de mineros asturianos sindicalistas, inculcó en la joven esposa la pasión por la política. Por ello, cuando se inició la Guerra Civil, incluso antes, Consuelo decidió tomar partido activo por el bando republicano.

        Sebastián no sentía la pasión ideológica de su mujer. Él hubiera preferido mantenerse al margen de cualquier enfrentamiento con la premisa básica del “vive y deja vivir”. Pero ella y su familia política le convencieron para unirse al bando republicano en el frente asturiano. Su corpulencia y su buena puntería eran dos virtudes para batallar contra los golpistas nacionales.

        Se mantuvo en el frente asturiano desde 1937 hasta 1938. Entonces supo que su mujer había sido apresada. Un vecino anónimo  de Oseja de Sajambre la había acusado de traidora al movimiento golpista y los militares nacionales la apresaron y la trasladaron a una casa cuartel del valle de Valdeón. Cinco días más tarde Consuelo murió víctima de las torturas.

        Sebastián García hubiera querido volver a su pueblo y vengarse sin piedad de los asesinos de su esposa. Pero un mando le envió a él y a otros voluntarios a reforzar el Frente de Madrid. Allí conoció a Ildefonso Romeral, el hermano de Faustino, con quien batalló hasta que tuvieron que retirarse tras un enfrentamiento en el que Ildefonso salvó la vida de Sebastián. Entonces se refugió en los montes de León y allí formó una partida formada por diez hombres que, como él, se encontraban perseguidos por el Régimen.

        Pero la partida quedó reducida a seis hacía dos meses por culpa de un enfrentamiento con una patrulla militar. Y hacía dos días había fallecido Ildefonso, quien había decidido unirse temporalmente a otra guerrilla para poder acercarse a Villasinde y visitar a sus padres. Así que, a la temida partida de Cazurro tan sólo le quedaban cinco componentes y el muchacho que dormía plácidamente entre unas escobas.

        Cazurro ascendió la loma del monte para hacerse una rápida composición de lugar, sobre todo por si se veía obligado a huir. Entonces, en el altozano, divisó una pequeña aldea. Sacó los prismáticos de la cartuchera que colgaba de su cuello y observó con detalle el pueblo. Tras varios movimientos panorámicos vio una casa hecha cenizas y supo de qué pueblo se trataba. “Jodido niñato. Éste quiere volver a su pueblo. Está loco”, pensó con rabia.

        Bajó monte a través y se colocó cerca de Faustino. El chico continuaba con su sueño reparador. Él también se sentía cansado, pero no podía permitirse el lujo de dormirse si no quería que el muchacho desapareciera de su vista durante su reposo.

        Tres horas después, Cazurro observó que Faustino se despertaba y se alzaba con cuidado para observar los alrededores. Por fortuna no divisó a ninguna persona. Tampoco a Cazurro, que le espiaba unos metros por encima de él.

        “¿Para qué habrá regresado este loco a su pueblo?” se preguntó “¿No habrá pensado entregarse? Espero, por su bien, que no. Porque no se lo voy a permitir. Le prometí que le protegería en memoria de su hermano y no voy a consentir que se meta en la boca del lobo para que lo maten como a un animal”. En ese momento pensó en levantarse y dirigirse con extremo cuidado hasta Faustino, agarrarle por el cuello y obligarle a que volviera con él y con el resto de la partida.

        Cuando iba a hacer realidad la estrategia planificada por su mente, vio cómo Faustino se tumbaba con celeridad. Él hizo lo mismo. El chico había visto algo. Con tiento, se incorporó hasta que distinguió, a lo lejos, a dos paisanos, hoces en mano, caminando por una vereda. Los dos hombres, de avanzada edad, entraron en un prado. Uno de ellos extrajo un saco de una mochila y lo extendió en el suelo. Después ambos iniciaron una siega de las hierbas más cercanas a un riachuelo. Cazurro supuso que lo que estaban haciendo era recoger el forraje más duro y menos agradable al paladar para dárselo de comer a los cerdos. Él, en sus tiempos de ganadero antes de la Guerra Civil, había repetido la misma operación en infinidad de ocasiones. Al verlo, la tristeza hizo mella en su mente. Jamás volvería a ser un pastor. Estaba convencido de que antes acabaría muerto a balazos.

        Los hombres permanecieron en el prado durante dos horas. Después se alejaron con el saco lleno de hierba. En ese momento Cazurro vio que Faustino se levantaba y se dirigía hacia la loma desde la que, horas antes, él mismo había divisado el pueblo de Villasinde. No lo sabía, pero el chico iba a permanecer escondido en ese lugar hasta que anocheciera.

        Cuando se apagaron las luces de las cuadras y las casas de Villasinde y el silencio únicamente se veía importunado por los ladridos de dos perros luchando por los parabienes de una hembra en celo fue cuando, finalmente, Faustino se incorporó. Cazurro hizo lo mismo a duras penas. Se le habían dormido las piernas tras tantas horas acurrucado entre dos arbustos. Observó que el chico al que espiaba empezaba a caminar y siguió sus pasos.

        “La madre que te parió— transmitió psíquicamente al Faustino—. No sé qué vas a hacer, rapaz. Pero como nos pongas en peligro te voy a dar una somanta de palos que te vas a acordar toda tu vida, cago en la puta”. Pero, a pesar de renegar del joven a cada paso que daba, no se atrevió a intervenir. Se encontraba tan cerca del objetivo de la escapada que sentía curiosidad por descubrir las intenciones de Faustino.

        Éste se hallaba a cincuenta metros de la casa más cercana de Villasinde, escondido tras un muro de piedras que bordeaba a un huerto y lo protegía de verse abordado por el ganado. Cazurro, otros cincuenta metros por detrás de él, agachado a la espera del siguiente paso de Faustino. Que se produjo de un modo rápido y silencioso. El chico se levantó con brío, saltó el muro y corrió agachado hasta llegar a una cuadra. Allí se detuvo y se escondió entre las sombras. Cazurro aprovechó ese movimiento para protegerse en el mismo muro de piedras del que había salido Faustino. En ese momento, sin dejar de mirar el espacio sombrío en el que se hallaba el chico, agarró la ametralladora con sigilo, quitó el seguro del arma y se la acercó al hombro derecho hasta acomodársela dispuesta al disparo. Lo hizo porque intuyó peligro. Se mantenía el mismo silencio y la misma ausencia de vitalidad en las calles que hacía media hora. Ningún cambio objetivo hacía pensar que, en ese momento, el riesgo para él y para Faustino fuera mayor. Pero el instinto de Cazurro le obligó a prepararse para lo peor. Y lo peor, lo sabía él mejor que nadie, era tener que apretar el gatillo.  A partir de ese instante cualquier cosa podría suceder.

        Faustino sacó la cabeza de la sombra y dirigió la mirada hacia la casa que tenía enfrente de la cuadra, a tan sólo una calleja de distancia. Ladeó el cuerpo hacia los costados y, finalmente, se atrevió a atravesarla. Cazurro lo divisaba con el ojo derecho, el que tenía puesto en el chico a través de la mira de su fusil Mauser- Mannlicher holandés, recién robado en un enfrentamiento con una escuadra falangista. Ya había planificado la estrategia si, en cualquier momento, venían mal dadas. Una ráfaga rápida hacia el lugar desde donde viniese la amenaza y una carrera veloz hasta el punto en el que estuviera el muchacho. Después, cambiar de cargador, vaciarlo velozmente sobre los enemigos y, seguido, arrastrar al chico hasta el muro de piedras. Desde allí la huida hacia el monte no sería demasiado dificultosa, protegido por la noche y el monte. Si todo salía bien…

        Faustino se había colocado con la espalda pegada contra la pared de piedras de la casa. De repente, se giró, colocó sus manos contra el muro y empezó un ascenso impulsado por sus manos y sus píes. Estos buscaban los huecos entre las piedras para asirse a la pared y avanzar con brío. En menos de diez segundos, Faustino logró agarrarse a la cornisa de una ventana de la casa. Entonces sus nudillos golpearon con suavidad en el cristal de la ventana.

        Cazurro no salía de su asombro. Primero al ver la rapidez con la que Faustino había reptado hasta la ventana. Y después, al observar cómo esperaba a Dios sabía qué o quién.

        “¡Carajo, si es una rapaza! ¡Y le está dejando entrar en la habitación! La madre que te trajo. ¿A eso has venido? ¿A desfogarte? Poco luto has mantenido con tus padres cuando te vienes a echar un polvo al día siguiente. Eres un sinvergüenza. ¡Eso es lo que eres! ¡Un sinvergüenza!”

        Cazurro retroalimentaba su enfado a cada pensamiento que surgía de su mente iracunda. Y la irritación era mayor al verse a si mismo como un estúpido que llevaba horas sin comer ni dormir con la única misión autoimpuesta de proteger al hermano del Marqués, el amigo que le había salvado la vida en batalla. Cazurro bajó el arma, la apoyó contra las piedras del muro y relajó el cuerpo, que no la mente. Hasta que…

        “¿Qué hacen? ¿Están saliendo? Sí. Están saliendo. Tócate las narices. ¿Qué pasa, caradura? ¿Que prefieres hacerlo en el pajar, sinvergüenza? Pero, ¿qué lleva ella? ¿Una mochila? Esto es pa mear y no echar ni gota. ¡Que se va a fugar con el rapaz! ¡Que se va a fugar, la muy cabeza loca! ¿Y ahora qué hago? ¿Le suelto un par de hostias al crío y la agarro a ella por el pelo y la subo otra vez? Al menos hay que reconocer que ha bajado la pared tan rápido como él. Torpe no parece, no. Pues espero que también la sepas subir, mocosa. Porque, de lo contrario, soy capaz de llamar a la puerta de tu casa y decirle a tus padres lo golfa que es su hija”.

        La pareja se arrimó al muro. Cazurro advirtió que estaban cogidos de la mano y que, tras unos segundos de duda, era él quien tiraba de ella. Agachados y lo más cerca posible de las piedras de las casas y las cuadras, recorrieron varias calles de Villasinde hasta que, en una callejuela, se detuvieron. Durante ese tiempo Cazurro también había cambiado de posición para no perder de vista a los chicos. Se movía con sigilo al ritmo de sus perseguidos con un doble temor. Que cualquier vecino despertara, se levantara para orinar, mirara por la ventana y le viera agazapado como un zorro preparado para llevarse una gallina del corral. Y que fueran Faustino y la chica quienes le descubrieran. No, eso no podía pasar. Tenía que ser él quien les pillara infraganti. Pero, para hacerlo, debía esperar a que se alejaran del pueblo. O que se metieran en una cuadra a darse al placer carnal al calor de la hierba y de los animales. Entonces les iba a meter un susto que se les iba a quitar el calentón, se imaginó con maldad.

        Su fantasía perversa se vio interrumpida por un nuevo movimiento de los chicos. Esta vez atravesaron una última calle y se dirigieron rectos hacia la iglesia de San Pedro Apóstol de Villasinde. Pasaron por delante de la puerta sin detenerse y se dirigieron hacia el lateral de la misma. En ese momento, en el que esquinaron la parroquia, Cazurro les perdió de vista. Tenía que acelerar el paso si quería seguir controlando sus movimientos. De no ser así, en cualquier momento podrían esconderse en cualquier punto del pueblo. De un pueblo que él no conocía.

        Siguió los pasos previos de los chicos y llegó a la esquina en la que habían desaparecido. Se detuvo y, con temor a ser descubierto, sacó la cabeza antes de que todo su cuerpo se hiciera visible.

        “Me cago en la pena negra. ¿Dónde están? ¿Dónde se han metido estos insensatos?”

        Cazurro caminó varios pasos mirando al frente, a los lados, girando la cabeza hacia atrás. Nada. Ni rastro. Se maldijo a si mismo al creer que los había perdido de vista. Él, un guerrillero experimentado en moverse en la montaña como una sombra en una noche sin luna, había sido vencido en el juego del gato y el ratón por dos críos con las hormonas a flor de piel. ¿Qué podía hacer? ¿Hacia dónde debía caminar? Qué más daba. No tenía ni idea de la disposición de Villasinde y, si se equivocaba de dirección, la pareja podría desaparecer sin ningún problema.

        “A menos que…”. Cazurro miró al edificio en el que había apoyado su mano. La iglesia de Villasinde. “A menos que…” No terminó el pensamiento. No había tiempo si estaba equivocado. Rodeó la ermita hasta que vio que en la parte trasera del templo se hallaba la casa parroquial. Se acercó a una minúscula ventana y asomó la cabeza al hueco de cristal entre las sobreventanas de madera. Ni una luz. El resultado en la otra lumbrera, el mismo. Nada que le indicara que se habían refugiado en la iglesia.

        Mala suerte. Su intuición no había estado acertada en esta ocasión, pensó con rabia. Y con esa misma rabia continuó el rodeo de la iglesia. Faltaba la otra pared lateral. Sin ninguna esperanza miró hacia ella y, enseguida, apartó la vista.

        Aunque, de nuevo, volvió a mirar a las piedras. En concreto a un hueco entre ellas situado a dos metros de altura. No era una ventana de la iglesia. Ni siquiera uno de los diminutos ventanucos que sirven de respiradero y poco más. Era un minúsculo espacio entre los cantos del santuario, formado tras décadas de heladas que habían quebrado parte de la pared. Acercó la cabeza hacia ese punto y sí, al otro lado, divisó una luz. Nada más. El espacio era tan pequeño que no podía distinguir nada aparte de que el otro lado estaba iluminado.

        Un pálpito le dijo que los muchachos se encontraban dentro e hizo caso a su corazonada. Se dirigió con brío a una de las ventanas de la parte trasera, sacó su navaja y se dispuso a entrar forzando la ventana.

        No le costó ni medio minuto imponerse a la contraventana y la ventana. Ya dentro, pisó con cautela el suelo. Se encontraba en la cocina. Caminó con lentitud hasta la puerta. La abrió y sacó la cabeza hacia un pasillo oscuro. Su dirección era la derecha. Lo tenía claro. El lugar de donde había salido la luz era su objetivo. Y ahí estaba. Al otro lado de una puerta al fondo del pasillo. La luz provenía de allí. Y en ese espacio tenían que estar los chicos.

        Pero ¿qué se iba a encontrar al otro lado? ¿A los muchachos desnudos, retozando y dando placer sus cuerpos jóvenes? “Si es así, se van a enterar”. Caminó de puntillas hasta la puerta. Pegó la oreja a ella y escuchó unos sonidos procedentes de una conversación. No pudo distinguir qué decían. Pero dos de las voces eras masculinas. Algo raro estaba pasando. Agachó la cabeza y escrutó el espacio siguiente a través del ojo de la cerradura.

        “¿Qué es eso? ¿Un cura?”

        Sin pensárselo dos veces agarró el fusil, lo colocó en horizontal y abrió la puerta con violencia. El golpe de ésta contra la pared hizo que la conversación que mantenía dentro se detuviera.

        —¡La puta madre de Franco! ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a delatarnos al cura, desgraciado?!

        Faustino agarró a la muchacha y se colocó entre el arma y ella.

       —¡Cazurro, por favor! ¡No es lo que te estás imaginando!

       —Cuidado con el arma, hijo— rogó el cura.

       —¡Tú te callas, cura, o te meto un tiro! — gritó Cazurro apuntando hacia él párroco.

       —No, espera— intervino Faustino—. Es el hermano de Don Esteban.

       —¿Qué dices?

       —Que es el hermano del Profesor. Es de confianza.

       Cazurro miró a las tres personas timoratas que tenía frente a él sin entender nada.

      —¿Qué cojones está pasando aquí? Dímelo ahora mismo si no quieres que te muela a palos.

                                        *          *          *

       Hacía media hora, Teresita Sopeña se había despertado por culpa de un ruido procedente de la ventana de su habitación. Cuando abrió los ojos, no se podía creer qué era lo que tenía frente a ella, con la cara pegada al cristal.

       —¡Faustino!— dijo con un tono de voz más alto de lo que hubiera deseado.

       Salió de la cama con el camisón puesto y abrió la ventana emocionada por encontrar a su adolescente amado. Él entró con la misma facilidad que había escalado la pared. Una vez dentro se abrazaron con un ímpetu que tan sólo conocen quienes creen haber perdido a su amor para siempre y, de repente, vuelven a recuperarlo. Teresita lloraba y temblaba. Faustino también.

       —¡Cuando vi el fuego en tu casa pensé que te habían dejado dentro para que te quemaras!— dijo la adolescente gimoteando.

        —Pude huir. Pero no he podido venir hasta ahora. Lo siento.

       —Creí que no te volvería a ver jamás.

       —Eso nunca— aseveró Faustino.

       Después se besaron con dulzura. Un beso largo y suave, con más cariño que deseo. Más amor que pasión. Con los ojos cerrados. Faustino, por primera vez desde que los militares aparecieron en su casa, sintió alivio. En brazos de su amor. Con los labios pegados a los de ella, en ese momento hubiera vendido su alma al diablo a cambio de que permanecieran así para siempre. Juntos.

        Teresita no podía reprimir la angustia, reflejada en lágrimas desfilando rostro abajo para detenerse en sus labios y los de su amado Faustino. Desde el momento en que asesinaron a sus padres, la chica pensó que no volvería a ver al joven. O bien porque también lo habían ajusticiado en cualquier recoveco del bosque o bien porque había tenido que huir del pueblo para no volver jamás. Pero no, Faustino había vuelto. La besaba y con sus brazos rodeaba su diminuto cuerpo.

        Sus labios se separaron y abrieron los ojos.

       —¡Cásate conmigo!

       —¿Qué?

       —¡Cásate conmigo!

      —¿Estás loco?

      —Sí. Estoy loco por ti y quiero vivir toda mi vida contigo. ¿Tú no quieres lo mismo?

      —Sí— respondió ella convencida.

      —Entonces casémonos y huye conmigo.

      —Pero… ¿adónde? ¿Cómo?

      Buena pregunta la segunda. Faustino había planeado buscar a Teresita y pedirla que se convirtiera en su mujer para después huir juntos a América. Al punto más lejano de esa maldita guerra que había roto las esperanzas de millones de personas. Pero, ¿cómo lo iban a hacer? No tenía la respuesta. Ni mucho menos. Pero le avergonzaba reconocerlo.

       —Confía en mí.

      Teresita indagó en los ojos de Faustino. Estaban llenos de sinceridad y de amor. Como los suyos. Estaban hechos el uno para el otro. Eran almas gemelas que no debía separarse. Si de algo estaba convencida la joven y temblorosa chica era de ese pensamiento.

       —Sí, quiero.

                           *          *          *

       —¿Casaros? ¿Estáis tontos o qué os pasa?— preguntó Cazurro al tiempo que dejaba de apuntar con su arma dentro  de la iglesia.

       —Eso les estaba intentando decir yo ahora mismo— intervino el padre Julián.

       —Usted se calla. Estoy hablando con ellos.

      La pareja no se había separado desde el susto que habían sufrido con la entrada repentina de Cazurro.

        —No me jodas, chaval. Que eso de casaros es una bobada.

        —De eso nada. Nos queremos.

       —Sí, nos queremos— reafirmó Teresita con un suave hilo de voz y con vergüenza de mirar a los ojos al maquis.

       —Nos queremos. Nos queremos. ¿Y qué coño importa eso ahora? ¡Que estamos en una puta guerra y te quieren matar!

        —Me da lo mismo. Nos vamos a casar.

        —Hijo, escúchale. No os podéis casar. ¿No te das cuenta de que…

        —Le he dicho que se calle— dijo con seriedad Cazurro al cura—. No le meto un tiro porque es el hermano del Profesor. Pero como vuelva a abrir la boca le meto un culatazo que le dejo sin dientes.

        Don Julián dio un paso hacia atrás.

        —Me da igual lo que digáis— intervino Faustino—. Teresita y yo nos vamos a casar. Y no nos pensamos mover de aquí hasta que nos case.

        —¡Hay que joderse con los mocosos estos!

       Cazurro se sentó en una silla de la habitación. Hasta ese momento no se había percatado de que estaba en la sacristía, donde el párroco se cambiaba antes y después de dar misa.

        —¿Tienes vino? — preguntó al padre Julián.

        Contestó afirmativamente con la cabeza. Tenía miedo a abrir la boca por si el guerrillero cumplía su amenaza.

        —Pues saca una botella. Tengo sed— esperó a tener la botella en la mano y echar un trago para continuar—. Vale, os casáis, ¿y después qué? ¿De luna de miel a La Coruña?

        —No. Después a la Argentina.

       —La Argentina te voy a dar yo. Venga, hazme caso y dejad las fantasías para cuando todo vaya mejor. Todavía sois unos guajes.

       La semana que viene, las páginas 91-100. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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