EL MONTARAZ Páginas 71-80

        Aquí están las páginas 71-80 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Y ahí van las 10 páginas semanales.

        Páginas 71-80

—Sí,… señor— la respuesta, en este caso, fue vacilante.

Cazurro apreció la duda en su tono de voz, pero prefirió no ahondar en los frágiles sentimientos que estaban abordando al chico en esos momentos. Por el contrario, posó su mano en el hombro de Faustino.

—Tu hermano fue un gran maquis que luchó por la libertad de su país. Tú también lo serás. Y te juro por la amistad que nos unía que daré mi vida para que no acabes como él.

Esa última explicación emocionó al muchacho. Aunque no entendía porqué un hombre al que no conocía había hecho un juramento de tanta hondura.

—Esta es la partida de Cazurro. Mi partida. Y estos son mis hombres.

Uno a uno señaló a lo miembros del grupo. Aguilucho, el hombre con un parche en el ojo, sonrió al muchacho. Manazas, el más corpulento, sentado en el suelo mientras se cortaba las uñas de las manos con una navaja, movió la cabeza en vertical ascendente a modo de saludo. A lo lejos, mirando al sur, estaba Bolchevique, el único de los hombres vestido con auténtica ropa militar republicana, y en sentido contrario, El Asturiano, el más delgado de todos, con una pelliza de lana que le cubría hasta la mandíbula.

—Luego te los presento— señaló Cazurro.

Faustino asintió con la cabeza.

—Yo me llamo…

—Tu nombre no lo queremos saber, muchacho— interrumpió Manazas con una voz ronca que parecía salir de ultratumba al tiempo que clavaba con violencia la navaja en la tierra—. Ni tu nombre, ni de dónde vienes, ni nada. Cuanto menos sepamos unos de los otros, mejor.

Faustino se quedó petrificado con al contundencia del guerrillero.

—Es un buen hombre, pero tiene los mismos modales que un burro— alivió Cazurro al chico. Luego miró a Don Esteban—. Tranquilo profesor. Nosotros nos hacemos cargo del zagal.

Don Esteban agradeció el mensaje y entregó su petate a Aguilucho. En él había introducido la noche anterior la mayoría de los alimentos que había encontrado en casa. Latas de conservas, chocolate, unas piezas de fruta, media docena de androjas,  tres chorizos y dos piezas de medio kilo de cecina de vaca. Además de dos botellas de anís. Nadie lo sabía, pero las tenía guardadas desde el inicio de la Guerra Civil para celebrar con ellas la victoria republicana ante los sublevados. Ahora esa victoria se había convertido en una quimera en la que Don Esteban, cada día, tenía menos fe depositada.

Después se acercó a Faustino y juntos se alejaron unos metros del resto.

—En tu petate tienes una tienda de campaña. Es pequeña, pero te será útil. También hay un par de mantas, una muda y un poco de ropa. Toma también esto— dijo Don Esteban al tiempo que apartaba el zurrón de su cuello y se lo acercaba al chico.

Éste lo agarró sin saber muy bien si aceptarlo o no. Esteban reaccionó ante esa duda.

—No te desprendas de él. Ni para dormir, ¿entendido?

—¿Qué hay?

Don Esteban sacó uno a uno los objetos del zurrón de piel.

—Una navaja. Seguro que la necesitarás— dijo al extraer la afilada arma.

Prosiguió con un plato metálico, un tenedor y una cuchara. Seguido, una cartera pequeña, en la que había ciento treinta pesetas, y dos latas de anchoas, con la orden expresa que sólo utilizara el alimento y el dinero en caso de extrema necesidad. Después miró a los ojos a Faustino y le sacó una pistola Tokarev T33 con cargador de ocho balas. El chico se asustó al verla. Sus padres jamás le habrían permitido portar un arma. Pero ya no estaban ahí para impedírselo.

—Yo no la voy a necesitar. Si un día vienen a por mí, poco voy a poder hacer. Tiene el cargador lleno y dentro hay más balas. Pero ándate con cuidado, que las carga el diablo. Ojalá no la tengas que usar jamás. Pero en estos tiempos…no sé yo. Dile a Cazurro que te enseñe a disparar. Si no lo hace él lo hará cualquiera de la partida. Ellos están tan interesados como tú en que puedas defenderte.

Volvió a meter la pistola en la mochila y se detuvo.

—Tu abuela se equivocaba— dijo el maestro con solemnidad para sorpresa del alumno—. Cuando se despidió de ti, en casa. No tenía razón. Tú no estás en el monte para morir como un lobo, ni como un perro rabioso. Tú estás en el monte para cuidar de todos tus paisanos. A partir de ahora eres nuestro protector, como todo el maquis. Y eso te va a honrar, Faustino, amigo mío, aunque ahora no lo sepas. Vas a tener que luchar contra los que nos están oprimiendo hasta asfixiarnos. Contra los que han matado a tus padres y a tus hermanos. Y a tantos padres y hermanos. Contra militares, guardias civiles y delatores que únicamente quieren ver muertos a los perdedores de esta guerra tan puñetera que nos ha tocado vivir. Que nadie te diga lo contrario. No eres un bandolero, ni una alimaña. Faustino, tenlo presente. Tú, a partir de ahora, eres un montaraz.

El joven, con las lágrimas en los ojos, no supo reaccionar. Quería abrazar a su mentor cultural, pero temía derrumbarse.

—Por ello— prosiguió Don Esteban—, porque no eres un perro ni un lobo, quiero que tengas esto.

Sacó un cuaderno del zurrón. Estaba sin estrenar, envuelto en un plástico transparente. Se trataba del cuaderno que había pensado regalarle en cuanto terminara el que había dejado en casa y que ahora era ceniza.

—Voy a echar de menos las horas de estudio contigo. No sabes cómo. Y, durante un tiempo, tampoco te podré traer libros de aventuras y viajes. Pero quiero que ahora seas tú quien me entregue un libro de aventuras. De tus aventuras. Faustino, mi querido Faustino. Escribe, escribe tu historia. Y vive para contármela. Es lo único que te pido.

Faustino ya no pudo apaciguar sus sentimientos y, llorando, se lanzó a los brazos de Don Esteban. Éste abrazó al chico con fuerza y a duras penas logró que el adolescente no viera ninguna lágrima correr por su rostro. Después, se separó de él y le colocó el zurrón al cuello. Caminó hacia la partida de Cazurro. Uno a uno se despidió de los miembros con un estrechamiento de manos, les deseó mucha suerte y les rogó paciencia con el chico. A Cazurro lo dejó para el final y le pidió que le acompañara unos pasos hasta el inicio del bosque por el que desaparecería para volver a Villasinde. Antes de despedirse con un abrazo, Don Esteban se detuvo.

—Anda con cuidado con quién ves en el monte.

—Eso intento. No sabes quién te va a delatar.

—Sí, pero no solo por eso. He odio que están planeando crear una red de contrapartidas con guardias civiles y legionarios. Los más sanguinarios y los que más os quieren ver muertos. Para que se hagan pasar por vosotros, descubran a los enlaces y nos cacen a todos más fácilmente. Apenas tengo información, ni sé si es verdad. Pero he odio unos rumores muy peligrosos, y si son ciertos…

—¿Qué rumores? — preguntó Cazurro sinceramente intrigado.

—Que ya hay una contrapartida por León o por Galicia que se hace pasar por maquis. A modo de prueba. No sé muy bien.

—¿Tú crees que es verdad? ¿Qué hay una partida falsa que nos la está jugando?

—No lo sé amigo. Ojalá supiera más. Pero, si es así, recuerda este nombre. Bonifacio. Puede ser el nombre real de uno de los de la contrapartida.

—¿No te sabes su apodo?

—No. Lo único que oí un día a dos militares que estaban hablando de ello medio borrachos en la cantina fue el nombre de un tal Bonifacio. Al parecer, uno de ellos había luchado con él en la guerra. Lo intenté, pero no pude averiguar nada más.

Cazurro agradeció la información y, con un sincero abrazo, se despidió del enlace. Don Esteban, por su parte, miró hacia atrás y divisó a Faustino, con los ojos vidriosos, despidiéndose con la mano. Luego se giró y caminó. En unos segundos despareció entre la densidad del bosque preguntándose si volvería a ver a su alumno más querido.

*          *          *

Habían pasado tres horas desde la marcha de Don Esteban y Faustino no se había movido de la piedra en la que se sentó a la marcha del maestro. Porque se sentía sin ánimos y porque no sabía qué debía hacer. Sí, ahora era un maquis, un guerrillero antifascista. Pero ¿qué suponía eso en la práctica? Faustino no tenía ni idea. Y al ver a los miembros de la partida, dos de ellos vigilando el valle desde sus escondrijos y otros tres sentados observando unos mapas, la duda no desaparecía. Entonces fue cuando Cazurro se acercó a él.

—No pensarás dormir al raso.

El chico no contestó.

—Venga, haz la tienda ahí, en ese hueco que queda.

Faustino sacó la tela de petate y la miró como quien observa el plano de un laberinto imposible de resolver. Cazurro se percató del desconocimiento del novato y movió la cabeza en horizontal.

—¡Aguilucho! ¡Ven y échale una mano! Pero no le dejes que se meta en su tienda hasta que la haga él sólo.

Aguilucho obedeció la orden del jefe de la partida. Y, para su sorpresa y las de Cazurro y Manazas, Faustino supo montar la tienda de campaña con unas simples indicaciones generales del hombre del parche en el ojo. Cuando terminó, a modo de premio que creía merecerse, realizó una pregunta que le rondaba la cabeza.

—¿Porqué te llaman Aguilucho?

El hombre se acercó con lentitud. Colocó su cabeza a treinta centímetros de la del muchacho.

—Por esto. ¡Uh!

Con un movimiento veloz se quitó el parche y Faustino vio la cuenca del  ojo vacía. El susto le obligó a dar dos pasos hacia atrás y trastabillarse contra su propia tienda de campaña. Cayó y la derrumbó.

—Venga, ahora a volver a hacerla. Y las preguntas te las guardas para otro momento— dijo Aguilucho a modo de finiquito de la conversación.

Cazurro observó la novatada de su camarada y no dijo nada. Pero sí se planteó que al día siguiente debería mantener una conversación con el chico para que éste se ubicara mentalmente dentro del arriesgado mundo en el que se había metido.

El sol quería abandonar el día y empezaba a tumbarse en dirección a su descanso diario. Entonces aparecieron Bolchevique y Asturiano, los dos vigías. Bolchevique, un hombre de treinta años con barba hasta el cuello y gafas que le daban un halo intelectual, pidió la cena, que creía bien merecida tras varias horas vigilando a la solana.

—Cenarás cuando cenemos todos. Ya lo sabes— replicó Manazas con su voz amedrentadora.

—Claro, como tú te has estado tocando los cojones todo el día, no tienes hambre. Pero nosotros sí, coño— respondió el único guerrillero con ropa militar.

Asturiano sintió que Bolchevique reclamaba su complicidad a la hora de reivindicar su alimento. Pero le miró con un gesto con el que quería distanciarse de su compañero. No le gustaban las peleas dentro del grupo y no quería ser cómplice de una discusión. Manazas no replicó. Cazurro acalló las quejas de Bolchevique indicando que, en cuanto se pusiera el sol definitivamente, cenarían.

Cecina y dos androjas para los cinco acompañados de pan duro. Ese fue el menú que degustaron en silencio los guerrilleros a la luz de una pequeña fogata colocada en un hueco excavado ex profeso. A Faustino la cecina le supo a gloria. Era uno de los alimentos que más disfrutaba. La androja, sin embargo, prefirió no comerla. Nunca le había gustado esa variedad de embutido típico leonés elaborado únicamente con manteca de cerdo, harina, sal y pimentón dulce que debía ser cocido durante media hora antes de ser devorado. Además, con la pena que continuaba en su interior, el hambre desapareció con tan sólo tres mordiscos de cecina. Cazurro, entre bocado y bocado, le miró inquisitivamente por no alimentarse más. Aún así, prefirió guardar silencio.

Al terminar la cena Bolchevique sacó una botella de orujo con arándanos, pegó un trago y se la pasó al resto. Faustino fue el único que hizo caso omiso a la invitación. Entonces Bolchevique, como casi todas las noches, inició la conversación política que tanto le atraía.

—Si los socialistas hubieran dejado que los comunistas hubieran llevado las riendas de la guerra, no estaríamos donde estamos. Es así. Como yo os digo.

––Y si mi madre tuviera pene, sería mi padre— replicó con sorna Manazas.

—¿Ves? — continuó Bolchevique—. Por eso perdimos la guerra.

—¿Por qué su madre no tenía pene? — preguntó Aguilucho sonriendo.

—¡No, cojones! Porque la gente no se toma en serio la lucha política. Ellos sí que estaban unidos, los muy hijos de puta. Pero nosotros, nada de nada. Todo Dios a hacer la guerra por su cuenta. Si es que así no se puede ganar en la puta vida.

—Perdimos porque perdimos. Y no hay que dar vueltas todo el día con el pasado— replicó Cazurro después de echar otro trago de orujo.

—Lo que tú digas. Pero podemos dar la vuelta a la tortilla si nos volvemos a juntar. Pero esta vez de verdad.

Cazurro sonrió con desprecio.

—Si durante tres años no fuimos capaces de estar unidos, dime ahora cómo lo hacemos. ¿Eh?, cómo juntas ahora a los que están en la cárcel, los que estamos en el monte y los que huyeron del país. Por no contar con todos los que han muerto y que ya no tienen ni voz ni voto— Cazurro lanzó una rama al fuego y prosiguió—. Menos política y más acción. Eso era lo que se necesitaba en la guerra. Y no mandar a cualquier pelagatos sin tener ni puta idea de disparar a que diera arengas al frente.

Con esa disección  quiso dar por finalizada la conversación ideológica de la jornada. Cada día estaba más harto de las disertaciones de Bolchevique y esa noche no tenía el cuerpo para diálogos que le parecían vacíos e insustanciales. Bolchevique no dio su brazo a torcer.

—A ver, cuántas veces, desde que el puto Franco dio la guerra por vencida, se ha dicho que lo que teníamos que hacer era juntarnos todos como un único grupo republicano. Eso, republicano y punto. Nada más— En ese momento miró a Faustino, absorto en sus pensamientos y sin atender en absoluto a la conversación política—. Tú, chaval, ¿qué piensas?

Faustino levantó la cabeza con gesto contrariado. Como no sabía por dónde le daba el aire, preguntó que qué pensaba acerca de qué.

—¿De qué va a ser? De la política que tenemos que llevar los republicanos.

—Yo no sé nada de política— contestó con sinceridad—. No me interesa.

—¡Manda huevos, que no le interesa! Así sí que vamos apañados. ¿Por qué te crees que estás aquí más que por política?

—Déjale Bolchevique, que no está para estos temas— ordenó Cazurro tumbado boca arriba con la gorra tapando su cabeza.

Bolchevique desoyó la orden.

—Pero algo serás, ¿no? Comunista, socialista, anarquista, marxista, socialdemócrata… O no me jodas ahora con que eres de la Falange.

—¡Eso sí que no! — respondió Faustino con rapidez y contundencia.

—Bueno, algo sabemos ya. Que no eres falangista. Entonces, ¿qué eres, muchacho?

Faustino, molesto por la insinuación por parte de Bolchevique de pertenecer al bando de los que habían acabado con su familia, tuvo ganas de responder con firmeza. Pero no sabía qué decir. Jamás se había planteado formar parte de un grupo ideológico, fuera el que fuera. Por lo tanto, ¿qué era él? En ese momento se acordó de la soflama de Don Esteban horas antes.

—¡Soy un montaraz! — dijo con fuerza.

Los compañeros de la partida se quedaron paralizados mirándole. Hasta que Asturiano, tras una risa breve, intervino.

—¿Qué has dicho que eres?

—¡Un montaraz, un defensor de la montaña! Eso es lo que soy— enfatizó, recordando las palabras de Don Esteban.

Bolchevique soltó una carcajada. Los demás, salvo Cazurro, se contagiaron.

—Pues espero que seas más fuerte de lo que pareces, porque no te veo yo muy defensor, que digamos.

—¡Ya basta! — ordenó con ímpetu Cazurro—. Deja al chico en paz y no toques más los cojones.

Faustino, ofendido por la vejación sufrida, se levantó con rabia y se metió en su tienda de campaña.

—Mejor, chico, mejor que te acuestes. Mañana tenemos una larga caminata y aquí no vas a oír más que estupideces— dijo Cazurro en alto.

El jefe maquis y Bolchevique se miraron retadoramente, pero no abrieron la boca. Cazurro apagó las llamas con tierra y ordenó a su grupo que se metieran en las tiendas.

Faustino se quitó la cazadora, se descalzó y se tapó con una manta. Sentía su cuerpo vibrar, excitado, con ganas de huir del miedo, la humillación y la tristeza en los que estaba envuelto. “Me tengo que largar de aquí. No voy a aguantar con estos hombres. Esta vida no es para mí”.

*          *          *

El eco de las ramas de los saúcos y lo nogales al balancearse con el viento era el sonido predominante en el monte. Los animales salvajes dormían. Los búhos aguardaban callados la llegada de una presa con la que alimentarse. Los murciélagos, recién salidos de sus madrigueras en busca de saltamontes que llevarse a la boca, aleteaban con suavidad para no ser oídos por su futuro alimento.

Y cinco de los seis humanos habitantes del campamento dormían con placidez a la espera de los primeros rayos de sol que les ordenaran levantarse e iniciar la marcha a otro punto de la montaña.

El único que se mantenía despierto era Faustino, convencido, desde que se acostó, de que tenía que tomar las riendas de su vida, por mucho que no supiera lo que ello significaba y por mucho pánico que ello le provocara. Se había convencido de que no se sentía con las fuerzas necesarias para formar parte del maquis. Y, sobre todo, de que no podía renunciar a su pasado. Un pasado tan cercano en el tiempo pero tan alejado de la realidad en la que se encontraba, que le costaba creer que fuera el suyo. Pero sí, lo era. Y no se apartaría de él, por mucho que su vida corriera peligro con la acción que pensaba llevar a cabo.

Cuando llevaban dos horas metidos en las tiendas, Faustino salió de la suya en silencio. Dentro se había vuelto a vestir con las botas y la cazadora, además del zurrón que le había regalado Don Esteban y que le había prometido que lo llevaría consigo a todas partes. Se arrastró con lentitud y precisión para no pisar ninguna rama que alertara de sus intenciones al resto. Así, agachado entre la oscuridad de la noche, se alejó cien metros del campamento. Se levantó seguro de que la primera parte de su plan había sido un éxito y nadie había descubierto su huida.

Pero estaba equivocado. En cuanto salió de su tienda, Cazurro, hombre de sueño liviano como el que más, observó con un ojo abierto el lento movimiento del joven Faustino. Por el modo de moverse supo que no se levantaba a orinar. Pero prefirió esperar a que se alejara unos metros. Entonces salió de su refugio, se vistió aceleradamente, agarró su escopeta ametralladora y su pistola y prosiguió los pasos de Faustino.

No le resultaba complicado continuar su rastro sin que éste se percatara de la presencia de su perseguidor. El chico, desde el momento en que se adentró en el bosque, centró su mirada únicamente en el frente. “Lo que tiene que aprender este chaval si quiere seguir vivo”, se dijo Cazurro mientras caminaba a menos de cien metros de distancia del huidor. “Vaya montaraz que estás hecho”, concluyó.

Cazurro podía acelerar el paso, emboscarle un kilómetro más adelante y sacarle a sopapos qué diantres pretendía hacer alejándose del campamento. Pero prefirió averiguarlo con sus propios ojos. Eso sí, el chico corría riesgo de ser descubierto si seguía con un trote tan rápido y confiado, sin predecir que la montaña tiene ojos y no siempre son los de los guerrilleros. Los militares y, sobre todo, los guardias civiles podían aparecer en cualquier momento, escondidos entre la maleza. Por ello Cazurro optó por alejarse de las pisadas de Faustino y colocarse veinte metros por encima de él y caminar en paralelo. Así podría avanzar con mayor facilidad la posibilidad de que Faustino fuera descubierto en mitad de la montaña. Si intuía que ello podría llegar a suceder, que una patrulla de montaña podía estar agazapada en el trayecto, tomaría medidas. Hasta entonces se limitaría a proteger al muchacho sin ser descubierto.

Toda una noche sin parar de caminar y Faustino no se detenía. “Joder, con el guaje de los cojones. Tiene más resistencia de lo que parecía”. Cazurro también se sorprendió de la seguridad con la que caminaba, a veces hasta corría, en una dirección que el jefe de la partida desconocía por completo. La firmeza en el paso le hizo pensar no sólo que no huía sin más, sino que tenia un objetivo fijo al que pretendía llegar. Y, además, que tenía unas nociones geográficas y de ubicación sobre el terreno más avanzadas de lo que cabía esperar. “Eso me va a venir bien. Puede ser un buen rastreador. Si es que antes no le meten un tiro, claro”.

Antes del amanecer Faustino se detuvo. Con las piernas agotadas y un sofoco evidente, buscó un refugio en el que esconderse. Giró trescientos sesenta grados sobre sí mismo hasta que divisó, unos metros por encima, un grupo de arbustos frondosos. Se dirigió hacia ellos, se preparó un aposento sobre el que sentar sus posaderas y descansó.

La semana que viene, las páginas 81-90. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página o el link: https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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2 pensamientos en “EL MONTARAZ Páginas 71-80

  1. Qué ganas de seguir… El miércoles pasado empecé en el autobús de Donosti a Bilbao y me pegué un buen enganchón. Lo malo va a ser aguantar la dosis semanal…
    Suerte!

    • Muchas gracias Santiago. Me alegra mucho que estés disfrutando de esta historia. Ahora ya sabes, si te gusta (que parece que sí yme encanta), invita a tu gente a que siga esta novela por entregas. Así, entre todos, más pronto que tarde estará en las librerías. De nuevo, muchas gracias

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