EL MONTARAZ Páginas 61-70

       Aquí están las páginas 61-70 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

        Y ahí van las 10 páginas semanales.

Páginas 51-60

           Los dos hombres esperaron agazapados a que se hiciera de noche. Don Esteban con la mirada puesta en los cuatro puntos cardinales temeroso de que alguien les descubriera. El chico, derrumbado en el suelo, con las manos tapando su cara y llorando desconsoladamente la muerte de su hermano y sus padres. A Don Esteban también le embargaba la pena. Había presenciado la muerte de dos amigos, dos camaradas, sin poder hacer nada. Le hubiera gustado tener el valor suficiente como para agarrar un arma y enfrentarse a los asesinos. Pero él se sentía un cobarde, un superviviente. Aunque ya tendría tiempo para recrearse en el dolor. Eso lo guardaba para cuando estuvieran a salvo, él y, sobre todo, el chico.

          —Escúchame— dijo con determinación—. Tú te vas a quedar aquí. Ni se te ocurra moverte, ¿entendido?

          —¿Adonde vas?

          —Al pueblo. Tengo que coger víveres para los próximos días.

          —¿Víveres?

          —Sí. Comida, ropa, algún arma que tengo en casa.

          —Te acompaño.

         —De eso nada. Si te ven puedes darte por perdido. De mí no saben ni que estaba contigo. Si voy solo estaré más seguro. Tranquilo, no tardaré mucho. Pero no te muevas de aquí. Si oyes algún ruido extraño, escóndete. Pero no te alejes mucho o no te podré encontrar.

El maestro se levantó e inició la vuelta a Villasinde. Faustino se puso en pie y le detuvo.

          —Espera. Necesito que des un recado.

         —Tranquilo. Tu abuela estará en buenas manos. Estoy seguro de que alguien le ha dicho a tu hermana lo que ha pasado y ha venido a recogerla. Si no es así, ya me encargaré.

         —No, no es eso— dijo Faustino avergonzado porque en ese momento se había olvidado de su abuela Marina y su prioridad era otra—. Es para Teresita. Quiero que le digas que…

         —No le voy a decir nada a Teresita ni a nadie. Al menos de momento. Cuanto menos se sepa dónde estás, mejor para todos.

         El joven iba a replicar al maestro, pero éste puso su mano en la boca del chico para que no dijera nada. Seguido, dio media vuelta y desapareció entre la maleza.

         Faustino volvió a sentarse bajo un castaño a esperar la llegada de Don Esteban. Tras mirar a los lados y pensar en dónde se podría esconder si aparecía alguien, se cambió de sitio y se ocultó en la sombra de una roca.   Entonces fue cuando volvió a su memoria el momento de los disparos a sus padres. Aunque Don Esteban le había apartado del ventanal, tuvo tiempo para ver cómo la primera ráfaga alcanzaba a sus cuerpos y los lanzaba contra el suelo. Recordar ese momento le provocó un sofoco enorme que obligó a su corazón a latir descontroladamente y que sólo pudo aliviar con otra llorera. Las lágrimas resbalaban con velocidad por su cara y el chico se sentía embargado en una nube de dolor, tristeza, desamparo y…

        …y miedo. Miedo. Un miedo atroz.

        ¿Qué iba a ser de él a partir de ese momento? ¿De sus sueños de aventurero y marinero? ¿De su amor por Teresita, la chica que estaba predestinada a convertirse en su esposa? ¿Cómo iba a sobrevivir sin el amparo paterno y con el recuerdo perenne de la violencia y la muerte de su familia? ¿De qué se iba a ganar la vida un adolescente protegido por sus padres hasta el punto de saber más por los libros que por su experiencia personal? ¿Cómo se iba a defender si se sentía atacado cuando jamás había tenido que recurrir a la violencia?

        Todas esas incógnitas pululaban por su cabeza a gran velocidad. Y, para su desconsuelo, no podía centrarse en una sola para intentar hallar salidas a su angustiosa situación. Cuando quería concentrar su cerebro  en una sola idea recibía continuas ráfagas con imágenes de su hermano muerto en el suelo, sus padres acribillados, su hogar ardiendo, él huyendo de Villasinde…

                                                                *          *          *

        —Faustino, ¿estás ahí?

        El chico se llevó un susto de muerte al escuchar una voz susurrante.

        —Faustino, ¿dónde te has escondido, rapaz?

       Resopló al reconocer la voz. Era Don Esteban. Entonces salió de su escondrijo.

       —¿Ya estás de vuelta? ¿Tan pronto?

       —¿Tan pronto? Hace dos horas que me fui.

       Dos horas. Faustino hubiera jurado que no habían transcurrido ni diez minutos desde que el maestro se había alejado. Su alterado cerebro le había provocado ese desliz temporal.

       El maestro se acercó con dos petates grandes como los que cargaban los marineros cuando embarcaban y con un zurrón más pequeño. Le dio uno de los sacos a Faustino y le ordenó que le siguiera.

       —Ahora toca caminar. Y mucho. Tú sígueme. Hasta que no estemos unos kilómetros alejados no estaremos a salvo.

       —¿Adónde vamos?

       —¿Acaso no lo sabes todavía? Tú te vas a echar al monte, con el maquis.

       Faustino quiso, pero no pudo preguntar más. Don Esteban inició la marcha a ritmo acelerado y el muchacho siguió sus pasos. No sabía hacia dónde se dirigía. Tan sólo que su dirección era el Este. Y, sobre todo, que se alejaba de su pueblo, de su casa, de todo lo que conocía. Jamás se había imaginado que así iba a ser su marcha. En ensoñaciones se había visto como un joven valiente que salía de su morada a comerse el mundo con el beneplácito de sus padres, orgullosos del arrojo de su hijo pequeño. Pero no así, huyendo campo a través con la luna como único testigo de su fuga.

       Cuando pasaron tres horas de travesía sin pisar ningún camino ni vereda, Don Esteban se detuvo bajo un roble y ordenó a Faustino que hiciera lo mismo.

       —Aquí está bien. Vamos a cenar un poco. No debemos quedarnos sin fuerzas.

       —¿Queda mucho?

       —¿Queda mucho para qué? — repreguntó Don Esteban.

       Buena pregunta. ¿Para qué? El chico supuso que para llegar a algún sitio en concreto, pero no se atrevió a preguntar. El maestro apreció la sensación de quebranto de su pupilo y le agarró del brazo. Después sacó un trozo de salchichón de su petate, lo partió por la mitad con una navaja, y le dio una parte al chico. Hizo lo mismo con media hogaza de pan. Faustino dijo no tener hambre, pero Don Esteban le obligó a que comiera argumentando que la marcha no había hecho más que empezar.

       Ambos comieron en silencio. Y ese mutismo fue el que le trajo de nuevo a la mente de Faustino la muerte de sus padres y hermano. Por ello, mientras masticaba un pedazo de salchichón, una lágrima densa bajaba por su rostro. Don Esteban lo vio e intentó mitigar el dolor del chico de dieciséis años.

       —Antes te he dicho que te ibas con los maquis. ¿Sabes lo que significa?

       —Sí… más o menos.

      Faustino sabía que el maquis era la guerrilla antifranquista a la que había pertenecido su hermano recién muerto. También sabía que se encontraban perseguidos por la Guardia Civil y por el ejército. Y que había cientos de ellos en León, Galicia y Asturias. Suponía que también habría más en el resto de España. Poco más conocía del maquis. En su casa jamás se hablaba de política en su presencia. Y en la calle y en el colegio, hasta que dejó de ir, también era un tema tabú del que casi ningún chico quería hablar. Por supuesto, con Teresita tampoco charlaba sobre la guerrilla antifranquista, ni sobre la opresión del Frente Nacional. Cuando estaban juntos, ambos fantaseaban con viajar por el mundo y conocer las maravillas que tan bien describían las novelas de aventuras. Él sería capitán de barco y ella la enfermera que cuidara a la tripulación.

      —Lo que significa— explicó el maestro— es que te vas juntar con alguna partida. Esperemos que sea con la que estoy buscando, si es que sigue. Y que vas a estar perseguido durante todos los días a todas horas. Pero así tiene que ser. Tienes que alejarte de Villasinde si quieres seguir vivo. Después ya se verá. Igual, con suerte, hasta puedes ir al extranjero.

      —¿Sí? — preguntó Faustino, con el primer síntoma de ilusión en su cara desde que sus padres fueron ejecutados.

      —Claro que sí. Algunos lo han hecho. Coger un barco y a la Argentina o a Venezuela. Pero tiempo al tiempo. Antes tenemos que encontrar a alguna partida de fiar.

      —Tú… ¿cómo sabes tanto de…?— dudó si terminar la pregunta.

      —Porque soy uno de ellos. Soy un enlace, Faustino. Como lo eran tus padres.

      Don Esteban le contó que sus padres, desde que su hermano Ildefonso se había echado al monte tras finalizar la guerra, habían decidido convertirse en enlaces de apoyo a la guerrilla republicana. Siempre lo mantuvieron en secreto para que él no se viera envuelto en la guerra que todavía se mantenía viva en los montes.

      Los enlaces eran familiares o amigos de confianza de los guerrilleros que ayudaban a estos con información y alimento. También les acogían cuando algún maquis tenía que esconderse en alguna casa o tenía que ser curado de alguna herida. Pero la función de los enlaces era muy arriesgada. Si las autoridades sabían de alguno de ellos, le prendían para llevarle al cuartelillo y allí le torturaban hasta que dijera todo lo que sabía. Después, pocas veces quedaban en libertad. O bien eran encarcelados o se les aplicaba la “Ley de fugas”, ejecución consistente en asesinar a un detenido y simular su intento de evasión como justificación del crimen.

      —A su modo, tus padres lucharon como el que más. Lo único que no lograron fue dejarte a un lado de esta puta guerra, como ellos querían— explicó el maestro con un halo de pena en su voz.

      Se volvió a hacer el silencio hasta que ambos terminaron de comer. Don Esteban ordenó que continuaran la marcha. Se colocaron los petates a la espalda y anduvieron otras tres horas sin detenerse en ningún momento. Faustino no entendía las direcciones tomadas por su guía. En unas ocasiones rodeaba toda una loma para llegar a la otra punta, en otras caminaba por una orilla de un río y después desandaba parte del recorrido por la otra orilla. E, incluso, en un trayecto entre arbustos, le dijo que caminara en paralelo diez metros por debajo de él. El joven supuso que así estaba intentando hacer desaparecer sus rastros.

      Cuando quedaban dos horas para amanecer, el profesor preguntó al adolescente si se encontraba cansado. Éste reconoció que un poco. Aunque, en realidad, sentía las piernas agotadas de tanto caminar sin pisar ni una sola vereda.

      —Dormiremos aquí un par de horas— dijo, señalando el hueco bajo una roca en la montaña—. En tu saco tienes una manta. Sácala y tápate con ella, no vayas a coger frío.

      Faustino hizo caso, se tumbó bajo la roca con el petate a modo de almohada y se tapó con la manta. El agotamiento físico y mental le llevó a que no tardara ni cinco minutos en dormirse. Don Esteban tardó algo más, preocupado por el incierto y arduo futuro que le esperaba al chico al que tanto aprecio tenía. Finalmente consiguió conciliar el sueño.

                                                                             *          *          *

       “¡No, Teresita, no te vayas con ellos, por favor!”, gritaba Faustino en sueños.

       Su amada se despedía con la mano al tiempo que acompañaba a dos guardias civiles hasta un camión aparcado al lado de su casa.

       “No te subas. ¡Noooo!”

       Teresita sonrió. Con la misma sonrisa que le recibía cuando él, todos los miércoles a la noche, en plena noche huía de su prisión hogareña a modo de desván y escalaba la pared de la casa de su amada para llevársela al Campo de Fixó, donde pasaban horas y horas mirando las estrellas y hablando de su futuro recorriendo el mundo entero.

       La sonrisa tierna y tímida de Teresita enamoró a Faustino desde que eran unos niños. Menuda, morena, de nariz delgada y puntiaguda y con unos ojos marrones y profundos, Teresita desprendía fragilidad a cada paso que daba. Para Faustino era como un desvalido animal del monte que, a cada instante, miraba a todos los lados por miedo a ser descubierto. Pero, a solas, estando únicamente con él, Teresita se convertía en una ensoñadora compulsiva, como él. Una mente abierta a las fantasías y a las ilusiones aventureras y románticas.

        Por ello, en su sueño, Faustino no entendía que su amada se marchara con los guardias civiles.

        “Tranquilo, que sólo quieren hablar conmigo”

        “¡Nooo! Te van a torturar ¡Te quieren matar! ¡Matan a todos!”

       Teresita volvió a sonreír y se subió a la parte trasera del camión. Entonces Faustino intentó correr hacia ella. Aunque, tras varios pasos, tropezó y chocó de bruces contra el suelo. Buscó con la mirada la razón de la caída. Eran sus padres, muertos en el suelo dentro de un charco enorme de sangre.

        Intentó levantarse, pero sus piernas se habían quedado sin fuerzas. Se arrastró por el suelo, lleno de barro y sangre, hasta llegar a pocos metros del camión.

        En ese momento la camioneta arrancó y se alejó. Desde el suelo vio cómo Teresita se despedía con la mano. En ese momento, uno de los guardias civiles apareció entre las sombras del camión, la empujó hacia atrás y sonrió de un modo perverso al muchacho. Seguido, tapó la apertura trasera del camión con una lona.

       “¡Noooooo!”

       —Tranquilo, hijo. Ya pasó. No es más que un sueño.

       Era Don Esteban, arrodillado a su lado y agarrándole de los brazos. Faustino se incorporó rápidamente. Respiraba aceleradamente, sudaba en abundancia y miraba hacia todos los lados. Hasta que recordó dónde estaba. En el monte, huyendo de los asesinos de su familia.

       —Toma. He hecho un poco de café. Igual está frío, pero te espabilará.

       Faustino bebió de la taza mientras veía al maestro recoger un pequeño cazo colocado encima de lo que había sido una lumbre.

       —¿Qué hora es?

       —No te preocupes por eso. Necesitabas descansar.

       Volvieron a iniciar la marcha, esta vez de día. Según caminaba, Faustino intentaba memorizar el recorrido realizado la noche anterior. No conocía los montes que atravesaban pero pensaba que, concentrándose, sabría volver a casa.

       Pero, ¿regresaría a su pueblo alguna vez? Intuía que no, que jamás iba a volver a ver Villasinde, ni sus castaños rebosantes de frutos, ni sus praderas siempre verdes. Ni, sobre todo, a Teresita Sopeña. Esa intuición volvió a sumirle en una desazón imposible de hacer desaparecer.

       Cuando llevaban cuatro horas entre bosques, prados y puertos al calor del sol, atravesaron un escobal denso que les obligaba a apartar las ramas a cada paso que daban. Don Esteban caminaba delante y Faustino detrás, absorto en sus sombríos pensamientos e ignorante de que no eran los únicos caminantes de la montaña.

        —¡Al suelo o disparo! — gritó una voz detrás de ellos.

       Faustino se lanzó a la tierra al instante. Don Esteban, por el contrario, se giró levantando las manos y aparentando tranquilidad. Cuando vio de quién se trataba, resopló.

        —¡La madre que te parió! Vaya susto que me has metido, jodio.

       El hombre que tenía en su retaguardia echó a reír. Al tiempo se escucharon otras risas entre las malezas. Otros cuatro hombres salieron de entre ellas con sus subfusiles al hombro sin dejar de carcajear.

       —Pues si te lo he metido a ti, no digamos a éste— se mofó el hombre señalando con su escopeta ametralladora a Faustino—. Levanta, valiente.

       El chico se incorporó. Tenía la cara llena de barro y de incomprensión ante la tesitura en la que se encontraba, en mitad de varios hombres armados que se desternillaban de risa.

       —Pero, ¡si es un guaje! Profesor, ¿qué coño haces aquí con él?— preguntó uno de los hombres armados, el más corpulento de todos.

       —Es el hermano de El Marqués.

       “¿El Marqués?”, se preguntó Faustino. “¿Así llamaban a mi hermano Ildefonso?” Le pareció muy extraño que un humilde ganadero como él hubiera tenido ese sobrenombre.

       —¡Coño, eso es otra cosa!— dijo animosamente otro hombre, éste más bajo y delgado como un fideo— ¿Te ha mandado tu hermano?

        Faustino agachó la cabeza.

        —El Marqués está muerto. Lo han ejecutado. A él y a sus padres. Pensaba que estaba con vuestra partida.

        —No. Se juntó con otros para ir a ver a su familia. No debí haberle dejado marchar— respondió el hombre que, a todas luces, era el jefe de partida.

        Se hizo un silencio entre los cinco guerrilleros que rodeaban a la pareja. Después, uno de ellos, con un parche en el ojo izquierdo, dijo con cólera:

        —¡Hijos de puta! ¡Hay que matarlos a todos, la madre que los parió!

        El más corpulento se acercó a Faustino y le dio la mano.

        —Te acompaño en el sentimiento chico. Tu hermano era un buen hombre.

        Faustino intentó evitar que las lágrimas aparecieran. Lo logró, pero no el enrojecimiento de sus ojos.

        —Cazurro, necesito que le acojas— dijo Don Esteban al hombre con presencia de líder—. Al menos por una temporada. No tiene a nadie.

        —Hablaremos de eso más tarde. Vamos al campamento.

       Cazurro inició la marcha. A él le siguió el hombre del parche. Detrás, Don Esteban y Faustino, a los que seguían el resto de guerrilleros. Una hora después habían llegado a lo que Cazurro había llamado “campamento”.

        Se trataba de un espacio herbal de cinco metros por cuatro escondido entre rocas en el que había tres tiendas de campaña militares cubiertas por ramas. En medio, en un hueco de treinta centímetros de profundidad, una hoguera apagada. Y, a la sombra de una de las rocas, varios platos, cazos y cucharas.

         Toda la expedición se adentró en la guarida, salvo los dos últimos hombres de la retaguardia. Estos se separaron y se alejaron cien metros, uno hacia al Este y el otro al Oeste. De pie, tras unos arbustos, tenían la función de vigías del valle. Cazurro y Don Esteban se adentraron en una tienda de campaña. Antes, el maestro ordenó al muchacho que esperara fuera con el resto de guerrilleros. Éste se sentó a la sombra de una roca, en silencio, recordando la frase de su padre  de que “mejor callado y parecer tonto que hablar por hablar y demostrarlo”. Los hombres que le rodeaban le miraron con lástima. Todos conocían a El Marqués y lamentaban la muerte de su compañero maquis.

       —¿Un orujo, Profesor? — preguntó Cazurro dentro de la tienda.

       —No me vendrá mal después de lo de ayer.

       Don Esteban echó un trago de una botella de cristal rellenada tantas veces que el vidrio mostraba la pérdida total de su original brillo y relató lo sucedido el día anterior en Villasinde. Cazurro escuchaba con atención, intentando disimular una ira en su interior que crecía a cada palabra que salía de la boca del maestro. Y un sentimiento de culpabilidad que, sabía, jamás le abandonaría. “No debía haberle permitido unirse a la otra partida”, se lamentaba al tiempo que escuchaba la narración de Don Esteban.

       Cuando éste acabó, Cazurro se quedó pensativo mirando al chico por la apertura de la tienda.

       —Ya sabes cómo es esto— soltó con solemnidad—. Lo que le pasó al Marqués le puede pasar a él, o a cualquiera de nosotros, mañana mismo. No creo que estar con una partida sea lo más seguro para el chico.

       —Más que volver a casa a que le den matarile, seguro— replicó Don Esteban con conocimiento de causa.

       —¿No hay otra opción?

       —Si no me la dices tú… A mí no se me ocurre.

       —Huir al extranjero.

       —Sí, pero hasta entonces, ¿qué? En mi casa no puede estar. Al final algún hijo de puta lo descubrirá y se acabó. Para él y para mí. Además, necesitará dinero para huir.

        Cazurro, agachado, salió de la tienda. Don Esteban le siguió sin intuir en qué pensaba o si ya había tomado una decisión. Los dos se acercaron a Faustino, a quien, sentado, se le hizo un nudo en la garganta al ver al hombre fuerte y varonil mirándole de arriba abajo.

       —Levántate— ordenó Cazurro.

       El chico, con rapidez, se alzó ante ese hombre que tanto respeto imponía y se quedó a un metro de él aguantando la respiración.

       —El Profesor me pide que te unas a mi partida. ¿Tú que piensas?

       Faustino agachó la cabeza y se quedó mudo. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba aterrado tras un día en el que había perdido a su familia? ¿Que no sabía nada de la lucha guerrillera y no se consideraba, precisamente, un joven valeroso? ¿Que se sentía avergonzado por no haber sido capaz de vengar los asesinatos de su familia por miedo a sufrir él el mismo trágico final? Su única respuesta podía ser el silencio.

        —Si te quedas aquí, yo doy las órdenes y las tienes que cumplir. ¿Entendido?— se hizo un silencio al no recibir respuesta—. He preguntado que si lo has entendido.

        —Sí, señor.

        —Estarás con nosotros el tiempo necesario hasta que veamos el modo para que huyas al extranjero.

        —Sí, señor.

        —A partir de mañana serás uno de los nuestros y harás lo que haga falta. Cocinar, hacer guardias, llevar los fardos… Y disparar si es necesario.

        La semana que viene, las páginas 71-80. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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