EL MONTARAZ. Páginas 51- 60

           Estas son las páginas 51-60 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

  Y ahí van las 10 páginas prometidas.

Páginas 51-60

Don Esteban era la única persona del pueblo que sabía del paradero del chico. Amigo íntimo de Valentín Romeral, había sido el maestro de Villasinde hasta que el bando nacional se apoderó de las aldeas de El Bierzo. Acusado de “demasiado moderno y poco católico”, se libró de la cárcel gracias a que su hermano, el Padre Julián, era el párroco del pueblo.

Desde su expulsión del colegio, Don Esteban se dedicaba a dar clases de repaso a los niños que lo requerían, además de servir de enlace de las partidas de la guerrilla antifranquista. El maestro disfrutaba con cada uno de los chicos a los que aportaba algo más de conocimiento que la Geografía e Historia de España y los diez mandamientos de la Ley de Dios. Pero con quién más lleno se sentía era con Faustino Romeral. Cada dos días se reunía con él al atardecer y le daba clases de historia, matemáticas y lengua. Después, le preguntaba por la lección del día anterior. Faustino respondía con énfasis, como si adquirir conocimiento le insuflara dosis de vitalidad en su monótona y desquiciante vida escondido entre cuatro paredes.

Algunas veces Don Esteban se quedaba a cenar, pero entonces Faustino tenía que abandonar la cocina y meterse en su escondrijo para que el maestro y su padre hablaran “de sus cosas”.

Esa mañana Don Esteban se acercó a casa de Valentín Romeral con un objetivo. Exponer al padre de familia que había oído que una partida en la que se encontraba su hijo se encontraba cerca de Villasinde. Quería alertarle para que, en el caso de aparecer Ildefonso, le ordenara que se alejara de El Bierzo por una temporada. La partida de Cazurro, en la que suponía que continuaba batallando Ildefonso, se había convertido en una de las más perseguidas por los militares y los guardias civiles. Y para evitar riesgos, la mejor opción de la partida era alejarse a Asturias o, incluso, abandonar España por una temporada y refugiarse en Portugal.

            Tras explicar la situación, Don Esteban fue invitado por Valentín a que compartiera mesa con ellos. El antiguo maestro accedió.         

            Minutos después, varias ráfagas de disparos procedentes de los montes cercanos rompieron el silencio de la comarca. Los sonidos duraron un par de minutos y se escucharon en todas las casas del pueblo. Eusebia, la esposa de Valentín, apoyada contra la trébede de la cocina mientras removía un caldero de lentejas para que no se quemaran, miró a su marido con preocupación. La misma cara que tenía siempre que escuchaba tiros en la montaña. No se había acostumbrado a los disparos, por mucho que llevara siendo una sinfonía habitual de la vida española desde el inicio de la Guerra Civil. Valentín quiso aplacar su nerviosismo con un movimiento de cabeza horizontal que daba a entender que los tiros no tenían importancia. Don Esteban, que también se apercibió del nerviosismo de Eusebia, optó por buscar una conversación que relajara la tensión existente en la cocina.

            —¿Sabías que Faustino quiere ser marinero?

            —No será por todo el mar que ha visto en su vida. Si no sabe ni nadar— respondió sorprendido Valentín—. ¿Te lo ha dicho él?

            —No. Pero se le nota en la mirada cuando estudiamos alguna historia relacionada con el mar.

            —No sería mala salida, no. Tal y como están las cosas…

            En ese instante apareció Faustino por la cocina. Había estado en la planta de arriba barriendo las habitaciones y fregando el suelo.

—Fíjate, de ti estábamos hablando ahora— dijo su padre.

            Faustino miró sorprendido. Creía que alguien como él, que parecía no existir fuera de las paredes de casa, no podía ser el protagonista de ninguna conversación. Ni siquiera por parte de su padre y su maestro particular.

            —Les estoy diciendo que te gusta el mar.

            —Sí, me gusta— respondió el chico al sentarse en el escaño de la cocina.

            —Pero si no lo has visto en tu vida— añadió su padre.

            —Ya, pero…

            —Pero ha leído— interrumpió el maestro—, y mucho, sobre el mar. Sobre el mar y sobre muchas más cosas. Tu hijo tiene cabeza, Valentín. Es una pena que le haya tocado vivir una época tan dura como ésta.

            —Es una pena que a todos nos haya tocado vivir esta época— apuntilló Eusebia con voz melancólica mientras acercaba el puchero de lentejas a la mesa.

            Tras la comida, Valentín salió para picar unos tucos de la leña que tenía apilada en la parte trasera de la cuadra de casa. Eusebia y la abuela Marina subieron a la habitación de ésta a rezar el Rosario diario. Y Faustino y Don Esteban se quedaron en la cocina, el primero leyendo el último libro que había llegado a sus manos, El Barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson. Don Esteban apuraba su segundo café de puchero al tiempo que observaba con ilusión a su pupilo. Para el maestro jubilado forzosamente por la dictadura no había nada más hermoso que la pasión por la lectura. Y Faustino representaba esa ilusión cada vez que él le hacía llegar alguna de las novelas que pudo esconder antes de que los nacionales se hicieran con la escuela. A cuentagotas le llevaba clásicos de la literatura española, inglesa y francesa. Faustino devoraba con fruición cada uno de los libros que llegaban a sus manos. Pero las historias de aventuras en tierra y mar, de héroes y villanos, y de luchas quiméricas por las que los protagonistas daban sus vidas, eran las que más deleitaban su ansia lectora.

            —Venga, ya basta de batallas por hoy— dijo Don Esteban al tiempo que apoyaba la taza en el fregadero de piedra de la cocina—. Ahora toca matemáticas.

            Faustino, obediente, cerró el libro y abrió el cuaderno de ejercicios. Ya le quedaban pocas páginas para que lo terminara. Don Esteban se dio cuenta y pensó que, para la siguiente ocasión, le traería un cuaderno nuevo.

            Pasaba media hora de estudios en la cocina cuando Valentín Romeral entró en casa con gesto preocupado.

            —Hijo, escóndete, vienen los militares. ¡Rápido, sube!

            Faustino se levantó, ascendió velozmente las escaleras y avisó a su madre.

            —Vete con él. Es mejor que no te vean en casa— ordenó Valentín a Don Esteban.

            —Pero…

            —Hazme caso. Que no os vean, por favor— suplicó.

            Don Esteban obedeció y subió las escaleras. Vio cómo Faustino alertaba a su madre de la llegada de los soldados. Después ayudó al muchacho a que subiera al desván de la casa ayudado de una banqueta y siguió sus pasos. Una vez los dos arriba, Eusebia arrastró una mesita de noche y la ubicó justo debajo de la puerta vertical del desván. Encima de la mesita colocó una figura de la Virgen María y pidió a su madre que se quedara a su lado rezando. Para cuando empezó a bajar las escaleras, un militar ya estaba aporreando la puerta de casa.

            —¡Abran la puerta! ¡Es la autoridad!

            Eusebia llegó a la planta baja y se metió en la cocina. Los golpes en la puerta se repitieron.

            —¡A de la casa, abran o tiramos la puerta!

            Valentín obedeció y se encontró frente a dos soldados rasos con sus fusiles Mauser apuntando hacia él.

            —Sal de casa.

            —¿Qué sucede?

            —¿No ha oído? ¡Que salgas de casa o te sacamos a hostias!

            En ese momento Eusebia apareció por la puerta y uno de los reclutas repitió la orden a la mujer. Ambos obedecieron y se colocaron en la calle mirando a un vehículo militar que acababa de aparcar frente a casa. Un teniente delgado, joven y con bigote se bajó del camión, un ZIS- 5 ruso que había pertenecido al ejército republicano hasta que el bando nacional se incautó de él tras la victoria.

            —¿Hay alguien más en casa?

            —Mi madre— respondió Valentín.

            —Háganla salir. ¡Y registren bien toda esa pocilga! A ver si hay más ratas dentro.

            Tres militares armados con naranjeros MP28 II entraron en la casa a gran velocidad. En la planta baja no hallaron a nadie. Cuando subieron a la segunda planta se encontraron con Marina, arrodillada frente a la figura de la Virgen María y con el rosario en sus manos. La mujer, al ver a los militares, se persignó. Uno de ellos intentó levantarla, pero la torpeza de la anciana para alzarse le hizo desistir. Después continuaron con el resto de estancias de la casa.

            Desde arriba, Faustino y Don Esteban observaban en silencio los movimientos de los reclutas a través de dos pequeñas rendijas entre las tablas del piso. Ninguno de los dos se movió ni un centímetro durante el tiempo en que los militares buscaron, sin suerte, debajo de las camas y dentro de los armarios de las habitaciones. Tras dos minutos de registro salieron.

            —Mi teniente, en casa no está más que una señora mayor.

            —Ya le he dicho que sólo estaba mi madre— apostilló Valentín.

            —¡Sáquenla ahora mismo!— ordenó el teniente bigotudo.

            —Verá, mi teniente, parece muy torpe y… no creo que sea peligrosa.

            —¡¿Alguien le ha mandado a usted que crea o deje de creer algo, soldado?!— gritó el teniente al rostro de su subordinado.

            —¡No, mi teniente!

            —¡Aquí está usted para recibir órdenes, no para pensar!

            —¡Sí, mi teniente!

            Inmediatamente el soldado se dispuso a entrar en casa y a sacar a la anciana, aunque tuviera que hacerlo arrastras. El teniente le detuvo.

            —Está bien. Que se quede en casa. No creo que nos sirva de mucho— ordenó, para seguido, dirigirse al matrimonio que se encontraba frente a su casa—. Valentín Romeral y su mujer Eusebia Ruiz. Vaya, vaya. ¿Qué? Alguien os ha dicho que veníamos de visita y habéis mandado a vuestro hijo al monte ¿A que sí?

            —Señor, Faustino no vive con nosotros hace meses. Se fue a la capital a ganarse la vida— contestó Eusebia voz temblorosa.

            —Ya. Y quieres que yo me crea esa patraña.

            El teniente lanzó un puñetazo en el estómago de la mujer, que cayó de rodillas al suelo. Seguido, apuntó con su pistola Astra 400 a Valentín. Éste no se revolvió, sabedor de que cualquier movimiento serviría de excusa para recibir un disparo en la cabeza.

            —¿Sabéis? Gente como vosotros tenía que estar en el hoyo hace ya mucho tiempo. Y la verdad es que no sé muy bien porqué seguís con vida ¡Malditos Rojos!— El teniente lanzó un escupitajo a la cara de Valentín—. Además, con un hijo que ya no os necesita y otros dos muertos, tampoco creo que os apetezca mucho seguir vivos.

            —Tengo un hijo muerto. ¡Uno! El otro está en el monte. Y el pequeño en la capital— respondió Valentín sin apartar la saliva de su cara.

            —En el monte dices, ¿Y no sabrás en cuál de estos montes de por aquí está el mediano? Porque otra cosa no, pero por aquí no hay más que monte y más monte.

            Valentín Romeral dio la callada por respuesta. Su mujer, que continuaba arrodillada, también. El teniente sonrió con picardía.

            A diez metros, en el sótano de la casa, Faustino y Don Esteban observaban la tensa situación callejera desde un ventanuco de veinte centímetros de ancho por medio metro de alto. Los miraban sin miedo a ser descubiertos, sabedores de que la oscuridad reinante en el desván impedía a los militares distinguirles desde la calle. 

            —Así que no sabéis donde está vuestro hijo. Vaya por Dios. Pues estáis de suerte, fijaros por donde— soltó con sorna— ¡Cabo, trae al hijo de estos rojos!

            Un cabo se dirigió con brío a la parte trasera de la camioneta. Ordenó al soldado que antes había sido reprendido que le ayudara. Los dos subieron al camión ruso. Valentín y Eusebia se miraron aterrorizados.

            —Ayúdame, cógele por ahí— se escuchaba a los militares dentro del camión—. Así, venga, a bajarlo, ahora.

            Seguido, Valentín y Eusebia vieron cómo arrastraban el cadáver de Ildefonso hasta posarlo en el suelo.

            —¡Hijo mío!— gritó Eusebia para, inmediatamente, lanzarse al cuerpo inerte de su hijo.

            Valentín se mantuvo de pie, inmóvil, con las manos en la cara  y con un gesto de rabia y dolor tan profundo que inmovilizó todo su cuerpo.

            Dentro de casa, Faustino observó pávido la imagen de su hermano muerto. Don Esteban agarró al chaval del brazo para que no se moviera.

            El cuerpo de Ildefonso presentaba tres heridas de bala. Una en el hombro izquierdo, otra en el pecho y una última en la cabeza. Mantenía los ojos abiertos. Eusebia, con lágrimas cayéndole por las mejillas, se los cerró lentamente.

            —Eso es lo que pasa por enfrentarse a la ley— dijo el teniente mirando a los ojos a Valentín—. Lástima que no le pudiéramos coger con vida. Ya me hubiera gustado tener una charla con esta rata. Bien, bien, bien. Ahora vosotros tenéis la oportunidad de colaborar con la justicia… o de acabar como él. Es la última vez que lo voy a preguntar. ¿Dónde está vuestro hijo pequeño?

            Eusebia se levantó y se agarró al brazo de su marido. Los dos se miraron con determinación. Ambos tenían los ojos humedecidos por las lágrimas, pero sus miradas mostraban arrojo. Jamás delatarían a sangre de su sangre. Por ello alzaron la mirada con orgullo y callaron.

            —Está bien, vosotros lo habéis querido. Apartaos del camión.

            El matrimonio, empujado por dos soldados que les apuntaban con sus armas, dio varios pasos a la izquierda. Entonces el teniente les detuvo.

            —Ahí, ni os mováis— ordenó con una mirada gélida, sin ningún atisbo de humanidad—. Mujer, abraza a tu marido, porque os vamos a matar— dijo sin pestañear.

            Eusebia abrazó a Valentín. Éste la correspondió con un beso en la frente y la agarró con firmeza. No se dijeron nada. No era necesario. Sabían que era el fin. El desenlace de una vida juntos como amantes, esposos y padres. El final de una familia que habían formado a base de sudor y sufrimiento, pero también de ilusión por una vida tranquila y feliz entre las montañas que los vieron nacer. Una vida rota en mil pedazos por la Guerra Civil. 

            Tres soldados se colocaron frente a ellos con los naranjeros apuntando a sus cuerpos. Uno de ellos tenía los ojos cerrados y le temblaba el pulso.

            —¡Fuego!

            Tres ráfagas salieron de las ametralladoras e impactaron de lleno en el matrimonio. Valentín y Eusebia cayeron hacia atrás y sus cuerpos, abrazados, acabaron en el suelo, muertos al instante.

            Al sonar los disparos Don Esteban tapó la boca de Faustino y le lanzó hacia atrás. Se colocó encima de él para evitar que se moviera y descubrir su escondite. Faustino, con los ojos abiertos y la boca tapada, se quedó paralizado. Sus padres acababan de ser ejecutados ante sus ojos.

            La sangre de Eusebia y Valentín descendía calle abajo como un único riachuelo rojo. Silencio en Villasinde. Nadie salió de sus casas por miedo a terminar como ellos. Aunque todos los vecinos sabían qué acababa de suceder. Que los habían ejecutado sin contemplaciones.  Mientras, el teniente miraba a los dos asesinados. Se acercó a ellos y, con dos patadas, comprobó que estaban muertos.

            —¡Vecinos de Villasinde! ¡Esto es lo que le pasa a los traidores a la patria!— gritó mientras se movía en círculo  rodeando a los cadáveres y mirando a las casas más cercanas—. ¡Espero que toméis nota de lo que os puede pasar si no colaboráis con el Régimen del Generalísimo! ¡Esto es lo que os va a pasar! ¡Esto!

            Silencio absoluto en el pueblo.

            —¡Pero si nos ayudáis a desenmascarar a los traidores a la patria, España os compensará! ¡Sed valientes, señalad a todos los rojos de vuestro pueblo y recibiréis una compensación! ¡De lo contrario, si tenéis información y os la calláis, seréis cómplices de traición y yo mismo vendré a impartir justicia!

            De nuevo silencio. El joven teniente con bigote miró a los tres cadáveres del suelo y volvió a levantar la cabeza.

            —¡Una advertencia! ¡Que no me entere yo que estos rojos traidores han sido enterrados en el cementerio del pueblo! ¡El cementerio es para cristianos de bien, y no para comunistas hijos de perra! ¡Enterradlos como a las ratas, entre piedras y tierra en mitad del monte! ¡Que las alimañas se coman su carne putrefacta! ¡Si no acatáis esta orden, yo mismo vendré a cavar la tumba de quien haya osado desobedecerme!

El teniente respiró hondo.

—¡Faustino Romeral, estés donde estés! ¡Será mejor que te presentes en el cuartelillo si quieres seguir con vida! ¡Si eres listo y lo haces— mientras hablaba miraba a los montes que rodeaban la aldea— seré generoso y te perdonaré la vida! ¡De lo contrario, ya sabes lo que te espera!

            Faustino, tumbado, aturdido y mareado por el asesinato de sus progenitores, sintió un escalofrío al escuchar la amenaza.

            El teniente acabó su discurso público y sacó de la cazadora un cigarrillo con boquilla. Lo prendió con una cerilla, que tiró encendida encima del cuerpo de Valentín Romeral, y miró a la casa.

            —¡Quemadla! — ordenó al cabo.

            —Mi teniente, pero si está la anciana dentro.

            —¡Cojones! Pues entonces sacadla arrastras y quemad la casa. Traed toda la gasolina que haya en el camión.  Que todo el pueblo sepa quién manda aquí.

            Los soldados iniciaron la búsqueda del combustible en la camioneta. Dentro, Don Esteban, que había escuchado las órdenes, se levantó y ayudó a Faustino, todavía en shock, a incorporarse.

            —Rápido, hay que salir de aquí o nos quemarán vivos.

            El maestro abrió la trampilla del desván y empujó al muchacho a que saltara a la segunda planta. El chico, cuando miró abajo, vio a su abuela llorando ante la Virgen y pidiendo, entre sollozos, que “Dios les tenga en su gloria”. Sabía el fatídico final que habían sufrido su hijo y su nuera sin haber tenido la necesidad de ver el ajusticiamiento. Faustino saltó del ático y cayó al lado de su abuela. Ésta, de rodillas, le agarró de la pierna y gimoteó con más fuerza.

            Después Don Esteban saltó al lado del chico y le asió por la chaqueta.

            —Sígueme. Por la ventana de atrás.

            —¿Adónde va mi nieto pequeño? ¿Adónde va él solín?— preguntó Marina mirando a los ojos llorosos de Faustino.

            —Marina, no se preocupe. Me lo llevo al monte— contestó Don Esteban.

            —Al monte, a morir como los lobos. Como los perros rabiosos— La anciana se levantó escalando con los brazos por el cuerpo de su nieto y le abrazó—. Dios te proteja Faustino, que a tus padres ya les tiene en su gloria.

            La mujer besó con compulsión la mejilla de Faustino. Él no pudo responder. Un nudo en la garganta impidió que articulara palabra alguna. Le hubiera gustado decir que no esperaba que Dios le protegiera cuando acababa de permitir que sus padres fueran fusilados. Pero se mantuvo callado.

 Don Esteban le arrancó de los brazos de su abuela y le arrastró a la habitación de sus padres. En ese momento entraron dos militares por la puerta de casa. El ruido de sus botas al subir las escaleras impidió que escucharan cómo se abría la ventana de la habitación y cómo el chico y el profesor saltaban a la calle trasera.

            —Señora, tiene que salir de casa. Inmediatamente­— ordenó el cabo.

            —Por el amor de Dios, ¿no les basta con matar a mi hijo y a mi nuera? ¿También me van a matar a mí? Que Dios os perdone, porque no sé si alguna vez os perdonaréis vosotros el mal…

            El cabo cortó el discurso de la mujer agarrándola del brazo. Ordenó al recluta que hiciera lo mismo con el otro y, entre los dos, tiraron de la abuela Marina hasta que salieron de casa. En ese momento entraron dos militares más, cada uno con una garrafa de gasoil.

            —¡Que no queden ni las piedras! — gritó el teniente.

            Un minuto después los dos soldados salieron de casa con las garrafas vacías. Uno de ellos prendió una cerilla y quemó una tela que había extraído de la casa. Dejó que el fuego brotara en la mitad del paño y lo lanzó a la puerta de la entrada. En unos segundos las llamas iniciaron la destrucción del hogar de la familia Romeral Ruiz.

            Don Esteban había arrastrado a Faustino hasta una cuadra cercana y, desde allí, observaron con espanto cómo el fuego empezaba a devorar la que había sido la morada familiar del chico desde su nacimiento. Faustino había nacido en esa misma casa en llamas.  Su madre le parió en la habitación por la que habían huido y de la que empezaba a salir humo. Había crecido al abrigo de la lumbre de la chimenea de la cocina. Adoraba ese calor que, de tanto acercarse, casi llegaba a quemar su piel cuando entraba en la cocina después de un día de frío y lluvia. Ese calor que era nimio en comparación con el que desprendían las llamas que ya habían alcanzado el desván. El desván en el que había leído, soñado, imaginado y dormido sus últimos cuatro meses de vida y que nadie volvería a pisar.

            El teniente ordenó que toda la patrulla se montara en el camión y volviera al cuartel. Ya habían hecho el trabajo asignado y ahora se tendrían que encargar los vecinos del pueblo de apagar las llamas de la casa antes de que afectaran a otro edificio. 

Don Esteban cogió del brazo a Faustino y tiró de él.

—Rápido, nos tenemos que ir.

—¡No! ¡Mi abuela!

—No te preocupes por ella. Ya nos ocuparemos más tarde. Ahora tenemos que irnos. Si alguien te ve, te puede delatar— El maestro miró a los ojos al muchacho—. Si quieres vivir, sígueme.

Faustino dudó por un instante. Vivir. ¿Qué significaba la vida después de haber visto cómo se la habían arrebatado a sus padres?

Siguió a Don Esteban. Los dos, agachados y escondiéndose entre los árboles del pueblo, se alejaron un kilómetro. Cuando se vieron seguros divisaron cómo, a lo lejos, el humo ascendía por encima de la aldea. La casa se estaba convirtiendo en cenizas.

        La semana que viene, las páginas 61-70. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos.
Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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