EL MONTARAZ. Páginas 41- 50

Aquí tenéis las páginas 41-50 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información que necesitéis de este proyecto de ayuda para que “El Montaraz” salga adelante la encontraréis en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y ahí van las 10 páginas prometidas.

Páginas 41-50

            El bloque de hielo en la mano y su víctima se encontraban a menos de dos metros. Le hubiera gustado avisarle de su muerte y explicarle por qué iba a llevar a cabo la venganza para comprobar sus ojos de pánico segundos antes de fallecer. Pero no podía arriesgarse. La ejecución de Arturo Méndez no era más que el segundo paso en el camino hasta llegar a la venganza absoluta. El primero había sido asesinar a su hijo con estramonio. Y nadie le había descubierto. Como debía suceder en su segundo crimen. Su segundo “ajusticiamiento”, como prefería considerarlo El Vengador.  Por ello debía llevar el plan tal y como lo había pergeñado, sin licencias para su ego.

            Dos pasos más, comprobando que no pisaba ningún palo seco que alertara de su presencia, y ya se encontraba justo donde quería. Ascendió su mano con el trozo de hielo y, con rapidez, la bajó violentamente hasta impactar en la cabeza de Méndez. El golpe hizo que el cuerpo entero se sumergiera en la poza. Pero El Vengador tenía que evitarlo. Con la mano izquierda agarró del cuello de Méndez, muerto al instante por el golpeo. Después, comprobó el lugar exacto de la herida mortal. Con satisfacción se felicitó de haber acertado en el blanco. Unos diez centímetros por encima del final del cuello, entre los huesos parental y occipital.

            Tenía agarrada a su víctima y únicamente faltaba un último acto. Acercó la zona del golpe mortal a una roca y apretó fuerte sobre ella. Tras ello vio cómo la piedra mostraba restos de sangre y sonrió con complacencia. Soltó el cadáver y observó cómo se sumergía en las gélidas aguas de Las Camperas.

            El Vengador miró a un lado y a otro. Como había planificado, nadie había sido testigo de su asesinato. Por ello, orgulloso de haber cumplido la segunda etapa de su plan de venganza, tiró el bloque de hielo al agua. El arma del crimen, en minutos, desparecería para siempre. Después se colocó la mochila a la espalda y se adentró en el monte. Le quedaba un buen trecho hasta encontrarse completamente seguro de no ser descubierto. Una vez entre las hayas, los robles y las escobas, sería prácticamente imposible ser localizado por nadie.

            El Vengador miró una última vez hacia atrás. Y observó que el cuerpo de Arturo Méndez se balanceaba por la poza de Las Camperas chocando contra unas rocas que le impedían continuar río abajo. Su satisfacción fue tal que emprendió el camino de huida con un brío casi juvenil. Cumplir con su venganza no sólo era una misión que había llegado a él por una especie de designio divino. Sino que, además, aportaba a El Vengador un placer que jamás se podía haber imaginado.

            El cuerpo de Arturo Méndez no fue localizado hasta seis horas después de su muerte. Benjamín Reyero, un hombre natural de Casasuertes pero que vivía en Madrid, se había acercado a su pueblo para comprobar cómo se encontraba su casa tras las nevadas invernales. A la ida no se apercibió de la presencia del cadáver. Pero a su regreso, de camino al cruce entre Cuénabres y Casasuertes, observó en el agua una figura que llamó su atención. Detuvo el coche y se bajó. Entonces fue cuando encontró a Arturo Méndez flotando en la poza.

            Benjamín condujo hasta Riaño y alertó a la Guardia Civil. Los agentes llegaron a la poza media hora después. Entre ellos, el sargento Valdivia. Encontró el azulado cuerpo de Méndez  y solicitó por walkie talkie la ayuda del equipo forense. También se agachó para ver con más detalle a ese hombre que conocía de vista pero con el que apenas había entablado un par de saludos de rigor. El cuerpo permanecía boca arriba y no tenía ninguna herida destacable en la cabeza, el tronco ni las extremidades. Quiso dar la vuelta al muerto pero temía que, de hacerlo, los forenses se le echaran encima por manipular el escenario del crimen.

            “¡Qué leches! Hasta que vengan desde León no voy a estar aquí tocándome las narices”, pensó. Solicitó la ayuda de un subalterno y entre los dos giraron con cuidado el cuerpo, cada vez más azulino, de Méndez. Enseguida vio la que podía ser la causa de la muerte. Un fuerte impacto en la parte trasera de la cabeza. Nada más. Volvió a girar el cadáver y ordenó al Guardia Civil novato que no dijera nada de que habían tocado el cuerpo si no quería tirarse todo el año haciendo guardias nocturnas. Éste prometió guardar silencio, por la cuenta que le traía.

            Valdivia ordenó encintar el contorno para que ningún curioso pisara el escenario de la muerte. Él sí lo hizo. Caminó por ambas orillas del río para intentar hallar alguna prueba que indicase la causa del fallecimiento. En pocos minutos la encontró. Sangre en una piedra saliente del río. Buscó más sangre en algún otro punto y no la encontró, además de los hilillos procedentes de la cabeza de Méndez y que se perdían río abajo con la corriente. El sargento Valdivia lo vio claro. Arturo Méndez se había resbalado en la poza con tan mala fortuna que su cabeza chocó contra la roca y murió.

           El equipo forense llegó hora y media más tarde. Uno de los médicos inició una sesión fotográfica del cuerpo desde distintos puntos de vista. Otra, del lugar de la muerte. Después, sacaron el cuerpo de Méndez y se dispusieron para trasladarlo a León para realizar la autopsia. Tras el primer análisis la conclusión inmediata que extrajeron fue la misma que Valdivia. Muerte por contusión craneoencefálica provocada por un probable golpe accidental contra una roca. No era más que la primera valoración instantánea, pero supusieron que la autopsia no sería complicada y que podrían corroborar la hipótesis inicial con facilidad.

            Ya de noche, la ambulancia que trasladaba a Arturo Méndez sin vida llegó al Hospital de León. El forense de guardia, cansado y con más horas de trabajo de las que hubiera querido, se hizo cargo del cuerpo. En cuanto echó un apresurado repaso al cuerpo y al informe policial se alegró. Iba a ser una autopsia rápida y sencilla.

            A esa hora El Vengador ya se hallaba en casa. Orgulloso, se sirvió un café y se sentó en una butaca. Echó un trago y dejó la taza sobre un posavasos. En ese momento pensó que le gustaría recrearse mentalmente en lo que había logrado esa mañana. Pero no tenía tiempo para deleites. Era el momento de iniciar la preparación de la siguiente venganza.

            Apuró el café y se levantó con energía camino de la cocina. Una vez allí, abrió un armario y extrajo un bote de cristal con setas cocinadas en su interior. Abrió el bote con extremo cuidado de no dejar ningún rastro de su acción  ni en el cristal ni en la tapa. Depositó los hongos en un cuenco y dejó el cazo al lado. Después abrió la nevera y sacó un plato con un puñado de setas muy similares a primera vista a las extraídas del bote. Buscó una cazuela y la llenó de agua, a la que añadió un puñado de sal. Activó el fuego y esperó a que el agua hirviera. Mientras, sacó una sartén del armario, la posó en un segundo quemador y la llenó casi hasta arriba de aceite de oliva.

            Entonces se detuvo y pensó que faltaba algo. Había estudiado decenas de veces la receta exacta y no podía fallar por ningún detalle, por nimio que éste fuera. Un pequeño despiste podía convertir su plan infalible en un desastre que le llevara a la cárcel y trastocara sus planes de venganza.

            —¡Eso es! ¡Las especias! — dijo en alto con satisfacción.

            Romero y tomillo. Una rama de cada que le aportaría el aroma exacto para no provocar suspicacias en el futuro comensal. Puso las dos ramas en la sartén y accionó el fuego a escasa potencia.

            En ese momento el sonido de la tapa de la cazuela moviéndose le indicó que tenía que continuar con el siguiente paso. Introdujo las setas frescas con una espumadera y miró su reloj. Dos minutos después, ya escaldadas, El Vengador las sacó con la misma paleta y las depositó en el plato. Rompió dos servilletas del rollo del papel de cocina y secó con mimo los hongos hasta que estos hubieron perdido toda la humedad. Entonces bañó una de ellas en el aceite de la sartén a modo de prueba. Y se congratuló al comprobar que estaba a la temperatura exacta para su correcto cocinado. Introdujo los hongos restantes, miró de nuevo el reloj y comprobó satisfecho que ya no faltaba prácticamente nada para finalizar la operación. Tan sólo quince minutos. Los necesarios para que las setas se hicieran hasta el punto necesario.

            Pasado el tiempo, las sacó de la sartén y las colocó en un plato al lado del que contenían las originales del bote. Movió la cabeza con la vista puesta primero en un plato, después en el otro. Y llegó a la conclusión de que, a la vista, eran prácticamente idénticos.

            Acercó el bote a la mesa e inició el proceso de embotado. Primero tres cucharadas de las setas del primer plato. Después media de las cocinadas por él. Seguido, un chorro del caldo más antiguo y unas gotas del que quedaban en la cazuela. Así hasta que el bote quedó igual de lleno que antes de que él lo hubiera mancillado.

            Entonces repasó con tranquilidad los pasos que había seguido hasta que se convenció de que no había cometido ningún error. El proceso de cocinado, correcto. Y las proporciones de setas comestibles y setas venenosas, también. Con un porcentaje de un quince por ciento de hongos mortales tendría suficiente para acabar con el comensal sin que éste intuyera antes ningún peligro.

            Ya faltaba únicamente la última operación. Sacó una bolsa con cubitos de hielo y echó los trozos congelados en una fuente a la que agregó un vaso de agua. Después cerró la tapa del bote con fuerza pero sin brusquedad y lo introdujo en el agua helada. Así, tras dos minutos de contraste de calor entre las setas cocinadas y el cristal frío, se hizo el vacío en el recipiente. Estaba tal y como lo había cogido del armario.

            El Vengador limpió el receptáculo con un paño seco. Lo hizo varias veces hasta que se convenció de que sus huellas habían desaparecido por completo. Después lo introdujo en la misma mochila que había utilizado horas antes para asesinar a Arturo Méndez y la colgó de un gancho de la cocina.

            Se sirvió un vaso de vino. Se lo merecía. Un reserva que degustó con la serenidad que le aportaba el saber que su plan de venganza continuaba viento en popa. Y que nadie ni nada impedirían que lo finiquitara por completo. Después abrió un armario de la sala. Sacó un cuaderno y se sentó. Bebió un trago de vino, lo posó en la mesa y acarició el libreto que había dado un nuevo sentido a su vida. Palpó la inscripción de la tapa con devoción y detuvo su mirada en ella. “El cuaderno del Montaraz”. Lo abrió y se dispuso a releer una historia que ya había repasado en infinidad de ocasiones. Un relato por el que él se había convertido en El Vengador.

CAPÍTULO 3

 

Villasinde. Comarca del Bierzo. León

5 de abril de 1940. Nueve de la mañana

         La niebla matinal se desvanecía con lentitud y la luz del sol comenzaba a hacer presencia en la comarca berciana de Villasinde. Para esa hora los paisanos ya habían tomado las calles del pueblo con sus quehaceres diarios. Los hombres habían ordeñado sus vacas y ovejas antes del amanecer para después disponerse a cuidar del ganado en los montes cercanos al pueblo. Las mujeres habían atizado la leña para preparar la comida del día y habían iniciado la limpia de las cuadras, llenas del abono depositado por los animales durante la noche, y el cuidado de la casa. Los niños, en clase, estudiaban los ríos de España, las provincias de Castilla la Vieja y los nombres de los soberanos españoles desde los Reyes Católicos. Todo ello después de rezar el Padre Nuestro diario al principio de la clase y de dar gracias a Dios sin saber muy bien porqué.

            Villasinde era un pueblo más del Bierzo leonés, situado en una de las laderas del monte Capeloso en las estribaciones de la Sierra de Ancares Seo, en el extremo Oeste de la Cordillera Cantábrica que separa las tierras leonesas de las gallegas. Protegido por nogales, castaños, abedules y negrillos, la vida en Villasinde transcurría en torno a la recogida del centeno, el trigo y la castaña, la extracción de la leche de las vacas, la matanza de cerdos, chivos y corderos y la compraventa de cualquier animal, vegetal o mineral que se pudiera arrancar de los montes cercanos.

            Pero Villasinde, como el resto del Bierzo leonés, era, sobre todo, un pueblo triste. Desde que se inició la Guerra Civil española en 1936 hasta que el general Franco firmó el último parte de guerra el 1 de abril de 1939, “el parte de la victoria”, la comarca se vio golpeada con crueldad por la contienda entre nacionales golpistas y republicanos. Hasta el punto de que, en esos tres años, dieciséis hombres que salieron de sus casas para luchar en la guerra en uno u otro bando no regresaron.

            Con la victoria del bando nacional nació la esperanza entre los vecinos de que la paz y la tranquilidad volverían a aposentarse en las calles y casas de la comarca. Pero la victoria franquista no supuso la paz. Al contrario, trajo consigo la represión y la venganza sobre aquellos que se habían declarados partidarios de la República o, incluso, sobre los que simplemente no habían apoyado con energía el levantamiento militar de 1936.

Cientos de militares, guardias civiles y falangistas habían sido enviados a la comarca del Bierzo para “depurar” una región que, durante y antes de la Guerra Civil, había apoyado sin ambages al gobierno republicano. Ante esa depuración decenas de vecinos bercianos tuvieron que “echarse al monte” para continuar su lucha contra el régimen franquista y, sobre todo,  para sobrevivir.

            El hogar de Valentín Romeral era uno de los muchos que había sufrido las consecuencias trágicas de la guerra. Su hijo mayor, José, falleció en 1937 en el frente asturiano. Y el mediano, Ildefonso, sobrevivió a dos inviernos en las trincheras asturianas y madrileñas, pero a su vuelta a casa tuvo que huir a la montaña cuando iba a ser prendido por los militares.  A Valentín, de cuarenta y siete años, le quedaban su mujer, Eusebia, de luto riguroso desde que supo de la muerte de José, su hija Marina, casada hacía dos años con un camionero de un pueblo cercano, y su madre, también Marina, una anciana y medio ciega mujer que mantenía la mayor parte de su vida al lado de la lumbre con un rosario en la mano.

            A Valentín, un hombre rudo de la montaña que había preferido proteger su hogar antes que luchar en el frente, también le quedaba en casa “el innombrable”. Su hijo pequeño, Faustino Romeral, de dieciséis años.

El joven Faustino se hallaba escondido en su propia casa desde hacía ya cuatro meses. Desde que dos militares acudieron a reclamar su presencia en el cuartel de la Guardia Civil para realizarle unas preguntas. En aquella ocasión Valentín solicitó acompañar a su hijo, pero los soldados le ordenaron que no se moviera de casa. Así, escoltado por dos hombres armados, Faustino Romeral atravesó el pueblo hasta llegar al cuartelillo ante las miradas curiosas y temerosas de los vecinos. El miedo que había surgido en su interior en el mismo momento en que escuchó su nombre de boca del militar se magnificaba a cada paso que daba. No sabía con exactitud qué significaba la frase “realizarte unas preguntas”, pero intuía que nada bueno.

Entró en el cuartel con el vello en punta y un teniente al que no había visto jamás en la comarca le ordenó que se sentara en una silla en mitad de una habitación vacía. Faustino miró a aquel hombre y a otro que se encontraba al fondo del cubículo, tragó saliva y se sentó agachando la cabeza a modo de sumisión. Una lección aprendida de su padre Valentín. “Muéstrate dócil, no seas altivo e intenta que no se enfaden”.

El teniente, que presentaba una cicatriz profunda entre el ojo derecho y su poblada patilla, comenzó sin contemplaciones.

—Faustino. Así te llamas, ¿verdad?

—Sí, señor.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, señor.

—¿Dieciséis, eh? Ya todo un hombretón. ¿Qué tal está tu familia, Faustino?

—Bien, gracias a Dios, señor.

—Eso está bien.

Seguido, dio dos pasos y acercó su cabeza a la oreja derecha del muchacho.

—Y tu hermano Ildefonso… ¿no sabrás dónde está? Llevo unos meses buscándolo para charlar con él.

—No señor. Hace mucho tiempo que no le veo.

El teniente se apartó y el militar que estaba a la espalda de Faustino se acercó con celeridad y le soltó un golpe con la mano abierta en la cara que tiró al chico de la silla.

—No te ha preguntado si le has visto. Te ha preguntado si sabes dónde está.

Faustino, tirado en el suelo, se colocó en posición fetal con las manos protegiendo su cabeza. Balbuceó mirándole a los ojos:

—No, señor. No sé dónde está.

El teniente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y su súbdito inició una serie de una docena de patadas y puñetazos. A la que siguieron más golpes continuados que únicamente cesaban para volver a preguntar a Faustino por el paradero de su hermano huido.

El interrogatorio, que había durado toda la noche, no fue fructífero para el teniente. No sacó nada, ni de dónde estaba Ildefonso ni si conocía a otros paisanos “traidores a España”. El teniente de la cicatriz llegó a la conclusión de que el muchacho magullado y lloriqueante que tenía tirado en el suelo frente a él con sangre y babas en la cara y los pantalones orinados no sabía nada. Por ello le dejó marchar al amanecer. Antes de salir le dio una orden:

—La semana que viene te quiero aquí a la misma hora. Espero que, para entonces, tengas algo que contarme— dijo con una sonrisa llena de maldad.

Faustino salió del cuartelillo cojeando y dolorido en todo su cuerpo. Afuera, escondido entre las sombras, le esperaba su padre. Acudió raudo hacia él y le ayudó a llegar a casa. En el trayecto, su hijo le contó la paliza que había sufrido y que tenía que volver en una semana. Valentín escondió su rabia en su interior. Hubiera querido presentarse en el cuartel con una escopeta y vengarse de quienes habían torturado a su hijo pequeño. Pero sabía que las consecuencias de dicha acción serían fatales para toda su familia.

Cuando llegaron a casa, Eusebia curó las heridas de su hijo. Mientras, Valentín decidió qué hacer para que Faustino no volviera a sufrir más torturas. No podía continuar con la estrategia llevada a cabo hasta entonces. Evitar que su vástago menor supiera nada relacionado con su hermano, el maquis, y con el movimiento guerrillero del Bierzo leonés. Esa ignorancia ya no era suficiente. Los militares y guardias civiles torturarían cada semana a Faustino hasta que “cantara” algo que les sirviera, delatara a quien ellos le ordenaran o muriera por culpa de que a los torturadores “se les fue la mano”.

Valentín Romeral calibró tres alternativas para salvar a Faustino. Ninguna le atraía en demasía. Echar a su hijo al monte para que se uniera al maquis leonés le daba demasiado miedo. Un vástago ya había muerto en combate y el segundo, a saber cuándo moriría en una emboscada. Además, Faustino no era tan fuerte como sus hermanos mayores. Desde muy pequeño sus padres habían visto en él una preocupación por las letras y los estudios mucho mayor que el resto de la familia, además de un nulo interés por la lucha política y armada. Eso, unido a que físicamente no poseía la fuerza y resistencia de sus hermanos, hacía temer a Valentín que no pudiera aguantar la dureza de la vida guerrillera.

Enviar a su hijo a otro punto de España donde nadie le conociera tampoco le convencía. En los tiempos que corrían no confiaba en nadie que pudiera acoger a su pequeño. Sabía que miles de delatores esperaban agazapados en cualquier esquina del país para vender a cualquier prófugo a cambio de unas monedas.

La única opción que le quedaba era esconder a Faustino en casa. Harían correr el rumor de que el chico había huido del hogar familiar y que ellos desconocían adónde se había dirigido. Valentín no temía que los militares le torturaran para sacarle la verdad. Estaba convencido de que, tanto él como su mujer, morirían antes de delatar a su hijo pequeño.

                                                                        *          *          *

Cuatro meses después de recibir la paliza y de que sus padres convencieran al pueblo de que había escapado, Faustino Romeral permanecía escondido en su casa. Él hubiera preferido huir, pero sus progenitores le ordenaron que se quedara protegido por ellos. Aunque a regañadientes, accedió. No tanto por sus padres sino por Teresita, su novia secreta desde que tenían diez años y con quien pretendía casarse y huir en cuanto tuvieran dinero para viajar a Sudamérica.

La vida de Faustino era idéntica cada día. Se levantaba al tiempo que sus padres y desayunaba con ellos, siempre alerta de que ninguna mirada curiosa apareciera por las ventanas y le descubriera. Después ayudaba a su madre en las labores del hogar. Limpiaba la casa, cocinaba cuando su madre se hallaba en el prado o en las cuadras y cuidaba de la salud de la abuela Marina. El resto del día lo pasaba en el desván leyendo libros de aventuras que Don Esteban le hacía llegar.

 La semana que viene, las páginas 41-50. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , el  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia  y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para  tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias  y hasta el miércoles que viene.

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