EL MONTARAZ. Páginas 31-40

Aquí tenéis las páginas 31-40 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

Páginas 31- 40

      Marquitos dijo que sí con escaso convencimiento. En ese momento Francisco desapareció de su vista.

     El ganadero, que, sudado y sin cazadora, empezaba a sentir el frío de la noche invernal, agarró con energía la vara. Respiró con profundidad recibiendo en sus pulmones el aire gélido del cierzo y tiró de ella. Pero apenas pudo mover la rama. Entonces se colocó delante de ella y cargó con todo el peso de su cuerpo. Movió el tronco a duras penas y continuó.

      Marquitos, agarrado con todas sus fuerzas, comprobó que, con lentitud, su cuerpo ascendía hasta dejar de tocar el suelo con los pies. El arnés estaba funcionando y no tenía riesgo de soltarse.

      —¿Estás bien?— gritó Francisco desde fuera mientras apoyaba su cuerpo en la rama.

      Marquitos respondió afirmativamente. Entonces el padre prosiguió con el esfuerzo. Un tirón, un gemido, un paso. Otro empujón, otro gemido, otro paso. Así hasta cinco. Entonces se detuvo. La reserva de energías se estaba vaciando a marchas forzadas. Le quedaban pocos minutos hasta desfallecer de agotamiento.

      Marquitos tocó las piedras de la apertura con la punta de los dedos.

      —¡Un poco más, padre! ¡Ya casi está! — gritó emocionado.

      Francisco lo escuchó y lanzó un último rugido, acompañado de dos pasos cortos.

      —¡Ya estoy! — dijo Marquitos mientras se agarraba con el brazo a una roca.

      En ese momento Francisco, sin soltar la rama, se acercó a la apertura de la caverna y agarró con fuerza el brazo de su hijo.

      —No te sueltes— ordenó—. Venga, a la de tres. ¡Uno, dos y tres!

      Francisco arrastró con fuerza hasta que todo el cuerpo del chico se encontró fuera de la caverna. Entonces se derrumbó y empezó a toser. Marquitos se deshizo del cinturón que oprimía su pecho y de la rama que atravesaba su cazadora y se lanzó a abrazar a su padre. Éste respondió apoyando su brazo en el cuello de su hijo.

      —Venga, vamos a casa o nos vamos a congelar— dijo Francisco sin dejar de toser por el esfuerzo.

      Se ayudó de su hijo para incorporarse. En ese momento Marquitos volvió a abrazar a su progenitor, esta vez con más fuerza. El muchacho estaba a punto de llorar tras haber vivido unas horas agónicas encerrado en la cueva. Francisco Jurado se percató del sentimiento de su hijo y temió que se derrumbara tras la tensión vivida. Por ello apartó sus brazos y le ordenó que le siguiera y que pisara exactamente donde él caminara. Lo último que quería era que, por culpa de la nieve, tuvieran otro peligroso imprevisto. Había que volver a casa.

      A pesar del cansancio de ambos, iniciaron la caminata a buen ritmo, siempre iluminados por las dos linternas y acompañados de Sol y Zar. Francisco se concentraba en cada paso que daba. Marquitos, por su parte, observaba cómo su padre caminaba más agachado de lo normal, consecuencia del enorme esfuerzo que acababa de hacer. Temió que, por su culpa, se hubiera producido una lesión de espalda. Pero se abstuvo de preguntárselo. Sabía de sobra que era un hombre férreo de la montaña que no reconocería su dolor hasta que estuvieran fuera de peligro. E incluso en ese momento era capaz de esconder su lesión. Así era Francisco Jurado, el hombre que le había vuelto a salvar la vida y la persona a la que más admiraba del planeta.

      Cuando llegaron al camino, Jurado padre ya se sintió seguro y preguntó qué había sucedido. Marquitos le explicó las circunstancias de la caída y se disculpó por no haber llevado una linterna en la mochila.

      —Espero que ya lo hayas aprendido para la siguiente vez— replicó Francisco con contundencia.

      Marquitos agachó la cabeza y pensó en no volver a abrir la boca hasta que llegaran a Cuénabres. Pero no pudo evitar preguntar a su padre si conocía la cueva en la que había caído.  Francisco respondió que jamás la había visto. Y fue una respuesta que a él mismo le sorprendió. Llevaba toda la vida recorriendo la montaña y era, con toda seguridad, la persona que mejor conocía los valles, montes y prados de la parte leonesa de los Picos de Europa. Y, aun así, jamás se había topado con  esa torca. Al reflexionar sobre esa realidad se sorprendió con una sonrisa. Marquitos se dio cuenta.

      —¿De qué te ríes?

      —De que no somos nadie hijo. Ante la montaña, no somos nadie. Aprende esta lección— contestó.

      Marquitos, tras digerir la reflexión de su padre, articuló la suya.

      —Ya. Igual él no tuvo tiempo de aprenderla.

      —¿Quién?

      —Él. El muerto.

      —Ah, ya. Él no tuvo tanta suerte como tú.

     —¿Quién crees que puede ser?

     Francisco volvió la mirada hacia las peñas. Aunque no se veía nada por culpa del cierzo, se mantuvo unos segundos con los ojos puestos en su dirección.

     —No lo sé, hijo. Y tampoco es nuestro problema.

     —¿No tienes curiosidad?

     —No— mintió.

     —Pues yo sí.

     —Olvídalo. Mañana acompañaré a los guardias a que recojan los huesos y ya se encargarán ellos de averiguar quién era. Y nosotros a otra cosa, que la vida sigue.

     —Quiero ir contigo.

     —Ni hablar.

     —Pero…

     —Ni pero ni leches. Te digo que ni hablar y es ni hablar.

     Se hizo el silencio entre los dos hasta que llegaron a Cuénabres. Allí Francisco detuvo a su hijo y le dio indicaciones para que no magnificara lo que le había ocurrido. No era necesario asustar más a su madre, quién, seguro, se mantenía sentada en el escaño de la cocina con los nervios a flor de piel. Tras recibir la promesa de su hijo de que no iba a contarle las penurias sufridas durante su estancia en la cueva, entraron en casa. Carlota se levantó en cuanto escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Abrazó a Marquitos con lágrimas en los ojos y preguntando qué había ocurrido. Éste tuvo que apartar a su madre, pues el apretón le estaba provocando un gran dolor en el hombro. Aún así, estuvo a punto de llorar al ver las lágrimas de Carlota.

      Francisco, el más sereno de los tres, explicó brevemente lo que había ocurrido y dijo que debían ir al centro médico de Riaño a que le miraran el hombro de Marquitos.

      En el trayecto a Riaño Carlota requirió más detalles del accidente, pero padre e hijo dieron largas con explicaciones generales de lo sucedido. Una vez en Riaño, el pueblo más importante de una montaña cada año más despoblada, Francisco dejó a su esposa y su hijo en el centro médico y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Allí contó lo ocurrido y pidió al agente que estaba de guardia que le dejara un recado al sargento Valdivia. Que le esperaba a la mañana siguiente en Cuénabres para llevarle hasta la cueva.

      —Dile que se de prisa, que madrugue. Que mañana tengo mucho trabajo— puntualizó Jurado—. Ah, y que se venga con el grupo de montaña y se traigan material de escalada para sacar el cuerpo. Que está apañado si se cree que yo voy a entrar en la cueva.

      Salió del cuartel y un escalofrío recorrió su cuerpo. Le sucedía siempre que tenía que vérselas con las autoridades. Esta vez, aunque no estuviera acusado de nada, era igual. Seguía culpando a la Guardia Civil por su estancia en la cárcel hacía ya más de dos décadas. Jamás les perdonaría. Por ello pensaba que cuanto menos se relacionara con “los lechuguinos” mejor para él y para su familia.

     Durante el trayecto entre Cuénabres y Riaño había llegado a plantearse incluso la idea de no comunicar a las autoridades el descubrimiento del esqueleto de la cueva. Pero apartó esa idea de su cabeza. Fuera quien fuera el pobre desgraciado que había terminado su vida en su montaña se merecía un entierro digno y que su familia, si es que la tenía, supiera qué había sido de ese hombre. De hecho, él mismo tenía curiosidad por conocer la identidad del muerto. Pero preferiría no descubrir esa incógnita antes que tener que preguntárselo a Valdivia o a cualquier otro agente.

      Condujo hasta el centro médico y, cuando iba a bajarse del vehículo, vio cómo Carlota y Marquitos abandonaban el recinto. Salió del coche y Carlota relató que el médico de guardia les había explicado que el chico tenía una fuerte fisura en el hombro y que, por ello, debería llevar una venda elástica adhesiva durante, por lo menos, dos semanas. Además de tener que llevar el brazo en cabestrillo durante ese tiempo. Pasados los quince días debían volver al centro médico para ver la evolución del hombro.

      El Jeep Cherokee arrancó en dirección a casa. Durante el viaje los tres ocupantes guardaron silencio. Francisco porque consideraba que, por su mujer y su vástago, era mejor obviar la conversación sobre el accidente. Por mucho que hubiera podido llegar a ser trágico de no haber aparecido Zar. Carlota porque todavía mantenía el corazón en un puño. Había estado a punto de perder a su único hijo. Lo sabía. Daba igual que su hombre y su niño no quisieran reconocerlo. Ella lo sabía con tal sólo mirarles a ellos. Y Marquitos tampoco quería aportar nada. El susto ya había desaparecido y el calmante que le había dado el médico estaba haciendo efecto. Además, de lo único que hubiera querido hablar era de la pregunta que se había hecho desde que encontró el esqueleto. ¿Quién era ese hombre que tenía en su zurrón un libreto titulado El cuaderno del Montaraz? Marquitos se prometió que algún día, antes o después, averiguaría la identidad de su compañero de cueva.

       El vehículo se detuvo delante de casa. Marquitos y Carlota entraron raudos en el hogar para evitar el frío seco y penetrante que se había apoderado de la montaña. Francisco, sin embargo, se detuvo en la puerta y miró hacia la portalada. Antes de entrar en casa tenía que hacer algo. Accedió a la cuadra y encendió la luz. Entonces vio que Sol y Zar, tumbados juntos sobre una cama de hierba seca y una manta, miraban a su dueño con los ojos a medio abrir. La luz acababa de despertarlos. Francisco se agachó y acarició con dulzura la cabeza a Zar.

      —Muy buen trabajo, amigo. Lo has hecho muy bien— dijo orgulloso el ganadero—. Le has salvado la vida a mi Marquitos, ¿lo sabes?

      Zar agradeció las caricias con un lametón en la cara. Sol se sumó al momento íntimo de los dos. Francisco acarició a sus dos fieles compañeros de correrías montañeras y los acercó a su cuerpo. Durante unos segundos dejó que los dos cánidos se entretuvieran lamiendo las manos y el rostro de su dueño, orgullosos de mostrar la fidelidad que le procesaban. Después se levantó y los perros volvieron a apoyar sus cabezas en la manta.

      Cuando llegó a casa, Marquitos acababa de acostarse y Carlota le esperaba en la cocina.

      —Quiere hablar contigo.

      Francisco asintió con la cabeza y subió las escaleras. Entró en la habitación de Marquitos y se sentó en la cama en la que reposaba el chico.

       —¿Qué tal estás? ¿Te duele?

      —Un poco.

      —Igual hoy te cuesta dormir con ese artilugio que te han puesto. No te preocupes. Ahora tendrás que estar unos días en casa hasta que te cures del todo. Ya tendrás tiempo de volver a clase.

      —Oye, que… que lo siento— dijo Marquitos en bajo.

      —¿Qué sientes el qué?

      —Lo que ha pasado. Si hubiera tenido más cuidado no habría pasado nada de esto.

      Francisco agarró la pierna de su chico y le miró con firmeza.

      —Esto nos podía haber pasado a cualquiera, ¿de acuerdo? A cualquiera. Hasta a mí— reconoció—. Así que no tienes que sentir nada. Venga, y ahora a dormir.

      Francisco apagó la luz de la habitación y salió. En ese momento Carlota subía las escaleras en dirección a su dormitorio. Entraron juntos y la mujer abrazó a su marido.

      —Dios mío, lo que ha podido pasar esta noche.

      —Ya está. Todo está bien. Venga, acuéstate y trata de olvidarlo.

      Francisco no quería continuar con la conversación. Se quitó la ropa, se puso una camiseta con publicidad de una marca de cerveza y se metió en la cama. Aguardó a que Carlota hiciera lo mismo y pasó su brazo por encima del hombro de su mujer. Carlota lloró en silencio durante unos minutos. Después se durmió agarrada al cuerpo de su amado Francisco. Él no podía dormir. Sabía que le iba a costar mucho conciliar el sueño. Pero no le importaba. Su hijo estaba en la habitación de enfrente. Magullado pero sano y salvo. Eso era lo único importante para él.  Besó la frente de Carlota y centró su mirada en el techo de la habitación.

      Marquitos también seguía despierto, aunque el antibiótico empezaba a provocarle somnolencia. En sus últimos pensamientos antes de que cayera en un sueño profundo se volvió a preguntar quién era el muerto de la caverna. Se durmió con esa incógnita en la cabeza.

      Lo que ni por asomo pudo imaginar el ganadero adolescente de Cuénabres era las trágicas consecuencias que iba a acarrear su descubrimiento del esqueleto de la desconocida cueva bajo Peña Pequeñina.

                                 CAPÍTULO 2

 

Las Camperas. Cuénabres. León

10 de mayo de 2011. 10 de la mañana

      La primavera en la montaña leonesa era, para todo aquel que la había vivido por lo menos una vez y se detuviera a recapacitar sobre lo que tenía ante sus ojos, un ejemplo claro de la vitalidad y colorido de la naturaleza campestre. Tras meses escondidos bajo las nieves los brezales, arándanos, acebos, hayas y robles volvían a nombrarse protagonistas del paisaje creando una fusión de colores verdes, marrones y morados. El agua de nieve descendía por los ríos nacidos en las peñas con fuerza, apartando de su cauce ramas muertas caídas durante el invierno y puliendo las piedras con sus continuos choques de agua brava. Los rebecos, venados y corzos recuperaban las majadas como su paraíso alimenticio y de sosiego. Los badajos de los cencerros del ganado rompían el silencio de los valles anunciando con su sonido grave que iban a ser habitantes asiduos durante los próximos meses. Los aguiluchos laguneros retornaban a su vuelo señorial en busca de topos y ratones que, tras meses escondidos bajo tierra, recuperaban la visión de la luz natural. Los osos estiraban sus músculos rasgando las cortezas de los robles. Y los días dejaban de ser pequeños intermedios entre noches casi interminables.

      La primavera era la época preferida de Arturo Méndez. Por nada del mundo se hubiera imaginado que ese soleado día primaveral le iban a asesinar.

      El septuagenario leonés acababa de aparcar su motocicleta Derby Variant de segunda mano en la pradera lindante con la poza de Las Camperas. Como todos los días desde hacía años, pretendía darse un baño de cinco minutos en el río. Los vecinos que conocían ese hábito tomaban esa acción como la de un loco. Bañarse en agua procedente directamente de los altos todavía nevados era, para ellos, una excentricidad de una persona poco cuerda. Arturo Méndez, por el contrario, consideraba que ese era el secreto de su excelente estado de salud. Su historial médico corroboraba su afirmación. En dos décadas no había sufrido ni tan siquiera un resfriado. Y, a pesar de los achaques de la edad, sus huesos se mantenían más fuertes que los de la mayoría de los jubilados de su quinta.

      La tradición de bañarse en agua casi congelada venía de tiempo atrás. Arturo Méndez, natural de La Puerta, abandonó su pueblo natal hacía veinticinco años, unos meses antes de que la creación del pantano de Riaño provocara el derribo de su aldea y de otros ochos pueblos de la comarca. Entonces él, su esposa Elvira y su hijo Arturo recién nacido se instalaron en San Sebastián. Allí se enamoró del agua de mar y todas las mañanas, hiciera frío o calor, nevara o lloviera, se bañaba en la playa de la Concha.

     Cuando se jubiló compró una casa en Retuerto y, desde entonces, vivía con su mujer. Su vida había sido plácida entre paseos en el monte, comidas a base de platos de caza y baños en Las Camperas. Hasta que, hacía un mes, su hijo Arturo apareció muerto en una rave, una fiesta clandestina organizada a las afueras de Santander. Al parecer, había consumido una mezcla letal de alcohol y estramonio, una planta venenosa utilizada como alucinógeno. Falleció envenenado en mitad del campo mientras el resto de los presentes continuaban bailando y consumiendo droga.

       La policía todavía no había averiguado cómo había llegado el estramonio hasta la fiesta y continuaba con las pesquisas para hallar a las personas que habían proporcionado el alucinógeno. Algunos de los chicos de la rave quisieron recordar durante los interrogatorios haber visto a un desconocido que podía ser el camello que buscaba la policía. Pero las declaraciones eran tan inexactas, y en ocasiones carentes de lógica por culpa de las múltiples sustancias que habían consumido, que las autoridades se encontraban en un callejón sin salida.

      Para Arturo y Elvira la muerte de su vástago fue, además de trágica, incomprensible. Jamás se hubieran imaginado que Arturo hijo había consumido ningún tipo de drogas. Ni durante sus estudios ni en el momento de su muerte, justo un mes después de haber firmado un contrato de un año en una empresa de transportes de Santander. Cada vez que pensaba en ello, que era todos los días, se maldecía por no haber intuido la peligrosa vida que había llevado su único hijo.

      Sacó una toalla de la mochila. La debía tener preparada para el momento en que saliese del agua. De lo contrario, el traicionero viento de la montaña le podía jugar una mala pasada. Después se quitó los pantalones y la camiseta. Se quedó únicamente con un bañador de color azul. Calentó los brazos, el cuello y las piernas, tocó el agua fría con las dos manos y se dispuso a entrar en la poza, que, en su zona más profunda, cubría poco más de un metro.

      Arturo, como cada día, pensaba que se encontraba solo. A lo sumo acompañado de algún animal del monte enfadado porque se estaba apropiando de su estanque y esperaba a que se largara. Pero no era así. Detrás de unas escobas se escondía un hombre acechándole. El Vengador.

      El Vengador había llegado dos horas antes y se había escondido tras un escobal para coger de imprevisto a Arturo Méndez y acabar con su vida. Durante semanas había estudiado los hábitos de su futura víctima y llegó a la conclusión de que el mejor lugar para llevar a cabo el asesinato sin ser descubierto era la poza de Las Camperas.

      El bañista introdujo sus pies en el agua. Con las manos se mojó el torso y la cabeza y después, sin pensárselo, metió todo su cuerpo y se tumbó boca arriba. El Vengador, en ese instante, se puso unos guantes negros y sacó una bolsa de la mochila que había portado hasta allí. La bolsa pesaba más de tres kilos y en su interior tenía un bloque de hielo del tamaño de un ladrillo. Había estado en el congelador una semana y la consistencia del hielo se mantenía estable a pesar de llevar varias horas fuera del frigorífico.

      El Vengador se preparó para llevar a cabo su crimen. Sacó el hielo de la bolsa y se incorporó. Con paso lento y silencioso caminó por detrás de Arturo Méndez, que disfrutaba del agua fría con los ojos cerrados, sentado sobre una roca con la cabeza fuera del agua y el resto del cuerpo dentro del río. Como todas las mañanas, se masajeaba las piernas con esmero como medida preventiva para que las varices no hicieran acto de presencia.

      La semana que viene, las páginas 41-50. Si os está  gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de  Facebook https://www.facebook.com/pages/Cartucho-la-Novela/198953713455463 o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a  vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Y explicadles en qué consiste este proyecto para tratar de sacar adelante El Montaraz. Entre todos lo lograremos. Gracias y hasta el miércoles que viene.

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