EL MONTARAZ Páginas 21-30

   He aquí las páginas 21-30 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

      Páginas 21-30

      Francisco Jurado ató una a una a todas las vacas que esperaban en las puertas de las dos cuadras. Lo hizo con un enfado que se palpaba en la manera brusca en que empujaba a cada res a su comedero. Cuando terminó de habilitar la vaqueriza grande con pienso y hierba para la noche se planteó ir a casa a cantar las cuarenta a su hijo. ¿Qué era eso de dejar al ganado en medio del pueblo y despreocuparse, sin más, por lo que le pudiera pasar? ¿Era eso lo que le había enseñado él? ¿A dejar el trabajo encomendado a medias? ¿Así se quería convertir en el gran pastor que se las prometía ser? ¿Para esto habían accedido sus padres a que dejara los estudios al año siguiente si mantenía la convicción de que lo suyo no eran los libros sino las vacas? A cada pregunta que se hacía, la irritación de Francisco por la dejadez de Marquitos aumentaba. Aún así, decidió terminar la labor en la cuadra pequeña antes de ir a reprender a su vástago.

     Buscó entre las medicinas que guardaba en un cajón metálico y encontró una caja con diez ampollas rellenas de oxitetraciclina. Asió dos cápsulas y se acercó a La Jamelga. La indefensa vaca ladeó la cabeza cuando sintió el acercamiento de su dueño. Éste la agarró de un cuerno y vertió el líquido de la pipeta en un ojo. Después repitió el mismo acto en el otro. Seguido, tiró de los cuernos de La Jamelga hacia arriba para que la oxitetraciclina no se derramara por su cara. La vaca mugió con enfado y soltó una coz al aire. Pero a Jurado no le afectó la reacción de su res. Lo único que le importaba era curar su ceguera.

      En otras ocasiones había utilizado ese antibiótico para curar las heridas oculares de sus animales y esperaba que en este caso también diera buen resultado. Lo sabría en cinco días. Si a lo largo de esas jornadas la vista de La Jamelga no mejoraba, la podría dar por perdida. Entonces llevaría a la vaca al matadero y adiós muy buenas. Era la ley de la montaña y la ganadería. Cuando no produces ya no sirves, por mucho aprecio que se le tenga a un animal que ha contribuido a la economía familiar con una docena de terneros sanos y fuertes. Las únicas excepciones para Francisco eran sus perros. Se había prometido que jamás sacrificaría a uno de sus compañeros de monte por muy viejo e inútil que fuera a menos que éste tuviera una enfermedad terminal que le provocara sufrimiento.

      El ganadero terminó la labor en la segunda cuadra y se encaminó a casa. Volvió a pensar en lo que le iba a decir a Marquitos. No quería ser excesivamente duro, pero no podía permitir que se tomara a la ligera su trabajo. “Tiene demasiados pájaros en la cabeza”, se dijo a modo de justificación. Estaba pensando en Sara Méndez, su novia desde hacía medio año. Tanto Francisco como su mujer habían acogido con afecto a la adolescente muchacha. Su dulzura y el cariño con que trataba a Marquitos les hacían felices. Aunque Carlota, en más de una ocasión, le había apuntado que tenía miedo a que rompieran su relación antes o después y su hijo acabara con el corazón destrozado. “No son más que unos críos, lo que tenga que ser será”, respondía Francisco con su pragmatismo habitual cada vez que escuchaba los temores de su esposa.

      Pero lo que no estaba dispuesto a permitir era que ni Sara ni nadie extraviaran la atención de su hijo hacia sus obligaciones. Y así se lo haría saber en cuanto entrara en casa.

      Antes de abrir la puerta escuchó los ladridos de Zar. Procedían de encima del pueblo. Unos segundos después vio aparecer al joven carea leonés, que se acercó a Francisco con premura.

      —¿Qué te pasa, pequeño? ¿Has estado persiguiendo algún rebeco?— preguntó a su perro mientras le acariciaba el lomo—. ¿Qué? ¿No ha habido suerte? No te preocupes, ahora os sacamos algo de comer.

      Sol y Zar se quedaron en la puerta esperando. Pero la actitud de los dos perros era distinta. Mientras Sol se lamía sus partes esperando la cena, Zar continuaba con sus continuos ladridos y con un movimiento circular incesante.

      —¡Marquitos!— gritó al posar el pie en la puerta— ¡Sal y da de comer a los perros, que me parece que hoy han trabajado mucho mejor que…!

      Francisco Jurado detuvo su reproche cuando entró en la cocina y vio que la única persona que se encontraba allí era su mujer.

      —¿Dónde está Marquitos?

      —¿No está contigo?

      —¿Conmigo? No.

      Carlota apreció el rostro contrariado de su marido. Dejó la patata que estaba pelando encima del fregadero y se acercó a Francisco.

      —Todavía no ha llegado a casa. Pensaba que estaba ayudándote con las vacas.

      Jurado no contestó. Salió con velocidad de casa y corrió hacia la portalada. Esperaba que la motocicleta no estuviera en su sitio, lo que significaría que se había ido con ella a Riaño a buscar a su novia. Pero la moto se encontraba aparcada en el mismo lugar donde él la había depositado tres días antes.

      Y Zar no paraba de ladrar. Francisco se le quedó mirando y temió que los ladridos de su cánido fueran una señal de que le había ocurrido alguna desgracia a su hijo. Porque, intuyó Francisco, Marquitos no había bajado de las peñas.

      Entró en casa, alertó de sus sospechas a Carlota y le pidió que, si en dos horas no tenía noticias suyas, llamara a la Guardia Civil.

      —¿Dos horas? ¡Es demasiado tiempo! Si a Marquitos le ha ocurrido algo…

      Francisco no dejó que terminara la frase.

      —No le ha pasado nada, confía en mÍ— dijo intentando mostrar una seguridad inexistente—. Si en dos horas no estamos en casa, llama.

      Entró en la hornera y halló dos linternas potentes, las que solía utilizar cuando quería cegar a alguna presa antes de disparar. Salió con ellas de casa y corrió hacia la portalada. Una vez allí agarró la moto de trial y salió con ella sin arrancar.

      —Venga, perrín, llévame con mi hijo!

      Zar dejó de ladrar un instante. A Francisco le pareció como si ese silencio significara que estaba traduciendo la orden de su amo al idioma cánido, porque un segundo después salió a la carrera pueblo arriba. Francisco arrancó la moto y le siguió. Tras él, como siempre, corría el viejo Sol con la lengua fuera.

      La velocidad de Zar era tal que a Francisco, a pesar de ser un experto piloto, le costaba seguir sus pasos. La causa también era la densa niebla que ya había alcanzado a los prados más cercanos al pueblo. Llegó hasta Las Cortinas de Roblano y tuvo que detener la marcha. Ni con las luces de la moto era capaz de distinguir lo que veía a más de cinco metros. Paró el motor y se dispuso a continuar a la carrera. Escuchaba a lo lejos los ladridos de Zar y confiaba en que su buen oído le indicara por dónde seguir. Encendió una linterna e inició la carrera en busca de su hijo.

                                                                            *          *          *

      “¿Quién es ese hombre?” se preguntó Marquitos. O mejor dicho, ¿quién había ese hombre cuyo esqueleto tenía a unos pasos? La placidez que le aportaba el calor de la fogata le invitó a pensar en ello. Elucubró sobre la identidad del cuerpo que yacía a su lado. Enseguida apartó la idea de que fuera algún paisano del pueblo, pues habría sabido de la desaparición de cualquier vecino de Cuénabres o de las aldeas cercanas, aunque hubiera tenido lugar hacía décadas. Entonces reflexionó sobre la procedencia del cadáver. Podía tratarse de algún lebaniego que, años atrás, había acudido a los puertos leoneses a cuidar de las merinas o a segar los prados a cambio de un jornal. Sí, esa era una opción probable, sostuvo. Marquitos había oído historias sobre varios cántabros procedentes del valle de Liébana que pasaban los veranos ganándose la vida en León. Algunos de ellos preferían dormir en cabañas construidas por ellos mismos. El hombre muerto a su lado pudo haber sido uno de ellos.

      Otra alternativa era que se tratara de un montañero que, recorriendo los montes leoneses, había acabado en esa cueva. Marquitos no barruntó que aquella fuera la opción más factible pues, a pesar de su belleza, eran pocos los excursionistas que optaban por ascender las montañas de su tierra. Normalmente elegían la parte asturiana de los Picos de Europa para sus recorridos.

      Pero, ¿y si estaba en lo cierto y se trataba de un montañero aficionado que se había caído en la sima en la que él se encontraba? Esa imagen le provocó un escalofrío que le obligó a echar tres ramas diminutas más a la hoguera, cada vez más pobre de fuego. Si había sido así, si el que fue un hombre y ahora era una escultura de huesos se había caído accidentalmente y nadie le había logrado encontrar, ¿por qué no le podía llegar a pasar lo mismo a él? La trágica imagen de verse a sí mismo agonizando de frío a la espera de una salvación que nunca llegaría le sumió en un miedo incontrolable. Se levantó con brío y volvió a mirar a la apertura de la cueva. La oteó con detenimiento ayudado por el fuego de uno de los palos de la hoguera. Estaba buscando piedras salientes o huecos en la tierra en los que poder impulsar una subida. Pero era imposible. Quizás con los dos brazos sanos podía tener una oportunidad de ascender a pulso. Pero con uno solo era una misión quimérica, por mucho que se tratara de un muchacho fuerte y atlético.

      Volvió a derrumbarse en el suelo al lado del fuego. Agarró lo que le quedaba de bocadillo y mordió otros dos trozos. No porque tuviera hambre, sino porque pensó que el alimento saciaría su nerviosismo. No fue así.

      El miedo a una muerte por congelación aumentó cuando fue a agarrar más leña y comprobó que no le quedaban más que un palo grande y dos varas pequeñas. Con eso no le daría ni para media hora más de exiguo pero salvador fuego. Y en la cueva no quedaban más materiales para quemar. Ni palos, ni hojas, ni…

      ¿O sí? Marquitos miró al esqueleto. En concreto a su ropa. Unos pantalones y una cazadora. Además, supuso, de alguna ropa interior que también podría utilizar como combustible.

      Se acercó al cadáver con vergüenza. Robar la ropa a un muerto no le parecía precisamente una acción modélica. Pero la necesidad apremiaba y el fuego desaparecería en pocos minutos. Así que, con recelo ético pero también con determinación, decidió despojar al muerto de su ropaje. Para ello lo primero que hizo fue agarrar el zurrón que colgaba de su cuello. Temió que al hacerlo el esqueleto se derrumbara como un castillo de naipes. Pero no fue así. Apartó la alforja con delicadeza y se quedó con ella en la mano. Cuando iba a dejarla en el suelo, la curiosidad por lo que había en su interior llamó su atención. Quizás podía contener algún objeto viable de ser quemado. O la identidad del hombre muerto. Marquitos no podía quedarse con la duda y decidió saciar su curiosidad.

                                                                         *          *          *

      El sudor descendía vertiginosamente por el rostro de Francisco Jurado. A pesar de ello y del progresivo agotamiento que aumentaba a cada paso que daba, no frenó su frenética ascensión detrás de Zar. Estaba convencido de que su fiel perro le estaba guiando hasta el lugar donde se encontraba su hijo. Sin embargo no veía nada apenas dos metros por delante. El cierzo era de una densidad tan alta que perseguía a su carea únicamente por el sonido de sus ladridos y por instinto. A pesar de ello se imaginó dónde se encontraba. Debajo de los riscos del pueblo, Peña Pequeñina, Peña El Bolo, Peña La Llampa y Peña Chica. No las veía, pero Francisco Jurado no necesitaba iluminación para ubicarse en sus montes. Había transcurrido tantas veces por esas laderas y valles que, pensaba, podría volver a casa con los ojos cerrados. Pero Marquitos no. Marquitos era demasiado joven y le quedaban muchas horas placer y sufrimiento en la montaña para adquirir la seguridad  y la experiencia que él poseía. Esa reflexión le hizo sentirse culpable por adelantado de la desgracia que se estaba imaginando.

      “No debería darle tanta responsabilidad. Todavía es un crío” se lamentó sin detenerse a recuperar fuerzas. “Como le haya pasado algo no me lo voy a perdonar”.

      El mal augurio que había entrado en su mente le incitó a aumentar todavía más la velocidad de su paso. El corazón latía a un ritmo desenfrenado, el ácido láctico de su cuerpo se había disparado hasta provocar un dolor seco y continuo en las piernas del ganadero. Sus pulmones reclamaban más oxígeno y Francisco se lo quería dar abriendo la boca hasta el límite para que entrara de golpe todo el aire posible. Todos los poros de su cuerpo expiraban gotas de sudor. Pero ninguna de esas señales de alerta con las que el cuerpo de Francisco le suplicaba que se detuviera recibió una respuesta positiva. Por nada del mundo iba a frenar su paso hasta que hallara a Marquitos. Tan sólo rezaba, si es que su mente y sus convicciones le permitían hacerlo, por hallarlo sano y salvo.

                                                                        *              *              *

      Marquitos se arrimó al agonizante fuego y se dispuso a abrir el zurrón. Pero antes pensó en la posibilidad de que alguna alimaña descansara dentro. No, de ser así, se dijo a sí mismo, estaría muerta por el frío. Abrió la alforja de par en par y, con el mechero, iluminó su interior. Lo primero que observó fue un cuaderno cubierto por un plástico que había impedido que se deshiciera por culpa de la humedad y el paso de los años.

      “Genial, más leña”, pensó.

      Lo sacó con cuidado del zurrón, apartó el plástico y comprobó que estaba amarillento por el paso del tiempo y la climatología, pero que continuaba de una pieza. Se lo acercó a la cara y leyó su tapa:

                                                             “El cuaderno del Montaraz”

 

      Marquitos releyó el escrito y se quedó pensativo con la mirada fija en él. Entonces se presentó un dilema en su mente. Tenía dos opciones. Rasgar una a una las hojas del cuaderno para que éste le aportara un escaso pero valiosísimo tiempo de calor o satisfacer la curiosidad que le había provocado el título de la portada.

                                                            “El cuaderno del Montaraz”

      Tocó la cubierta con suavidad y respeto. Pensó que en ese cuaderno podría estar la respuesta a la pregunta que le continuaba rondando por su cabeza. La contestación a quién era ese esqueleto que le estaba acompañando, quizás, en sus últimas horas de vida. Pero tenía que decidir enseguida qué opción tomar. La fogata estaba dando sus últimos ramalazos de vida y Marquitos tenía que optar por quemar inmediatamente el cuaderno o quitar la ropa del esqueleto para que ella mantuviera el calor en la cueva. Así podría saciar su curiosidad y leer el cuaderno.

      El joven leonés optó por la segunda opción. Volvió a cubrir el librillo con el plástico y lo metió en el zurrón. No quería que se mojara durante el tiempo en que iba a desnudar a su vecino de cueva. Se levantó con ímpetu y se encaminó al esqueleto.

      Un sonido familiar le provocó que se detuviera. Mantuvo la respiración para cerciorarse de que no se había equivocado. Tres segundos después, el ruido que esperaba se repitió. Era el ladrido de su amigo Zar.

      —¡Aquí, estoy aquí!— gritó con todas sus fuerzas con la vista puesta en el agujero por el que había caído.

      Marquitos repitió los chillidos hasta que vio a Zar asomar la cabeza por el hueco de la cueva. El carea cambió el tono de los gruñidos. Eran de alegría. El fiel perro pastor había encontrado a su amo y lo celebraba con ladridos cortos y continuos.

      —Bien, perrito, buen trabajo. ¿Has venido con alguien? — preguntó con ansia.

      La respuesta fue inminente. Por el hueco de la caverna se filtró una luz artificial.

      —¡Estoy aquí!— volvió a gritar con desgarro.

      —¡Marquitos!

      —¡Padre, aquí abajo!

      La luz de la linterna se dirigió directamente hacia el joven y cegó la visión de éste. Sin embargo levantó el brazo con impaciencia al tiempo que repetía “aquí, aquí”.

      —Marquitos, hijo, te veo. Tranquilízate— dijo Francisco tan excitado como su hijo pero simulando un falso aplomo— ¿Estás herido?

      —Este hombro— se señaló—, me duele bastante. No puedo hacer fuerza con él.

      —¿Lo tienes roto? — preguntó preocupado.

      —No. Creo que no. Pero me duele.

      —De acuerdo. No te preocupes. Ahora mismo te saco de ahí— indicó con total convencimiento.

      —Espera, padre. Aquí hay un… un esqueleto.

      —¿De qué? — interrogó Francisco con escasa curiosidad.

      ¿Qué le importaba si había encontrado una osamenta de ciervo, oso o jabalí? Tan sólo deseaba poner en marcha su cerebro para hallar un modo de sacar a su hijo de la cueva.

      —De qué, no. De quién–– respondió Marquitos con énfasis mientras señalaba con su mano hacia la izquierda de la caverna.

      La linterna de Francisco se dirigió hacia donde señalaba la mano y se detuvo en el esqueleto humano apoyado contra la pared. A punto estuvo de resbalársele la linterna al ver los restos. Sin embargo, sabía que debía mostrar calma.

      —Tranquilízate. Ése ya no te va a hacer nada. Lo que importa es sacarte de ahí.

      Francisco encendió la segunda linterna y ordenó a su hijo que se preparara para cogerla. Éste obedeció y sintió mayor tranquilidad cuando tuvo en sus manos la luz artificial. Sobre todo porque la hoguera se acababa de convertir en ceniza.

      —Voy a ver cómo te saco.

      —¡Espera! ¡No te vayas!— suplicó el hijo temeroso de volver a quedarse a solas.

      Francisco le prometió que no se iría sin antes sacarle de la cueva. Pero tenía que buscar algo que le ayudara a conseguir ese objetivo. Se alejó unos pasos e iluminó su alrededor con la linterna. Aunque la niebla era tan densa que no veía más que oscuridad, Francisco supuso dónde estaba. Debajo del sendero que bordea Peña Pequeñina. Si era así, sabía que a escasos metros se hallaba el bosque de hayas del que podría agenciarse material para el rescate de su hijo. Volvió a la boca de la cueva y advirtió a Marquitos que tenía que ausentarse unos minutos. Al hacerlo comprobó que éste temblaba de frío sin parar. Francisco se quitó la cazadora y se la lanzó a su hijo.

      —No me la puedo poner. Por el hombro, no puedo moverlo— advirtió el chico.

      —Da igual. Échatela encima, algo te hará. Vuelvo ahora.

      Marquitos se puso el abrigo sobre los hombros y utilizó las mangas para atárselo. Entonces sintió un ligero alivio. Pero suplicó para sus adentros que su padre le sacara cuanto antes. De lo contrario no podría mover ni un músculo por culpa del frío.

      Trató de apartar de su mente la temperatura de su cuerpo y el continuo temblor de manos y observó el zurrón que había depositado minutos antes. Se le ocurrió que podía entretenerse leyendo el cuaderno que había encontrado en su interior y que, estaba convencido, le explicaría quién era el muerto. Pero no tuvo valor para hacerlo. No estando su padre delante. Supuso que le acusaría de insensible por mancillar las pertenencias de un muerto. Optó entonces por guardárselo bajo la ropa. Ya tendría tiempo de leerlo cuando se encontrara en casa, al calor del fuego de la chimenea.

      Marquitos se acercó al zurrón, se agachó y se dispuso a hacerse con el botín. Antes de lograrlo, la linterna de su padre iluminó su cuerpo.

      —Ya estoy aquí. Prepárate— dijo Francisco sin percatarse de las intenciones de su vástago.

      Éste, asustado porque su padre había estado a punto de descubrir su propósito, se incorporó y se alejó un par de pasos de la alforja.

      Francisco acababa de llegar con una rama de cuatro metros de larga y de un grosor de treinta centímetros que había arrancado de un haya cercano. Agarró la cepa e introdujo una punta por la boca de la caverna. Marquitos observaba la operación sin saber muy bien las intenciones de su padre. Cuando ésta tocó suelo el rostro de Francisco volvió a surgir por el hueco.

      —Vamos a intentarlo con esto.

      —No puedo subir por ahí. Con un solo brazo, no— reconoció el chico, con vergüenza al pensar que su padre sí sería capaz de lograr la gesta.

      —Lo sé. No te preocupes. Toma mi cinto— ordenó el padre al tiempo que le lanzaba su cinturón—. Esto es lo que vas a hacer. Escucha bien.

      Francisco le ordenó a su hijo que rasgara dos trozos de su cazadora por el lateral de su brazo derecho, uno por la parte delantera y otro por la espalda. Después tenía que introducir la rama por esos dos huecos para, finalmente, atarse con fuerza el cinturón a la altura de los rasgones. Así, esperaba que el arnés improvisado que había ideado le garantizara una sujeción firme al palo. Marcos cumplió paso por paso las disposiciones de Francisco. Aunque no las tenía todas consigo.

      —¿Y ahora qué?

      “Ahora, a tirar como un mulo”, pensó Jurado padre.

      —Ahora te tienes que agarrar con fuerza al palo. No te sueltes por nada del mundo.

      —No vas a poder conmigo. Es mucho peso.

      —Más pesan algunas jatas y puedo con ellas— replicó el padre con firmeza— ¿Estás preparado?

 

     La semana que viene, las páginas 31-40. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

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