EL MONTARAZ. Páginas 11-20

He aquí las páginas 11-20 de la novela “El Montaraz”, aún sin publicar y que trato de que sea una realidad gracias al apoyo popular, vuestro apoyo. Toda la información de este proyecto de ayuda para que salga adelante en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Y, como cada semana, las 10 páginas prometidas.

Páginas 11-20

Francisco Jurado descendía con su rebaño por la Cuesta de la Gistra a buen ritmo acompañado de los ladridos de Sol, que impulsaba a las reses a que trotaran sin detenerse. Había tenido suerte. Las vacas que debía recuperar de la montaña se mantenían donde él las había divisado con sus prismáticos y tardó pocos minutos en dirigirlas hacia el pueblo.

Cuando caminaba por la vereda cercana a la cabaña de Frañisquera el experto vaquero observó en la nieve unas pisadas que atravesaban el camino. Se detuvo y se agachó para ratificar la primera impresión.

“Sí, son lobos. Tres lobos. Dos adultos y una cría”, se aseguró al comparar el tamaño de las huellas.

Seguido, miró con preocupación a Sol. No quería que se lanzara en busca de los chacales para enfrentarse con ellos. Algo que, tanto Sol como Zar solían hacer cuando intuían la presencia de sus primos asilvestrados. Él les había amaestrado para que se mantuvieran junto a sus dueños, apareciera el animal que apareciera. Pero si se despistaba, los dos careas se lanzaban a la carrera. 

 En la mayoría de las ocasiones en las que los perros ganaderos se enfrentaban a los lobos estos últimos huían. Los chacales no son amigos de duelos cara a cara sin tener la ventaja del factor sorpresa. Pero tampoco era extraño que algún can volviera a casa con marcas de las fauces de los lobos. Teniendo en cuenta el riesgo de contagiarse de las enfermedades infecciosas que solían portar esos animales, Francisco prefería evitar que sus fieles compañeros cruzaran sus colmillos con los de los salvajes. Por ello ordenó a Sol que detuviera su acoso al ganado y se colocara en paralelo a él. El can obedeció como obedece un veterano animal cuyo único fin en su vida es hacer feliz a su amo. Ladró y caminó a la par de Francisco con la lengua fuera como muestra de cansancio.

Te estás haciendo viejo, amigo dijo Jurado a su perro al tiempo que le acariciaba la papada. Los dos nos estamos haciendo viejos. 

El ganadero notó que empezaba a surgir en su interior  un sentimiento que todos los años hacía su aparición con el inicio de las primeras nevadas y que no se desvanecía totalmente hasta el brotar de las primeras hojas primaverales. La melancolía. Francisco Jurado, que ya de por sí no se valoraba como el hombre más feliz y afable del mundo, se sentía especialmente melancólico y reflexivo a medida que las horas de luz diurna y la temperatura descendían. A menudo pensaba que esa morriña se debía a que, cada invierno que llegaba, sentía que había pasado otra primavera, verano y otoño sin llegar a cumplir unas expectativas personales que ni tan siquiera él era capaz de concretar. Si alguien le hubiera preguntado alguna vez qué era lo que le impulsaba a esa tristeza no habría sabido qué explicar. Tenía a Carlota, una mujer a la que adoraba y a la que había podido reconquistar como amante esposa tras años de ausencia de pasión. A Marquitos, un hijo del que sentía orgullo por su bondad, su valor  y el amor que procesaba a la montaña que le había visto nacer. Además, debía estar contento. Hacía tan sólo medio año estuvo a punto de perder a su hijo único en la conocida como “tragedia de Cebolleda” y pudo salir milagrosamente a salvo. Asimismo, sus vacas se mantenían como las más cotizadas de la montaña y podía disfrutar de una situación económica estable. Milagrosamente estable para el momento de crisis que vivía el país.

Así que a Francisco Jurado la vida le sonreía. O, al menos, no le miraba con furia. Entonces, ¿por qué no aceptaba su situación con una visión positiva? Al planteárselo siempre llegaba a la misma conclusión. No tenía ni idea. Y dudaba que algún día pudiera encontrar una respuesta.

 Las pisadas de los lobos procedían del hayedo al sur del valle y se dirigían a las peñas. Donde, supuso, ya no se encontraría su hijo con el ganado. Pensó que Marquitos se hallaría cerca del pueblo, si es que no había llegado ya a los prados de Relasllamas, donde le había ordenado que dejara a las limusinas para reunirlas a todas. Además se imaginó que su vástago se habría dado prisa en bajarlas, pues sabía de su temor al cierzo. Sobre los lobos pensó que, de haberlos visto el invierno pasado, no habría dudado ni un instante en llegar a casa, coger el rifle y subir a matarlos. Disparar a un animal que caminaba por la nieve era, para Jurado, un juego de niños. Podía seguir las pisadas con suma facilidad y tenía menos riesgo de ser descubierto por parte de las fieras. En invierno, por culpa del frío, el olfato de los animales es menos sensible y, si hubiera querido, Francisco podría dirigirse a ellos aunque tuviera el viento de espaldas.

Pero en esta ocasión no iba a matar a ningún lobo. Ni a lobos ni a jabalíes ni a ciervos ni a rebecos. Menos aún a un oso, el único animal de la montaña al que no había apuntado jamás porque “a los osos no se les mata”, tal y como le había enseñado su padre, Vicentín el Hurón.

Su prolífica vida como cazador furtivo había terminado la noche de la “tragedia de Cebolleda” y no tenía pensado volver a portar un arma de fuego.  Ya no lo necesitaba y, además, se sentía culpable por las trágicas consecuencias de aquella fatídica noche. Así que los lobos podían caminar tranquilos por la montaña en busca de animales indefensos a los que hincar el diente.

Francisco Jurado y su ganado atravesaron el prado de El Tumbo, La Roble y Los Carbozales. Cuando llegaron al cruce donde se había separado de su hijo, miró a las peñas. Pero la noche, que ya había hecho presencia, y el cierzo le imposibilitaron ver si quedaba algún animal en ellas. No se preocupó. Estaba convencido de que su hijo y las seis vacas ya se encontraban descansando en los prados de la aldea.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Marquitos Jurado se despertó con los ladridos de su perro. Al abrir los ojos no vio nada. La oscuridad le envolvía y no sabía dónde se encontraba. Sólo reconocía el sonido de Zar por encima de él. Se tocó la cabeza y se asustó al percibir un pequeño reguero de sangre que le caía por la oreja derecha hasta el cuello. A tientas, palpando unas piedras, se incorporó y sintió un enorme dolor en el hombro izquierdo. En ese momento supo qué le había ocurrido. Se había tropezado cuando caminaba en dirección al ganado y había caído en, en,….

¿Dónde estoy? preguntó en voz alta, como si esperara que hubiera alguien a su lado que le respondiera.

La ausencia de luz le impedía adivinar en qué espacio había caído. Supuso que se trataba de alguna cueva escondida entre la maleza cubierta de nieve. Con esfuerzo, y a pesar del dolor en el hombro, se quitó la mochila y buscó una linterna para salir de dudas. Tras mirar en todos los bolsillos soltó un exabrupto al evidenciar que se le había olvidado meter la linterna en el bolso. Lanzó un grito de rabia contestado por un ladrido de Zar. Era un grito con el que se estaba culpando a sí mismo del olvido de introducir la luz artificial. También pensó que cuando su padre se enterara del descuido le caería una buena bronca. “Cuando vayas al monte nunca olvides una navaja, un mechero y una linterna”, le había repetido en infinidad de ocasiones cuando era un zagal. Y cuando más útil le iba a resultar esa luz era cuando se la había dejado en casa.

Volvió a rebuscar en la mochila, esta vez con pánico. Temió que tampoco hubiera ningún encendedor. Si era así, la situación se le iba a poner realmente complicada. A oscuras, mojado, con sangre en la cabeza y con un hombro que cada segundo que pasaba más le dolía. Tuvo suerte. En un espacio interior palpó dos mecheros. Sacó los dos y se metió uno en el bolsillo del pantalón. Activó el mecanismo de encendido del segundo y una pequeña luz alivió su temor. Al menos ya veía su mano y parte de su brazo. Pasó el encendedor en torno a su cuerpo para comprobar si la caída le había provocado alguna herida de gravedad. A primera vista tan sólo tenía algún rasguño en la cazadora a la altura del dolorido hombro izquierdo.

Con la relativa tranquilidad de no sufrir ninguna lesión grave se dispuso a otear el lugar en el que se encontraba encerrado. Lo primero que le preocupó era saber por dónde había caído. Pero la diminuta luz del encendedor no le permitía vislumbrar bien el espacio por el que se había desplomado. Necesitaba más iluminación. Volvió a recurrir a la mochila y localizó tres páginas de periódico con las que su madre había cubierto un bocadillo de chorizo. Cogió una de ellas y se dispuso a encenderla. Pero se detuvo. ¿Cuánto tiempo de luz le aportaría esa hoja? Muy poco. Necesitaba algo más duradero para que, por lo menos, tuviera tiempo para hacerse una composición de lugar. Con el encendedor como único faro, buscó en el suelo algún palo que le sirviera como fijación de una antorcha. Encontró una vara de haya y la agarró con la mano izquierda. Ese gesto le supuso un dolor tan fuerte que no pudo reprimir un grito largo y rabiosos. Después respiró hondo e intentó calmarse.

Repasó mentalmente qué le podía ser útil para crear la antorcha y, tras varios segundos, llegó a la conclusión de que tendría que recurrir a su ropa. Se desabrochó la cazadora e intentó quitársela. Pero no pudo. El hombro izquierdo estaba más dañado de lo que había creído al principio, pues al tratar de moverlo para apartar la cazadora de su cuerpo sintió un pinchazo que le obligó a morderse el labio de dolor. Tenía que buscar otro modo. Se levantó el jersey y lo agarró con los dientes. Entonces iluminó por un instante la camiseta interior. Guardó el encendedor y sacó la navaja del bolsillo del pantalón. A oscuras, agarró la camiseta y la rasgó por el lateral derecho. Después continuó como pudo hasta lograr hacerse con un trozo de la camiseta. La asió y se sentó.

El suelo estaba húmedo, pero su cuerpo debía estar bien asentado para elaborar la antorcha a ciegas y con una sola mano. Colocó el palo entre las piernas y empezó a pelarlo. No quería poner la tela encima de la corteza mojada. Con la vara ya pelada, hizo un corte vertical de cinco centímetros en medio de la misma e insertó el trozo de camiseta. Después el papel de periódico. Pero temió que se cayeran enseguida. Tenía que amarrarlos con seguridad. Para ello se quitó el cordón de una bota, partió un extremo con la navaja e hizo un nudo con el trozo de cordón. El otro se lo guardó por si lo tuviera que necesitar más tarde.

El proceso de creación de la candela le había costado más de un cuarto de hora y, al acabarlo, sintió los primeros síntomas evidentes de frío. Las manos le tiritaban compulsivamente. Se las frotó con fuerza y se apresuró a encender la antorcha.

Objetivo cumplido. Una luz más homogénea y potente iluminó el espacio y le aportó un poco de calor. En efecto, estaba en una cueva. El agujero por el que había caído se encontraba justo encima de él, a dos metros y medio de altura, cubierto por unos matorrales que lo hacían prácticamente invisible. Ni tan siquiera era capaz de ver a Zar, que continuaba ladrando justo encima de él. Sabía que le iba a resultar imposible alcanzar el hueco con el brazo izquierdo inútil. Entonces se dispuso a observar el resto de la caverna. Dirigió la antorcha al frente y sólo divisó piedras y tierra a dos metros de distancia. Lo mismo a la derecha, a una profundidad de otros dos metros. Después se giró para comprobar detrás de él. Más piedra, en esta ocasión pegada a su cuerpo. Sólo le quedaba un lateral de la cueva y la luz de la antorcha parecía querer llegar a su ocaso. En ese momento pensó en su perro y empezó a gritarlo con violencia.

¡Titi, perrín, a casa! ¡Fuera, a casa Zar!

El carea ladró como respuesta. Eso no era lo que quería Marquitos. Deseaba que Zar volviera al hogar y alertara a su padre de la comprometida situación en la que se encontraba. Pero el joven cánido, nervioso y rodeando continuamente la boca de la cueva, no atendía a las órdenes de su amo. Marquitos cambió la antorcha de mano y cogió una piedra. La lanzó al hueco y gritó a Zar. Después cogió otra. Y así hasta que dejó de escuchar los ladridos de su cánido.

“Espero que lo haya entendido”, se dijo en un intento de darse esperanzas.

Le quedaba tan sólo una pared de la cueva por divisar y la antorcha agonizaba. Caminó tres pasos y comprobó que ese frente era algo más profundo. Por lo menos cuatro metros. Anduvo hasta llegar al fondo e iluminó las piedras.  

Se quedó paralizado y soltó un grito de terror. A sus pies halló un esqueleto. Un esqueleto humano apoyado contra las rocas. Desanduvo horrorizado dos pasos y la antorcha se apagó.

 

 

                                               *         *         *

 

 

Francisco Jurado caminaba en la retaguardia de la manada de vacas. Al llegar al llano de El Pandiello observó la, para cualquiera, bucólica imagen de media docena de casas de Cuénabres expulsando humo por sus chimeneas. Para él no. Se detuvo un instante y la pena volvió a apoderarse de su mente. La razón fue un recuerdo de su infancia. El de bajar por ese camino acompañado de su padre, Vicentín el Hurón, o de Daniel Molero, su amigo de la niñez, y detenerse a contar la cantidad de chimeneas humeantes del pueblo. Rememoró cómo en una ocasión llegó a contar veinticinco casas con los fogones de leña a pleno rendimiento para aplacar el frío invierno leonés. Veinticinco. Y ese día, un día cualquiera del otoño de 2010, sólo seis chimeneas se mantenían activas.

“Cuénabres se me muere lentamente”, se dijo entristecido. “No sé cuándo, pero un día dejará de haber fuego en las estufas y vida en las casas”. Miró al cielo oscuro y, en un amago de plegaria de un hombre escasamente religioso, rogó no llegar a ser en un futuro el último residente de la aldea. Se imaginó angustiado como el único morador de Cuénabres, un pueblo centenario ejemplo de la vida rural española, y se dijo a sí mismo que prefería que le comieran los gusanos antes que vivir el declive definitivo de su pequeña aldea. “Algo habrá que hacer para que no pase”, pensó a modo de ánimo.

Llegó a la aldea y pasó por delante de su casa. Comprobó que había luz en la cocina y supuso que Carlota, su bella esposa morena, delgada y de mirada dulce, estaría preparando la cena mientras Marquitos se calentaba con el fuego de la estufa de leña. A él también le vendría bien quitarse las botas, poner los pies y las manos delante de las brasas y esperar a que su mujer dijera que la cena estaba preparada. Pero antes tenía que trasladar las vacas hasta los prados de Relasllamas, donde toda la manada haría noche para ser introducida en las cuadras al día siguiente. Aceleró el paso, lo que provocó que Sol hiciera lo mismo e incitara a que el ganado comenzara un suave trote.  Hasta que llegaron a la altura del puente sobre el río Frañisquera, que divide a Cuénabres en dos, y las reses se detuvieron. En ese momento Francisco se percató de que las seis vacas que, suponía, había bajado su hijo, se hallaban en la plaza entorpeciendo el paso de su manada.

“¿Qué coño hacen éstas aquí?”, se preguntó. Miró a un lado y a otro y no encontró a Marquitos. Tampoco divisó a ningún paisano al que preguntarle si sabía dónde se encontraba su hijo. Los pocos habitantes que quedaban en el pueblo se protegían en sus casas de la noche y el frío. En ese momento observó un elemento que le provocó curiosidad. La Rubia tenía una cuerda de empacadora atada a la cola. Se acercó a ella y vio cómo el otro extremo estaba atado al cuerno de La Jamelga. Francisco puso cara de extrañeza y volvió a buscar a su hijo sin éxito. Quería preguntarle qué hacían las reses en el pueblo y no en los prados de Relasllamas y porqué dos de ellas estaban atadas entre sí. Apartó a una novilla que se le había acercado con curiosidad y se acercó a la cabeza de La Jamelga. Los pasos del humano incitaron a la res a que mugiera con fuerza. Varias añojas se unieron formando un coro bovino habitual en la montaña.

El experto ganadero se dio cuenta, nada más acercar su cabeza a la de la res, de que estaba ciega. Entonces dedujo qué había ocurrido. Marquitos había bajado a las vacas al medio del pueblo y se había dirigido a la cuadra a buscar algún antibiótico para La Jamelga. Esa idea le provocó satisfacción. Su hijo había tomado la iniciativa sin esperar a que él le ordenara lo que tenía que hacer. Con el agrado de pensar que cada día que pasaba Marquitos maduraba a mayor velocidad, cambió de planes. En vez de llevar a las vacas a Relasllamas las dirigiría a los corrales para que descansaran bajo techo. Así aprovecharía para curar al animal enfermo.

Ordenó a Sol que instigara a la manada hacia las dos cuadras del otro lado del pueblo. Éste obedeció y el grupo caminó con lentitud. Francisco, por su parte, se adelantó a la carrera para abrir las puertas de los establos antes de que las vacas llegaran. Pero cuando llegó al cobertizo grande, donde tenía la mayor parte de las medicinas, se extrañó al no ver luz en su interior. Abrió la portillera y Marquitos no estaba dentro esperando a su padre, tal y como él había supuesto.

 

 

                                               *         *         *

 

 

El ganadero adolescente respiraba de un modo acelerado. La antorcha se había apagado. Volvía a encontrarse a oscuras y la última imagen que había visto era la de un esqueleto humano.

Suplicó socorro con unos gritos imposibles de escuchar. Repitió los lamentos en varias ocasiones. Hasta que se convenció de la inutilidad de sus chillidos. Volvió a encender el mechero con torpeza y, de nuevo, la luz que desprendía era insuficiente. Tenía que elaborar otra antorcha lo antes posible. Pero el frío, acompañado en esta ocasión por el pánico de hallarse a pocos metros de una persona muerta, le provocaba un enorme temblor en las extremidades. Aún así, volvió a desabrocharse la cazadora como pudo y rasgó otro trozo de camiseta con la navaja. Ayudado de otro palo, de la segunda hoja de periódico y del trozo de cordón que le quedaba, creó una nueva tea. Entonces acercó la mano temblorosa que portaba la antorcha al lugar donde había avistado el esqueleto. Al hacerlo se le pasó por la cabeza que la imagen divisada minutos antes podía haberse tratado únicamente de una trampa de la imaginación. Que lo que él había considerado que era un cadáver no eran más que unas piedras, tierra o raíces que, por culpa de sus originales formas y del juego de luces y sombras de la cueva, le habían inducido al error.

 No fue así. Al acercar el fuego a la pared sus ojos ratificaron la primera visión. Se trataba de un esqueleto humano. Se encontraba apoyado contra la pared. La cabeza únicamente estaba compuesta por los huesos, sin ningún tejido que la cubriera. Al igual que las manos, vacías de piel. El resto del cuerpo estaba cubierto de ropa. Unas botas de monte habían protegido sus pies hasta su muerte. Por encima portaba unos pantalones de pana, una camisa y una cazadora de cuero negro. Además, de su cuello colgaba un zurrón de piel.

Marquitos, más apaciguado al suponer que la persona muerta que tenía frente a él no se iba a levantar, supuso que se trataba de un hombre que había muerto hacía ya muchos años. Lo intuyó tanto porque el esqueleto se encontraba totalmente limpio de piel, seguramente víctima de las alimañas a lo largo de los años y de su propia descomposición, como por el tipo de ropaje que vestía. Le recordó a varias fotos antiguas de sus abuelos, Marcos y Vicentín, con una vestimenta similar posando en un mercado de ganado al lado de una vaca o delante de casa con el pie encima de un jabalí muerto.

La desaparición del miedo a que el esqueleto fuera peligroso se convirtió en terror al calibrar la realidad en la que se encontraba. Dentro de una torca en mitad del monte, solo, en una noche de cierzo y helada, sin que nadie supiera su ubicación, dolorido de un hombro y, lo más importante, con un frío en su cuerpo que empezaba a causarle problemas de movilidad. Tragó saliva aterrorizado porque estaba seguro de que no iba a ser capaz de aguantar una noche bajo cero a la intemperie. Si no salía antes de la caverna o lograba que la temperatura de su cuerpo ascendiera, acabaría tan muerto como el esqueleto que tenía a sus pies.

Pensó en su padre. ¿Qué haría Francisco Jurado en ese preciso momento? ¿Intentaría alcanzar la grieta por la que había caído aunque para ello no pudiera contar más que con un brazo en buen estado? No. Ni su admirado progenitor podría ser capaz de tal proeza. Entonces la opción que Jurado padre tomaría sería otra. Intentar sobrevivir hasta que le encontraran. Y eso es a lo que iba a aspirar Marquitos.

Recorrió toda la cueva en busca de cualquier objeto factible de ser quemado. Localizó una docena de ramas muertas, así como varias hojas de haya. Aunque estaban húmedas podrían colaborar en calentar el perímetro. Además también contaba con su mochila. Por fuera estaba mojada, pero su interior se mantenía seco y confió en que le sirviera como base para crear el fuego. Vació la mochila y aprovechó para dar dos mordiscos al bocadillo de chorizo de jabalí preparado por su madre. El resto lo dejó para más tarde. “La noche va a ser larga”, se dijo. Guardó el bocadillo en el interior de la cazadora e inició la elaboración de la fogata. Para que resultara efectiva agarró, una a una, las tres ramas más gruesas. Las colocó entre las piernas para que estuvieran bien sujetas y, de arriba abajo, las cortó por la mitad con el cuchillo. Así podría empezar a prenderlas por la zona más seca de las ramas. Seguido, buscó entre los palos más pequeños aquellos que tuvieran menos humedad, eligió los dos más desaguados y los quebró en varios pedazos diminutos. Después colocó su mochila en el suelo, con cuidado de que no estuviera justo debajo de la apertura por la que había caído para que no se mojara si empezaba a llover. Rasgó un lateral con el cuchillo para que el hueco fuera mayor y el fuego no se quedara sin oxígeno dentro e introdujo los palos más finos y secos. Luego partió la hoja de periódico, se metió una mitad en la mochila e hizo una bola con la otra mitad.

Todos los movimientos los había hecho con la luz de la antorcha, clavada en el suelo por el palo. Pero la iluminación iba a desparecer en breve y no quería volver a encontrarse en la oscuridad absoluta. Así que, con el miedo a que el experimento fuera fallido pero sin tiempo para revisarlo, activó el mechero, encendió una esquina de la media hoja de periódico y la colocó entre las ramas diminutas y las hojas más secas. Miró al proyecto de fogata sin pestañear. Al principio le dio la sensación de que el periódico se iba a convertir en ceniza sin encender ningún palo. Por ello sopló con delicadeza rogando a Dios que esa pequeña racha de viento activara la llama.

Una nube de humo entró en sus ojos y apartó la mirada. Pero enseguida volvió a centrarse en el interior del bolso y una sonrisa de alivio surgió en su cara. Las ramas colocadas estratégicamente empezaban a contagiarse del calor y a convertirse en fuego.

La semana que viene, las páginas 21-30. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

                                 

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