EL MONTARAZ. Páginas 1-10

Comienza el proyecto “¿Y si gusta…”? con el que yo, Miguel Ángel Ambrosio, trato de lograr el apoyo de lectores para que la novela El Montaraz llegue a publicarse. Toda la información de este proyecto de colaboración de los lectores para que salga adelante, en  https://cartucholanovela.wordpress.com/2013/09/04/proyecto-y-si-gusta-novela-el-montaraz/ .

Hoy comienza, como debe ser, con las 10 primeras páginas. 

                       CAPÍTULO 1

 

Las Cortinas de Roblano. Cuénabres. León

31 de octubre de 2010. 4 de la tarde


          Marquitos Jurado recorría a paso firme el camino que bordeaba los prados de Las Cortinas de Roblano, cubiertos por una fina capa de nieve. Su perro Zar le acompañaba trotando unos pasos por detrás. El muchacho de dieciséis años acababa de separarse del ganadero Francisco Jurado, su padre, y tenía un objetivo en mente. Ascender hasta las peñas de Cuénabres, juntar seis vacas rezagadas bajo las rocas y regresarlas al pueblo antes de que una gran nevada imposibilitara el descenso del ganado. Francisco Jurado, por su parte, se había adjudicado una labor a priori más complicada. Llegar a La Cuesta de la Gistra, agrupar otras quince reses desperdigadas en el valle y bajarlas a Cuénabres con la ayuda de Sol, su anciano y fiel perro.

A mediodía Francisco Jurado había augurado que todo el ganado iba a estar concentrado en la Cuesta de la Gistra, erguida pradera de entrada al Puerto de Cebolleda, puerta de los Picos de Europa por la vertiente leonesa. Pero los prismáticos le permitieron ver que seis cabezas de ganado se habían separado del resto y se hallaban debajo de Peña Pequeñina. Por ello el veterano pastor decidió que su hijo fuera a por las reses más cercanas al pueblo al tiempo que él se encargaba del rebaño principal.

Mientras Marquitos iniciaba el empinado ascenso, rumiaba que había sido una idea arriesgada mantener a parte del ganado en el monte hasta que cayeran las primeras nieves. Si éstas hubieran sido más copiosas habrían corrido el riesgo de no poder subir a por ellas en varios días. Y de haber sido así, de haber sufrido una nevada continua que depositara un metro de nieve en el valle de Cuénabres, podrían dar por muertas a varias reses. Por mucho que fueran de raza limusina, la más fuerte y resistente de la montaña leonesa.

Pero su padre había tomado la decisión y Marquitos no tuvo valor de discutirla. El argumento de Francisco era incontestable. Si no quería que su vacada fuera débil tenía que enseñarla a sobrevivir en las condiciones más duras de frío y nieve de la montaña leonesa. Por ello, todos los años mantenía hasta la primera precipitación de copos blancos a una docena de sus bovinas más fuertes junto con varias novillas que prometían un gran futuro como paridoras y madres. Sabía que las más curtidas aguantarían sin problemas una noche de helada y torvas. Y pretendía testar si las novatas eran lo suficientemente corpulentas y resistentes como para sumarse a su manada. Si no era así, si alguna de las añojas sufría en exceso la noche invernal leonesa, la vendería para carne, sin dudarlo, en la feria de Noviembre. Si, por el contrario, volvían a casa sin ningún indicio de neumonía o debilidad, pasarían a formar parte de su reputado rebaño. Esa era la filosofía que había llevado a Francisco Jurado, uno de los últimos ganaderos de los Picos de Europa leoneses, a poseer la manada bovina más envidiada de la montaña. Sólo quería las mejores y más fuertes vacas. Las mejores madres, y con la carne más apetitosa que pudiera criar. El resto, las reses más vulgares,  era para los demás.

Marquitos ascendía el empinado trayecto de El Calero con esfuerzo. Podía haber ascendido por La Pica del Cueto para luego continuar por la vereda que transcurre por Llanoverde, Lllanoescobalosos y Llanoscuetos, un trayecto menos pronunciado pero de mayor duración. Optó por la velocidad, aunque fuera acompañada de mayor sufrimiento.

 La fina capa de nieve, unida a la fuerte inclinación, le dificultaba el ascenso. De su boca se desprendía un vaho continuado, muestra de que, a pesar de ser todavía media tarde, la temperatura superaba por muy poco el grado cero. Al menos se alegraba de que las nubes hubieran desaparecido del cielo, lo que auguraba que no volvería a nevar, por lo menos, hasta el día siguiente. Acompañaba cada paso con un clavado de su vara de haya en el suelo que le aportaba estabilidad para el siguiente impulso. Zar, por el contrario, subía y bajaba sin dificultad, como queriendo restregar a su dueño la superioridad física canina sobre la humana. Tras media hora de rápida ascensión en la que atravesó El Juaco, Marquitos se detuvo para coger aire. Necesitaba un pequeño descanso si no quería que el flato incomodara su tarea. Su padre le había enseñado que, en condiciones adversas, debía coger aliento cada poco tiempo y recuperar fuerzas. Nunca cebarse en un sobreesfuerzo que pagaría más tarde.

¿Sabes lo de la pájara de los ciclistas cuando suben un puerto? preguntó en una ocasión a su hijo sin esperar respuesta. Pues imagínate que te da una pájara en mitad de una nevada y estás a tres horas del pueblo. A ver cómo sales si te quedas sin fuerzas había advertido el experimentado ganadero.

 Miró hacia arriba y comprobó que tan sólo le quedaban cincuenta metros de vereda hasta llegar a la pradera en forma de cuña previa a las peñas. Por ahí debían encontrarse las seis reses rezagadas. De no ser así, la tarea se le complicaría, pues en menos de una hora la noche haría su presencia e impediría la búsqueda de las vacas.

Ese temor le provocó que reiniciara la marcha con brío renovado. Había pensado orinar, pues sentía ganas de aliviarse desde que había empezado la ascensión, pero lo dejaría para más tarde. Cuando llegó al escampado su aprensión a no encontrar su objetivo desapareció. Bajo las peñas y protegidas por ellas del helador viento del norte, se hallaban las seis reses. Marquitos suspiró de alivio y se acercó unos metros más. Ya era suficiente. Era el momento de poner a trabajar a su perro de carea.

¡Ale, Zar, titi, perrín, vamos, vamos, a por ellas, venga a por ellas, ale, ale, muerde titín! gritó Marquitos con fuerza mientras señalaba a las vacas con su palo.

Zar respondió con celeridad. El joven carea leonés se lanzó ladera arriba hacia los animales con varios ladridos continuados a modo de advertencia. “Si no me hacéis caso, os muerdo las patas”, amenazaba el perro con sus gruñidos. Las vacas, ateridas por  frío, reaccionaron con pereza. Una de ellas, La Noblona, esperó a que Zar llegara a su altura para iniciar un lento movimiento de patas. Cuatro de ellas la siguieron con pausa. Pero la última no movió ni un paso. Era La Jamelga, una vaca vieja de trece años a la que Francisco tenía aprecio porque, aunque su carne ya no iba a ser de primera calidad el día que la sacrificara, todos sus años fértiles le había dado un jato fuerte y sano. La Jamelga esperó a que Zar llegara hasta sus patas para reaccionar soltando una coz al aire. Pero siguió sin moverse del lugar. Mostraba una actitud eminentemente defensiva, queriendo alejar con pezuñas y cuernos al perro que la instigaba.

¡Zar, perrín, ven aquí! ¡Para, para, coño, vuelve! ordenó Marquitos a su cánido.

 Éste no tardó en acatar la orden de su amo y regresó a su vera. El resto de la diminuta manada, que ya se prestaba a que su instinto le indicara una vereda escondida entre la nieve, también se detuvo. Marquitos ordenó a Zar que se quedara quieto y soltó el zurrón de sus hombros. Lo abrió y buscó una pequeña bolsa blanca de plástico que se hallaba en el fondo. La encontró, la sacó de la mochila y se la enseño a las vacas. Restregó la bolsa con las manos para que hiciera un ruido tan reconocido por sus reses que lo lógico hubiera sido que las seis limusinas se lanzasen a por la bolsa con su habitual premura.

¡Monina, guapa, ven aquí, lolona! gritó, aunque de un modo más dulce, el vaquero adolescente.

Las cinco vacas agrupadas reaccionaron de inmediato y se encaminaron hacia su amo. Creían que, como siempre, esa bolsa blanca significaba que iban a disponer de una ración abundante de sal, su alimento más deseado. En esta ocasión no iba a ser así, no había previsto que la iba a necesitar. Pero a Marquitos no le preocupaba que, por una vez, sus reses no satisficieran su ansia salada. Sí le  inquietaba, por el contrario, que La Jamelga no siguiera los pasos de sus compañeras y se mantuviera quieta ante la llamada de la sal. Su única reacción fue mugir con desesperación y acompañar sus lamentos de impetuosos movimientos de cabeza.

“Está enferma”, pensó Marquitos con amargura. “¡Qué putada!”

 Ordenó a Zar que se mantuviera firme en su puesto. No quería que sus ladridos atemorizasen de nuevo a La Jamelga y caminó con lentitud hacia ella. Las demás reses seguían sus pasos a la espera de un premio salino que no iban a recibir. Cuando Marquitos se encontraba a dos metros comenzó a llamarla con dulzura, queriendo así que la res le reconociera y le permitiera acercarse aún más. El sonido de la voz del amo surtió efecto. La vaca mugió de nuevo, pero esta vez el bramido largo y angustioso se asemejaba más a una petición de auxilio que a una advertencia para que no se aproximara. El adolescente, con lentitud y delicadeza, colocó su mano en la cabeza del animal y la pasó por entre sus ojos hasta llegar a la boca. La Jamelga correspondió lamiendo la mano de su dueño con su lengua rasposa y cosquilleante. En ese momento Marquitos lamentó de nuevo no tener sal para ganarse la confianza absoluta de la res. Pero ya no había remedio. También se contrarió porque su padre no estuviera con él en ese momento. Con un rápido vistazo sabría qué le ocurría a limusina y buscaría una solución inmediata. Sus cincuenta años de vida entre vacas, prados y montes le habían proporcionado un conocimiento de la fisiología bovina cercano al de cualquier veterinario experimentado. Pero Marquitos todavía era un rapaz de dieciséis años, “casi diecisiete” le gustaba remarcar, que tenía que recibir muchas lecciones para llegar al conocimiento de su progenitor.  

Aún así, acercó su cabeza a la de la vaca y tardó pocos segundos en deducir la dolencia de la rumiante. Miró fijamente a sus ojos, acercó sus dedos a uno de ellos hasta casi tocar su retina y comprobó que La Jamelga no hacía ningún gesto de rechazo.

 “Está ciega, me cago en diez, no ve ni leches”, se dijo a sí mismo.

Una res cegada en una tarde-noche otoñal en mitad de la nieve. Marquitos maldijo la mala suerte que había tenido, pues sabía que hacer descender a vaca vieja iba a ser tarea complicada, más aún cuando la noche se le iba a echar encima en menos de una hora. Sin embargo no fue ese augurio el que le provocó un estremecimiento de terror cuando dirigió su mirada hacia las rocas. Vio cómo una manta gris blanquecina de vapor de agua descendía a gran velocidad entre Peña Pequeñina y Peña el Bolo. Se trataba del cierzo leonés, uno de los mayores peligros de la montaña.

Lo que me faltaba, me cago en diez dijo en alto.

Con un rápido barrido de sus ojos observó que el cierzo también rodeaba el resto de peñas y comenzaba a impedir una buena visión de los riscos más altos. En pocos minutos llegaría hasta el punto en el que se encontraba él con el ganado. Entonces pensó que lo lógico era bajar hasta el pueblo y esperar a la madrugada del día siguiente a buscar a las vacas. Sí, era lo más sensato. Caminar entre el denso cierzo que impide ver a más de dos metros de distancia era demasiado arriesgado. Y más cuando la nieve no le iba a permitir ver con claridad las veredas a seguir.

Pero aunque fuera la alternativa más perspicaz, el adolescente leonés sabía que no iba a tomar esa decisión. Porque temía a que, al día siguiente, una gran nevada le imposibilitara subir a por las vacas. Si eso sucedía, podía dar por muertas a más de una. Y, sobre todo, porque quería demostrar a su padre que era capaz de cumplir con las tareas encomendadas por éste. Marquitos Jurado quería ser como Francisco Jurado, el seguro y valiente ganadero al que admiraba. Y estaba convencido de que su idolatrado progenitor jamás dejaría a uno de sus animales en peligro y se las arreglaría para llevarlo a la cuadra sano y salvo. Por mucho cierzo, frío, nieve y oscuridad que se interpusieran en su camino.

El problema era que no podía ordenar a Zar que azuzase a las vacas para que bajaran con rapidez. Porque La Jamelga, ciega y temerosa, no iba a hacer caso al cánido, por muchos mordiscos que recibiera en sus talones. Marquitos tenía que pensar algo y hacerlo rápido. El cierzo se estaba convirtiendo en una manta gigantesca  que se apresuraba a devorarlo. Abrió de nuevo la mochila, rebuscó con rapidez en su interior y encontró algo que le podría servir para la idea que acababa de surgirle. Eran dos cuerdas de empacadora. Las ató firmes con un nudo y se acercó a la bovina. La vaca mugió, pero no tuvo tiempo para apartar la cabeza. Con un movimiento veloz, Marquitos ató un extremo de la cuerda al cuerno derecho de la res, agarró con fuerza el otro extremo y tiró enérgicamente. Pero apenas la movió unos centímetros, señal inequívoca de que la idea no era tan acertada como esperaba. Volvió a intentarlo y más de lo mismo. La Jamelga tan sólo dio dos pasos.

¡Me cago en la puta, ayúdame! gritó.

Imposible. Dos tirones más y al tercero el joven ganadero cayó de culo contra la nieve. El cierzo se encontraba ya a menos de cien metros y llegaría a su altura en un par de minutos. Y ahí estaba él. Sentado encima de la nieve al lado de un perro expectante, una vaca ciega y otras cinco sanas que, con la mirada, le rogaban que las llevara a casa.

“Eso es, tú me vas a ayudar”, se dijo mirando a La Rubia, la res que tenía más cerca. Volvió a utilizar la estratagema de la falsa bolsa de sal para que se acercara aún más. La vaca se pegó a él y Marquitos pasó la mano por su lomo hasta llegar a los cuartos traseros. Después, con sutileza por miedo a recibir una patada, acarició la cola de la vaca. Cuando la tenía rodeada con una mano, pasó el extremo libre de la cuerda e hizo un nudo que estrujó el rabo de la vaca. Ésta soltó una coz que Marquitos sorteó por centímetros. Seguido, pegó un fuerte manotazo en el lomo de La Rubia y soltó un grito para que se pusiera en marcha.

El plan funcionó. La Rubia comenzó a descender y, a cada paso que daba, arrastraba a La Jamelga. Las otras cuatro reses, ansiosas de movimiento, siguieron sus pisadas. Tras un minuto entre nieve virgen enfilaron el sendero que les trasladaría hasta Cuénabres pasando por la Pica del Cueto. Marquitos sintió que la misión iba viento en popa. Una vez colocados en un sendero era difícil que la manada se extraviase del camino a casa. Aunque su satisfacción desapareció en el momento en que miró hacia atrás. Como si de una aparición fantasmagórica se tratase, el cierzo leonés llegó a su altura y le superó ante la temerosa mirada del chico. En pocos segundos Marquitos  apenas distinguía a las vacas que tenía cinco metros por delante de él. Entonces el pavor se apoderó de su cuerpo. Si perdía de vista a su ganado, podría equivocarse de vereda en medio de la niebla, que impedía ver la mínima luz diurna que quedaba. Y, solo, perdido entre el cierzo y de noche, su futuro no se planteaba nada halagüeño. 

Marquitos corrió hasta la última bovina de la fila que recorría el sendero y se agarró a su cola. Pensó que si una de sus reses podía arrastrar a una compañera ciega, otra podía hacer lo mismo con él. Y, para su fortuna, así fue. “Cuando lleguemos al pueblo sí que les voy a dar toda la sal que quieran después de lo que estamos pasando” pensó con optimismo. Aliviado, comprobó que la expedición caminaba a buen ritmo atravesando un cierzo tan denso que Marquitos apenas si llegaba a adivinar en qué punto exacto de la montaña se encontraban. Ya relajado y seguro de que su integridad no corría peligro se percató de que las ganas de orinar que le acompañaban desde hacía un buen rato aumentaban a cada paso que daba. Contrariado, pensó en cómo mear sin soltarse de la cola de la vaca. “Si los ciclistas lo hacen encima de la bici, yo también puedo hacerlo andando” se dijo con ánimo.

La mano derecha se mantenía asida al rabo de la res. Así pues, la izquierda le quedaba libre para bajarse la cremallera y sacar su miembro a orinar. Marquitos no era zurdo y temía salpicarse los pantalones durante la maniobra, pero sentía que estaba a punto de reventar. Bajó la cremallera con un gesto rápido y preciso y comenzó a evacuar con ímpetu al tiempo que caminaba arqueando las piernas para no regar sus pantalones. Un suspiro de alivio y un escalofrío acompañaron el final de la meada y el joven, calmado, subió la cremallera del pantalón.

En ese momento, en el que tenía las defensas más bajas, no pudo apreciar que la vaca que le guiaba había dado un pequeño rodeo por la izquierda de un mojón colocado en mitad de la vereda.  Marquitos pisó la piedra, húmeda por la nieve y el cierzo, y se resbaló. Su mano derecha se soltó de la cola de la vaca y el muchacho se precipitó montaña abajo hasta detenerse veinte metros por debajo de la travesía. El miedo a perderse le hizo que volviera a ponerse en pie enseguida. Sabía que las vacas no podían alejarse más metros, pues desaparecerían de su vista. Pero en vez de ascender por el mismo lugar por donde había caído, optó por atajar y subir en diagonal, sin apenas ver dónde pisaba.

Tomó impulso con la mano y dio dos pasos rápidos y seguros entre la nieve. El tercero no llegó a finalizarlo. Apoyó el pie izquierdo y éste se hundió entre la nieve provocando que su cuerpo se abalanzara hacia adelante. Marquitos colocó las manos para mitigar el desplome, pero éstas tampoco encontraron tierra firme en la que detenerse. En un instante sintió que caía por una cueva vertical escondida por la manta blanca. El golpe contra el suelo fue inmediato. Lo primero que tocó su cuerpo fueron sus manos. Seguido, la cabeza. El violento choque provocó que perdiera el conocimiento.

La semana que viene, las páginas 11-20. Si os está gustando, mandad la dirección de esta página que estáis leyendo  o el link:  https://cartucholanovela.wordpress.com/ , la página de Facebook  https://cartucholanovela.wordpress.com/ o el nuevo twitter de La Novela El Montaraz: https://twitter.com/Y_si_gusta , a vuestros contactos para que ellos también disfruten con esta historia y la den a conocer. Gracias y hasta el miércoles que viene.

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6 pensamientos en “EL MONTARAZ. Páginas 1-10

    • Muchísimas gracias Silvia. Me alegra que hayas disfrutado con el inicio. Espero que el resto te guste aún más.
      Y, ya sabes, si lo reenvías a tu gente, más fácil será que “El Montaraz” exista como novela publicada.
      Un beso

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